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EL PROGRAMA Y EL GABINETE

En el discurso que pronunció ante el Congreso al recibirse de presidente, Julio Argentino Roca expresó que sus gestiones tenderían al afianzamiento y al progreso de la nacionalidad, programa que surgía lógico a raíz del triunfo logrado por el imperium de la Nación sobre el de la provincia:

No hay felizmente un solo argentino, en estos momentos -agregó- que no comprenda que el secreto de nuestra prosperidad consiste en la conservación de la paz y el acatamiento absoluto a la Constitución; y no se necesitan seguramente las sobresalientes calidades de los hombres superiores para hacer un Gobierno recto, honesto y progresista.
Puedo así, sin jactancia y con verdad, deciros que la divisa de mi Gobierno será ‘paz y administración’(1).

(1) Roca. Mensaje al Congreso (Octubre 12 de 1880), en “Senado”, sesión de Octubre 12 de 1880. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo II, capítulo XV: “Primera Presidencia de Roca”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

Conocía el joven presidente la distancia que, bajo cierto aspecto lo separaba de sus predecesores, tanto de quienes dejaban los monumentos de la “Historia de Belgrano” y el “Facundo”, como de aquél cuyos discursos y ensayos, aunque de carácter circunstancial, aplaudía la juventud de la época; pero la discreta alusión a las calidades del gobernante era indicio de fina perspicacia la que, con otras dotes -entereza de la voluntad y tino en la elección de oportunidades y medios- definía al estadista más que al político.

Lo indubitable es que durante esta Presidencia hubo paz, no alterada por ningún movimiento sedicioso, y hubo Administración, de cuyo buen suceso dio prueba la duplicación de las cifras correspondientes a importaciones, rentas nacionales, gastos públicos y afluencia inmigratoria. Tiempos tranquilos y de holgura, empezaron a serlo también de predominio materialista.

Roca confió el Ministerio del Interior al doctor Antonio del Viso, el ex mandatario de Córdoba -al cual se le había atribuido la jefatura de la Liga de Gobernadores- y el de Justicia, Culto e Instrucción Pública al doctor Manuel D. Pizarro que, como senador por Santa Fe, luchó más que nadie por la Ley de Capital.

Para Relaciones Exteriores designó al doctor Bernardo de Irigoyen, figura principal del gabinete y, para Hacienda, al doctor Juan José Romero, a la sazón gobernador interino de Buenos Aires. Mantenía el equilibrio entre provincianos y porteños el ministro de Guerra y Marina, general doctor Benjamín Victorica, nativo de Buenos Aires pero afiliado desde la época de la Confederación a la causa adversa. El propio Roca había actuado, siendo muy joven, a las órdenes de Urquiza en Cepeda y Pavón.

En materia de Intervenciones, este período fue el más sosegado de cuántos han habido en la República. Las autoridades locales se persuadieron de que no debían recelar injerencias ilícitas del presidente y los núcleos opositores de que éste no aprovecharía las sediciones que intentasen. Roca pudo decir, “las provincias no se preocupan ya de armarse para velar por su autonomía, ni sus Gobiernos de garantirse contra las asechanzas revolucionarias’’(2).

(2) Roca. Mensaje al Congreso (Mayo 8 de 1881), en: H. Magrabaña, “Los Mensajes (Historia del desenvolvimiento de la Nación Argentina redactada cronológicamente por sus gobernantes. 1810-1910)”, tomo IV, p. 2. Buenos Aires, Comisión General del Centenario, 1910, (5 volúmenes). Ed. Compañía General de Fósforos, Buenos Aires, s/d. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo II, capítulo XV: “Primera Presidencia de Roca”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

A comienzos de 1882, como acentuando tales ideas, la renuncia de Del Viso permitió que ocupase la cartera del Interior su colega Irigoyen, de firmes y notorias convicciones antiintervencionistas. Sin embargo, no sería sensato afirmar que la libertad provincial fuese perfecta, ni siquiera que existiese en mayor o igual grado que antes.

Suplió a la acción oficial y pública la oficiosa y privada: método posible, porque los catorce Gobiernos locales estaban en poder de un mismo partido -el Autononomista Nacional-, cuya dirección la ejercía el presidente que sumaba -de tal modo-, a las extensas facultades constitucionales, las amplísimas inherentes al caudillo que tenía de simples segundos a los gobernadores.

La prensa gubernista encomiaba el adelanto que suponían las nuevas interposiciones amistosas sobre la violencia antigua, singularizada por la intervención, el estado de sitio y el destierro(3).

(3) Periódico “La Tribuna Nacional”, (Buenos Aires), Nros. 1.012 y 1.054, ediciones de Febrero 14 y Abril 4 de 1884. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo II, capítulo XV: “Primera Presidencia de Roca”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

El peligro consistía en que el fuerte predominio personal que gravitaba sobre la República -carente como siempre de la libertad de voto- derivase hacia una cerrada oligarquía. Contaba Pizarro haberle oído a Avellaneda esta observación: Roca, general, descubrió que no no había indios en el desierto; presidente, iba en camino de descubrir que no había ciudadanos en las ciudades.

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