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El Mariscal se retira a través del Chaco

Cuando el temerario intento de cambiar la ecuación militar en el río fracasó, el Mariscal no tuvo alternativa. El 3 de Marzo de 1868, dejó el grueso de su Ejército en Humaitá y, con sus unidades de guardia y su personal, levantó campamento y escapó a través del crecido río Paraguay(1).

(1) Los Aliados tuvieron una prueba positiva de la huida del Mariscal solamente a finales del mes, cuando un soldado de la artillería paraguaya desertó y afirmó que había visto a López, Madame Lynch y otros partir en la forma que describen las otras fuentes. Ver: “Declaración del soldado paraguayo de artillería de Humaitá (Tuyucué, 22 de Marzo de 1868)”, en: “Jornal do Commercio”, (Río de Janeiro), edición del 1 de Abril de 1868. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (danza de muerte y destrucción)” (Diciembre de 2012), volumen III. Ed. Taurus (Taurus es un sello editorial del Grupo Santillana). Asunción.

La comitiva presidencial, que incluía al obispo Manuel Palacios, a Madame Lynch y a los hijos de López, emprendió una rápida pero cautelosa retirada a través de una estrecha esquina del Chaco.

López quería reunir a varios miles de evacuados previamente y otras fuerzas residuales para organizar un nuevo Ejército más al norte, pero primero tenía que llegar al Campamento construido recientemente en Monte Lindo. Desde allí, esperaba volver al canal principal del río y seguir hasta la boca del Tebicuary, el lugar lógico para establecer su línea de defensa y volver a desafiar el avance Aliado.

Incluso para un grupo tan pequeño, la retirada estaba llena de peligros, más aún porque el Chaco siempre fue un lugar temible. Hasta hoy los viajeros a menudo comentan la diferencia entre la atrayente suavidad de los bosques del Oriente paraguayo, que invitan a un tranquilo descanso en marchas extenuantes, y el denso follaje del Chaco, brebaje hechicero y peligroso de color y sonido, que continuamente asalta los sentidos.

El paso del hombre se diluye ante los excesos y la fuerza de los elementos, en medio de los cuales la lucha por la existencia parece desarrollarse a un ritmo vertiginoso. Aquí la naturaleza se muestra siniestra y cruel. Las enredaderas estrangulan las ramas de los árboles en una desesperada búsqueda de luz. Los jaguares se deslizan silenciosamente entre los arbustos y se arrojan súbitamente sobre su presa.

Millones de termitas y hormigas cortadoras recorren cada pulgada de suelo y el aire se enjambra con insectos voladores, cuyos zumbidos anuncian lascivas o violentas intenciones. Incluso las garzas, cuyo plumaje de un blanco nieve o un delicado azul contrasta con el fondo verde, son despiadadas asesinas de peces y ranas.

En tal ambiente, aquellos hombres de 1868 debieron haber estado conscientes de su pequeñez. El Gobierno paraguayo había mantenido unos cuantos puestos en estos territorios desde los tiempos del viejo López. Muchos de los soldados comisionados en estos pueblos, hacía tiempo que se habían vuelto salvajes. Privados de los diferentes elementos de la civilización, apartados durante largos períodos del Comando más cercano, esos hijos de Esaú (o de Enkidu) a veces olvidaban las sutilezas del trato humano.

Mordían las pieles y los huesos de los animales como depredadores de la jungla. Bebían agua como ciervos, agachando sus cabezas sobre charcos o arroyos. Dormían cerca de sus animales y dejaban sus heridas a merced de vampiros y tábanos. Dado que estos hombres estaban siempre alerta ante el peligro constante de su entorno, su vista y su oído eran tan agudos como los del halcón(2).

(2) Tales hombres, que siempre han inspirado personajes a la literatura mundial, eran suficientemente reales como para suscitar la condena no solamente de constructores de naciones como Domingo Faustino Sarmiento, sino de colonos inmigrantes como Hector St. John Crèvecoeur, cuyas memorias de la vida rural en los Estados Unidos -en los años 1770- castigan a los “hombres salvajes” de la frontera, llamándolos “nómadas, rudos, antisociales, impacientes ante la responsabilidad y la ley”. La demasiada libertad había promovido en ellos “un tosco egoísmo y una inclinación a la violencia”. Ver: “Letters from an American Farmer” (1925), pp. 72-73. Nueva York. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (danza de muerte y destrucción)” (Diciembre de 2012), volumen III. Ed. Taurus (Taurus es un sello editorial del Grupo Santillana). Asunción.

Para cruzar el Tebicuary, el Mariscal necesitaba a esos hombres como guías. Timbó tenía una numerosa guarnición, pero en los senderos al norte prácticamente no había seres humanos. La ruta principal, recientemente abierta entre la maleza por el Ejército, atravesaba un vasto territorio de esteros y accidentadas tierras bajas, estas últimas llenas de palmas de Yataí y arbustos de espinas largas y afiladas como navajas. Hasta el más vigoroso soldado paraguayo titubeaba ante los peligros que podía encontrar en el camino.

Carretas de bueyes y contingentes de hombres a caballo habían ido y venido por estos senderos durante los meses precedentes e, incluso, Madame Lynch y los hijos de López habían atravesado esta zona del Chaco antes de acompañar al Mariscal en esta ocasión(3).

(3) “Chronique”, en: “Ba-Ta-Clan”, (Río de Janeiro), edición del 11 de Abril de 1868. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (danza de muerte y destrucción)” (Diciembre de 2012), volumen III. Ed. Taurus (Taurus es un sello editorial del Grupo Santillana). Asunción.

Por supuesto, una cosa es viajar en un pequeño grupo montado y otra muy distinta es hacerlo acarreando piezas de artillería pesada por el barro, como el Mariscal ahora exigía. Un cañón de seis libras pesaba al menos 230 kilos y el proyecto de remolcarlo al río hasta una lancha y luego arrastrarlo -una vez más- por el lodo del Chaco, no era imposible, pero tampoco fácil. Llevar los cañones a Monte Lindo era un trabajo agotador para una tropa de soldados desnutridos y con tan pocas mulas y bueyes que casi tenían que trasladar cada pieza con poco más que sus propios músculos.

Los acorazados Aliados mantuvieron su distancia y permitieron que los dos vapores paraguayos que habían escapado antes a Humaitá, terminaran de transportar las tropas, las piezas de campaña y la escolta privada del Mariscal hasta Timbó. Los Whitworth de 32 libras pasaron primero y, luego, los Krupp de 12. Ocho cañones de ocho pulgadas los siguieron inmediatamente, dejando a todos los soldados incapacitados y heridos para el final.

Las carretas que esperaban a estos evacuados del lado opuesto eran pocas, y muchos hombres tuvieron que caminar siguiendo en procesión al Mariscal. Thompson se había adelantado varios días para explorar el terreno en busca de mejores accesos al Tebicuary y había reportado los numerosos arroyos y aguas profundas que interrumpían la línea de marcha.

Recomendó que el Ejército erigiera sin demora una batería en Monte Lindo, para hostigar a los acorazados Aliados que, de otra manera, podrían recorrer el río libremente. Si fuera posible construir baterías en la confluencia del Tebicuary y el Paraguay, serían una defensa satisfactoria, aunque esta tarea -enfatizaba el Coronel- podría llevar varios días(4).

(4) George Thompson, “The War in Paraguay with a Historical Sketch of the Country and Its People and Notes upon the Military Engineering of the War” (1869), pp. 251-252. Longmans, Green, and Co.: Londres. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (danza de muerte y destrucción)” (Diciembre de 2012), volumen III. Ed. Taurus (Taurus es un sello editorial del Grupo Santillana). Asunción.

El Mariscal consideró la sugerencia. Sus guardias y su séquito cruzaron el Paraguay y continuaron el viaje tierra adentro, lejos de los cañones enemigos. El pequeño ferrocarril Aliado estaba mucho más al sur y ni la Flota ni las tropas terrestres podían impedir su retirada (en caso de que supieran de ella).

A diferencia de sus hombres, que se sentían fatigados y dubitativos ante la aventura que les esperaba, López irradiaba una nerviosa energía. Podía apreciar cuán vulnerable se había vuelto su posición general y cuán pocas opciones militares le quedaban. Pero eso no lo desalentaba, ya que se había cansado del sitio de Humaitá casi tanto como sus oponentes y estaba impaciente por oponerles una resistencia más activa, lo que esperaba lograr si podía reunir sus Fuerzas a tiempo.

El Mariscal mostró maneras afables y desenvueltas durante la marcha. Cabalgaba delante de sus carretas y, desmintiendo su usual timidez, desafiaba a los indios chaqueños y a los elementos naturales. Había comido bien, se había saciado con carne fresca y estaba montado en el mejor corcel disponible. Como era natural en él, dio toda una función ante sus guardias de cascos de bronce, que respondieron con buen humor, incluso riéndose, mientras cumplían sin quejarse las más arduas labores(5).

(5) En una ocasión, los hombres trabajaron toda la noche en el agua de un profundo arroyo construyendo un puente para que pasara el carruaje del Mariscal a la mañana siguiente. Los guardias, invariablemente, se deleitaban en complacer a su Comandante que, por lo menos en esta oportunidad, mostró tan buen humor como ellos. Ver: George Thompson, “The War in Paraguay with a Historical Sketch of the Country and Its People and Notes upon the Military Engineering of the War” (1869), p. 258. Longmans, Green, and Co.: Londres. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (danza de muerte y destrucción)” (Diciembre de 2012), volumen III. Ed. Taurus (Taurus es un sello editorial del Grupo Santillana). Asunción.

Su audacia todavía era visible, aunque hacía tiempo que habían perdido el áspero y robusto semblante que tenían al principio de la guerra. Su exhibición de altanería y confianza era en su mayor parte teatro.

Por su parte, el Mariscal parecía bien dispuesto, hasta optimista, en sus conversaciones con los soldados y, como frecuentemente ocurría en tales ocasiones, su guaraní era firme, coloquial y tranquilizador. Pocos Comandantes podían, como él, congraciarse tan fácilmente con hombres por los que sólo sentía desprecio.

López nunca pudo ver a las tropas de campesinos que formaban la columna vertebral de su Ejército como otra cosa que un montón de vulgares palurdos. Y, sin embargo, necesitaba su lealtad si quería continuar peleando; no podía prescindir de ellos. Al mismo tiempo, el Mariscal no podía olvidar sus preocupaciones.

Mientras cabalgaba por el monte, sus pensamientos seguramente se volvían contra aquéllos que habían desafiado sus instrucciones o dañado de alguna forma la causa nacional. Todavía aborrecía a los kamba, de cuyos insultos pretendía vengarse.

Pero ahora también rumiaba su disgusto y sospecha por Sánchez y los otros notables de Asunción, cuya actuación durante el asalto de Delphim había sido equivocada, pusilánime, insubordinada y, en el caso de Benigno López, quizás incluso traidora. ¿No le había dicho a Venancio que fuera implacable con los derrotistas y traidores?(6). Ya saldaría cuentas con estos haraganes cuando llegara el momento. Ni Benigno ni Venancio escaparían a su justicia.

(6) “Instrucciones para el coronel López, Comandante General de Armas»”, Paso Pucú, 30 de Diciembre de 1867, en: Archivo Nacional de Asunción, Colección Rio Branco I-30, 28, 17, n. 34. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (danza de muerte y destrucción)” (Diciembre de 2012), volumen III. Ed. Taurus (Taurus es un sello editorial del Grupo Santillana). Asunción.

El Mariscal se despreocupó de quienes lo seguían en la caravana. Los enfermos y heridos probablemente esperaban un trato rudo e indiferente, y nunca pronunciaron un comentario ácido al respecto(7).

(7) El entonces ex cónsul británico en Rosario, fue testigo de la agonía de un prisionero paraguayo enfermo en el “HMS Doterel” mientras navegaba río abajo en 1865, que fue reprendido por un Sargento por dejar que el enemigo escuchara sus quejas y murió cuatro horas después en medio de una horrible tortura sin dejar escapar otro sonido. “Algunos [...] llamaron a eso insensibilidad y estupidez paraguaya, pero, para mí, fue la perfección de la disciplina, junto con la clase más alta de moral y valentía física”. Ver: Thomas J. Hutchinson, “The Paraná, with Incidents of the Paraguayan War and South American Recollections, from 1861-1868” (1868), p. 308. Edward Stanford: Londres. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (danza de muerte y destrucción)” (Diciembre de 2012), volumen III. Ed. Taurus (Taurus es un sello editorial del Grupo Santillana). Asunción.

Pero los miembros del personal seguramente contaban con recibir alguna muestra de consideración, ya que la existencia del Paraguay dependía de su capacidad y entereza. El Mariscal los ignoró. Las ruedas de las carretas se rompían, los caballos se debilitaban y tropezaban, los hombres contraían enfermedades estomacales y se deshidrataban. Nadie podía evitar el lodo acuoso, las víboras, los ávidos mosquitos ni las diversas clases de insectos nocturnos.

A lo largo de toda la marcha, López mantuvo la mirada al frente, con la mandíbula firmemente comprimida. Incluso Madame Lynch y los niños tuvieron que valerse por sí mismos mientras él avanzaba, absorto en pensamientos sobre nuevas campañas y venganzas.

El primer día de marcha, el Mariscal se detuvo brevemente a unos 4 kilómetros del río, en un sitio donde los juncos y pastizales daban lugar a un espacio abierto. En vez del uniforme que usaba en Paso Pucú, llevaba una vestimenta civil, con un poncho gris y un sombrero de paja, que se sacó cuando llegó al claro(8).

(8) Manuel Trujillo, “Gestas guerreras (de mis memorias)” (1923), p. 28 [originalmente publicado en 1911]. Asunción. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (danza de muerte y destrucción)” (Diciembre de 2012), volumen III. Ed. Taurus (Taurus es un sello editorial del Grupo Santillana). Asunción.

En este desolado paraje, con sólo la selva frente a él, desmontó y compuso un mensaje con instrucciones para las unidades que se habían quedado en Humaitá. Aprovechando para recompensarlas e inspirarlas, promovió a Coronel a su edecán favorito, Francisco Martínez, y le asignó el Comando Conjunto con Paulino Alén, de aquella guarnición de 3.000 hombres, con seguridad los más miserables y desamparados del frente(9).

(9) Un desertor paraguayo informó que la guarnición de Humaitá, excepto por un batallón, estaba enteramente compuesta por muchachos adolescentes, y que cada uno solamente comía un pedazo de carne por día, ya que no había otras raciones. Ver: Gelly y Obes a ¿Mitre? (Tuyucué, 18 de Marzo de 1868), en: “La Nación Argentina”, (Buenos Aires), edición del 24 de Marzo de 1868. Por otro lado, en cualquier circunstancia, un Comando Conjunto es usualmente una mala idea. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (danza de muerte y destrucción)” (Diciembre de 2012), volumen III. Ed. Taurus (Taurus es un sello editorial del Grupo Santillana). Asunción.

Remigio Cabral y Pedro Gill, Capitanes navales, también recibieron órdenes de permanecer en la Fortaleza como Tenientes Coroneles, en tercer y cuarto lugar en el Comando de la misma(10).

(10) Juansilvano Godoi, “El comandante José Dolores Molas” (1919), p. 18. Asunción. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (danza de muerte y destrucción)” (Diciembre de 2012), volumen III. Ed. Taurus (Taurus es un sello editorial del Grupo Santillana). Asunción.

Cómo se esperaba que defendieran una posición que Caxias tenía rodeada con una tenaza, nadie podía decirlo. Tal vez López creía que sus directivas bastarían por sí solas para tensar el temple de sus oficiales. Estos gestos siempre habían tenido ese efecto en el pasado.

Sin embargo, les prohibió negociar con los oficiales enemigos o recibir delegaciones bajo bandera de tregua. Debían continuar construyendo “torpedos” de río para hostigar a los Aliados y esperar hasta que todas las restantes provisiones se acabaran antes de adentrarse ellos también en el Chaco, quizás dentro de seis meses. La palabra “rendición”, como el nombre del Dios hebreo, no debía pronunciarse jamás(11).

(11) Testimonio del capitán Pedro. V. Gill (Asunción, 24 de Abril de 1888), en: Museo Histórico Militar, Asunción, Colección Zeballos, carpeta 137, n. 10. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (danza de muerte y destrucción)” (Diciembre de 2012), volumen III. Ed. Taurus (Taurus es un sello editorial del Grupo Santillana). Asunción.

Como parte de estas precauciones y definitivamente por inspiración del Mariscal, el mayor prusiano Von Versen fue puesto bajo arresto. El trato que recibía en Paso Pucú se había vuelto cada vez más arbitrario con el paso de los meses y, pese a ello, él nunca había cejado en su obsesión de proporcionar un análisis balanceado de los aspectos militares de la guerra.

Era casi seguro que su obstinada curiosidad despertaría sospechas en sus guardianes, quienes no podían concebir que un europeo actuase con indiferencia hacia sus circunstancias personales sin ser una especie de espía.

Enfermo de disentería, Von Versen fue llevado bajo custodia a la Fortaleza el 4 de Marzo. Allí se sumó a otros prisioneros, un grupo de entre 100 y 200, la mayoría de ellos extranjeros y todos hambrientos.

Junto con estos hombres, cruzó al Chaco en una de las últimas evacuaciones y pasó varios meses en la más abyecta miseria como famélico preso de famélicos soldados paraguayos. Escuchaba regularmente los disparos de los pelotones de fusilamiento que ejecutaban a prisioneros brasileños que quisieron escapar y a “derrotistas” paraguayos.

Masterman afirmó que entre 1.500 y 2.000 prisioneros brasileños fueron “despiadadamente masacrados” en Humaitá, supuestamente debido a que López no quería emplear tropas para custodiarlos.

Algo de esto pudo haber ocurrido, pero hay que señalar que nunca apareció una orden específica del Mariscal de ejecutar prisioneros, y que la cifra mencionada parece exagerada. La práctica siempre había sido enviar a los prisioneros Aliados al Interior, a Ybycuí y otros sitios donde se los usaba en trabajos forzados, no confinarlos en Humaitá(12).

(12) Ver: Max Von Versen, “Reisen in Amerika und der Südamerikanische Krieg” (1872), p. 154. Málzer: Breslau; Efraím Cardozo, “Hace Cien Años (Crónicas de la Guerra de 1864-1870)” (1968-1982), publicadas en: “La Tribuna”, 8: 178, 184-185 [que también indica, en 8: 194-195, que el oficial prusiano tuvo siempre permiso de retener su revólver y no podía por tanto ser contado como prisionero], (13 volúmenes). Ediciones EMASA: Asunción; y “Seven Eventful Years”, p. 230. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (danza de muerte y destrucción)” (Diciembre de 2012), volumen III. Ed. Taurus (Taurus es un sello editorial del Grupo Santillana). Asunción.

Después de esto, el Mariscal ya no se preocupó del prusiano ni de los otros extranjeros esparcidos entre Humaitá y el Tebicury. Necesitaba continuar con sus planes y aprovechó la última oportunidad de enviar un mensaje a sus ingenieros para ordenarles comenzar a construir la batería en Monte Lindo.

Evidentemente, esperaba organizar al menos una defensa temporal en este punto o en algún sitio más al norte. Consideraba que restaurar una línea defensiva estaba todavía dentro de sus capacidades ya que, si hubo una en Humaitá -razonaba- podía aún haber otra. Con esto en mente, sonrió, hundió las espuelas en su montura y galopó hacia el Interior del Chaco.

Sus guardias y asociados más cercanos lo seguían a cierta distancia. El camino a través de la región que un misionero jesuita alguna vez describió como “un teatro de la miseria” para los españoles, era sumamente penoso para cualquiera con un cuerpo debilitado(13).

(13) Martin Dobrizhoffer, “An Account of the Abipones (An Equestrian People of Paraguay)” (1822), 1: 124. J. Murray: Londres. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (danza de muerte y destrucción)” (Diciembre de 2012), volumen III. Ed. Taurus (Taurus es un sello editorial del Grupo Santillana). Asunción.

Aun así, los duros soldados paraguayos hicieron el viaje con destreza casi majestuosa. Thompson relata que esto llevó varios días de extraordinarios esfuerzos, durante los cuales las habilidades de los soldados saltaron claramente a la vista:

Habíamos tenido que pasar varias lagunas profundas, sobre algunas de las cuales había puentes comenzados, pero no todavía terminados. Algunos de estos puentes estaban hechos con grandes cantidades de malezas sobre vigas puestas en el agua, con el fin de, una vez suficientemente altos, ser cubiertos con tierra [...].
Tuvimos después que cruzar el Bermejo, un río tortuoso de agua muy roja, por la arcilla sobre la que fluye. Es profundo, y de unas 200 yardas de ancho, con corrientes muy rápidas. Sus orillas son muy bajas y boscosas.
“[El paso fue realizado] usando canoas, haciendo nadar a tres caballos a cada lado de una canoa y, luego, [cabalgando] lentamente hasta una colina entre los árboles, hasta que alcanzáramos el nivel general del Chaco [...].
Ahora teníamos que marchar a través de una legua de monte, en lodo de un metro de profundidad [...]. [Al día siguiente] fuimos a través de varias leguas de bosques de tacuara, después de lo cual cruzamos el Paso Ramírez en canoas, y cenamos allí, alimentando a nuestros caballos con hojas de ‘pindó’, una alta palma sin espinas [...] después de la cena [...] continuamos a Monte Lindo, a donde llegamos de noche.
Aquí, la mayoría de nosotros encontró un techo debajo del cual dormir(14).

(14) George Thompson, “The War in Paraguay with a Historical Sketch of the Country and Its People and Notes upon the Military Engineering of the War” (1869), pp. 256-258. Longmans, Green, and Co.: Londres. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (danza de muerte y destrucción)” (Diciembre de 2012), volumen III. Ed. Taurus (Taurus es un sello editorial del Grupo Santillana). Asunción.

Los guías del Mariscal y la devoción de sus hombres lo llevaron a través del Chaco sin serios incidentes. Poco después, volvió a cruzar el río Paraguay y tomó una posición en la orilla izquierda, justo detrás del Tebicuary. Allí se reunió con muchos hombres -Von Versen afirma que con 12.000- que ya se habían retirado antes por la misma ruta(15).

(15) Max Von Versen, “Reisen in Amerika und der Südamerikanische Krieg” (1872), p. 145. Málzer: Breslau; Francisco Doratioto, “General Osório (A Espada Liberal do Império)” (2008), p. 176. Cia. das Letras: São Paulo, habla de una cifra de 10.000 paraguayos evacuados. En cualquier caso, dados los desafíos de la retirada cruzando el río y a través del Chaco, la estadística es extraordinaria. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (danza de muerte y destrucción)” (Diciembre de 2012), volumen III. Ed. Taurus (Taurus es un sello editorial del Grupo Santillana). Asunción.

En vez de ser aplastado por el paso de sus principales baterías y el asalto a Asunción, López había encontrado la forma de evacuar a gran parte de su Ejército. Con un cálculo acertado y sabiendo que sus oponentes Aliados le darían tiempo para prepararse, comenzó a construir sus nuevas defensas en ese punto. Dejen a Caxias y a Ignácio celebrar sus logros; él ya tendría ocasión de mofarse de su estupidez al subestimar al Ejército paraguayo.

Esta creencia pudo haber animado al Mariscal, mientras consideraba la tarea que tenía enfrente. Sus hombres tenían aún mucho trabajo por hacer. Sin embargo, como reconociendo -al menos en parte- sus propias dudas, dejó en Monte Lindo la mayor parte de las unidades que había traído como escolta de Paso Pucú. Podría todavía necesitarlas para escapar a Bolivia.

Thompson, quien usualmente no se dejaba llevar por especulaciones vacías, comentó que en este momento había razones para creer que López pensaba marchar a través del Chaco a Bolivia y dirigirse desde allí a Europa:

No envió tropas a cruzar el río para defender el Tebicuary; tenía caballos traídos a través del río a Seibo desde Asunción [junto con] cinco carretas de dólares de plata [...].
Los pesados cañones estaban montados en Monte Lindo y por algunos días él no quiso ni oír de moverse al Tebicuary(16).

(16) Ver: George Thompson, “The War in Paraguay with a Historical Sketch of the Country and Its People and Notes upon the Military Engineering of the War” (1869), p. 259. Longmans, Green, and Co.: Londres. El párrafo es poco convincente como prueba de una intención de huir al Altiplano, pero tiene sentido como ilustración de que el Mariscal estaba cubriendo sus apuestas para varios escenarios posibles. El Ayudante del Mariscal, Julián Godoy, también habla de las carretas de monedas, seis en vez de cinco. Ver: “Memorias del teniente coronel Julián N. Godoy, edecán del mariscal López”, Asunción, 13 de Abril de 1888, en: Museo Histórico Militar, Asunción, Colección Gill Aguinaga, carpeta 7, n. 3. // Citado por Thomas L. Whigham. “La Guerra de la Triple Alianza (danza de muerte y destrucción)” (Diciembre de 2012), volumen III. Ed. Taurus (Taurus es un sello editorial del Grupo Santillana). Asunción.

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