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MITRE DESPEJA EL CAMINO

El presidente argentino Bartolomé Mitre no hizo muchos comentarios sobre el asalto paraguayo en Paso Poí. Se encontraba revisando reportes de las provincias de Abajo, donde las noticias eran cualquier cosa menos buenas. El cólera había golpeado la Capital y Mitre debía enfrentar la posibilidad de una epidemia. Con cierta irritación, también leía que una nueva “revolución”, probablemente de inspiración urquicista, acababa de erupcionar en Santa Fe y estaba en ese momento amenazando la ciudad de Rosario(1).

(1) Efraím Cardozo, “Hace Cien Años (Crónicas de la Guerra de 1864-1870)” (1968-1982), publicadas en: “La Tribuna”, 7: 405, (13 volúmenes). Ediciones EMASA: Asunción; y Nicasio Oroño a Marcos Paz, Santa Fe, 22 de Diciembre de 1867, en: “Archivo del coronel, doctor Marcos Paz” (1964), 6: 443. La Plata. Oroño mismo tuvo que marchar al exilio en esta época, pero retornó más tarde como Senador Nacional y fue el autor de un detallado plan para un retiro gradual de las Fuerzas argentinas del Paraguay. Ver la obra ya citada de Efraím Cardozo, “Hace cien años...”, 9: 90-92. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (danza de muerte y destrucción)” (Diciembre de 2012), volumen III. Ed. Taurus (Taurus es un sello editorial del Grupo Santillana). Asunción.

Autoridades provinciales habían pedido la Intervención Nacional y algunos observadores suponían que ello traería otra serie de revueltas internas, lo que demandaba la atención del presidente. El levantamiento santafesino resultó ser trivial. Aún así, que Mitre tuviera que lidiar con él, sugería -una vez más- que, a diferencia de Caxias, no podía dedicarse exclusivamente a la campaña contra López.

Elizalde, los hermanos Taboada y Marcos Paz habían actuado como hábiles administradores y útiles aliados políticos, pero no podían hacer mucho más sin su guía y apoyo. Urquiza, como de costumbre, era caprichoso, y los europeos no estaban dispuestos a tratar con los liberales sobre otra base distinta que sus propios términos. Si su Ejército estaba fatigado en Paraguay, el presidente argentino lo estaba aún más.

Mitre había servido como comandante Aliado la mayor parte de los últimos tres años y, como George McClellan en Estados Unidos, había proporcionado el ímpetu que se requería para transformar las Fuerzas Armadas en algo formidable y moderno. Había manejado los muchos desafíos diplomáticos de negociar con los brasileños y orientales y había logrado mantener la Alianza, en sí mismo algo nada pequeño.

Era cierto que había fallado en conseguir el principal objetivo de la guerra pero, no obstante, había trabajado bien con Caxias en la formulación de una estrategia para hacer arrodillarse a López. Observaba correctamente que el terrible revés de Curupayty hacía tiempo que se había olvidado y que el Ejército Aliado estaba, una vez más, en movimiento.

Pero Mitre no había todavía derrotado al Mariscal y ese hecho carcomía su orgullo. Aunque los hombres en el frente habían oído muchas promesas de victoria, todavía no podían percibir signos seguros de paz. Humaitá no había caído. El Ejército paraguayo seguía activo en el campo, si bien sobre una base menos decisiva, y la barba de don Bartolo ahora mostraba casi tantas canas como la del Mariscal. Lo peor de todo, no había nada que contemplar, sino más de lo mismo.

El 2 de Enero de 1868, el cólera se cobró la vida del vicepresidente argentino Marcos Paz. El tucumano, de cincuenta y cuatro años, había sido el pegamento político que mantuvo unido al Gobierno Nacional mientras Mitre estuvo en el frente. Nadie podía reemplazarlo. La Constitución no tenía previsiones que permitieran a Paz asumir autoridad temporaria en Buenos Aires durante la ausencia del presidente, pero tampoco previsiones para cubrir su propia muerte.

Ni los paraguayos ni los brasileños podrían haber deseado un evento más comprometedor para los intereses argentinos, al menos para los mitristas. El presidente se sentía preocupado, aunque también, en otro sentido, honestamente aliviado. No tenía más opción que volver a su Capital, esta vez definitivamente. Su esposa e hijos estaban esperándolo y él ya ansiaba un lugar más confortable y familiar que su barraca en Tuyucué.

Sin embargo, en su ausencia habían ocurrido muchos cambios y no estaba claro qué requerirían de él las nuevas circunstancias. Con la ayuda de Paz, el Gobierno Nacional había organizado y mantenido -desde 1865- una Fuerza de decenas de miles que había peleado eficazmente contra López y los montoneros. La milicia había aplastado la oposición a la alianza en las provincias y continuaba haciendo la diferencia entre una Argentina estable y otra caótica.

Ahora los Generales deseaban presentarse como potenciales árbitros de un orden político moderno, algo que Mitre siempre había esperado evitar. No había razones para suponer que los oficiales darían su apoyo a Elizalde y, sin Paz a mano para contener los desafíos de los autonomistas, los liberales de Mitre tenían mucho de qué preocuparse.

En primer lugar, no estaba del todo claro que ellos continuarían recurriendo al “sabio liderazgo” de don Bartolo. Aunque había conseguido insuflar nueva vida a su movimiento político, después de derrotar a Felipe Varela a principios de 1867, últimamente había estado bastante desconectado de los eventos en el sur. A no dudarlo, todavía proyectaba respeto en círculos partidarios, pero ya no podía dar por sentado que su amplio prestigio sería suficiente.

Cuando se enteró de la muerte de Paz, el 10 de Enero, Mitre se sintió aturdido, pero no había dudas sobre lo que debía hacer. Sus Ministros habían constituido un Gabinete de emergencia en Buenos Aires y demandaban su retorno a la primera oportunidad posible. El no podía perder tiempo ponderando su legado histórico o preocupándose de las tropas sitiadas en Humaitá. Tenía que moverse rápidamente, y así lo hizo.

Partió el 14, dejando a Caxias asumir el Comando General. Desde una perspectiva brasileña, este era en sí mismo un hecho crucial, ya que el Marqués no tendría, en adelante, que enfrentarse a ninguna rivalidad dentro del Campamento Aliado y podría proseguir la guerra de acuerdo con sus propios planes y cronograma. Para Mitre, por su parte, el abandono del frente, por necesario que fuera, constituía un fracaso personal, otra ambición frustrada por el destino.

A mediados de la década de los años 1850, Mitre había sido el hombre más versátil de una generación de estudiosos estadistas argentinos y, quizás, el más distinguido. Doce años más tarde, lucía notoriamente más viejo y había también perdido el lustre de distinción que antes lo puso al mismo nivel que Alberdi y bien por encima de Urquiza. Aunque no había todavía arrojado la toalla como político, su carrera ya no proyectaba la misma promesa que en el pasado.

Los competidores de Mitre en Buenos Aires (y no pocos de sus supuestos aliados) no tenían intenciones de dejarle espacio para el tipo de maniobra política que había instituido en la ciudad porteña tiempo atrás. En cambio, se esforzaron por tratarlo como la quintaesencia del político irrelevante, bueno quizás como autor de algún ocasional editorial en “La Nación Argentina” o para asistir a la celebración inaugural de una nueva línea de trenes en las provincias, pero sólo para eso.

Que retuviera alguna semblanza de control sobre el Gobierno Nacional -insistían- estaba ahora fuera de discusión. Había incluso conversaciones sobre un Juicio Político al presidente, por haberse excedido en sus poderes de guerra(2).

(2) “The Impeachment of the President”, en: “The Standard”, (Buenos Aires), edición del 18 de Abril de 1868. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (danza de muerte y destrucción)” (Diciembre de 2012), volumen III. Ed. Taurus (Taurus es un sello editorial del Grupo Santillana). Asunción.

Mitre dedicó varios meses a tratar de mantener su obra política en pie, pero perdió a varios de sus más importantes aliados políticos en el Gobierno y observó abatido la caída de Elizalde en la elección presidencial, claramente derrotado por Domingo Faustino Sarmiento, el ministro argentino en Washington(3). Este, quien, como Paz, había perdido un hijo en Curupayty, era un reconocido crítico de la guerra.

(3) F. J. McLynn ha sugerido con verosimilitud que Mitre, “no ejerció máxima presión en nombre de su aparente ministro Exterior, una vez que se dio cuenta de que [...] los localistas [sic] estaban preparados para llegar al extremo de una guerra civil y provocar una secesión de Buenos Aires si Elizalde era elegido”. Ver: F. J. McLynn, “The Argentine Presidential Election of 1868” (1979), en: “Journal of Latin American Studies”, n. 11: 2, p. 321. Cambridge; y, también, Bernardo González Arrili, “Vida de Rufino Elizalde (Un constructor de la República)” (1948), pp. 455-463. Francisco A. Colombo: Buenos Aires. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (danza de muerte y destrucción)” (Diciembre de 2012), volumen III. Ed. Taurus (Taurus es un sello editorial del Grupo Santillana). Asunción.

Mitre pretendía seguir siendo políticamente relevante en las cambiantes circunstancias antes y después de la elección. Con ese fin, continuó trabajando arduamente en periodismo, tratando de resucitar el programa liberal bajo una variedad de nuevos nombres. Sirvió como Senador Nacional por un tiempo, durante el cual defendió la Alianza con Brasil en cada foro público.

Pero ya no tenía mucha influencia en la política exterior ni podía controlar la forma y el temperamento de la nación que había hecho tanto por establecer, ya que el liberalismo que había impulsado, pronto se volvió tan estéril como el caudillismo que había desplazado. Para parafrasear a Nicolas Shumway, es difícil separar el indudable patriotismo de Mitre y sus esperanzas para la Argentina de sus innobles ambiciones políticas, en parte debido a que poseía un superlativo dominio de la retórica liberal(4).

(4) Nicolas Shumway, “The Invention of Argentina” (1991), pp. 212-213. Berkeley. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (danza de muerte y destrucción)” (Diciembre de 2012), volumen III. Ed. Taurus (Taurus es un sello editorial del Grupo Santillana). Asunción.

Su elocuencia, sin par ni entre sus aliados brasileños ni entre sus enemigos paraguayos, proporcionaba un barniz positivo y perdurable a una vida que contenía tanta filosofía elevada como conspiración y prevaricación. Los detractores de Mitre -y hay muchos- han calificado su liberalismo de producto de una mentalidad elitista.

Sus defectos políticos, argumentan, se originaban en su defectuoso instinto para los valores humanos. En vez de acercarse al pueblo argentino y sentir compasión por su pobreza y simpatía por su cultura, veía -en su supuesto atraso- algo que necesitaba ser superado. En ese sentido, su patriotismo de orientación porteña, servía de cobertura a una nueva clase de explotación(5).

(5) Aunque todos los escritores revisionistas han sido críticos de Mitre, solamente los marxistas entre ellos han ubicado la fuente de su dilema histórico en la lucha de clases. Para ellos, su pertenencia a la “oligarquía” porteña presentaba mucho más importancia política concreta que cualquier otra tendencia. Ver: Rodolfo Puiggrós, “Pueblo y Oligarquía” (1965), pp. 95-98 y 123-129. Jorge Alvarez Editor: Buenos Aires. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (danza de muerte y destrucción)” (Diciembre de 2012), volumen III. Ed. Taurus (Taurus es un sello editorial del Grupo Santillana). Asunción.

El hombre en sí era complejo, sofisticado y atractivo, pero el nacionalismo que tan cuidadosamente había construido en su biblioteca, en su oficina de periódico y en su Cuartel en Tuyucué, era profundamente exclusivo e incompleto.

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