El contenido de esta página requiere una versión más reciente de Adobe Flash Player.

Obtener Adobe Flash Player

Las consecuencias de la batalla del Tabaco

Requerida la Intervención Nacional por el gobernador depuesto, Agustín Pedro Justo, le fue negada. Los insurrectos y los sostenedores de la autoridad depuesta, levantaron Ejércitos, que dieron las sangrientas batallas de San Gerónimo (Febrero) y Tabaco (4 de Marzo), obteniendo triunfo completo los primeros.

Llevada más tarde la cuestión al Congreso Nacional, este poder respetó la obra insurreccional.

La rebelión obtuvo un triunfo decisivo ll 4 de Marzo de1872, en los campos de Acosta, a media legua de Empedrado, en la Cabaña del Tabaco, tuvo lugar una sangrienta batalla, dispersándose la caballería del Ejército legal y triunfando la infantería pero, falto de municiones, fue obligado Santiago Baibiene a capitular(1).

(1) Citado por Antonio Zinny. “Historia de los Gobernadores de las Provincias Argentinas” (1987), Ed. Hyspamérica.

Este desgraciado suceso costó al Ejército de Baibiene la pérdida de más de 150 hombres muertos, como 400 heridos, entre éstos el doctor Juan Lagraña (habiendo fallecido de las heridas recibidas el 12 del mismo mes) y, entre aquéllos, los doce Jefes siguientes: José Vicente Gómez, uno de los héroes de la defensa de Curuzú Cuatiá; Caro Martínez, Angel Martínez, Celedonio Ojeda, Marcos Núñez, Juan y Sinforoso Valenzuela, hermanos; José Carreras, Pedro Igarzábal, hijo del mártir (en San Gerónimo); Zenón Correa, Manuel José Silva, Angel Niella y N. Borda; y los de la insurrección, el mayor Suárez y los capitanes Avalos y Aguirre.

El combate empezó a las 14:00 y terminó a las 16:00, con la rendición del coronel Baibiene y toda su infantería y los principales jefes de caballería.

El coronel Desiderio Sosa, jefe del movimiento, dio libertad a todos los prisioneros, conducta que no mereció la aprobación de los otros jefes. Baibiene, por disposición de Sosa, tuvo que ausentarse de la provincia por algún tiempo.

A los cinco días después del combate, que no se evitó "por las altas razones de conveniencia pública", llegaron a Corrientes, comisionados por el Gobierno Nacional, los señores, doctor Santiago Cortínez -entonces Contador Mayor de la Nación y luego Presidente de la Contaduría- y el coronel (luego General y ministro de Guerra), Julio Argentino Roca, en oportunidad para informar al Gobierno Nacional del desenlace de los sucesos.

Por una triste coincidencia, en la misma fecha de la llegada de la Comisión Nacional a Corrientes (9 de Marzo de 1872), el Juez de Paz del Departamento Curuzú Cuatiá daba un Edicto imponiendo el uso del célebre cintillo colorado, en estos términos:

“El Juez de Paz del Departamento.
“Por el presente Edicto se ordena a todo ciudadano argentino, residente en esta Villa y su Departamento -sin excepción de categoría- se coloque el cintillo punzó, previniendo que desde mañana, 10 del corriente, a todo aquél que se toma sin él, será conducido a disposición del Jefe Militar.
“Corrientes, Marzo 9 de 1872.
“José Francisco Maciel - Juez de Paz”.

A pesar de todo, el doctor Agustín Pedro Justo sostuvo su derecho al Gobierno de Corrientes, pero sin resultado práctico.

En el Congreso, el doctor Justo no fue más feliz. En la sesión del 17 de Agosto (1872), en que fue interpelado el ministro de Guerra y Marina, el Senador por Corrientes, doctor Juan Eusebio Torrent, haciendo una reseña de los servicios del coronel Baibiene que, con las armas, defendió el Gobierno legal del doctor Justo hasta caer vencido, trató de probar que Baibiene fue víctima de una hostilidad directa y premeditada del Gobierno Nacional, a quien hizo cargos de haber ayudado a la insurrección de Corrientes.

- La suerte del ex ministro Lagraña

La concentración de los vencidos del Tabaco en Empedrado permitió ofrecer a sus heridos -junto al auxilio de la ciencia- los de la amistad y la camaradería. El doctor Juan Lagraña, Jefe de Estado y ex ministro del régimen de hombres depuestos, fue objeto de las mayores atenciones y, por su estado, se resolvió de inmediato su traslado a la capital.

Allí había más recursos y, como decía el cirujano militar, la posibilidad de cuidados delicadísimos que sólo manos cariñosas podían depararle.

El viaje por río, en el vapor “Teresa”, habilitado para los heridos más graves, fue un infierno por el calor y el hacinamiento. Vivar, generoso, acompañaba al amigo herido:

- “Leo en tus ojos, Juan”.
- “No hables. ¿Para qué? Demasiado se conocen nuestras almas. Pero nada es definitivo; rápida será tu curación y más breve aún habrá de reconstruirse nuestro valimento”.
- “Agua...”.

Sólo su poderosa voluntad sostenía íntegro a Lagraña. Si herido en el combate pudo mantenerse en pie incorporándose con sus últimos soldados al Goya, la capitulación no le dio instantes tranquilos.

- “Primero los otros”.
- “No; esos heridos son más graves”.

Y afirmaba su vendaje con pañuelos. Un fuerte lanzazo que penetrara cerca del mentón había desgarrado su carrillo derecho hasta la parte inferior del ojo y, por un milagro, no había lesionado el grupo de arterias de la sien.

La inflamación le llegaba a los ojos y convertía a su rostro en algo enorme de horror y de fealdad. Lejos la fisonomía serena y altiva del tribuno; lejos su barba negra, cuidadosamente recortada, acentuando la personalidad varonil del conjunto; lejos también el encanto de su fisonomía en que estaban como impresas la imaginación y la voluntad.

Era como un despojo; los dioses que habían llevado a su cuna modesta dones suficientes para que se encumbrara hasta las clases dirigentes y fuese en ellas como un retoño, habíanle quitado su protección milagrosa. Y él, varón de quilate, sabía la longitud de su caída.

Ayer, brazo derecho del gobernante, hombre de confianza en cuya voluntad, inteligencia y valor radicaba un régimen político, amado por su valía y por su masculinidad. Hoy ... hoy estaba oscurecido el sol.

Un triunfo militar decisivo cortaba de raíz su carrera que había sido -hasta ese instante- linea ascendente; sobre su personalidad política habíanse sumado resentimientos y responsabilidades; su valor personal lo había convertido en el hombre de acción del Gobierno.

Ministro de Baibiene y de Justo, se veía en él al hacedor. Acaso su palabra en el debate de los comités y de los clubes, ¿no había sido siempre severa para el enemigo y consecuente para los actos ejecutados por los poderes públicos?

¡Y qué podía esperar -y esto lo sabía bien, en carne propia- de una situación política nacida de la reacción más cruda, en que se sumaban ambiciones y odios!

Pobre, ascendiendo desde abajo, jamás pensó en la encrucijada que le presentaba la fatalidad. El se había ido jugando siempre a una carta; jamás atesoró para la derrota, ni en amistades de valía ni en recursos económicos; todo había puesto en el esfuerzo hondo de cada momento...

- “Tú piensas, Juan, no medites, duerme...”.

El pequeño vapor cruzaba ya la cancha del Riachuelo, donde los acorazados del Brasil jugaron su primera batalla contra el Paraguay. Corrientes, de lejos, sobre sus barrancas, era como una paloma de paz; las corrientes en abanico, producidas en las siete puntas de su litoral, ríos en el Paraná, que dieran nombre a la capital, empezaban a ser cortadas por la quilla. El murmullo de las aguas seguía su escala in crescendo, como un himno.

Ahora debía emigrar. Eso lo sabía, porque era tradición en las luchas políticas correntinas. Ni pan, ni agua; habría de buscarlos bajo otras nubes. ¡Y qué dura iniciación, entonces!

Pensó en la novia; ruda emoción le llegó hasta lo hondo; la mujer espléndida que engarzó en su destino, atada con las cintas inconsútiles de la promesa y del ensueño. Su mano, fuerte para la guerra, enérgica cuando traducía su pensamiento y su emoción cívica en las cuartillas del escritor, se cerró en protesta inmensa.

- “Juan... ¿qué te pasa?”

Una tenue palidez fue cubriendo el semblante del herido, como si el mundo de energía desencadenado en su espíritu hubiese agotado su naturaleza trabajada por el sufrir.

- “Duerme...”.

Vivar se incorporó. El “Teresa” anclaba en el puerto y botes presurosos corrían hacía él. El río, como asociándose a esta página de humanidad, era un mar de aceite. Sin apresuramientos fueron desembarcados los heridos y uno a uno transportados, en camillas, al hospital últimamente fundado, como institución permanente, por el ex gobernador Baibiene.

Ejecutor del pensamiento del gobernante, que usó al efecto, entre otros fondos, los recolectados en Montevideo para el socorro popular durante la última epidemia, el doctor Cunha en persona cuidó de los transportes.

Llegó el turno al doctor Lagraña. Aún duraba la inconsciencia de su sueño profundo, en el que cayera por reacción de agotamiento. En la muralla, sobre el Paraná, un grupo reducido esperaba su desembarque y los ojos ansiosos de la novia seguían sus movimientos.

- “Papá, yo debo cuidarlo”.
- “En casa, papá”.
- ...........
- “Sí; le he preparado habitación. Tú no puedes negarme el permiso”.

Ruda la concentración de espíritu en el buen padre. Enfrentó a la paz de alma de la hija, temperamento emocional que conocía como un cordaje amigo, los mil obstáculos que brotaron espontáneos al mirar hacia el medio y sus prejuicios.

- “Mirá, Juanita; tú no sabes cómo es esa herida que el diario ‘La Fusión’’ ha comentado...”.

Y sollozó la del pedido...

- “Tú no sabes si ese amor será firme y el permiso que solicitas ata tu destino...

- "Debes recordar el telegrama en el periódico: '... a Lagraña, Dios ha permitido se le marcara, para siempre, en la cara'".

Hondas las pasiones en aquellos días. Así, con satisfacción de su corresponsal en el Ejército, el periódico de los insurrectos había anunciado la herida del ex ministro, sobre quien se volcaban los resentimientos.

Algo más agregaba el comentario irresponsable, que de boca en boca circulaba: Lagraña ha sido herido por el sargento mayor Toledo; él lo buscó en el combate para vengarse de los castigos en la prisión.

- “Debes pensar muy bien, hijita”.
- “Lo quiero, papá. Accede a mi pedido...”.

El señor Ratti dio su consentimiento y, escoltado por los pocos amigos, la camilla del doctor Lagraña fue llevada al hogar de su prometida.

Cuando el doctor Cunha despegaba las últimas vendas de la rápida curación que se le hiciera en Empedrado, el dolor arrancó del sopor al herido.

Miró. Semblantes amigos rodeaban su lecho y él era blanco como una cuna. Se creyó lejos; el lavabo y el ropero, con la imponencia de sus tallas y el tono oscuro del jacarandá; las estampas cristianas de los muros; la diafanidad de la luz filtrándose por las ventanas donde visillos y cortinados de criva artística, como la nieve blancos, ponían una nota personal; y los cien y cien detalles de una femineidad exquisita florecida en la gama de todos sus tesoros, diéronle una expresión de cielo...

Y vio a Juanita.

Dolorosa tenía -y cerraba los ojos- el instrumental del médico.

Apretando los dientes de dolor, para ahogar los quejidos, Lagraña se mantuvo inmóvil. Como un caballo lanzado al infinito volvió su pensamiento a acercarlo a la vida, renovando el panorama de sus días a venir.

Lucha, abandono, aislamiento; él, que había ascendido pulgada a pulgada, como un luchador; otra nueva epopeya personalísima, pero esta vez sabiendo de la derrota y con los temores de otra nueva.

Su imaginación le arrastraba; claro, como los caballos; el ganador de siempre, desde potrillo, es valiente y gana, se defiende como un tigre; cuando pierde una vez, ya no ahonda el esfuerzo; tiene como una conformidad. Pero él...

Dos lágrimas gruesas rodaron por sus mejillas.

El problema personalísimo de sus afectos ponía en su espíritu otra interrogación. El cuarto de la novia, que lo hospedaba, cerraba el anillo de su destino. Al sacrificio de la doncella, que así ataba a su desesperación su primavera y sus sueños de ayer, todos ellos de culminación, vinculados a su preeminencia de ministro y de político dirigente, no podía responder con ese panorama de felicidad que -tal vez sin esperarlo- estaba en el espíritu de ella, como flor espontánea.

En vez de ese plano superior, otro modesto, llano, de vencido; en vez de holgados recursos posibilitando la felicidad, la lucha a brazo partido por el pan; hacer su estudio de abogado, y hacerlo desde muy abajo, con la capa de odio y de los resentimientos. Otras lágrimas...

- “Ya termina, doctor. Vd. es estoico y de hierro”.

¡Si no eran de dolor físico sus lágrimas! Era el abismo en que caía su espíritu.

- “Pronto curará, Lagraña. Pero cuide el vendaje. Hasta ahora la infección no camina, si es que está”.
- “¡Qué feliz nos hace, doctor Cunha”.
- “Triunfaremos, señor Ratti. Mi temor es lejanísimo; vendrá la fiebre y para ello esta poción”.

Salieron.

Juanita corrió los visillos y la luz se hizo más tranquila. Sobre los olores de los productos usados en la asepsia, fue primando la verbena y el jazmín de las blondas y del lecho. Era como si el cielo fuera corriéndose por las hendijas de las ventanas y la puerta. Suave paz llegó también a los espíritus y fue en ella adentrándose el de Lagraña.

Sintió sobre su mano la caricia suavísima de otra, como si se la cubrieran con un nido de pétalos de rosa...

- Relaciones de los partidos provinciales y nacionales

Si la insurrección al doctor Agustín Pedro Justo había repercutido en todo el país, la victoria del Tabaco tuvo una resonancia enorme.

Esta trascendentalidad de los sucesos no estaba en el drama correntino en sí; estaba en las consecuencias que la solución local debía tener en el orden de la República, donde una lucha ardiente debatía la presidencia de la Nación.

El diario “La Nación” -portavoz de la política mitrista- clamaba contra el movimiento sedicioso: “es inaudito lo ocurrido; el Poder Federal debe intervenir para el restablecimiento de un Gobierno depuesto a los catorce días de iniciado”.

“La Tribuna”, “El Nacional”, “La República” y todos los diarios menores, protestaban: “las intervenciones sólo han servido para crear y mantener Gobiernos despóticos, sin apoyo popular, y este caso es el mismo; la Intervención es innecesaria”.

La lucha de los órganos de la prensa se doblaba en los hombres y en los partidos. La candidatura a presidente del general Mitre tenía segura los electores correntinos con el Gobierno del doctor Agustín P. Justo o el triunfo del coronel Baibiene. En caso contrario, un eminente argentino, el doctor Nicolás Avellaneda, sería el sucesor de Sarmiento.

La victoria del Tabaco fue el golpe que concluyó con este nudo gordiado, pero el mitrismo no se dio por vencido; llevó el debate a las Cámaras, y el viejo Vélez Sársfield, ministro de Sarmiento, hubo de defenderse...

Hábil fue el jurisconsulso. Al solicitar la Intervención desde la cañonera italiana en que se refugiara, el doctor Agustín Justo había usado papel timbrado del barco de guerra. Para quienes no conocían el detalle, el gobernante podía haber requerido al presidente desde el extranjero, circunstancia que implicaba abandono y cesantía en el cargo, afirmación que el ministro planteó a los diputados como causal resolutoria del debate.

Como epílogo de la batalla del Tabaco, el mitrismo había recibido en la provincia un golpe contundente, que la reorganización del fusionismo hacía ilevantable.

Cooperaban en él lo más destacado de la provincia, con la presidencia de Juan Vicente Pampín y la vicepresidencia de Tomás Vedoya. Estaban los doctores Rivera, Mantilla. Fernández, Derqui, Mariano Castellanos, Díaz y políticos eficientes como Wenceslao Díaz Colodrero, de sólidos prestigios.

Sumábanse liberales y nacionalistas -también llamados federales- del partido que organizara el doctor Juan Gregorio Pujol; por ello mismo, hombres expertos en el manejo de la cosa pública.

De este grupo de hombres bien intencionados debía salir el nuevo Gobierno correntino que integrarían Gelabert y Wenceslao F. Cabral, como gobernador y vicegobernador y a quienes acompañaría como ministros representantes de los grupos liberal y nacionalista, los doctores Castellanos y Derqui.

- Grandioso recibimiento de las tropas vencedoras

Pero avanzamos en el tiempo. El triunfo militar debía traerse a la opinión pública. Enviados el parque, la maestranza y los heridos por agua, el Ejército abrió sus marchas sobre la capital desde el campo de batalla(2).

(2) Citado por Hernán Félix Gómez. “Ñaembé (Crónicas de la guerra de López Jordán y de la epidemia de 1871)” (1937), Buenos Aires.

Su entrada por las calles Santa Fe, 9 de Julio y Salta, a Plaza 25 de Mayo, fue un acontecimiento pocas veces visto en la Ciudad de Corrientes; los tres mil soldados del Tabaco desfilaron al paso de sus clarines y tambores poniendo en la fisonomía tranquila de la Villa una nota de epopeya.

Primero fueron los infantes: marciales, la marcha de compás impresionaba; después los artilleros: a su frente, Artaza recibía los aplausos; después, las legiones de caballería: “el Pájaro” con sus hombres de Itatí y de Ensenadas; Azcona, que no había permanecido en el lecho, con los del Paiubre; luego Romero, Ocampo, Conti y Cáceres.

El formidable guerrero de Curuzú Cuatiá, bien montado, como la legión Insaurralde, imponíase con su figura pequeña y fuerte: trigueño, de larga melena, mantenía su lanza como una bandera.

Se rompió la columna; a gran galope, el coronel Reguera y su segundo, el vencedor del Tabaco, Sosa, era ovacionado mientras sobre su poblada barba algunas lágrimas traducían una emoción masculina.

Mientras el pueblo contemplaba el desfile de los soldados del Tabaco, en cien hogares -los de los vencidos y los heridos- la paz y el silencio ponían una sensación de catedral.

Era ella una sensación de infinito, como la que llega a los corazones bajo las altas bóvedas de un templo. El espíritu acostumbrado a su horizonte, a proyectar las cosas y los pensamientos en el espacio breve del propio señorío, se descentra en lo grande y elevado de los recintos y en lo amplio de los conceptos de la divinidad; no ve límites a lo último y el espacio desusado de las naves del templo dobla en lo físico lo inconmensurable del pensamiento.

En la derrota de las guerras civiles, la sensación es la misma. El extranjero vencedor es dueño de todo; una ley internacional escrita en la conciencia de la cultura y en las líneas de la moral del siglo, pone una valla a su derecho. Llega hasta allí, porque hasta allí llegaría el propio derecho en la victoria.

Pero en la guerra civil no es así; no fue así; la lucha ha sido cruel en el hogar común y colectivo, donde el deber generalizado de asistencia pone en todos como el derecho a la enconada represalia; se es juez y parte.

Las cosas han debido ser tales como las vio el que triunfa y, el vencido, hermano y todo, puso un esfuerzo en contrario; al castigo súmase el encono y como la reacción es hija del pensar colectivo, infinito es el límite de su represalia, poliforme el sentido en que ella ha de ejercitarse.

Esa sensación pesaba sobre los vencidos. Para colmo, el Ejército en Corrientes podía trocar el provisoriato del régimen civil hallado, en tiranía militar, circunstancia lógica por que concurría la impresión de que no estaba dicha la última palabra. Los ojos se dirigieron al doctor Derqui -amigo de Sarmiento- y el notable político fue centrando los sucesos.

- Agonía y muerte de Lagraña

En el hogar del señor Ratti la fatalidad sembraba la flor monstruosa de la tragedia. Por segunda vez el doctor Lagraña era encontrado sin los vendajes, con la circunstancia de que la noche anterior había sido impedido de mover las manos con algunos lazos, más que suficientes para evitarle movimientos en el delirio que lo aquejaba.

Concurrió el doctor Cunha. La mirada del médico se hizo severa.

- “Uds. han dejado solo al enfermo”.
- “No, doctor; apenas un minuto; el tiempo de despertar a la enfermera para el turno”.

Le tomó el pulso. Dentro de la brevedad de los períodos, había como una sensación de fortaleza.

Volvió el médico a curar y las gasas y las vendas otra vez cubrieron el horror de las carnes desgarradas.

- “Vamos, señor Ratti”.

Y Cunha pasó, con el dueño de casa, al escritorio.

- “Debo decirle algo que pesa en mi conciencia”.
- “Lo que ocurre no es normal. La debilidad del doctor Lagraña es tanta que, otra pérdida de sangre -es decir- otra vez el vendaje fuera de la herida, sería fatal”.
- .......................................................
- “Sí; comprendo; la atención es continua ... y ahí está lo grave, señor, y el peso de mi conciencia”.
- ........................................................
- “El doctor Lagraña debe volver de su delirio, por instantes, y no debe ser ajeno a lo que ocurre”.
- “Entonces, doctor, Ud. me dice...”.
- “No, señor; yo no afirmo; le ruego, sólo, consultar esa posibilidad”.
..............................................................
..............................................................

Poco a poco, lentamente, la mariposa que velaba las horas fue como oscureciendo el tono de su halo de luz. Por los cristales, blanca como una seda, la aurora se filtraba y las notas primeras de la canción del día, en los perfumes y los trinos, hacían acorde con la gloria de un ambiente renovado de frescor.

De rodillas, junto al lecho, una doncella cubría con su brazo el cuerpo de Lagraña, para afirmarlo, uno, con aro afectuoso. Pero el silencio, el pesar y quizá el milagro de una lluvia de quien sabe qué ensueños castos, adormecieron sus ojos y velaron sus horas.

El herido entreabrió los párpados. En el silencio de la estancia parecíale flotaba la gloria de una inmensa paz ... ¿Sería así la eternidad?

Lentamente fue corriendo una mano. Á pocos centímetros, el rostro de la amada lucía su belleza; el oro del cabello sobre la nieve de las sábanas era como un pedazo de sol junto a sus ojos. Vio en ellos la gloria de sus sueños, de sus sueños de varón cortados de pronto, como si los sillares de su castillo se hubiesen quebrado de raíz.

Sonrió pensando, en Icaro. Hasta ese entonces esa página de la mitología helénica habíale parecido trivial, como ninguna; recién veía el simbolismo; ¡sus pobres alas de cera..!

La mano estaba libre. Se enjugó los ojos donde lágrimas de fuego éranle como gotas de plomo. Después...

Después enhebró sus dedos pálidos en un rizo de oro: lo besó. Y su mano fue enérgica al vendaje...

La luz estaba invadiendo la estancia. Sobre los queireles de la araña central y en la luna del espejo quebrábase en la policromía del arco iris. Se soñó solo, en su peregrinaje a la batalla, cuando su hombría lo alejó del gobernante refugiado en el barco italiano para buscar a Baibiene y tomar un Comando del Ejército.

Entonces había llovido y, como ahora, también, pero en el cielo la luz se refractaba en sus colores. Entonces le pareció un arco de triunfo, que lo llevaba a la victoria; este otro era más modesto pero más trascendental: lo llevaba a la eternidad y él vencía al destino y al tiempo.

El, su yo, su voluntad, soberana en la política y en las relaciones de hombres y de cosas, quería continuar siéndolo por los siglos de los siglos. Justo, sobre el linde de lo infinito, inmovilizaba un minuto de su vida, el más glorioso; y llenaba sus recuerdos de los tesoros del momento.

El cuarto plácido, sereno y fresco de la novia; ella misma, soñando ser feliz, con su cabecita grácil sobre el pecho, con su brazo de milagro atándolo a la tierra.

Las cosas del mundo sensible se esfumaban. Una música rara, de timbales y violines, hacía coro a sus sueños ... De lo alto le fue echada una escala. Era un rayo de luna y lenta, muy lenta, subió por ella el alma del tribuno.

Información adicional