El contenido de esta página requiere una versión más reciente de Adobe Flash Player.

Obtener Adobe Flash Player

Fiebre Amarilla. Contexto histórico

La medicina era, hasta mediados del siglo XX, una medicina con variaciones cuantitativas, literal, realista y naturalista. Era el “sello” de la medicina occidental que, desde Hipócrates, veinticinco siglos atrás, normatizaba la actividad de un quehacer, cuyos progresos eran innegables para el hombre común (Romilio Pablo Monzón (f) y Alvaro Monzón Wyngaard, pp. 195 a 204).

Efectivamente; la medicina de la época

con sus triunfos sobre la enfermedad, sus conquistas prodigiosas en la prevención de la mortalidad infantil, en la lucha contra las enfermedades infecciosas, en los admirables logros de la cirugía, iba estrechamente ligada, en lo más profundo, a las grandezas y también a las miserias de nuestra vida, es decir, a nuestra ‘existencia’.
Esta existencia nuestra, la existencia del hombre contemporáneo, marchaba inmersa en una gigantesca corriente, la del poder de la ciencia”.

Busquemos sus raíces en el pasado. Cuando los hombres eran sus propios médicos y se lamían, chupaban y frotaban sus propias heridas -imitando a los animales- en la Prehistoria; o en el mundo neolítico, cuando se iniciaron los primeros tratamientos empíricos basados en los que el hombre había visto que era eficaz en casos similares (la experiencia), y la medicina fue realista y naturalista.

Más tarde se agregaron las hierbas y otras medidas empíricas (plegarias, exorcismos, rituales mágicos); la medicina comenzó a hacerse simbólica, plena de realidad y así continúa hasta el descubrimiento de la escritura pictográfica y jeroglífica que la transforma en escrita.

Esta mención del pasado prehistórico muestra que el medio y la época influyen -no poco- sobre el pensamiento y el quehacer médicos y demuestra que la medicina y la cultura marchan paralelas.

Las primeras grandes civilizaciones del Medio y Lejano Oriente (mesopotámica, hebrea, egipcia, persa, hindú, china, japonesa) finalmente se volcaron hacia la Cuenca Mediterránea con sus aportes culturales y -por supuesto- con sus aportes médicos, con aceptables niveles, tanto que permitieron la supervivencia de la especie a lo largo de los siglos.

Era una medicina sacerdotal, humanitaria por necesidad, natural o intuitiva. Estaba todavía teñida de misticismo y religión, desacralizándose progresivamente como todo el pensamiento griego. Esta desacralización reflejaba la del pensamiento. Además, fue un fenómeno corriente en la mayoría de los puertos.

El pueblo griego amaba la filosofía; todo lo cuestionaron; así dio nacimiento a un pensamiento sesudo, que influyó decididamente en la medicina, aportándole el soporte lógico y la racionalidad consiguiente, con una poderosa eticidad.

Esa fue la escuela hipocrática. Hipócrates vivió en los siglos V a IV (400 a 377 a.C.). Fue el fundador de la escuela donde impuso la tendencia a la observancia clínica, orientada hacia la salud o la curación del enfermo. Se le atribuye la desacralización y la introducción de los principios éticos, de los que el Juramento ha llegado hasta nuestros días con pleno vigor.

El papel de Grecia respecto de la medicina no estaba tanto en un progreso pragmático, sino teórico o de principios. Se constituye entonces el carácter “científico” del saber médico y el carácter ético, humanista de la profesión.

Ciencia y humanismo son los dos pilares y en la base de cada uno de ellos vamos a encontrar la filosofía y, en general, toda la cultura griega, de la que es hereditaria todo el mundo occidental. El “milagro griego” consiste en la conquista del pensamiento racional que convierte al naturalismo y al humanismo en racional y ético.

A la par de la medicina “científica”, se desarrolló en Grecia una medicina de carácter religioso, destinada al culto de Asclepio. Este culto, de gran difusión, se convirtió en el más famoso de su tipo en la historia. Sus partidarios eran llamados Asclepíades (“hijos de” o “de la familia de”). Asclepio era médico y padre de médicos; un médico muy conocido y respetado en cuyo honor se levantaron templos -más de doscientos-, lugares especiales de reunión y peregrinaje.

El griego fue un pueblo que creó la Filosofía, le dio nombre y cuestionó todas las cosas; “discutir” era el caro deleite (ocio-negocio). Buscando una explicación a las raíces mágicas y religiosas por una parte, y racionales y éticas por la otra (dos direcciones de la primitiva medicina de los griegos) hasta cierto punto hallamos un origen común, no contradictorio.

La magia y la religión no son contrarios a la ciencia y al humanismo. Lo prueban las relaciones y vinculaciones de la química y la alquimia, de la astronomía y la astrología; pero el pensamiento mágico no alcanza a la normatividad, que es propia del humanismo (“el hombre era la medida de las cosas”, según Pitágoras).

Esta conquista es obra de la filosofía nacida de la “experiencia” y adhirió a la Teoría (“teorein”, el verbo griego que significaba ver, mirar, contemplar). Los griegos determinaron originalmente que la filosofía es la actitud visual contemplativa ante la realidad.

El pensamiento anterior a los griegos es todavía de la mentalidad primitiva, mágica, “a-lógica”. El pensar no se distingue de su objeto, el observador no se separa de lo observado, uno y otro están absorbidos y confundidos de igual modo que todo el universo.

Hay un animismo común a los seres y a las cosas. En el seno de esta alma universal, el pensamiento no se diferencia de la acción, ni del sentido del hombre en el destino del mundo. La fusión sujeto-objeto excluye un conocimiento objetivo y con ello impide el progreso esencial al saber y al pensar y también al hombre, al tener conciencia de sí mismo y asegurarse un lugar señalado en el ser.

Los griegos, por el contrario, tuvieron con la teoría la fundamental y originaria experiencia de establecer distancia entre el hombre y la realidad, puesta a la vista como distancia y oposición entre el pensar y el ser, entre el espectador y lo contemplado, entre el sujeto y el objeto. La distancia posibilita la perspectiva visual bajo la cual “lo visto”, se muestra objetivamente en la forma que le es esencial.

Como disposición o actitud mental, este alejamiento se cumple por parte del sujeto, mediante la ruptura de todo vínculo o relación con su objeto que no sea el puro deseo de conocer la actitud teórica o filosófica exige un triple desprendimiento: a.- pragmático; b.- patético; y c.- ético.

La falta de correcto entendimiento de estas exigencias motivó discusiones largas y bizantinas hasta en el nombre, amor a la sabiduría - amor al bien, que se constituye en la suprema aspiración de la Filosofía, dentro de los limites de la razón y de la libertad humanas.

Nos ocuparemos de algunos vocablos que constituyen una Tetralogía Médica: SALUD - ENFERMEDAD - VIDA - MUERTE. Debemos hacerlo, porque esos vocablos son -operativa y conceptualmente- aquéllos sobre los que trabaja la medicina de todos los tiempos.

SALUD - Es el estado hígido, normal, que ha sido siempre solidario con el pensamiento y la reflexión filosófica, es una situación de goce íntegro e integral que abarca a todos los sectores orgánicos, sin especificaciones, carentes de parámetros precisos, de donde resultan fórmulas simples, de carácter negativos o tautológicos.

La salud es la ausencia de enfermedad”; “La salud es la vida en el silencio de los órganos”; “Es el conjunto de funciones que resisten a la muerte” (Bichat) o, “Es un estado raro que, sin embargo, no es patológico” (Kubie) o, “Es un estado precario que no presagia nada bueno” (Jules Romand).

Veamos ahora, si desde la concepción contraria, enfermedad, podemos conocer: ¿Qué es la Salud? Se ha pretendido establecer una oposición de los términos salud y enfermedad, tan radical como entre vida y muerte.

Según la experiencia común que tenemos de la enfermedad, en cuanto Sufrimiento, Padecimiento, Afección, el estado morboso excluiría absolutamente el estado normal. Por su condición pasiva, la enfermedad es vivida como “parásita”, determinante de un modo extraño, cuantitativamente distinto de la salud (J. A. Mainetti).

Esta experiencia de la enfermedad como pathos se origina el ontologismo nosológico, es decir, la concepción que hace de la enfermedad un ente, esencia o principio opuesto contra, naturalmente, la SALUD.

* Una primera experiencia conceptual del ontologismo nosológico, es la interpretación demonológica de la enfermedad, de la medicina arcaica y primitiva. El primitivo, como es sabido, concibe la enfermedad como una “cosa” de carácter demoníaco o mágico que penetra en el cuerpo, y lo abandona después por sí mismo, o en virtud de una maniobra catártica (conjuro-salmos-exorcismo).
* La concepción primitiva implica aspecto solidario de ontologismo: a.- La enfermedad es algo “entitativo” (cuerpo material); b.- es “esencial” en su forma (la enfermedad se identifica con sus síntomas) y c.- es “sobrenatural” en su principio, por cuanto responde a un poder maléfico, que desconoce toda enfermedad natural.
* Una segunda forma de ontologismo nosológico en la historia de la patología, es la teoría especulativa, que acerca del “ser de la enfermedad” se elabora en la filosofía natural moderna: la polaridad y el dualismo (la lucha de los “contrarios”).
* Desde el Renacimiento al Romanticismo (y se confirma con Paracelso) dura esta lucha de contrarios, que concibe la enfermedad como una esencia germinal opuesta a la salud. Paracelso, con la explicación de los principios de la alquimia, de los procesos naturales que se “componen” y “descomponen”, define a los contrarios y, más tarde, Schelling influye en el principio de la OPOSICION, que se observa también en otros procesos naturales, con fenómenos similares, tales el Magnetismo, la Electricidad, la Organización Sexuada de la Vida.

Tres orientaciones de la patología clásica señalaban en el fondo, la desviación metafísica:
1.- En primer lugar, la dirección analítica y atomística de la medicina moderna, que conduce hacia una concepción Entitativa o Subtancialista de la enfermedad, la anatomía artificiosa y como ninguna, la Patología científico-natural, preocupada por visualizar y objetivar el Ser de la enfermedad (su causa, su sede, su consistencia, y culmina con una versión científica del ontologismo).

En el camino se une la concepción exógena de la enfermedad que llega - con Pasteur - a la etiología infecciosa, la lesión anátomo-patológica de Morgagni, que cobra valor en la Patología Celular de Vorchow (el fenómeno morboso como alteración local de los órganos, tejidos y células), fue dando consistencia real a la consideración de la enfermedad, como resultado de una causa externa (parásita), actuando como causa extraña, (la lesión morbosa) en un lugar determinado del organismo.

2.- En segundo lugar, el criterio “esencialista” o nosológico de la clínica medica respecto de las diversas clases de enfermedades conduce, por su parte, a ese “realismo ontológico, es decir a una “hipóstasis de entidades morbosas”.

El viejo principio aristotélico “de que sólo mediante nociones generales" se transforma en “ciencia, la experiencia”, se aplica justamente al saber médico, y de aquí surge el principio hipocrático “que no hay enfermedades sino enfermos” y a su tiempo replantearía la célebre dispuesta escolástica de los universales (es decir, de los “conceptos generales”, de los “géneros” de las “especies”).

3.- En tercer lugar, por último, la concepción ontológica de la enfermedad está presente en la concepción duelista de la patología tradicional, que oscilaba entre los extremos de una interpretación espiritualista por un lado, y por el otro lado materialista, y naturalista de la enfermedad.

La enfermedad es un mal (nosos-morbos), y no sólo metafísico (imperfección de la naturaleza, un aspecto del ser), sino también un mal físico (sufrimiento, dolor), y además un mal moral (culpa, pecado). Ésta es la concepción babilónica o semita, que se interpreta como castigo a una falta personal.

Este aspecto va perdiendo vigencia con las desacralización de la medicina por de pronto, pero en forma incompleta. El sentido teológico de la enfermedad elaborado por el cristianismo vuelve a establecerse: entre la enfermedad y el pecado, si bien el dolo físico para el individuo que la padece se circunscribe o localiza, asciende en una dialéctica de interioridad-exterioridad (y encarcela), y así como viene se va, sin dejar huellas. En cambio, el sufrimiento moral no es una especie sino hábito, se identifica con el sujeto, no borrándose espontáneamente.

Aquí estaría la diferencia, al menos en sentido psicológico, entre la enfermedad y el pecado. La enfermedad, perturbación básica de la naturaleza humana, adquiere cierto grado de sentido, de “inteligibilidad”, vinculándose al desorden moral y al sufrimiento espiritual de la persona. En el plano religioso, por tanto, la “enfermedad” sirve de expiación y legitima el sufrimiento.

Cualquiera fuese la solución ontológica, hay que reconocer con Lain Entralgo, que la concepción cristiana de la enfermedad fue el único intento en la medicina occidental (hasta Freud) para comprender la dimensión de la persona humana en la enfermedad del hombre.

Este revolucionario criterio hizo saltar por los aires a la patología tradicional inmersa en el dualismo metafísico de la Antropología cartesiana.

Lo que en el hombre corresponde al cuerpo -la enfermedad por tanto- es un fenómeno de “extensión” explicable sólo por las leyes físico matemáticas, que eliminan “a priori”, la vertiente espiritual que carece de interés y valor científicos, como dejándola relegada a lo sobrenatural de las interpretaciones religiosas.

Contrapuesta a esta concepción, desde fines del siglo pasado y comienzos del presente, se halla la versión patológica de los principios fundamentales de la Filosofía de la Vida. Ésta se concreta en un concepto biológico, el fenómeno morboso sobre el fondo de la vida.

Salud y enfermedad no son opuestos en el sentido de natura y contra-natura, no son “contrarios” por su distinta condición cuantitativa. No hay saltos bruscos sino transiciones imperceptibles entre ambos estados porque ambos son co-extensivos de la vida.

La enfermedad no es un “ente” ni una “entelequia”. No añade ni sustrae nada al ser viviente. No es más que la vida bajo condiciones diferentes, anormales, “desviadas”. En suma, vida patológica. Cambia, por lo tanto, la relación entre los elementos que integran la tetralogía (Salud - Enfermedad - Vida - Muerte), esa relación que entre ellos teje la trama de la vida (Ordo Morbis - Ordo Salutis - Ordo Mortis - Ordo Vitae), que constituyen un mismo orden común y único: Ordo Naturae.

Comprendida desde la vida, la enfermedad es más bien reacción que pasión, más una conducta que una entidad, una respuesta adaptativa y creadora, con un sentido biológico determinado. Esta respuesta “patológica” tiene tres características que rompen definitivamente con el viejo STATUS de la enfermedad:

A.- Es una reacción general y sistemática, que afecta al organismo en su totalidad. La enfermedad no es cosa de los órganos, estos pueden ser causa o asiento de la misma, pero la enfermedad es siempre la condición “holística” e integral del sujeto que la padece.

B.- La respuesta patológica es siempre individual, tiene la configuración propia y singular del ser vivo que “hace” su enfermedad. No hay esencia de la enfermedad ni enfermedades esenciales. Esta individualización es no sólo cuantitativa sino además cualitativa.

C.- La enfermedad es un proceso psicofísico: la vida patológica como la norma es siempre psicosomática. El organismo no es equiparable a una máquina. Esta concepción psicosomática tiene en cuanta el hecho biológico fundamental de la unidad y totalidad y totalidad funcional, y supera por tanto el dualismos cartesiano. Los conceptos de cuerpo-alma apenas sirven como base.

La critica del ontologismo nosológico emprendida desde el ángulo de la vida, ha echado las bases para los desarrollos posteriores del pensamiento médico contemporáneo, en el sentido de su reconversión antropológica. De la vida como principio de conocimiento (según Dilhey) arranca la posibilidad de una comprensión humana y no sólo biológica de la enfermedad. Más allá de su concreción Biopatológica, la enfermedad se integra en un contexto biográfico, tiene una individualización personal y una dirección espiritual.

De todos modos, quedó introducido (según Weiszäker) el hombre en la patología, como sujeto y no sólo como objeto. La enfermedad dejó de interpretarse como un Ens Per Se (un ser en sí mismo) sino como un modo de ser del hombre, como una manera humana de vivir, según lo subrayó el ejemplo autobiográfico de Jaspers.

Bajo la divisa del hombre enfermo (lo dice Von Gebsattel) “se alienta hoy en día el SABER acerca de los fundamentos Antropológicos de la medicina” (“las enfermedades son las enfermedades del hombre, así como las nubes son las nubes del cielo”, Hidegger).

Se ha visto (así lo esperamos) desechada la validez del ontologismo nosológico, asimismo el ontologismo tanatológico, desde la perspectiva de la vida, con inmanencia de la muerte asumida por la existencia humana.

Eduardo Antonietta, filósofo tucumano que enseñó en la Universidad Nacional del Nordeste, ha escrito unas páginas bellísimas a la muerte de su padre, como consecuencia de la orientación de la medicina hacia el descubrimiento del hombre en la enfermedad, instando a comprender a ésta desde el fondo esclarecedor de la existencia personal.

Esta es la demostración de la profunda Convergencia entre el pensamiento filosófico y el pensamiento médico contemporáneo. Es la afirmación de una experiencia común antropológica.

Si en la cultura occidental el ingreso del hombre como individualidad se produjo en el interior de una “meditatio mortis” que afirmaba la propiedad de la muerte humana, también era de esperar que en el interior de una “meditatio” similar rescatara al hombre como “ser enfermo”.

La enfermedad deja de ser así un obstáculo al apasionado reclamo de la muerte formulada por la experiencia poética. (“Hoy -decía Rilke- se muere de la muerte que corresponde a la enfermedad que se padece, porque cuando se conoce todas las enfermedades, se sabe también que los diversos éxitos letales forman parte de las enfermedades y no de los hombres: el hombre enfermo, por así decirlo, no tiene nada que hacer”).

En realidad, la acción de la Medicina en el progreso de la humanidad no ha sido otro que la de alejar indefinidamente el aspecto Ontológico de la enfermedad y la muerte, para dar lugar a su aspecto inmanente, propio o esencial de la existencia humana.

Señalamos así, conceptual y operativamente, la relación entre la enfermedad y la muerte más allá de la experiencia médica.

Mientras que la experiencia médica se encuentre con la experiencia metafísica, se encontrará al mismo tiempo con la Presencia y Ausencia del ser, su proximidad y su lejanía y la muerte queda accesible, dialécticamente más que definitoriamente (ni inmanencia ni trascendencia).

En este continuado progreso, nuevos aconteceres le han dado una tónica diferente a cada época. En los últimos dos siglos se ha vivido una revolución cultural y médica. Los progresos en el orden de la física, química y biología apabullan a quienes de ellas hace uso. Se ha producido, gracias a éste, el aumento de la duración de vida del género humano.

La curación y prevención de muchas enfermedades, el mejor conocimiento de sus causas, la mejoría con el diagnóstico, cuidado y tratamiento de casi todos los enfermos; los transplantes de órganos, tejidos y células, el uso de prótesis artificiales de funcionamiento vicariante casi perfecto; el descubrimiento de nuevas drogas para el tratamiento de las infecciones y el cáncer.

Todo esto conlleva gigantescos cambios y produce un alud de conocimientos que “desequilibran” al hombre, le hacen perder la estabilidad y lo amenazan con la caída. Es que estaba acostumbrado a ver solamente la medicina como “cuerpo” y se maravillaba con los progresos de la cirugía con técnicas cada vez mas precisas, más grandes, o más chicos, que no median la magnitud de las operaciones por la extensión de la incisión y el número de puntos de sutura.

Todo eso fue superado. Aceptó (el hombre común) incluso ser solamente un número de los dispensarios, o un número de cama, “despersonalizados”, con tal de tener acceso a esa medicina que para servir a la gente usaba hasta las técnicas informáticas para su diagnósticos y tratamiento. Se convirtió en el autómata de la medicina, que hacía necesaria esa hipótesis de impersonalidad para lograr el objetivo sanador.

En la décadas del médico, el “otro” aspecto, espiritual -como compuesto del hombre, y como integrante de su patología, a veces de modo predominante- con el psicoanálisis primero, el psicomatismo después, la medicina biográfica de la persona más tarde, más la suma de elementos ambientales que influyen en la salud de manera decisiva, aquella escisión de una de las mitades del dualismo clásico salió a la luz, mucho después de que hubiera sido entrevista por los pensadores antiguos.

Ahora bien, esa medicina, la nuestra, que se inicia en el tiempo de Hipócrates y desde entonces comparte lo esencial de la profesión “cuidar” del enfermo, “ayudarlo” mientras no pueda valerse por sí mismo, honrando a maestros e hijos de maestros, guardando los secretos que “le fueran confiados en el ejercicio de su quehacer”, atendiéndolos con solicitud, responsablemente, que fuera a lo largo de veinticinco siglos el ideal de la medicina occidental, se ha ido desdibujando insensiblemente pero progresivamente.

Y con el borramiento del perfil ético, esto unido a las transgresiones culposas, han disminuido los beneficios del progreso, cuando la ética se subordina a intereses comerciales o de otro tipo. Surge una larga lista de situaciones conflictivas, prolongación artificial de la vida humana, eutanasia, fertilización artificial, aborto, operaciones contra-natura, y sobre todo, posibilidad de manipulaciones genéticas.

Los griegos decían: el médico sabio es un dios. En determinados momentos del progreso actúa como si lo fuera. Pero el hombre no es Dios.

BIBLIOGRAFIA

* Romilio Pablo Monzón (f) y Alvaro Monzón Wyngaard (2005). Salud y Enfermedad, en: Alvaro Monzón Wyngaard. Charlas en la Universidad. Edición del autor/Moglia S.R.L., Corrientes.

// Citado por Alvaro Monzón Wyngaard. Poder y Epidemia de Fiebre Amarilla (Estudio de Caso: Corrientes) (2014), Corrientes.

Información adicional