El contenido de esta página requiere una versión más reciente de Adobe Flash Player.

Obtener Adobe Flash Player

Fiebre Amarilla, conocido de antiguo como "vómito negro"

La fiebre amarilla, antiguamente conocida con el nombre de “vómito negro”, es una enfermedad infecciosa cuyo nombre deviene de la ictericia de los enfermos (Wolfgang K. Joklik, p. 1.035), producida por un flavivirus (antes conocido con el nombre de arbovirus del Grupo B) transmitido por mosquitos -el Aedes aegypty- y cuyo reservorio urbano es el hombre, mientras que en las áreas selváticas lo son los primates (Oscar P. Larghi, p. 215).

La enfermedad fue descripta en 1684 (Thomas P. Monath, Parte III, p. 1.643) y continúa siendo una enfermedad endémica potencial (Thomas P. Monath, p. 1.645), que causó estragos -con millares de víctimas-, durante más de doscientos años. Recién en el año 1900 se probó la etiología viral y el virus fue aislado en 1927, aplicándose, a partir de 1934, las primeras vacunas.

En América Latina, el mayor Gorgás y Theodore Roosevelt marcaron un hito histórico con la limpieza de La Habana y del Canal de Panamá (Sheldon Watts, p. 363).

Hoffmann creyó -equivocadamente-, que la única base territorial del mosquito Aedes aegypti de la fiebre amarilla era el Africa Occidental. Investigadores sorprendidos descubrieron, en 1935, que en la Cuenca del Amazonas podían ser huéspedes del virus tanto seres humanos como monos, lo que generó una nueva clasificación:
* fiebre amarilla urbana;
* fiebre amarilla Silvana (transmitida del mono al ser humano a través del mosquito);
* fiebre amarilla selvática (mono a humano vía mosquito); e
* intermedia (mezcla de contactos entre humanos y monos).

Epidemiológicamente se destaca que la eliminación de los mosquitos transmisores ha eliminado la fiebre amarilla de las zonas urbanas pero, en las zonas selváticas se mantiene en ciclos en Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia, Paraguay, Brasil e inclusive en el Nordeste argentino.

Precisamente, en la provincia de Misiones, aparecería cíclicamente cada 7/10 años, reintroducida por poblaciones no inmunes de monos provenientes del Matto Grosso (Oscar P. Larghi, p. 215).

La fiebre amarilla todavía se presenta -tanto en América como en el Africa tropical-, con una incidencia de 1.000/3.000 casos por año, con un significativo aumento en las postrimerías del siglo XX. En América, la enfermedad afecta a 100/300 personas por año, especialmente a adultos que participan de actividades agrícolas o forestales (Thomas P. Monath, p. 1.645).
En Africa Occidental, entre 1858 y 1982, se produjeron numerosas epidemias de fiebre amarilla, pero la más devastadora fue la de Oshogbo (Nigeria), en el año 1987, que produjo 24 defunciones, de las 120 personas que padecieron la enfermedad (Sheldon Watts, p. 293).

El virus, que reiteramos se transmite por los mosquitos, ha sido controlado por:
1.- el control del vector mosquito urbano;
2.- la erradicación de las colecciones de aguas (a fin de evitar las larvas), y las consecuentes mejoras de las instalaciones sanitarias; o bien por
3.- las vacunas. Los franceses, especialmente para sus colonias africanas, utilizaron una vacuna cuya cepa (conocida con el nombre de cepa Dakar) fue atenuada por pasajes en cerebro de ratón.

En la actualidad, esta cepa fue reemplazada por la cepa 17 D, confeccionada a virus vivo y atenuado, obtenida por Theiler y colaboradores, mediante pasajes sucesivos en: a.- cultivos celulares de embrión de ratón; b.- luego en embrión de pollo y; finalmente, c.- en cultivos embrionarios de pollos carentes de tejido nervioso (Oscar P. Larghi, p. 216).

El paradigma clásico de la higiene individual comienza a transformarse con la aparición de los supuestos históricos del Estado moderno, o -al decir de los historiadores- con el surgimiento de las nacionalidades. Esta transformación obedece a que, al producirse la concentración del poder en manos del rey y dar nacimiento a la monarquía absoluta (o Estado moderno) la población, que era eminentemente rural durante la etapa anterior del Feudalismo, se hizo urbana, al trasladarse a las ciudades (fenómeno que llevó dos siglos, a partir del XII o XIII, con la aparición de los “burgos”).

Las epidemias de peste en estos nuevos conglomerados humanos, motivarían el nacimiento de las primeras organizaciones sanitarias. Estas primeras intervenciones corrieron a cargo de distintas agrupaciones:

a.- organizaciones políticas “burguesas” (término que indica que proviene de los burgos, o sea de las ciudades) como las Juntas o Consejos de Sanidad;
b.- asociaciones benéficas confesionales o laicas, como los hospitales; o bien
c.- asociaciones profesionales, a través de contrataciones con médicos y boticarios (Pedro Marset Campos y José M. Sáez Gómez, pp. 3 y ss.).

Es decir que el nacimiento de lo que hoy conocemos como salud pública, estuvo indisolublemente ligado a las ciudades, aunque debieron transcurrir varios siglos para utilizar cotidianamente ese término.

Las ideas que en el plano político sostuvieron Condorcet, Diderot, Voltaire, Montesquieu y Rousseau, que culminaron en la Revolución Francesa y su Declaración de los Derechos del Hombre, dieron origen -en el plano de la salud- a una nueva disciplina: La Higiene Pública, especialmente con la obra de Johann Peter Frank. Detengámonos por un momento en este nuevo aspecto.

La idea central que surge en los siglos referenciados (XVII y XVIII) es que la población era la primera función del Estado. Preocupación entendible, en razón de la necesidad de tener una importante cantidad de brazos para el trabajo y de hombres para las fuerzas de tierra y mar. Por ello, se vino haciendo hincapié en el concepto de: policía médica (George Rosen, p. 138).

Finalmente, y de manera sintética -siguiendo a J. C. García- indiquemos que, a finales del siglo XIX dos teorías en pugna se disputaban la explicación de las enfermedades transmisibles: por una parte, las ideas contagionistas suponían la existencia de seres vivientes que, directa o indirectamente, transmitían la enfermedad de personas enfermas a sanas; y, por el otro lado, las ideas infecciosas o anticontagionistas postulaban que las enfermedades epidémicas afectaban a un gran número de personas debido a la influencia de condiciones atmosféricas, climáticas y del suelo (J. C. García, p. 90).

Lo importante consiste en analizar y evaluar las percepciones acerca de la fiebre amarilla como epidemia, y las políticas que se implementaron en su consecuencia, por la provincia de Corrientes, en las postrimerías del siglo XIX.

Como hipótesis de trabajo entendemos que el análisis histórico exhaustivo permitirá determinar claramente los vínculos y concatenaciones entre los movimientos de la plaga (v.g. fiebre amarilla) y las diversas manifestaciones del poder imperial, tanto en América, como Argentina, y, especialmente, en Corrientes. Nos basamos en la hipótesis de que el protagonismo asumido por el Estado se correlaciona con las pautas del modelo económico liberal.

Para ello, se tendrá en cuenta que, la Argentina, y en general los países latinoamericanos, ajustaban sus servicios de salud a las necesidades de una producción capitalista destinada al mercado exterior. La relación entre estos países y las economías capitalistas más avanzadas obligaba a estructurar administrativamente al Estado, a fin de lograr una transformación que facilitara la implantación del capitalismo en América Latina.

Esta tarea fue asumida por la burguesía, surgida de la producción capitalista de materias primas y de productos alimenticios exportables, etapa denominada, de acumulación originaria. Desde mediados del siglo XIX, la sucesión de las epidemias interrumpían el desarrollo de las economías de exportación, circunstancias que contribuyeron al establecimiento de “juntas de sanidad de emergencia” (Cueto) y, en consecuencia, la lucha contra las enfermedades que justificaban la “cuarentena” sería el punto de partida para la transformación.

En este contexto debe tenerse presente la necesidad que tuvieron las élites de utilizar la salud para controlar a grupos subordinados, mantener su supremacía política, protegerse de un entorno social inseguro y la idea de la hegemonía cultural a través de estereotipos higiénicos y estigmas sobre la enfermedad.

Por lo tanto, se pretende establecer que la investigación del período en que se desarrolla la epidemia de fiebre amarilla en Corrientes, en 1871, como investigación en salud (como la práctica y el saber en este campo), está ligada al proceso de producción económica y, por lo tanto, es influenciada por las tendencias dominantes que participan en el citado proceso, a través de la historia.

Este trabajo es más bien un reclamo -como diría Cueto- de la utilidad de la historia de la salud en la formación de una identidad de la salud pública de la provincia de Corrientes, recordando -al propio tiempo-, que este tipo de tema tiene escasa presencia en la bibliografía histórica correntina, y que sólo ha sido tratado tangencialmente por los historiadores locales.

Puede pensarse, en consecuencia, en una transferencia inmediata, reflejando de esa manera la misión universitaria de insertarse en la comunidad y proponer visiones que sirvan para interpretar la ruta de la salud pública.

BIBLIOGRAFIA

* Wolfgang K. Joklik. Estructura, componentes y clasificación de los virus (1997), en: Zinsser Microbiología, del citado Joklik y otros. Editorial Médica Panamericana, 20ma. edición, Buenos Aires; sostiene que los síntomas en el hombre del virus de la fiebre amarilla son: fiebre hemorrágica, hepatitis, nefritis con frecuencia fatal.
* Oscar P. Larghi. Familia Rhabdoviridae (1991), en: Virología Médica, de Guadalupe Carballal y José Raúl Oubiña; Librería El Ateneo Editorial, Buenos Aires.
* Thomas P. Monath. Flavivirus (1997), en: Enfermedades Infecciosas (Principios y Práctica), de Gerald L. Mandell et al. Editorial Médica Panamericana, 4ta. edición, Buenos Aires. Monath sostiene que “... la aparición masiva de fiebre dengue en urbanizaciones, tanto en áreas costeras como en el interior de Sudamérica en años recientes, destaca el peligro potencial de la fiebre amarilla urbana...”.
* Sheldon Watts. Epidemias y Poder (Historia, enfermedad, imperialismo) (2000). Editorial Andrés Bello, Santiago de Chile.
* Pedro Marset Campos y José M. Sáez Gómez. La Evolución Histórica de la Salud Pública (1998), en: Salud Pública, de Martínez Navarro y otros autores. Ed. McGraw-Hill Interamericana, México.
* George Rosen. De la Policía Médica a la Medicina Social. Ed. Siglo Veintiuno Editores, Córdoba.
* J. C. García. Pensamiento social en Salud en América Latina. Ed. Interamericana McGraw-Hill y OPS, 1994.
* M. Cueto (editor), Salud, Cultura y Sociedad en América Latina, IEP/OPS, 1996.

// Todo citado por Alvaro Monzón Wyngaard. Poder y Epidemia de Fiebre Amarilla (Estudio de Caso: Corrientes) (2014), Corrientes.

Información adicional