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El pedido de intervención al Congreso Nacional

El gobernador depuesto y varios miembros de la Legislatura disuelta se presentaron a la Cámara de Diputados, reclamando la intervención federal a Corrientes. Entrada la nota en la sesión del 15 de Mayo, la Comisión de Negocios Constitucionales formuló despacho el 6 de Agosto.

Componían la Comisión, los diputados Eduardo Costa, Francisco de Elizalde, José A. Ocantos, Guillermo Rawson y Ramón Videla. La demora del dictamen se debió a que el asunto fue muy discutido en el seno de la Comisión, entre los miembros que la constituían y entre varios de estos y los ministros.

La disputa entre el Gobierno y el mitrismo era la expresión de una lucha sorda en la luca por la presidencia en 1874. Eso era lo que estaba en juego y, más particularmente, los electores de Corrientes. Sarmiento dirá:

 

“El Gobierno Nacional pudo decir que ignoró oficialmente lo que por allí pasaba; y si algo supo, los respetos que él mismo se guardaba, ya que no se les guardaren otros, estorbaron que entablase discusiones con La Nación que había tomado el asunto de su cuenta.
“Pero decimos mal, cuando decimos que se acabó lo de la intervención. Reunido el Congreso, se procuraron -pidiéndola a Corrientes- una petición de intervención hecha a la Cámara de Diputados por la Legislatura de aquella provincia.
“Proponíase repetir lo de la petición de Zavalla, de San Juan, al Senado, y armarle gresca al Presidente. Pasó a comisión el asunto y acertaban a componerla el doctor Rawson, el señor Costa, don Francisco Elizalde, el señor Ocantos, y un novel diputado de Mendoza, señor Videla, que no se atrevía a decir esta boca es mía, entre aquellos corifeos del partido... del... presidente".

 

Parece ser que alguno de los ministros, acorralado por Rawson, precisó la siguiente tesis:

La cuestión de intervención no es una cuestión constitucional, sino política; si los que piden la intervención son nuestros amigos, debe intervenirse; pero si son enemigos de la Administración Nacional, la intervención no se debe conceder”...(1).

(1) Rawson. Discurso, en: Senado, sesión de Julio 10 de 1875. // Material citado por Luis H. Sommariva. Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias (1931), tomo I. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

 

“Llamaron al ministro (Carlos) Tejedor a pedirle cuenta de lo obrado en Corrientes y, el ministro se taimó en un mutismo desesperante. A veces decía, con su laconismo habitual: aquel asunto es un asunto fenecido. El Ejecutivo no somete a aprobación de la Cámara sus procedimientos o, el Ejecutivo no se cree obligado a sostener a Gobiernos sediciosos, aludiendo a la carta del gobernador Baibiene a los coroneles... para amotinarlos contra el Congreso.
“Y no pudieron sacarlo de ahí, en varias conferencias con la Comisión de Negocios Constitucionales, compuesta de navajas de barba.
“No se usaba todavía lo de los gobernadores electores que, si no, el doctor Tejedor les hubiera dicho: ¡El Poder Ejecutivo no favorece gobiernos electores!
“Viendo, pues, la Comisión, que era vaca, aquélla que no daba leche, informó a la Cámara decretase una intervención póstuma, fiambre de seis meses en Corrientes, y se señaló día para debate tan memorable. Concurrieron cuatro ministros, y comenzó la danza", dirá Sarmiento.

 

Al fin, Rawson redactó un extenso y notable dictamen y consiguió que lo firmaran todos los miembros de la Comisión, menos Videla. Establecíase en él que la facultad de intervenir corresponde a los dos Poderes políticos de la Nación. Sentado esto, había que reconocer al Ejecutivo el derecho de actuar durante el receso, porque lo contrario significaría autorizar durante siete meses de cada año la violencia y el desorden, erigiendo a la autoridad nacional en testigo impasible e impotente y librando a las provincias a sus propias fuerzas, aunque las complicaciones locales pudieran ocasionar una conflagración en toda la República.

Sin embargo, como la facultad pertenece conjuntamente a los dos Poderes, su uso por el Ejecutivo durante el receso deja en pie la competencia de las Cámaras, porque de no ser así se convertiría en una de aquellas facultades que el Ejecutivo desempeña por derecho propio y de cuyo ejercicio es juez exclusivo. Por lo tanto -continuaba el dictamen- el Congreso puede siempre obrar en la materia, complementando o modificando las actuaciones del Ejecutivo.

Sobre la base de estas ideas, resultaba indispensable intervenir en Corrientes a objeto de reponer las autoridades depuestas, porque era necesario clausurar el período de las insurrecciones, asegurando la paz y el progreso del país.

O se intervenía o se aceptaban las autoridades surgidas de la sedición, estableciéndose como medio legítimo de erigir Gobiernos la suerte de las armas. Esto último -concluía el dictamen-, “no entra en el designio de la Constitución, ni en las conveniencias del país, ni es compatible tampoco con el decoro del Gobierno Federal”.

Retornábase, así, a las doctrinas del presidente Santiago Derqui: el Gobierno Federal no puede reconocer a las autoridades surgidas de la sedición.

El dictamen suscripto por Videla -también extenso-, desarrollaba la tesis de que la negativa opuesta por el Ejecutivo era en absoluto irrevocable(2).

(2) Cámara de Diputados, sesión de Agosto 28 de 1872. // Material citado por Luis H. Sommariva. Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias (1931), tomo I. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

Leídos los despachos en la sesión del 28 de Agosto, Costa tomó la palabra para elogiar las intervenciones, recursos indispensables en nuestro medio político. En el artículo 6to., como en todas las cosas -dijo acertadamente-, “hay lo que se ve y lo que no se ve: lo que se ve son los errores, los desaciertos, los males que ha podido producir; lo que no se ve son las revoluciones que ha evitado, es la tranquilidad que ha producido en toda la República”.

Agregó que lo indispensable era intervenir, aunque no se dijese cuáles autoridades debían ser repuestas: si Justo y la Legislatura disuelta careciesen del carácter legal de autoridades constituidas por haber recibido el Poder en pugna con las normas constitucionales, el deber de la intervención sería no reponerlos; pero aun en ese caso proporcionaría grandes bienes a la provincia, revistiendo de carácter legal al Gobierno insurreccional(3).

(3) Cámara de Diputados, ibidem. // Material citado por Luis H. Sommariva. Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias (1931), tomo I. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

Con estas conclusiones Costa contradecía las del dictamen que suscribió, quizá porque le pareciera cruel derribar un Gobierno ya establecido, sustituyéndolo precisamente con el que derrocó el pueblo a costa de su sangre; quizá porque la firma del dictamen le hubiese sido arrancada por la persuasiva palabra de Rawson.

Más fácil es creer lo primero, porque Costa -a diferencia de Rawson-, toleraba en el fondo las insurrecciones, como lo probaría en 1875, desde el severo cargo de Procurador de la Nación, abogando por la impunidad de una banda de delincuentes, so pretexto de que sus actos podían parecer sediciosos(4).

(4) Alvarez, Ensayo sobre la historia de Santa Fe, p. 41. // Material citado por Luis H. Sommariva. Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias (1931), tomo I. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

El diputado Elizalde apoyó las ideas de Costa: el Gobierno Federal tiene la obligación de intervenir, pero no la de reponer autoridades, “si él ve -como juez de la intervención, en el teatro de los sucesos-, que no debe hacerlo”.

El ex gobernador Guastavino sostuvo que había que abstenerse de restablecer las autoridades locales, cuando éstas oprimieran la voluntad del pueblo. Votado el proyecto de la mayoría, la Cámara lo rechazó por negativa de veintitrés votos contra la afirmativa de ocho, y aprobó enseguida el de la minoría(5).

(5) Cámara de Diputados, sesión de Agosto 28 de 1872. // Material citado por Luis H. Sommariva. Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias (1931), tomo I. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

En verdad, el resultado sorprende, porque nadie refutó las ideas de Rawson. Este sufrió una derrota numérica, pero mereció un alto aplauso que nunca llegó a su conocimiento. “No sé -comentó Sarmiento en el seno de la amistad- cómo se da maña para sublevar todas las mediocridades: acaso no descendiendo hasta ellas. Votan en masa contra él después de aplaudirlo...(6).

(6) Sarmiento. Carta a José Posse (Septiembre 5 de 1872), en: Obras de D. F. Sarmiento, t. LI, p. 224. // Material citado por Luis H. Sommariva. Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias (1931), tomo I. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

- Triunfo político del presidente

Sarmiento cantará loas tras el fracaso en el Congreso de las solicitudes de intervención federal en Corrientes; en un extenso escrito, dará a conocer su pensamiento:

“Expuso el miembro informante el caso con los colores de su airada facundia, demostró la política torcida, apasionada, perseguidora del partido liberal (ellos, los de la comisión) y la necesidad de que los representantes del pueblo airado, etc., etc. (lo demás del discurso todo el mundo lo sabe, hasta La Libertad y La Nación, que no hablan de otra cosa, hace diez años, contra todo bicho gobernante).
“Pero, ¡oh, contratiempo! Tomaron la palabra correntinos, tomaron la palabra entrerrianos, tomaron la palabra santafesinos, conocedores de los hechos de Corrientes, y le dieron tal tunda a Baibiene, a Justo, a la intervención y a la Comisión Investigadora, que los dejaron buenos para nada, y sin atreverse a replicar los de la comisión, porque nada tenían que decir, de cosas que ignoraban, y puestas a la vista, les dejaban mojados los papeles y apuntes sobre intervenciones pasadas y futuras, y autores, y citas, y doctrinas preparadas.
“Puesto a votación el asunto, se decidió por la negativa -por casi unanimidad- contra la comisión de Elizalde, Ocantos, Costa y Rawson, que se mantuvieron en el peral, y no bajaron algunos de ellos sino en la Verde, donde protestaron contra los gobernadores electos.
“Y ni por ésas, todavía después se tienen en sus trece, como aquella mujer que llamaba p...so a su marido y, ahogándose, sacaba todavía las manos fuera del agua y le hacía la seña de matar p... entre las uñas de los pulgares.
“Un hombre de Estado debe morir en sus ideas, en las ideas que mamó con la leche, lo que hacía decir a Mr. Thiers al diputado de Castellane, que lo combatía en economía política: 'Qué me han de decir de este mozo, si lo he tenido en mis rodillas cuando chico, y ya desde entonces tenía las mismas ideas en economía política que sostiene ahora'.
“El actual vicepresidente de la República era entonces presidente de la Cámara de Diputados, y puede dar testimonio de aquella sesión.
“Los ministros se quedaron con los crespos hechos, y sus sacos de razones y argumentos, sin poder desplegar los labios, pues no les dieron ocasión de meter su cuchara. Iban preparados para el debate con ciertas argucias, que habrían dado en qué rascar al doctor Rawson.
“Vetando la ley, que no era ley reglamentaria de intervenciones del doctor Quintana, pues principiaba diciendo: 'Mientras se dicta la ley reglamentaria, el Congreso dictará una ley especial para cada caso de intervención', el Ejecutivo había sostenido que no deliberaba si había de intervenir o no, pues era concesión hecha por la Constitución a las Legislaturas o los gobernadores la de requerir la intervención, contra el proyecto vetado, que suponía que el Congreso -haciendo de sastre- había de cortarle al penitente, y a su cuerpo, el vestido.
“En Derecho se llama esto leyes ex post facto, y está prohibido al legislador dictarlas, porque es contra las garantías. Pero los doctores no se paran en pelillos cuando hacen leyes, sobre todo si son de oposición al Ejecutivo.
“Sucedió, pues, que un día don Manuel Taboada depuso a un gobernador que había puesto pro forma en el Gobierno de Santiago, un señor Montes; y este bendito varón, su secretario antes, había tomado la broma a lo serio, y creía en su inocencia que era real y verdadero gobernador. En prueba de ello le escribió al presidente una carta confidencial, pidiéndole un batallón, porque no podía gobernar a la puerta de la cueva del león.
“Hubo revolución en Santiago, depuso el pueblo al gobernador tiránico Montes, la Legislatura nombró otro, y todo quedó como debía quedar en el pueblo devuelto a su prístina libertad. Pidió intervención Montes, y como estuviere próxima la reunión del Congreso, el presidente se diría sin duda, dejémosle este huesito a roer a los enemigos de las intervenciones del Poder Ejecutivo.
“Presentó el caso el Gobierno al Congreso, pasó a comisión, vino informado a la Cámara por el más informado de sus miembros, el doctor Rawson, y propuso y fue aceptado por grande mayoría, si no por unanimidad, que no concedía la intervención, por cuanto la provincia de Santiago no se hallaba en condiciones constitucionales, acaso porque había una mano invisible detrás de aquellos títeres. El despacho debe encontrarse en las sesiones de las Cámaras de su tiempo que no están impresas, y cuesta el trabajo que no vale la pena de consultarlas.
“Quedaba, pues, derrotada la doctrina del presidente, sobre la forzosa admisión del requerimiento, y era su deber conformarse; a no ser que la nueva jurisprudencia del Congreso pretendiese que lo que el Congreso puede hacer durante sus sesiones, no hace jurisprudencia para cuando el presidente obra en receso de las Cámaras en el mismo asunto. ¡Capaces son de sostenerlo! Dos varas distintas para medir.
“El Poder Ejecutivo no lo echó en saco roto; y esperó la ocasión, sin duda, de aplicarle al doctor Rawson y consocios su doctrina de Santiago, aplicada por el presidente al gobernador Justo de Corrientes; de quien diría que, no hallándose en condiciones constitucionales con un gobernador -hijo adulterino de otro que dirige circulares a todos los comandantes de campaña y otros jefes, para crear un Gobierno que se oponga por las armas a las resoluciones del Congreso sobre las Misiones-, “no ha lugar a la intervención requerida y archívese...”.
“Desgraciadamente no llegó el caso. El solicitante se empacó al primer contraste de no ser recibido a acordar la intervención y no se pudo ni hablar del caso. ¡Qué diferencia -dirían-de uno y otro caso! Taboada era opositor, como lo demostraban sus diputados y senadores clavados en sus asientos diciendo, ¡no! ¡no! a todo y debía considerársele en atención a sus méritos ganados y las próximas elecciones de presidente.
“Se aprobaba tácitamente la revolucioncita figurada contra el pobre señor Montes; mientras que dejar caer a Baibiene y Justo era perder el apoyo de sus brillantes espadas para la próxima elección, como efectivamente sucedió. Esta era la madre del cordero y la jurisprudencia del caso”.

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