El contenido de esta página requiere una versión más reciente de Adobe Flash Player.

Obtener Adobe Flash Player

Conmoción por el magnicidio del gobernador Urquiza

Esa noche, la Sala de Comercio de la capital correntina, donde en épocas de Pujol se organizara el primer Centro Social, volvía por sus prestigios. Las luchas civiles, con sus pasiones y el hermetismo de la clase culta -que desde hacía años consagraba la tradición- habían casi concluido con ese Salón de todos y de nadie que llaman “el Club”(1).

(1) Extraido de Hernán Félix Gómez. “Ñaembé (Crónicas de la guerra de López Jordán y de la epidemia de 1871)” (1937), Buenos Aires.

Las salas de Camelino, de Aguilar, de Latorre, de Madariaga, de Cabral y diez más que la aristocracia del espíritu y la gentileza de las formas habían consagrado eran, en 1870, los centros donde la sociabilidad clara y serena de los abuelos tejía la malla de la existencia.

Se quería romper con esto. Santiago Baibiene, el gobernador, traía de su actuación en el Ejército de la Triple Alianza un espíritu de renovación, porque sabía iguales a los hombres para el heroísmo y en la muerte; porque vio tantos valores consagrados del país hermano destruidos por la fuerza y el destino, incorporaba a su genio el espíritu liberal que exalta la valía personalísima.

Como él, sus amigos. Jóvenes todos, solteros, prestigiados por la victoria y el poder, querían volver a la sociabilidad más elástica de los tiempos de Pujol, en que las cosas fueron, no por egoismo del gobernante, sino por la ponderación del genio civil de la estirpe sobre los valores de la anarquía vencida.

Luces, perfumes, magnífica decoración floral, cuanto podía reunir la modestia provinciana de entonces para la armonía y la belleza, se había sumado en la Sala de Comercio. La orquesta, de piano, violín, flauta y arpa, dirigida por el maestro Eusebio Rivero, artista de color hecho por el Padre Antonino, el más querido de los regulares de La Merced, centralizaba la actividad de la juventud. mientras en los corredores y patios la gente de edad se reunía en Círculos.

Sonaban los últimos compases de un lanceros, y cuando las parejas abandonaron los cuadros y cruzaron en todas direcciones el salón, imaginaron a ella -atenta observadora- un mosaico de extrañas tonalidades que en virtud de un conjuro hubiese irregularizado sus lados rectos.

Era de ver la atención con que Juanita Ratti, flor de milagro, por belleza y candor, siguió el proceso del lanceros. Primero, en las reverencias solemnes de los saludos, imaginó a sus amiguitas danzando en una academia del Trianón o de Versalles; después, cuando unidas las manos, giraron las damas de cada cuadro a los ritmos triunfales de la orquesta, parecióle eran soles y encontró en el símil algo de realidad en el brillo de las sedas y las joyas y de las propias sonrisas gentilísimas.

Y, al fin, cuando la danza en su simbolismo llegó a formar la “cadena” en que ellos y ellas dibujaron en la roja alfombra la espiral interminable y ondulante del baile general, su ansiedad de abandonada vio en las manos amigas como un enlace de vida en que no la contaban a ella.

Y dura, por quien sabe qué reacción femenina, se vengó estrujando el fleco de los amplios cortinados que rosaban el capullo de nieve de sus volados de clarín.

- “Señorita...”.

Miró largamente al importuno que venía a arrancarla de sus raras reflexiones y un tenue rubor cubrió sus mejillas. Claro, si lo recordaba. Días seguidos había cruzado, en los atardeceres, bajo su balcón y alguna vez una rosa espléndida, gemela de la que ella viera sobre su pecho, amaneció como un presente en las persianas.

- “¿Quisiera usted cederme este vals de tanta dulzura..?”
- “Doctor...”
- “¡ Oh! Señorita... Al cruzar por su lado, durante el lanceros, me pareció timidez su reclusión en esta silla, impropia para trono de belleza”.
- “ Por favor...”.
- “Y pensé que el discreto alejamiento de usted, joven y hermosa, era de quien por primera vez asistía a estas reuniones de los clubs”.
- “En eso es justiciero”.
- “Y muy fácil justicia para ser un presente de homenaje. ¿Quiere hacerme su primer caballero en esta noche primera de sus fiestas?”
“ Yo...”.
- “Ya imagino. No se me ha presentado...”.
- “Aquí, doctor Lagraña, todos nos conocemos. Y más a Ud., alma -me dicen- de los hombres del Gobierno...”.
- “Ahora me halaga ... sin perjuicio de castigarme porque el vals transcurre”.
- “No, no hay castigo...”.

Y la pareja, espléndida de hermosura y elegancia, altos los dos, blanca ella como una flor, gallardo él como un tribuno, giró lenta, suave, más rápido, entre amable comentario.

Rodeaban al gobernador Baibiene lo más distinguido de la juventud: Amelia, Elcira y Armenia Camelino; Magdalena Iglesias; Margarita y Laura Aguilar; Carmen y Dolores Igarzábal; y Severita Ruda comentaban con el guerrero y político el entusiasmo de algunas parejas.

En torno de doña Marcedes Latorre de Cabral -la joven viuda, joya de los salones- disertábase de cosas más serias. Don Martín Zelaya y esposa doña Juana Galárraga; doña Angeles Escobar de Del Coro; el doctor Antonio Graciano sumaban a los prestigios de la Sala su cultura tradicional y gentileza.

- “Señor gobernador...”.

Correcto y grave, Eudoro Díaz de Vivar, síntesis de las calidades superiores de los varones correntinos, alma de la insurrección al gobernador Rolón en 1861 y director de “El Liberal”, periódico fervoroso en la oposición y luego columna central del régimen político imperante, se inclinaba ante Baibiene.

- “¿Qué dice, Vivar?”.
- “Lo busca con urgencia el ministro, doctor Segovia”.
- “Ya voy...”.
- “No; ahora...”.
- “Caramba, amigo...”, y haciendo una reverencia, el gobernador se despidió de sus jóvenes amigas.

Se sorprendió. Entre los hombres de las antesalas había angustia en los semblantes y pesar en los ojos.

El doctor Lísandro Segovia, ministro de Gobierno, exponía con voz velada, y el doctor Juan Eusebio Torrent -majestuoso por hábito, en el empaque de su vestir atildado- asentía...

Baibiene se apresuró.

- “Acabo de recibir un despacho grave del señor Presidente de la República”.

El silencio se acentuó sin órdenes, por sugerencia de los gestos y las expresiones.

- “Lea, señor gobernador...”.

Baibiene tomó el despacho y largo rato permaneció -fijos sus ojos en el papel- como escrutando el porvenir.

Con Torrent, Segovia y Juan Vicente Pampín, su ministro de Hacienda, buscó un aparte mientras se pedían los sombreros.

- “Eudoro. Llámelo al doctor Juan Lagraña”.

Sacáronle del cielo. Romántico contaba un madrigal en que Eros, el Dios del arco sutil, tiranizaba a las Gracias de la Hélade.

Y cuando retirado Baibiene se tentó reanudar la alegría y la danza, la nueva fue amargando los espíritus: el gobernador de Entre Ríos, general Justo José de Urquiza había sido asesinado en su Palacio de San José.

- Estupor y desconcierto

El asesinato del general Urquiza, producido el 11 de Abril de 1870, causó en Corrientes -como en todo el país- una impresión de estupor.

La Casa de Gobierno, próxima a la barranca del Paraná en la Punta de San Sebastián -después la antigua Aduana- fue durante los días siguientes al gran baile en la Sala de Comercio, el centro de los comentarios políticos.

En el despacho del gobernador disertábase amplio y tendido. La personalidad de Urquiza, que los descendientes de los veteranos de Pago Largo y Vences miraban todavía con resentimiento, era respetada por la generalidad, considerándoselo la mejor columna de la paz interior.

- “Sí -decía el doctor Torrent-; al presente y al porvenir argentino no interesa sino el Urquiza de nuestros días, el que estuvo con Mitre para organizar el país y con Sarmiento para salvarlo y consolidarlo”.
- “La tradición...”.
- “No hay tradición que valga, mi amigo. Uds. saben que el presidente Sarmiento, agradecido por su colaboración política, resolvió estrechar sus relaciones con Urquiza visitándolo en su palacio de San José.
“Saben -por la prensa- cómo, acompañado de su ministro de Hacienda Gorostiaga; del gobernador de Santa Fe, de los ministros de Estados Unidos, Prusia y España; y demás comitiva distinguida, llegó Sarmiento a Concepción del Uruguay y pudo -el 3 de Febrero, el aniversario de Caseros- sentarse en la mesa del general Urquiza”.
- “Si Ud. hubiese estado en los corazones...”.
- “En los corazones estoy -agregó, mirando a Eudoro Díaz de Vivar, el periodista fogoso-. Estoy, porque comprendo esa hora. Llega Sarmiento en un vapor de guerra que se llama “Pavón” y en su comitiva lleva a Héctor Varela ... y eran los dos escritores que más habían injuriado al Libertador de la tiranía.
“Urquiza los recibe, formados en el puerto dos batallones de infantería y un regimiento de caballería, con el mismo traje con que combatieron en Caseros y, en la Colonia San José, con los agricultores reunidos en otros dos batallones, armados de escopetas, y sobre los cuales ondeaban las banderas de todas las naciores representadas en la colonia...
- “Es la nueva Argentina”, doctor Torrent, expresa Lagraña.
- “Sí, la nueva, la que acaban de lastimar con este crimen. La misma que intuye Sarmiento cuando en la hora de los brindis habla de patriotismo y expresa sus votos de que el 3 de Febrero sea en todo tiempo un talismán para acercar a los hombres que las agitaciones políticas pudieran separar”.

Interviene el doctor Lagraña:

- “La prensa ha estado parca, doctor, al comentar ese acontecimiento. Pero creo también que ese entendimiento del presidente con Urquiza, encierra la clave de este crimen...”.
- ¡...!
- “Sí señores. Sé -por referencias del general Cáceres, a quien entonces se las comunicó el presidente Mitre- que López Jordán tenía -ya en 1863- disidencias con el general Urquiza, y tentó una revolución”.
- “Exacto; la misma información recibió el entonces gobernador Lagraña, del general Mitre”.
- Ud., sabe doctor, que no he podido conocer el archivo de ese ex gobernador, del que llevo el apellido. Mi cuna es más modesta...”.
- “Excúseme, doctor Lagraña; no he querido...”.
- “Lo entiendo, señor. Decía sólo que con ese dato, fácil es comprender que la amistad Sarmiento-Urquiza era la condena del último en caso de mantenerse por Jordán los propósitos de escalar el poder”.
- “Sería la forma de excluir del cálculo de la política local entrerriana la influencia del presidente”.

Se anunció al comandante Desiderio Sosa y Baibiene salió a recibirlo. El gallardo militar, nacido en Itatí, era uno de los más prestigiosos jefes correntinos. Enrolado desde 1847 en los Ejércitos de la provincia, asistió a la batalla de Caseros en el celebrado batallón Defensores de la Independencia, ganando los galones de Teniente Primero; tomó parte en la revolución del 11 de Septiembre en Buenos Aires; en la que depuso a Rolón en Corrientes, y fue héroe en los campos del Paraguay descollando en Itatí, Estero Bellaco, Tuyutí, Itatí Corá y Curupayty.

Designado, a su vuelta a la patria, Jefe de las fuerzas de San Luis, San Cosme e Itatí, pasó con Baibiene a ocupar la Inspección General de Armas, reuniendo en sus manos todas las fuerzas vivas de la provincia.

- “Mi estimado comandante”.
- “Señor gobernador...”.
- “Están llegándonos noticias complementarias del drama de Entre Ríos”.
- “El comentario popular algo dice. Se asegura que cinco coroneles armados por López Jordán: Luna, Teco, Mosqueira, Coronel y Vera, han sido los dirigentes y ejecutores del asesinato y que el mismo día dos hijos del general Urquiza, Justo y Waldino, morían también apuñalados cobardemente en Concordia”.
- “No es eso lo grave, amigo Sosa. López Jordán se ha hecho nombrar gobernador de Entre Ríos por una Legislatura cuyos miembros acababan de decretar luto por Urquiza y, al recibirse del cargo, se ha declarado responsable de los sucesos.
“El presidente Sarmiento ha levantado el principio de que un crimen no puede ser jamás el fundamento de un Gobierno y ha enviado fuerzas militares y, como la actitud presidencial es definitiva y López Jordán cuenta con recursos, debemos prevenir la provincia”.

Y así se hizo. Con la colaboración directa del gobernador y del doctor Lagraña, el Inspector General de Armas inició las tareas de la organización militar. Chasques a todos los Departamentos, concurrencia personal de Sosa a la zona de Ensenadas e Itatí -donde su prestigio era positivo- y movilización de los vecinos de la Capital para la infantería, permitieron a Corrientes afrontar con seriedad los acontecimientos.

Cuando Sarmiento interviene Entre Ríos y López Jordán se alza en armas contra la Nación, Corrientes podía abrir la campaña defensiva de su frontera el 28 de Abril de ese año.

Información adicional