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Fallece Nicolás Avellaneda

La revolución del 80, con la fúnebre lista de los caídos en su lucha, dejó en Avellaneda un desasosiego persistente... Su temperamento, neurotizado por el drama familiar, lo llevaría a seguir caviloso en la búsqueda de su propia justificación de gobernante que debió enfrentar con las armas la rebelión de Buenos Aires...

El había anhelado la paz, siempre la paz como inspiración de su mandato; y, sin embargo, era con la guerra civil imprescindible que se había bajado el telón de su presidencia... ¿Imprescindible?... ¿La juzgaría así la historia?

Cuando alejado del poder, escribió hacia 1883 un bosquejo biográfico que dejó inédito, redactado a lápiz, acerca de Bernardino Rivadavia, al estudiarlo y en severo desacuerdo con la renuncia de aquél a la Primera Magistratura, explicaba Avellaneda:

... el Gobierno es la autoridad y la autoridad se compone igualmente de estos dos elementos ineludibles: la razón como la fuerza. Los gobernantes no son pastores de almas...”.

Tal vez Avellaneda afirmaba esta tesis que sustentaba el uso de la fuerza para apuntalar la razón de un gobernante, calculando justificar así, con un ejemplo histórico, su propia y dramática experiencia presidencial del 80...(1).

(1) El doctor Benjamín Villegas Basavilbaso, el historiador fallecido hace pocos años, después de haber alcanzado en la Justicia la presidencia de la Corte Suprema y con quien tuvimos el honor de platicar a menudo, nos transmitió la confidencia que a él le formulara un hijo del presidente Avellaneda, confirmatorio de esta presunción. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.  // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

Los desvelos del cargo, en especial durante los últimos meses, le habían exigido tensiones agotadoras; buscó, como descanso, el refugio de su biblioteca. Esperaba reponer así las energías cuando, en 1881, nacionalizada la Universidad de Buenos Aires, una asamblea de académicos de las facultades que entonces la constituían, lo eligió Rector. En el desempeño del Rectorado preparó la ley universitaria aprobada en 1885, que lleva su nombre.

Aunque obligado por la salud disminuida a administrar sus actividades, su catolicismo militante lo llevó a participar de las controversias suscitadas por la Ley de Educación Común y a pronunciarse contra ella. Lo hizo al considerar que la misma sólo autorizaba la enseñanza religiosa antes o después del horario regular de clases. En este punto no trepidó en polemizar hasta con Sarmiento.

En 1882, al inaugurar la Exposición Continental, en su carácter de presidente honorario de la comisión organizadora, Avellaneda señaló que la exposición representaba “nuestro impulso más poderoso en las vías del progreso industrial, siendo de notarse que ha nacido de las entrañas del pueblo mismo, como si hubiera sido instintivamente inspirada por el sentimiento de su grandeza”.

Y como para que no hubiera duda alguna de que el país asimilaba las caravanas inmigratorias, Avellaneda proclamaba en esa oportunidad, con remarcable orgullo:

Somos la Nación cosmopolita de la América del Sur. Oyese hablar por las calles de nuestras ciudades todos los idiomas del mundo”.

Ese mismo año es electo Senador por Tucumán. Pero su salud quebrantada, al abandonar la Presidencia, ignoró las mejoras que cortos viajes a Montevideo y Río de Janeiro le hicieron concebir.

No lo curarían ni el amor de su tierra natal, ni la ciencia de Europa, hasta donde se fue en 1885; su dolencia renal superaba a los sabios de París y, desahuciado, se embarcó para el regreso. Los auxilios religiosos los recibió a bordo con serena dulzura, la misma que lo hizo reclinarse en el hombro de su mujer para el tránsito definitivo.

Aristóbulo del Valle, que viajaba con él, cubrió con una bandera argentina el cuerpo yacente de Nicolás Avellaneda. ¿Podíase dudar de que esa vida merecía el honor de tal mortaja?

Después de haberlo sido todo como hombre público, para juzgar el mundo, Avellaneda continuó prefiriendo otra tabla de valores... Porque no lo disimulaba, pudo, en 1882, escribir estas palabras transparentes:

¡Paso a los poetas! Aunque no se lo demos, avanzarán con nosotros, sin nosotros y a pesar de nosotros, a ocupar la cabeza de la columna. Cuatro o cinco estrofas representando un estado del espíritu, dando expresión a las agitaciones del corazón y que contengan uno de aquellos versos que son como una fibra del alma, bastan para salvar una memoria de hombre en el naufragio de los tiempos.
La acción política es más ruidosa, pero es también incierta en sus resultados, y ninguno de los que viven en su agitada arena puede calcular el alcance futuro de su nombre. ¡Cuántos personajes ufanos y vanagloriosos van pasando al olvido en la historia contemporánea misma, mientras que un verso de Schiller, Byron o de Echeverría hará conocidos sus nombres en la más lejana posteridad!”.

¿No se percibe en todo esto la pena íntima de “haber ambicionado el Gobierno”, malogrando una posible gloria literaria..?

Es precisamente después de 1882, cuando Avellaneda deja, a propósito de la muerte de fray Mamerto Esquiú y en un esbozo biográfico sobre Rivadavia, las páginas que certifican, a nuestro juicio, la hondura de su pluma...

Por ello se piensa que de haberle dado más años el destino, Avellaneda habría alcanzado ese nivel del escritor que llega a la posteridad con el bagaje del libro perdurable.

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