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DOMINGO FAUSTINO SARMIENTO PRESIDENTE

La madre, doña Paula Albarracín, convidada a pasar el día en la quinta de una amiga y lejos del pueblo, estando muy encinta, se enfermó ... Había entonces pocos coches y el marido debió regresar a San Juan llevando a doña Paula en las ancas de su caballo...

... Arribados a la casa, doña Paula apenas alcanzó a llegar al borde de la cama; sin esperar a la comadrona, el niño apareció en el mundo... Un poco más y Sarmiento nace, pues, sobre el caballo...

... Y como vio la primera luz nueve meses después de la revolución de 1810, solía decir, con aplomada jactancia, que en su fecundación hubo, además de los comunes a la especie, el estremecimiento ciudadano del 25 de Mayo(1).

(1) Domingo Faustino Sarmiento nació en San Juan el 15 de Febrero de 1811. Ejerció la presidencia de la República desde el 12 de Octubre de 1868 hasta el 12 de Octubre de 1874. Falleció en Asunción del Paraguay, el 11 de Septiembre de 1888. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires. Es el 3er. Presidente Constitucional de la Nación Argentina en el hecho y en el título.

Su padre, don Clemente Sarmiento, había sido soldado del Ejército de los Andes y batallado en Chacabuco; en las rodillas del progenitor escuchó, de pequeño, la crónica deslumbradora de la epopeya sanmartiniana, mientras doña Paula, industriosa, manejaba un telar con el que obtenía los recursos para seguir viviendo...

Una memoria prodigiosa y una insaciable voracidad de lector señalaron, desde chiquillo, su destino intelectual:

No supe nunca hacer bailar un trompo, rebotar la pelota, encumbrar la cometa...”, recordaría Sarmiento cuando hombre. El azar no ayudó sin embargo, en oportunidad de un sorteo que pareció posibilitar al pequeño Domingo lograr una beca para proseguir estudios en la capital de la Nación.

Tampoco tiene suerte cuando a los diez años, llevado a Córdoba, una enfermedad le impide incorporarse al Colegio Monserrat de esa ciudad. Autodidacta, a los quince años enseñaba el alfabeto a muchachones de San Luis...

En 1827 está en San Juan y es tendero de profesión, cuando lo designan Alférez de las milicias provinciales... Nadie se engañe; no se trataba de velar las armas en previsión de heroicos entreveros motivados por extranjeras invasiones. El nombramiento era una manera cómoda de reclutar elementos gratuitos para el orden público...

Un alférez de las milicias no pasaba de ser un modesto vigilante de ahora ... Sarmiento se hizo repetir tres veces la orden de cerrar la tienda y presentarse a prestar servicio. Obedeció de mala gana; él prefería los libros que, detrás del mostrador, le hacían soñar que era Cicerón o Franklin...

Al dar parte al Gobierno de haber recibido la guardia sin novedad, añadió una reclamación por esa tarea “con que se nos oprime sin necesidad...”.

Lo relevaron de la guardia y le ordenaron presentarse enseguida al mandatario de la provincia, que a la sazón tomaba el solcito, sentado en el patio de la Casa de Gobierno...

Saludó respetuosamente, pero el gobernador, sin dignarse a contestar el saludo, le preguntó, mostrando el papel: “¿Es esta, señor, su firma..?

Molesto por la descortesía, Sarmiento, alentado sin duda por Franklin, Cicerón y quién sabe cuántos otros grandes que lo seguían desvelando, se encajó el sombrero hasta las orejas y contestó resueltamente:

- “¡Sí señor..!

Y se quedó con los ojos fijos en los del gobernador quien a su vez lo miraba empeñado en hacérselos bajar... Sarmiento, sin pestañear, venció en ese duelo mudo y visual, que entrañaba para la autoridad un subversivo desafío...

Enajenado de cólera, el gobernador lo mandó a la cárcel ... Allí, acaso para seguir protestando también en otra lengua, Sarmiento, ayudado de un diccionario, aprendió francés...

El episodio jalona un punto de partida que supera la simple biografía ... porque a partir de entonces y siguiendo a Sarmiento nosotros entramos en la historia...

Durante sesenta años la fusión entre la vida de Sarmiento y la vida del país es tan íntima que resulta difícil señalar dónde empiezan y dónde terminan los acaeceres de Sarmiento y los acaeceres de la patria...

El vio y sintió con claridad esto de que su destino de individuo estaba tan consustanciado con el de la República que, para consolar a la madre que se lamentaba de los riesgos que el hijo corría por combatir a Rosas, solía explicarle:

Madre; hay países donde reina la fiebre amarilla, el vómito negro y otras enfermedades endémicas que diezman las familias. En el nuestro es endémico el degüello y es preciso resolverse a abandonar el país...”.

Muchos años después, en carta a su hija, consolándola de graves preocupaciones familiares, Sarmiento le afirma:

Es preciso que te armes de coraje como tu padre, que acepta la vida como nos viene.

¿Por qué serías más feliz que tu patria? ¡Acabemos pues con las lágrimas..!

Sí, el episodio de Sarmiento, tendero sanjuanino metido en la cárcel por luchar contra la “opresión”, fue de incuestionable importancia. La prisión lo maduró políticamente; cuando salió de ella se dio por notificado que en el país existían partidos y que las contiendas conmovían ideas y voluntades...

Eran los tiempos subsiguientes a la caída del presidente Rivadavia; la violencia se desataba y también las armas debieron movilizarse ... Por eso a Sarmiento, que no tiene aún dieciocho años, lo encontramos pronto en Mendoza participando de una batalla de unitarios contra los federales; el alférez es ahora un combatiente de verdad que maneja el sable y el fusil...

Sarmiento se ha alistado entre los unitarios; éstos, derrotados, deben huir ... Al lado de él y en el momento del desbande, alguien le dice:

- “¿Y Sarmientito? ¿Por dónde nos escapamos?

Y señala una dirección ... Sarmiento le contesta:

- “¡Por ahí no, señor..! Por ahí va la persecución...”; y marcando un rumbo contrario al sugerido:
- “Tomemos esta otra ... Hacia la Ciudad de Mendoza...”.

El interlocutor de Sarmientito no aceptó la indicación y ambos se alejaron por rumbos opuestos ... Sarmiento se salvó, pero llegó a ver que su camarada de ideales caía preso y luego se enteró lo habían ultimado...

Quien pudo haberse salvado si escucha el consejo de Sarmiento era el doctor Narciso Laprida, el sanjuanino que en 1816 firmó, como presidente del Congreso de Tucumán, la Declaración de Independencia de las Provincias Unidas, tan desunidas ahora por las contiendas civiles que los veinte años de Sarmiento debieron pronto marcharse para Chile ...

En Chile hizo de todo ... Maestro de escuela, dependiente de comercio en Valparaíso, capataz de una mina en Copiapó; trabajaba como el que más y todavía se daba maña para seguir leyendo...

Excedida en exigencias, su salud tuvo un quebranto tan serio que, agotado, bordeando la locura, regresó a San Juan ... Los cuidados familiares, el reposo, le permitieron recuperarse; es en esa época que se vincula con los ideales de la Generación del 37 que, desde Buenos Aires acaudillaba Echeverría...

No duraría mucho esta sosegada pausa hogareña de San Juan y en 1840 está de nuevo en Chile. Tan escaso de recursos que apenas llega,vende por cuatro onzas el único libro que le queda: “El Diccionario de la Conversación”. Le era más urgente comer algo que conversar correctamente...

Esta vez trabajará en el país hermano volcado íntegramente en la faena de periodista.

Identificado con los problemas de esa tierra adonde lo había trasplantado la intolerancia de la suya e incapaz de ser neutral en las contiendas de América, vivía Sarmiento en la capital del país hermano compartiendo beligerancias en la prensa chilena.

Lo normal era que le devolvieran sin blanduras las zamarreadas de imprenta que él, por su parte, no escatimó jamás ... Sin embargo, su fisiología, exhuberante de energías para cualquier ruta, conocía también los momentos depresivos.

Un día, acaso porque la pluma de periodistas enemigos lo había golpeado más y peor que de ordinario, o acaso porque las compuertas del orgullo personal no le bastaron para atajar la amargura, se quejó ante el ministro Montt, amigo suyo: “Lo calumniaban, lo vejaban, le negaban talento literario ...”. Y esto último sí que le dolía ... Montt lo oyó. Y buen catador de almas fuertes, le dio el único consejo que corresponde a quienes viven sedientos de quehaceres trascendentes:

- “¡Contésteles con un libro..!

El consejo fue escuchado ... En momentos en que la renovación presidencial chilena hacía subir la temperatura de la ciudadanía, en momentos en que se anunciaba la llegada a Santiago de Chile de un emisario de Rosas a quien preocupaban, y con razón, las actividades opositoras de Sarmiento, éste se inclinó sobre las tablas que, puestas sobre dos barriles oficiaban de escritorio, y “fabricó” el “Facundo”.

Este es el título más directo que ha predominado para designar la obra que él denominó “Civilización y Barbarie”. Se trata del libro inmortal que ha fundado la literatura argentina.

No sabe escribir calmosamente... Las más de las veces, ni relee, ni corrige los originales... Revuelve la pluma en el tintero con furia; se pensaría que está allí ahogando al adversario de turno...

Cuando se rasca la cabeza, la peluca se desplaza humorística: la difteria hace rato le ha dejado, en reemplazo del cabello, la desolación craneal de la calvicie ... Se levanta de la silla y ésta, y algún libro, quedan tirados sobre el suelo, sin que Sarmiento se digne recogerlos ... Se pasea por la habitación y en voz alta lee sus carillas; alterna la lectura con palabrotas y con carcajadas que festejan una frase feliz o un argumento demoledor de sus escritos...

Momentos hay en los cuales su dentadura postiza tritura idealmente sin piedad ni indulgencia, cuando descubre y rebate una cita equivocada del periodista enemigo...

La patrona de la casa donde se hospeda lo ha sorprendido muchas madrugadas en todos estos gestos y situaciones, con camisón y gorro blanco ... La buena mujer, alarmada, lo cree loco... ¿Eso es escribir?

Nosotros sabemos que Sarmiento está sencillamente combatiendo. Y la pluma le sirve a él de sable, de lanza y de fusil...

Un ejemplar de “Facundo”, enviado por Sarmiento a Benavídez, el gobernador de San Juan, es llevado a conocimiento de Rosas ... Claro está que “Facundo” debió circular clandestinamente ... Paquetes del libro hubo que burlaron la censura disfrazados de medicamentos...

Encarado con enfoque de militante y escrito con ritmo de folletín periodístico, Sarmiento diría más tarde, en rasgo autohumorístico, que “Facundo es un libro extraño, sin pies ni cabeza”, de difícil ubicación en la sistemática común de las literaturas y, textual, “especie de poema, panfleto e historia...”.

Como si el autor se hubiera anticipado, profético, a la posteridad, ése es, tal vez, el orden de méritos con que más justicieramente hoy podríamos juzgarlo. Sin duda, lo que cautiva desde el primer momento es la síntesis admirable de observación sagaz (observación del escenario geográfico del país y de las gentes que actúan en él) y de capacidad para expresar eso en un lenguaje que adjetiva con justeza.

Si el escribir consiste en tener algo que decir y saber decirlo, Sarmiento probó en el “Facundo” que el escritor estaba ya maduro, y no es aventurado el juicio de que, si entre las muchas páginas que luego escribió algunas alcanzan la jerarquía del “Facundo”, ninguna logró llegar más arriba.

Asombra, entre otras cosas, que hablara de la pampa, que recorrería recién siete años después, sin extraviarse literariamente en ella, y que este periodista joven, sólo tiene treinta y cuatro años cuando redacta el “Facundo”, sepa tirar la sonda en las almas y bucear en lo sicológico con la sagacidad que logran maestros cuya lectura frecuentaba: Shakespeare y Hugo.

Si el escritor, en cuanto artista, está ya maduro en el “Facundo”, no cabe decir lo mismo del pensador. Afirma Sarmiento:

Había antes de 1810 en la República Argentina dos sociedades distintas, rivales e incompatibles: la una, española europea, civilizada; y la otra, bárbara, americana, casi indígena y la revolución de las ciudades (Sarmiento alude a la lucha por la independencia) sólo iba a servir de causa, de móvil, para que estas dos maneras distintas de ser de un pueblo se pusieran en presencia una de otra, se acometiesen, y después de largos años de lucha la una aborbiese a la otra”.

Para Sarmiento las campañas han logrado absorber a la sociedad civilizada de las ciudades, y ello da, al cuadro, los tonos sombríos de la barbarie cuyo origen se pretende analizar. El veía en las ciudades el centro desde el cual se irradian las leyes que encauzan la disciplina social; veía en las ciudades el centro desde el cual se imparte la justicia capaz de subordinar los instintos a una convivencia armoniosa. Pero, ¿era verdad ésto en las ciudades de 1810?

Lo que había, sin duda, en las ciudades de entonces es esa cortesía de la sociabilidad cotidiana, hecha de trajes y de gestos que configura la epidermis de la civilización. No convendría sin embargo exagerar la importancia de esa epidermis... Pues las costumbres están fundamentalmente determinadas por las características de los trabajos u oficios que se cumplen en una sociedad.

El trabajo educa como ningún otro factor. La acción misma de la escuela, es decir del ambiente educativo por excelencia, resulta mutilada si a la educación escolar no se añade la que suscita la estructura social, desde luego variable según los países y las épocas...

Faltó en el “Facundo” recoger y proyectar las facetas profundas de carácter económico que caracterizaban la vida colonial. Una sociedad edificada en el privilegio del monopolio, en la explotación de los esclavos, en el aislamiento y en la intolerancia, lleva en sí por igual, en las ciudades y en el campo, los factores capaces de barbarizar una revolución y alejarla de razonables etapas evolutivas.

En la injusticia de esa organización social deformada, se incubaron las exasperaciones que todo lo desbordan. Hay un instante en que el Sarmiento que escribió el “Facundo” pareció entreverlo: “No puede haber progreso sin la posesión permanente del suelo...”.

Pero el “Facundo” no se hizo ahondando ese enfoque. Sin embargo, le bastarían después pocos años para acercarse, comprensivamente, a la verdad. En 1852, en una frase feliz que acuñaba rumbos de meditación y de quehacer político, Sarmiento afirmaría: “Las vacas hacen el camino de la política argentina”. Y en 1857, avanzando en esa dirección, proclamaría: “Las leyes injustas en la distribución de la tierra son la causa de la aparición de Rosas y de los caudillos”.

Amén de esta deficiencia doctrinaria en el “Facundo”, es fácil advertir una contradicción en el pensamiento de Sarmiento: reconoce en el gaucho, en el habitante típico de la pampa, la posesión de dos artes, “la poesía y la música que embellecen la vida civilizada” y aludiendo a los sentimientos del gaucho, explica que “anda armado del cuchillo que ha heredado de los españoles y con el cual juega a las puñaladas, como jugaría a los dados”, pero no vacila en puntualizar:

El hombre de la plebe de los demás países toma el cuchillo para matar, y mata... El gaucho argentino lo desenvaina para pelear, y hiere solamente. Es preciso que esté muy borracho, es preciso que tenga instintos verdaderamente malos, rencores muy profundos, para que atente contra la vida de su adversario”.

Y confirmando esta apreciación, el capítulo tercero del “Facundo” va encabezado por un pensamiento del viajero inglés Head, quien en 1825 atravesó el país desde Buenos Aires hasta Mendoza, y al año siguiente publicó en Londres un libro que fue entonces “best seller”. Decía Head, citado por Sarmiento:

El gaucho vive de privaciones, pero su lujo es la libertad. Fiero, de una independencia sin límites, sus sentimientos -salvajes como su vida- son sin embargo nobles y buenos”.

Esta afirmación de Head quita validez a la tesis de Sarmiento de que en la campaña sólo anida la barbarie.

Antes había publicado, en 1843, un folleto titulado “Mi defensa”, alegato autobiográfico donde -como lo indica el título- refuta una acusación, acerca de su vida en San Juan, que juzga calumniosa. Esta, a su vez, la ha originado la sorprendente rapidez con que su pluma de periodista ha conquistado en Chile, a partir de 1841, y a propósito de una evocación de la batalla de Chacabuco, merecida nombradía.

En “Mi defensa” afirmará que “desde los quince años es el verdadero jefe y sostén de su familia...”. Reconoce haber atravezado por una juventud borrascosa, pero “sin manchar su nombre con ningún delito”.

En 1845 y también antes del “Facundo”, la muerte de fray Félix Aldao le ha tentado mostrar, en folletín, a este caudillo mendocino. Lo estudia en las vicisitudes de una existencia que luego de su iniciación militar", el placer de los combates y las matanzas lo convencen de que carece de vocación sacerdotal.

Es de pronunciado interés psicológico asistir a la transformación que se opera en quien se había distinguido en las campañas del Perú a las órdenes de San Martín.

La sed de sangre de fray Félix Aldao, las espantosas matanzas en que acuchilla personalmente a los enemigos; la inteligencia, las costumbres licenciosas, la pasión por el juego, las mujeres y la bebida, la excepcional crueldad, las iras terribles, algunos rasgos caritativos y generosos que atenúan un poco ese torvo carácter: todo está pintado con comunicativa emoción(2).

(2) Alberto Palcos. “Sarmiento” (1962), cuarta edición. Ed. Emecé, Buenos Aires. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

Ya era antes de “Mi defensa” y de “Facundo” figura de relieve en la docencia chilena: nombrado en Enero de 1842 Director de la Escuela Normal de Preceptores, le correspondió a Sarmiento organizar la primera institución de esa índole creada en la América Meridional.

Cuando en 1843 se funda la Universidad de Chile y Sarmiento es designado Miembro del Consejo Académico de la Facultad de Filosofía y Letras, además de presidir los exámenes y extender los grados de bachiller, los académicos organizan y difunden la instrucción primaria.

La laboriosidad de Sarmiento explica que la primera Memoria leída en la Universidad de Santiago de Chile sea la suya (Octubre de 1843). Su inquietud renovadora la evidencia al proponer la simplificación de la ortografía: escribir las palabras como se las pronuncia. Decreta el destierro de algunas letras: “Olvídese de estas cuatro: H-V-Z-X”. También propicia no usar los signos repetidos: LL y RR.

Fundamenta esta nueva ortografía en la necesidad “de no hacer perder diez años a niños e inmigrantes en el aprendizaje de la escritura, si de veras se quiere que sea popular(3).

(3) Alberto Palcos. “Sarmiento” (1962), cuarta edición. Ed. Emecé, Buenos Aires. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

Aunque Sarmiento reiterará en varias ocasiones las ventajas del cambio que propone, la reforma no triunfa ... ¡Y es lástima..!

De haberse impuesto la ortografía fonética, deslumbra pensar en las bendiciones de los niños y de muchos adultos extranjeros que harían coro al nombre de Sarmiento... Y en especial las bendiciones de los maestros y profesores de castellano, que hoy terminan dubitativos y agotados si por razones del oficio deben calificar pruebas escritas...

Después de la publicación resonante de “Facundo” -aparecido en 1845- aceptó Sarmiento una misión del Gobierno de Chile para observar “en diversos países los sistemas de la enseñanza primaria...”. Comprobaría, además, “la marcha del progreso general en los países más civilizados...”.

Recorrió así a casi toda Europa, parte del Africa y los Estados Unidos. Durante más de dos años de peregrinaje fue volcando sus impresiones en cartas a los amigos y éstas, reunidas, constituyeron un libro: “Viajes”.

Sin duda Sarmiento sabía mirar bien y escuchar la voz siempre orquestal del corazón humano...

En Montevideo, donde conoció a Echeverría y a Mitre, advirtió cómo las guerras civiles permitían el predominio del extranjero en los aspectos decisivos de la propiedad de la tierra, de los comercios y del transporte; en Río de Janeiro se pasea atónito y, a cada detalle del espectáculo de la naturaleza, “siento que mis facultades de sentir no alcanzan a abarcar tantas maravillas...”.

En Europa halló una España que justificaba sus juicios severos de siempre al punto que, frente a tanto atraso, creyó indispensable lanzar la consigna de que España debía ser colonizada...

Sarmiento considera al pueblo español “el más romano de Europa: guerrero, heroico, perezoso y sobrio. Pide pan y circo. De ahí la frenética atracción de la corrida de toros, espectáculo sublime y bárbaro a la vez, más subyugador que el teatro, el hipódromo y el juego. Después de contemplarlo, el espectador asistiría gustoso a un combate de gladiadores o a la quema de herejes en la hornalla de la inquisición. Esta sed de sangre le aclara el misterio de las guerras fratricidas entre unitarios y federales en su patria(4).

(4) Alberto Palcos. “Sarmiento” (1962), cuarta edición. Ed. Emecé, Buenos Aires. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

En Alemania admiró el sistema educacional de Prusia; en Francia entrevistó a San Martín, a quien fue capaz de hacer hablar de sí mismo y de la Guerra de la Independencia de América; en los Estados Unidos, donde fue a estudiar el modo de poblar el desierto y la manera de elegir el Gobierno de la sociedad, advertirá -“triste y pensativo”- que junto a espectáculos nuevos de concordia y afanes progresistas había también “anhelos desmedidos de riqueza material”.

En los Estados Unidos trató a Horacio Mann, amistad que influyó en sus ideas acerca de la “Educación Popular”, título del libro que, referente al tema, publicó en Chile, en 1849.

Al pedirle el ministro Montt que sintetice en dos palabras las bases sobre las cuales debe reposar la enseñanza primaria, Sarmiento le contesta: “edificios propios, rentas propias...”.

“Educación Popular” será el libro favorito, el que Sarmiento prefiere entre todos los que ha escrito.

No es, desde luego, el libro seco de un pensador herméticamente encerrado en la pedagogía. Trátase del trabajo doctrinario de un gran educador y avisado sociólogo a quien las preocupaciones del siglo le hacen vibrar(5).

(5) Alberto Palcos. “Sarmiento” (1962), cuarta edición. Ed. Emecé, Buenos Aires. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

Entre los criterios que informan conceptualmente a esta obra cabe destacar que la enseñanza debe estar a cargo de los Municipios; encararse, con criterio integral, el desarrollo armónico del niño, lo que da particular importancia a la gimnasia y en fin, es un firme alegato en favor de la educación completa de la mujer, considerándola imprescindible colaboradora en la faena escolar...

Hace algún tiempo la posterioridad, que frente a vidas como la de Sarmiento no vacila en curiosearlo todo e irrumpir, si es preciso, más allá de los cartelitos que puedan decir “privado”, “secreto”, etc., encontró, para solaz de ella, el “Diario de Gastos durante el viaje por Europa y América emprendido desde Valparaíso, el 28 de Octubre de 1845, por Domingo F. Sarmiento”.

Es difícil no compartir el gusto, un poco de comadre, que nos asalta al leer ese diario en el cual Sarmiento, con la puntualizada anotación de la mejor ama de casa, ha dejado -de su puño y letra- el rastro íntimo y doméstico de su permanencia en Francia. Allí se leen el lugar y el día en que se gastaba los francos y el detalle preciso de las inversiones.

Allí figuran el salvoconducto de París a El Havre, un plano de esta ciudad, hoteles, carruajes, boletos de ferrocarril y ómnibus, guías y propinas en los museos, localidades de conciertos y de teatro (compradas a veces en las puertas a los revendedores), almuerzos y cenas, helados, refrescos, cigarrillos y cigarros, cafés y cerveza, cien tarjetas de visita, alquiler de un caballo para pasearse por los alrededores de Ruán, flores, periódicos, franqueos postales, varios paraguas (lo cual hace suponer que solía olvidarlos), uvas, ciruelas, damascos, peras, un diccionario alemán (idioma cuyo estudio inicia el 23 de Julio de 1846), pago a Mr. Bourmon por la traducción de la primera parte del “Facundo”, corbatas, guantes de seda, sombrero, un bastón, un gabán...

Y puesto que estamos mirando a Sarmiento como a través del ojo de una cerradura, ¿por qué no mencionar una “robe de chambre” (una bata), un frasco de agua de Colonia, camisas, pantalones, un gorro de dormir y ¿servicios de peluquería? Todo esto figura en el Diario de gastos... Hay también consignado un rubro para el cual de poco sirve perseverar en la indiscreción; el 15 de Junio de 1846, en Mainville, Sarmiento anota: “orgía, 13 francos y medio”. No dice nada más.

Pero sabemos de su lamentación porque no puede reiterar semejantes alegrías: “¡Ah, si tuviera cuarenta mil pesos, ¡qué año me daba en París! ¡Qué página luminosa ponía en mis recuerdos para la vejez..!

Veinte años después del viaje cuyo sabroso “Diario de Gastos” comentamos, Sarmiento arribaba nuevamente a París. En la capital de Francia adquirió una Venus de Milo y, al pie de la estatua, sin solemnidad, puso esta inscripción: “A la grata memoria de las mujeres que me amaron y me ayudaron en la lucha por la existencia...”.

Los brazos ausentes en la escultura de la diosa griega se hacían, en el recuerdo sarmientino, presencia solidaria con su voluntad de realizarse. Había afirmado, en efecto: “Mi destino ha sido tejido por mujeres...”.

Insistiendo en la importancia que las mujeres tuvieron en su vida, reiteró: “Existen las mujeres de Sarmiento como existen las mujeres de la Biblia, de Shakespeare, de Goethe y de Walter Scott”.

¿A cuáles mujeres prefería Sarmiento? Prefería a las favorecidas por los dones de la cultura y de la espiritualidad, pero como le agradaban las bien femeninas, las que se adornan y coquetean algo, no extrañe que haya podido dejar esta imprecación: “¡Oh, Calvino; cuánto daño ha hecho tu fanatismo..! La mujer puritana es como las hembras de las aves de los trópicos: parda, sin moños, sin galas..!

Sarmiento vivió el amor, no lo representó ... Puso en el amor esa fisiología exuberante pero auténtica que practicaba en el trabajo. Iba hacia las mujeres sin cuidar mucho el prólogo versallesco; en el avance había algo del oso y de sus manotadas. A veces, un pulso alocado le hace perder el equilibrio.

En Montevideo, apenas conoce a Mariquita Sánchez; lo estremecen los 60 años prodigiosamente juveniles de la mujer más famosa en la vida política y social de la Argentina del siglo pasado y, en carta a un amigo, Sarmiento, indiscreto, confiesa que bordeó el asalto erótico: “¡Ah, sino hubiera sido por la criada que iba y venía con el mate..!

En el capítulo denso de los amores de Sarmiento un nombre imprescindible debe figurar en él: Jesús del Canto... La muchacha era una de las adolescentes a las cuales Sarmiento, entonces de veinte años, enseñaba en Los Andes, un pueblo chileno donde vivía desterrado ... Lo que pudo ser romance intrascendente resultó dándole a él una hija natural: Faustina...

Recogida y educada por una hermana de Sarmiento, Faustina resultaría el instrumento humano y respirante que haría perdurable la sangre de su progenitor: de ella provienen en efecto los descendientes directos de Sarmiento...

Casada en 1850 con (Augusto Julio) Belin, un imprentero francés llevado a Chile por Sarmiento, Faustina tuvo de su matrimonio con (Augusto Julio) Belín varios hijos: dos varones y cuatro mujeres, falleciendo en 1904.

A poco de su regreso a Chile, Sarmiento da un paso trascendente: se casa, en Mayo de 1848, con una dama sanjuanina, doña Benita Martínez Pastoriza, viuda, desde hacía poco, de un acaudalado hombre de negocios chileno, don Domingo Castro y Calvo.

Este, muchos años mayor que doña Benita y achacoso por añadidura, le ha dejado al morir -además de su fortuna- un hijo de tres años de nombre Domingo Fidel. La antigua amistad que Sarmiento mantenía con el matrimonio, sumando cronologías, suspicacias y aconteceres posteriores ... explica haya podido afirmarse fuera Sarmiento el verdadero padre del pequeño... Lo cierto es que el niño llevará, a partir de entonces, el apellido de Sarmiento...

Sin urgencias económicas y con hogar constituido, Sarmiento, instalado en Yungay, en las vecindades de Santiago de Chile, no solamente da a luz el trabajo ya mencionado, acerca de la “Educación Popular”, sino que escribe otros dos: “Argirópolis” y “Recuerdos de Provincia”.

En el primero, aparecido a comienzos de 1850, calculando el pronunciamiento de Urquiza contra Rosas, encara el problema de la organización del país. Lo hace con desacostumbrada serenidad. Saluda a Urquiza como la gloria más alta de la Confederación, pero cita respetuosamente a Rosas.

Plantea el adoptar una Confederación que reuniría a las provincias argentinas con el Paraguay y el Uruguay y, para mejor aprovechar los ríos que son comunes a estos territorios, sugiere edificar la capital del nuevo Estado así constituido, en esa encrucijada fluvial que es la isla de Martín García...

De cualquier modo, y a manera de receta para concluir con las guerras civiles, sugiere atraer la inmigración. “Haced que el comercio penetre por todas partes, que mil empresas se inicien, que millones de capitales estén esperando sus productos, y creareis un millón de sostenedores del orden...”.

Si “Argirópolis” era un libro deseoso de contribuir al futuro del país, “Recuerdos de Provincia” es el libro en que Sarmiento mira hacia su pasado y los temas están recortados sobre una geografía y sociabilidad netamente lugareñas.

Pero son tan profundas las raíces sanjuaninas de Sarmiento, que ellas van a inspirarle temas que -por su universalidad- trascienden a todo localismo y justifican las más intemporales analogías... Privilegio del talento que sigue dialogando con el corazón... Escuchémoslo:

La madre es para el hombre la personificación de la Providencia; es la tierra viviente a que adhiere el corazón, como las raíces al suelo. Todos los que escriben de su familia, hablan de su madre con ternura.
San Agustín elegió tanto a la suya que la Iglesia la puso a su lado en los altares; (Alphonse de) Lamartine ha dicho tanto de su madre en sus ‘Confidencias’, que la naturaleza humana se ha enriquecido con uno de los más bellos tipos de mujer que ha conocido la historia. Para los efectos del corazón no hay madre igual a aquélla que nos ha cabido en suerte; pero cuando se ha leído páginas como las de Lamartine, no todas las madres se prestan a dejar en un libro esculpida su imagen.
La mía, empero, Dios lo sabe, es digna de los honores, de la apoteosis, y no hubiera escrito estas páginas sino me diese para ello aliento el deseo de hacer en los últimos años de su trabajada vida, esta vinculación contra las injusticias de la suerte.
A los setenta y seis años de edad, mi madre ha atravesado la Cordillera de los Andes, ¡para despedirse de su hijo, antes de descender a la tumba!
Esto sólo bastaría a dar una idea de la energía moral de su carácter. Cada familia es un poema, ha dicho Lamartine, y el de la mía es triste, luminoso y útil, como aquellos lejanos faroles de papel de las aldeas que, con su apagada luz, enseñan, sin embargo, el camino a los que vagan por los campos...”.

En la quinta de Yungay, doña Paula Albarracín asesoró a Sarmiento con informaciones que recordaba y le ayudó a escribir “Recuerdos de Provincia”. Ambos habían convenido en que donde quiera se encontrara él, acudiría al lecho materno para acompañarla en sus últimos momentos.

Cuando, en 1861, camino de San Juan, Sarmiento marcha con la expedición de Paunero, sabedor de la gravedad de la anciana, le escribió: “No le permito morirse antes que yo llegue”.

Al arribar a San Luis supo -por un sacerdote que provenía de San Juan- que la madre había encargado le dijeran ‘que le bendecía y que no había podido esperarlo más...’”.

Para nosotros, Sarmiento y su madre han superado el terrenal y postrero desencuentro; tiene presencia definitiva en el libro que mostró para la abnegación de ella, la gratitud de una pluma que la ha inmortalizado...

El pronunciamiento de Urquiza lo decide a dejar Chile para incorporarse a las fuerzas del jefe entrerriano, ante el cual se presenta vestido de Teniente Coronel; el uniforme debía documentar sus juveniles campañas en las guerras civiles y Urquiza lo reconoce en ese grado ... pero para encargarle la redacción del Boletín del Ejército ...

Sarmiento disimula el desaire y cumple esa función ... Le desagrada el uso del cintillo rojo que Urquiza ha señalado a quienes lo secundan y, lo peor, Urquiza no le ha dicho nada de sus libros, a pesar de que Argirópolis le estaba dedicado ... Ya desilusionado de la marcha de los acontecimientos disfruta, eso sí, el que después de Caseros, metido en la residencia que Rosas ocupara en Palermo, y con la pluma del vencido, el 3 de Febrero de 1852 pueda despachar cartas a sus amigos de Chile ...

Desconfiado de las intenciones de Urquiza, irritado que no pueda ser hombre de consejo para los problemas del país, Sarmiento, con el pretexto de ir a buscar a su familia a Chile, pide su relevo y abandona Buenos Aires.

En Chile no tardará en romper lanzas con Alberdi que, desde allí -identificado con Urquiza- le ha enviado a éste las “Bases” que Urquiza agradece y utiliza. Criterios tan divergentes entre Sarmiento y Alberdi para juzgar al jefe entrerriano motivarán entre ellos una larga polémica tan excedida de enconos personales que determinó el fin de una antigua y excelente amistad...

En su polémica con Alberdi, Sarmiento ha mostrado versación en temas de Derecho Constitucional. Ratificando esa faceta de su personalidad, había escrito en Chile, “sobre el tambor” -apenas sancionada la Ley Fundamental de 1853- sus “Comentarios de la Constitución”.

Está en Buenos Aires cuando, mientras reemplaza a Mitre en la redacción de “El Nacional” (Julio de 1855), se presenta para optar a la cátedra de Derecho Constitucional. Se trataba de una de las asignaturas recién incorporadas al plan de estudios de la Universidad para las cuales, por falta de recursos, no se había fijado ninguna retribución.

En respuesta a la solicitud de Sarmiento, el ministro de Gobierno del Estado de Buenos Aires le responde, con fecha 27 de Agosto de 1855, “que en mérito de lo manifestado por el rector de la Universidad y en vista de la petición que ha dirigido usted a éste, el Gobierno por acuerdo de esta fecha se ha servido nombrar a usted para desempeñar la cátedra gratuita agregada a la Universidad de Derecho Constitucional que usted solicita”; “al comunicar a usted esta resolución, se complace en manifestarle el alto aprecio con que ha mirado el Gobierno su noble y desinteresada dedicación...(6).

(6) Alberto G. Mosquera. “Sarmiento, Profesor de Derecho Constitucional de Buenos Aires”. “La Ley”, 11 de Septiembre de 1961, Buenos Aires. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

“Quizá haya sido Sarmiento el constitucionalista del siglo pasado que más insistiera en la necesidad de la formación de una conciencia jurídica, no sólo en el hombre común, sino en los gobernantes.
“A Sarmiento se debe la incorporación en los planes de estudio de la Escuela Secundaría, de la materia “Instrucción Cívica”. Quiso que el hombre no sólo intuyera, sino que también vivenciara el valor Justicia, en la escala de su propia valorización...”(7).

(7) Alberto G. Mosquera: “Ideas de Sarmiento sobre codificación”, en “Boletín de la Academia Provincial de la Historia” (1971), Nro. 6, San Juan. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

Las disidencias entre la Confederación Argentina y la provincia de Buenos Aires, que no aceptaría integrarla, hicieron conflictual la vida de Sarmiento en Chile. Las incitaciones y los cargos que le ofrecen los dos bandos, calculando incorporarlo a sus filas, no lo convencen; desea la unión y teme, si participa de la contienda, no servir a la confraternidad de todos los argentinos.

Pero en 1855 pone punto final a esta etapa. En carta particular a José Posse, su gran amigo íntimo, le escribe -desde Buenos Aires- con fecha 15 de Junio:

“... Desencantado de todo, de Buenos Aires, como del Paraná, cada uno quisiera tenerme de su lado para maldecir al otro, siendo yo en todo ello el pato de la boda, por tener la desgracia de ver un poco más claro.
“Aquí hay egoístas ignorantes; allá malvados sapientísimos; aquí anarquía y desgobierno; allá miseria y explotación...”.

En Buenos Aires, Sarmiento ejercerá el periodismo -como ya dijimos- como director de “El Nacional”. En el mismo año más arriba recordado, es elegido concejal de la ciudad por el barrio de la Catedral al Norte. Esto supone iniciar, modestamente, su primer cargo en el país.

No podrá decirse -tiene 45 años- que es un político precoz ... pero compensará la demora; en Junio de 1856 se crea, expresamente para él, la Jefatura del Departamento de Escuelas de Buenos Aires; en 1857 resulta electo senador provincial. En 1860, Mitre es gobernador de Buenos Aires cuando lo designa para ocupar el cargo de ministro de Gobierno.

Desde el periodismo afirmaba (Septiembre de 1856) con su prosa tajante, en oportunidad de discutirse en el Congreso la ley de tierras: “... el Estado debe conservar la tierra pública para servir las necesidades de todos. El peón necesita que haya tierra pública para hacer una casa y una heredad con sus ahorros futuros”.

Ratificando este criterio, Sarmiento, en solidario enfoque con el gobernador Mitre, decía en un Mensaje a la Legislatura Provincial, de fecha Agosto 20 de 1860:

“A la masa de nuestra juventud no queda otra carrera que la de los empleos, o dependientes de comercio por precios ínfimos; y cuando vuelven los ojos a la tierra que los vio nacer, y debiera proporcionarles medios de trabajo, encuentran que sólo por leguas pueden obtenerla últimamente a condición de tener un capital ingente para poblarla de ganado; es decir que para enriquecerse es preciso ser primero rico”.

Enjuiciando esa realidad, en el documento aludido descubría lo absurdo de que en un país nuevo y escasamente poblado se presentaran males que hasta en el Viejo Mundo se habían remediado:

“El grueso de la población vive sin hogar propio en la campañas, si no es en las aldeas, sin industria, sin artes y sin producciones, donde poseen o un solar de terreno o una quinta cuya limitada extensión no les deja esperanza de mejorar su condición.
“Y esta situación de las mayorías, que sólo debiera ocurrir en Europa bajo las aristocracias territoriales, se ha desanudado allí mismo por sacudimientos terribles.
“La Revolución Francesa no dejó otro hecho consumado que la subdivisión en cinco millones de propiedades del territorio de que la nobleza y el clero se habían asegurado la posesión por siglos”.

A Sarmiento es imprescindible explicarlo no solamente a través de su actuación pública. Y precisamente es en 1861 cuando los problemas sentimentales de su vida privada más influirían en su destino.

Digamos, pues, que a poco de su matrimonio con doña Benita Martínez, los desencuentros conyugales no tardaron en aparecer; sólo el amor de Sarmiento por el hijastro que adoptó el nombre de Domingo F. Sarmiento permitieron sobrellevar, durante un tiempo, la vida en común...

Fue él quien se desencantó primero ... La falta de atractivos físicos de ella, la “fea” es como él la designaba, le hizo buscar satisfacciones clandestinas ... Estas causas reales y otras sólo imaginadas, suscitaban los celos de doña Benita; acerca de estos celos, Sarmiento ha dejado escritas concretas referencias:

“Volcán de pasión insaciable, el amor en ella era un veneno corrosivo que devoraba el vaso que lo contenía...”. Y como no parecía resignado a ser víctima de ese veneno, la ruptura se produjo al saber ella de los amores de Sarmiento con la mujer que más lo entendió y a quien él, por su parte, más gratitud evidenció siempre: se trata de Aurelia Vélez.

Hija de Dalmacio Vélez Sársfield, casada con un primo y médico, Julio Ortiz, y separados como resultado de un matrimonio desavenido, Aurelia Vélez, nacida en 1836, conoció a Sarmiento en 1858. Puede presumirse que los veintidós años de ella y los cuarenta y siete de él conjugaron una pasión de almas y cuerpos.

Pero la situación legal de ambos y los alertas de doña Benita, que desde 1857 se ha instalado con Sarmiento en Buenos Aires, explicarían ciertas expresiones de una carta de ella:

“Te amo con todas las timideces de una niña y con toda la pasión de que es capaz una mujer. Te amo como no he amado nunca, ni creí que era posible amar.
“He aceptado tu amor porque estoy segura de merecerlo. Sólo tengo en mi vida una falta y es mi amor por ti”.

Algún tiempo después, una carta de Sarmiento a Aurelia Vélez afirma en un párrafo:

“Mi vida futura está basada exclusivamente sobre tu solemne promesa de amarme y pertenecerme a despecho de todo; y yo te agrego, a pesar de mi ausencia, aunque se prolongue; a pesar de la falta de cartas cuando no las recibas.
“Esos años que invocas velan por ti y te reclaman como la única esperanza y alegría en un piélago de dolores secretos que tú conoces, y de estragos causados por nuestro mismo amor”.

Cuando se descubrió esta relación, para salvarlo de las borrascas domésticas, los amigos -especialmente Mitre- lo ayudaron haciéndolo gobernador de San Juan ... Allá se fue Sarmiento sólo; doña Benita no llegó a figurar como gobernadora... Hasta San Juan fue el hijo, Dominguito, queriendo solucionar la querella de los padres; el muchacho, entonces de dieciocho años, no tuvo éxito en su mediación y regresó a Buenos Aires.

Las violencias desatadas por la política sanjuanina hicieron conveniente que Sarmiento abandonara el cargo; el presidente Mitre lo envió con una misión diplomática al Perú primero y a los Estados Unidos luego; lo importante era alejarlo de doña Benita...

El amor de Sarmiento y de Aurelia Vélez duraría treinta años, hasta la muerte de Sarmiento, en 1888... Claro está, a partir de su ausencia a los Estados Unidos, se encauza por los caminos más serenos de los recuerdos imborrables y de una valiosa amistad intelectual.

Aurelia Vélez fue, en efecto, una imponderable colaboradora para arrimar, a las batallas de Sarmiento, aliados, consignas y remansos...

En 1862, Sarmiento es gobernador de San Juan. Las montoneras tienen alterado el orden de buena parte del país. Pero en Junio de ese año recibe una carta de “El Chacho”, el inquieto caudillo de La Rioja. En ella, “El Chacho” le ruega “disculpe a los jefes, oficiales y sus soldados sus extravíos pasados; en oportunidad de la guerra que él, ‘El Chacho’ hacía tan equivocadamente”.

Esto parece posibilitar la pacificación. Tales esperanzas se desvanecen; en Marzo de 1863 y en tres provincias vecinas de San Juan, la belicosidad montonera encabezada por “El Chacho” reaparece.

Sarmiento adopta entonces disposiciones militares y de ellas resultan la derrota de “El Chacho”, que termina rindiéndose en La Rioja sin oponer resistencia. El caudillo es enseguida bárbaramente ejecutado, sin respetarse -por los jefes directos de su captura- los requisitos de la más elemental justicia...

Sarmiento, jefe de la represión de las montoneras, aparece cual responsable de lo sucedido ... Para explicar este episodio debe aceptarse que Sarmiento, ofuscado en su tarea de imponer el orden, cree que si por expreso encargo del presidente de la República, el general Mitre, los montoneros merecen ser equiparados a vulgares salteadores, ello supone el derecho de aplicar la ley marcial...

Pero años después, en 1875 y documento en mano, comprueba que no emanó de él la orden de matar al “Chacho”, hecho que se produjo después de renunciar a la dirección de la guerra. Esta vez el Sarmiento gobernante no renegaba del Sarmiento educador, capaz de alegrarse al contemplar que, como ocurriera en Chivilcoy en 1857, la posesión del suelo convertía a los gauchos en “pacíficos agricultores”...

La verdad era que en una sociedad rural empobrecida como la del Interior, resultaba fácil reclutar hombres dispuestos a seguir banderas de inoperantes rebeliones... Y Sarmiento incurre, por su lucha con las montoneras, en el más grave error de su vida pública al cargar las culpas de una represión rebasada en injusticias y crueldad...

Deberá abandonar la gobernación aunque dentro de su provincia cumpliera una labor sin duda meritoria y, no obstante, resistida por el encono sistemático de sus comprovincianos. El sedimento de amargura que le deja su actuación sanjuanina lo llevará a declinar tiempo después ser otra vez gobernador; “... no tengo cogote de repuesto...”, contestó al ofrecimiento.

Llega a los Estados Unidos a mediados de Mayo de 1865. El drama de la Guerra de Secesión se ha cobrado ya una víctima ilustre: un mes antes ha sido asesinado Lincoln. Sarmiento pasa allí “tres años sumamente provechosos”... “recorre el país, pone inmenso interés en la percepción de cada detalle”.

Mientras otros diplomáticos gastan los días trivialmente, él ensancha sus observaciones. Viaja continuamente(8) y en carta a Aurelia Vélez Sársfield le comenta sus impresiones sobre el país que visita por segunda vez y, al observar las escuelas, las bibliotecas, la actividad agrícola e industrial y registrar los progresos:

...glorióme de haber tenido, veinte años antes, la clara precepción de su definitiva influencia sobre los destinos de la América toda y de haberme consolado de nuestra depresión anunciando a la Europa lo que ésta empieza ya a sentir.
Usted que es joven ha de ver el fin del comienzo que ya presenciamos...
Y a propósito de juventud, ¿por qué deja usted disiparse la suya como planta pegada al suelo, usted libre de cuidados y obligaciones, y no se resuelve a tomar el vapor que se establecerá en Noviembre entre Buenos Aires y Nueva York y en treinta días de viaje cómodo, tocando en las costas del Brasil, se encuentra en Nueva York, donde desemboca el Hudson, acarreando naves por millares y remontándolo, llega a la cascada del Niágara, desciende el San Lorenzo, y se vuelve a su casa, llena de recuerdos, enriquecida de emociones plácidas, que bastará cerrar los ojos para evocarlas y complacerse en ellas?
¡Si fuera yanqui! ¡Si viese ferrocarriles, vapores, hoteles, calles llenas de jóvenes solteras, solas, viajando como las aves del cielo, seguras, alegres, felices!(9).

(8) y (9) Alberto Palcos. “Sarmiento” (1962), cuarta edición. Ed. Emecé, Buenos Aires. // Todo citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

En los Estados Unidos, Sarmiento alternó con rectores de Universidad, con sabios, con profesores ... Asiste a congresos pedagógicos y recibe el alto honor de ser diplomado Doctor en Leyes por Michigan...

Pero allí también, desempeñando la legación argentina en Washington, le llega la noticia de la muerte de su Dominguito, capitán a los veintiún años, caído en la batalla de Curupayty, durante la Guerra del Paraguay.

La desesperación pareció derribarlo para siempre y en carta particular a Mitre: ‘‘Había vivido en él, mientras que ahora no sé a dónde arrojar este pedazo de vida que me queda, pues ni aquí ni allá sé qué hacer con ella...”.

Las exequias del joven capitán, capaces de convocar el homenaje de Buenos Aires, que mostró ante la pérdida de Dominguito un dolor colectivo, hizo que muchos recordaran al padre ausente ... Y de ese recuerdo surgió, para Sarmiento, el inicio sentimental de calcularlo candidato a la presidencia ...

Necesitado de descanso, Sarmiento encontró en la exposición internacional que París verificaba en 1867, un pretexto para viajar y se llegó a la capital francesa.

Aunque en París, en el agasajo de un banquete ofrecido por un grupo de argentinos, se habló de su candidatura presidencial, la verdad es que esa posibilidad sólo adquiere dimensiones cuando ella se cuestiona en la Argentina. Si el tema era apasionante, la mención del nombre de Sarmiento para el cargo no dejaba indiferente a nadie.

Vuelto a su cargo diplomático en Washington, el autor de “Facundo” sigue los altibajos que su candidatura suscita, con equivalentes altibajos de optimismo y pesimismo.

En definitiva, influyen decisivamente en ella algunos jefes militares, como Mansilla y Arredondo que la auspiciaron en el Interior; la propaganda periodística del diario porteño “La Tribuna”, dirigida por los Varela; y la adhesión de Adolfo Alsina, de mucha gravitación en Buenos Aires, que se conformó con integrar la fórmula que Sarmiento encabezaba, renunciando a su propia candidatura.

Con el desenfado, que fue una característica de su psicología, Sarmiento no vaciló en pedirle a Mitre el apoyo para triunfar... ¿Acaso no era Mitre amigo suyo y Sarmiento el mejor de los candidatos para continuar la obra que Mitre había iniciado..? Lo cual no le impediría recriminar a Mitre al informarse, equivocadamente, del supuesto apoyo del presidente a otro candidato...

A veces, la impaciencia por falta de noticias acerca de las perspectivas electorales -pues, inexistentes las comunicaciones telegráficas, las novedades le llegaban por vapor- lo empujaban a embarcarse ... Pero se aguantaba ... Aurelia Vélez le aconsejaba no aparecer.

Quienes lo conocían temían que su presencia diera razón a los muchos que se oponían a su candidatura, por entender carecía del equilibrio necesario para gobernar...

Una indiscreción de Mansilla, que hizo pública una carta particular de Sarmiento, derivó en una abierta desinteligencia con Mitre ... y cuando éste le ofreció la cartera del Interior, Sarmiento la declina y, equivocadamente (Marzo de 1862), cree ver en ella una evidente prueba de que Mitre vetaba su candidatura.

El 23 de Julio de 1868 parte de regreso a la patria sin saber el desenlace de la elección presidencial. Es al llegar a Río de Janeiro cuando, a mediados de Agosto, las veintiún salvas con que un buque norteamericano lo saluda resultan el anuncio protocolar y ruidoso de que ha sido elegido presidente. El Congreso lo ha proclamado así, el 16 de Agosto, adjudicándole 79 votos sobre los 131 computados válidos.

Cuando Sarmiento regresó a la Argentina en 1868, recién elegido presidente, no tenía programa concreto de gobierno, pero sí un modelo: el de los Estados Unidos. Su patria no ha cambiado mucho desde que él se fue. La guerra contra el tirano del Paraguay ha malogrado el plan de progreso del presidente Mitre y del partido liberal, que está dividido.
Todavía hay indios que asaltan poblaciones, montoneros que enfrentan al Gobierno y caudillos como señores feudales; imperan la desobediencia a la autoridad y el menosprecio a la ley; la ignorancia y la incultura son generales; hay deudas a granel y una prensa ‘infernal’, desorbitada e intrigante, cultiva y transmite odios.
Le espera una tarea ingrata: la de gobernar a ‘perversos y malcriados’(10).

(10) Edmundo Correas en “La Nación”, del 13 de Octubre de 1968. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

La transmisión del mando se realizó en una sala del Fuerte, colmada por tanta gente que llegaba a encaramarse sobre mesas, sillones y ventanas. De vez en cuando se oía el estrépito de vidrios que la muchedumbre hacía trizas entre risas y dicharachos.
Sarmiento y su comitiva se abrieron pase a fuerza de empujones y codazos hasta llegar donde estaba Mitre, que trataba de imponer orden y silencio al gentío. En ese ambiente recibió Sarmiento las insignias de presidente; él que tenía en tal alto grado la idea de autoridad y gobierno y consideraba la Presidencia superior a toda otra potestad temporal o espiritual’’(11).

(11) Edmundo Correas en “La Nación”, del 13 de Octubre de 1968. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

En las vísperas de asumir el cargo, Sarmiento expresó en una reunión de la masonería que renunciaba a ella para no actuar en la presidencia trabado por los compromisos que esa afiliación podía significarle.

Sarmiento hereda una difícil situación política interna. El partido nacional que apoyó a Mitre aparece dividido en dos fracciones: la encabezada por Mitre se ufana representar el “elemento de tradición, afincado; los alsinistas de contar con las masas netamente populares”. Sarmiento, que carece de una fuerza política partidaria propia y debe a la adhesión de los alsinistas su elección, encuentra en estos últimos sus colaboradores ministeriales.

Pero no deseando ahondar las diferencias, aunque ya distanciado de Mitre, ofrece a su antecesor la Jefatura de los Ejércitos que todavía luchan en el Paraguay. Como Mitre no acepta, de común acuerdo con él designa para ese cargo a Gelly y Obes, partidario de Mitre.

En el orden interno inicia Sarmiento una política que luego rectifícará: la de entregar a jefes de las fuerzas militares nacionales una gravitación excesiva en los conflictos que estallan entre los diversos grupos existentes en cada provincia.

Pues, al sentirse elementos fundamentales para la pacificación del Interior, se ha creado el equívoco de que cada jefe militar se considere, por esta circunstancia, dueño de un caudal político propio ... De ahí que debiera Sarmiento adoptar actitudes enérgicas a pesar de tratarse, algunas veces, de jefes militares que habían contribuido a su elección.

A poco de iniciada la presidencia, Sarmiento, distanciado políticamente de Mitre, busca la amistad de Urquiza. Visita al vencedor de Caseros en el Palacio San José y los antiguos adversarios tienden entre ellos un puente de amistosa conciliación... Hay, los dos están de acuerdo en ello, que mirar hada adelante...

Pero, como si esa coincidencia hubiera acelerado el drama de intolerancia y de ingratitud que se incuba desde hace años, Urquiza es asesinado. Ricardo López Jordán asume públicamente la responsabilidad del hecho, al hacerse designar por la Legislatura gobernador de Entre Ríos para suceder a Urquiza y pide su reconocimiento como tal al Poder Ejecutivo Nacional. Supone que su audacia y la fuerza militar poderosa que comanda, van a intimidar al presidente.

Sarmiento reacciona ante el crimen y con una energía multiplicada. Porque un Consejo convocarlo por él y formado por las figuras más prestigiosas de la oposición, entre ellas Mitre, Alsina, Quintana, etcétera, aprueba las medidas a adoptarse.

Se intimará a los rebeldes que depongan las armas y se intervendrá militarmente en la provincia. Desde luego, se desconoce a López Jordán en su condición de gobernador de Entre Ríos.

Después de diez meses de lucha, derrotado en Ñaembé, Corrientes, López Jordán huye de Entre Ríos (Febrero de 1871).

Cual si una fatalidad persiguiera su Gobierno, ese mismo año, a principios de Febrero, se producían en Buenos Aires los primeros casos de epidemia de fiebre amarilla que durante dos meses azotara al Paraguay y a Corrientes.

Gradualmente, desde mediados de Marzo, el cuadro fue cobrando cada vez tintes más sombríos. El éxodo se hizo general cuando se comprobó que la fiebre no se alejaba de la costa, quedando indemnes las regiones mediterráneas. Como en un gran cuerpo herido que va perdiendo por partes el calor vital, en la ciudad enferma, uno por uno, los órganos activos rehusaban el servicio.
Después de los sospechosos saladeros, que de orden superior interrumpieron sus faenas, fueron cerrando sus puertas, por falta de elementos, las principales fábricas. Siguiendo a las industrias, se paralizaron las instituciones.
En Abril habían dejado de funcionar sucesivamente las escuelas y colegios, los bancos, la bolsa, los teatros, los tribunales, la aduana”... “en Abril, las defunciones alcanzaron el 14 % de la población y ésta, más que diezmada, había dejado de contar sus desaparecidos.
Ya no eran coches fúnebres los que faltaban y tenían que suplirse con carros abiertos, sin carreros que aceptasen la espantosa tarea. Intereses, deberes, vínculos sociales y acaso carnales, todo se había destemplado y relajado en ese general menoscabo de la vida...
Por centenares sucumbían los enfermos, sin médico en su dolencia, sin sacerdote en su agonía, sin plegaria en su féretro(12).

(12) Paul Groussac. “Los que pasaban” (1919). Ed. Jesús Menéndez, Buenos Aires. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

Los médicos recomiendan a la población salir al campo para evitar el contagio. Sarmiento da el ejemplo durmiendo en Mercedes y viniendo casi todos los días a la ciudad(13).

(13) Alberto Palcos. “Sarmiento” (1962), cuarta edición. Ed. Emecé, Buenos Aires. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

La conclusión de la Guerra del Paraguay, cuando las operaciones bélicas llegaron a su término, no significó, desgraciadamente, el fin de los problemas creados, por la contienda.

Contraviniendo los compromisos contraídos por el Tratado de la Triple Alianza, que impedían hacerlo por separado, el Brasil firmó la paz con el Paraguay. La Argentina generosamente había proclamado, por el ministro de Relaciones Exteriores de Sarmiento, que “la victoria no da derechos”, para significar que el país seguiría reclamando los límites territoriales que juzgaba legítimos antes del triunfo y que éste no entrañaría despojos injustos al vencido.

La actitud de la cancillería de Río de Janeiro hizo que Sarmiento enviara a Asunción al doctor Manuel Quintana (fines de 1871), quien regresó sin lograr una solución. El enfrentamiento con el Brasil, cuya cancillería gravitaba también en las decisiones del otro aliado, el Uruguay, provocó una tirantez diplomática que bordeó la guerra.

Esta vez, Sarmiento recurrió a Mitre para buscar una solución pacífica y Mitre logró en Río de Janeiro mejorar la situación y alejar las posibilidades de una lucha bélica. Pero cuando el mismo Mitre es enviado luego al Paraguay, la situación interna de ese país al dificultar las negociaciones impidieron que la paz entre la Argentina y el Paraguay pudiera concretarse entonces...

En el centro del país, Córdoba sumaba su tradición al alborozo por las conquistas de la técnica. En Mayo de 1870 llegaba a ella el ferrocarril cuya construcción, partiendo de Rosario, se había iniciado en 1865. El decreto oficial calificó el hecho de “el más grande acontecimiento de la época” y en la capital, veintiún cañonazos saludaron a la bandera cuando allí se tuvo la respectiva información.

La provincia que había debido a la crianza de las mulas su secular prosperidad, encontraba en la locomotora la avanzada de la solidaridad nacional que las comunicaciones modernas estaban realizando. Como un símbolo del ayer y del mañana que el suceso concretaba, el obispo de Córdoba enviaba con tal motivo y por intermedio del telégrafo, su bendición a toda la República.

Y Sarmiento, que haría de Córdoba el escenario del Observatorio Astronómico, eligió en Diciembre de 1868 la vieja ciudad mediterránea para llevar a cabo en ella la primera Exposición Nacional. Al solicitar del Congreso la autorización para realizar el proyecto, señalaba Sarmiento que “las exposiciones industriales son hoy una de las formas más aceptadas no solamente para promover el adelanto de todas las artes que concurren a la producción, para animar el comercio haciéndole conocer nuevos productos que puedan ser objeto de sus cambios, sino para hacerse valer en el concepto de los demás pueblos”.

Al acto de la inauguración, cumplido el 15 de Octubre de 1871, concurrieron el presidente Sarmiento, varios de sus ministros, los gobernadores de Córdoba, Salta, Santa Fe, Corrientes y San Luis; representantes de otros Gobiernos provinciales, ministros extranjeros, etcétera.

Agrupamos aquí por la primera vez -expresó Sarmiento en el discurso inaugural- los elementos que revelan nuestro modo de ser presente y los que mediante el trabajo prometen medios de subsistencia para millones de habitantes en lo futuro.
Lección instructiva para todos. Instructiva por las riquezas que el suelo encierra y aún no han recibido forma y valor por el trabajo; instructiva por los artefactos en que se ensaya nuestra tímida industria; instructiva, en fin, por su deficiencia misma”.

En realidad, la exposición tuvo carácter internacional; los países europeos, a través de más de doscientos cincuenta expositores, presentaron más de mil objetos; y los de América, con ciento cincuenta expositores, enviaron más de quinientos ochenta.

Cuando se clausuró la exposición, pasados los tres meses de inaugurada, se apreció en más treinta mil personas el número de visitantes; se la juzgó un éxito, considerando los graves inconvenientes que para su realización debieron superarse, como la lucha desencadenada en Entre Ríos por el asesinato político de Urquiza y los estragos que en 1871 hizo la epidemia de fiebre amarilla en Corrientes y Buenos Aires.

El ministro Avellaneda, que en representación de Sarmiento presidió las ceremonias finales de adjudicación de premios, señaló a los así distinguidos que sus diplomas de triunfadores “representaban el honor y el porvenir de la República”.

A las innumerables preocupaciones que debió enfrentar Sarmiento, cuyo empuje renovador suscitaba una oposición que usaba para combatirlo todas las armas, el autor de “Facundo” debió agregar la calumnia que desató una parte de la prensa chilena, pretendiendo usarla como argumento valedero para discutir la soberanía argentina sobre la Patagonia.

En 1842, estando Sarmiento expatriado en Chile, encara este país la colonización del Estrecho de Magallanes. El presidente chileno, general (Manuel) Bulnes, envía, en Septiembre de 1843, una expedición que funda un fuerte: Fuerte Bulnes. No hay en ese momento pleito de frontera entre la Argentina y Chile y nadie en el país sostiene que la zona del Estrecho, ocupada por la expedición chilena referida, pertenezca a la Argentina.

El Gobierno de Rosas demora hasta Noviembre de 1847 presentar una reclamación diplomática, en la que afirma “que esa fundación ataca la integridad del territorio argentino”. La nota de Rosas, además de tardía, no concretaba antecedentes históricos ni geográficos acerca de los derechos argentinos que fundamentaron la reclamación.

Ahora bien, en 1842, Sarmiento publicó en “El Progreso”, periódico de Chile, una serie de artículos en los cuales señala las ventajas de lo actuado por Chile; a Sarmiento le preocupa que alguna potencia europea pueda apoderarse del Estrecho.

Piensa en Inglaterra más que en Francia, porque ya se había producido la agresión inglesa a las Malvinas. Que Sarmiento no andaba descaminado en sus preocupaciones lo muestra el que apenas un día después de fundado el Fuerte Bulnes, una corbeta francesa, de nombre “Phaeton”, se presenta a tomar posesión de esas tierras, pero se retira al encontrar allí el mencionado Fuerte.

En ninguno de esos artículos, ni en los que en 1849 publicó en el periódico chileno “La Crónica”, Sarmiento alude a la Patagonia, región argentina que ni antes ni en la época de esta actividad periodística de Sarmiento, ningún chileno reclamaba.

En 1868 llega Sarmiento a la presidencia de la República. En 1869 nombra representante diplomático en Santiago a Félix Frías que, también como Sarmiento, había residido allí proscripto. Desde 1853, y sólo a partir de unas publicaciones de don Manuel Amunátegui, se inicia en Chile una corriente de opinión que sostiene los presuntos derechos de ese país a la Patagonia, cuyo territorio habría pertenecido a Chile desde la conquista española.

Un chileno de exaltado nacionalismo, don Adolfo Ibáñez, ministro de Relaciones Exteriores de la nación vecina, encarna esa tesis y pretende apoyarla en los artículos que Sarmiento escribiera cuando proscripto.

Como tal pretensión no tiene éxito, a principios de 1872, en carta privada, Ibáñez le propone al presidente Sarmiento comprar el Estrecho para Chile. Actitud curiosa la del ministro chileno, pues si creía que el Estrecho era de Chile, no se concibe pretendiera comprarlo...

Sarmiento le contesta en una carta, que Ibáñez difunde, y en la cual Sarmiento afirma que la línea divisoria entre los dos países corre a través “de la cordillera central nevada de los Andes”. Sarmiento anticipa así la doctrina argentina que finalmente se impondría: la línea separatoria es la de las altas cumbres y no las aguas de los ríos que de ella bajan, como sostenía la tesis chilena.

En 1873, Félix Frías presenta los Memoriales que justifican el derecho indudable de la Argentina a la Patagonia; lo hace apoyándose en la exhumación de nuevos documentos.

Chilenos de alta responsabilidad lo felicitan a Frías pero, como otros sectores de ese país siguen difamando a Sarmiento, éste, en una carta a Frías, le anuncia que de proseguirse en Chile esa difamación contra él, queriendo utilizar de modo adulterado sus artículos de periodista, está dispuesto a renunciar a la presidencia “para consagrarse totalmente a combatir las pretensiones de aquella gente”.

La respuesta de Frías es categórica:

Si realmente el nombre de usted pudiera embarazar la defensa de los derechos argentinos, yo, que estoy encargado de ello, se lo diría a usted con franqueza. Pero.nada de esto sucede; y no necesita usted descender de su puesto para rechazar el cargo más injusto.
Su ministro bastará para probar al señor Ibáñez que la actitud de usted en la prensa chilena fue, como me lo dijo no ha mucho don Manuel Montt, ante todo la de un buen argentino”.

Contra la voluntad resuelta de Sarmiento y su programa de paz y de progreso parecen aliarse los hombres y la naturaleza ... Ricardo López Jordán renueva en Entre Ríos, el 1 de Mayo de 1873, su segunda rebelión; la experiencia gubernativa del Gobierno Nacional, cuando en 1870 debió sofocar la primera, acorta los plazos para hacer fracasar esta otra que calculaba apoyos de Santa Fe y de Corrientes. Vencido en la batalla de Don Gonzalo, a fines de ese año, no ha vacilado antes en planear el asesinato de Sarmiento.

El atentado se produjo en Buenos Aires, la tarde del 23 de Agosto de 1873, en circunstancias en que Sarmiento, dentro de un carruaje que no es el oficial, ha salido de su casa y marcha a entrevistarse con Vélez Sársfield, su ex ministro del Interior.

Le preocupa una seria interpelación planteada en el Senado cuando, a pesar de esa preocupación y de su sordera, al cruzar el carruaje una esquina oye el estruendo de una detonación. Los caballos se encabritan, pero el cochero castiga a los animales y Sarmiento llega al domicilio de Vélez Sársfield ignorando lo que realmente había ocurrido.

Tres individuos, al aproximarse al carruaje, lo habían rodeado armados con trabucos, pistolas y puñales. Uno de ellos dispara su trabuco pero éste, excesivamente cargado, se le revienta en su propia mano y, temeroso de la herida que se ha provocado, él y sus cómplices huyen.

Tomados prisioneros dos de ellos, la investigación judicial permite comprobar que se trata de jóvenes marineros italianos llegados al país hace poco, que no conocían a Sarmiento y habían aceptado cometer el crimen a cambio de una suma facilitada por el tercer individuo.

La pericia química de las armas secuestradas midió la gravedad del plan: los plomos de las balas estaban recubiertos de bicloruro de mercurio y los agujeros que presentaban los puñales aparecían rellenados con sulfato de estricnina...

El tercer sujeto, fugado a Montevideo, identificado como Aquiles Segabrugo, había sido ministro de López Jordán y apareció asesinado en esa ciudad, en Octubre. “La muerte había sellado los labios del único que hubiera podido revelar el nombre de las personas interesadas en el asesinato de Sarmiento(14).

(14) Francisco L. Romay. “Historia de la Policía Federal Argentina” (1966), tomo V. Biblioteca Policial. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

Poco después, luego de hacerle llegar al cónsul argentino en Fray Bentos la noticia de un nuevo atentado que se tramaba en el Uruguay contra Sarmiento, el autor de la denuncia era apuñalado; estando en agonia, el “Vasco Olave”, tal el nombre del denunciante, reiteraba su afirmación...(15).

(15) Francisco L. Romay. “Historia de la Policía Federal Argentina” (1966), tomo V. Biblioteca Policial. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

Las rebeliones de López Jordán que, huido al Uruguay, hizo en 1876 una tercera tentativa, significaron, además de las pérdidas en vidas, la suma de 16 millones de pesos. El Presupuesto de 1869, el primero de la Administración de Sarmiento, no alcanzaba a los diez millones...

Ya dijimos que la naturaleza también parecía plegarse a la oposición a Sarmiento. Además de la epidemia de fiebre amarilla y sus estragos imponderables, se presentaron inundaciones en cuatro provincias y en 1873 una sequía diezmó la riqueza agraria: tan sólo en la ganadería se registró la pérdida de dos millones de vacunos...

Superando sin embargo todo eso, amén de las deudas contraídas por la Guerra del Paraguay, Sarmiento no desmayó en la tarea constructiva relacionada con la educación: cientos de Escuelas Primarias que permitieron elevar de 30.000 el número de alumnos que existían al iniciar su Gobierno, a 100.000 al término del mismo; bibliotecas populares instaladas en docenas de ciudades; la fundación de las primeras Escuelas Normales son, en parte, testimonio de la efectividad cultural de la presidencia de Sarmiento.

Por decreto 13 de Junio de 1870 funda en Paraná, dirigida por el pedagogo norteamericano Jorge A. Stearns, la primera Escuela Normal; en 1873 funda en Tucumán la segunda. Funda Colegios Nacionales en varias ciudades del Interior (San Luis, Jujuy, Santiago del Estero, Corrientes, Uruguay, Rosario, etcétera) y dicta, en Marzo de 1870, un plan moderno de seis años en el que se reserva ancho lugar a las ciencias y a los idiomas. En 1869 ordena realizar el primer Censo Nacional.

Crea en San Juan y Catamarca la profesión de Ingeniero de Minas, varias Escuelas de Agricultura, el Observatorio Astronómico en Córdoba (Diciembre de 1869), la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas (Mayo 16 de 1870), la Academia de Ciencias (Septiembre de 1872) y este mismo año la Oficina Metereológica.

El 22 de Junio de 1870 funda el Colegio Militar, cuya creación anticipó al asumir el mando:

Me prometo contraerme a preparar a la carrera militar nuevo prestigio con mayor contingente de instrucción científica”. Funda la Escuela Naval Militar, que funciona en un principio (5 de Octubre de 1872) a bordo del “Brown”.

Planea la prolongación del Ferrocarril Central Argentino de Córdoba hasta Tucumán, inaugura el de Río Cuarto y el de Concordia. El telégrafo llega hasta los confines de las fronteras del país y en Agosto de 1874, al inaugurar el cable transoceánico, le expresa al presidente norteamericano Grant: “Al terminar mi Gobierno dejo mi país en contacto con todas las naciones”.

La elección de su sucesor origina una apasionada disputa. Avellaneda, hasta Agosto de 1873 ministro de Educación de Sarmiento, es sin duda el candidato de sus simpatías. Otros dos son Alsina y Mitre.

La circunstancia de que Alsina renuncia a su candidatura y decide apoyar a Avellaneda, asegura a éste el triunfo en comicios que -considerados fraudulentos por los mitristas- explica que los últimos se lancen, dos semanas antes de concluir la presidencia de Sarmiento, a una insurrección que estalla el 24 de Septiembre de 1874. La lucha armada para sofocar la sedición encabezada por Mitre, le corresponderá a Avellaneda.

Cumplido su período presidencial, en autobalance de su Administración, Sarmiento le ha escrito a un amigo residente en Chile:

... He concluido una larga carrera, llegando al término sin desandar el camino ni extraviarme” ... “Los males quedarán en la sombra o serán amnistiados(16).

(16) Alberto Palcos. “Sarmiento” (1962), cuarta edición. Ed. Emecé, Buenos Aires. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

Terminada la presidencia es electo Senador por San Juan. Al informar, como miembro de la Comisión de Negocios Constitucionales, un proyecto de amnistía para los insurrectos de 1874, que otorga la misma muy restrictivamente, la barra del Congreso se expresa con una hostilidad sin precedentes en los anales parlamentarios.

La hostilidad se renueva esa tarde en la calle y se acompaña, en los días siguientes, de artículos periodísticos tan agraviantes “que no existe dentro y fuera del diccionario insulto que no expresen contra Sarmiento”. La oposición no le perdonaba la indomable altivez de su Gobierno. Simultáneamente, acepta desempeñar la Dirección de Escuelas de la provincia de Buenos Aires.

El 1 de Septiembre de 1880, el presidente Avellaneda le ofrece el Ministerio del Interior; con tal motivo abandona su banca de senador y la Dirección de Escuelas. Son momentos difíciles; en la renovación presidencial aparecen enfrentados Roca y Tejedor.

El primero ha conseguido el apoyo de casi todos los mandatarios de las provincias del Interior; el segundo es gobernador de Buenos Aires y ha recibido la adhesión de Mitre. El enfrentamiento supone reiterar la vieja querella entre provincianos y porteños y su posible derivación en la guerra civil.

Sarmiento encara una serie de medidas que tienden a objetivar la cuestión y alejarla del terreno de la violencia, pero su acción no conforma a ninguno de los dos bandos y debió abandonar el Ministerio que no llegó a ocupar sino cuarenta días. Para su biografía, acaso lo más importante de tan fugaz actuación, fue el recibir y abrazar a Alberdi, que regresaba a la Argentina después de una ausencia de cuatro décadas en el extranjero.

Sin embargo, como el proceso de la renovación presidencial sigue sin resolverse, en Marzo de 1880 se piensa en Sarmiento como candidato de transacción. La candidatura de Sarmiento merece el auspicio de importantes núcleos de la juventud porteña, encabezados por Aristóbulo del Valle y Miguel Cané.

Pero no llegará a concretarse porque los sectores que sostienen a Roca -por una parte- y a Tejedor por otra, se obstinan en sus respectivas posibilidades, y el país desemboca en la insurrección del 80, encabezada por Mitre y Tejedor, movimiento que intenta desconocer la mayoría obtenida por Roca.

Al abandonar el Ministerio del Interior, Sarmiento vuelve a la Dirección de Escuelas de la provincia. Federalizada la Ciudad de Buenos Aires, declarada Capital de la Nación, desempeñará por un año (de Enero de 1880 a Enero de 1881), la Superintendencia General de Escuelas. Renuncia al cargo en conflicto con los miembros del Consejo que integran ese Organismo.

La disidencia, aparentemente administrativa, es en realidad, doctrinaria. Se trata de la orientación laica que a juicio de Sarmiento debe adoptarse, entendiendo por tal no a la escuela atea que combate todas las religiones, sino a la que frente a los diversos credos religiosos debe permanecer neutral.

Cuando se ensancha la disidencia y ella se debate por los periódicos, Sarmiento es abanderado de la escuela laica. La sanción, en 1884, de la ley Nro. 1420, consagra el triunfo de esta orientación.

Las actividades someramente reseñadas no le han quitado a Sarmiento su preocupación por los temas sociológicos que ya evidenciara en el “Facundo”. En 1883 publica el primer volumen de una obra: “Conflictos y Armonías de las Razas en América”, cuyo segundo volumen no llegaría a aparecer. En ella aborda un tema de innegable hondura: es el de la mestización que en América ha resultado de la fusión de la raza blanca con la india y con la negra.

La mestización habría tenido -según Sarmiento- consecuencias negativas, pues aun la blanca originaria de España no tenía una tradición democrática ni hábitos de pensamiento que en la metrópoli habrían sido sofocados por la Inquisición.

En 1884 visita Chile, donde es cordialmente agasajado; a su regreso, al pasar por San Juan, la provincia natal lo conmueve con una recepción nunca vista en cantidad y entusiasmo popular.

Ese mismo año, por ley del Congreso (Septiembre de 1884), se ordena la publicación, a expensas del Tesoro Nacional, de las obras completas de Sarmiento.

Aunque nacido en una provincia flanqueada por la cordillera, Sarmiento no tiene devoción por lo mineral de la montaña... Una sensibilidad biológica poco común le hace buscar -en la pausa de todas sus agitaciones- la compañía de plantas y animales... Su correspondencia particular lo evidencia.

En 1854 le escribe a su gran amigo José Posse, que reside en Tucumán:

He fundado en Mendoza, contra la voluntad de todo el mundo, una quinta que cuenta ya con millares de plantas de todas las variedades... Ahora quiero hacer algo parecido en San Juan, para cuyo fin necesito que me acopies, en grandes cantidades, semillas de pacará, cedro, nogal...”.

Veinte años después, contra la oposición de muchos y la burla de casi todos, Sarmiento, desde la presidencia, crea en la capital el famoso Parque 3 de Febrero ... Cosa de loco pareció hacer, tan lejos de la ciudad y con tan malos caminos, el paseo que él previó sería el favorito de Buenos Aires. Ya no era presidente pero, encargado de la ejecución del proyecto, a caballo, con su sombrero de paja, se metía entre los matorrales y pantanos a dirigir personalmente los trabajos...

En 1855, en el delta del Paraná, Sarmiento plantó el primer mimbre. Para el centenario de ese acto, cien millones de plantas de mimbre testimoniaban el acierto de la medida... En fin, si el viento fuera una voz con memoria agradecida, cada vez que sus ráfagas cruzan la llanura poblada hoy por bosques numerosos, el de Sarmiento es el nombre que primero escucharíamos.

Hace ciento diez años, después de afirmar que una “boda” debía terminar con la ancestral “soltería” de la pampa, él apadrinó el enlace de ésta con ese novio de Australia alto, sano y veloz para empinarse, que llamamos eucalipto...

La pajarera que en un patio del último domicilio porteño Sarmiento cuidara personalmente, reiteraba, con su presencia, su enternecedora simpatía por las aves... Desde las termas de Salta, a donde a los setenta y cinco años ha ido a cuidar algo la salud, le escribe a una nieta y le informa que le han prometido un tordo de Santa Cruz de la Sierra.

Con burlona alegría alude a su sordera y le dice: “Me ahorrará el inútil trabajo de ir al teatro, pues si no es el bombo, poco oigo... En Alemania enseñan a cantar trozos de óperas populares a los pajaritos de las familias...”.

En cierta oportunidad, su viejo amigo “Pepe” Posse le anticipa el envío, desde Tucumán, de un loro hablador, tan excelente, que Posse había pagado por él 25 pesos cuando el precio corriente era de tres pesos... “Lástima -dice Posse- que te encuentres sordo para oírle sus gracias...”. Sarmiento le contesta: “El loro será recibido con la distinción que sus anunciados talentos merecen”.

El loro tucumano llega a Buenos Aires y Sarmiento no le oye decir una palabra; no se trata de su sordera; es que el loro no habla absolutamente nada... Entonces, Sarmiento, olvidado de la zoología, irritado como si se tratara de un ser humano que no le entiende o no quiere contestarle, le despacha a Posse un telegrama: “Pepe: tu loro es un animal...”.

Tenía aristas, porque tuvo ideas y voluntad para imponerlas... Pero si esas aristas le hicieron ser muchas veces tremendamente injusto, no fue innecesariamente cruel. La bilis y la sangre no mezclaron en él sus ingredientes.

Lo prueba el buen humor con que a los setenta años gozaba las alternativas del combate ideológico y, camino del periódico desde el cual devolvía los zarpazos adversarios, pudo decir con malicia: “La guerra hay que hacerla, pero hacerla alegremente...”.

La vejez no le trajo mutilaciones ni desfallecimientos penosos; hasta sus últimos días, es verdad documentada que “había vivido en éxtasis permanente del entusiasmo”.

Se han exagerado sus jactancias. Se desconocen en cambio sus frecuentes consultas, sus sinceros pedidos de juicios críticos para sus libros, su solicitud para que le fueran señalados en sus trabajos los errores que resultara menester eliminar. No ignoraba sus limitaciones.

En una oportunidad, para justificarlas, expresó: “Empecé a ser hombre entre la navegación a vela y el vapor que comenzaba. Mis ideas participan de estos dos ambientes”.

Hizo de las apariencias un arma de educación de la ciudadanía. Para preservar la dignidad del cargo de Presidente de la República, arrugada por ciertos embates del desenfreno callejero, creyó conveniente adquirir una carroza. Se exhibió dentro de ella poniendo, entre la multitud y el decoro del cargo, una aislación que, si impidió los arrebatos, multiplicó las burlas.

Se lo creyó orgulloso; la presidencia lo mareaba, dijeron sus adversarios... No era verdad; siguió siendo, cuando dejó la más alta magistratura, el hombre sencillo capaz de contestar a Avellaneda, el nuevo presidente que le invitaba a solicitar lo que deseaba y pudiera remediar su pobreza:

Déjeme el edecán militar y el derecho de franquear la correspondencia”. Y fue su elección de Senador por San Juan lo que le facilitó los recursos para subsistir...

No podía ser solemne quien adornaba las paredes de su retiro campesino en el Delta próximo a Buenos Aires, con las caricaturas que lo ridiculizaban. No podía ser solemne quien desde Nueva York, en carta a un amigo y a propósito de la educación de las hijas de éste: “Estoy contentísimo de que aprendan inglés. Que toquen el piano y cultiven todos los talentos agradables. Yo me estoy poniendo viejo y necesito quien me haga dormir con una pieza de música...”.

Ha cumplido hace rato los setenta años y tras ocupar en el país todas las jerarquías de la vida pública, tiene el alboroto retozón de los nietos, el halago de amigos extranjeros y del país con quienes mantener correspondencia, buenos libros para seguir leyendo, pájaros y plantas que cuidar en su casona de la calle Cuyo... ¿Por qué no quedarse tranquilo y vivir ese sosiego rodeado del respeto patriarcal que al fin parece ha logrado inspirar, al menos a una parte de sus compatriotas..?

Pero un Sarmiento sosegado dejaría de ser Sarmiento... Desde 1885, atento a la realidad que desfila ante él, no se conforma con las luchas realizadas y no se callará... ¿Acaso lo que ocurre en esos días son los finales de la primera presidencia de Roca, no constituye un reniego de la vieja fe sarmientina en el progreso y en la justicia de la civilidad..?

Sarmiento funda “El Censor”. Y hundirá su pluma, hecha bisturí, en los focos purulentos de la economía y sociabilidad argentina... Por supuesto, el viejo luchador no usará esa anestesia de las ironías elegantes o los circunloquios que callan nombres propios para capitalizar prudencias...

Vuelve a ser el Sarmiento del “Facundo” ... No está Rosas en el Gobierno, pero eso poco importa ... Sobran los males y los malandrines ... Y subido a ese mangrullo que es “El Censor”, no son molinos de viento lo que va arremeter...

Desagradado porque algunos de los jefes egresados del Colegio Militar por él fundado, se han convertido en elementos de fuerza para servir la política del presidente de la República, escribe:

... Raro destino el de las instituciones humanas. Puede el lector imaginar las ilusiones que se haría el creador de las Escuelas Militar y Naval. Llamada la República Argentina a ser -por su colocación geográfica- la segunda edición de los Estados Unidos, esperaba reducir el Ejército a las estrictas necesidades de la frontera...
Pero nosotros, los americanos del sur, hemos descubierto un modo de dar empleo a los Ejércitos sin guerra, porque no hay enemigos; y es gobernar con Ejércitos creándolos superiores a nuestros medios y sin proporción con la población...(17).

(17) “El Censor’’ del 25 de Febrero de 1886. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

Y es que, afirmaba Sarmiento:

... El Ejército no ha servido durante la Administración de Roca sino para avasallar las libertades públicas. Desde el primer año del Gobierno del general Roca se hizo manifiesto el propósito de formar un Ejército formidable, doblando su efectivo, precisamente cuando desaparecía por completo toda amenaza de conflicto exterior, cuando las fronteras no exigían sino fuerzas muy limitadas y cuando la paz interna misma no podía ser perturbada.
El Ejército Argentino tiene otra misión que la de avasallar las libertades públicas; pero sólo sirve para asegurar el Gobierno de la familia de los Roca y pasarla a la de Juárez.
Entró Roca al Gobierno y entregó la Policía de Buenos Aires a su primo, quien pidió en el acto un aumento de 700 plazas. De civil que era y lo es en todo país civilizado, la Policía de Buenos Aires se ha hecho militar y ha sido dotada de armas de guerra(18).

(18) “El Censor” del 1 de Abril de 1886. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

Severo con la irresponsable rutina de muchos de los grandes estancieros, señala estos conceptos:

... No quieren saber nada de derechos, de impuestos a la hacienda. Quieren que el Gobierno, quieren que nosotros, que no tenemos una vaca, contribuyamos a duplicarles o triplicarles su fortuna a los Anchorena, a los Unzué, a los Pereyra, a los Luros, a los Duggan, a los Cano, a los Leloir, a los Pelero y a todos los millonarios que pasan su vida mirando cómo paren las vacas.
En ese estado está la cuestión, y como resulta que las Cámaras están también formadas por ganaderos, veremos mañana la canción de siempre, el payar de la guitarra a la sombra del ombú de la pampa y a la puerta del rancho de paja(19).

(19) “El Censor” del 9 de Enero de 1886. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

La industria ganadera, la única verdaderamente nacional, carece entre nosotros del gran desenvolvimiento que tiene en otros mercados más perspicaces y previsores. Nos hemos limitado a la cría de ganado sin otro horizonte que el saladero, fuera de los canales de abasto.
La cruza y mejora de razas cuenta muy pocos años en nuestros mejores establecimientos. El estanciero criollo no tiene iniciativas, obedece a la tradición colonial de las procreaciones naturales, a la explotación primitiva de cueros y lanas, que todavía se exportan tal como resultan de la esquila.
Tenemos datos sobrados para demostrar que la exportación en condiciones frigoríficas asegura la prosperidad del comercio que se consagre a ella. Pero se nos preguntará si ésta es una seguridad absoluta, por qué no se exponen los capitales interiores, los capitales excedentes de los mismos ganaderos, ricos, muy ricos, en su mayor parte.
Nuestros hacendados no entienden jota del asunto y prefieren hacerse un palacio en la Avenida Alvear, que meterse en negocios que los llenarán de aflicciones(20).

(20) ‘‘El Censor”, Enero 21 de 1886. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

En otro orden de cosas, pero siempre referidas a concretos aspectos de la Argentina de entonces, Sarmiento anticipa, desde “El Censor”, los resultados de un uso ruinoso del crédito financiero, ligado a su vez al despilfarro de la tierra pública:

... Para obtener un empréstito se ha necesitado cargar a nuestros hijos 15 millones de comisión y usura, no recibiendo sino el resto de los pretendidos 42 millones, pero reales, para pagarlos por su valor nominal a los acreedores y, a más de las usuras de 15 millones tenemos que mantener un Ejército de 10.000 hombres y una Marina formidable, y a los que lo contrajeron, y en menos de un año la patria, agradecida a sus guardianes armados, ha desbaratado 100 millones de valeres en tierras públicas adjudicadas al precio de 400 nacionales cuando valen 10.000 fuertes en unas regiones y hasta 3.000 en las menos favorecidas(21).

(21) ‘‘El Censor”, Enero 1ro. de 1886. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

Y en una acusación pública, acaso impar en la historia argentina por la importancia del problema y la jerarquía del remitente y del destinatario, escribe Sarmiento:

¿...En virtud de que ley el general Roca, clandestinamente, sigue enajenando la tierra pública a razón de 400 nacionales la legua que vale 3.000? El presidente Roca, haciendo caso omiso de la ley, cada tantos días remite por camadas -a las Oficinas del Crédito Público- órdenes directas, sin expedientes ni tramitaciones inútiles, para que suscriba a los agraciados, que son siempre los mismos, centenares de leguas.
Allí están los Libros del Crédito Público que cantan y en alta voz para todo el que quiera hacer la denuncia al fiscal. Al paso que vamos, dentro de poco no nos quedará un palmo de tierra en condiciones de dar al inmigrante(22).

(22) ‘‘El Censor”, Diciembre 18 de 1886. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

Los artículos de “El Censor” fueron el final zarpazo del viejo luchador ... En el mismo periódico aparecieron después dos libros suyos: “Vida y Escritos del coronel Don Francisco J. Muñiz”, sin duda el primer hombre de ciencia argentino (paleontólogo, geólogo, médico) fallecido en 1871, víctima de la fiebre amarilla; y “Vida de Dominguito”, el último libro de Sarmiento, donde el autor de “Facundo” evoca al hijo muerto a los 21 años en Curupayty.

Desde 1886 la salud de Sarmiento flaqueaba. Una afección cardíaca, cuyo episodio inicial se remontaba a 1876, lo obligó a eludir los inviernos porteños y viajar al Paraguay (mediados de 1887). Allí -sin duda- el clima lo mejoraba y por eso volvió, en Marzo de 1888, a marchar para Asunción...

No paso de este año”, habría dicho al partir. Sin embargo, en la capital del país hermano tuvo todavía los entusiasmos de la alegría y la salud para vigilar la instalación de una casa de hierro isotérmica traída de Bélgica; plantar árboles, regar plantas; agasajar a Aurelia Vélez Sársfield que, acompañada de familiares se llegó allí a visitarlo en el mes de Julio; buscar, mediante la porforación de un pozo, el agua necesaria para su residencia y, para inaugurar ésta, preparar una fiesta...

Pero el pronóstico irremediable no se aplazaría. En los primeros días de Septiembre, agravada la dolencia, fue necesario -para aliviarlo- sentarlo en un sillón... El 10 de Septiembre, el enfermo mismo pidió que lo acostaran y Sarmiento falleció en la madrugada del 11 de ese mes...

El Gobierno paraguayo decretó tres días de duelo para ese país ... Los restos de Sarmiento, envueltos -de acuerdo a sus deseos- en las banderas de las cuatro naciones a las cuales sirviera: Argentina, Chile, Uruguay y Paraguay, embarcados en el vapor “Alvear”, llegaron a Buenos Aires y fueron inhumados en La Recoleta, el 21 de Septiembre. Se pronunciaron treinta y un discursos. Pellegrini, vicepresidente de la República, expresaría en el suyo: “Sarmiento fue el cerebro más poderoso que haya producido la América...”.

Pero acaso el más maravilloso de los homenajes tributados a Sarmiento fue el registrado cuando al bajar sus restos por el Paraná, poblaciones hubo que al paso de ellos permanecieron en la orilla del río arrodilladas y llorosas, hasta que el barco se perdía de vista.

Sarmiento es, en escala individual, alto don que el Destino le ha otorgado a la República. Pocas veces en la historia de los pueblos se da la conjunción, excepcional, de una vida con la doble virtud del pensamiento avizor y de la acción militante. Pocas veces en la historia de los pueblos un mismo individuo es capaz de esta doble condición, sin demorarse en la marcha de las generaciones.

El hombre que avanzó codo a codo de Echeverría y de la Generación del 37, es el mismo que a los setenta años acaudilla la Generación del 80... Sin detenerse, su veteranía de combatiente ignoró jubilaciones. Y aludiendo a quienes vivían calumniándolo, afirmó:

A fuerza de abnegación personal llegué a empequeñecerme tanto a los ojos de los aventureros felices, que vine a ser la piedra de esquina en que alzaban la pata todos los perros”.

La calumnia de hoy sigue alzando su pata sobre Sarmiento, aunque la piedra haya alcanzado la jerarquía del mármol hecha estatua ... Pero las flechas que se disparan contra él, si a veces logran alcanzarlo, no lo detienen y sólo le llegan para golpearlo en las recias espaldas desdeñosas.

Porque en la patria de los argentinos no hay honda ni arco que haya podido quitarle a la vida de Sarmiento su rumbo y su jefatura de vanguardia.

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