El contenido de esta página requiere una versión más reciente de Adobe Flash Player.

Obtener Adobe Flash Player

 

El contenido de esta página requiere una versión más reciente de Adobe Flash Player.

Obtener Adobe Flash Player

Milicias provinciales se movilizan para enfrentar a López Jordán

El general Justo José de Urquiza -gobernador de Entre Ríos- había sucumbido a mano de un sistema político que hacía crisis. Ricardo López Jordán, aclamado caudillo de la reacción inaugurada sobre el asesinato político, levantó bandera de rebelión contra el Gobierno Nacional.

La provincia de Corrientes se puso sobre las armas. Cinco batallones de infantería y los tres mejores regimientos de caballería de los Departamentos del sur marcharon a Entre Ríos a las órdenes de un General de la Nación.

El gobernador Baibiene, con previsión acertada de militar experto, se preocupó de formar nuevos Cuerpos en reemplazo de los ocupados por el presidente de la República en el teatro de las operaciones, para defender la provincia en caso de probable invasión de los rebeldes.

Las tareas de movilización en la capital fueron duras. Había en la opinión como una resistencia pasiva a las disposiciones del gobernante. La razón no estaba en la solidaridad con los sediciosos de Entre Ríos, ni podía estarlo desde que, siendo federales los opositores de Baibiene, eran también federales los agraviados con el asesinato de Urquiza(1).

(1) Citado por Hernán Félix Gómez. “Ñaembé (Crónicas de la guerra de López Jordán y de la epidemia de 1871)” (1937), Buenos Aires.

La clave estaba en la memoria del pueblo. El había constituido -hacía apenas cinco años- la muralla que la argentinidad levantó ante la invasión del Paraguay; sus varones sacrificados en la defensa del territorio, continuáronse sacrificando en los campos de Solano López, mientras el resto del país -con excepción de Buenos Aires- se negaba al esfuerzo.

¿A qué título Corrientes habría de nuevo armar la primera a su pueblo, para una cuestión que interesaba a todo el país?

Entre Ríos era sobre todo respetable. Habiéndose ahorrado -mediante dos sublevaciones- de concurrir al Paraguay, conservaba íntegra su capacidad militar y sus recursos de toda naturaleza: parques, reservas, cañones, caballadas, cuanto era necesario para la guerra abundaban en ella e iba a ser utilizado por el caudillo en armas.

Cuando López Jordán, anatematizado por Sarmiento, resolvió resistir la Intervención, vistió su actitud con el paño de los principios. Levantó como bandera el derecho de las provincias a darse el Gobierno de sus deseos y esos principios ahondaron en la opinión pública.

El grupo federal tuvo en Corrientes por tribuna a “La Voz de la Patria”, bisemanario editado por Vicente A. Martínez y en el que escribían José Benjamín Romero, el doctor Manuel Derqui, fray Luciano Chappo y otros que no siguieron al depuesto gobernador Evaristo López, exiliado en Entre Ríos.

El grupo mitrista, apartado del oficialismo cuando la exaltación de Baibiene al P. E., tenía su tribuna en “La Provincia”, redactada por los doctores Emilio Díaz, José Miguel Guastavino, Genaro Figueroa y Mariano Castellanos. Los aprestos militares silenciaron a este último periódico, porque sus redactores no quisieron hostilizar al Gobierno en aquellos momentos críticos, desde que su causa era, así mismo, la del mitrismo en la Nación.

En la Batería, en grandes cuarteles de techo de paja, entre un pequeño bosque de naranjos, se reconcentraban los reclutas de la infantería. Ahí se reunieron a los peones de las carnicerías y de los abastos, gente de costumbres irregulares que la disciplina impuesta por el comandante Sosa pudo conservar no obstante los conatos de sublevación.

En la Plaza principal, en el viejo Cabildo de las últimas horas de la colonia, se acuartelaron a los exceptuados, aquéllos que por alguna razón no debían constituir los soldados de la primera línea. En cuanto a la caballería, en grupos, de sus Departamentos respectivos y por los caminos trillados de las postas, se dirigían hacia el Sur.

Eje de la concentración era la línea Riachuelo, Empedrado, San Lorenzo, Islas, Bella Vista y Goya, y a ella afluían -como los ríos de una cuenca- de Ensenadas, San Luis, Itatí, Caá Catí, Mburucuyá, Saladas, Concepción y San Roque. Los milicianos del Uruguay se concentraban en Curuzú Cuatiá y, de ahí, con el coronel Valerio Insaurralde, debían marchar al Ejército a situarse en las proximidades del río Corriente.

Dos ciudades tenía entonces la provincia: la Capital y Goya, y las dos contribuían con unidades de infantería. Jefe de la Guardia Nacional de este ultimo punto, el capitán Plácido Martínez, recibió órdenes de preparar el batallón de infantería y así lo hizo con tal dedicación y competencia que el “Goya” se hizo famoso en la guerra.

El 27 de Abril de 1870, Baibiene salió a campaña a la cabeza de dos batallones de línea que estaban en Corrientes, reasumiendo nuevamente, el mando gubernativo, el 21 de Junio de 1870. Fueron sus ministros -en esos momentos- el doctor Juan Lagraña, Juan Esteban Martínez, Valentín Virasoro y Juan V. Pampín.

El 29 de Agosto de 1870, salió Baibiene nuevamente de la capital a objeto del servicio público, habiendo quedado en ejercicio del Poder Ejecutivo -las veces que se ausentara- el presidente de la Legislatura, Pedro Igarzábal.

Así, en los días de Mayo de 1870 el gobernador Baibiene, después de delegar el mando, llegaba a Goya embarcado, con los principales militares correntinos y el batallón del comandante Sosa.

Ahí quedó Baibiene, como jefe y centro de la campaña defensiva, destacándose a Sosa sobre el Paso Santillán, del río Corriente, y desplazándose sobre el Guayquiraró a regimientos con jefes experimentados: Sauce fue cubierto por trescientos hombres a las órdenes de Celedonio Ojeda; Esquina por el capitán Claudio Martínez, con el escuadrón Exploradores; y, más lejos, el regimiento del veterano Cecilio Carreras.

Paralalemente, y sobre los antecedentes de la relación Sarmiento-Urquiza, el asesinato de este último, producido el 11 de Abril de 1870, llenó de nubes el horizonte de toda la Nación. Ricardo López Jordán ocupa la gobernación de Entre Ríos y asume la responsabilidad de los sucesos.

Sarmiento, levantando como principio el de que un crimen no podía nunca ser fundamento de un Gobierno, Interviene, y López Jordán, con los enormes recursos de Entre Ríos, que no habían llegado a los campos del Paraguay, se resiste.

El presidente Sarmiento urgió sus medidas militares. A las fuerzas enviadas a la Ciudad de Paraná se agregaron otras en la zona del Uruguay, pero Jordán, en el centro del inmenso Entre Ríos, era rey de sus llanuras. Desde ahí, Proclamas incendiarias dirigidas al pueblo de Corrientes lo incitaban a sumarse a los defensores de la autonomía de las provincias y, claro está, que el alto principio incorporado desde Pago Largo al corazón popular, no dejó de abrirse camino, iniciándose la deserción.

Casi simultáneamente con Baibiene, llegaba a Goya el general Gelly y Obes, enviado por la Nación. Aprobó todas las medidas y después de ascender a sargento mayor al capitán Martínez, envióle con el “Goya” a Paraná, amenazado por los jordanistas. Por su parte trasladado a Potrero Bejarano, en Julio, combatió con “órdenes generales” dirigidas a la milicia, la deserción, como Baibiene lo hacía desde Goya.

El batallón Goya se portó como una legión de héroes en el sitio de Paraná. Era inconmovible en su puesto de combate y como tal fue enviado a Concordia en un momento de peligro, esperándolo un vapor expreso para volverlo a la guarnición de Paraná.

La situación se prolongaba con el desgaste natural a toda situación de crisis sostenida.

- Los problemas de Sarmiento

Dos Ejércitos nacionales -sobre las costas de los ríos Paraná y Uruguay- y el provincial, de milicias de Corrientes, en la frontera del Mocoretá, débil y pequeño, no encuentran la clave de una acción articulada y eficaz. López Jordán dominaba en Entre Ríos.

Las fuerzas y los generales de la Nación nada logran contra el guerrillero audaz, que sitia Paraná, se desplaza a Concordia, está sobre Concepción del Uruguay e incursiona en la frontera correntina. Sin dar batalla, sus escuadrones recorren el territorio entrerriano pareciendo doblarse en las sombras y las fuerzas de línea, sin perder el contacto con los ríos miran, más que al enemigo, a Buenos Aires.

La razón de estas cosas estaba en la política. Los Ejércitos de línea eran mandados por generales y estos pertenecían a partidos en acción. Una batalla representaba la probabilidad de una derrota, y cada general, político, quería tener sus fuerzas completas.

- “Se dice en Buenos Aires -expresaba el presidente Sarmiento a su ministro de Guerra- que el general Vedia opera con toda lentitud del lado del Uruguay, sin arriesgar ninguna operación decisiva, para conservar un Ejército mitrista en vista de las próximas elecciones presidenciales; y, asimismo, se asegura en Buenos Aires que el ministro Gainza hace otro tanto del lado del Paraná, para conservar un Ejército autonomista que contrabalancee al otro...
“No me diga nada; yo no creo una palabra de todo eso, pero necesito que usted me derrote a Jordán dentro de quince días, para que nadie crea semejante patraña...”.

Estábase en vísperas de dos comicios, los de presidente y de gobernador de Buenos Aires, y para ambos los intereses en juego eran respetables.

El mitrismo y el autonomismo, cuyo jefe era el doctor Adolfo Alsina, tejían la red de sus defensas; el primero, entendía y había actuado, en el sentido de que la acción y el movimiento que reglaban el Gobierno fuese de la capital a las provincias, del presidente a los gobernadores, a quien éstos debían someterse; mientras el autonomismo -convencido de que el Organismo argentino fue impuesto por las disgregaciones provinciales, que llegaron a la unión nacional por voluntad propia y en uso de su soberanía- levantaba su política sobre el enunciado de la autonomía de las provincias, viendo en ello la clave del desenvolvimiento efectivo y progresista del régimen de Instituciones que se había dado la Nación.

Dedicándose el Gobierno Nacional a sus dos Ejércitos, que desde Paraná y Concordia pretendían emparedar a López Jordán, el de Corrientes era librado a sus propias fuerzas. Sus armas, sus caballadas, sus recursos, eran exclusivamente los de la provincia, y bien pequeños por un Tesoro Fiscal poco menos que exhausto.

Mientras tanto el enemigo golpeaba en la frontera; partidas numerosas penetraban por los mil caminos del bosque que rodean el Guayquiraró y Mocoretá y, después del golpe, en que se destruía y robaba, volvía a sus reductos. No obstante las persecuciones y victorias parciales, era tan sistemático el empeño que Baibiene creyó en una invasión.

Ante la debilidad de sus fuerzas consultó con sus jefes Sosa y Araujo, destacados en el Interior y resolvió que en ese caso habría de retrocederse al norte del río Corriente para dar la batalla, dando tiempo a Gelly y Obes a tomar por la retaguardia al invasor.

- El pueblo se prepara para la guerra

Poco feliz en sus gestiones ante el Gobierno Nacional en procura de armas y de dinero, con los recursos provinciales, Baibiene llevó adelante su pensamiento. El presidente Sarmiento no esperaba que Jordán inquietase formalmente a Corrientes. En el Departamento de Curuzú Cuatiá reunió el plantel de un Cuerpo de ejército.

- “Corrientes no puede -decía Baibiene a su secretario en campaña, el doctor Justo- estar librada a sus recursos en esta guerra larga y de desgaste.
“Tengo para mí que Jordán va a extenderse a esta provincia para buscar mayores elementos en la riqueza privada de sus hijos”.

Corrientes no podía, sin la cooperación nacional, continuar en la defensiva gastando sus caudales y sus recursos de todo género. Era necesario que el presidente proveyera a su comisaría, completar el armamento y devolviese -por lo menos- los efectivos correntinos incorporados a los Ejércitos de Paraná y de Concordia y, a ese efecto y con la aquiescencia de sus jefes principales, dejó al pequeño Ejército a las órdenes del coronel Manuel de Jesús Calvo y Baibiene se embarcó para Buenos Aires.

Va a reclamar -en persona- del presidente Sarmiento, la necesidad de robustecer la defensa correntina. El 29 de Agosto de 1870, salió Baibiene nuevamente de la capital a objeto del servicio público, habiendo quedado en ejercicio del Poder Ejecutivo -nuevamente- el presidente de la Legislatura, Pedro Igarzábal.

El gobernador volvió con promesas, dirigiéndose directamente a la capital de Corrientes. El anuncio de su arribo fervorizó a la ciudad, que en masa recibió al mandatario. Desde la Punta de San Sebastián, en que se iniciaba la línea del pueblo, hasta la casa de Gallino -sobre el puerto- y el muro que se había levantado para la defensa de las avenidas del Paraná, fue un clamoroso saludo al caudillo:

- “Vuelvo con promesas; que se pagarán las listas de revista del Ejército...
“He debido solicitar -agregaba- para el ministro de Hacienda Pampín, un préstamo de tres mil patacones para los Gastos de la misión y el auxilio de los oficiales que me acompañan.
“Al pasar por La Paz tuve la evidencia de que se preparaba -por López Jordán- una doble expedición sobre Corrientes. Como la información ha sido corroborada por los jefes nacionales en Paraná, Sarmiento accederá a mi pedido de refuerzos”.
- “El Goya...”.
- “Sí; he pedido el Goya. Lo necesitamos a Plácido. Movilizaremos más fuerzas; su propio batallón de exceptuados. doctor Lagraña, deberá acompañarme”.

La inquietud circuló con rapidez. Ciudadanos prescindentes de la política, pero amigos del orden, coadyuvaron en la tarea de organización y las órdenes se esparcieron por la campaña.

El coronel Reguera -designado para reunir las milicias de los Departamentos del norte- renunciaba a su cometido y las fuerzas que concentrara se desbandaban. Era otra vez la propaganda engañosa de los principios con que los hombres de Entre Ríos cubrían el torpe origen de la revuelta.

La actividad de Baibiene fue incesante por esos dias; entraba y salía de la capital, subrogando el mando siempre en el Presidente de la Legislatura. A principios de Enero de 1871 se dibujó ya netamente la invasión. Las fuerzas reunidas -que se hallaban en Abogoretá- retrocedieron hacia el Paso Borda -del río Corriente- punto al cual se dirigió también desde Goya el gobernador con el batallón de exceptuados de la Capital, el de Goya y algunas milicias.

Al mando del coronel Valerio Insaurralde quedaron 820 jinetes, como vanguardia, sobre la frontera. Coincidió con el movimiento la entrada por Esquina de fuertes partidas de López Jordán y la de éste con el grueso de su Ejército por la frontera de Basualdo.

En los primeros días de Enero de 1871 -más precisamente dos días después de su llegada a la capital, el 4 de Enero-, el gobernador Baibiene señaló el día siguiente para su retorno al Ejército por la ruta de Goya con los elementos de guerra y hombres que pudo reunir.

Esa noche la casa del gobernador subrogante, el Presidente de la Legislatura, Pedro Igarzábal, fue el lugar de cita de políticos y amigos y los buenos votos sacudieron los corazones.

Con voz clara y vibrante de tribuno, Lagraña dio lectura al Manifiesto que el gobernador dirigía al pueblo y que encomendara a su patriotismo. Dos párrafos tuvieron en el tono como un velo de emoción, como si el autor hubiese puesto en ellos algo más que el panorama corriente de la vida. Decía:

“Correntinos:
“Os debo la verdad en estos momentos solemnes y os digo que la libertad que habéis conquistado con vuestra sangre; los frutos de vuestro trabajo; la vida y honra de vuestras familias; están amenazadas, como en los días inolvidables de la invasión paraguaya.
“Todo el que ame a su patria, todo el que tenga una madre, una hija, una esposa o una hermana, comprenderá el deber en que se encuentra de defender la provincia contra las hordas indisciplinadas del rebelde de Entre Ríos, que están talando ya el propio suelo de su nacimiento.
“¡Soldados de la Libertad! Si esta campaña que se presenta fácil y muy breve, encerrase para nosotros mayores sacrificios y peligros, sería un motivo más para emprenderla con entusiasmo. Cuando volvamos de ella será más hermosa la gloria que alcancemos, más grande la satisfacción de nuestras almas e inapreciables las dulzuras que en el hogar nos esperan donde, al recibir el brazo de los seres queridos en cuya defensa habremos arrostrado la muerte, podremos decirles con seguridad y ufanía: ya sois libres y podéis ser felices”.

Mientras en los círculos políticos se tenía la evidencia del peligro y la trascendentalidad de la invasión, en el caso de triunfo de los jordanistas, el pueblo sólo veía lo inmediato. Las fuerzas marchaban y habían de ser felices sus últimas horas.

Declarado el franco en los Cuarteles, la tropa se había lanzado a los barrios de alegría fácil. La Rozada, próxima a las cuadras de la Batería, el Campo de Marte, era como una colmena. Pronto, sin embargo, fue desfilando la mayoría hacia los barrios del Oeste.

La gente de las curtidurías y del abasto había convencido a las congregaciones negras del Cambá Cuá -en que se organizaran los antiguos esclavos y su descendientes- a adelantar en un día las fiestas del Rey Baltazar.

Las canchas de baile, de tierra apisonada, junto a los árboles de la pequeña huerta, y la casa donde la Imagen del rey Mago era reverenciada, bullían de público. Los Cossio, negros que tomaran el apellido de sus amos, tenían los más fuertes tocadores de candombe: plan ... plan ... plan...

El ruido acompasado, en tono grave, elévabase como un pregón. De tiempo en tiempo la banderola roja, atributo de Baltazar, era llevada en torno de la cancha y una negra graciosa, sensual, con sus labios gruesos, bailadores los ojos, recogía las limosnas al Santo.

Plan ... plan ... plan... Sobre las frentes sudorosas ponía el polvo como un serrín y los brazos en vaivén marcaban el compás...

Convites:
- “Por Baltazar...”.

Y allá iba el fanático; besaba reverente la capa roja de la Imagen y a su pie ponía la ofrenda.

- “Nada va a pasarte”.
- “San Baltazar protege a sus cofrades”.

Y la negra más vieja contaba los milagros. No entran balas -decía- a quien ayuda al Santo. El las ataja con su báculo. Será más milagroso si tiene báculo de oro.

Y el promesero ponía su moneda en ofrenda, o el anillo de coco enchapado que fue la prenda de un día.

Plan ... plan ... plan... Hasta el amanecer el compás del candombe dominó en los silencios. Después, las patrullas circularon reuniendo la soldadesca franca en los barcos prontos al viaje hasta Goya.

Las tropas se concentran en Goya

Al día siguiente, cuando los transportes de las fuerzas llenaban sus velas de viento y las músicas y los vítores atronaban el espacio, y cuando el convoy con lentitud marchaba a la batalla, la acongojada silueta de una esbelta mujer batía en saudades su pañuelo y musitaba religiosamente una promesa: había de mirar la estrella roja, la de los hombres que viven en la emoción y del recuerdo.

Concluida su misión con éxito, el gobernador Baibiene abandonaba la capital correntina dirigiéndose hacia Goya con los últimos recursos y las reservas obtenidas.

Después de incorporar al invencible batallón Goya -comandado por Plácido Martínez- que la autoridad nacional desprendía de Paraná ante la evidencia de los planes de López Jordán, abandonó Baibiene la ciudad del sur correntino en dirección a Paso Borda, del río Corriente, hacia donde hizo contramarchar al Ejército de la provincia acantonado en Mocoretá, a las órdenes del coronel Calvo.

Sólo la vanguardia formada por la brigada de caballería de Curuzú Cuatiá, el regimiento de Monte Caseros y los piquetes de infantería de ambos puntos, con un total de 800 soldados, quedó a las órdenes del teniente coronel Valerio Insaurralde, para operar a retaguardia del invasor y custodiar los Departamentos del Uruguay.

Baibiene se proponía atraer al enemigo hacia el centro de Goya y alejarlo de su base, para que el general Arredondo, con fuerzas nacionales, pudiese cortar a López Jordán, de Entre Ríos, y coincidir luego en una ofensiva simultánea.

Iniciada su marcha a Paso Borda, hacia el norte de la Ciudad de Goya, recibió Informes del coronel Borges -jefe de las fuerzas de Paraná- de que Arredondo se había movido en seguimiento de Jordán y que le llegaban a Goya -de refuerzo- el regimiento VII de línea, a las órdenes del teniente coronel Julio A. Roca, y cuatro piezas de artillería comandadas por el capitán Apolinario Hipola.

La invasión del jordanismo se había producido. Una columna -penetrando por Esquina- tomó el camino de la capital mientras otra, a las órdenes directas del caudillo en armas, avanzaba por Basualdo, en dirección a la estancia “Paraíso”.

El rebelde había burlado a los generales de la Nación y caía sobre Corrientes, conceptuándola desprevenida. Llevaba 7.000 hombres, buena infantería, nueve piezas de artillería. Le  acompañaban el ex gobernador Evaristo López con algunos jefes correntinos, que garantían el concurso del partido federal.

Información adicional