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Manuel Derqui, desde la oposición. Elección de la fórmula Pampín-Madariaga

Los nuevos amigos del gobernador Gelabert reconocían por jefe al más joven de ellos, el mismo de quien decía aquél, en los primeros tiempos de su Gobierno, cuando era ministro suyo: “Es el muchacho más pillo que he conocido(1).

(1) Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Resistencia Popular de Corrientes. 1878” (1891). San Martín, Escuela de Artes y Oficios de la provincia de Buenos Aires. Editor.

Pequeño de estatura; cabeza deformemente desproporcionada con el cuerpo; mirada viva y penetrante; reservado; afecto a la intriga; no firme en la amistad; interesado; ambicioso sin límites; frío para combinar y hacer ejecutar la ruina de un contrario; sin escrúpulos de ningún género; listo para halagar y, más aún, para olvidar al que vende cariño; ingrato; sin servicios al país; inteligencia clara, pero sin cultivo; tal era el conjunto de cualidades físicas y morales del doctor Manuel Derqui.

Habíase educado afuera de la provincia, fiel a las ideas políticas de la federación. Cuando pisó Corrientes, después de la insurrección de 1868, recibió buena acogida de la juventud liberal, siempre generosa y noble, que no sospechó del presente griego. Al favor de esas atenciones, se introdujo en la escena.

Los federales estaban entonces diseminados y dispersos. Cáceres, su único caudillo, y el doctor Wenceslao Colodrero, su única ilustración, se encontraban afuera de la provincia, enfermo de gravedad -el primero- y gozando, el otro, de la posición distinguida de Senador Nacional. Sin director y sin espada, se abandonaron a la suerte, procurando, únicamente, vivir.

El doctor Derqui comprendió toda la ventaja personal que podía sacar, llamando a sí aquellos elementos y reorganizándolos; y emprendió esa tarea. Con habilidad y el trabajo de la hormiga, se les dio a conocer y se les impuso como jefe.

Su apellido suplía la falta de antecedentes: un hijo del ex presidente de la Confederación no podía menos de ser consecuente a la causa vencida en Pavón. Más no por eso rompió con nadie; se mantuvo en un discreto modus vivendi -hasta 1870- época en que se declaró, públicamente, por la causa reaccionaria, sosteniendo la rebelión de Entre Ríos.

Los federales de Corrientes eran aliados de López Jordán, que había prometido reponer en el Gobierno a Evaristo López. En la capital funcionaba un comité jordanista y los jefes y oficiales de las fuerzas de Cáceres -disueltas en Entre Ríos, en 1868- militaban en el Ejército rebelde. Era, pues, forzoso, al doctor Derqui, asumir una actitud pública e inequívoca si no quería perder la superioridad conquistada.

La rebelión, como se sabe, en lugar de concurso, encontró su tumba en Corrientes; lo que prueba que sus aliados carecían completamente de influjo y de poder, algún síntoma de reacción local se hubiera producido siendo fuerza, aunque pequeña, pues la situación apurada del Gobierno, por un lado, y la invasión de un gran Ejército, por otro, estimulaban a la empresa. Eran amigos para el festín de la victoria y nada más.

Con todo, las vinculaciones del doctor Derqui debieron ser fuertes con el caudillo entrerriano porque en 1874 Avellaneda lo envió en misión reservada ante aquél, para conseguir su neutralidad en los sucesos del día. La destrucción de la rebelión mató la esperanza y fue entonces que se incorporaron, individualmente, a la oposición liberal al Gobierno del coronel Baibiene, siendo el doctor Derqui de los primeros.

Cómo se abrió paso y pudo hacer olvidar, o al menos disimular, su conducta, es toda una historia de ingrata narración. Vivos están los principales protagonistas de la política de entonces, a quienes arrojaba flores en su camino y servía a placer los mismos que, después, cuando ya no le hacían falta, fueron los más denigrados y perseguidos por él.

El doctor Derqui se preocupaba poco de la crítica mordaz, con tal de hacer reflejar sobre sí alguna parte de la luz proyectada por los personajes influyentes. Subir, era su aspiración, y subía sin mirar cómo. Gelabert le nombró ministro de Hacienda, Juez del Crimen y, en las elecciones de diputados nacionales de 1873, fue uno de los electos. ¿Cómo tanto? Como el caracol de la fábula...

Cuando Gelabert rompió con los liberales, la situación del doctor Derqui cambió; estaba ya en condiciones de imprimir su dirección al Gobierno. Conocía bien a su nuevo amigo y sabía que el mejor sistema para tenerlo siempre contento era no contrariarlo en lo más pequeño, aplaudirle todos sus actos -por bárbaros que fueran- y, hasta adelantarse a sus pensamientos, en aquéllo que constituía sus pasiones dominantes.

Así podía contar asegurada la conquista de la influencia oficial. En consecuencia, manejó a los suyos, como los caprichos y los rencores del gobernante exigían, atizando en él, por todos los medios imaginables, el espíritu de venganza y de destrucción contra los liberales, por rebeldes los nacionalistas y por traidores los otros.

Gelabert estaba gozoso de su círculo; Derqui no era ya el muchacho pillo de antes, sino un consejero y amigo leal, que buscaba el bien de su Gobierno y la felicidad de la provincia. Este, por su parte, veía con satisfacción el giro de las cosas, pues la división de los liberales y la conducta del gobernador disminuían la importancia de los elementos contrarios y él se arraigaba en el poder.

Al mismo tiempo que el acomodamiento y el aplauso al arbitrario le garantían la consecuencia de Gelabert, Derqui buscó apoyo y sostén en las altas esferas del Gobierno Nacional. Esto tuvo que poner a prueba su inteligencia, para introducirse bajo las alas del presidente, identificársele, ser su íntimo, su hombre para la política de Corrientes.

¡Era tal para cual! Llegó a ser tan amado, que mereció de Avellaneda este elogio: “El doctor Derqui es el primer hombre de Corrientes”. Lo que hizo para inspirar tanto cariño y merecer la confianza presidencial fue quemar incienso y dar pruebas de habilidad política.

Fuera por el amor propio, mareado o con estudio, Avellaneda le dio pedestal; él era Corrientes; su prestigio había decidido el triunfo de su candidatura; él movía la opinión correntina, como un general su ejército; él era la única potencia en que la Nación podía confiar allí.

Los Pampín, Reguera, Azcona, Barrios, Díaz, Cabral, Ramírez, Gauna, Zerviño, Fernández, verdaderos autores y sostenedores de la candidatura Avellaneda, defensores leales, en todas las ocasiones, de la autoridad nacional, nada significaban; eran clasificados como mitristas, el terror del presidente.

El consorcio de Gelabert con los federales daba pábulo a la pretendida influencia de Derqui y se presentaba como cuerpo del delito del mitrismo, la oposición enérgica hecha a la inquisición levantada después de la victoria.

Hubiérase destruido, quizás, el encantamiento de Avellaneda o su interés en Derqui, arrastrándose los liberales a sus piés, poniendo en sus manos la solución de las cuestiones políticas locales, prometiéndole acatamiento ciego, no como magistrado, sino en aquéllo en que el presidente no debía intervenir constitucionalmente, todo lo cual ofrecía aquél; pero se oponía a ello la dignidad y el decoro. Antes caer que deshonrarse, Derqui no encontró, pues, oposición en ese terreno, y quedó por suyo el presidente.

Más, sólo Avellaneda, no era suficiente garantía. A su lado estaba el doctor Alsina, ministro omnipotente, de mayor poder que él, sin el cual no podía creerse Derqui dueño del campo. ¿Cómo interesarle en su favor, cuando le había faltado en la elección nacional? Para otro hombre, era aquél motivo poderoso para huir al doctor Alsina; pero ninguna dificultad ofrecía a quien estaba acostumbrado a pasar por aros más estrechos.

Pensó que su conducta no sería un inconveniente, ante la confusión de intereses operada con la unión de Avellaneda y Alsina y el decidido concurso que él prestó en el Congreso a la falsificación de 1874; calculando, al mismo tiempo, que resuelto como estaba Alsina a mantener bajo su dominio al presidente, en compensación del sacrificio de su renuncia, para asegurarse la presidencia futura, no pararía mientes en un hecho sin remedio para despreciar elementos o instrumentos.

Sus conjeturas se realizaron, en efecto. Al principio halló resistencia, calculada, sin dudas, en vista de mayores exigencias; pero su constancia ablandó el resentimiento del poderoso ministro. Avellaneda, que temía a Alsina, y éste, que desconfiaba de él, uno y otro de su punto de vista, y para su particular provecho, contaron por suya la potencia Derqui, y éste se reía y burlaba de ambos, como lo hacía de Gelabert, porque se reservaba evolucionar si un tercero le ofrecía más y más pronto que ellos; y entre uno y otro, engañar al más débil.

De este modo, tuvo sostenimiento en el Gobierno Nacional su política en Corrientes, y fueron repartidos, como primera ventaja, los puestos públicos nacionales en la provincia entre los reaccionarios.

Los liberales, ya alarmados con la preponderancia federal en el Gobierno, consideraron gravísima la situación y de todo punto necesario un poderoso esfuerzo para escapar al afianzamiento de ella. La ocasión estaba a la mano; el período gubernativo de Gelabert iba a expirar.

Si el oficialismo imponía el nuevo gobernador, desaparecía toda esperanza, por el momento; mientras que, constituido el Gobierno por ellos, venciendo en las elecciones, no sólo evitaban a la provincia el caer en manos de los que, más de una vez, la habían arruinado, sino que también dejarían en ridículo el decantado poder del politiquista.

No había fluctuación posible en el camino a seguir: era cuestión de vida, el vencer. Gelabert y sus aplaudidores disponían del poder oficial y de la mitad del Cuerpo Legislativo, pesos formidables en manos de hombres sin escrúpulos; pero confiaban los liberales en el pueblo, y en que la elección no sería presidida por aquél, pues, a causa de los sucesos de Septiembre habían vencido los plazos constitucionales.

Si Gelabert hubiera continuado al frente del Gobierno, como lo deseaba, no obstante la conclusión de su mandato, la lucha electoral habría degenerado en batalla sangrienta, por la usurpación del poder y cuanto por la resolución de aquél de imponer un candidato reaccionario. Felizmente, la genial terquedad del hombre se detuvo ante la actitud imponente del pueblo.

- Cabral en el Gobierno

El 25 de Diciembre de 1874 asumió el Gobierno de la provincia, el presidente de la Legislatura, Antonio Cabral, en medio del mayor regocijo público, por la cesación del mal funcionario, continúa Mantilla, a quien leemos en este material.

Gelabert hubo de estallar de rabia ese día; vuelto a las filas del pueblo, bajo una rechifla general, parecía un enajenado furioso. Cabral era un hombre probo, de antecedentes honorables, que inspiraba confianza, a pesar de que los federales se permitían contarle por suyo, fiados en la influencia de familia de sus cuñados, Augusto Díaz Colodrero y Sebastián Alegre.

Su elección, como presidente de la Legislatura había sido unánime. Cuando se hizo cargo del Gobierno fue acosado por los "reaccionarios". Unos, como Gervasio Gómez, le presentaban listas de candidatos para autoridades de campaña; otros, como Derqui, lo azuzaban contra los mitristas y los liberales de la oposición a Gelabert; y sus cuñados, por su parte, le pedían el nombramiento de Derqui como Ministro General.

Cabral procedió con tino y mesura, rechazando suavemente tan bastardas procuraciones; inspiróse en el cumplimiento austero del deber, consultó los intereses legítimos del pueblo y, fiel a su juramento, sustrajo al Gobierno de la acción de los círculos, colocándose en el punto medio de todos.

Suprimió las persecuciones, hizo respetar la Constitución, dio acción amplia al pueblo para organizar libremente su Gobierno. “Conozco bien a los federales y no estoy loco para perderme, en diez días de Gobierno y perder la provincia, haciendo causa con ellos”, decía al doctor Mariano Castellanos, su Ministro General.

Aunque después -1877- Cabral figuró pasivamente entre los partidarios de Derqui y, desde entonces, ha quedado oscurecido, debemos reconocer y proclamar que durante estuvo al frente de la Administración respetó los derechos del pueblo, supo mantener el equilibrio del poder y no se mezcló en lo que la Constitución le prohibía mezclarse.

Bajo el Gobierno provisorio de Cabral, se efectuó la elección de gobernador, en 1875. Ella debió tener lugar en Noviembre del año anterior y a sus efectos, los mismos centros políticos que actuaron en la elección de presidente, iniciaron anticipadamente sus trabajos.

Los nacionalistas entraron en un pacto con los alsinistas, disconformes de la unión de Avellaneda y Alsina, estipulando condiciones expresas, si bien de carácter transitorio. Dicha evolución, que fue denominada liga, fracasó con la insurrección de Septiembre. Los nacionalistas se abstuvieron como partido, después de su derrota en el terreno de las armas, siguiendo la voz de orden de sus correligionarios de Buenos Aires, y sus aliados se distribuyeron en los partidos militantes. Eliminados voluntariamente los nacionalistas, quedaban como únicos actores los liberales y los federales, abandonados a sus recursos propios.

Sin el poder oficial, era grande la desventaja de los últimos, y segura su derrota en una campaña abierta. Entonces, el doctor Derqui pretendió encubrir sus fines al amparo del supuesto compañerismo en el orden nacional, cuando ya era notoria su política y la protección de Avellaneda y Alsina; como había formal resolución de dominarlo, sus maniobras y agasajos fueron estériles.

No hizo trabajos francos, pero en toda la provincia corrió en reserva y cautelosamente la candidatura de Tomás Vedoya, en sustitución de la de Juan Vicente Pampín, sostenida por los liberales.

El resultado de la elección de electores lo convenció de su impotencia. De los veinticinco ciudadanos nombrados popularmente para que, a segundo grado, eligiesen el gobernador, sólo cinco fueron "reaccionarios": Juan Vedoya, por Itatí; Manuel F. Gómez, por Concepción; W. Fernández, por Curuzú Cuatiá; Cándido Borda, por Caseros; Miguel V. Gelabert, por Libres, y eso, en fuerza de la injerencia oficial de las autoridades departamentales, lo cual originó acalorados debates en el Colegio de Electores y provocó medidas gubernativas de represión.

Como Juan V. Pampín había sido el alma, en Corrientes, de la candidatura Avellaneda, Derqui, que se daba de muy avellanedista, quiso explotar esa circunstancia al verse perdido, a fin de obtener la vicegobernación para Vedoya. El, Onofre Aguirre y demás partidarios, pusieron en juego todos sus recursos en ese sentido, sin olvidar hacer mérito con recomendaciones de Alsina y, permitiéndose, algunas veces, amenazas. Todo fue en vano.

- Pampín y Madariaga, electos

Juan V. Pampín y José Luis Madariaga son elegidos gobernador y vicegobernador de Corrientes por el período normal de tres años. La traición de Gelabert y el apoyo del presidente y del ministro de Guerra, no tuvieron, por lo tanto, el poder de imponer un magistrado federal.

El desenlace de la cuestión local abrió un período de reparación a la provincia; la elección principal satisfizo a la voluntad pública. El nuevo gobernador era una personalidad política acentuada en el aprecio del pueblo, respetada de sus mismos adversarios; su elevación, era prenda de paz y libertad.

Miembro de una familia de patriotas, que había dado un mártir a la patria y dos gobernadores a Corrientes(2), venía designado, por la opinión, para la Primera Magistratura desde 1866, por sus servicios y cualidades

(2) El hermano mayor de los Pampín, Fernando Ramón, murió gloriosamente en la batalla de Arroyo Grande, al frente de la división Saladas, de que era jefe. José, fue gobernador de Corrientes desde 1861 a 1862; Gregorio ocupó provisoriamente el mismo puesto en 1872. // Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Resistencia Popular de Corrientes. 1878” (1891). San Martín, Escuela de Artes y Oficios de la provincia de Buenos Aires. Editor.

En su juventud cumplió los deberes cívicos, ingresando voluntario en los Ejércitos libertadores, habiendo estado con Lavalle en las batallas de Sauce Grande y San Cristóbal; con Madariaga, en Vences; con Virasoro, en Monte Caseros. Caído el tirano, dejó la carrera de las armas. Como hombre civil, desempeñó puestos de importancia; fue juez de primera instancia en lo Civil y Comercial; vicegobernador de la provincia(3); diputado provincial, en distintas ocasiones; presidente de la Legislatura; diputado nacional, electo en 1869; ministro de Hacienda, en la Administración del coronel Baibiene.

(3) Cuando el caudillo Nicanor Cáceres, impuso a Evaristo López por gobernador de Comentes (1865), hizo nombrar vicegobernador a Juan V. Pampín, como una satisfacción a la opinión popular violentada y favorable a éste. Pampín renunció indeclinablemente. // Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Resistencia Popular de Corrientes. 1878” (1891). San Martín, Escuela de Artes y Oficios de la provincia de Buenos Aires. Editor.

No era hombre de grandes conocimientos, ni poseía un talento distinguido; su instrucción era mediana, como la de los hombres de su época en general, pero su inteligencia despejada.

Tenía, como pocos hay, las cualidades de un político práctico y honrado; conocía a fondo la índole, necesidades y conveniencias del pueblo y sus personalidades. Reposado sin abandono, manso por carácter, honrado a carta cabal, recomendábase a todos por su sinceridad y su desinterés.

De sentimientos nobles, patriota, equitativo y justo con sus mismos adversarios, no abrigaba odios ni rencores, limitando siempre su oposición a un hecho, o su desacuerdo con alguien, a la moderada defensa de sus ideas, sin incurrir en exageraciones irreparables. Ciudadanos de esta especie son los necesarios en el Gobierno de los pueblos, porque no obstaculizan el movimiento natural de la sociedad, ni corrompen las instituciones.

Fue por eso que Juan V. Pampín subió al poder con el aplauso de los hombres de bien. No sucedió lo mismo con el vicegobernador; su elección desagradó, dice Mantilla.

José Luis Madariaga era miembro del partido liberal, siguiendo su tradición de familia, pero tenía afinidades estrechas con el doctor Alsina, por su hermano, el general Juan, y antigua amistad con Gelabert, circunstancias graves, que no podían despreciarse; además, no poseía cualidades de mando, no gozaba de popularidad, ni era hombre serio, a pesar de sus canas.

Cuando su candidatura fue iniciada en el Colegio Electoral, se adujeron en contra las causas indicadas, oponiéndosela estas otras: conveniencia en dar representación en el Poder Ejecutivo al sur de la provincia; el carácter pasivo del puesto; utilidad en contemporizar con Alsina; improbabilidad, del caso de ejercer el Gobierno; las ideas antifederales del candidato.

Hay preocupaciones o falsos mirajes que deciden un acto importante, contra intereses permanentes, por error ingenuo y bien intencionado. ¡La elección de Madariaga fue así! Mirando corto, la hicieron los electores, como si el segundo puesto del Estado fuera simple fórmula o estuviera garantida absolutamente la vida de un gobernador.

La previsión de los “exaltados”(4), fue desoída por apreciaciones que no influirían en bien de la provincia, dejándose un germen de desconfianzas mortificadoras, trocadas poco después en verdad. No obstante, dominando en la solución la figura de Pampín, se apartó la vista del segundo término del problema, para saludar la aurora de una situación feliz.

(4) Exaltados eran llamados los opuestos a la candidatura de Madariaga y fueron ellos: Daniel Artaza, Federico Roibón, doctor Emilio Díaz, doctor Manuel F. Mantilla, Tomás Appleyard, doctor Juan M. Rivera, Federico Gauna. Este “delito” pagáronlo caro después. // Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Resistencia Popular de Corrientes. 1878” (1891). San Martín, Escuela de Artes y Oficios de la provincia de Buenos Aires. Editor.

La candidatura del gobernador electo había sido acogida con simpatía por los nacionalistas; no se ingirieron en 1a elección de electores en su capacidad política de partido, pero muchos de sus elementos coadyuvaron a la derrota de los federales, como sucedió en los Departamentos de Empedrado, Saladas, Caá Catí, San Miguel, y sus órganos en la prensa, con especialidad “La Patria”, el más caracterizado de ellos, juzgaron honrosamente al nuevo magistrado, prometiénse de él un Gobierno de concordia y de paz.

Estaba en el interés de ellos proceder así; la candidatura Pampín, significaba reacción contra la intransigencia del anterior Gobierno y ellos mismos no podían haber elegido otro mejor para aquellos momentos, que reclamaban moderación y pulso conciliador.

El electo se había sustraído prudentemente a la política que engendró el movimiento de Enero de 1872, ya por desacuerdo en los medios o por otros motivos, que nunca manifestó y, consecuente con ésto, en nada apareció durante la Administración de Gelabert, calificada por él, desde un principio, de calamidad.

Podían, en consecuencia, esperar de él, los nacionalistas, un Gobierno que reflejara sus cualidades personales y que, corriendo un velo sobre los últimos sucesos, sirviera de punto de partida a una regeneración, tanto en el orden administrativo como en el de las evoluciones políticas.

Posible era, en verdad, que bajo un Gobierno simpático a todos los liberales, aparecieran en el horizonte de la política local, tintes de armonía entre ellos. La necesidad de esa inteligencia, dejábase ya sentir en las dos fracciones; en los unos, para levantarse; y, en los otros, para aplastar a los "reaccionarios".

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