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La década de los años 1850: cambios de orientación

La fundación del moderno Estado argentino fue una tarea importante, una carga en la que todos compartieron los costos, pero sólo unos pocos compartieron las recompensas. Si pensamos en términos de tranquilidad y co-igualdad política entre provincias, debería ser obvio, a partir del ejemplo de Corrientes, que el sistema bajo el cual Buenos Aires controlaba la Aduana tenía graves deficiencias para el Nordeste.

Aunque Fernández Blanco, Ferré, Madariaga y todos los demás habían mantenido una lucha de décadas contra el predominio bonaerense, el régimen de Juan Manuel de Rosas parecía tan fuerte como siempre, a principios de la década de 1850. Desde su residencia en Palermo, el gran hombre se veía tan poderoso como siempre.

Pero esto fue una ilusión. El éxito que el Restaurador de las Leyes había experimentado frente a Rivera, los británicos y franceses, y frente a sus diversos oponentes unitarios, reflejaban más sus debilidades que las fortalezas de estos. Y también había una nueva generación de opositores liberales con la que lidiar: Mitre, Sarmiento, Gutiérrez, Alberdi, entre otros.

Estos hombres nacieron en los años posteriores a la declaración de la Independencia y ya habían probado los peores aspectos del exilio. Intentaron desafiar a Rosas de una nueva manera y menos dividida y no tenían ninguna intención de practicar el juego político según sus reglas. Vieron a Buenos Aires como la Tebas del Plata, devastada por un monstruo que había aterrorizado al pueblo argentino durante demasiado tiempo y que debía ser exterminado.

Y esto no era todo. Lo más importante, es que hubo una clara comprensión -por fin- en toda Argentina, de que mientras Rosas dominara la escena en Buenos Aires, nadie en su propia facción política podría esperar ascender a una posición de preeminencia. Teniendo en cuenta estos factores, era muy probable que ocurriera algún cambio.

Este llegó en 1851, cuando los brasileños abrieron líneas de apoyo a los opositores de Rosas en la Banda Oriental. Al mismo tiempo, los agentes de Don Pedro prometieron ayuda al gobernador de Entre Ríos, Justo José de Urquiza, quien, evidentemente, había estado esperando -por algún tiempo- para volverse contra su antiguo maestro, y que también se vio a sí mismo en el papel de Jefe de Estado en algún nuevo acuerdo argentino.

Los paraguayos, preocupados de que Urquiza pudiera ser otro Rosas, se mantuvieron fuera del conflicto en ciernes(1), pero casi todas las demás fuerzas dentro del Plata, se unieron para expulsar a Rosas que, por primera vez, en su larga carrera política, había caído en una trampa.

(1) Periódico “El Paraguayo Independiente”, (Asunción), 29 Nov. 1851. // Citado por Thomas L. Whigham y Dardo Ramírez Braschi, “Ninguno se atreve a llamarlo lealtad (las acusaciones de traición y los correntinos paraguayistas antes, durante y después del conflicto de 1864 a 1870), 2020, (Inédito) Corrientes.

Como es sabido, la batalla de Caseros, en Febrero de 1852, resolvió el asunto y Rosas huyó al exilio para nunca más volver en vida.

La salida de Rosas y los esfuerzos subsecuentes de Urquiza para redimir la Revolución de 1810, dándole un nuevo curso cuarenta años más tarde, ofrecieron una gran promesa para el pueblo de Corrientes y las otras provincias del Litoral. El gobernador entrerriano fue una figura inteligente y convincente.

Debido a que había luchado tanto tiempo a favor del antiguo régimen, ahora parecía más creíble, aunque más bien como un converso altisonante a una nueva religión.

Al lograr su victoria, Urquiza aceptó el apoyo de viejos enemigos, en configuraciones poco usuales, y no excluyó la ayuda de brasileños y paraguayos, a pesar de que eran extranjeros. Para el pueblo argentino, el gobernador afirmó que derrocar a Rosas era análogo a derrocar al virrey. Y ahora, bajo su liderazgo, la emancipación conduciría a la construcción de un nuevo orden, tanto en lo legal como en lo económico.

Al dirigirse a algunos de los letrados más brillantes encontrados entre los partidarios unitarios, además, dejó en claro que se avecinaba una revolución legal. Insistió entonces que con esto termina el gobierno de caudillaje y la Mazorca. Sólo espera un Plata moderno, unificado en la ley y con administración representativa. No había forma de que los correntinos pudieran objetar estos propósitos.

Primero llegó el Acuerdo de San Nicolás, del 31 de Mayo de 1852, que describía la estructura del nuevo régimen. Todas las provincias -menos Buenos Aires- ratificaron el acuerdo. Esto formó las bases para la posterior Constitución de 1853, que contaba con una relación federalista entre las provincias, junto con un Ejecutivo unitario, libre de controles y equilibrios legales.

Esta estructura fue un gran contraste con el modelo de James Madison, como se describe en el Federalist Paper Nro. 51, que enfatizó hacer divisible la soberanía a través de una República compuesta y unificada. No obstante, la Constitución satisfizo el deseo de las provincias del Litoral e Interior, de una organización nacional de equilibrio entre las provincias. También le dio a Urquiza una amplia autoridad ejecutiva sobre la Confederación resultante. La ayudó a identificar quién se opondría al nuevo orden, aunque ciertamente ya lo sabía, por lo que sucedía río abajo.

Los bonaerenses, para ponerle un punto fino, se negaron a unirse al acuerdo. No es sorprendente que esto prometiera nuevos conflictos retóricos y aún más. Mientras que Buenos Aires seguiría siendo una espina en la carne de Urquiza, el nuevo modelo confederal trajo un grado de estabilidad a muchas áreas del Plata, que no habían disfrutado de paz desde la década de 1810.

Se garantizó la libre navegación de los ríos interiores (al menos hasta la confluencia con el río Paraguay). Las relaciones comerciales y diplomáticas con el Paraguay lopista finalmente se regularizaron y, el nuevo Gobierno en la ciudad de Paraná, se embarcó en una serie de reformas económicas y sociales.

En Corrientes, los cambios fueron particularmente notables. Bajo la Administración ilustrada de Juan Gregorio Pujol, la provincia vivió la expansión de la agricultura en varios lugares de su territorio; el establecimiento de colonias agrícolas; y se llevaron a cabo experimentos en la promoción de la yerba mate.

Las reformas educativas, que los Gobiernos anteriores habían prometido pero nunca cumplido, recibieron especial atención. Se mejoraron las instalaciones portuarias y se estableció una Junta de Comercio compuesta por todos los empresarios claves de la provincia, con el objeto de modernizar (y hasta cierto punto regularizar) el comercio fluvial.

Recordemos que sólo unos años antes, los comerciantes británicos no podían encontrar ni siquiera un mercado limitado en el lugar y ahora los barcos de una docena de países visitaban el puerto en busca de nuevas oportunidades.

Como siempre, sin embargo, el principal desafío fue político. Las élites urbanas y los grandes terratenientes de Buenos Aires no vieron ninguna razón para colaborar con un sistema que disminuía su poder y, aunque en general estaban contentos de estar libres de Rosas -a quien lo consideraban un hombre del pasado-, todavía resentían a Urquiza como su sucesor. Tampoco sentían una obvia necesidad de colaborar con Corrientes, Entre Ríos, y las demás provincias, salvo que no sea en términos propios.

Su propia economía estaba en auge, un hecho que preparó el escenario para una expansión económica aún mayor a finales de siglo(2).

(2) Ver: James R. Scobie, “La revolución de las Pampas (Historia social del trigo argentino. 1860-1910”. (Buenos Aires: Solar-Hachette, 1968). // Citado por Thomas L. Whigham y Dardo Ramírez Braschi, “Ninguno se atreve a llamarlo lealtad (las acusaciones de traición y los correntinos paraguayistas antes, durante y después del conflicto de 1864 a 1870), 2020, (Inédito) Corrientes.

Los bonaerenses no deseaban compartir sus ingresos aduaneros con las otras provincias y trabajarían felices con los capitalistas europeos para expandir lo que ya tenían. Querían más tráfico comercial británico, más inversión británica, más importación de tecnología británica e, ideológicamente, más expresión del liberalismo económico definido por el ejemplo británico.

Mientras tanto, la secesión de la Confederación de Urquiza parecía lógica para los bonaerenses, quienes razonaron que la falta de ingresos pronto llevaría al Gobierno de Paraná a la mesa de negociaciones o a una confrontación directa, en la que prevalecería Buenos Aires.

Aunque podría parecer improbable, desde la perspectiva del siglo XXI, era completamente posible que un correntino leal -a mediados del siglo XIX-, viera que el futuro de su provincia dependía más del Paraguay que de Buenos Aires. En apoyo de esta idea, no podríamos olvidar el caso moderno de Clorinda, en la provincia de Formosa, una comunidad ubicada en la Argentina pero totalmente dependiente de la economía de Asunción. No hay indicios de traición, ni siquiera de lealtades divididas, al reconocer esta conexión.

En este ambiente político, nadie podría rastrear el carácter de las lealtades políticas y así determinar quién podría estar de qué lado o, de hecho, quién podría ser traidor en un momento dado. Pujol fue tanto un beneficiario como un aliado de Urquiza y de su modelo de Confederación.

Puede haber sido un hombre demasiado adelantado a su época, que es lo que algunos antiguos rosistas parecían haber pensado, o puede haber sido demasiado atrasado, que era lo que opinaba una pequeña, pero creciente, facción probonaerense en Corrientes. La mayoría de los correntinos, como era de esperar, le dieron su apoyo como administrador capaz, y eso por el momento era todo lo necesario.

Y luego estaban los paraguayos, cuyas viejas sospechas no fueron disipadas en ningún sentido por la metamorfosis política en las provincias de Bajo Paraná. Ahora que las potencias extranjeras habían reconocido formalmente la independencia de su país, Carlos Antonio López quería una mayor apertura comercial, para beneficiarse de las ventas de yerba y tabaco.

Sin embargo, demostró ser torpe en el desarrollo de esa apertura. El suyo seguía siendo un régimen autoritario después de todo, y se había rodeado de aduladores que no supieron hablar de una manera franca. Los costos de descubrir lo que realmente estaba sucediendo río abajo eran, por lo tanto, altos para él.

En el transcurso de la década de 1850, será testigo de varios enfrentamientos no deseados, principalmente a pequeña escala, con Brasil, Argentina, Francia, Gran Bretaña e, incluso, Estados Unidos(3).

(3) El caso norteamericano es probablemente mejor conocido, como podemos ver en Thomas Jefferson Page, “La Plata, the Argentine Confederation and Paraguay”. (New York: Harper and Brothers, 1859).  Para el caso francés, podemos consultar a Luc Capdevila y Guido Rodríguez Alcalá, “Nueva Burdeos: Colonización francesa en el Paraguay” (Asunción: Embajada de Francia, 2005); y, con el caso británico, hallamos a E. N. Tate, “Gran Bretaña y Latinoamérica en el siglo XIX: el caso del Paraguay. 1811-1870”, en: “Contribuciones desde Coatepec”,  3:005 (Julio-Diciembre, 2003), pp. 67-98. // Citado por Thomas L. Whigham y Dardo Ramírez Braschi, “Ninguno se atreve a llamarlo lealtad (las acusaciones de traición y los correntinos paraguayistas antes, durante y después del conflicto de 1864 a 1870), 2020, (Inédito) Corrientes.

A su crédito, los paraguayos aprendieron de estas experiencias. Establecieron un Ministerio de Asuntos Exteriores encabezado por un diplomático nato, José Bergés, quien luego logró representar los intereses de su país en Washington. El Ministerio inauguró cargos consulares en las capitales de varios de los países claves en América del Sur, y también en Corrientes, que en términos paraguayos tenía una importancia similar.

Por primera vez, las opiniones y la política del Gobierno lopista, tendrían sus portavoces oficiales; ya no se entendería la política paraguaya como una serie de conjeturas. Además, los cónsules podían reunirse legítimamente con personas privadas en las comunidades donde estaban situados, para tomar la exacta medida de la escena local. Hacer amigos para Paraguay en esas circunstancias, era parte de su misión diplomática.

El nombramiento de cónsules y agentes paraguayos en lugares como Corrientes, eventualmente constituiría un problema, tanto para aquellas personas que desconfiaban de sus intenciones, como para aquéllos que se sentían atraídos por ellas. La situación hacia el sur seguía siendo bastante endeble. Por ejemplo, por más que Urquiza lo intentara, no pudo lograr que las potencias europeas establecieran sus embajadas en la capital de la Confederación. Aquéllas continuaron sus operaciones en Buenos Aires, mientras esta provincia formaba un Gobierno secesionista.

Los ingresos que fluyeron a la ciudad porteña no podían ser balanceados por ingresos similares que fluían hacia el puerto principal de la Confederación, en Rosario. Esto significaba que la presión política se estaba acumulando una vez más. Hará eclosión en 1858, con el asesinato de un aliado importante de Urquiza, el gobernador Nazario Benavídez, de San Juan. Esto magnicidio hizo estallar una nueva guerra entre el Estado de Buenos Aires y la Confederación. Como es bien sabido, fue un conflicto de breve duración, pero un asunto en definitiva, particularmente sangriento, que culminó con una victoria urquicista en la batalla de Cepeda, a fines de Octubre de 1859.

“Victoria”, en este sentido, fue un término lleno de contradicciones. Los bonaerenses podrían haber sufrido un revés, pero no se puede decir que celebraran la perspectiva de subordinación dentro del orden confederal. Seguirían sintiendo resentimiento.

Curiosamente, Francisco Solano López -hijo del presidente paraguayo-, se presentó como mediador y, el 11 de Noviembre, gracias a su ayuda diplomática, las dos partes firmaron el Pacto de San José de Flores. En virtud de este acuerdo, Buenos Aires aceptó su reincorporación de jure a la Confederación Argentina, reservándose para sí ciertos privilegios de carácter relativamente menor.

Nadie pensó que Cepeda terminaría con la división en el Plata. Por el momento, sin embargo, los paraguayos se sintieron importantes; los brasileños y opositores de Buenos Aires también se sintieron valiosos, al igual que los funcionarios del Gobierno en Corrientes, que sintieron que habían elegido el camino correcto.

El gobernador Pujol mantuvo su estrecha relación con Urquiza, mientras que otros correntinos de alto rango comenzaron a reconocer las limitaciones de esa relación anterior y comenzaron a pensar en términos de algún tipo de acercamiento mayor con Buenos Aires.

De hecho, se podría decir que la victoria confederal en Cepeda hizo posible una apertura más amplia -en términos generales- en Corrientes, incluso para las personas que deseaban distanciarse de Urquiza. ¿Podría considerarse a alguna de estas personas como traidoras? ¿U oportunistas no más? Todo dependía de cómo formularan sus opiniones y en qué contexto histórico se encontraban.

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El advenimiento de la nueva década, presentó a Corrientes algunas contradicciones. Por un lado, después de haber luchado tanto tiempo para lograr una fórmula para la navegación sin obstáculos por el río Paraná, la provincia pronto experimentó un fenómeno de rendimientos decrecientes con el nuevo comercio.

Esto refleja, principalmente, los efectos técnicos del transporte de vapor. Anteriormente, cuando todo el tráfico fluvial había sido mantenido por barcos de vela, Corrientes constituyó un punto de tránsito indispensable en la carrera del Paraguay. Todos los buques ingresaban al puerto para adquirir suministros y participar en el mercado local, porque no había opción.

Sin embargo, la invención o mejoramiento de los buques de vapor, hizo posible que los barcos evitaran Corrientes por completo, siguiéndose hacia Buenos Aires o a Asunción sin tomar escala alguna en territorio correntino. Este cambio dejó a la provincia como víctima, por así decirlo, de su propio éxito.

Otro factor contradictorio fue la salida del P. E. del gobernador Pujol, cuya Administración progresista parecía prometer tanto. Sus buenas relaciones con Urquiza y su hábil manejo de las élites correntinas, ejemplificaron no sólo un Gobierno inteligente -en un momento en que la habilidad política escaseaba-, sino que también ofrecía un toque de modernidad para Corrientes.

El mandato de Juan Gregorio Pujol llegó a su fin en Diciembre de 1859; para más, apenas dos años después de su alejamiento del poder, estaba muerto. Esto fue ciertamente una tragedia para su familia. Peor aún, aquéllos que quisieron ver su enfoque progresista, emulado por sus sucesores, se decepcionarán. Pujol no había dejado herederos políticos para dar firmeza y larga vida a sus acciones reformistas.

Por el contrario, debido a que había mostrado un rostro tolerante con sus rivales políticos, las nuevas facciones que habían operado a su sombra rápidamente salieron a la luz, unas en contra de las otras. Todos afirmaron hablar por los intereses provinciales, pero nadie dio un paso adelante que compartiera la visión de Pujol y de su pragmatismo.

Así es que la provincia de Corrientes abandonó el sentido de optimismo y lo sustituyó con otra ronda de luchas partidarias. Por supuesto, se podría decir que la provincia sólo estaba siguiendo el ejemplo del resto de la Nación. El presidente de la Confederación, Santiago Derqui, había invalidado las elecciones para la Legislatura bonaerense, lo que trajo una nueva ronda de debate político entre los representantes de Buenos Aires y las provincias. El nuevo gobernador bonaerense, Bartolomé Mitre, demostró ser tan terco como Derqui y Urquiza.

Inevitablemente, esto condujo a una serie de nuevos enfrentamientos, que terminaron en la batalla de Pavón, en Santa Fe, en Septiembre de 1861. Aunque en cierto sentido no había sido derrotado, Urquiza optó por abandonar el campo de batalla, tal vez para reconstruir su fuerza política en el Litoral desde su vieja base de Entre Ríos. En cualquier caso, esto dejó a Mitre en una posición para establecer un nuevo orden “liberal”, mediante el cual Buenos Aires mantuvo la posición dominante una vez más.

En Corrientes, el conflicto reflejó incertidumbre, con particular efecto desde la batalla de Pavón, y la consolidación de un partido liberal aliado a Mitre en varias provincias. Pero en gran medida, el problema correntino tenía que ver con celos locales, que habían permanecido bajo la superficie durante la anterior Administración de Pujol. Cuando este dejó el poder, fue remplazado por José María Rolón, un clérigo conservador y sin imaginación, que renegaba de casi todo lo que ofrecía su propio siglo.

Aunque el mismo llego a gobernar como resultado de un compromiso político, Rolón era cualquier cosa, menos conciliador. Sus oponentes en la Legislatura Provincial representaban todas las facciones políticas claves, pero no lograron unirse contra él.

Mientras tanto, el gobernador adoptó una política de represión activa. Arrestos tras arrestos se sucedieron en cada comunidad hasta que, a finales de 1861, con las elites correntinas todavía divididas, el cura de negra sotana enfrentó una abierta rebelión en el sur, probablemente auxiliada por Urquiza(4).

(4) Raimundo Fernández Reguera, “Apuntes históricos referentes a la gloriosa revolución de Noviembre, que dio por resultado la libertad de la gloriosa provincia de Corrientes en 1861” (Corrientes, 1862), pp. 1-40. // Citado por Thomas L. Whigham y Dardo Ramírez Braschi, “Ninguno se atreve a llamarlo lealtad (las acusaciones de traición y los correntinos paraguayistas antes, durante y después del conflicto de 1864 a 1870), 2020, (Inédito) Corrientes.

Los rebeldes, muchos de los cuales eran militares descontentos, rápidamente forzaron la expulsión de Rolón y generaron una apertura política para varios “liberales” conectados con el movimiento de Mitre. El bigotudo Manuel Ignacio Lagraña se encontró entre estos últimos. Si bien la victoria sobre Rolón fue completa en un sentido (murió de causas naturales un año más tarde), dejó muchas cuestiones sin respuesta acerca del futuro, especialmente en cuanto a la relación entre Corrientes y el Gobierno Nacional y con Paraguay. Bajo esas circunstancias, pocos correntinos esperaban que la paz perdurara.

El sentimiento de aprensión que caracterizó este período fue una consecuencia de las ideas y venidas abruptas entre la vieja política y la nueva, vaivenes que fastidiaban a los correntinos. La gente de la campaña prefería que se la dejara en paz con su ganado y sus cultivos, sus mates mañaneros y sus viejas costumbres.

La constante interferencia de foráneos había agravado las diferencias locales y el resultado no fue nada favorable. Paradójicamente, viendo que ellos mismos eran extranjeros, después de Pavón, los paraguayos buscaban aprovecharse de esa animosidad correntina hacia los forasteros, ya que era un sentimiento de indignación común a ambos lados del Paraná.

Hacía pensar a los López, primero a Carlos Antonio y luego a Francisco Solano, que la “provincia hermana” apoyaría la causa paraguaya, o sea, los correntinos elegirían a sus primos por encima de una “nación” dominada por Mitre y los porteños.

Desde nuestra posición actual, se puede entrever que ellos estaban pensando en convencer a los correntinos que traicionasen a su país, lo cual parecía sumamente improbable. Pero en el ambiente político de los años 1860, podría haber valido la pena intentar el esfuerzo.

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