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Carácter y actuación de Corrientes en la guerra del Paraguay

Después de hacer referencia de casos tan variados, tiene sentido que examinemos el contexto histórico. Hoy, la provincia de Corrientes es una entidad estable, una parte incuestionable de la República Argentina, aunque con una cultura algo particular.

Cuenta con una economía rural y relativamente subdesarrollada y una población de poco menos de un millón de personas. Si las provincias de Buenos Aires y Córdoba representan las potencias dinámicas de la sociedad argentina, Corrientes está más cerca del otro extremo, en términos de modernización, movilidad social y estándares educativos.

Sin embargo, es reconocido como lugar tranquilo, feliz en sus tradiciones, y perfectamente contento de estar un poco aislado. Si sus habitantes se sienten bastante cómodos con sus costumbres y moderación política, también es probable que realmente no puedan imaginar que el destino de su provincia podría ser diferente de lo que es actualmente.

Sin embargo, no parecía así hace dos siglos. En ese momento, Corrientes estaba más cerca del centro de una lucha para determinar el futuro político de toda la región. Buenos Aires y Montevideo ofrecieron importantes esfuerzos catalizadores para aquéllos que buscaban confirmar la libertad que recientemente se había ganado de España, mientras que en el territorio vecino de Paraguay, se había adoptado un enfoque completamente diferente de gobernanza, aunque igual dedicada a la independencia.

En tal situación, muy poco, tal vez nada, era seguro, en la trayectoria de la política platense, salvo decir que Corrientes probablemente tendría alguna influencia sobre una toma de decisiones más amplia, especialmente en las provincias litorales.

Vale la pena enfatizar en esto: que los Estados-Nación que se habían fundado -en ese momento- en América del Sur, todavía eran entidades amorfas. Nadie sabía dónde estaban las fronteras o qué constituían responsabilidades mutuas entre las naciones. El régimen patriota en Buenos Aires, que había roto con el orden colonial tan definitivamente, no era una entidad duradera o convincente y sus defensores estaban claramente divididos entre sí.

Recientemente, los patriotas porteños habían fracasado en sus esfuerzos por proyectar su poder y visión del mundo en Paraguay y Alto Perú. Y pocos, en las provincias del Interior y del Litoral, estaban ahora dispuestos a discutir los derechos de soberanía tal como los definió Buenos Aires solamente.

Tenía que haber compromisos, tenía que haber concesiones mutuas, antes de que un nuevo orden nacional pudiera ser aceptado como legítimo. Prácticamente todos los aspectos de este negocio eran discutibles. Eventualmente, la mayoría de las veces, los debates llevaron a la sangría en un ciclo de guerras civiles e internacionales que perduró hasta la década de 1870.

En ese sentido, Corrientes, con sus instituciones relativamente estables, tenía un papel interesante que desempeñar. Vemos, por ejemplo, durante el interregno de Juan Manuel de Rosas, donde la provincia se destacó, durante más tiempo, en su oposición al tipo de federalismo defendido por el Restaurador de las Leyes. También vemos hombres como Juan José Fernández Blanco y Pedro Juan Ferré, que se postulan para un Gobierno electo regular, cuando en otras partes del Plata, sólo vemos autoritarismos de muchos tonos diferentes, mostrando su torpe cabeza.

El hecho de señalar el carácter inusual de la política de Corrientes, durante las primeras décadas del siglo XIX, no implica enfatizar el alto lugar reservado para las prácticas democráticas en la provincia; no siempre fue tan democrático. Dicho esto, lo que era característico en Corrientes era la forma, singularmente abierta, en que los miembros de la élite alfabetizada abordaban cuestiones políticas. Esto explica la regularidad del Gobierno y la disposición que la gente sentía al afirmar posiciones minoritarias.

En Buenos Aires, la afirmación de una posición prounitaria podría hacer que alguien de la Mazorca lo asesinara, mientras que en el Nordeste tales ejecuciones extrajudiciales eran raras.

Además, en contraste con el actual Corrientes -donde el sistema político goza de tranquilidad, casi inaudible-, en el período previo a la Guerra paraguaya, la provincia fue testigo de muchas diferencias de opinión particularmente fuertes y agudas. Estas diferencias se manifestaron no sólo en las páginas de periódicos o folletos políticos, sino también en la elaboración de nuevas facciones o partidos, algunos de los cuales se alinearon con los movimientos nacionales -con centro en Buenos Aires- y otros no. Fue en este ambiente donde se debe estudiar, para comprender, con la mayor exactitud, qué se entiende por el término “traidor”, expresado por muchos de los dirigentes de la época.

A fines de la década de 1850 había tres facciones que pugnaban por el poder en Corrientes: una, estaba asociada con el movimiento liberal de Bartolomé Mitre y era particularmente fuerte su presencia en el puerto de Corrientes; luego encontramos la facción federal, que era más vigoroso en los distritos ganaderos del sur de la provincia, y que estaba afiliada bajo la conducción de Justo José de Urquiza, el gobernador de Entre Ríos por ese entonces y que dirigió la política argentina desde la ciudad de Paraná. Y, finalmente, hallamos la facción más pequeña de todas, que se orientaba no con los intereses de Buenos Aires o Paraná, sino con los de Asunción.

Hoy en día parece curiosa esta última orientación, pero en aquel tiempo no la era, y es con esto en mente que debemos juzgar el concepto de “traición” en los tiempos de la guerra de 1864 - 1870.

- El nexo paraguayo

Paraguay, por supuesto, juega un papel preponderante en esta historia y, tal vez, sea útil repasar algunas reflexiones sobre estas dos provincias de habla guaraní, de cómo se vincularon entre sí y de cómo se atrajeron y repelieron a través de los años.

Como primer item, y más significativo, hay que subrayar que, aunque correntinos y paraguayos son -superficialmente- similares en términos culturales y comparten una herencia hispano-guaraní común, siempre fueron pueblos diferentes, identidades separadas que, en cierto sentido, se superponían.

Aunque es una observación especulativa, quizás hasta podríamos decir que las dos provincias-culturas eran dos expresiones diferentes de la misma etnogénesis incompleta. Corrientes nunca fue parte de Paraguay, ni Paraguay parte de Corrientes, pero ambas compartían una posición administrativa subordinada dentro del Virreinato del Perú (y luego dentro del Virreinato de La Plata), pero nunca estuvieron subordinadas entre sí.

Esta es la clave; aunque eran provincias diferentes, siempre sufrieron una subordinación común a una fuerza externa. Al lidiar con este hecho, a veces reaccionaron de manera similar. Por ejemplo: se registraron rebeliones comuneras en Paraguay -en las décadas de 1720 y ‘30- y en Corrientes, dos o tres décadas después; ambas eran provincias ribereñas, que tenían que encontrar una manera de usar esa situación geográfica para promover sus intereses particulares.

Y a este respecto, tuvieron que enfrentar muchos de los mismos desafíos relacionados con el comercio, la economía en general y las estructuras políticas que se estaban desarrollando para promover o, al menos, gestionar esos intereses.

Paraguay era más grande territorialmente que Corrientes; incluso en el período colonial, su población era mucho más numerosa. Los paraguayos no pueden ser criticados por pensar en Corrientes como una estación de paso para su comercio de yerba mate, pieles y maderas duras, que estaba en auge en el Plata una vez que se abolió el puerto preciso de Santa Fe -a mediados de 1700-, reemplazado por una clara política de libre navegación de los ríos.

Así como las dos provincias habían sufrido aislamiento y sobrerregulación en época de los Habsburgo, ambas administraciones llegaron a la misma conclusión de que se beneficiarían bajo las reformas borbónicas, generando una creciente economía regional.

Los efectos serán impresionantes. Un área, previamente conocida como remanso estancado, parecía florecer durante la noche. Las estadísticas registran la exportación de yerba mate de Asunción a Buenos Aires es un caso puntual e ilustrativo. Antes de la década de 1780, la política mercantilista del Gobierno español aseguraba que sólo pequeños envíos de té verde llegaran a Buenos Aires. Luego, el tráfico se expandió hasta el punto en que representaban muchas toneladas:

EXPORTACIONES DE YERBA PARAGUAYA, 1781-1812 (en arrobas)(1)

1781 125.271 1797 236.205
1782 s/d 1798 330.480
1783 247.290 1799 s/d
1784 111.533 1800 217.110
1785 s/d 1801 281.790
1786 161.258 1802 246.833
1787 166.207 1803 231.928
1788 120.353 1804 283.544
1789 169.875 1805 263.344
1790 148.837 1806 279.992
1791 142.245 1807 297.800
1792 234.787 1808 327.150
1793 116.145 1809 204.547
1794 130.163 1810 151.425
1795 154.058 1811 162.097
1796 210.172 1812 150.3001

(1) [Fuentes: “Libro de asientos de guías, tornaguías, y alcabalas, 1783-1812”, en: Archivo Nacional de Asunción, Sección: Nueva Encuadernación, vols. 11, 80, 115, 188, 418, 1.159, 1.167, 1.186, 1.790, 2.900, 3.089, 3.337, 3.341, 3.345, 3.356, 3.360; y Félix de Azara, “Geografía física e esférica de las provincias del Paraguay y Misiones Guaraníes” (Montevideo: Talleres Bareiro y Ramos, 1904), 434]. // Citado por Thomas L. Whigham y Dardo Ramírez Braschi, “Ninguno se atreve a llamarlo lealtad (las acusaciones de traición y los correntinos paraguayistas antes, durante y después del conflicto de 1864 a 1870), 2020, (Inédito) Corrientes.

Aunque los correntinos no se beneficiaron directamente de este floreciente comercio, lo hicieron indirectamente, lo que estableció un patrón particular que debería haber traído una medida de co-prosperidad tal que, por cada peso de yerba paraguaya exportada a la provincia baja, Corrientes debería ganar al menos uno real.

La otra opción, como había existido más o menos antes de la década de 1770, era que ni Corrientes ni Paraguay ganarían nada de un pequeño comercio fluvial que respondía no a la oferta y la demanda, sino a la regulación estatal que favorecía sólo a Buenos Aires. Así, cuando el Plata entró en el período de independencia, las dos provincias tenían mucho que ganar coordinando gran parte de su política con respecto al mundo exterior.

En este punto podríamos hacer una corta pausa para reflexionar sobre el hecho de que, desde el punto de vista español, tanto Corrientes como Paraguay habían elegido -en la década de 1810- traicionar a su rey y a su patria. La traición, en este sentido, fue definida por los estadistas de aquellos tiempos, como la consecuencia natural de la corrupción y el mal gobierno.

Thomas Jefferson lo había expresado mejor cuando, en la Declaración de Independencia de Estados Unidos, ofreció palabras que justificaron la rebelión como una forma de restaurar los derechos políticos:

Cuando en el curso de los acontecimientos humanos, se hace necesario para un pueblo, disolver los vínculos políticos que lo han ligado a otro y tomar entre las naciones de la tierra el puesto separado e igual a que las leyes de la naturaleza y el Dios de esa naturaleza le dan derecho, un justo respeto al juicio de la Humanidad exige que declare las causas que lo impulsan a la separación.
Sostenemos que estas verdades son evidentes en sí mismas: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad; que para garantizar estos derechos, se instituyen entre los hombres los gobiernos, que derivan sus poderes legítimos del consentimiento de los gobernados; que cuando quiera que una forma de gobierno se haga destructora de estos principios, el pueblo tiene el derecho a reformarla o abolirla e instituir un nuevo gobierno que se funde en dichos principios, y a organizar sus poderes en la forma que -a su juicio- ofrecerá las mayores probabilidades de alcanzar su seguridad y felicidad.
La prudencia, claro está, aconsejará que no se cambie por motivos leves y transitorios gobiernos de antiguo establecidos; y, en efecto, toda la experiencia ha demostrado que la Humanidad está más dispuesta a padecer, mientras los males sean tolerables, que a hacerse justicia aboliendo las formas a que está acostumbrada(2).

(2) https://www.thoughtco.com/la-declaracion-de-independencia-3079680. // Citado por Thomas L. Whigham y Dardo Ramírez Braschi, “Ninguno se atreve a llamarlo lealtad (las acusaciones de traición y los correntinos paraguayistas antes, durante y después del conflicto de 1864 a 1870), 2020, (Inédito) Corrientes.

Lindas palabras, sin duda. Pero no fueron calculados para complacer al rey inglés en 1776 más de lo que cabría esperar que las acciones de los “traidores” correntinos y paraguayos satisficieran a Fernando VII y sus ministros en la década de 1810. Y, dada su inclinación común a favor de revolución contra el monarca, no parecía haber ningún factor obvio que impidiera la acción coordinada de las dos provincias rebeldes.

Sin embargo, como todos saben, el destino no permitió la elaboración racional de tal coordinación. Paraguay eligió el camino al Gobierno independiente y Corrientes optó por ser miembro de una Federación argentina, cuyos límites y carácter aún no se habían decidido. Cuando el doctor José Gaspar de Francia llegó al poder en Asunción, en 1814, no le interesaba seguir ninguna política de acercamiento con Buenos Aires (o, de hecho, con Corrientes). Un año después, explicará sus dudas al Subdelegado de la ciudad fluvial de Pilar:

Tengo en mi poder las gacetas que citan las noticias que Ud. me comunica de la nueva revolución de Buenos Aires. Estas son unas convulsiones consiguientes a la exaltación de las pasiones en un pueblo que aún vacila sobre su suerte y destino por no haberse aún constituido, y que no tiene una verdadera forma popular.
Por eso establecí yo aquí los grandes Congresos a tiempos periódicos, con la institución de la República Independiente, para que el pueblo se uniforme a estos sentimientos, y giremos todos con un sistema asentado.
No sucede así en Buenos Aires, y por eso es que cada facción que prevalece tiene tal vez distintas ideas que al fin ocasionan una conmoción, y la de ahora pueden ser que no sea la última, pues desde los principios así han ido allá las cosas(3).

(3) José Gaspar Rodríguez de Francia al Comandante de Pilar, José Joaquín López, Asunción, 24 Mayo 1815, en: Archivo Nacional de Asunción, Sección Nueva Encuadernación, volumen 3.410. // Citado por Thomas L. Whigham y Dardo Ramírez Braschi, “Ninguno se atreve a llamarlo lealtad (las acusaciones de traición y los correntinos paraguayistas antes, durante y después del conflicto de 1864 a 1870), 2020, (Inédito) Corrientes.

Rodríguez de Francia vio como un deber el mantener instituciones estables en Paraguay, a través de la operación de un régimen autoritario que, en un sentido limitado, respondía a las necesidades populares. Si tenía que imponer una política de aislacionismo para lograr ese tipo de curso pacífico, entonces estaba preparado para hacerlo.

Los correntinos vieron las cosas bajo una luz muy diferente. Si bien el puerto de Corrientes y, en cierta medida, el pequeño pueblo de Goya, se habían beneficiado de la apertura comercial del período colonial tardío, era demasiado pedir que la provincia pudiera sobrevivir económicamente, adoptando una política aislacionista similar a la que el doctor Rodríguez de Francia efectuó en el Paraguay. Tenía mucho más sentido asociarse a Buenos Aires, aunque de tal manera que se maximizaran los beneficios que se acumulan en el Litoral.

A este respecto, era natural que el Gobierno correntino adoptara un enfoque proteccionista del comercio y una política de relaciones interprovinciales que aceptara -en principio- la idea de una Argentina federada, pero también enfatizara la autonomía de Buenos Aires. Esta postura fue defendida, primero, por el gobernador Juan José Fernández Blanco y, luego, por su sucesor Pedro Juan Ferré, quienes estaban preparados para asumir algunos riesgos políticos. Y, sin duda, su enfoque le ganó a la provincia más que unos pocos enemigos en el sur, especialmente una vez que Juan Manuel de Rosas asumiera el cargo de gobernador de Buenos Aires, en 1829.

Los bonaerenses, debemos recordar, controlaban la Aduana y, por lo tanto, los ingresos que llegaban a Argentina a través del comercio exterior. Estos ingresos hicieron posible que Rosas se saliera con la suya en su política con las demás provincias y, en cierta medida, con las del Interior. Sin embargo, durante todo este período, Corrientes continuará levantando una voz contraria, exigiendo que las provincias compartan por igual las ventajas de la Aduana, como una mejor manera de estimular el desarrollo y la cohesión política en todo el país.

Pedro J. Ferré, quien, después de todo, era un naval de profesión, tomó una línea particularmente dura a favor del proteccionismo. Su provincia -razonó- nunca podría esperar compensar la tremenda ventaja de que Buenos Aires disfrutaba en el comercio del Atlántico; pero, si la participación extranjera del mercado porteño podría limitarse a través de aranceles, entonces Corrientes y el resto del Litoral podrían abastecer a la capital argentina con bienes producidos localmente, para compensar la demanda.

De esta manera, sólo los argentinos se beneficiarían, en lugar de tener que compartir su generosidad con británicos, brasileños y estadounidenses. Puede haber habido algo ingenuo o demasiado idealista en esta evaluación pero, para aquéllos que podrían quejarse de la escasez y los altos precios que podrían generar los aranceles, Ferré ofreció una respuesta contundente:

Si, sin duda, un corto número de hombres de fortuna padecerán, porque se privarán de tomar en su mesa vinos y licores exquisitos. Los pagarán más caros también, y su paladar se ofenderá. Las clases menos acomodadas no hallaran mucha diferencia entre los vinos y licores que actualmente beben, sino en el precio, y disminuirán su consumo; lo que no creo ser perjudicial.
No se pondrán nuestros paisanos ponchos ingleses; no llevaran bolas y lazos hechos en Inglaterra; no vestiremos la ropa hecha en extranjería y demás renglones, que podemos proporcionar; pero, en cambio, empezara a ser menos desgraciada la condición de pueblos enteros de argentinos, y no nos perseguirá la idea de la espantosa miseria y sus consecuencias, a que hoy son condenados...(4).

(4) Pedro Juan Ferré a José María Rojas y Patrón, Santa Fe, 25 Julio 1830, citado en: “Memoria del brigadier general Pedro Ferré” (Buenos Aires: Coni, 1921), I: 374. // Citado por Thomas L. Whigham y Dardo Ramírez Braschi, “Ninguno se atreve a llamarlo lealtad (las acusaciones de traición y los correntinos paraguayistas antes, durante y después del conflicto de 1864 a 1870), 2020, (Inédito) Corrientes.

Todo esto es una historia relativamente conocida y las fallas en el plan de Ferré parecen ser bastante obvias en la actualidad. Al adoptar esta posición, nunca podría esperar convencer a los comerciantes y criadores de ganado de Buenos Aires, para que reemplacen su política de libre comercio con un plan de desarrollo nacional mal considerado, que sería prohibitivamente costoso e inviable en cualquier caso.

Ferré ciertamente sabía que el proteccionismo había ayudado a estimular el crecimiento económico en los Estados Unidos y Gran Bretaña y tal vez deseaba utilizarlo de la misma manera en las provincias del Litoral. La oposición de Buenos Aires hizo que toda la idea fuera insostenible, por supuesto.

Dicho esto, la política correntina ofreció cierta libertad en los asuntos diplomáticos, y es aquí donde podemos ver las posibilidades de un futuro muy diferente para la región. Durante la larga dictadura del doctor Rodríguez de Francia, nunca entusiasmó el pensamiento de Ferré sobre las relaciones interprovinciales; de hecho, las tropas paraguayas y correntinas, incluso, habían llegado a las manos por la posesión de algunas islas en disputa en el río Paraná y en Misiones.

Pero una vez que Rodríguez de Francia murió, en 1840, los líderes políticos de ambos lados del Paraná encontraron razones para reajustar su pensamiento, con el fin de buscar un terreno común. Probablemente nunca se reflexionó sobre si esto los hizo mejores patriotas o traidores potenciales en ese momento. Correntinos y paraguayos buscaban ventajas a corto plazo y eso era lo que tenían en mente.

- La década del 1840: un tiempo de nuevos cálculos

Las nuevas décadas serán testigo de la elaboración y superposición de varias dicotomías políticas que afectarán en gran medida la fortuna de los dos pueblos. Por un lado, el doctor Francia murió en Septiembre de 1840 y su política de autoaislamiento para el Paraguay fue abandonada por los regímenes posteriores, por estar fuera de contacto con la etapa moderna.

Esto significaba que los puntos de controversia que el Dictador Supremo había ignorado con Corrientes, ahora debían abordarse formalmente. Las fronteras, la forma del comercio interprovincial e internacional y la libre navegación de los ríos, por lo tanto, recibieron mucha más atención que antes(5).

(5) Durante la década de los 1850, el puerto de Corrientes gozó de un periódico que justamente llevaba como nombre, “La libre Navegación de los Ríos”, cuyo política era bastante obvia; casi al mismo tiempo, en Asunción circulaba un periódico estatal denominado, “El Paraguayo Independiente” que, con sus artículos supuestamente escritos por el mismo Carlos Antonio López, mantenía una política similar sobre el tránsito fluvial por el Paraná (pero no por el Paraguay). // Citado por Thomas L. Whigham y Dardo Ramírez Braschi, “Ninguno se atreve a llamarlo lealtad (las acusaciones de traición y los correntinos paraguayistas antes, durante y después del conflicto de 1864 a 1870), 2020, (Inédito) Corrientes.

En segundo lugar, la lucha contra Juan Manuel de Rosas adoptó una forma más concreta, lo que requirió que los sucesores de Ferré buscaran el apoyo de sectores previamente ignorados, sin excluir a las potencias europeas. Y, finalmente, Brasil, que había pospuesto su búsqueda de hegemonía regional debido a varias rebeliones domésticas, ahora se despertó de su sueño para ofrecer una nueva amenaza a toda la región platense.

Por supuesto, en medio de esta confusa mezcla de consideraciones, hubo oportunidades y peligros. Uno puede verse muy claramente con el surgimiento en Paraguay de una figura inesperada, Carlos Antonio López, un oscuro abogado de la campaña, que había pasado todo el período francista en un tranquilo pueblo rural lejos de Asunción.

Aunque no era cosmopolita y tampoco fue mucho mejor que un recluso en aquellos tiempos anteriores, terminó siendo una figura catalítica en abrir su país al mundo exterior. Demostró ser un administrador capaz, muy preocupado por ver a su país inserto, si no unido, al mundo del siglo XIX.

Si sus impulsos básicos eran tan autoritarios como los del dictador fallecido, López los equilibró con una flexibilidad inequívocamente liberal. Esto colocó sus intenciones bastante más en línea con las del Gobierno correntino.

Un resultado de apertura fue la negociación de Tratados de comercio y límites entre Paraguay y Corrientes. En reconocimiento de la unidad cultural y lingüística de los dos partes, los Tratados declararon que, “los hijos de ambos Estados serán considerados nativos de uno y otro..., con el libre uso de sus derechos(6).

(6) Tratado de Límites, Asunción, 31 Julio 1841, en: Archivo Nacional de Asunción, Sección Historia. Vol. 245; ver también: Instrucciones al capitán Félix Cabrera, Corrientes, 11 Marzo 1941, en: Archivo General de la Provincia de Corrientes, Correspondencia Oficial 1841, legajo 74. // Citado por Thomas L. Whigham y Dardo Ramírez Braschi, “Ninguno se atreve a llamarlo lealtad (las acusaciones de traición y los correntinos paraguayistas antes, durante y después del conflicto de 1864 a 1870), 2020, (Inédito) Corrientes.

Estas palabras pueden haber sido un poco embellecidas, pero la sensación de esperanza era innegable. Para los correntinos significaba que terminarían los disturbios en la frontera norte y que sus ejércitos provinciales podían concentrarse en la lucha contra Rosas. Mientras tanto, el puerto de Corrientes celebró la llegada de chalanas paraguayas, “extremadamente sobrecargadas” con yerba mate, tabaco, y otros “frutos del país(7).

(7) Periódico “El Nacional Correntino”, edición del 1 Agosto 1841. // Citado por Thomas L. Whigham y Dardo Ramírez Braschi, “Ninguno se atreve a llamarlo lealtad (las acusaciones de traición y los correntinos paraguayistas antes, durante y después del conflicto de 1864 a 1870), 2020, (Inédito) Corrientes.

Como parte de estas relaciones nuevas y aparentemente amigables, ciertas facciones en Corrientes -sólo nominalmente aliadas con el gobernador-, buscaron construir entendimientos políticos a largo plazo con los paraguayos. Algo de eso implicaba ventajas personales o de negocios. Por ejemplo, había una demanda considerable de ganado y caballos correntinos en el otro lado del río y ciertos estancieros correntinos podrían beneficiarse de expandir y mejorar estos contactos.

El Gobierno lopista también deseaba mejorar estos contactos e, incluso, en esta etapa inicial estaba dispuesto a financiar una serie de agentes que trabajen para los intereses paraguayos en Corrientes. O al menos eso parecía. Siempre estuvo latente una pregunta, de si las facciones proparaguayas que evolucionaron en la provincia, reflejaban la expresión de una actitud política independiente por parte de los correntinos o si eran -en realidad- elementos útiles directos de Asunción.

Parece haber prueba de ambas posiciones y, probablemente, la realidad sea algo intermedio. Al tratar de comprender las acciones posteriores de hombres considerados traidores a la causa argentina, la diferencia entre estas dos posiciones es clave, mucho más de lo que hubiera parecido en la década de 1840.

El carácter voluble de la política regional, nunca podría prometer una elaboración estable de las relaciones correntino-paraguayas, excepto sobre una base condicionada. En Diciembre de 1842, los correntinos, junto con algunos aliados uruguayos, sufrieron en Entre Ríos, una derrota abrumadora a manos de los rosistas.

El enemigo se desplegó en el sur de Corrientes y en pocas semanas reprimió y controló a la resistencia en la mayor parte del territorio provincial. El gobernador Ferré pasó por Paraguay en su camino al exilio en Rio Grande do Sul, y Carlos Antonio López terminó con una frontera aún menos segura que antes(8).

(8) Thomas Whigham, “The Politics of River Trade. Tradition and Development in the Upper Plata, 1780-1870” (Albuquerque: University of New Mexico Press, 1991), pp. 58-59. // Citado por Thomas L. Whigham y Dardo Ramírez Braschi, “Ninguno se atreve a llamarlo lealtad (las acusaciones de traición y los correntinos paraguayistas antes, durante y después del conflicto de 1864 a 1870), 2020, (Inédito) Corrientes.

Al mismo tiempo, un agente comercial británico, un tal George J. R. Gordon, apareció en escena. Enviado desde la legación de Su Majestad en Río de Janeiro, Gordon tenía en mente determinar la “disposición del Gobierno paraguayo con respecto a las relaciones comerciales”.

El agente logró llegar a Asunción, donde pasó varias semanas, en su mayoría felices, y a su partida, escribió un informe para el Secretario de Asuntos Exteriores, en el que describía al Paraguay como una tierra de grandes posibilidades, aunque aún no realizadas: “Paraguay no es nada, no vale nada y no puede hacer nada en su estado actual y bajo su actual sistema de gobierno(9). Según nuestro entender, este fue un juicio demasiado duro. De hecho, las incertidumbres de la década de 1840 tenían una base real, pero por ese entonces se presumía que sólo eran nubes con revestimientos plateados.

(9) George J. R. Gordon, Report to Lord Aberdeen, Public Records Office, Foreign Office 13/202, 126. // Citado por Thomas L. Whigham y Dardo Ramírez Braschi, “Ninguno se atreve a llamarlo lealtad (las acusaciones de traición y los correntinos paraguayistas antes, durante y después del conflicto de 1864 a 1870), 2020, (Inédito) Corrientes.

Hacia el sur, el dominio de Rosas sobre Corrientes siempre fue débil y, en poco tiempo, la provincia volvió a estar en rebelión contra el gobernador bonaerense. Rosas trató de contrarrestar esta nueva muestra de resistencia, extendiendo una hoja de palma al presidente López y a los paraguayos, incluso tratando de convencer al Gobierno de Asunción de que los “unitarios” estaban a punto de atacar al país, como parte de un complot organizado desde Corrientes.

Aunque sospechaba de estas afirmaciones, López no hizo nada en apoyo directo de Rosas, aunque en 1844 autorizará la incautación de ciertos buques dedicados al comercio con Corrientes. Así, el Restaurador de las Leyes puso una contra la otra a las dos áreas guaraní-parlantes.

Este, sin embargo, era un juego que todos podían jugar. En Corrientes, los liberales que habían sucedido a Ferré, tendían a considerar los problemas con los paraguayos como inconvenientes de poca duración, como una enfermedad menor de la piel, que podía manejarse en poco tiempo con una mezcla de firmeza y tolerancia. Con los bonaerenses, en cambio, era necesaria una resistencia real, porque Rosas representaba una enfermedad del corazón.

Parece probable que López pensara en líneas similares. Además, ahora había nuevos actores a considerar: los brasileños y los europeos. Con los primeros, puede entreverse el esfuerzo operado por el Gobierno de Pedro II, para componer las diferencias entre paraguayos y correntinos, con el fin de establecer un frente más amplio contra Rosas.

No había nada desinteresado en esta táctica, por supuesto, porque los brasileños habían deseado expandir su propia zona de influencia en la Cuenca del Plata y, al alentar una mejor comprensión entre Paraguay y Corrientes, esperaban redirigir a las fuerzas rosistas del sur, en la Banda Oriental, que era su principal interés geopolítico.

Y luego debemos considerar a los europeos. Tanto los británicos como los franceses habían tratado de romper el monopolio rosista sobre el comercio en Buenos Aires y llevar una política de libre comercio a los ríos del Interior.

Tanto correntinos como paraguayos tenían razones para desconfiar de cualquier política que rechazara el mercantilismo, que aún apreciaban. Pero la oportunidad de unir fuerzas con los poderosos Estados europeos y eliminar por fin al gobernador de Buenos Aires, resultó muy tentadora, especialmente después que los británicos bloquearan Buenos Aires en 1845 y enviaran buques de guerra y mercantes por el Paraná, hasta al puerto de Corrientes.

Debe recordarse lo poco que se sabía sobre Paraguay y sus territorios vecinos en aquellos días. Incluso en Buenos Aires, los rumores sobre la “tierra encantada de las hadas” superaban en número a conocimientos reales y había demasiadas expectativas de abrir el comercio fluvial que no podían justificarse(10).

(10) En referir al Paraguay el término, “tierra de hadas”, apareció por primera vez en la obra de William Hadfield, “Brazil, the River Plate, and the Falkland Islands” (London: Longman, Brown, Green, and Longmans, 1854), 305; pero el sentimiento ya tuvo varias décadas. // Citado por Thomas L. Whigham y Dardo Ramírez Braschi, “Ninguno se atreve a llamarlo lealtad (las acusaciones de traición y los correntinos paraguayistas antes, durante y después del conflicto de 1864 a 1870), 2020, (Inédito) Corrientes.

Los comerciantes trataron de vender sus mercancías en Corrientes, pero encontraron poca demanda para sus herramientas y textiles. Y aquellos correntinos que deseaban comprar, sólo podían ofrecer suelas y un poco de madera y tabaco en el intercambio de trueque(11).

(11) Como comentó un oficial naval británico: “Me imagino que esta especulación mercantil resultará ser un fracaso total. Hay poco o nada de dinero en el país. Las mujeres hacen todo el trabajo requerido, tanto para ellas como para los hombres, y los hombres son demasiado vagos para preocuparse por los negocios; además..., un barco con un cargamento de sal, cuando estuvimos allí, al no poder deshacerse de él, le pidió permiso para tirarlo al río, lo que fue rechazado y, finalmente, se deshizo de él al presentarlo al Gobierno”. Ver: “Britannia” (Montevideo), 5 Diciembre 1846. // Citado por Thomas L. Whigham y Dardo Ramírez Braschi, “Ninguno se atreve a llamarlo lealtad (las acusaciones de traición y los correntinos paraguayistas antes, durante y después del conflicto de 1864 a 1870), 2020, (Inédito) Corrientes.

Hasta Asunción, la flotilla mercante ni siquiera podía avanzar, porque el agua más arriba de la confluencia con el Paraná era demasiado bajo en aquel momento, algo que ni siguiera se tomaba en cuenta.

Y así, desde la perspectiva europea, y en cierta medida desde la perspectiva rosista, el esfuerzo por lograr una apertura comercial masiva de los ríos no tuvo éxito. Y, sin embargo, desde el punto de vista de los paraguayos y correntinos, enseñó una lección clave: que, bajo la presión adecuada y con ciertas expectativas de éxito, los Estados externos podrían ser inducidos a promover los intereses regionales.

Esto significaba que una consolidación -a largo plazo- en las relaciones entre Paraguay y Corrientes, si no estrictamente en términos políticos, ciertamente en términos comerciales, no sólo era aconsejable, sino inevitable. Aquéllos que favorecieron tal arreglo podrían esperar una apertura del espacio político que hasta ahora se había considerado imposible.

Una ilustración de esto involucraba la voluntad paraguaya de intervenir, en sus propios términos, en asuntos más amplios del Plata. Hasta este momento, Carlos Antonio López había mantenido a sus fuerzas militares de su lado del Paraná y había limitado sus aventuras a la esfera diplomática. Esto había ganado una medida de respeto por parte de varios líderes sudamericanos y el reconocimiento de la independencia paraguaya de varios Gobiernos (en Europa como en América).

Pero durante la década de 1840, fue tentado a intervenir directamente en Corrientes en dos ocasiones: una, en 1845, cuando optó por apoyar la resistencia contra Rosas, y terminó retirando su fuerza intervencionista antes de que hiciera contacto con el entonces victorioso ejército porteño. En esta ocasión, los paraguayos dejaron poca impresión entre sus vecinos del sur, aparte de la escena curiosa de dos pueblos guaraní-parlantes que se comunicaban tan directamente entre sí. En cualquier caso, estaban allí y luego se iban(12).

(12) El único que hizo un comentario extenso acerca de las tropas paraguayas, fue justamente José María Paz, Comandante en Jefe de las fuerzas antirrosistas en Corrientes, quien criticó al ejército lopista como una “masa sin formación, sin instrucción, sin organización, sin disciplina, e ignorante de los primeros rudimentos de guerra...”. Citado en Whigham, “The Paraguayan War. Causes and Early Conduct” (Calgary: University of Calgary Press, 2018), p. 106. // Citado por Thomas L. Whigham y Dardo Ramírez Braschi, “Ninguno se atreve a llamarlo lealtad (las acusaciones de traición y los correntinos paraguayistas antes, durante y después del conflicto de 1864 a 1870), 2020, (Inédito) Corrientes.

En 1849, un ejército paraguayo regresó al territorio correntino -o territorio nominalmente correntino- pero nuevamente, sólo por un corto tiempo, y exclusivamente para afirmar la soberanía paraguaya sobre la ruta comercial entre Encarnación, en el Alto Paraná, y São Borja, en el Alto Uruguay.

La mayoría de los correntinos no se vieron afectados por este incidente, pero no fue así con la población de Santo Tomé, que fue testigo de depredaciones por parte de los paraguayos, incluido el robo de unas 11.000 cabezas de ganado(13).

(13) Citado en Whigham, “The Paraguayan War. Causes and Early Conduct” (Calgary: University of Calgary Press, 2018), pp. 107-108. // Citado por Thomas L. Whigham y Dardo Ramírez Braschi, “Ninguno se atreve a llamarlo lealtad (las acusaciones de traición y los correntinos paraguayistas antes, durante y después del conflicto de 1864 a 1870), 2020, (Inédito) Corrientes.

Sin embargo, lo que lastimó a los estancieros de Santo Tomé no afectó demasiado los cálculos de correntinos que habitaban el oeste de la provincia quienes, en lugar de concluir que los paraguayos eran enemigos, ahora pensaban que era enemiga sólo una parte del tiempo. Podrían ser amigos más tarde.

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