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Fiebre Amarilla en Corrientes. Terror

A fines de Noviembre de 1870 otras noticias que se recibían de la República del Paraguay eran cada vez más graves. La fiebre amarilla -originaría de las Antillas y de las costas del Golfo de México, importada al Brasil hacia 1849, desde cuya fecha y con intervalos diversos había tomado caracteres epidémicos, hacía su aparición en el país hermano agravándose con la miseria y los hacinamientos(1).

(1) Citado por Hernán Félix Gómez. “Ñaembé (Crónicas de la guerra de López Jordán y de la epidemia de 1871)” (1937), Buenos Aires. Parte del relato es novelado, con fundamentos históricos.

En el vapor “Guaraní”, en viaje de Asunción a Buenos Aires, se habían producido algunos casos sospechosos y como Corrientes era entonces el primero de los puertos argentinos de la carrera fue ordenada la cuarentena del pasaje.

Lejos, hacia la costa del Chaco, el magnífico vapor, apagados sus fuegos, era como un interrogante, y aunque su capitán y tripulación negaban la veracidad del rumor, se sostenía la existencia de casos fatales que no se explicaban.

El Gobierno Nacional tomó cartas en el asunto y designó al doctor Pedro Mallo para estudiar la cuarentena y las cosas ocurridas en el “Guaraní”. Llegado a Corrientes, el técnico se puso en contacto con el barco sospechado y como sus puntos de vista no fueran compartidos por los médicos correntinos, solicitó del Tribunal de Medicina -la autoridad sanitaria local- que su presidente se transladase con él a bordo del “Guaraní” para proceder a un dictamen de conjunto.

El Tribunal de Medicina deliberó y el 2 de Diciembre de 1870 produjo una Nota diversamente comentada. Sostuvo que lo indicado por el técnico nacional no procedía; que no podía aceptarse ir con el doctor Mallo a bordo porque, de acuerdo a sus conciencias, tendrían los médicos inspectores que quedar en la cuarentena y que si el doctor Mallo u otra persona hubiese ya dado ese paso, debía ser obligado a cumplir el período de observación.

Los doctores Carlos Fosatti y Juan M. Mendía, únicos miembros en ejercicio del Tribunal de Medicina, y firmantes de la Nota, fueron acusados de timidez.

"No -decían-; nos debemos a nuestros conciudadanos" y, firmes en su punto de vista, se incluyó en la cuarentena a los vapores “Taraguy” y “Proveedor”. El “Goya” -otro de los paquetes del tráfico con Buenos Aires- no pasó de Corrientes.

El debate de los técnicos, la no ocurrencia de casos fatales desde la iniciación de la cuarentena, fue tranquilizando a la opinión local. Sobre la costa del Chaco, ahí donde el Paraná corre con las aguas del Bermejo y del Paraguay, que apenas llegan a la costa correntina, los tres barcos eran solamente una interrogación.

El pueblo sabía que las aguas claras del Alto Paraná eran como un cordón del litoral urbano y veía en la línea oscura que señala el cauce de las aguas bermejas el límite del peligro.

La vida fue por eso normal. Con los primeros días de Diciembre, de acuerdo a las viejas costumbres, las familias propietarias comenzaron a avecinarse en las quintas de la capital. Conocidas por los nombres de sus dueños a través de generaciones, en que cada una había enriquecido sus naranjales eran, en los dos amplios callejones que parten desde Corrientes, como postas amigas, donde el viajero encontraba amplio refugio y asistencia.

Los grandes higuerones, que de trecho en trecho hacían un bosque con su copa; las excavaciones profundas con cuya tierra se rellenó el camino, convertidas en depósitos de agua para las tropas y caravanas; y, sobre todo, el sentimiento de hospitalidad adentrado en las costumbres desde los tiempos de la colonia, convertían a toda excursión en fácil esfuerzo

Por el camino del Este, la ruta a los pueblos de Santa Ana y San Cosme, el tráfico era más continuo. Avalos, Escobar, Pampín, Cabral, Díaz de Vivar y diez más, eran casonas amplias y amigas; más lejos -después del largo corredor de los abrevaderos- otras casas hacían el damero de un vecindario denso y si todas eran, con sus sombríos y sus azahares, como oasis en las horas del sol de fuego, en cuanto el atardecer ponía su nota de frescura alegres voces resonaban por doquier.

La quinta de Escobar era como el cuartel general. En grupos bullangueros las amazonas de las otras quintas con los jóvenes de cada casa avanzaban... Luego, voces varoniles y galopes recios. Desde el Oeste hacia la ciudad, nubes de polvo anunciaban otros jinetes en apresurado peregrinaje.

- “Buenas tardes...”.
- “Con permiso”.

Y mientras pasaban los unos, a alcanzar a otros grupos de amazonas, quedaban los más en camaradería afectuosa.

Juan Lagraña era ese día de los primeros. El bravo rosillo criollo que le enviaran desde Mburucuyá como un lujo, galopaba de firme; sobre la arena de oro dibujaban sus cascos herrados un trazo de impaciencia.

- “Buenas tardes...”.
- “Adiós, doctor Lagraña...”.
- “No va a alcanzar el coche...”.

El coche ... tentado estuvo el caballero de sujetar de fírme, cuando la luz se hizo ... Sobre la huella del camino dos líneas angostas escribían su paralela. No eran huellas normales para lo suburbano; algún breack de la ciudad se le anticipaba...

Y recordó. No en balde la señora de Escobar lo había invitado con insistencia a probar unos panales riquísimos con que la habían obsequiado. Unos panales riquísimos...

Hizo memoria de la entonación y de la indiscreta insistencia en la hora y en la fecha y recién le llamó la atención se le invitara con ocho días de data y con nuevo mensaje por el peoncito proveedor esa mañana.

Sonrió...

Conocía la ideas de la buena señora. Su casa fue siempre un seno amigo donde la gente joven se sentía feliz y se jugaba con las frivolidades. Y a fe que, al decir corriente, más de un noviazgo se había labrado en sus salones. Si Juanita...

Y apuró al valiente rosillo. Conocía la sucesión de las casonas y de lejos vio, sobre el naranjal vecino, el mirador de la quinta de Escobar. La huella del coche terminaba en el portal. Le latió el corazón... El rosillo, como adivinando, se había puesto al paso ... Entró...

Bajo los primeros naranjos los caballos eran cientos. Distinguió algunos coches, pesados y amplios; eran de las quintas y para la gente de edad. Pero también vio otro y los arreos...

- “Buenas tardes, doctor”.

Fue arrancado de sus reflexiones.

- “Veo es hombre de palabra”.
- “Señora...”.
- “Y figúrese qué coincidencia. Hasta de Corrientes han venido algunas amigas...”.

Compuso el equilibrio de su espíritu.

- “Y cómo no habría de ser, señora, si Ud. es tan amable...”.
- “Che, Juan...”.
- “Doctor, venga aquí...”.
- “Aquí...”.

Una algarabía el saludo de la reunión. Sonrió y pisó fuerte. Le tomaron el caballo. Extendió las manos pero, fueron contados los saludos. Una polca saltarina como un cristal arrastró a los jóvenes y hubo de ser de las señoras.

Su empaque varonil se dobló en reverencias.

Una chinita empercalada en rosa trajo en la fuente de plata cubierta de vainillas los vasos de panal. El agua fresca del aljibe ponía en la copa el velo de su escarcha.

- “Sírvase, doctor”.
- “Premio de la jornada... Pero no es el único...”, y había en la voz de la dama como un ágil florete de ironía.

Otros jinetes.

- “Dolores...”.
- “¡Hola Carmen!”

La polca se cortó. Diez caballeros corrieron a los estribos de gentiles amazonas. Fueron cien los chistes y las bromas.

- “Tanto placer, señorita Juana”.
- “Como está, doctor Lagraña...”.
- “Encantado al verla y no imaginando residiese en las quintas”.
- “Ya sabe Ud. que no es así. La señora Escobar me ha honrado invitándome a su reunión...".

La música reanudó el baile. Esta vez había solemnidad en los compases. Circulaban los refrescos. Bajo el jazminero, una amplia mesa -cubierta de dulces y pastas- brindábase como una promesa.

Se encendieron luces y fuera, sobre los canteros, luminarias a centenares. Se pidieron cantos y Anita Márquez, la morocha más alegre de ojos de brasa, tomó la guitarra.

- “Bravo...”.
- “Silencio...”.

El se hizo en los corrillos. El viento agitó las cintas azules que adornaban las llaves de la guitarra y sonó un estilo. Era lento, de cadencia triste, que alegraron notas, primero solas, después en cascada de cristales y, sobre ellas, se dibujó el ritmo y el tono de la copla:

Han llamado a los valientes
para la guerra;
Y se van y nos dejan
con nuestras penas...
Que ellos sepan que cuando miran
a las estrellas,
nosotras miramos...
y somos ellas...

Aplausos, plácemes. En la trivialidad del canto había como una nota de tragedia. Sabíase que el gobernador Baíbiene estaba a llegar y que volvería al Ejército -en Goya- con los elementos que pudiese prepararse. Se sabía que la señora de Escobar quería, con su reunión, facilitar un amable recuerdo en alguna promesa...

- “Nunca más oportuna la copla con mis pensamientos...”.
- “Porque voy a marchar. Ud. sabe que comando un batallón”.
- “Los exceptuados...”.
- “Pero esta vez no habrá excepción ... Su estrella ...”.
- “¡Oh! mi estrella ¿Es que Ud. cree que las estrellas son de uno..?”
- “Lo son, en lo interior de cada uno; la mía es la roja; vea...”.

Salieron al jardín. Casi al horizonte, Orión se escondía con sus Marías y sus Margaritas. En el zenit, Escorpión, con su larga cola, era un signo de pregunta.

- “¡Ahí! Donde se cierra el interrogante”.
- “¿Esa roja, brillante?”
- “Sí, Aldebaran, la estrella de las pasiones. La vida no puede ser una recta infinita. Vivir es sentir; la emoción hace las horas, las distingue, las individualiza; yo vivo en mis recuerdos, en mis horas, que son tales porque las marcó la emoción; las otras son como las del sueño; han sido y no han sido...”.
- “Y las horas que han sido marcan la vida, la hacen, porque vivir es el tesoro que fue guardado en la memoria”.
- “Tal vez...”.
- “No dude; es así. El porvenir árido, sin capacidad emocional, puede renunciarse porque no hará vida, no atesorará recuerdos”.
- “Me va contagiando, Lagraña. Si yo llamo mis recuerdos... ¡Oh! He vivido un día; los otros son los de mi hogar, los hermanos, mis padres, los mismos sentimientos, el mismo...”.
- “¡Ninguno! ¿No tiene ningún día diverso al otro..?”

Tenue rubor cubrió a Juanita.

- “¿Ninguno..?”
- “Sí, uno...”.
- ...
- “No puedo, Lagraña”.
- “Es tan terrible...”.
- “Al contrario, amable...”.
- “¡Qué celos..!”
- “¿De qué? De la rosa...”.
- “¿Era una rosa..?”

Juana calló; se había vendido. Sí; de una rosa; de la noche en que al cerrar su ventana en la aurora, cayó de la reja, presente de amor, una rosa encarnada.

- El terror. El drama y sus héroes

Apenas iniciado el viaje del Ejército la opinión pública se agitó con informes gravísimos divulgados por el periódico “La Esperanza”. Don Francisco Capurro y otros viajeros saliendo de Asunción del Paraguay, habían penetrado a la provincia por Paso de la Patria, llegando a Corrientes y, entre ellos, don Pedro Amadey, comerciante que se asistía enfermo en su domicilio.

Una junta de todos los médicos de la ciudad -reunidos en la Casa de Gobierno- había resuelto que continuase la cuarentena de los vapores pero, con permiso de las autoridades nacionales, el “Guaraní” -que cumplía el término de la suya- había desembarcado pasajeros por la noche y el 11 de Enero, a las 4 de la tarde, salía para Buenos Aires.

El terror se inició. Aunque el periódico hablaba de sólo dos casos de fiebre amarilla, sin determinarlos, sabíase que uno de ellos produjo el deceso de doña Mercedes Latorre de Cabral, que había contraído el contagio en la tienda de Amadey, vecina al mercado, donde se surtían las clases cultas(2).

(2) La fiebre amarilla es una enfermedad vírica aguda, hemorrágica, transmitida por mosquitos infectados. El término "amarilla" alude a la ictericia que presentan algunos pacientes. Los síntomas de la fiebre amarilla son: fiebre, cefaleas, ictericia, dolores musculares, náuseas, vómitos y cansancio. El período de incubación es de 3 a 6 días. En la mayoría de los casos los síntomas desaparecen en 3 o 4 días. Sin embargo, un pequeño porcentaje de pacientes entran a las 24 horas de la remisión inicial en una segunda fase, más tóxica. Vuelve la fiebre elevada y se ven afectados varios órganos, generalmente el hígado y los riñones. En esta fase son frecuentes la ictericia (color amarillento de la piel y los ojos, hecho que ha dado nombre a la enfermedad), el color oscuro de la orina y el dolor abdominal con vómitos. Puede haber hemorragias orales, nasales, oculares o gástricas. La mitad de los pacientes que entran en la fase tóxica mueren en un plazo de 7 a 10.

El mismo periódico consignaba que la población empezaba a emigrar y que dos de las boticas habían cerrado sus puertas, la de los señores Serravalle y Quirós.

Todo el mundo, con medios y donde residir, se aprestó a ausentarse de Corrientes. Cerrada la ruta del río, porque los vapores -ya declarada la epidemia- negaban el embarque, quedó la zona rural -con sus naranjales y sus casonas familiares- y los pueblos vecinos de Santa Ana, San Luis, San Cosme y Empedrado, y los más lejanos de Caá Catí y Mburucuyá.

En las viejas carretas, como casas, de ejes de madera, que lloran de una legua, como un mensaje; en carros, a caballo, a pie, con cuantos medios y por los caminos que indicó la prudencia y el terror, el éxodo fue rápido. Como estaba abierta la temporada de verano, algunas familias se habían anticipado a la emigración, pero no por eso su situación fue más cómoda y sus necesidades menores.

La probabilidad de salvarse no estaba solo en dejar la ciudad en que el mal hacía sus primeros estragos; estaba en huir y en permanecer aislados y por ello cada vivienda era como un castillo. Nada de vida de relación; nada de compra-ventas; se vivía de los recursos de la tierra, con lo que pudo llevarse en el apresuramiento de la huida.

La amistad tenía sus derechos. Las casonas rurales, rodeadas de corredores amplios, fueron como colmenas. Tapiados estos con cueros o arpilleras, dos y más familias amigas compartían la ansiedad de las horas y los días. Como la peste llegó -aunque como excepción- a estos refugios, la presencia de un habitante de la ciudad era un peligro; se lo alejaba; se lo perseguía a pedradas para ahuyentarlo, sin misericordia, desde que era todo un caso de legítima defensa.

Por ello la emigración se cortó. Los vecinos de Corrientes debieron permanecer donde se hallaban, mientras la enfermedad horrenda clavaba sus garras cada día más fuertemente. El miedo adquirió caracteres de demencia. El orden, la justicia, el desarrollo normal del Derecho, fue quebrantándose para abrir paso a la licencia y a la fuerza.

El sentimiento cristiano del pueblo y la índole un tanto idólatra de las clases inferiores, quiso encontrar en las prácticas de la religión un refugio y un áncora.

Los viejos Patrones de Corrientes: San José, San Sebastián, María de las Mercedes y la Santa Cruz Milagrosa, de los días de la Fundación, fueron objeto de un culto continuo.

Los templos llenos de fieles, de mañana y tarde, elevaban -aislados o en procesiones- al cielo, sus plegarias suplicantes y las campanas clamaban la misericordia divina con sus redobles.

Al principio hubo como conformidad en los espíritus; se afrontó el peligro con sentimientos de unión y de concordia; los cadávares eran sepultados con decencia; hubo hasta visitas de duelo y se distribuía a los pobres enebro y vinagre.

Después, cuando ni los ruegos ni las medidas sanitarias generales tuvieron éxito, empezó a disiparse de las almas todo sentimiento que tuviera algo que ver con la compasión y el auxilio al prójimo. Cada uno pensaba para sí, el enfermo era el enemigo común y si alguien caía en la calle las puertas no se abrían.

De casa en casa la nueva llegaba al hogar familiar y eran los suyos quienes traían al enfermo la ayuda de la medicación y la asistencia. La redacción de “La Esperanza” hizo conocer los preservativos y los remedios de la fiebre amarilla y las disposiciones de la Comisión de Salud Pública organizada por el Poder Ejecutivo ante la falta de autoridades municipales.

Habiéndose ausentado los funcionarios del Gobierno de la comuna, esta Comisión ejerció una autoridad tiránica, imponiéndola con energía como cuadraba en esas horas terribles, integrada por Manuel Mallo, Julio Solano, Manuel Canevaro y Evaristo Fernández. A fines de Enero, fallecido el doctor Facundo Fernández y enfermos Canevaro y Solano, integran la Comisión Tomás Appleyard y Augusto S. Mayer.

El pueblo clamaba su terror. El gobernador delegado, don Pedro Igarzabal, con solo un empleado que continuaba consecuente a sus deberes, asistía a la Casa de Gobierno y paseaba por la soledad de sus oficinas. Unidas las manos a la espalda, como enjaulado en la vieja casa desde la que los gobernantes correntinos hicieron la provincia, era víctima de la impotencia y del desconsuelo.

Descendiente de familia patricia, de aquel diputado de Corrientes que fue -en 1828- a la Convención Nacional de Santa Fe a sostener, crónicamente enfermo, los derechos provinciales y que murió en su sillón de Representante amargado por las pasiones que chocaban preparando la dictadura, no podía ausentarse.

Sin Jefe de Policía, porque don Federico Roibon estaba atacado de la epidemia; sin ministro de Hacienda e Instrucción Pública, porque el joven abogado, doctor Juan Esteban Martínez, el titular, sufría las alternativas de la fiebre amarilla; y sin ministro de Gobierno, porque el doctor Lisandro Segovia había huido de los primeros al pueblo de San Luis del Palmar, sentía su soledad y la amargura de las horas.

Un único sostén moral encontraba el gobernante para su sacrificio y sus pesares: era el doctor José Ramón Vidal, Senador por Corrientes al Congreso de la Nación, personalidad política afirmada desde la presidencia de la Convención que reformó la Carta Orgánica de la provincia en 1864, y en varias subrogancias como Presidente legislativo, de los gobernadores correntinos.

Alto, delgado, irreprochable en la levita recta de la época, el doctor Vidal fue -en esos momentos- un exponente de las virtudes de la Humanidad.

La ciudad enarenada en todo su perímetro, o de suelo gredoso en la zona del noroeste y los bañados, obligaba al uso del caballo. La silueta del ilustrado político y generoso corazón era inconfundible para su pueblo ¡Sí, se lo amaba! Por asistirlo, no había aceptado las bien rentadas canongías del hospital, durante la tragedia de la Guerra de la Triple Alianza, y fue el médico de los pobres y de los humildes.

No obstante, sus horas eran también de los heridos cuando la enorme faena obligaba a jornadas dolorosas. Se hablaba, por ejemplo, de uno de los episodios más fantásticos de esa gesta: en uno de los acorazados brasileños, la caldera -sujeta a trabajo intensivo- había estallado; lleno de fuerzas, fueron centenares los heridos y un clamor de agonía los hombres quemados por el agua hirviente.

El hospital -organizado en el Teatro, sito frente al hogar del médico- fue durante días un infierno de imploración. El doctor Vidal envió a los suyos a su quinta, sobre el Paraná, y veló incansable sobre las víctimas de la escena dantesca del acorazado.

- “Doctor, descanse...”.

Pero las bocas imploraban y el médico reanudaba su gira, lento, afable, enhebrando el corazón de sus enfermos rugientes como fieras.

¡Si esto hiciera por otros, qué sacrificios brindaría a su pueblo! Y desde el amanecer hasta las horas de la noche, siempre correcto, de impecable levita y galera alta, visitaba los hogares. Sus dos caballos, usados alternativamente, bien conocidos, eran como el faro para los desconsuelos.

- “Por allá pasó el doctor...”.
- “Vaya y mire; ha de estar su caballo en alguna puerta”.

Y tras ése, otro; y otros mil.

“La Esperanza” -que había reducido a dos ediciones semanales su tiraje- consignaba desde el principio de la epidemia, como ejemplo, la ponencia moral de esta personalidad:

“El doctor Vidal -decía- es incansable en asistir al desvalido; él mismo prepara los remedios en la cabecera de sus enfermos, cuando no los hay”.

¡Y qué iba a haberlos! Sólo las boticas de Popolizio, de Gambarreta e Italiana, prestaban servicio. Serravalle y Quirós -que se habían ausentado- ponen a disposición de la Comisión de Salud Pública los medicamentos de sus negocios, cuando las de Popolizio y Gambarreta se clausuran por caer enfermos sus propietarios.

No bien se curan, convalecientes aún, las reabren y pasa a regentear la de Serravalle el técnico Sebastián Sastre.

El 16 de Enero, una disposición novedosa de la Comisión de Salud Pública puso su nota de vida en la ciudad sola y moribunda. Situáronse en las esquinas, en el centro del cruce de las calles, cuarterolas con alquitrán para fumigar el ambiente y, no bien puesto el sol ardiente, de ocaso breve, se les dio fuego.

La ciudad callada, que apenas si sabía en esos momentos del alumbrado a kerosene, se despertó con la ola de luz. De las casas modestas, de la gente del pueblo, uno a uno fueron desfilando los chiquillos semidesnudos, ateridos de terror, a quienes se encerraba como oro amonedado en los cuartos oscuros.

El tesoro de alegría que duerme en el fondo del corazón del niño brilló junto a las fogatas en damero de la ciudad, hacía pocos instantes silenciosa.

Tomados de la mano, saltando con el ritmo de sus cantos simples, cada sol de alquitrán tenía su corona de alegres mariposas. Y hasta tarde, hasta muy tarde, los gritos poblaron el ambiente, ahí donde las casas mejores, de las clases acomodadas, eran lóbregas en abandono y en silencio.

A fines de Enero se suspendieron estas quemazones en medio de la protesta de la opinión y de la prensa. No era economía; habíase concluido la existencia de alquitrán. El Jefe de Policía, restablecido, buscó sustituir los elementos con pastos y ramas verdes, pero el esfuerzo fue inocuo; faltaban brazos.

A los días de horno, en que los estragos de la fiebre amarilla veíanse en el movimiento de cadáveres, y en el empaque característico del miedo, siguieron las noches calladas y las luces modestas en las casas donde se velaba una vida en agonía...

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