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Guerra civil. La batalla del Tabaco

- Baibiene se arma

Mientras el presidente Domingo F. Sarmiento daba la callada por respuesta a las solicitaciones del doctor Agustín Pedro Justo -de que interviniese a la provincia- el coronel Santiago Baibiene tomaba sobre sí la tarea de reponer el régimen político mitrista.

Reuniendo en Goya una fuerte columna, casi toda de infantería, arma considerada decisiva a raíz de la experiencia en la guerra del Paraguay, marcha hacia Curuzú Cuatiá convencido del triunfo final.

Las caballerías de milicianos, mal armados, nada podrían ante la técnica cuidadosa que él ponía en sus operaciones, tanto más cuanto los sediciosos sólo contaban con el batallón de la Capital, como fuerza experta y veterana.

En sus cálculos, la reconquista de la Ciudad de Corrientes -sujeta al régimen militar provisorio del coronel Desiderio A. Sosa- era de fácil ejecución, desde que aquél jefe no saldría a campaña; dominados los Departamentos, la capital caería con esfuerzo fácil.

- El Triunvirato provisorio

Sus cálculos fueron erróneos. El coronel Sosa fue, en efecto, el jefe militar del movimiento, pero lo fue antes que por ambición personal, por despecho a quienes no consideraron su personalidad respetable.

Sin aspiraciones, sabiendo que un régimen militar no contaría con la adhesión del pueblo, ni de los partidos y, sobre todo, que no cabía dictadura ahí donde se hablaba de reconquista de la soberanía, organizó -por decreto del 12 de Enero de 1872- un Gobierno provisorio, entregando el poder a tres ciudadanos, representativos de las tres tendencias que integraban el fusionismo: fueron Gregorio Pampín, liberal; Tomás Vedoya, nacionalista o federal; y el doctor Emilio Díaz, partidario del grupo de Guastavino, desplazado por Baibiene.

Sosa salió de la Capital con las fuerzas que pudo reunir, congregando a los jefes departamentales que, con enorme entusiasmo, se habían declarado por la insurrección. El coronel Reguera, avecindado en sus establecimientos ganaderos de San Roque, fue uno de los primeros en ponerse en armas, arrastrando a todo ese Departamento.

El coronel Marcos Azcona -una de las lanzas formidables de Corrientes- se pronuncia en Mercedes, mientras los de igual grado, Manuel Vallejos (a) “el Pájaro”, y Manuel Serapio Sánchez, levantan los vecindarios de Itatí y San Cosme.

La situación estratégica de estas localidades convertía a estos pronunciamientos -con Curuzú Cuatiá, donde el coronel Insaurralde ya estaba en armas- en algo así como los hitos de un levantamiento generalizado.

- Un cambio de paradigma

Entre 1868 y 1872 ocurrieron notables cambios en el escenario nacional y en la vida política de la provincia. La Guerra del Paraguay marcó un revés en el liderazgo nacional de Bartolomé Mitre y también aceleró la erosión de la base de poder de Justo José de Urquiza, cuyo corolario fue su asesinato en 1870.

La muerte del caudillo entrerriano constituyó un mojón que marcó el fin del federalismo y la desaparición del principal obstáculo para la formación de un partido político nacional que pudiera integrar a liberales y federales, llamado más tarde “autonomismo”, el cual comenzó a cobrar forma con la puesta en marcha de la candidatura a la presidencia de Nicolás Avellaneda.

Todos estos eventos impactaron notablemente en la conformación y reestructuración de los elencos políticos del Litoral. Desde 1868 hasta 1872, el Gobierno Provincial correntino estuvo dominado por un sector estrechamente vinculado a Bartolomé Mitre, en el que se destacaban varios oficiales del ejército de línea que habían combatido bajo sus órdenes en la Guerra del Paraguay, como el gobernador Santiago Baibiene(1).

(1) G. Grecco, (2014). El control público del libro y la prensa en el Brasil del siglo XIX y del primer tercio del siglo XX. Oficina do Historiador, 7 (1), 43-62. Recuperado de http://revistaseletronicas.pucrs.br/ojs/index.php/oficinadohistoriador/article/view/13818/11554. // Citado por Raquel Bressan. “Libertad de imprenta y exilio. Corrientes (1858-1881)”. https://cerac.unlpam.edu.ar/index.php/quintosol/article/view/2661/3633.

Durante esos años, Baibiene restringió progresivamente el acceso a los cargos políticos, los cuales pasaron a ser ocupados por los sectores a los que él consideraba más leales. Estas prácticas provocaron un profundo malestar al interior del liberalismo y dieron lugar a la formación de un nuevo grupo, que adoptó el nombre de fusionismo.

De forma similar a otras agrupaciones partidarias del Interior, se reunió bajo esta denominación a diferentes figuras que habían participado de las filas del liberalismo y del federalismo en la década de 1860, pero que buscaban conformar un movimiento nacional que no estuviese bajo la tutela del líder porteño (Barba, 1989; Bressan, 2016). Esta nueva agrupación entabló, desde 1870, una fuerte disputa con el sector gobernante, cuyo resultado fue el derrocamiento de Agustín Pedro Justo, en Enero de 1872, a pocos días de asumir como gobernador.

No obstante, la pluralidad de adhesiones partidarias que caracterizó a los miembros del fusionismo, conllevaba en su propia estructura y funcionamiento ciertas tensiones internas que, en el corto plazo, se tornaron irresolubles. Hacia 1876, aquellas divisiones cristalizaron en la formación de dos agrupaciones, denominadas autonomistas y nacionalistas. Los primeros serán exiliados de la provincia tras el desenlace de la insurrección de 1878.

- Guerra civil. Derrota y prisión del vicegobernador Calvo

El 11 de Enero de 1872, los coroneles Reguera y Juan C. Romero cayeron sobre el caudillo baibienista coronel Acuña, derrotándolo en Paso del Medio. Pocos días después, el mismo Reguera -con la cooperación de otros jefes sediciosos-, como Ocampo, Duarte, Méndez, Núñez y Salas, encerraba en un círculo infranqueable al coronel Calvo, jefe de las milicias del norte del río Corriente y vicegobernador, rindiéndolo en Laguna Candé.

Calvo fue tomado prisionero junto con los coroneles Eustaquio Acuña, Leyes y Verón, el comandante Aguirre y cerca de 300 oficiales y soldados.

Estas pequeñas victorias animaron a los rebeldes. Reunidos los jefes militares, el 1 de Febrero, en el campo de Ibaviyú, designaron al coronel Reguera, Jefe del Ejército.

El coronel Desiderio Sosa, acampado en las proximidades del Oratorio de Rolón, no vio con buenos ojos el nombramiento. Su grado militar obtenido en acciones de guerra, su carácter de jefe militar de la insurrección del 9 de Enero y, más que todo, el saberse no muy bien querido en las filas del fusionismo, pusieron en su espíritu una nota de amargura.

Se dirigió hacia Goya a establecer nuevas autoridades -foco del poderío de Baibiene- llevando el cuerpo de veteranos de la Capital, dos piezas de artillería -a las órdenes del coronel Artaza- y el cuerpo formado con los presos de la Capital, con la jefatura del coronel José Toledo, sacado por los insurrectos de la cárcel.

- San Gerónimo

Allí supo la derrota de San Gerónimo. El Ejército insurrecto de Reguera y el legalista de Baibiene habían chocado -por sorpresa- en ese punto, situado como a tres leguas de Curuzú Cuatiá, el 6 de Febrero de 1872, aprovechándose el último de la topografía, al ocupar un bosque fragoso, del que dispersó a buena parte de las fuerzas comandadas por Reguera.

Un fuerte de 3.000 hombres -de las fuerzas reaccionarias- se enfrentaron a 4.000 -respondiendo al gobernador legal- al mando del citado coronel Santiago Baibiene(2).

(2) Citado por Antonio Abraham Zinny. “Historia de los Gobernadores de las Provincias Argentinas”.

Las divisiones de Insaurralde y Azcona habían salvado con escasa pérdida, incluso dos pequeños pero bravos batallones de infantería. San Gerónimo dejó un saldo 100 hombres muertos entre las fuerzas de la insurrección.

El desaliento cundió en las filas de la sedición y de todas partes se contempló al coronel Sosa como el jefe experto y de escuela que podía dar formas regulares a la resistencia y vencer en estrategia al coronel Baibiene.

La rivalidad personal de estos dos veteranos de la guerra del Paraguay pondría en el drama el sello del esfuerzo individual máximo y, era, para el levantamiento, prenda de fidelidad completa.

- Sosa en el mando supremo de las fuerzas reaccionarias

Sosa respondió al reclamo general. Con los mayores Artaza y Toledo, llevando todas las existencias del parque, sale de Goya hacia Paso Santillán, del río Corriente; se vuelve hacia Cafarreño, en el Departamento de Santa Lucía, y ahí incorpora las fuerzas derrotadas en San Gerónimo, de Reguera.

Se mueve hacia Cerrito, se le agregan las caballerías de Insaurralde y, con el Ejército en reorganización, va hacia San Roque.

Baibiene con sus fuerzas, estaba en seguimiento de los insurrectos; Sosa vio la necesidad de retardarlo en su marcha, en espera de valiosas incorporaciones y de pertrechos que se enviaban desde la Capital y, como los insurrectos eran superiores en caballería, la guerra de recursos, de sorpresas, de emboscadas, de arreo de ganado, de cuánto se imagina para perturbar las columnas en el camino y en la paz de los vivaques, fue ejercitada con amplitud.

Así llegó el Ejército -que Sosa comandaba- con el título de 2do. Jefe, y cuya jefatura nominal era de Reguera, hasta el Rincón de Mantilla, en el Departamento de Empedrado donde, ya ajustados sus resortes, distribuido y mejorado el armamento y elevado su número a tres mil quinientos combatientes, se lo creyó en condiciones de disputar el triunfo con probabilidades de éxito.

Resuelto a aceptar la batalla campal que habría de decidir de los destinos políticos de la provincia, el coronel Sosa eligió cuidadosamente el terreno. Ella debía darse en las proximidades del río Paraná, que ya servía de base a sus operaciones, desde que los barcos del cabotaje le traían recursos para el parque y soldados para la remonta(3).

(3) Citado por Hernán Félix Gómez. “Ñaembé (Crónicas de la guerra de López Jordán y de la epidemia de 1871)” (1937), Buenos Aires.

Y como sus fuerzas eran, en su casi totalidad, de caballería, se hizo imprescindible encontrar un terreno que -a esta circunstancia, de su proximidad al río- ofreciera la de ser llano y alto, propicio a las cargas imponentes de las grandes masas.

Desde la Ciudad de Corrientes al sur, la margen izquierda del Paraná es barrancosa, de tierras naturalmente altas, hasta el arroyo Peguahó, límite del Tabaco, en que empiezan los carrizales del Rincón de Ceballos y de Bella Vista, hasta el límite norte de esta ciudad, o sea, 53 kilómetros de costa inaccesible.

Pero si estas tierras, fáciles a las cargas de caballería, eran convenientes, también era necesario evitar que el enemigo lograse establecerse cómodamente en ellas para dar la batalla, tanto porque las ventajas se igualarían, cuanto porque las formaciones regulares de los infantes aguerridos de Baibiene podían resultar invencibles con el apoyo de sus poco numerosos escuadrones.

Convertido el puerto de Empedrado, a inmediaciones de cuyo núcleo urbano acampaban las fuerzas de la insurrección, en la vía de los aprovisionamientos, resultaba fácil avanzar hacia el sur, límite precisamente de esas tierras altas, para tomar al enemigo en el límite mismo de los bajíos.

Así se hizo; el arroyo González -con caudal de poca agua en los períodos de seca o durante las bajantes del Paraná- tiene un cauce inmenso y barrancoso; desagüe natural de los esteros del Peguahó y del Tabaco y enorme bahía cuando las aguas de las avenidas del Paraná se adentran en su curso para actuar -como un dique-, era un precioso accidente natural para apoyo del Ejército.

A través del tiempo, las aguas habían comido las tierras arcillosas vecinas y grandes cañadones y zanjas radiaban del arroyo en sus dos márgenes. Cuando, siguiendo su curso, esta característica desaparecía, empezaban las tierras bajas de las cañadas y su vegetación difícil y dura.

Apoyándose en el González, el coronel Sosa extendió sus fuerzas hacia el Paraná tomando por eje el camino tradicional de las postas, que cruza el río San Lorenzo para bifurcarse hacia Saladas y Bella Vista.

Pero, como conocía a su contendor, técnico de escuela, que así nomás no habría de aceptar el campo de batalla que le ofrecía, estudió con detención los accidentes de la cañada vecina, del oeste, único escenario que restaba a la iniciativa enemiga. Por ello las disposiciones impartidas a los jefes fueron dobles, calculando una u otra situación de combate.

El río San Lorenzo, que nace en los malezales y bañados de Ita Ibaté y Juan Díaz y en el estero que hace frente al Rincón de Ibirá Saiyú, se encauza a contar de Paso Horqueta, de este último hasta desembocar en el Paraná Miní, después de correr 61 kilómetros.

Lo hace por un inmenso carrizal surcado de riachos que forman islas, notoriamente impracticable. La parte encauzada del San Lorenzo ofrece tres pasos característicos: el del camino de las postas -tenido en cuenta por el Ejército rebelde en su formación- y dos más hacia sus cabeceras, a 8 y 14 kilómetros del anterior.

El 2 de Marzo de 1872, el coronel Valerio Insaurralde con su división pasó a la vanguardia del Ejército sedicioso, encargado de explorar la situación del enemigo.

Diversas partidas de las tropas de Baibiene habían sido vistas al sur del San Lorenzo, tiroteándose con los escuadrones del coronel Vallejos, (a) “el Pájaro”, y era lógico el propósito de ubicar al ejército para control de la línea de batalla.

Insaurralde cumplió su cometido. Al día siguiente, Sosa sabía con certeza los movimientos del enemigo; cruzado el San Lorenzo por los pasos del oeste, Baibiene avanzaba costeando el arroyo Peguahó para tomar por la retaguardia del flanco izquierdo la línea insurrecta.

Era la segunda situación de combate imaginada por Sosa y, una simple orden, puso a los cuerpos en las condiciones necesarias. Los cañadones y bajíos del arroyo González se convirtieron de punto de apoyo de la línea en parte de la misma y sus bañados fueron serio obstáculo para las infanterías legalistas.

El ejército de Baibiene -continuando su avance- llegó el día 4 a la Loma del Tabaco, extensa franja de tierras altas que emergen del bañado vecino en forma casi paralela a la formación sediciosa y la ocupó en toda su extensión.

En primera línea estaban los cuerpos de infantería, a las órdenes de jefes excelentes como el coronel Ciriaco Torres y los sargento mayor José Martínez, Antonio Llopart, Enrique Romero, Crisóstomo Quirós, etc. El comandante Plácido Martínez -con el batallón Goya, el inimitable de Ñaembé- ocupaba el centro de la línea.

Hacia retaguardia, protegida por una islita frondosa, la caballería a las órdenes de Aniceto Monzón esperaba las órdenes del Comando con jefes como Luis B. Azula y Juan D. Torres.

La línea insurrecta ofrecía el mismo aspecto de un comando inteligente: formaba su centro la artillería, en brigada con la Guardia Nacional de la capital, a cargo del sargento mayor Manuel F. Rivarola, soldado santafesino, instructor hábil, de cuya suficiencia se esperaba mucho. Colaboraban en el comando de los cañones el sargento mayor Daniel L. Artaza, sereno, modesto y valiente; y el capitán Ventura Romero, viejo artillero de Caseros.

En el ala izquierda, las infanterías bísoñas de Juan Guillermo Conti, del coronel Wenceslao Martínez, de Silva, del sargento mayor José Mariano Ojeda, de Berón, de Flores y de Romero, tenían de reserva las legiones de los coroneles Marcos Azcona. Juan Carlos Romero, Luciano Cáceres y Manuel Serapio Sánchez, con jefes como los comandantes Hermenegildo Ocampo y Guillermo Conti.

En la derecha, avanzando sobre la línea de batalla, estaban las caballerías de los coroneles Valerio Insaurralde y Manuel Vallejos, impacientes las primeras por tomar el desquite de San Gerónimo.

- La batalla

Los ejércitos se contemplaban. Uno y otro buscaban sacar partido de la situación topográfica, espera larga que llegó hasta cerca del mediodía. A esa hora, el coronel Sosa dio sus órdenes y los cañones insurreccionales empezaron a batir la Loma del Tabaco.

La situación de Baibiene fue haciéndose insostenible; sin poder acallar el fuego de la artillería, tampoco podía sufrirlo pacientemente y menos desalojar la posición ocupada; los regimientos sediciosos del ala derecha, colocados en escalones, anticipaban la tragedia para la menor flaqueza del enemigo.

Se decidió. Los clarines y los tambores tocaron paso de carga y las infanterías de Baibiene descendieron la loma, mientras la caballería de Monzón se lanzaba hacia la derecha. Sosa dio sus órdenes; el Ejército rebelde entró en acción en su totalidad, como un solo hombre; Insaurralde y Vallejos -al frente de los escuadrones de la derecha- se volcaron por el flanco de las infanterías en movimiento, llevándose algunas unidades por delante.

Las caballerías de Baibiene, sorprendidas, sin tiempo para concluir su formación de ataque, se dispersan y son lanceadas por la espalda.

Hacia la derecha de Baibiene la lucha es ruda. Apenas han hecho sus infantes un tercio del camino cuando chocan con los regimientos del coronel Marcos Azcona y el bizarro Juan Carlos Romero. Ambos caen heridos; los comandantes Ocampo y Conti los reemplazan y las cargas se suceden sobre la línea misma de los cuadros...

Es lucha de fusil contra lanza; en el ímpetu, los potros no ceden al tableteo de las descargas; vienen como un huracán y si las bayonetas -como último recurso- entran en juego, las lanzas no ceden y se entierran en las filas.

- “¡Adelante!
- “¡Firmes!

Las infanterías resisten. Como un dios de la guerra, valiente como ninguno, el mayor Juan Lagraña toma el mando de la derecha. Un nuevo alud de jinetes y a lanza seca -al decir de los valientes- las líneas se quiebran. Cae Lagraña. Ya los caballos han pasado y se pierden para reorganizarse a retaguardia.

En el centro, la escena es otra. Ahí están las infanterías veteranas, el Goya, celebrado por su valor y disciplina. Ante su empuje, el sargento mayor Rivarola -de la artillería- abandona sus cañones y huye; su cientifismo no cuenta con el fuerte puntal de un corazón hecho a martillo y desde ese día conquista de la voz popular el apoyo de “papas queman”.

Pero los cañones no se pierden; Artaza, tranquilo en medio del horror de los disparos, arenga a los soldados; de nuevo los cañones se enfilan y rugen... El Goya se ha detenido; no es el temor, porque a Plácido Martínez no arredran las caballerías; es que simultáneamente a su avance, la Guardia Nacional de la capital, a las órdenes del mayor Juan G. Berón, también arrancaba de la línea insurrecta y los dos cuerpos se tocan en sus flancos.

En vez de continuar, Berón cambia el frente y se lanza sobre el Goya. Ya eso es un montón de hombres; Artaza eleva la mira; en el entrevero de los infantes no puede intervenir con sus cañones: tira lejos, hacía las líneas bases del ejército de Baibiene.

Las infanterías bisoñas de la izquierda sediciosa empiezan a ceder. En balde el sargento mayor José Toledo -bravo como un león- ruge e increpa; circula -como para agotar las energías de la reacción- la noticia de que el jefe, Wesceslao Martínez, ha sido preso por los baibienistas.

Sosa da nuevas órdenes; es necesaria cargar a las infanterías veteranas que mantienen la resistencia y los regimientos de la izquierda se organizan en escuadrones.

Pero un suceso inesperado abrevia el cuadro. El coronel Baibiene que, con dos ayudantes, avanzara sobre la línea de fuego, se enfrenta coincidentemente con el coronel Valerio Insaurralde y su escolta. El vencedor de Siete Arboles reconoce al caudillo legalista y se adelanta al galope, lanza en ristre:

- “Así te quería encontrar, Gringo”.

Baibiene reacciona del estupor de la sorpresa y todo su orgullo de militar y de varón estalla. Se ve indefenso y se arroja del caballo. Y duro increpa:

- “Lancéeme, coronel”.

Insaurralde sofrena el potro, dócil a su mano de hierro y, clavando la lanza en tierra grita:

- “Yo no asesino, me bato; ríndase coronel”.

Baibiene se entrega y la noticia va corriendo en la línea. El Estado Mayor de Insaurralde rodea al grupo. El coronel Sosa con sus ayudantes concurre a gran galope. Se saludan los jefes y hay, en la fisonomía del uno, serenidad y, en la del otro, enorme dolor.

El cielo ha sumado a la lucha de los hombres sus elementos. Un viento huracanado con fuerte lluvia azota a los guerreros y toma de frente a los batallones de Baibiene. Van formándose los cuadros y en ellos buscan protección los heridos.

Con el rostro destrozado, el mayor Juan Lagraña está junto a Plácido Martínez; los soldados han hecho una línea de pechos infranqueables mientras los tambores tocan a reunión.

El coronel Baibiene ve la inutilidad del esfuerzo y ofrece la capitulación del ejército con honor para sus soldados y garantía para sus vidas. Sosa acepta y esta vez las armas silencian y los odios se aplacan.

Pero el cielo sigue con su furor de viento y de lluvia. La zona baja de la batalla, enorme receptáculo hacia donde corren las aguas pluviales, va inundándose y es un problema el de los heridos y los muertos.

Por los largos caminos, hacia Empedrado, marcha la columna de vencidos; han depuesto sus armas y buscan la paz de una noche junto a los fogones hospitalarios. Se trabaja de firme y se atesora el armamento conquistado, el parque abundante, las caballadas numerosas.

¿Y el Jefe del Ejército?

Lejos del campo de batalla, el coronel Raimundo F. Reguera, con su escolta, esperaba los Informes de su Jefe de Estado Mayor, el coronel Sosa. Estaba sobre el camino a la Capital, resguardado por un extenso naranjal, y a él llegaba el fragor de la lucha y los gritos de las cargas.

De pronto, por la huella carretera, densa nube de polvo: ¡Los primeros derrotados!

Un abismo la emoción de ansiedad y de temor. Gritos...

- “¡A caballo!

Más gritos.

De la nube de polvo se adelanta un jinete como una tromba:

- “Coronel: ña triunfé co. Ro mo rendí Baibiene-pe” (Coronel; hemos ganado; lo tenemos rendido a Baibiene).
- “¿Nde re-irí-pá?” (Dígame si no miente).
- “Nda e reírí, che rubichá. Roi pig-jig ha ro güerecó preso” (No miento mi jefe; lo tenemos preso al Gringo).
- “E jura” (Jurá entonces).
- “A juré” (Juro).
- “E jurá yeig ya hechá” (Jurá otra vez).

..............................................................

Esta vez creyó el coronel Reguera al informante.

- “¡Escuadrón, al galope!

Y la escolta, lista para la retirada, marchó al campo de batalla donde, junto a los laureles, se había puesto la oliva de la paz.

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