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Insurrección. Arrestan al gobernador

La proclamación del doctor Agustín Pedro Justo como gobernador electo de la provincia, hecha el 13 de Diciembre de 1871 por el Colegio de Electores, puso un aro de hierro a la situación política. Ya no era posible un acuerdo que conservase la unidad del mitrismo o hiciese esperar la integración a breve plazo del partido liberal(1).

(1) Citado por Hernán Félix Gómez. “Ñaembé (Crónicas de la guerra de López Jordán y de la epidemia de 1871)” (1937), Buenos Aires.

Las candidaturas del coronel Fermín Alsina y del doctor Juan Eusebio Torrent, que hubiesen asegurado este último resultado, cedieron ante la presión enérgica del grupo goyano que regenteaba Baibiene y cuyas primeras figuras eran el electo doctor Justo; el doctor Juan Esteban Martínez; su hermano Plácido; don Valentín Virasoro -casado con una hermana del ex gobernador-; el elemento joven del Ejército victorioso en Ñaembé.

El 25 de Diciembre ocupó el P. E. el doctor Justo y designó ministros de Gobierno y Hacienda al doctor Juan Lagraña y al ingeniero Valentín Virasoro, llevando a la Inspección General de Escuelas a Eudoro Díaz de Vivar; a la Jefatura de Policía, a Julio Pessini; al cargo de Oficial Mayor a Plácido Martínez; en una palabra, a los hombres del Estado Mayor del baibienismo.

El Gobierno sintió el contragolpe de la opinión juzgando de sus actos. El fusionismo era una fuerza poderosa; su alejamiento de los comicios implicaba enfrentarse en protesta al Gobierno y desconocer su legalidad, algo así como tenerlo en jaque en espera de la oportunidad necesaria para desplazar a sus hombres.

El doctor Lagraña comprendió esta situación de cosas.

- “Es necesario, gobernador, que hagamos posible el acercamiento de ciudadanos de buena voluntad al régimen que inauguramos”.
- “¡Qué inauguramos..! Si es el mismo partido...”.
- “El mismo; hasta algunos hombres, como yo, que también he sido ministro del coronel Baibiene. Pero no es eso lo que deseo significar. Necesitamos una justificación del hermetismo de nuestros puntos de vista".

Lagraña convenció al gobernante. El 29 de Diciembre se daba un decreto de amnistía general para todos los delitos políticos pero, contrariando su espíritu, el P. E. se cerraba en la cuestión nombramientos; la influencia de Baibiene era -en esta materia- indiscutida y éste, como jefe de partido, situaba a sus hombres.

- La personalidad del coronel Sosa

El malestar se hizo. El coronel Desiderio Sosa, quien permanecía en la Inspección General de Armas -desde cuyo cargo había cooperado en el proceso político- se sintió molesto en ese régimen de prepotencia en que una voluntad única reveía los valores personales. En balde había silenciado cuando en el problema de las candidaturas se anuló la suya a la vicegobernación.

Su desinterés personal, que lo había llevado a conformarse con la injusticia, ya no estaba en juego. Ahora era su dignidad; veíase disminuido en autoridad moral en los ascensos y las mil cuestiones de la jerarquía militar, como si una voluntad inequívoca quisiera apartarlo del orden de cosas.

Fue a ver al gobernador Justo y planteó la situación molesta cuya sensación estaba en las cosas:

- “No, señor coronel; no es como Ud. piensa. El Gobierno se honra con su colaboración y la desea como una de sus columnas mejores. Estoy completamente a sus órdenes y todos debemos trabajar por Corrientes”.

La honrada sinceridad del jefe militar lo ató al gobernante; creyó en sus palabras, en las del ministro, doctor Lagraña, su compañero de gloria en Ñaembé, y la tranquilidad volvió a su espíritu.

Fue una íntima liberación; él sabía que Baibiene no lo estimaba completamente.. Desde los campos del Paraguay -en que habían luchado teniéndolo a sus órdenes- hasta el de Ñaembé, en que la subordinación se había invertido, veía una animosidad curiosa cuya clave no podría estar sino en las características del “Gringo”, como se llamaba a Baibiene, con afecto.

Sosa, de pura ascendencia correntina, hijo de Itatí, de los Departamentos del Norte, tenía valor, la inteligencia del táctico de nacimiento y la capacidad de ilustración del hombre que gana con la experiencia. Baibiene, más joven, hecho en la Guerra del Paraguay, en las grandes batallas, bajo las órdenes de los jefes de escuela, valiente también, de concepción fácil y de una ilustración general y abundante se creía -con respeto a Sosa- un militar de escuela.

Para encontrarse, en el proceso íntimo que define la personalidad, Baibiene se había comparado a sí mismo con Sosa, uno de los mejores jefes correntinos de la época; superarlo era indudablemente exceder la realidad y, subalternizarlo, era brillar, era ser el mejor.

Sosa tenía la intuición de este problema íntimo de Baibiene, cuyas consecuencias había sufrido desde el día siguiente de Ñaembé y, claro está, que las palabras del doctor Justo eran como una liberación para su espíritu.

Así lo hizo saber a sus amigos; así lo tradujo en sus actos. El doctor Juan Eusebio Torrent(2), su confidente, entonces senador por la provincia al Congreso de la Nación, mantenía una prescindencia pública en las cuestiones internas que tenían dividido al liberalismo.

(2) Torrent asumió como Senador Nacional el 25 de Julio de 1871. Su mandato se extenderá hasta el 30 de Abril de 1880. Era el reemplazante -por expiración del mandato- del fallecido José Ramón Vidal.

Había sido colaborador del período recién concluido pero, si era amigo de Baibiene, no había visto con buenos ojos que su candidatura a gobernador -indicada como transacción- no hubiese sido aceptada por éste, quien se jugó con Justo.

Su reserva natural, el prestigio de su ilustración y sus virtudes personales lo pusieron en una situación cómoda dentro del orden de cosas, hasta como víctima del grupo goyano que capitaneaba Baibiene. A él recurrió Sosa cuando sus amarguras y, luego, cuando su espíritu fue serenado por las manifestaciones del gobernador, doctor Justo.

Torrent conocía la preeminencia de Baibiene en el Gobierno y su rivalidad con Sosa y, claro está, que preparó al Inspector General de Armas para una decepción. Político y experto, sabía que sobre las buenas intenciones del gobernante estaban las instrucciones del jefe de la situación.

Y así fue. Dos días después, usando de sus ofrecimientos, el coronel Sosa solicitó del gobernador, doctor Justo, un cargo de Juez de Paz para un vecino espectable de Santo Tomé. Se accedió, y se nombró a otro.

- “Ud. señor gobernador, me ha prometido hacer ese nombramiento...”.
- “En efecto”.
- “¿Cómo debo entender entonces..?
- “Debo proceder como un enemigo del Gobierno...”.
- “Ud. coronel, debe proceder como desee”.

Y, claro está, que la palabra del gobernante hizo la crisis.

Se estaba sobre un volcán; Filemón Díaz de Vivar, Presidente de la Legislatura, uno de los consejeros del coronel Baibiene, intervino:

- “Es necesario detener al coronel Sosa, tratarlo como enemigo; él sólo puede ponerse al frente de la revolución”.
- “No acepto -argüía el gobernador Justo, con el apoyo de su ministro, el doctor Lagraña-; Sosa no es revolucionario, no puede serlo. Fue una víctima del fusionismo, desde la prensa y el debate público”.

Los hombres de la situación no ignoraban que las pasiones convertían a la ciudad en un volcán; era necesario restar a la oposición los hombres capaces de acaudillarla, con audacia, y se dispuso la detención del sargento mayor José Toledo.

Ardua la empresa; bajo, fuerte como un toro, y como un toro valiente, de amplia melena que casi le llegaba a los hombros, el popular caudillo no creyó en la maniobra. Estaba tan cerca Ñaembé, y él había luchado junto a Baibiene...

Tomado de sorpresa, fue llevado al Cabildo y encerrado. Pidió conferenciar con Lagraña y concurrió el ministro.

- “Doctor; esto es una canallería”.
- “No comandante; el Gobierno se previene y nada más”.
- “Ud. tiene la culpa; Ud. es la cabeza, es el brazo; si lo dejaran, sería tiránico...”.

Y Toledo, furioso, se lanzó contra el doctor Lagraña. Este no hizo armas, desde que no las tenía el prisionero pero, sujetando al atacante por la abundante melena, lo contuvo.

A los rugidos del impotente ocurrió la guardia y mientras el ministro -acentuados sus prestigios personales- se retiraba, un odio a muerte se anudó sobre su destino.

- La insurrección

Las cosas se precipitan. El 5 de Enero de 1872, el coronel Valerio Insaurralde, de gran prestigio en los Departamentos del Uruguay, se declara en rebelión y desconoce -al frente de un movimiento armado, en Curuzú Cuatiá- a las autoridades del Gobierno.

Informado el doctor Justo dos días después (7 de Enero), decreta la movilización de la Guardia Nacional de la provincia, nombrando Jefe de las fuerzas del sur del río Corriente al coronel Santiago Baibiene y, de las del norte, al vicegobernador Manuel de Jesús Calvo y, el 8, convoca a la Cámara Legislativa para el 20 de Enero, a efectos de pronunciarse sobre sus disposiciones militares.

En la madrugada del 9 de Enero de 1872 estalla el movimiento insurreccional en la capital. Convencido el coronel Sosa del repudio de que era objeto y de acuerdo a las inspiraciones secretas del doctor Torrent, aceptó ponerse al frente de la revuelta en armas y en las primeras horas de ese día concurrió al Cuartel de la tropa.

Su valor se impuso a golpes al Jefe de la Guardia, que pretendió resistir. Sosa se adueñó del espíritu de los soldados y luego del batallón íntegro. Su prestigio popular y militar lo hicieron árbitro del momento y fue asi cómo se empezó a detener y a amarrar a los dirigentes que penetraban a los Cuarteles para organizar la defensa.

Don Filemón Díaz de Vivar y el ministro, doctor Lagraña, fueron de los primeros. Lo siguió el Inspector General de  Escuelas, Eudoro Díaz de Vivar.

"La insurrección de Corrientes coincidió con la invasión de López Jordán en Entre Ríos"(3), dice Zinny.

(3) Citado por Antonio Abraham Zinny. “Historia de los Gobernadores de las Provincias Argentinas”.

Pero cabe decir que la situación exactamente no era así. En realidad, en Enero de 1872 estaba en gestación una segunda campaña de Ricardo López Jordán en Entre Ríos. Pronto, los federales de Entre Ríos -incluso los que no habían apoyado a López Jordán- lo llamaron en su auxilio.

En Marzo de 1871, López Jordán había cruzado el río Uruguay por Federación para sostener encuentros con sus partidarios y luego regresó al Brasil, instalándose en Santana do Livramento, acompañado entre otros por José Hernández -autor del "Martín Fierro"- y recién regresará a Entre Ríos el 1 de Mayo de 1873 -un año después del levantamiento de Sosa- cruzando sus fuerzas el río Uruguay en dos columnas, una por el norte de la provincia y la otra por la barra del Arroyo Palmar (dos días después ya controlaba Rosario del Tala, Gualeguay, Nogoyá, Victoria, Diamante y La Paz).

- La detención del gobernador Justo

Pero volvamos a Corrientes en Enero de 1872. Mientras Sosa tomaba control de la Guardia de tropa, el coronel Pedro Quijano -al frente de una partida- fue comisionado de la detención del gobernador, doctor Agustín P. Justo.

Con despliegue de fuerzas se rodeó la manzana, la casa y se penetró al patio. Había lujo de cautela en Quijano y no se daba un paso sin la revisión prolija de las piezas.

El doctor Justo, en su dormitorio, indefenso, desde que las fuerzas de su guardia eran las sediciosas, esperaba. Pero los minutos eran siglos. Su esposa, la señora Rolón de Justo, temperamento apasionado, no pudo aguardar ese avance de centímetro.

- “Coronel -dijo-. Aquí está mi esposo. Tómelo sin miedo”.

Así fue derrocado, el 9 de Enero de 1872, el doctor Agustín Pedro Justo por su Inspector General de Armas, coronel Desiderio Sosa, entendido con los opositores.

La noticia circuló con rapidez. Tampoco el pueblo tenía adhesión al doctor Justo, para quien encontró la grafía de su concepto.

- “Está preso el gobernador patacón...”.

Como que el patacón, el peso oro, valía 14 pesos corrientes, los catorce días del Gobierno caído.

Juanita Ratti fue de las primeras en conocer la detención del doctor Lagraña. La cocinera de la casa, mujer de uno de los soldados de policía, se encargó de informar de los detalles; al llevarle a su marido, esa noche de guardia, la llave de su rancho, antes de ir al conchavo, conoció los sucesos:

- “Niña; el doctor está preso, trincado”.
- “No es posible, Pancha”.
- “Sí niña; y también está el gobernador y un montón de personajes. Sosa se sublevó y estamos de revolución”.

Y ahí nomás los cabildeos y negociaciones.

- “¿Y tu marido?”
- “Ha de venir a mediodía un momentito...”.

Larga fue la tarea de convencer al rudo soldado.

- “No, niña; yo no sirvo para eso”.
- “Pero si no es nada; es que son capaces de matarlo. Si vos estuvieses preso, creés que Pancha debe conformarse y no pedir por vos”.
- “Claro, pero...”.
- “Mirá; dale esta carta y aquí tenés estos pesos para tus compañeros. Son pocos, porque son mis ahorros.
“Nadie sabrá nada. Te lo juro”.

Y Pancha también sumó sus ruegos.

- Justo, Lagraña y Díaz de Vivar fugan de la cárcel

Al día siguiente fue la evasión. En las primeras horas de la noche, los doctores Justo y Lagraña y Eudoro Díaz de Vivar abandonaban su prisión. El centinela de vista, completamente embriagado, pasó su carrera de baquetas aplicada con rigurosa técnica, pero los presos no fueron recobrados(4).

(4) Citado por Hernán Félix Gómez. “Ñaembé (Crónicas de la guerra de López Jordán y de la epidemia de 1871)” (1937), Buenos Aires.

Separándose al pisar la calle, por los fondos de la Policía, el depuesto gobernador Justo atrajo la atención y, aunque perseguido, pudo llegar al puerto, tomar una canoa y refugiarse en una torpedera italiana en estación venida del Paraguay.

El historiador Zinny detalla estos momentos señalando que "estando el doctor Justo preso en la Comandancia de Armas, se le permitió alejarse hasta cierta distancia, vigilado por una guardia. Tenía ya hablado un bote; como empezaba a oscurecer, pudo saltar a él sin ser notado -el día 12 de Enero- empezando a bogar con presteza".

"Dióse entonces la voz de alarma -agrega Zinny- y salieron a darle caza los botes de la Capitanía. El gobernador Justo tuvo que remar con sus propias manos para poderse escapar. Enseguida, los botes de la Capitanía emprendieron un registro sobre los buques que se hallaban en el puerto.
"No habiéndolo encontrado en los buques recorridos, se dirigieron a la cañonera italiana 'Confianza', donde se hallaba el gobernador, acompañado de su ministro Valentín Virasoro, Filemón Díaz de Vivar, presidente de la Legislatura y diez oficiales de la Guardia Nacional, pero el capitán contestó a los perseguidores que les haría fuego si intentaban penetrar en el buque, con lo que emprendieron éstos su retirada".

El 25 de Enero de 1872, Justo se trasbordó al bote de guerra brasileño “Inhauma” y el 27 de Enero llegó a Rosario, habiendo pedido la Intervención Nacional para evitar la efusión de sangre.

Mientras desde ella el gobernador Justo se dirigía a Buenos Aires, pidiendo la Intervención Federal, Lagraña y Díaz de Vivar se perdían en el suburbio marchando a incorporarse a las fuerzas que el coronel Baibiene levantara en Goya y con las que expedicionaba hacia Curuzú Cuatiá.

Antes, un paisano calmoso como una siesta, entregaba para la niña, en lo de Ratti, un pañuelo azul anudado en cruz. Dentro, entre un manojo de jazmines, decía un papel escrito con apresuramiento: “gracias mil”.

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