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La batalla del Tabaco

Resuelto a aceptar la batalla campal que habría de decidir de los destinos políticos de la provincia, el coronel Sosa eligió cuidadosamente el terreno. Ella debía darse en las proximidades del río Paraná, que ya servía de base a sus operaciones, desde que los barcos del cabotage le traían recursos para el parque y soldados para la remonta(1).

(1) Citado por Hernán Félix Gómez. “Ñaembé (Crónicas de la guerra de López Jordán y de la epidemia de 1871)” (1937), Buenos Aires.

Y como sus fuerzas eran en su casi totalidad de caballería, se hizo imprescindible encontrar un terreno que -a esta circunstancia, de su proximidad al río- ofreciera la de ser llano y alto, propicio a las cargas imponentes de las grandes masas.

Desde la Ciudad de Corrientes al sur, la margen izquierda del Paraná es barrancosa, de tierras naturalmente altas, hasta el arroyo Peguahó, límite del Tabaco, en que empiezan los carrizales del Rincón de Ceballos y de Bella Vista, hasta el límite norte de esta ciudad, o sea, 53 kilómetros de costa inaccesible.

Pero si estas tierras fáciles a las cargas de caballería eran convenientes, también era necesario evitar que el enemigo lograse establecerse cómodamente en ellas para dar la batalla, tanto porque las ventajas se igualarían cuanto porque las formaciones regulares de los infantes aguerridos de Baibiene podían resultar invencibles con el apoyo de sus poco numerosos escuadrones.

Convertido el puerto de Empedrado, a inmediaciones de cuyo núcleo urbano acampaban las fuerzas de la insurrección, en la vía de los aprovisionamientos, resultaba fácil avanzar hacia el sur, límite precisamente de esas tierras altas, para tomar al enemigo en el límite mismo de los bajíos.

Así se hizo; el arroyo González -con caudal de poca agua en los períodos de seca o durante las bajantes del Paraná- tiene un cauce inmenso y barrancoso; desagüe natural de los esteros del Peguahó y del Tabaco y enorme bahía cuando las aguas de las avenidas del Paraná se adentran en su curso para actuar -como un dique- era un precioso accidente natural para apoyo del Ejército.

A través del tiempo las aguas habían comido las tierras arcillosas vecinas y grandes cañadones y zanjas radiaban del arroyo en sus dos márgenes. Cuando, siguiendo su curso, esta característica desaparecía, empezaban las tierras bajas de las cañadas y su vegetación difícil y dura.

Apoyándose en el González, el coronel Sosa extendió sus fuerzas hacia el Paraná tomando por eje el camino tradicional de las postas, que cruza el río San Lorenzo para bifurcarse hacia Saladas y Bella Vista.

Pero, como conocía a su contendor, técnico de escuela, que así nomás no habría de aceptar el campo de batalla que le ofrecía, estudió con detención los accidentes de la cañada vecina, del oeste, único escenario que restaba a la iniciativa enemiga.

Por ello las disposiciones impartidas a los jefes fueron dobles, calculando una u otra situación de combate.

El río San Lorenzo, que nace en los malezales y bañados de Ita Ibaté y Juan Díaz y en el estero que hace frente al Rincón de Ibirá Saiyú, se encauza a contar de Paso Horqueta, de este último hasta desembocar en el Paraná Miní, después de correr 61 kilómetros.

Lo hace por un inmenso carrizal surcado de riachos que forman islas, notoriamente impracticable. La parte encauzada del San Lorenzo ofrece tres pasos característicos: el del camino de las postas -tenido en cuenta por el Ejército rebelde en su formación- y dos más hacia sus cabeceras, a 8 y 14 kilómetros del anterior.

El 2 de Marzo de 1872, el coronel Valerio Insaurralde con su división pasó a la vanguardia del Ejército sedicioso, encargado de explorar la situación del enemigo.

Diversas partidas de las tropas de Baibiene habían sido vistas al sur del San Lorenzo, tiroteándose con los escuadrones del coronel Vallejos, (a) “el Pájaro”, y era lógico el propósito de ubicar al Ejército para control de la línea de batalla.

Insaurralde cumplió su cometido. Al día siguiente, Sosa sabía con certeza los movimientos del enemigo; cruzado el San Lorenzo por los pasos del oeste, Baibiene avanzaba costeando el arroyo Peguahó para tomar por la retaguardia del flanco izquierdo la línea insurrecta.

Era la segunda situación de combate imaginada por Sosa y, una simple orden, puso a los Cuerpos en las condiciones necesarias. Los cañadones y bajíos del arroyo González se convirtieron de punto de apoyo de la línea en parte de la misma y sus bañados fueron serio obstáculo para las infanterías legalistas.

El Ejército de Baibiene -continuando su avance- llegó el día 4 a la Loma del Tabaco, extensa franja de tierras altas que emergen del bañado vecino en forma casi paralela a la formación sediciosa y la ocupó en toda su extensión.

En primera línea estaban los Cuerpos de infantería, a las órdenes de jefes excelentes como el coronel Ciriaco Torres y los sargento mayor José Martínez, Antonio Llopart, Enrique Romero, Crisóstomo Quirós, etc. El comandante Plácido Martínez -con el batallón Goya, el inimitable de Ñaembé- ocupaba el centro de la línea.

Hacia retaguardia, protegida por una islita frondosa, la caballería a las órdenes de Aniceto Monzón, esperaba las órdenes del Comando con jefes como Luis B. Azula y Juan D. Torres.

La línea insurrecta ofrecía el mismo aspecto de un Comando inteligente: formaba su centro la artillería, en brigada con la Guardia Nacional de la capital, a cargo del sargento mayor Manuel F. Rivarola, soldado santafesino, instructor hábil, de cuya suficiencia se esperaba mucho. Colaboraban en el comando de los cañones el sargento mayor Daniel L. Artaza, sereno, modesto y valiente; y el capitán Ventura Romero, viejo artillero de Caseros.

En el ala izquierda, las infanterías bísoñas de Juan Guillermo Conti, del coronel Wenceslao Martínez, de Silva, del sargento mayor José Mariano Ojeda, de Berón, de Flores y de Romero, tenían de reserva las legiones de los coroneles Marcos Azcona. Juan Carlos Romero, Luciano Cáceres y Manuel Serapio Sánchez, con jefes como los comandantes Hermenegildo Ocampo y Guillermo Conti.

En la derecha, avanzando sobre la línea de batalla, estaban las caballerías de los coroneles Valerio Insaurralde y Manuel Vallejos, impacientes las primeras por tomar el desquite de San Gerónimo.

- La batalla

Los Ejércitos se contemplaban. Uno y otro buscaban sacar partido de la situación topográfica, espera larga que llegó hasta cerca del mediodía. A esa hora, el coronel Sosa dio sus órdenes y los cañones insurreccionales empezaron a batir la Loma del Tabaco.

La situación de Baibiene fue haciéndose insostenible; sin poder acallar el fuego de la artillería, tampoco podía sufrirlo pacientemente y menos desalojar la posición ocupada; los regimientos sediciosos del ala derecha, colocados en escalones, anticipaban la tragedia para la menor flaqueza del enemigo.

Se decidió. Los clarines y los tambores tocaron paso de carga y las infanterías de Baibiene descendieron la loma, mientras la caballería de Monzón se lanzaba hacia la derecha. Sosa dio sus órdenes; el Ejército rebelde entró en acción en su totalidad, como un solo hombre; Insaurralde y Vallejos -al frente de los escuadrones de la derecha- se volcaron por el flanco de las infanterías en movimiento, llevándose algunas unidades por delante.

Las caballerías de Baibiene, sorprendidas, sin tiempo para concluir su formación de ataque, se dispersan y son lanceadas por la espalda.

Hacia la derecha de Baibiene la lucha es ruda. Apenas han hecho sus infantes un tercio del camino cuando chocan con los regimientos del coronel Marcos Azcona y el bizarro Juan Carlos Romero. Ambos caen heridos; los comandantes Ocampo y Conti los reemplazan y las cargas se suceden sobre la línea misma de los cuadros...

Es lucha de fusil contra lanza; en el ímpetu, los potros no ceden al tableteo de las descargas; vienen como un huracán y si las bayonetas -como último recurso- entran en juego, las lanzas no ceden y se entierran en las filas.

- “¡Adelante!”
- “¡Firmes!”

Las infanterías resisten. Como un dios de la guerra, valiente como ninguno, el mayor Juan Lagraña toma el mando de la derecha. Un nuevo alud de jinetes y a lanza seca -al decir de los valientes- las líneas se quiebran. Cae Lagraña. Ya los caballos han pasado y se pierden para reorganizarse a retaguardia.

En el centro, la escena es otra. Ahí están las infanterías veteranas, el Goya, celebrado por su valor y disciplina. Ante su empuje, el sargento mayor Rivarola -de la artillería- abandona sus cañones y huye; su cientifismo no cuenta con el fuerte puntal de un corazón hecho a martillo y desde ese día conquista de la voz popular el apoyo de “papas queman”.

Pero los cañones no se pierden; Artaza, tranquilo en medio del horror de los disparos, arenga a los soldados; de nuevo los cañones se enfilan y rugen... El Goya se ha detenido; no es el temor, porque a Plácido Martínez no arredran las caballerías; es que simultáneamente a su avance, la Guardia Nacional de la capital, a las órdenes del mayor Juan G. Berón, también arrancaba de la línea insurrecta y los dos Cuerpos se tocan en sus flancos.

En vez de continuar, Berón cambia el frente y se lanza sobre el Goya. Ya eso es un montón de hombres; Artaza eleva la mira; en el entrevero de los infantes no puede intervenir con sus cañones: tira lejos, hacía las líneas bases del Ejército de Baibiene.

Las infanterías bisoñas de la izquierda sediciosa empiezan a ceder. En balde el sargento mayor José Toledo -bravo como un león- ruge e increpa; circula -como para agotar las energías de la reacción- la noticia de que el jefe, Wesceslao Martínez, ha sido preso por los baibienistas.

Sosa da nuevas órdenes; es necesaria cargar a las infanterías veteranas que mantienen la resistencia y los regimientos de la izquierda se organizan en escuadrones.

Pero un suceso inesperado abrevia el cuadro. El coronel Baibiene que con dos ayudantes avanzara sobre la línea de fuego, se enfrenta coincidentemente con el coronel Valerio Insaurralde y su escolta. El vencedor de Siete Arboles reconoce al caudillo legalista y se adelanta al galope, lanza en ristre:

- “Así te quería encontrar, Gringo”.

Baibiene reacciona del estupor de la sorpresa y todo su orgullo de militar y de varón estalla. Se ve indefenso y se arroja del caballo. Y duro increpa:

- “Lancéeme, coronel”.

Insaurralde sofrena el potro, dócil a su mano de hierro y, clavando la lanza en tierra grita:

- “Yo no asesino, me bato; ríndase coronel”.

Baibiene se entrega y la noticia va corriendo en la línea. El Estado Mayor de Insaurralde rodea al grupo. El coronel Sosa con sus ayudantes concurre a gran galope. Se saludan los jefes y hay en la fisonomía del uno serenidad y en la del otro enorme dolor.

El cielo ha sumado a la lucha de los hombres sus elementos. Un viento huracanado con fuerte lluvia azota a los guerreros y toma de frente a los batallones de Baibiene. Van formándose los cuadros y en ellos buscan protección los heridos.

Con el rostro destrozado, el mayor Juan Lagraña está junto a Plácido Martínez; los soldados han hecho una línea de pechos infranqueables mientras los tambores tocan a reunión.

El coronel Baibiene ve la inutilidad del esfuerzo y ofrece la capitulación del Ejército con honor para sus soldados y garantía para sus vidas. Sosa acepta y esta vez las armas silencian y los odios se aplacan.

Pero el cielo sigue con su furor de viento y de lluvia. La zona baja de la batalla, enorme receptáculo hacia donde corren las aguas pluviales, va inundándose y es un problema el de los heridos y los muertos.

Por los largos caminos, hacia Empedrado, marcha la columna de vencidos; han depuesto sus armas y buscan la paz de una noche junto a los fogones hospitalarios. Se trabaja de firme y se atesora el armamento conquistado, el parque abundante, las caballadas numerosas.

¿Y el Jefe del Ejército?

Lejos del campo de batalla, el coronel Raimundo F. Reguera con su escolta esperaba los Informes de su Jefe de Estado Mayor, el coronel Sosa. Estaba sobre el camino a la capital, resguardado por un extenso naranjal, y a él llegaba el fragor de la lucha y los gritos de las cargas.

De pronto, por la huella carretera, densa nube de polvo: ¡Los primeros derrotados!

Un abismo la emoción de ansiedad y de temor. Gritos...

- “¡A caballo!”

Más gritos.

De la nube de polvo se adelanta un jinete como una tromba:

- “Coronel: ña triunfé co. Ro mo rendí Baibiene-pe” (Coronel; hemos ganado; lo tenemos rendido a Baibiene).
- “¿Nde re-irí-pá?” (Dígame si no miente).
- “Nda e reírí, che rubichá. Roi pig-jig ha ro güerecó preso” (No miento mi jefe; lo tenemos preso al Gringo).
- “E jura” (Jurá entonces).
- “A juré” (Juro).
- “E jurá yeig ya hechá” (Jurá otra vez).

..............................................................

Esta vez creyó el coronel Reguera al informante.

- “¡Escuadrón, al galope!”

Y la escolta, lista para la retirada, marchó al campo de batalla donde, junto a los laureles, se había puesto la oliva de la paz.

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