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El costo de la resistencia

Para fines de 1867, la desesperación de la posición paraguaya en Humaitá era innegable. Mena Barreto había reforzado Tayí con artillería y había cruzado con cadenas el canal principal del río Paraguay, para evitar que llegaran suministros a la Fortaleza por la usual vía fluvial(1).

(1) Correspondencia miscelánea de Mena Barreto [?] a Caxias, Tayí, Enero-Marzo de 1868, en: Instituto Histórico e Geográfico Brasileiro, Rio de Janeiro, lata 447, doc. 82. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (danza de muerte y destrucción)” (Diciembre de 2012), volumen III. Ed. Taurus (Taurus es un sello editorial del Grupo Santillana). Asunción.

Había también cortado las líneas telegráficas paraguayas, lo que prácticamente imposibilitaba las comunicaciones enemigas con la Capital. Entretanto, Caxias y Osório habían fortalecido las líneas Aliadas en Tuyucué y San Solano para hacerlas impermeables a los asaltos. Incluso las osadas incursiones de Caballero eran cada vez menos frecuentes.

Río abajo, la flota de Ignácio vigilaba, rumiando. Los buques de guerra continuaban disparando de vez en cuando sobre Humaitá, como un inequívoco recordatorio de que el tiempo se había acabado. Los problemas de abastecimiento del Almirante se solucionaron cuando los ingenieros brasileños construyeron un pequeño ferrocarril a lo largo de la orilla chaqueña del río, en el cual los Aliados enviaban cargas diarias de 65 toneladas de municiones, combustible y raciones para los 1.500 embarcados(2).

(2) Alexandre Gomes Argolo Ferrão, “Relatório sobre a Estrada de Ferro do Chaco”, en: Levy Scavarda, “Centenário da Pasagem de Humaitá”. “Revista Marítima Brasileira” (1968), n. 8: 1-3 , pp. 35-40. Los ingenieros que diseñaron el ferrocarril cometieron un error crucial al localizarlo demasiado cerca de la vera del río Paraguay ya que, cuando las aguas crecieron precipitadamente en Enero, inundaron las vías e hicieron imposible -por un tiempo- hacer llegar suministros a la flota. Ver: “The War in the North”, en: “The Standard”, (Buenos Aires), ediciones del 8 de Enero y 11 de Febrero de 1868. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (danza de muerte y destrucción)” (Diciembre de 2012), volumen III. Ed. Taurus (Taurus es un sello editorial del Grupo Santillana). Asunción.

Pese a ello, el Almirante seguía negándose a levar anclas. Se había vuelto enfermizo y físicamente lánguido y estaba más que nunca entregado a largos períodos de rezos solitarios. Debido a su estado de ánimo, no era sorprendente que retrasara su avance, pero había pocas dudas sobre su capacidad de hacerlo cuando lo decidiese.

En las trincheras paraguayas, la triste realidad era evidente. Unos pocos meses antes, los hombres todavía creían que se podía acordar una paz honorable con la ayuda de emisarios extranjeros como Gould o Washburn. Ahora, los soldados se resignaban a cifrar sus esperanzas en el cada vez más lejano proyecto de escapar de la trampa que Caxias les había tendido.

Los paraguayos ni siquiera podían ya cocinar, debido a que hacía tiempo que se había agotado la leña, lo mismo que la bosta de vaca, que les había servido como sustituto temporal. Simplemente esperaban órdenes y masticaban, sin pensar, gastados trozos de cuero -viejas riendas y lazos- cuando no podían encontrar algo de charque o de carne fresca de vaca o de oveja. Cosas que alguna vez habían sido abundantes, ahora eran un lujo, como el maíz, el almidón y los corazones de palma.

Estas tropas desnutridas, no tenían posibilidad de defender el perímetro del Cuadrilátero que, en consecuencia, se había reducido a una barrera mucho más débil y penetrable de lo que ni el mariscal ni los Comandantes Aliados se preocupaban de admitir.

Las tropas de refuerzo, aunque hubieran podido esquivar a Mena Barreto por los senderos del Chaco, ya no existían. Más al norte, las últimas demandas de conscripción dejaron claro que el Paraguay pretendía consumir hasta sus semillas, aquellos niños tan pequeños que apenas eran capaces de sostener un mosquete(3).

(3) La presión para enviar al frente a cada varón, niño, joven o viejo, enfermo o sano, no se detuvo durante este período. Ver: Reporte de Domingo Tomás Candia, Ybycuí, 18 de Enero de 1868, en: Archivo Nacional de Asunción, Sección Nueva Encuadernación 982. El Jefe de Milicias de otro pueblo del Interior, en su informe en la misma época, registra a 498 oficiales, soldados y “reclutas” presentes en su distrito, 104 de los cuales tenían más de 65 años de edad. Un hombre, Ysidro Escobar, tenía 101 años (!) y había varios en sus noventa. Ver: Reporte de Juan B. Campos, San José de los Arroyos, 20 de Enero de 1868, en: Archivo Nacional de Asunción, Sección Nueva Encuadernación 982. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (danza de muerte y destrucción)” (Diciembre de 2012), volumen III. Ed. Taurus (Taurus es un sello editorial del Grupo Santillana). Asunción.

Dos preguntas eran obvias en esta coyuntura. Ante todo, dadas sus ventajas, ¿por qué los Aliados no atacaban y acababan de una vez con los paraguayos? Las tropas estaban listas, incluso ansiosas de pelear y, a pesar del humillante asalto a Tuyutí, tenían material más que suficiente a su disposición. Probablemente les habrían venido bien más caballos y mulas, pero este era un problema perenne que no debería interferir con un ataque final en esta etapa.

Casi con seguridad, las tensiones que habían caracterizado las relaciones entre los Comandantes brasileño y argentino, de nuevo representaban el principal escollo. Mitre deseaba desesperadamente una victoria que le proporcionara el capital político que necesitaba para asegurar el triunfo de Elizalde en las próximas elecciones presidenciales. Así, él podría continuar promoviendo la vieja agenda liberal -su agenda-, que había caído en su peor momento en Buenos Aires(4).

(4) Era ampliamente creído, tanto en Buenos Aires como en Europa que, al apoyar la candidatura de Elizalde, Mitre buscaba mantener el poder de facto en sus propias manos. Ver: Elisée Reclus, “L’election présidentielle de la Plata et la Guerre du Paraguay” (1868), en: “Revue des Deux Mondes”, 76: 4, pp. 893-894. París; y, F. J. McLynn, “The Argentine Presidential Election of 1868” (1979), en: “Journal of Latin American Studies”, n. 11: 2, p. 312. Cambridge. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (danza de muerte y destrucción)” (Diciembre de 2012), volumen III. Ed. Taurus (Taurus es un sello editorial del Grupo Santillana). Asunción.

Caxias era indiferente a las preocupaciones partidarias de Mitre. No tenía deseos de arriesgar sus unidades en el momento más caluroso del año, especialmente cuando cada día que él se volvía más fuerte, el Mariscal se volvía más débil(5).

(5) En una carta del 29 de Noviembre de 1867, el corresponsal de guerra de “The Standard”, (Buenos Aires), reportó que las temperaturas en el frente oscilaban entre 96 y 105 grados Fahrenheit (35 a 40 grados centígrados), edición del 1 de Diciembre de 1867. Dos semanas más tarde, el mismo corresponsal señaló que “los termómetros ordinarios no sirven [...] la atmósfera caliente [...] trae ante la imaginación las regiones infernales de Dante, al menos un moderado anticipo del Purgatorio” (edición del 18 de Diciembre de 1867). // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (danza de muerte y destrucción)” (Diciembre de 2012), volumen III. Ed. Taurus (Taurus es un sello editorial del Grupo Santillana). Asunción.

El Ejército Aliado, después de todo, se había convertido incuestionablemente en su ejército. Por lo tanto, si hacía las cosas en el orden apropiado, el Marqués podía ahorrarse el asalto a Humaitá en el sentido convencional del término; seguro de que caería en sus manos con relativa facilidad.

Mientras tanto, prefería esperar la llegada de todavía más tropas y animales para forjar su avance no sólo a Humaitá, sino a Asunción, y justificar -de esa manera- la política del Imperio hacia Argentina.

La segunda pregunta obvia tenía que ver con la inacción del mariscal: ¿por qué no se rendía o huía, ya que, de otra forma, sólo le esperaba la aniquilación? En varias ocasiones había recibido ofertas, o rumores de ofertas (algunas de ellas “doradas”), que otros jefes de Estado habrían aceptado como una forma honorable de salir del atolladero. El las había desechado todas.

Había visto a miles de sus compatriotas paraguayos perecer y había incluso perdido a un hijo en la epidemia de cólera. Pero se rehusaba a dar su brazo a torcer. Su terquedad, que desafiaba toda lógica, condenó a su país casi a la extinción.

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