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Las Cautivas regresan a Corrientes

Milagros de ventura, frente a la costa bravía del Gran Chaco y sobre las barrancas que dominan las tres bocas en que el Paraná, el Paraguay y el Alto Paraná se anudan, la Ciudad de Corrientes es, entre las frondas y las islas, como una paloma blanca que pusieron los hombres y sus dioses tutelares para romper el silencio de las costas desiertas(1).

(1) Citado por Hernán Félix Gómez. “Ñaembé (Crónicas de la Guerra de López Jordán y de la Epidemia de 1871)” (1937), Buenos Aires.

Siete puntas rocosas, de esa tosca morada oscura que defiende la barranca de los abrazos mortales del río, se adentran como escolleras en las aguas profundas y rompen las líneas normales de su camino torrentoso.

La lucha es de siglos entre las piedras y las aguas; su fruto, siete corrientes en abanico, radiadas hacia el Norte, cuya estela siguen las canoas y los nadadores nativos para abreviar el esfuerzo, y mil remansos sobre la costa misma que trabajó el empuje milenario de las aguas en caracol. Y en lo hondo, piedras agudas como lanzas que trituran los árboles arrancados de cuajo en las inundaciones anuales.

El milagro de las siete corrientes cristalinas lanzadas hacia el Norte, tributo del Alto Paraná, detiene el caudal de aguas bermejas que el Paraguay transporta y forma -en la mitad justa del amplio cauce- una línea perfecta, recta como un cuchillo. Son como dos ríos que marchan en paralela hacia el Poniente, hasta la cancha del Riachuelo, en que abrazan sus aguas, para cantar hasta el Plata un mismo himno de vida y esperanza, llevando con sus arrastres limosos el generoso presente de los trópicos.

En la amplitud de este escenario asomada a las barrancas, como en un balcón, la Ciudad de Corrientes da la sugerencia de un seno amigo. Para quienes -a fines de 1869- venían de los campos dolientes del Paraguay, era el primer hogar libre de la estirpe argentina y, para quienes, a la inversa, cruzaban hacia las tierras trágicas, era el último refugio de la paz generosa, donde la colmena humana atesoraba las mieles del trabajo.

De calles enarenadas, de amplias casonas de corredor, que al darse la mano proyectaban en toda la cuadra como un ala de protección, destacaba su perspectiva contadas casas de alto y las torres severas de sus iglesias: San Francisco, sobre la calle Mendoza; las dos de la vieja Merced, sobre el ángulo sudoeste de la plaza; la del templo de la Cruz Milagrosa, en el barrio de su nombre; y las de la nueva Iglesia de San José, sobre la plaza “San Juan Bautista”, apenas si eran vistas desde el río.

Para el navegante, los puntos de referencia constituíanlos la torre del Cabildo, terminado en la primera década revolucionaria y, sobre todo, la del viejo templo de la Matriz, sobre el naciente de la plaza principal, panteón de los abuelos y magistrados hasta 1825.

Hacía una hora que sobre la ciudad clamaban las campanas. A las ocho de la mañana había anclado frente al puerto una cañonera brasileña, venida de Asunción, y el bote de la Capitanía que concurriera a los saludos de ordenanza, fue portador de una noticia que circuló como un reguero de pólvora por el vecindario: repatriaba el barco amigo a las damas arrebatadas de sus hogares por fuerzas paraguayas en Junio de 1865, como represalia a la conducta valiente y de sacrificio de sus esposos durante la invasión y, como el estado de las mismas era delicado -enfermas y debilitadas por las privaciones- se pedían botes que cómodamente pudiesen hacer el desembarco.

oleo las cautivas
“Las Cautivas” - Fallecimiento de doña Toribia de los Santos de Sosa. Oleo sobre tela de Miguel Pascarelli. Salón de Acuerdos. Palacio de la Honorable Legislatura de la provincia de Corrientes.

La noticia cundió como una chispa. Confirmada por los RR. PP. de La Merced, se echaron a vuelo las campanas. Era la iglesia de la ilustre Patrona de Corrientes, la Protectora de los Ejércitos, la Generala de Tucumán y de los Andes. Ante sus altares, hijos y esposos habían rezado con devoción y, de su generosa mediación, se esperaba el milagro de que las damas “cautivas” en los lejanísimos campamentos paraguayos, volviesen al solar de paz de los abuelos.

Los otros templos se adhirieron al himno jubiloso de los bronces y se citaron las congregaciones religiosas:

- “¡Vienen las ‘cautivas’!”

Y de todas las casas, chicos, grandes, presurosos, llenos del respeto que filtra en el espíritu el dolor ajeno, dirigíanse hacia el puerto.

- “¡Las ‘cautivas’!”(2)

(2) El 5 de Septiembre de 1869 regresaron a Corrientes y según su promesa se dirigieron a la Iglesia de La Merced dando gracias por su regreso. 138 años después, y como un homenaje póstumo, un grupo de correntinos buscó y consiguió que sus restos -sepultados en distintos puntos del cementerio San Juan Bautista- fueran trasladados en 2007 al templo que las vio regresar con vida.

Desde Abril de 1865, las fuerzas paraguayas ocupaban la capital correntina y su zona inmediata. Congregados sus varones, con su gobernante, en la Villa de San Roque, organizaban las fuerzas que fueron como una cortina opuesta al empuje de los soldados del tirano y, claro está, que desde los fogones de las milicias de la patria llegaban a los hogares de la capital mensajes de afecto en el deseo legítimo de suprimir horas de incertidumbre.

Fuese traidor o desgraciado en su empresa -el mensajero- algunas de esas misivas cayeron en manos del invasor y éste vio en sus destinatarios un peligro. La represalia fue enérgica e inmediata.

En las primeras horas de la madrugada comisiones armadas con órdenes severas detuvieron en sus casas a damas distinguidas, congregándolas en las salas pesadas del Cabildo, advirtiéndoseles serían llevadas al Paraguay(3).

(3) A la una de la madrugada del Martes 11 de Julio de 1865, soldados paraguayos -a las órdenes directas de un oficial apellidado López, bajo el mando del brigadier Wenceslao Robles y siguiendo instrucciones de Francisco Solano López- secuestraron de sus casas y llevaron arrestadas a los calabozos del Cabildo correntino -en la calle Libertad- a cinco damas de la sociedad correntina cuyos maridos estaban ausentes, todos partidarios del gobernador Manuel Ignacio Lagraña y la mayoría de ellos oficiales partidarios de Bartolomé Mitre y partícipes de la defensa de Corrientes.

* Victoria Bart de Ceballos(4), esposa de Alejo Ceballos, estanciero generoso que había puesto sus ganados al servicio de las proveedurías del Ejército del general Mitre.

(4) La última en ser secuestrada fue Victoria Bart, esposa del hacendado Alejo Ceballos, quien aportaba ganado al Ejército y compartía la filiación política de los demás esposos de las cautivas. Al momento del secuestro, su marido estaba en la estancia de San Lorenzo. Victoria fue detenida en su casa de la calle 9 de Julio entre Córdoba y Catamarca, frente mismo a la de Toribia de los Santos, donde se encontraba con sus dos hijos Alfredo y Victoria y su anciano suegro, Alejo Felipe Ceballos.

* Carmen Ferré de Alsina(5) y Toribia de los Santos de Sosa(6), esposas de los coroneles Fermín Alsina y Desiderio Sosa respectivamente, jefes en las milicias correntinas en armas y director -el último- de la defensa opuesta cuando el asalto y toma de los vapores argentinos en el puerto de la capital.

(5) Prima de Victoria Bart, Carmen Ferré de Atienza fallecerá en 1899; hija del ex gobernador Manuel Antonio Ferré Alsina (1798-1874) y de Margarita Atienza Sánchez Corriendo (1800-1880, quien era hija de Nicolás Atienza e Isabel Sánchez Corriendo), sobrina del ex gobernador Pedro Ferré, esposa de su primo el coronel Fermín Alsina y Atienza (1823-1878), quien era hijo de Angel Esteban Alsina (Buenos Aires,1786-Corrientes, 1824), cabildante y regidor, y de Encarnación Atienza (1794-?). Al momento de su secuestro, Carmen se encontraba sola con sus dos hijas y cinco hijos en su casa situada en esquina sobre la calle Libertad y Buenos Aires, en diagonal a la Plaza “25 de Mayo”. Llevó al cautiverio a su hija -también llamada Carmen- aún una beba de pecho.
(6) Toribia de los Santos, esposa del sargento mayor Desiderio Sosa, comandante del batallón “1ro. de Corrientes”, que él mismo había organizado. Fue secuestrada en su casa de la calle 9 de Julio entre Córdoba y Catamarca, donde se encontraba con sus hijos Fortuno, Deidamia, Clotilde y Virgilia. Toribia fallecerá en cautiverio.

* Encarnación Atienza de Osuna(7) y Jacoba Plaza de Cabral(8), cuyos esposos revistaban también entre las fuerzas del gobernador Lagraña, y que fueron también víctimas de ese empeño torpe de responsabilizarlas de la existencia de comunicaciones(9).

(7) María Encarnación Atienza de Osuna fue secuestrada en su casa de calle Tucumán entre Libertad y 25 de Mayo donde se encontraba con sus dos hijos, Pedro y Ricardo.
(8) Amiga de Victoria Bart, Jacoba Plaza -esposa del mayor Manuel Cabral- fue detenida en su casa de San Juan 570, en diagonal al Teatro Vera. Tras rogar a sus captores consiguió que la dejaran llevar con ella a su hijo de dos años. Jacoba había podido esconder entre sus ropas la Imagen de la Virgen de la Merced, Santa Patrona de la Ciudad de Vera, de la cual todas las mujeres eran devotas. Una vez reunidas, prometieron a la Virgen que, si regresaban con vida, lo primero que harían cuando pisaran suelo correntino sería caminar hasta la iglesia para agradecer su suerte, aún incluso antes de saludar a sus familiares.
(9) Una versión que circuló entre las generaciones de los descendientes de las cautivas mencionaba la existencia de una sexta cautiva que, habiendo sido abusada en Corrientes por las tropas, fue liberada y su nombre ocultado por la sociedad correntina.

Con ellas se embarcó a algunos vecinos, como Federico Garrido, Ulpiano Lotero, Cayetano Virasoro y el anciano Alejo Ceballos, “dándose la impresión de terror que el Triunvirato(10) paraguayo necesitaba para obligar a la obediencia”, dice Hernán Gómez.

(10) El Triunvirato estaba integrado por Teodoro Gauna, Víctor Silvero y Sinforoso Cáceres.

Tras ser interrogadas para conocer el paradero de sus maridos, fueron trasladadas inicialmente a la prisión de Humaitá.

Cuatro años largos habían transcurrido desde esta página dolorosa de la sociabilidad correntina y ninguna palabra podía fijar más exactamente su concepto que la elegida por el pueblo: “las cautivas”.

La intuición popular es notable; lindando con las marañas difíciles del Chaco bravío y aún cuando los malones del indio hacía años no estallaban sobre la paz de sus campos, la memoria colectiva conservaba las prácticas del horror del salvaje; sabía que en su retirada, sin utilidad notoria, llevábanse a seres que caían en la servidumbre, tomados al azar de las cosas, cautividad fatal y como tributo del grupo humano castigado.

Los desgraciados eran para el vecindario como un diezmo pagado al destino y junto al dolor de los hogares de las víctimas estaba el pesar de la colectividad que fue incapaz de una defensa completa. El “cautivo” pertenecía al pueblo todo y por su repatriación los votos y los esfuerzos colectivos.

El caso de las damas de 1865 era para el pueblo correntino una página análoga. Víctimas de la fuerza, como pudieron serlo todos, no tenían en su haber saldo superior al de las demás mujeres de Corrientes, desde que todas alentaron la defensa de la patria y oficiaron, con sus votos, por la justicia en el destino.

La mano del invasor, que las restó al hogar urbano, quiso con ello “causar la sensación de terror que facilitaría su imperio”, al decir de Hernán Gómez, y por eso eran víctimas expiatorias de la comunidad; respetadas en el recuerdo y objeto de un culto de fervorosa adhesión(11).

(11) Wenceslao Domínguez -coincidente con otros historiadores- y testigos de la época (Pedro Igarzábal, Gregorio y Juan Vicente Pampín, los investigadores Manuel Florencio Mantilla y Hernán Félix Gómez), en su ensayo histórico “La Toma de Corrientes” afirma que en la ciudad ocupada “la menor sospecha era suficiente para el juicio sumarísimo si lo había, y el más leve motivo de patriotismo argentino era castigado con la pena de muerte. Sería largo detallar las condiciones de la tétrica ida en Corrientes; y además, es también bastante conocida”. Por su parte, el historiador Antonio Emilio Castello afirma en su libro “Historia Ilustrada de la provincia de Corrientes” que “la Ciudad de Corrientes arrastró una miserable existencia sumida en el temor de las delaciones, de los atropellos y del cautiverio en las cárceles paraguayas. Un día los invasores llevaron a cabo una feroz matanza de indios chaqueños en las calles de Corrientes. Los pobres indígenas vendían desde hacía años leña y pasto, de casa en casa, y como algunos de ellos se negaron a recibir papel moneda paraguayo fueron exterminados a sablazos y balazos en pleno día”.

Clamaban las campanas. El desembarcadero oficial del cabotaje menor sobre la calle La Rioja se vio inundado de público. Como ahi atracaban los botes en que se trasbordaba desde los barcos anclados en el canal, el pueblo concurrió en masa ocupando la pequeña plaza y las calles anexas.

Enorme el gentío. Cuando los botes, con las cautivas, se desprendieron de la cañonera brasileña, el silencio de la masa del pueblo fue como un homenaje. Y cuando los botes se acercaron lentos a la playa, la impaciencia de los parientes, de los amigos, de los más ancianos, la tensión de una loca ansiedad.

La gente se corrió al agua. Sin descalzarse, anhelosos de estrechar a las vencidas, damas y caballeros penetraron al río. Se avanzaba y los brazos implorantes de afecto tendíanse a los suyos.

Un pesado silencio en los botes. Con las mantas oscuras sobre las cabezas inclinadas, cuatro mujeres, idénticas en la extenuación de sus cuerpos, sin individualidad por el sello que el pesar en los espíritus y el dolor físico pone en el ser humano, destacábanse al culto respetuoso de todo un pueblo.

Junto a una de esas figuras, con la mano afectuosa sobre el hombro, como afirmando el derecho que dábale el cariño, don Manuel Cabral, vecino estimado, miraba a sus amigos.

A él lo conocieron. Casi inmediatamente de ocupada Asunción por las fuerzas Aliadas, habíase trasladado a la capital paraguaya con la misión de hallar a su esposa cautiva. Sus cartas a Corrientes habían informado que las buscas empeñosas, de la internación de las familias por López, de cómo sobre los hombros de las mujeres se arrojó el fardo de la proveeduría del Ejército, porque eran ellas las que preparaban refugios y sembrados, de las que eran alejadas para establecer al combate, mientras que en una nueva etapa ellas de nuevo quebraban la tierra y rozaban el bosque.

Las primeras familias rescatadas a la selva habían generalizado este martirio inaudito, dantesco, en que el hambre -como un fantasma- segaba vidas numerosas.

El avance de la masa de pueblo hacía imposible el desembarco. Las damas repatriadas habían hecho la promesa de no hablar con nadie, ni esposo, ni hijo, ni hermanos, mientras prostradas a los pies de la Virgen de las Mercedes, en su templo, no hubiesen rezado una Salve de gratitud a su divina protección.

Débiles, vencidas, querían llegar al templo a pie, última peregrinación en esos cuatro años largos de martirio.

Se dieron órdenes y los botes volvieron. Incierta la muchedumbre buscó la causa.

- “Bajarán en otra playa”.
- “Es allá, donde está el breack”.

Pero los botes continuaron. Al fin, en la casillita, la punta que queda en la prolongación de la calle Córdoba, se hizo el desembarco, y cuando la masa de pueblo -corriéndose por la del puerto- quiso llevar su homenaje, le llegaron las súplicas.

- “No hablemos, señores, a las cautivas”.
- “Deben primero cumplir una promesa”.

El voto circuló como una orden. Tras las cuatro damas, sombras de una juventud brillante en que con exquisito señorío fueron lujo de los salones correntinos, la columna silenciosa musitaba sus oraciones.

Había en el ambiente como una sensación de grandiosidad; el sol dorado, como nunca, en el cielo claro, sin una nube, ponía en la ciudad un aurea de júbilo; entre el polvo de la marcha lentísima los semblantes unían al gesto de la compasión el de la tranquilidad satisfecha y sobre el pueblo congregado en las calles, las campanas.

Los bronces no estaban solamente en lo alto; estaban también en los pechos de los varones que resonaban en el himno interior de la emoción; las lágrimas, benditas esta vez, caían come un tributo sin gesto de dolor y nadie buscaba ocultar aquélla que traducía el jardín de su sensibilidad.

Cuando las damas repatriadas subían la escalinata del templo de La Merced, sus puertas se abrieron destacando en la amplitud de su extensión el Altar Mayor, donde la luz y el incienso ponían el homenaje de su triunfo.

Sobre el tabernáculo, en el nicho central, que guardaba la Imagen del milagro, las flores de los votos diarios hacían cascadas, y cuando el órgano maravilloso del Padre Antonino rompió en la armonía de su himno, la cortina del nicho de María de las Mercedes ascendió con lentitud majestuosa.

Se inclinaron las frentes.

La ola del pueblo llegó reverente hasta las graderías del coro y todos de pie, en silencio profundo, vieron orar a las cautivas correntinas.

- El testimonio de Victoria Bart

La casa de Victoria Bart de Ceballos, como las de Alsina, Cabral y Osuna, fue durante esa tarde y las siguientes un visiteo de homenaje.

El estado de la esposa de Ceballos era delicadísimo. Aun cuando el doctor Cunha -ilustrado médico brasileño, su compañero de viaje en la cañonera, desde Asunción- le había prodigado los mejores cuidados, el estado de aguda debilidad de su organismo era todo un problema.

Víctima de un ataque casi había perecido en el barco amigo. Sofía Iglesias, esposa del doctor Cunha que, por una feliz casualidad, fue también de la partida, pudo prestarle esa atención femenina insustituible, más afectuosa desde que las familias Ceballos e Iglesias cultivaban desde hacía años íntima amistad.

Si el deseo de ver a los suyos y la proximidad del hogar habían sacado, a Bart de Ceballos, del sopor en que cayera durante el viaje, el cariño de sus hijos pequeños y de su esposo, ya en la patria, la revivieron como una flor.

Las tertulias divulgaron en la ciudad la tragedia vivida. Llevadas por los paraguayos desde Corrientes a Humaitá y sumadas a otras familias de aquél país, destinóselas a Guardia Tacuara y San Juan Bautista, en cuyas inmediaciones permanecieron dos años.

Cuando los triunfos aliados precipitaron los acontecimientos y Solano López ordenó el éxodo del pueblo sin distinción, hacia el Interior del país, la cautividad fue un martirologio. Caá Cupé, Quindí, Itá Curubí, Ajo y los montes de Villa Rica, fueron las etapas de esa Vía Crucis de dolor y miseria, en que doscientas mujeres militarizadas a las órdenes de un sargento inválido, hacían la guardia de la caravana.

Ya éramos más -contaba doliente, como si el terror de esos días volviese a su espíritu-. Se nos había incorporado otra columna de familias de Asunción, de argentinos que residían en el Paraguay y de las mejores clases de su capital.
Las señoras Cano de Rolón, Trinidad Salas de Cano y sus esposos e hijos, como doña Joaquina de Acebal y cien más. Una tarde, siguiendo el camino como amojonado de cadáveres, desde nuestros carros vimos a un soldadito, como de doce años, echado al pie de un árbol.
Muere de hambre...
Démosle algo...
Y de nuestro tesoro de comestibles le tiramos una torta de maíz. El pequeño soldado -ya López enrolaba niños de once años- no concluyó el ademán de llevar el alimento a la boca. Corrimos a auxiliarlo y la señora de Acebal reconoció en él a su hijito Benjamín.
Y así fue todo”, decía dolorida(12).

(12) Ya anciana, Victoria Bart se convertiría en cronista de los hechos. A los 87 años, en 1909, contaría su historia a Juan Vicente Medina, presidente de la Sociedad Pro Cincuentenario del Fin de la Guerra, y sus palabras serían transcriptas por otra persona: “Nos llevaron al antiguo Cabildo y nos sumergieron en un horrendo calabozo. Allí ya estaban encerradas en calabozos inmundos las esposas del coronel Alsina, del coronel Sosa, la esposa de Manuel Cabral y la esposa de Osuna...”.

Pena, dolor, hambre, miseria, abandono. Sobre los campos desiertos un peregrinaje interminable. Las huellas de otras caravanas eran cenizas y cadáveres y, sobre todo, el terror a Solano López, los lanceamientos a centenares, las crueldades inauditas.

José María, hijo de la esposa de Rolón, ya era mocito; cuando supimos del avance en Asunción y de que columnas Aliadas penetraban en persecución de López, él supo imponerse y desviar la marcha de las pocas carretas que nos quedaban. Por eso fuimos rescatadas por una columna brasileña”.

Y, como si en esa etapa del relato su palabra viviese la alegría de la liberación, los detalles su cruzaban a montones. Era la espera, custodiadas por soldados del Brasil, de los carros para el transporte a punta rieles; la venida de éstos, el viaje en tren, la estación en la capital paraguaya -llena de pueblo y de la mozada porteña- el pudor que volvía con la vida de relación, que las hacía estrecharse avergonzadas sin más traje que el pouví que ellas mismas se tejieran, la cerveza que les dieron como único y primer alimento, el embarque, su encuentro con Sofía Iglesia a quien dejó pequeña y encontraba esposa de un cirujano de prestigio; y mil y mil detalles, ya promisores, alegres, como la sonrisa con que contemplaba sus hijos a sus pies.

Otras veces era la página triste de la muerte de la esposa del coronel Desiderio Sosa, la única de las cautivas que no había vuelto a la patria, fallecida de cólera morbus, que también castigó a las caravanas en las selvas.

- “La enterramos nosotras mismas, envuelta en su pouví...”.

La certeza de este deceso rodeó al coronel Sosa, entonces uno de los jefes militares de mayor prestigio en la provincia, de la simpatía general. Vuelto de la guerra del Paraguay donde se había portado con heroicidad y ganado en prestigio, era una de las columnas del momento político(13).

(13) Inspector General de Armas, tenía el comando implícito de las milicias, cuya organización le correspondía, y en su competencia y valentía fincaba un orden de cosas caracterizado por un espíritu de renovación.

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