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El origen del fusionismo. El accidentado camino hacia la Conciliación

La política es una actividad fluida, sujeta a cambios que obedecen a múltiples causas, y que se halla lejos de la dogmática rigidez de la religión. Pensamientos, doctrinas, actitudes, a veces son objeto de modificaciones a lo largo del tiempo, por distintas circunstancias que las condicionan: en ciertas ocasiones por motivos superiores, en otras por intereses meramente personales(1).

(1) Material citado por el  académico, doctor Isidoro J. Ruiz Moreno.

Este enunciado general tiene su explicación y aplicación cuando se estudia el pasado. El Derecho, o sea, el conjunto de normas de cumplimiento formal, que hacen al deber ser, está sustituido en la Historia por el ser, o sea, la conducta que efectivamente han seguido los hombres en sus afanes políticos.

Comprobaremos que el destino de la República fue tarea compartida en muchas ocasiones con otros hombres que no militaron en las filas del oficialismo, porque el Gobierno Nacional no es pertenencia exclusiva del Partido que lo ejerce, sino que algunas funciones del Estado pueden ser ocupadas por otros ciudadanos, siempre -por supuesto- que se den las condiciones básicas y coincidentes de idoneidad y honradez entre los designados, a fin de trabajar juntos por mejorar la situación de la patria común.

Para aclarar esta premisa, pasemos revista al pasado argentino, a partir del momento en que comenzó su organización constitucional, para no remontarnos más lejos, en cuyos tiempos es de ineludible recuerdo la “ley del olvido” rivadaviana.

En los inicios de la Argentina como Estado de Derecho, no puede omitirse la mención de uno de sus fundadores: el general Justo José de Urquiza. Al levantar la bandera de la organización nacional, comenzó por derogar el lema que Rosas había impuesto, contra los que éste titulaba salvajes unitarios, puesto que envolvía -expresó Urquiza en el decreto respectivo- “la proscripción sangrienta de un sistema inadecuado, pero no digno de ser contado entre los crímenes de lesa Patria, porque su teoría es compatible con la honradez, con la virtud y con el patriotismo”.

Esta toma de posición provenía de un renovado soldado cuya actividad y energía contra el Partido opositor hasta entonces era notoria, y la complementaba con este otro artículo: “Que es tiempo ya de apagar el fuego de la discordia entre los hijos de una misma Revolución, herederos de una misma gloria, y extender un denso velo sobre los pasados errores, para uniformar la opinión nacional contra la verdadera y única causa de todas las desgracias, atraso y ruina de los pueblos confederados del Río de la Plata”.

Al establecer el principio de confraternidad y tolerancia, quedaba derogaba la obligación de encabezar cualquier documento con el lema que pedía la muerte para los disidentes con el régimen. El mensaje de Esteban Echeverría y de Juan Bautista Alberdi encontraba en Urquiza su albacea.

Una y otra vez, el principio fusionista fue enunciado. Tras su victoria en Caseros, el General triunfante no lo desdeñó como a instrumento de circunstancias; por el contrario, lo reiteró al día siguiente de la batalla: “Olvido general de todos los agravios, confraternidad y fusión de todos los Partidos políticos, forman los letreros de las divisas libertadoras.
Todos somos amigos e hijos de la gran familia argentina, excepto el monstruo Rosas”, difundió en una proclama.

En forma constante, Urquiza recalcó la necesidad de constituir la Nación con el aporte de todos, para que la futura Constitución no excluyese a nadie. Y aún después de la oposición de la Legislatura porteña al Acuerdo de Gobernadores, el flamante Director Provisorio de la Confederación persistió en su tendencia, explicando, mediante otro mensaje público:

Traté de rodearme de las luces y de los consejos de hombres que, bajo la Dictadura o en el destierro, debían haber estudiado las necesidadesde la Patria, y me afané en hacer comprender a todos la necesidad de trabajar en la fusión, la fraternidad, el olvido de todo lo pasado, porque mis solemnes declaraciones me obligaban a no reconocer ni vencedores ni vencidos”.

Y cuando el Congreso sancionó la Ley Suprema, al ser recibida para promulgarla, el vencedor de Caseros ponderó que el sistema federal por el cual tanto combatiera, hubiese depuesto sus banderas de Partido”.

Durante su presidencia, Urquiza no desmintió tal ideal político. Constantemente instó a la integración de los dirigentes en torno a los postulados constitucionales, que eran el único programa de acción idóneo y permitido, sintetizados sus objetivos en el Preámbulo de la Ley Suprema.

Un diputado de entonces, Vicente G. Quesada, ha rememorado en sus Memorias de un viejo: “En las Cámaras de Paraná [capital provisoria de la Nación, por la separación del ‘Estado’ de Buenos Aires] los antiguos Partidos no tuvieron bandera. Los unitarios y los federales se habían confundido. López Jordán daba el brazo a Chenaut. Ramiro andaba con Posse.
Recuerdo haber visto salir de las sesiones a todos amistosamente confundidos. Allí se olvidaba en qué filas habían militado antes de la jura de la Constitución”.

El propio ex presidente Urquiza recordaría luego a su contrincante Mitre -durante la campaña electoral de 1868-, este fenómeno que era inimaginable antes de Caseros:

Aquel Gobierno pretendió ser un modelo de toda abnegación personal, rodeándose de todos los hombres, de todas las opiniones y de todos los Partidos, y pudo así causar la época de tranquilidad más venturosa que han gozado los trece pueblos que lo obedecían”.

Pero la imagen que de Urquiza que se presentará en Buenos Aires inmediatamente después de la caída de Juan Manuel de Rosas, era completamente diferente: se le achacaron propósitos dictatoriales, cual si su campaña militar no hubiese llevado otra finalidad que su propio encumbramiento. Ni siquiera la sanción de la Constitución por un Congreso que trabajó en plena libertad, fue capaz de disipar la deformación con que se presentó su conducta.

Interesa conocer -especialmente dentro de ese espíritu por lo que vendrá- saber qué actitud guardó uno de los personajes enrolados en dicha condena: Adolfo Alsina. Pues nada menos que, confundido por esa prédica insidiosa, formó parte de un complot para asesinar al develador de la Tiranía a la salida del Club del Progreso: tan sólo la intervención personal de su padre, don Valentín, impidió la ejecución de ese crimen.

Pero no quedó en esto la conducta del joven Alsina: empuñó las armas contra el Ejército Nacional, comandando por Urquiza, en la batalla de Cepeda, formando en las tropas de la secesionada Buenos Aires.

Triunfante otra vez Urquiza, nuevamente tuvo oportunidad de mostrar su generoso ánimo de buscar la concordia entre argentinos. Entre muchas otras muestras de esto, se convocó a una Convención Reformadora de la Constitución -en lugar de imponerla a la provincia derrotada-, para la cual fueron elegidos diputados tanto Urquiza como su joven enemigo.

Urquiza renunció a su banca para no ajar su personalidad en los debates que se suponía serían ardientes, expresando entre otros motivos:

Nunca descendería hasta ir a hombrearme o discutir con don Adolfo Alsina, el mismo que ayer nomás se jactaba en un banquete público de haberse afiliado en una asociación de asesinos para clavarme el puñal alevosa y cobardemente”.

De su lado, Alsina declaró, al año siguiente, “que no se daría batalla contra Urquiza en que él no tomara parte, por modesto que fuese el rol que se le diera”. Se alistó en las fuerzas de Bartolomé Mitre, por segunda vez, “más que con voluntad -dijo- con entusiasmo”, y peleó bravamente en Pavón.

Estos antecedentes deben tenerse muy presentes para el desarrollo del tema que nos ocupa. Urquiza y Alsina simbolizaban, cada uno por su parte, al federalismo nacional y a la intransigencia porteña, pero supieron luego llegar a un entendimiento patriótico, pues el tiempo no corre en vano para la formación del criterio en hombres con elevación e inteligencia.

- La dimensión histórica de Mitre

La dimensión histórica del general Bartolomé Mitre, en el conjunto de su polifacética actividad, encierra muchos aspectos diferentes que es menester distinguir. Concretándonos a su política interna, debe revisarse el concepto de “paz y tranquilidad” con que la han presentado sus admiradores de entonces y de ahora.

Por el contrario, la Nación Argentina, durante su gestión, vivió un período de suma violencia, caracterizado por un trato duro hacia sus opositores. Como si fuera un péndulo, la búsqueda de fusión alentada por Urquiza, precedió a la persecución dictada para los adversarios del presidente Mitre. Véase lo que expresó un contemporáneo refinado y cordial, como lo fue Carlos Guido y Spano:

Desde luego, menospreció las ventajas de una libre discusión. Ni siquiera intentó influir, en la esfera de sus medios legales, a fin de dar ensanche a todas las opiniones. Al contrario, coadyuvó con sus marcadas simpatías al exclusivismo de la parcialidad, que se hizo dueña absoluta del país”.

Los abusos en las provincias luego de Pavón provocaron la resistencia armada y, a sus sostenedores se les hizo lo que oficialmente se denominó una “guerra de policía”, equiparándose a los adversarios con los delincuentes. Gravísimos excesos de todo tipo marcaron la represión.

El doctor Joaquín V. González ha subrayado en su libro, El juicio del siglo:

Esta obra de la pacificación fue dolorosa y sangrienta, y dejó en el Interior del país hondas huellas. Los hombres del Litoral (sic) a veces recordaban -por sus procedimientos y excesos de poder o de fuerza opresora-, los modos vandálicos de la época de Rosas”.

En Entre Ríos y la misma Buenos Aires, la crítica a la política exterior impulsó al Gobierno a imponer el estado de sitio, a clausurar periódicos y detener a sus redactores. Argentina vivió un tiempo muy dificil, con frecuentes alzamientos rebeldes, y una enconada persecución contra todo disidente.

Los miembros del partido federal, por más distinguidos que fueran, resultaron alejados por completo de los negocios públicos. Esta conducta distinta frente al adversario, provocó hondos resentimientos y una tendencia gradual, pero firme, en su contra.

Dentro del panorama descrito, se unieron los censores: por una parte, los federales urquicistas y, por la otra, el partido autonomista porteño, que Adolfo Alsina creara para oponerse a la nacionalización de toda esta provincia, como Mitre propició.

No se llegó todavía al aglutinamiento de ambas corrientes, pero la coincidencia frente al adversario común los acercó, primero instintivamente y luego en forma concreta. Y la tendencia contagió a sus dirigentes.

Cuando Alsina llegó al Gobierno de Buenos Aires, Urquiza ponderó su programa; y, por su parte, aquél no vaciló en reconocer la injusticia de su postura anterior respecto del caudillo federal. No mucho después, culminando el proceso, ambos unían su nombre en una misma fórmula presidencial, en 1868, para oponerse al triunfo del candidato mitrista, doctor Rufino de Elizalde.

Aquietadas las pasiones que obnubilan el razonamiento en tiempos de lucha, convencidos de sus mutuas calidades, la evolución de sus criterios coincidió en plena madurez política.

- Sarmiento y su impronta

La síntesis llegó con la presidencia de Domingo Faustino Sarmiento, cuando Alsina fue su vicepresidente. Tras la muerte de Urquiza, se concretó el movimiento que se había venido gestando y, de aquí, nació lo que sería el Partido Autonomista Nacional, así llamado por la unión de ambos: el Autonomista y el Federal, también conocido por esa otra denominación (Nacional).

El secretario de don Adolfo dejó asentado en su biografia del tribuno porteño:

Alsina, dada la situación del país, o de su carácter, así como el programa de su Partido, no podía oponerse a que los hombres sensatos, honorables y rehabilitados, que no se hayan manchado con el contacto de la Tiranía, fuesen rechazados y relegados al olvido.
La fusión hoy es el elemento conciliatorio para formar un Partido que sólo tenga por base el triunfo de las instituciones libres y el engrandecimiento de la patria”.

Los federales urquicistas salieron así de la oscuridad y del olvido y, por esa actitud de su otrora tenaz adversario, retornaron a la acción pública una cantidad de distinguidos personajes, tales como Bernardo de Irigoyen, Vicente Fidel López, Miguel Navarro Viola, Luis Saenz Peña, Emilio de Alvear, Juan María Gutiérrez, Vicente G. Quesada, Eduardo Lahitte, Tomás Guido y varios otros más.

En 1872, el Partido Autonomista llevó como candidatos a senadores nacionales, por Buenos Aires, a Irigoyen y a López, sellando solemnemente su concordancia doctrinaria -puesto que la ConstituciónNacional es a la vez federal y liberal- y la lista de diputados también mezcló a hombres de estas dos tendencias.

Con el doctor Nicolás Avellaneda a cargo de la subsiguiente presidencia, la tendencia se afirmará, como que el Gabinete Nacional estuvo integrado por los ministros Bernardo de Irigoyen, Onésimo Leguizamón y Simón de Iriondo, de acentuado arraigo urquicista.

Frente a este elenco, estaba el Partido Nacionalista, acaudillado por el general Mitre, vencido en los comicios y por las armas, luego de su levantamiento, en el año 74. Tras su derrota, siguió conspirando y, además, proclamará la abstención revolucionaria: como advirtiera el propio presidente Avellaneda, “un Partido fuera de la Constitución, es un cañón en la calle”.

Era menester, imperativamente, evitar un nuevo alzamiento. Para esto se puso en acción una tendencia conciliatoria; no para producir una amalgama imposible, una fusión absurda, sino un entendimiento sobre bases doctrinarias.

Lo dejó sentado Avellaneda, al proclamar, cuando asumió el mando: “Reputo única y legítima la tradición de los Partidos que lucharon contra Rosas, derrocaron su Tiranía, suprimieron la arbitrariedad en el Gobierno, y fundaron el régimen constitucional, reconstruyendo la unidad nacional”. Todos cabían en el amplio enunciado.

Insistió en ello en ocasión del entierro de Vélez Sarsfield, aludiendo a que, “permanecían intactos los vínculos nacionales que permiten a todos reunirse en homenaje a los grandes muertos”.

El presidente Avellaneda aclaró su pensamiento en el Mensaje al Congreso en 1876:

Habrá en toda ocasión una mayoría y una minoría, un Partido que gobierne y otro Partido en la oposición, pero no fundaremos un régimen de instituciones libres, sino cuando las oposiciones dejen de ser sediciosas, y los Partidos dominantes abusivamente excluyentes”.

Este último concepto resulta fundamental: era la condena al exclusivismo sectario de los Gobiernos. En esa línea de acción, el Primer Magistrado contó con el eficaz apoyo de su ministro Adolfo Alsina, tan enérgico en combatir a sus enemigos políticos, como proclive al entendimiento con sus adversarios, sobre la base de coincidencias doctrinarias.

Así se llegará, en 1877, a la llamada Conciliación, aventándose el peligro de un inminente estallido subversivo, con la integración -en una lista mixta-, de candidatos a diputados de ambos Partidos, todos ellos hombres conspicuos y dignos de merecer la consideración pública, como asimismo la incorporación en el gabinete ministerial de dos figuras relevantes de la oposición -bien que en minoría, pues lo componían cinco Departamentos de Estado- y en la coincidencia en una figura para ocupar la gobernación de Buenos Aires, evitando que renaciera un antagonismo capaz de hacer fracasar el entendimiento logrado.

Ese llamado a personajes honorables, capaces y patriotas, de cualquier signo político, para mejor servir a la Nación común, fue la norma seguida por los grandes presidentes argentinos. En el plano de la política exterior, donde se juegan otros fundamentales intereses, Sarmiento designó representante diplomático en Chile a Félix Frías, superando anteriores antagonismos, lo mismo que a Mitre ante Brasil; y, años después, Roca será despachado también a Río de Janeiro por su otrora acérrimo adversario, Saenz Peña.

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