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Trascendencia de la rebelión jordanista

El apoyo popular que tuvo Ricardo López Jordán se explica por su prédica de guerra contra los porteños, más que contra los poderes federales. En el manifiesto dirigido al pueblo de la República, el caudillo ocultó ese sentimiento, que está expresado -sin embargo- con sobrada nitidez en cuantas publicaciones de propaganda vieron la luz en Entre Ríos.

Tan exageradas eran las manifestaciones, que el senador Oroño -amigo del caudillo rebelde-, las denunció como principal obstáculo para proponer la paz, cuando en Agosto de 1870 juzgó posible un arreglo a raíz de las victorias de aquél y de la incorporación de Carlos Tejedor al gabinete(1).

(1) Oroño. Carta al general López Jordán (Agosto 20 de 1870), en: Nicasio Oroño, Manifiesto y justificación (Buenos Aires, 1873), p. 12. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo I. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

En este sentido, el movimiento reconoció la misma génesis que el de Peñaloza, el de los colorados de Cuyo y el de los montoneros de Varela. Carácter más particular dio a la lucha la antigua rivalidad entre Buenos Aires y Entre Ríos, insinuada desde los días de Caseros y mantenida con suerte varia en los últimos veinte años pues, a la hegemonía nacional que esta provincia ejerció hasta Pavón, siguió la practicada por la otra a partir de tal batalla.

Caducada en 1867 la ley de coexistencia de las autoridades nacionales y provinciales en la Ciudad de Buenos Aires, las primeras residían desde entonces en ella como simples huéspedes, necesariamente deprimidas por esa situación incómoda. El Congreso de 1869 fijó la Capital Federal en Rosario, con aplauso de los porteños; pero Sarmiento vetó la ley, prefiriendo las molestias que soportaba, a la incertidumbre de una posible segregación

Así, pues, si las provincias amenguaban en su poderío, Buenos Aires conservaba incólume el suyo y aquéllas lo advertían.

La muerte del vencedor de Caseros y la derrota del caudillo que le sucedió, determinaron la decadencia entrerriana. El biógrafo chileno de Sarmiento, poco preocupado en razón de su origen por los problemas del federalismo, ha precisado ingenuamente los efectos de la lucha. “Quedó resuelto -dice- un problema más en la organización nacional argentina: la belicosa provincia, que constituía un Estado dentro del Estado con Urquiza y que se levantaba con López Jordán para prolongar esa situación inconstitucional, quedaba reducida a la situación de todas las provincias argentinas y sometida por consiguiente a las intervenciones nacionales(2).

(2) J. Guillermo Guerra, Sarmiento, su vida y sus obras (Santiago de Chile, Imprenta Elzeviriana, 1901), p. 269. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo I. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

Apartada la frase, Estado dentro del Estado, que implica una censura errónea, porque el régimen federativo supone precisamente la existencia de varios Estados particulares dentro de un Estado general, la observación es fina y certera: la belicosa provincia quedaba sometida a las intervenciones nacionales... Y quien dice esto, piensa sin esfuerzo en una sujeción a la vigilancia atenta, a la intromisión autoritaria, al capricho imprevisible de las autoridades federales.

En cuanto a las ideas constitucionales, la derrota del caudillo entrerriano significó la muerte del federalismo agresivo, cuya filiación histórica ha de buscarse en la incomunicación secular de los Cabildos e Intendencias coloniales y en el aislamiento agreste de los gobernadores vitalicios y cuya fórmula jurídica la proporcionó la Convención porteña de 1860; significó, por tanto, la decadencia de las ideas a que adhirieron Sarmiento, Vélez Sársfield y Mitre, con la particularidad de que los mismos sostenedores de antes, aleccionados por la responsabilidad del Gobierno, extirpaban con el hierro y el fuego el fruto sembrado tan fervientemente.

A los porteños poco interesaba el hecho, pensando tal vez que Buenos Aires no era Entre Ríos, con la misma arrogancia con que diez años atrás habían exclamado:

-“¡Buenos Aires no es San Juan!

Pasarían diez años más y Buenos Aires iría a acompañar a Entre Ríos, cayendo luego por grados insensibles hasta encontrarse junto al San Juan de la comparación.

Respecto al procedimiento intervencionista, la modificación que Eduardo Costa introdujo en la ley votada para Entre Ríos, relativa a las funciones del Comisionado, importó también fundamental cambio.

El gobernador provisorio -ciudadano nativo de la provincia intervenida o actuante en ella, considerado transitoriamente representante de la autonomía provincial-, sería reemplazado, en virtud de tal concepto, por un mero agente del Ejecutivo, sujeto en un todo a sus instrucciones directas y sometido a destitución con causas justificadas o sin ellas.

En su famoso discurso de 1869, Mitre había dicho que el espectro sangriento de Aberastain flotaba detrás del artículo 6to., confesando así una verdad evidente, cual era que las doctrinas del prócer sanjuanino se le aparecieron vívidas y subyugantes todas las veces en que debió mover el resorte de las intervenciones.

Aberastain había protestado contra las intromisiones no requeridas y sentado el principio de que intervenir no es sustituir; y Mitre, fiel a su memoria, se había propuesto caracterizar su acción gubernativa por la política de la no intervención, política que pudo realizar a medias, aunque respetando siempre el principio de no sustituir, para lo cual apeló al arbitrio de los gobernadores provisorios, fuente de complicaciones enojosas.

En Entre Ríos, el Gobierno Federal intervino sustituyéndose directamente a las autoridades de la provincia para presidir comicios locales. Aberastain sufría de ese modo un eclipse y, desde entonces, ninguno de sus amigos volvería a mencionarlo.

Los hombres amoldaban el espíritu a los nuevos hechos y necesidades.

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