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Años de transición. El cambio económico y social

- Una transformación lenta y múltiple

Pretender señalar hitos en el tiempo histórico es una tarea engorrosa pues la elección depende del punto de referencia desde el cual se hace. La vida institucional nos ofrece jalones bien marcados, como son 1853 -año de la Constitución- y 1880 -año de la solución del problema Capital-.

El proceso social tiene límites menos precisos, uno de los cuales puede ser la década del 60, con el comienzo de la gran inmigración. Si nos atenemos a la pugna entre Buenos Aires y el Interior, los años claves son 1852, 1861 y 1880.

Un enfoque económico puede llevarnos a tomar como datos fundamentales el predominio del ovino, la primera exportación de cereales y la aparición del ferrocarril. Pero todos estos datos se entrecruzan en el período comprendido o resumido como “la reconstrucción argentina”, desde 1852 a 1880, tres décadas donde el rasgo fundamental es la reconstrucción institucional de la República.

Este entrecruzamiento no es accidental pues revela la fuerza definitoria de esos años. Nuestra patria cambia. El Gobierno de Mitre es el último estadio de la Argentina épica, donde ya se configuran remozamientos parciales que señalan el advenimiento de cambios mayores. Estos serán cada vez más varios y sensibles hasta configurar -hacia 1880- una imagen nueva y reconocible: la Argentina moderna.

Una década larga (1868-1880), que comprende dos presidencias, señala una transición política: las líneas paralelas Interior-federal y Buenos Aires-liberal, cesan de existir. El Interior se torna liberal, y el partido autonomista se vuelve nacional, y con su conversión al liberalismo, los provincianos reconquistan (o se mimetizan) en la conducción nacional.

En el plano económico y social, el cambio es todavía más intenso, y como los cambios históricos no suelen ser violentos, sus primeros indicios se dan en la presidencia de Mitre: entre las guerras civiles, se desarrolla el ferrocarril, mientras la guerra del Paraguay consume a los argentinos -y a sus aliados y adversarios- otros hombres, inmigrantes, llegan al país.

La Argentina heroica muere y va viendo la luz la Argentina nueva. El censo de 1869 da la primera imagen de un cambio incipiente y el punto de comparación para el futuro. De allí en adelante, la radicación del inmigrante, la lucha contra el analfabetismo, el desarrollo del ferrocarril, el régimen de la tierra, la implantación de nuevas industrias, la aparición de la fábrica, el desarrollo de la agricultura y del campo alambrado, serán notas fundamentales de la metamorfosis de los años de transición.

- Inmigración

Pero Buenos Aires no sólo era distinta por sus dimensiones. Los extranjeros constituían el 12,1 % de la población del país, pero en la Ciudad de Buenos Aires representaban el 47 %. Y dado que la población infantil era escasa, entre los inmigrantes el porcentaje subía al 67 %, si se consideraba sólo la población mayor de 20 años.

La población extranjera se concentraba en un 48 % en Buenos Aires y la campaña aledaña, o sea que contribuía a la concentración de la población en el área de influencia del puerto. El 52 % restante se concentraba, principalmente, en Entre Ríos, Santa Fe, Córdoba y Mendoza, quedando el resto del país casi ajeno al movimiento inmigratorio.

Como consecuencia de éste, la parte más poblada del país iba cambiando su fisonomía y sus hábitos, al mismo tiempo que crecía el desequilibrio entre la zona Litoral y Central respecto del Norte de la República. Buenos Aires era una ciudad de italianos, españoles y franceses. La provincia de Buenos Aires tenía un total de 151.000 extranjeros, en tanto que en Santiago del Estero sólo había 135.

Este movimiento inmigratorio se había iniciado, tímidamente, en la década del 50, había tomado impulso durante la presidencia de Mitre y crecido aún más durante la Administración de Sarmiento. La disminución que se registró bajo Avellaneda se debió a la crisis de 1876-1878, pero el impulso estaba dado y, desaparecido el obstáculo, tomó un ritmo creciente desde 1880.

Una tesis de la época ratificaba los conceptos de Alberdi y revelaba cuál era la opinión general sobre el problema. No somos ricos -decía- tampoco conocemos la miseria; la riqueza es el trabajo y, por ello, un poderoso elemento de prosperidad es la inmigración; ella poblará el desierto y asegurará las fronteras; es necesario que el inmigrante penetre en el Interior del país; la venta de la tierra pública facilitará su asentamiento(1).

(1) Manuel Riera. “La Inmigración” (1875), Buenos Aires. La Biblioteca de la Facultad de Derecho, de la Universidad Nacional de Buenos Aires, posee uno de los raros ejemplares de esta obrita. // Citado por Carlos Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos” (1971), segunda edición (1975), tomo II, capítulo XXVII: “Los Años de Transición”. Ed. Kapelusz S. A., Buenos Aires.

- La tierra pública

El problema de la tierra pública estuvo estrechamente ligado al de la inmigración y también al del desarrollo de la población rural nativa. Más del 75 % de la población era rural. Sarmiento había presentado -en 1873- un proyecto de ley de tierras y colonización, que fue rechazado. Años después dijo de sí mismo:

Fueron las leyes agrarias en las que fui más -sin atenuación- derrotado y vencido por las resistencias, no obstante que a ningún otro asunto consagré mayor estudio(2).

(2) Citado por Alberto Palcos. “Presidencia de Sarmiento”, en Academia Nacional de la Historia. “Historia Argentina Contemporánea”, volumen 1, 1ra. Sección, p. 131. // Referendo por Carlos Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos” (1971), segunda edición (1975), tomo II, capítulo XXVII: “Los Años de Transición”. Ed. Kapelusz S. A., Buenos Aires.

Estas resistencias provenían de los intereses de los terratenientes y especuladores de tierras. Sólo 8.600 propietarios rurales había en el país y muchos de ellos poseían grandes extensiones. Pero Sarmiento no se dio por vencido. Sostuvo que la tierra era un elemento de trabajo, un capital no desperdiciable y que, por lo tanto, debía no exceder una extensión determinada.

Se lanzó, entonces, a la formación de colonias, de las que Chivilcoy sería modelo. Sarmiento la calificó “el programa del presidente” y se autodenominó “el caudillo de los gauchos transformados en pacíficos vecinos”. Durante su Gobierno -y el de Avellaneda- se fundaron, sólo en Córdoba y Santa Fe, 146 colonias. Su lema “alambren, no sean bárbaros”, se hacía realidad.

Sólo en 1877, y tras dos años de debates, logró Avellaneda la sanción de la Ley de Tierras Públicas, que trataba también de la inmigración, enlazando ambos problemas. Pero dictada en plena crisis económica, la ley no tuvo aplicación inmediata y la tierra siguió el proceso predominante de su acumulación en pocas manos, facilitado por el uso que hacían los hacendados de las cédulas hipotecarias y, luego, por los repartos de tierras, como premios por la campaña del desierto, pues la mayor parte de los premiados vendieron sus premios.

- Agricultura

No obstante este proceso, la afluencia de una nueva población rural aumentó el número de propietarios y comenzó el desarrollo agrícola del país. Dejó de importarse trigo y, poco después, el país se convirtió en exportador de harina.

En 1875, los cereales eran el rubro de mayor crecimiento en las cargas del Ferrocarril del Sur; en 1876, se exportaron 7.642 toneladas de maíz a Gran Bretaña y, en 1878, se hizo la primera exportación de trigo, lo que Avellaneda consideró el acto capital de su Gobierno.

En cuanto a la ganadería, el vacuno había dejado de constituir el eje de la exportación, que se había desplazado hacia los ovinos: 57.500.000 cabezas, 85 % de ellas ya mestizadas, son el signo de su importancia, que se completa con otro dato: en 1880, la lana sucia consituía el 50 % de los productos ganaderos exportados.

El lanar también entraba en competencia con el vacuno en los saladeros, desplazándolo de su anterior dominio absoluto. La mestización del vacuno era mucho más lenta y, en 1880, sobre un total de 13.337.000 cabezas, no alcanzaba el 3 %. Cuando en 1874, la Sociedad Rural Argentina hizo su primera exposición, se exhibieron 71 lanares y 13 vacunos, fiel reflejo de la importancia respectiva de esos ganados.

- Industria

Si bien hacia el fin de la presidencia de Sarmiento no se puede hablar de una industria propiamente dicha, se dan los primeros síntomas de su desarrollo. En 1874 se producen doscientas mil resmas de papel y hay en el país 70.000 máquinas y herramientas, lo que supone un aumento respecto de 1868, del 1.200 %.

Las industrias del vino y del azúcar prosperan, igual que los molinos harineros, las jabonerías, sombrererías y fábricas de ropa. Hacia 1880 se anotan también fábricas de fósforos, industria maderera, aceitera, de carruajes, del vidrio, mueblería, etc.

En 1875 se crea el “Club Industrial”, que sería un promotor del proteccionismo industrial frente al movimiento librecambista predominante, fomentado por los exportadores.

En este esquema económico, el ferrocarril juega un papel fundamental. Dos son las principales creaciones del período, que se agregan a la red del Ferrocarril al Oeste, propiedad de la provincia de Buenos Aires: el Ferrocarril al Sur y el Ferrocarril Central Argentino, que unía Rosario con Córdoba y, luego, con Tucumán.

Ambos eran de capital británico. El primero servía una necesidad preexistente de la campaña bonaerense, la de dar salida a la producción agropecuaria de la provincia. Fue una empresa gananciosa desde el comienzo, bien administrada, y que no necesitó de donaciones de tierra adicionales por parte del Estado, cuya garantía cesó en 1875.

En cambio, el Ferrocarril Central Argentino fue una empresa de fomento nacional, tendiente a facilitar el arraigo de nuevos pobladores, a aumentar la producción de la región por él servida. Inicialmente fue una compañía deficitaria, que necesitó de la garantía estatal.

Los capitales de estas empresas correspondieron, en su casi totalidad, a inversores de la clase media inglesa.

- Buenos Aires

Los capitales argentinos siguieron prefiriendo la inversión en tierras y se desinteresaron de los ferrocarriles. Cuando las compañías trataron de atraerlos, no lograron colocar 5.000 acciones en el país.

Al terminar la presidencia de Avellaneda existían 2.475 kilómetros de vías férreas en explotación, y otros 381 kilómetros en construcción. Hacia 1870 aparecen las primeras líneas de tranvías para transporte de pasajeros en la Ciudad de Buenos Aires, que ofrece otras transformaciones básicas: se construyen, con un empréstito, las obras sanitarias de la ciudad; se instala el alumbrado de gas; aparecen los primeros edificios de cuatro plantas.

Buenos Aires deja de ser una ciudad del tipo de las del sur español para adoptar una fisonomía europea, cosmopolita. Los hombres extranjeros son de buen tono y cerca de la confitería del “Aguila”, se levanta la confitería “de la Paix...”.

- Crisis financiera

Todos estos progresos no se producen sin costos y sobresaltos. Hacia 1873 se advierten los primeros síntomas de una crisis provocada, aparentemente, por el exceso de circulante, que produjo una euforia exagerada en los negocios y las especulaciones y un alza de los precios.

En 1874 el exceso de la importación condujo a la necesidad de exportar dinero en metálico. El Gobierno Nacional retiró fuertes sumas del Banco de la Provincia de Buenos Aires para pagar sus obligaciones; el Banco restringió el crédito y esto, unido a las fuertes inversiones especulativas, creó una escasez súbita de circulante, que trajo aparejada la paralización de los negocios, las quiebras, la reducción de la importación y la consiguiente fuerte disminución de las rentas del Estado.

Como una buena proporción de éstas era destinada al pago del servicio de la Deuda contraída en el exterior, la posibilidad de una suspensión de pagos amenazó el crédito internacional de la Argentina.

La situación se fue agravando hacia el año 1876, complicada por la inestabilidad política, que se prolongó hasta la política de conciliación del año siguiente. Pero las bases económicas del país no habían sido afectadas por la crisis.

El campo continuó aumentando su producción y eso permitió mantener un ritmo de exportación sostenido -aunque inferior a los años anteriores- hasta que pudo ser superada la crisis financiera. En esta ocasión, el campo salvó al país. Salvó también a los ferrocarriles, cuyo nivel de ingresos se mantuvo al margen de la crisis.

La acción del Gobierno no fue, en modo alguno, pasiva en esta emergencia. En el momento crítico, suspendió la convertibilidad de la moneda-papel en metálico, para evitar la desaparición de éste. El Gobierno realizó fuertes economías -el Gasto Público descendió de más de treinta y un millones de pesos, en 1873, a algo menos de veinte millones, en 1877- y exhortó a una acción severa a toda la comunidad. Avellaneda se propuso salvar el crédito del país, tan indispensable para el futuro desarrollo, que constituía el programa económico básico de los Gobiernos de la época:

La República -dijo- puede estar dividida hondamente en partidos internos, pero tiene sólo un honor y un crédito, como sólo tiene un nombre y una bandera, ante los pueblos extraños.
Hay dos millones de argentinos que economizarán sobre su hambre y sobre su sed para responder, en una situación suprema, a los compromisos de nuestra fe pública en los mercados extranjeros(3).

(3) Citado por Carlos Heras. “Presidencia de Avellaneda”, en Academia Nacional de la Historia. “Historia Argentina Contemporánea”, tomo I, 1ra. Sección, p. 234. // Referendo por Carlos Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos” (1971), segunda edición (1975), tomo II, capítulo XXVII: “Los Años de Transición”. Ed. Kapelusz S. A., Buenos Aires.

Dos ministros de Hacienda, de reconocida solvencia, Lucas González y Norberto de la Riestra, y un tercero, que hacía sus primeras armas, Victorino de la Plaza, fueron los artífices de la acción oficial, cuya energía alentó al sector privado.

A fines de 1876 se registraron los primeros síntomas de alivio, que se acentuaron en 1877. Hacia 1880 la crisis había sido totalmente superada, el país continuaba su desarrollo, la Deuda Pública había disminuido y los bonos argentinos alcanzaban, en Londres, las máximas cotizaciones.

- Educación

Entre el progreso económico y el cambio social que se registraba en ese tiempo, el período de 1862-1880 es también el de los presidentes-escritores. Esta Nación, conducida por “políticos-literatos(4), hizo de la educación uno de sus primeros objetivos.

(4) Mitre, a la vez militar y hombre de letras, se presenta, una vez más, como el primer indicio del cambio, final de una época y comienzo de otra. Las veleidades militares de Sarmiento revelan, a la vez, sus añoranzas por la época heroica, que subsistía en los campos de batalla del Paraguay. // Citado por Carlos Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos” (1971), segunda edición (1975), tomo II, capítulo XXVII: “Los Años de Transición”. Ed. Kapelusz S. A., Buenos Aires.

El censo de 1869 reveló que el 82 % de la población era analfabeta y el 79 % no sabía escribir. El nivel cultural de la inmigración era similar, lo que complicaba el problema. Ese era el panorama que encontró Sarmiento al asumir el poder.

Había escrito ya “Educación Popular y Método de Lectura Gradual”, más otro libro sobre la influencia respectiva de la escuela en la formación de los Estados Unidos. Aparte de ser un político temperamental y, a menudo, desaforado, era un maestro auténtico por vocación e hizo de la educación una de sus banderas de gobierno.

Educación, nada más que educación para el país” -tenía dicho- y, al recibir la presidencia, dijo: “Es necesario hacer del pobre gaucho un hombre útil a la sociedad. Para eso necesitamos hacer de toda la República una escuela”.

No fueron sólo palabras. Recibió el Gobierno con 1.082 escuelas y lo dejó con 1.816. El alumnado primario se elevó de 30.000 a 100.000; los maestros pasaron de 1.778 a 2.808. Pero no terminó allí. Era necesario formar -debidamente- a los maestros y fundó las Escuelas Normales con ese fin.

Destacó la importancia de la mujer en la educación primaria y contrató 65 maestras de los Estados Unidos, lo que le valió el calificativo de masón y anticatólico por sus opositores. Siguió la línea de Mitre en materia de Colegios Nacionales, aumentando su número, y creó las Bibliotecas Populares de las que se habían fundado más de cien cuando dejó la presidencia.

Su brazo derecho, en esta obra educacional, de proporciones insólitas para ese tiempo, fue su ministro de Instrucción Pública, Nicolás Avellaneda, quien continuaría su tarea, al sucederle en la presidencia. Con su ayuda, creó la Escuela de Niñas, el Colegio de Sordomudos, el Observatorio Astronómico, la Academia de Ciencias, la Facultad de Ciencias Físicas, el Colegio Militar y la Escuela Naval.

- El Ejército

Estas dos últimas creaciones trascienden el campo educacional. Sarmiento estaba empeñado en la reforma del Ejército. Cuando Mitre realizó la adecuación práctica de aquél a la guerra moderna en los campos del Paraguay, puso en evidencia la deficiente formación técnica de los oficiales y aún de los jefes, librados -casi siempre- a su inspiración heroica y a su talento natural.

Sarmiento procuró superarla, creando las Escuelas especializadas que se han mencionado. Quiso un Ejército técnico, y un Ejército técnico significaba, para él, un Ejército subordinado, apolítico y disciplinado. El debía su presidencia, en buena parte, al apoyo militar; sin embargo, en 1873, propuso al Congreso una ley para impedir la intervención de los militares en la gestación de candidaturas políticas, ley que no prosperó.

Sarmiento había generado aquella injerencia al enviar Cuerpos de ejército a las provincias, en caso de intervenciones o elecciones(5). A sus jefes se les llamó sus “procónsules”.

(5) Este comportamiento es significativo para interpretar el problema de la intervención militar en política y no fue -ni será- exclusivo de Sarmiento. // Citado por Carlos Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos” (1971), segunda edición (1975), tomo II, capítulo XXVII: “Los Años de Transición”. Ed. Kapelusz S. A., Buenos Aires.

Cuando Sarmiento se apercibió del proceso quiso -infructuosamente- cortarlo. Destituyó a Arredondo por hacer propaganda política y negó el ascenso a Mansilla por ejecutar a un desertor sin orden superior. Exigió obediencia completa a los jefes y por la resistencia de éstos destituyó a varios en la guerra contra López Jordán.

Y cuando un militar, a quien Sarmiento le predicaba el respeto a la autoridad, le preguntó si debía obedecer si el presidente le ordenaba cerrar el Congreso, le respondió: “Si le ocurre esa desgracia, hágase dar la orden por escrito; después, péguese un tiro”.

Avellaneda completó la obra educadora iniciada. Bajo su Administración, las Escuelas Normales llegaron a 15 y los Colegios Nacionales a 14. En 1880 pudo señalar que las dos terceras partes de los miembros del Congreso habían pasado por las aulas de aquéllos.

Las escuelas primarias también aumentaron y se crearon Escuelas de Agronomía, en Salta, Tucumán y Mendoza; de Minas, en San Luis; se ampliaron las facultades de la Universidad de Córdoba y se consolidó, en fin, una política educativa.

La actividad científica y cultural alcanzó altos niveles, pero también precisó rasgos intelectuales de la generación del 80. En estos años fueron Rectores de la Universidad de Buenos Aires, Vicente Fidel López y Manuel Quintana; ministros de Instrucción Pública, Onésimo Leguizamón y Juan María Gutiérrez; Mitre publicó su “Historia de San Martín” y V. F. López su “Historia de la República Argentina”; José Hernández publicó la “Vuelta de Martín Fierro”, cumbre y cierre del género gauchesco.

Se multiplicaron las revistas científicas y literarias y, al lado de los viejos maestros, aparecen los nombres de una nueva generación: Miguel Cané, Martín G. Merou, Lucio V. López, Eduardo Wilde, Rafael Obligado, Ernesto Quesada, Luis M. Drago, Rodolfo Rivarola...

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