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Malestar presidencial y algunas miserias políticas tras el triunfo

Al día siguiente de la batalla que dio el coronel Roca, hoy General y Ministro, Baibiene tuvo la insolencia de, ¡¡dar grados sobre el campo de batalla!!
"Al recibir el Parte redactado como si fuera el de Austerlitz y llamando al doctor Justo, edecán de S. E. correntina, para atenuar aquellas fanfarronadas de mal gusto y ocultar lo de los grados militares, el presidente se encontró con que el edecán conductor de la grata nueva había dado el Parte en La Nación antes que el Gobierno lo publicase, de manera de no poderse enderezar nada(1).

(1) Citado por Domingo Faustino Sarmiento. Obras Completas XXXII - Práctica Constitucional (segundo volumen). Ed. por la Universidad Nacional de La Matanza, Buenos Aires.

Quien escribió estas líneas fue el presidente Domingo F. Sarmiento. Lo hizo en 1878, en momentos en que el general Julio A. Roca era ministro de Guerra y Marina(2) del presidente Nicolás Avellaneda.

(2) Desde el 4 de Enero de 1878 al 9 de Octubre de 1879.

Cada párrafo del escrito fue redactado con ironía, dejando traslucir el fastidio que esos días le dejaron. Pero Sarmiento no quedó ahí:

Endilgóle además, el infatuado guerrero, dos desvergüenzas al presidente que le había disimulado la primera y, que el ministro (Carlos) Tejedor, presente como Encargado de la Guerra, viendo la impresión que le causó la segunda al presidente- intervino para que no lo pusiese a la puerta.
Era, a más de héroe de Ñaembé, diputado de oposición; sus diarios y sus hombres le habían enseñado que todo es permitido con el presidente. Este hacía, sin embargo, sus prudentes reservas, como se verá más adelante”.

No era fácil la posición de Sarmiento. Se sentía condicionado por la influencia de Adolfo Alsina, a quien debía el único soporte partidario, y debió enfrentar la actitud del mitrismo, cuya consigna era “voltear el Ministerio”.

El Ministerio exhibía, sin embargo, figuras con predicamento: Vélez Sársfield (Interior), Gorostiaga (Hacienda), Mariano Varela (Relaciones Exteriores), Avellaneda (Justicia e Instrucción Pública) y Martín de Gainza (Guerra y Marina).

No era un blanco fácil para la crítica, que se ensañó, en cambio, con la persona del presidente. Pero éste demostró cuánto había cambiado, desde los tiempos de la campaña contra Peñaloza. Fue prudente, y optó por contemporizar. Esto sorprendió a los contrarios, y lo salvó.

La élite gobernante correntina, más mitrista que el propio Mitre, no comprendió el proceso, no supo abstraerse del contexto general en el cual el mitrismo intentaba imponer -en toda la Nación- la proyección del ex presidente para un eventual segundo mandato y ese actitud de obstrucción y crítica saldrá muy cara a la provincia. Sus dirigentes no se percatarán que Mitre ya no tenía el poder que ostentaba años atrás, que las cosas habían cambiado, que el entorno era diferente y de ahí los actos de "insolencia" -al decir de Sarmiento- de atrevimiento, de demasía hacia la figura del presidente.

Y el costo político será enorme; ya que no será Sarmiento quien baje el pulgar en 1880; será otro presidente, con otros argumentos, pero con la suma de desaciertos de la élite correntina en su haber, quien no dudará en tomar la decisión de cercenar territorialmente la provincia de Corrientes.

Volviendo a Corrientes la narración del presidente -y siempre con una gran dosis de sarcasmo-, éste relató que

el laureado Baibiene reunió a sus jefes y oficiales al día siguiente de la batalla y delante de los cañones y armamento de todas clases tomados por el coronel Roca al enemigo y les dijo: 'Correntinos, estos cañones y armas las habéis conquistado con vuestro valor y nos pertenecen. Si el Gobierno Nacional los pide, lo resistiremos'.
Señales de aprobación contestaron a esta bravata. El señor presidente del Senado (se refiere al doctor Mariano Acosta, vicepresidente de la Nación en esos momentos y cuyo padre era de origen correntino) lo sabe y dará testimonio. La verdad es que tan poca cosa son seis piezas antiguas, que habría bastado pedirlas para que le fueran dadas ésas y las seis que le mandó el presidente (habla de sí mismo), y también se quedó con ellas”.

Pocos días después de Ñaembé, el coronel Desiderio A. Sosa -ya en abierta oposición al gobernador- remitió al presidente una proclama de Baibiene, diciéndole que, “tuviese cuidado, que allí se conspiraba". Sarmiento trae nuevamente testigos de lo que escribe, al decir que "Sosa invadió el año pasado a Santa Fe y estuvo el día antes de partir en el patio del Senado con (Nicasio) Oroño, quien puede dar testimonio”.

La proclama de Baibiene decía: “Correntinos, habéis triunfado en Ñaembé, abandonados del Gobierno Nacional, desnudos, impagos, sin armas”, etc.

Sarmiento negó de plano estas imputaciones. "El Gobierno Nacional le había mandado tres batallones, ciento veinte mil fuertes, seis piezas de artillería, mil seiscientas tercerolas, sables, lanzas que se tomaron de paso en Santa Fe, y los entregó el doctor Iriondo y el general Conesa, de lo que dará testimonio el primero, si los compañeros de Ñaembé no lo han muerto a la hora de ésta; ¡somos mortales y no hay hora segura!”, aseverará el presidente.

Al llegar a Buenos Aires el senador nacional Juan Eusebio Torrent, dio al presidente una explicación de las causas que habían motivado la proclama. El presidente, “que halla todo justo”, objetó, sin embargo, que “no era necesario mentir tan descaradamente para justificarse de un cargo que el presidente no había hecho”, etcétera, etcétera...

Muy luego se quejó Baibiene al presidente de que el ministro (Martín de) Gainza le estaba sublevando a Azcona. "Mostrada la carta al ministro, después de leerla, le dijo (a Sarmiento) con un aire de tristeza que no se olvida:

- “¡Cuánto lo siento! Me he equivocado. Me había caído en gracia este mozo Baibiene; y francamente lo quería! Debe ser un majadero. He visto a Azcona con otros correntinos en la guerra de Entre Ríos y, naturalmente, lo creía amigo del gobernador que lo enviaba. Harto tenía yo que hacer con Jordán, para hablar de cosas de Corrientes con jefes subalternos”.

Las palabras de Gainza, reproducidas por Sarmiento, dejan entrever un profundo desprecio por Baibiene.

- La exposición de Córdoba

Como si todo esto fuera poco, Sarmiento recordará críticas de Baibiene a la Exposición Nacional efectuada, por ese tiempo, en Córdoba.

En la exposición de Córdoba no se destapó con el presidente, y sólo en una carta dejó traslucir su pensamiento diciendo: ‘el correntino obra por simpatías y antipatías’; lo que después comprendió (Sarmiento) que quería decir: ‘Soy mitrista y no agradezco nada de otros’. Amén”.

¿Cómo comprender este párrafo? En primer lugar, recordar que en el centro del país, Córdoba sumaba su tradición al alborozo por las conquistas de la técnica. En Mayo de 1870 llegaba a ella el ferrocarril, cuya construcción -partiendo de Rosario- se había iniciado en 1865. El decreto oficial calificó el hecho de “el más grande acontecimiento de la época” y en la capital provincial, veintiún cañonazos saludaron a la bandera cuando allí se tuvo la respectiva información.

La provincia que había debido a la crianza de las mulas su secular prosperidad, encontraba en la locomotora la avanzada de la solidaridad nacional que las comunicaciones modernas estaban realizando. Como un símbolo del ayer y del mañana que el suceso concretaba, el obispo de Córdoba enviaba -con tal motivo y por intermedio del telégrafo-, su bendición a toda la República.

Y Sarmiento, que haría de Córdoba el escenario del Observatorio Astronómico, eligió en Diciembre de 1868 la vieja ciudad mediterránea para llevar a cabo en ella la primera Exposición Nacional. Al solicitar del Congreso la autorización para realizar el proyecto, señalaba Sarmiento que, “las exposiciones industriales son hoy una de las formas más aceptadas, no solamente para promover el adelanto de todas las artes que concurren a la producción, para animar el comercio, haciéndole conocer nuevos productos que puedan ser objeto de sus cambios, sino para hacerse valer en el concepto de los demás pueblos”.

Al acto de la inauguración, cumplido el 15 de Octubre de 1871, concurrieron el presidente Sarmiento, varios de sus ministros, los gobernadores de Córdoba, Salta, Santa Fe, Corrientes (Baibiene) y San Luis; representantes de otros Gobiernos provinciales, ministros extranjeros, etcétera.

Agrupamos aquí por la primera vez -expresó Sarmiento en el discurso inaugural- los elementos que revelan nuestro modo de ser presente y los que mediante el trabajo prometen medios de subsistencia para millones de habitantes en lo futuro.
Lección instructiva para todos. Instructiva por las riquezas que el suelo encierra y aún no han recibido forma y valor por el trabajo; instructiva por los artefactos en que se ensaya nuestra tímida industria; instructiva, en fin, por su deficiencia misma”.

En realidad, la exposición tuvo carácter internacional; los países europeos, a través de más de doscientos cincuenta expositores, presentaron más de mil objetos; y los de América, con ciento cincuenta expositores, enviaron más de quinientos ochenta.

Cuando se clausuró la exposición, pasados los tres meses de inaugurada, se apreció en más treinta mil personas el número de visitantes; se la juzgó un éxito, considerando los graves inconvenientes que, para su realización, debieron superarse, como la lucha desencadenada en Entre Ríos por el asesinato político de Urquiza y los estragos que, en 1871, hizo la epidemia de fiebre amarilla en Corrientes y Buenos Aires.

El ministro Avellaneda que, en representación de Sarmiento, presidió las ceremonias finales de adjudicación de premios, señaló a los así distinguidos que sus diplomas de triunfadores “representaban el honor y el porvenir de la República”.

Ahora, ¿por qué Baibiene criticó las inversiones del Estado al realizar esta Exposición?

En una carta, de fecha 14 de Abril de 1871, dirigida a Valerio Insaurralde y con la que el gobernador pretendía ganarse la voluntad del caudillo del sur de la provincia para las elecciones de ese año, Baibiene deja testimonio de su aversión a lo que sucede en Córdoba:

Las tendencias del Gabinete Nacional, bajo la presión del viejo Vélez Sársfield, son marcadísimas; quiere levantar a Córdoba a costa de las demás provincias y para esto necesita debilitarlas, especialmente a Corrientes, Entre Ríos y Buenos Aires.
El empréstito de los treinta millones para trabajos públicos de Córdoba, la Exposición Nacional, los telégrafos dobles, los ferrocarriles, puentes de hierro en todas partes, tienden al engrandecimiento y poderío de aquella provincia designada para capital por Vélez.
Pero, como Corrientes, Buenos Aires ni Entre Ríos no pueden consentir que, con su dinero y sacrificios, se celebre el festín de civilización y de progreso de Córdoba, que nada ha hecho por la prosperidad de la República, se buscan los medios de debilitarnos para que no podamos hacer otra cosa que aceptar la ‘coyunda’”.

- Un cambio de paradigma

Urquiza y Mitre habían sido jefes de Estado y, a la vez, cabezas de los dos principales partidos de la República. Sarmiento, en cambio, llegó a la Primera Magistratura sin partidos; federales y mitristas, con sus candidatos vencidos, se situaron en la oposición, y el partido autonomista era conducido por el nuevo vicepresidente, Adolfo Alsina. La situación de Sarmiento no podía ser más incierta.

Las fuerzas del partido federal habían decrecido en el Interior, pero aquél seguía constituyendo una agrupación respetable. El partido nacionalista o mitrista articulaba -en el Interior- grupos de élites, como en Corrientes o Santiago del Estero, donde se identificaba, además, con la vieja oligarquía provincial.

En Buenos Aires, donde había nacido, era considerado el partido de la “gente decente”, aunque no le faltaban adherentes en los aspectos populares. En cambio, el partido autonomista tenía apoyo popular. Alsina se consideraba el “tribuno de la plebe”, aunque el núcleo de su fuerza no residía en elementos populares, sino en la pequeña burguesía, formada por los empleados públicos, comerciantes menores y algunos profesionales.

La identificación social de los partidos tenía valor en su época. Pero basta pasar revista a los notables del partido autonomista y sus militantes, para comprender que, pese a la repercusión popular de sus actos y de su programa, sus conductores no tenían ninguna diferencia social apreciable con los del partido de Mitre. Aquellos notables no eran, sino, Bernardo de Irigoyen, Vicente F. López, Tomás Guido, Saenz Peña, Terrero, Anchorena, Quintana, Pinedo, Saldías. Junto a ellos, los jóvenes Roque Saenz Peña, Carlos Pellegrini, Aristóbulo del Valle, y una figura de origen menos “calificado”: Leandro Alem. No había distancia social, pues, con el partido de los Mitre, Elizalde, Gutiérrez, Riestra.

- El hombre y su programa

Sarmiento es un presidente sin partido, pero no sin programa. Ha repetido que quiere gobernar para hacer efectiva su prédica de treinta años. “Educar al soberano”, había dicho, años antes, en síntesis feliz. Al asumir el mando, anunció economías, moralidad administrativa, distribución equitativa de la tierra pública, hacer llegar la inmigración al Interior -para que no se concentre en las costas-, colonización, etc.

Menos Gobierno que Vd.; más Gobierno que el general Mitre; he aquí mi programa”, escribe a Urquiza. Custodió celosamente el principio de autoridad, cuidando hasta las formas exteriores: concurría a los actos oficiales en una carroza imponente y con escolta. Era Coronel, pero no usaba uniforme pues, como presidente, era Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas.

Al recibir el Gobierno tenía 57 años, había madurado y, si bien seguía siendo el hombre temperamental y explosivo de siempre, se había tornado más profundo, y había dejado atrás muchos de los odios y las pasiones que expusiera años atrás en el periodismo y la función pública.

Ya no desprecia el gauchaje, y lo ve como una víctima de la ignorancia y la miseria de su medio, dando “lo único que posee, que es la vida, pues ni un nombre tiene el pueblo anónimo que, en la guerra, se llama soldado(3). Quería convertirlo, en fin, en “ciudadano útil”, como dijo en Chivilcoy.

(3) “Oración a la Bandera”, pronunciada al inaugurarse la estatua de Manuel Belgrano, en 1873. // Citado por Carlos Alberto Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos” (1971), tomo 2, capítulo XXVIII: “El Apogeo Liberal”, segunda edición (1975). Ed. Kapelusz S. A., Buenos Aires.

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