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El baibienismo debate la sucesión. Punto de inflexión en el mitrismo correntino

- Baibiene propone a Justo como su sucesor

La espera se hacía larga para el ejército. Se necesitaba arrancar a sus componentes de esas preocupaciones y el espíritu del gobernador Santiago Baibiene -apasionado y enérgico- encontró de inmediato el asunto importante que debía ocupar esas horas de incertidumbre, planteando a sus amigos el problema de su sucesor en el Gobierno.

Su período vencía el 25 de Diciembre de ese año, de 1871; en el ejército revistaban los hombres de mayor prestigio de los Departamentos; nada más lógico que anticipar un problema en que su opinión, de General vencedor, sería decisiva.

El nombre del doctor Agustín Pedro Justo, hijo de Goya -como Baibiene- ilustrado y valiente, fue levantado como candidato y los viejos Jefes Departamentales del campamento adhirieron.

Cerrados los caminos de la Capital, centro de la opinión política y sede de los ciudadanos de consejo, la solución encontrada tomó cuerpo, enrolando a todo el elemento joven del baibienismo, solidarizado en los afanes de la campaña recién concluida.

Por su parte, los viejos guerrilleros correntinos buscaron integrar la fórmula, planteando los nombres de los coroneles Desiderio A. Sosa y Manuel de Jesús Calvo.

El propio Baibiene proclamó la candidatura del doctor Justo en el ejército y en la plaza de la Ciudad de Goya, en gran asamblea ciudadana y, con la imprenta tomada en Ñaembé -símbolo de la victoria- se edita un bisemanario, La Patria, tribuna de esta política de imposición.

Escrita por el doctor Justo, Valentín Virasoro, Plácido Martínez, el propio Baibiene, el doctor Tomás Canavaro y lo más selecto de la época, sus ediciones invadían la provincia, abriendo camino a sus ideas.

El horizonte fue aclarándose. Informes de Entre Ríos, sobre la completa dispersión de las últimas montoneras de López Jordán, permitieron regularizar las licencias en el ejército y, más tarde, una Orden del presidente Sarmiento puso al gobernador Baibiene en condiciones de disolverlo, en forma de que sus miembros pudiesen volver a sus hogares directamente, sin pasar por la Capital.

Imponente la ceremonia presidida por el gobernante y su Estado Mayor. Completos, por regimientos, desfilaron los vencedores de Ñaembé para depositar las armas del parque que habían usado con valor y en defensa del régimen de orden.

Y mientras en los transportes fluviales embarcábanse las pocas fuerzas de la Nación hacia Buenos Aires, por los caminos abiertos en abanico de Goya a todos los vientos, los buenos criollos -en columnas- perdíanse para desgranarse uno a uno hacia sus hogares.

Centro de esas columnas de ciudadanos eran los jefes veteranos en la epopeya provincial, que volvían a los solares de su inmediato prestigio: Payba, del Uruguay; Leyes, de Saladas; “El Pájaro”, de Itatí; Insaurralde, de Curuzú Cuatiá; Azcona, de Mercedes; y cien otros duros para la faena de la guerra y buenos -como un corazón- en las horas de paz.

En Goya quedó la mozada de la capital. Algunos, como Melitón Díaz de Vivar, se habían anticipado y habían muerto, como él, de la epidemia, en su refugio de San Luis; otros, con más suerte y también presurosos, descansaban en las casonas rústicas, donde la migración llevó a sus familias pero, los más, rodeaban al gobernante y tejían en la política.

Avanzada de este grupo, mensajero de la voluntad afirmada por el prestigio, el doctor Juan Lagraña se embarcó para Corrientes.

ANALISIS DE MANTILLA REFERENTE A ESTOS HECHOS

- Acuerdos entre el liberalismo opositor y federales marcan un punto de inflexión

Más de veinte años después, el doctor Manuel Florencio Mantilla brindará su punto de vista sobre lo sucedido en estos tiempos y, más particularmente, sobre los acuerdos que la fracción liberal -opositora a Baibiene- sostendrá electoralmente con federales, situación que, para él, cambiaría el rumbo de la política provincial.

A la expiración del período gubernativo (de Baibiene), de parte a parte, se alistaron elementos para la batalla electoral y, en el deseo de vencer, unos y otros incurrieron en irreparables faltas que originaron males sin cuento.
La victoria de Ñaembe -alcanzada por el pueblo de Corrientes sobre el rebelde López Jordán-, marcó a la fracción del Gobierno, que se creyó autorizada a disponer de la sucesión del mando. El ejercicio del poder -que por sí gasta insensiblemente los partidos- y la oposición demoledora, habían disminuido su número y, desconfiando del éxito en una elección libre, echó mano del elemento oficial para continuar dominando. Las pasiones sublevadas por la lucha diaria cegaban(1).

(1) Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Resistencia Popular de Corrientes. 1878” (1891). San Martín, Escuela de Artes y Oficios de la provincia de Buenos Aires. Editor.

Mantilla sostuvo dos conceptos: desgaste de la Administración Baibiene y ceguera de sus dirigentes para comprender el entorno que los envolvía.

Ñaembe era una gloria, que inmediatamente se reflejaba sobre el Gobierno y sus amigos y que, hábilmente aprovechada con una política amplia de libertad, podía devolver al magistrado y a los suyos la opinión que habían perdido y, por medio de ella, lo que anhelaban; con esa base de luz inmortal y hechos notorios de buen gobierno, la oposición habría tenido que abandonar sus posiciones o no hubiera encontrado apoyo en el pueblo, fascinado por la gloria del vencedor y satisfecho de su bienestar”.

Estos matices observados por Mantilla, van a provocar un punto de coincidencia por encima de las categorías ideológicas. Si bien es una mirada retrospectiva de los hechos, el estudioso acepta que los tiempos políticos estaban cambiando pero, al mismo tiempo, busca los orígenes del desbarranco del mitrismo, encontrando su cuna en los días posteriores a Ñaembe.

Con el opuesto plan preferido, se corría un albur, teniendo en perspectiva una nube de males. La oposición no fue más discreta y previsora. Dominada por las mismas pasiones exageradas de sus contendores, enardecidas en ella por la impaciencia del triunfo, tan propio en los que combaten con entusiasmo, aceptó -bajo sus banderas- a los hombres que sostuvieron el Gobierno de (Evaristo) López, haciendo con ellos una fusión que ni moral ni políticamente era posible”.

En la búsqueda de los males que aquejaban al sector político al cual pertenece, Mantilla levanta el concepto que el derrocamiento del ex gobernador López embanderó:

La situación derrocada en 1868 había sido federal por sus hechos y la filiación política de sus componentes; federal, no en el significado verdadero de esta palabra, sino en el peculiar que tiene en el vocabulario político argentino: reaccionaria.
Recurrir a sus hombres era, pues, buscar al adversario tradicional. ¿Era necesario, había conveniencia en incorporarlo a las filas?
Ni una ni otra cosa. No constituía un núcleo de importancia, ni como opinión ni como acción, ni inteligencia; eran individualidades negativas, cuya intervención iba a brillar tanto como su ausencia. Marcados indeleblemente sus hombres por sus hechos, ofrecían un contingente de muerte, en vez de fuerza. La única recomendación que exhibían era su aparente humildad, un arrepentimiento fingido, la protesta contra su pasado hecha en manifestaciones calurosas. ¿Serían rechazados?

Mantilla reprocha el acuerdo marcado por el fusionismo. Considera que haber imputado al grupo federal de “reaccionario”, es decir, de antipatria, era la mejor herramienta que se podría tener ya que, así, se podía sostener sin pudor el poder.

El mayor criminal es susceptible de reforma; tiene capacidad bastante, queriéndolo, para cambiar su estado envilecido por el del hombre de bien; la penalogía moderna ha levantado sobre esto el sistema penitenciario y, en prueba de la verdad del principio, presenta los resultados asombrosos del castigo, aplicado para reformar al condenado.
¿Podían desconocer -esta peculiaridad de la especie- los liberales en los federales, cuando solicitaban un puesto en servicio de sus mismos adversarios?
No, dijeron; y juzgando humanitariamente, lo que debía ser resuelto por la más serena y previsora razón política, los recibieron. ¡Sorprende la ligereza que encierra este error!

La frase de Mantilla transcrita, con la cual coincidimos en parte, fue el comienzo de un nuevo pensamiento de acción política que, progresivamente, irá adquiriendo fuerza, alimentándose como consecuencia de diversos factores, algunos producto de la propia elaboración política de los hombres que conducen este proceso y, otros, como resultado de factores circunstanciales que felizmente acontecieron para dar cohesión y vigor a esta tarea.

En lo que no se puede estar de acuerdo es en el embanderamiento de la grieta, más aún cuando se piensa que esto lo escribió hacia 1890, es decir, a varios años de aquél golpe institucional de 1868.

No había por qué fluctuar un momento para rechazarlos. Si de la emigración borbónica díjose en Francia con razón: ‘Nada ha olvidado; nada ha aprendido’, de los reaccionarios, puede afirmarse -igualmente- que se extinguirán en los tiempos de lo futuro sin haber arrojado del corazón ni una partícula de sus viejos sentimientos.
Esa mansedumbre estudiada que mostraban, esa reforma fingida, eran cálculos para medrar, como la transfiguracion de los que explotan la mendicidad, convencidos como estaban de no llegar jamás al logro de sus deseos por la vía recta. No había existido causa condenada por la opinión que no contara con su concurso o simpatías”.

La fisura sostenida por Mantilla fue una fórmula construida en los campamentos del Paraguay, para aludir a un cierto estado de cosas caracterizado por una tensión social persistente, una división binaria de la sociedad que atravesaba todos los ámbitos sociales y separaba familias, grupos de amigos y otras formas de convivencia.

Claro que la palabra “criminal” -usada para denostar al adversario político- no era una denominación casual ni neutral. En el interior de esa fórmula había una implícita atribución de responsabilidades en el surgimiento de esa realidad. ¿Cuándo y por qué surgió este agrietamiento?

Fue a principios de 1868 y tuvo su origen en el conflicto entre el Gobierno de López y las fuerzas mitristas de los campos del Paraguay.

Cuando un enemigo extranjero invadió pérfidamente el territorio argentino, ejecutando la más inicua felonía, ellos fueron sus aliados; cuando los Saá conmovieron el Interior de la República, favoreciendo al Paraguay, fueron sus partidarios; cuando las armas de la Alianza sufrieron el contraste de Curupayty, celebraron un triunfo. Si Rosas hubiese vuelto al poder, habrían sustentado su dictadura, pues se plegaron a López, ¡más salvaje que Rosas y enemigo extranjero!

La fisura así interpretada se convirtió en un arma de combate político de aquellos tiempos y todavía perduraba en Mantilla hacia fines del siglo XIX. Existe, claro, otra interpretación de los hechos. La que alude a la reaparición de un viejo antagonismo de la historia argentina, cuya formulación podría plantearse en términos de cuáles deben ser los límites del poder de las clases privilegiadas, cómo es y cómo debe ser la relación entre el poder del tenedor de la tierra y las autoridades políticas, resueltas por la voluntad soberana del pueblo.

Con tales antecedentes, no era racional suponerlos realmente convertidos al bien, sin más que sus protestas”, continúa Mantilla. “¡Fue temeraria la concesión! No atenúa la falta la intención patriótica que la produjo. La rehabilitación innecesaria e imprudente importaba alimentar serpientes con miembros arrancados al ya enfermo cuerpo del partido liberal y toda habilidad ulterior iba a ser estéril para impedirles que clavasen, en adelante, sus dientes envenenados en los mismos que los sacaban de sus cuevas”.

- Fusión con los federales, ¡imposible!

¡Fusión con los federales, era imposible! Se empleó la palabra para disculpar el resultado de la ceguedad engendrada por la contienda fratricida. El liberalismo y la federación reaccionaria no podían encontrarse, porque desde el nacimiento de los partidos políticos de Corrientes -1814- han encarnado los elementos de eterna lucha que agitan las sociedades.
El uno ha querido y buscado la libertad y el bien social en la práctica verdadera de la democracia y, si sus esfuerzos han fracasado -en más de una ocasión- no ha sido por la inconveniencia de sus principios, sino por causas secundarias que en otro lugar serán explicadas; mientras que el otro ha personificado la tendencia opuesta”.

De las apreciaciones de Mantilla pueden extraerse conclusiones; una de ellas es reconocer que en la Corrientes de la época había una tendencia a creer que las cosas se arreglarían por milagro, sin evaluar la situación general ni la historia de los protagonistas de la política. Era una tendencia exagerada al voluntarismo, que aparece en todas las actividades. 

Lo que había que analizar es si los actos eran consecuentes con las palabras. Para terminar con el enfrentamiento político, hacía falta mucho más que voluntarismo en las declaraciones, máxime teniendo en cuenta la historia de agresión, discriminación y falta de respeto por el otro que expresó el mitrismo como rasgo distintivo en los años en los que le tocó gobernar.

En otras palabras, para que sucediese un cambio de fondo, deberían haber cambiado las prácticas políticas. Otra manera de ponerle fin a la confrontación, sería que el sector que no avalaba al mitrismo se allanara de manera obediente a sus actitudes (el sueño de todo movimiento con raíces autoritarias); pero eso era inaceptable.

Otra conclusión es que Mantilla dejaba al descubierto un mecanismo de defensa de un sector de la población que no estaba dispuesto a avalar prácticas autoritarias. Ese sector se venía movilizando desde hacía tiempo desde distintas identidades políticas -incluso desde el mismo liberalismo- y en defensa de los avances autoritarios del oficialismo. Ahí están los juicios por traición a la patria, en los cuales la Justicia exculpó a todos, o la actitud del mismo Mitre de sumar esfuerzos para llegar a un acuerdo con paraguayos y brasileños, tras la guerra de la Triple Alianza.

El baibienismo efectuó nombramientos (Lagraña) y actitudes que marcarán una intención de seguir con sus prácticas históricas, lo cual provocó que el sector que no los eligió siga alerta y haga notar cada una de las actitudes que recuerden métodos nefastos del período rosista. Era la Administración de Baibiene la que tenía que mostrar cambios.

El mitrismo se despedaza en la provinciadespués de Ñaembe, porque tenían que mostrar que cambiaron y que esta vez se comportarían como una fuerza política respetuosa del que piensa distinto. La famosa “confrontación” no puede poner en el mismo plano al agresor y al agredido. Fueron los baibienistas los que instalaron la intolerancia como método. Como bien explicó Karl Popper, para mantener una sociedad tolerante, la sociedad tiene que ser intolerante con la intolerancia.

Las actitudes se definen por gestos y por actos. La actitud decadente de Baibiene, negándole respetos al presidente Sarmiento, fue un acto extraordinariamente intolerante: no está ahí para mostrar sus gustos personales, sino para dar un mensaje a la sociedad acerca de lo valiosa que es la diferencia de criterio política y el respeto a las instituciones.

Cuando toma esa actitud, el gobernador mostró su poco interés por una parte de la población: le habló sólo a los suyos y, en especial, a la corte de aduladores y fanáticos bobalicones, que fueron su creación.

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