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El nuevo Paraguay y los desafíos platenses

La Independencia del Paraguay había sido reconocida por potencias extranjeras, pero el Gobierno en Asunción continuaba sintiéndose inseguro. El país no tenía costa marítima, era militarmente débil y carecía de aliados. La mayoría de los habitantes de otros países no podían ubicar a la República en un mapa, y los extranjeros que habían visitado Paraguay no habían sido precisamente amigables.

Para ofrecer una defensa adecuada del país, por lo tanto, los paraguayos de fines de la década de 1850 y principios de la de 1860, tuvieron que avanzar treinta años -en términos militares- en menos de la mitad del tiempo que los países vecinos, especialmente Brasil, habían invertido.

Este hecho, por sí solo, constituía un claro peligro o, al menos, esto era de lo que se había convencido Francisco Solano López. La experiencia de López como mediador en el conflicto entre Buenos Aires y la Confederación le había señalado que su país era mucho más importante de lo que nadie había estado dispuesto a admitir anteriormente y que él era el hombre que llevaría al Paraguay a su justo destino.

Su padre, ya anciano, se sintió cansado del juego político. Además, según su propio hijo, era demasiado cauteloso, demasiado reticente para enfrentar nuevos desafíos que importaba el futuro de la Nación.

En Septiembre de 1862, el viejo presidente paraguayo yacía en su lecho de muerte. La fiebre y los constantes sufrimientos de diabetes habían consumido sus energías y sólo quería pasar sus horas finales junto a su familia. Uno de sus últimos gestos fue nombrar vicepresidente a su hijo Francisco Solano, otorgando el poder de ejercer la autoridad presidencial hasta tanto se reuniera el Congreso para elegir un sucesor.

Apelando a sus últimas reservas de fuerza, el anciano luchó por hacerle oír sus opiniones y darle algunos consejos sobre cómo garantizar la futura seguridad del Paraguay: “Hay muchas cuestiones pendientes que ventilar -le dijo-, pero no trates de resolverlas con la espada sino con la pluma, principalmente con Brasil(1).

(1) Fidel Maíz a M. L. Olleros, Arroyo y Esteros, 12 Septiembre 1905, citado en M. L. Olleros, “Alberdi a la luz de sus escritos en cuanto se refiere al Paraguay” (Asunción: El Cívico, 1905), p. 341. // Citado por Thomas L. Whigham y Dardo Ramírez Braschi, “Ninguno se atreve a llamarlo lealtad (las acusaciones de traición y los correntinos paraguayistas antes, durante y después del conflicto de 1864 a 1870), 2020, (Inédito) Corrientes.

Su hijo no le respondió y Carlos Antonio López murió poco después, sin decir ninguna palabra más. Pocos días después, Solano López emitió una orden para llenar las calles de Asunción con sus soldados; esto justamente aseguró la cooperación del Congreso, facilitando su sucesión como presidente.

Este no es el lugar para entrar en detalles sobre los orígenes de la guerra del Paraguay, ya que ha sido cubierto ampliamente en otros estudios(2). Dicho esto, si cabe decir que la sensación de incertidumbre -tanto en Paraguay como en Corrientes- atormentaba en ambas áreas.

(2) Ver: Francisco Doratioto, “Maldita Guerra. Nova história da Guerra do Paraguai” (São Paulo: Companhia das Letras, 2002); Thomas Whigham, “La guerra de la Triple Alianza”, 3 vols. (Asunción: Taurus, 2010-2012); María Victoria Baratta, “La guerra del Paraguay y la construcción de la identidad nacional” (Buenos Aires: SB Editorial, 2019); Luc Capdevila, “Une guerre totale. Paraguay, 1864-1870” (Rennes: Presses Universitaires, 2007). // Citado por Thomas L. Whigham y Dardo Ramírez Braschi, “Ninguno se atreve a llamarlo lealtad (las acusaciones de traición y los correntinos paraguayistas antes, durante y después del conflicto de 1864 a 1870), 2020, (Inédito) Corrientes.

Los problemas en la Banda Oriental parecían avivar el fuego de la duda política río abajo, y la consolidación de los Estados nacionales modernos en la región parecía estar dando pasos a algo mucho más inaudito. En pocas palabras, la amenaza de guerra civil en el Plata estaba dando paso a la amenaza de guerra internacional.

La lucha partidaria entre Blancos y Colorados en Uruguay fue perenne y siempre ha actuado como una chispa para desencadenar conflictos muchos mayores en el continente. Esto no fue lo sorprendente. Hay que recordar que en el período colonial, el puerto de Montevideo había transportado la mayor parte del comercio platense a través del Atlántico, lo que hacía que la ciudad fuera muy apreciada por España y codiciada por Portugal.

Estas visiones pasaron como una herencia a la Argentina y al Brasil, una vez que los orientales aseguraron la independencia y los habitantes de la Banda Oriental se dieron el derecho de elegir su propio destino. Les resultó difícil hacerlo y, en cambio, se vieron envueltos en conflictos sustitutivos, en los cuales un partido apoyaba la posición brasileña y el otro, la argentina.

Aunque las diversas luchas iban y venían en los esfuerzos por redefinir los intereses nacionales uruguayos, gran parte de la vieja fricción entre partidos todavía estaba presente en 1864, cuando el jefe colorado, Venancio Flores, se hizo presente en su país e intentó derrocar al régimen blanco.

Curiosamente, Flores logró obtener el apoyo tanto de brasileños -que estaban ansiosos por ayudar a un caudillo que había acordado ponerse del lado de los intereses ganaderos riograndenses-, y también de Mitre que, en un nivel algo más clandestino, esperaba financiar una rebelión colorada que luego podría actuar como especie de títere.

Esto, por supuesto, dejó al régimen Blanco -que detentaba el poder en Montevideo- sin un patrón útil. En busca de una salvaguarda, los diplomáticos asociados con el Gobierno recordaron la vanidad de Francisco Solano López y se atrevieron a pedirle que los ayudara de la misma manera que él había ayudado a mediar en la lucha anterior entre Buenos Aires y la Confederación.

Se acercaron al ministro Bergés y luego a López, que se interesaron, ya que estaban en busca de una nueva evaluación de la política platense y el lugar de Paraguay dentro del panorama general. Recurriendo a antecedentes europeos -que sugieren los acuerdos de Viena-, argumentaron que un equilibrio de poder había mantenido la paz general en el Plata pero, mientras brasileños y porteños estuvieran esencialmente colaborando para deshacer a los Blancos, esto significaba que el equilibrio estaba completamente perturbado. Y así -argumentaron- tanto Uruguay como Paraguay quedarían bajo control extranjero, muy probablemente bajo los auspicios de Brasil.

Era un argumento interesante, pero defectuoso. En primer lugar, no había equilibrio de poder en la Plata, en el sentido que los diplomáticos europeos habían usado el término por primera vez; Brasil era más grande, más poblado, más rico y con mayor influencia geopolítica que Argentina, Uruguay y Paraguay juntos. Y si no había equilibrio de poder en la región, entonces no había nada que Paraguay necesitara defender.

En segundo lugar, el argumento presumía la existencia de intereses permanentes entre hombres de influencia de Uruguay, Paraguay y algunas zonas del interior de Argentina (como Corrientes), pero esa comunidad de intereses era, en el mejor de los casos, de naturaleza perecedera.

Finalmente, resultó que el argumento dependía menos de las necesidades estructurales o nacionales que de los caprichos de los actores individuales, especialmente del propio Francisco Solano López.

Cuando Venancio Flores fue demorado inesperadamente por los Blancos en Paysandú, los brasileños anunciaron que intervendrían a su favor enviando sus fuerzas armadas a través de la frontera uruguaya. Este acto, a su vez, trajo un ultimátum de Asunción. Solano López advirtió al Gobierno Imperial que consideraría cualquier intervención extranjera en la Banda Oriental como un casus belli, lo que requeriría una respuesta paraguaya inmediata.

Los brasileños cruzaron la frontera de todos modos y el 12 de Noviembre de 1864, los paraguayos se apoderaron del barco brasileño “Marques de Olinda”, que navegaba en esos momentos entre Asunción y Cuyabá. La guerra estaba en marcha.

Considerando que había lanzado la guerra para defender la soberanía uruguaya en el sur, los siguientes movimientos de López fueron decididamente curiosos: atacó hacia el norte, en la provincia brasileña de Mato Grosso. Más tarde se afirmó que hizo esto para apoderarse de los depósitos de armamentos en Coimbra y Corumbá, ambas al lado del río Paraguay. Si esta fuera realmente su intención, su esfuerzo le hizo perder un tiempo considerable, ya que los brasileños abrumaron a la defensa blanca en Paysandú y avanzaron hacia Montevideo.

El Gobierno Imperial pudo haberse sentido ofendido por el ataque paraguayo, pero le resultó muy complicado reaccionar, teniendo en cuenta que no había fuerzas militares brasileñas cerca de los territorios matogrossenses que López había capturado. El líder paraguayo se enfrentaba a una situación en la que había ganado el control de facto sobre los territorios en disputa con Brasil, pero no estaba satisfecho con ese triunfo y deseaba seguir adelante para salvar al Gobierno de Montevideo, que en ese momento estaba al borde del colapso.

La forma más directa para que los paraguayos se trasladasen en ayuda de los blancos era cruzar el territorio correntino y descender por el río Uruguay. Esto, por supuesto, requeriría que el ejército de López haga un tránsito a través de la neutral Argentina y, por lo tanto, notificó al Gobierno de Mitre, pidiendo permiso para efectuar dicho tránsito. La solicitud fue rechazada, ya que era incompatible con el concepto de estricta neutralidad. López respondió invadiendo Corrientes, en Abril de 1865.

Los cálculos paraguayos habían resultado desastrosos. En lugar de aliviar la presión política engendrada por las maquinaciones de Brasil en el Plata, el Mariscal (como se llamaba en aquel entonces) había hecho lo único que podría unir a las facciones argentinas, normalmente contenciosas entre ellas. Además, su invasión de Corrientes ayudó indirectamente a los brasileños en su búsqueda para ganar más influencia en la desembocadura del Plata.

Corrientes reaccionó con sorpresa. La situación política de la provincia se había estabilizado en los últimos tiempos, con liberales mitristas en ascenso, ocupando el cargo de gobernador Manuel Ignacio Lagraña, mientras que en una parte considerable del sur, especialmente alrededor de Curuzú Cuatiá, todavía se sentía la ascendencia -en cierta medida- de Urquiza y, en particular, de un estanciero local, Nicanor Cáceres, quien durante muchos años fue un aliado de la ahora desaparecida Confederación.

También había una pequeña facción de federalistas proparaguayos, presentes en la Capital y en varias comunidades del Interior correntino, pero era poco representativa; estaba integrada por antiguos rosistas, varios comerciantes de caballos y ganado, en particular los que ya tenían conexiones comerciales con Asunción, y varios autonomistas radicales.

Hasta este momento, nadie se atrevió a denominar traidores a los hombres que componían esta facción, pero pocos estuvieron de acuerdo con sus juicios. Tuvieron el oído de Miguel Rojas, el cónsul paraguayo, que los ayudó a financiar sus actividades y un periódico (denominado, irónicamente, "El Independiente") pero, aparte de todo esto, disfrutaban de una escasa influencia(3).

(3) Ver, por ejemplo, a Miguel Rojas a José Bergés, Corrientes, 23-28 de Enero de 1865, en: Archivo Nacional de Asunción, Colección Rio Branco, I-30, 3, 33, Nros. 1-3. // Citado por Thomas L. Whigham y Dardo Ramírez Braschi, “Ninguno se atreve a llamarlo lealtad (las acusaciones de traición y los correntinos paraguayistas antes, durante y después del conflicto de 1864 a 1870), 2020, (Inédito) Corrientes.

Desde la desaparición del clérigo José María Rolón, este grupo mixto de liberales, urquicistas y políticos sin trabajo y facción, había dirigido la provincia de manera desordenada, acordando entre ellos no reavivar una guerra civil, pero no mucho más.

Esto mantuvo la paz por el momento, pero mostró poca previsión, una característica tan típica de los tiempos de Pujol. Es verdad que tampoco podían prometer no mucho más que una unidad condicional, en particular cuando el ejército del mariscal se desplegó en el territorio provincial, enviando columnas tanto al Este como al Oeste, siguiendo el curso de los ríos Uruguay y Paraná, respectivamente.

Uno de los últimos actos del gobernador Lagraña desde la Capital, antes de unirse a la línea de huida de sus compueblanos, fue el de instruir al Concejo Municipal que no se resistiera a los paraguayos, sino que cooperara con ellos para garantizar la seguridad pública y proteger la propiedad(4).

(4) Informe del Concejo Municipal, Corrientes, 15 de Abril de 1865, en: Archivo Nacional de Asunción, Colección Rio Branco I-30, 23, 218, Nros. 1-2. // Citado por Thomas L. Whigham y Dardo Ramírez Braschi, “Ninguno se atreve a llamarlo lealtad (las acusaciones de traición y los correntinos paraguayistas antes, durante y después del conflicto de 1864 a 1870), 2020, (Inédito) Corrientes.

Al mismo tiempo, emitió un llamado a todos los hombres de entre dieciséis y sesenta años de edad, con el fin de empuñar las armas contra los invasores(5).

(5) Decreto de Manuel I. Lagraña, Empedrado, 14 de Abril de 1865, en: periódico “La Nación Argentina”, (Buenos Aires), ediciones del 24-25 de Abril de 1865. // Citado por Thomas L. Whigham y Dardo Ramírez Braschi, “Ninguno se atreve a llamarlo lealtad (las acusaciones de traición y los correntinos paraguayistas antes, durante y después del conflicto de 1864 a 1870), 2020, (Inédito) Corrientes.

Cuando las tropas, de hecho, comenzaron a formarse en unidades en el sur de la provincia, pronto se hizo obvio que la verdadera autoridad militar era la ejercida por Cáceres. Habría que esperar a que las fuerzas nacionales (o aliadas) provenientes de Entre Ríos o Buenos Aires, detengan con efectividad, el progreso del ejército del mariscal.

Dicho esto, mientras que Cáceres y los otros generales argentinos no podían estar satisfechos con la situación militar per se, podían sentirse seguros de que los paraguayos ya habían perdido su ventaja estratégica. López había lanzado la invasión a Argentina con la idea de que, de alguna manera, podría vincularse con las fuerzas antibonaerenses y antibrasileñas, y tal vez, incluso, con el mismo Urquiza, que felizmente unirían su causa con la suya.

En esto, calculó mal la situación. Por haber invadido territorio argentino, no les dejó otra alternativa que unirse a Mitre y al Gobierno Nacional. Este último, por supuesto, no perdió tiempo en firmar el Tratado de la Triple Alianza, el 1 de Mayo de 1865, que obligó a Argentina, Brasil y al ahora derrotado Uruguay, a una campaña contra López.

Para bien o para mal, ahora estarían unidos hasta que el mariscal haya sido expulsado de Paraguay o dejádole muerto en algún tramo aislado de la República. Para aquellos políticos que querían claridad en esta horrible situación, ahora por fin la tenían.

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