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El heroísmo de una generación

En 1871, Corrientes era una modesta ciudad de provincia trabajada por el sacrificio y la pobreza. La guerra del Paraguay, cuyas primeras escenas se desarrollaron en su territorio, en torno a la capital y hasta el límite del río Corriente por el sur, había destruido en buena parte su riqueza privada(1).

(1) Citado por Hernán Félix Gómez. “El Heroísmo de una Generación” (1931). Imprenta del Estado, Corrientes; segunda edición. Editorial Amerindia Ediciones Correntinas (2006), Corrientes.

Pueblo ganadero con exclusividad, sus grandes reservas de hacienda fueron consumidas por los soldados del invasor y, más tarde, cuando el Ejército argentino y el de sus aliados arrojaron del territorio a las fuerzas paraguayas, de nuevo las necesidades de la proveeduría pesaron sobre los rodeos de sus estancias.

Estos últimos consumos habían sido abonados. Por los primeros, los hechos por el invasor, verdadero saqueo de las estancias, estaban pendientes, impagos, y si bien tiempo después se reconoció, por el vencido, los capitales destruidos, no se saldaron jamás.

Todavía las viejas familias guardan en sus archivos esas pólizas de la deuda paraguaya, sin valor comercial. Como la riqueza privada fuera entonces ganadera y la Ciudad de Corrientes residencia de las clases propietarias, es natural que los sacrificios de la guerra recién concluida empobrecieron a su pueblo.

La vida modesta, sin exigencias, igualaba a los hombres en los hábitos sanos de una sociabilidad afable -y por ello, la única valía- el único tesoro aprecíable, no estaba en el patriotismo material sino en el del espíritu. Era mejor, destacábase entre sus conciudadanos, quien mayores virtudes sumaba en su persona, ejercitándolas para el bienestar y felicidad de sus semejantes.

Por ello mismo, la ciudad era como un hogar común en que las clases sociales todas se consideraban recíprocamente, en que ricos y pobres sentíanse fraternos en un destino solidario.

No eran días tranquilos. El país, agitado por problemas políticos, nacidos de la lucha por la presidencia de la República, acumulaba en su horizonte sombras de tragedia. El general Justo José de Urquíza, el vencedor de Caseros, el organizador del país, había sido asesinado en su Palacio de San José, en Entre Ríos. El presidente Sarmiento no admitía gobernase en la provincia hermana, el caudillo a quien se acusaba de la responsabilidad de ese asesinato; éste, López Jordán, habíase armado contra la Nación.

Si Ejércitos Nacionales, sobre el Paraná y el Uruguay, jaqueaban a Ricardo López Jordán, hízose necesario evitar que las fuerzas del caudillo se volcasen en la provincia de Corrientes y su gobernador, el coronel Baibiene, con las milicias en armas, cuidaba de la frontera.

Las tropas correntinas reunían a los mejores varones de su pueblo. Junto a la brillante oficialidad reclutada en sus clases cultas, estaban los jóvenes soldados de la masa popular, habituados al trabajo, herederos de las viejas virtudes y del espíritu de sacrificio del pueblo de Corrientes que, desde 1839 a 1852, combatiera contra Rosas; de 1852 a 1860 por la Confederación; y de 1865 a 1870 en los campos paraguayos.

Y mientras en los hogares todos de Corrientes se miraba esa lucha, levantándose votos por el triunfo y la felicidad de sus varones en armas, en el recinto urbano de la capital estaba preparándose la más cruel de las tragedias.

- La tragedia golpea las puertas de la ciudad

Tiene la historia del pueblo ateniense, muchos años antes que Jesús esparciera las semillas del cristianismo, una página análoga de estas horas del pasado correntíno.

Encendida la Guerra del Peloponeso, en que lucharon Atenas -la democracia- contra Esparta, severa en sus prácticas y oligárquica en su genio -y mientras los Ejércitos atenienses batíanse en el mar- en las costas y en los puertos, en el recinto amurado de la ciudad de Minerva un flagelo horrendo venido de los puertos egipcios diezmó a su pueblo, la peste cruel, sin profilaxia conocida, ciega en su arrastre de vidas, comió como un cáncer a la valiente Atenas, mientras sus varones luchaban en defensa de la democracia.

Con igual exactitud, mientras los hombres de Corrientes se sumaban en los campamentos para dar, luego, aquella batalla de Ñaembé, en que vencieron de la revuelta en nombre de las libertades políticas, en el seno de la ciudad capital otra peste, la fiebre amarilla, castiga sus hogares, los destroza, los consume, poniendo en los espíritus el acíbar del tormento.

Y fue tormento en los abuelos, en los pobres, en las mujeres y los hijos, que sufrían en la ciudad la garra de la peste y, en sus almas, la visión de los soldados combatiendo; y fue tormento en los soldados, atados al deber en los combates, con la visión dantesca de la ciudad diezmada...

Y todos cumplieron con su deber; los soldados en la batalla, el pueblo en la ciudad. Nadie cedió a las exigencias de la hora, ni negó las virtudes superiores del espíritu. Por el contrarío, un intenso sacrificio valorizó el carácter y esa generación de Corrientes conquistó el derecho de su consignación en el bronce del homenaje.

Por eso se dice que en 1871 se escribieron las páginas más heroicas de la historia de Corrientes.

- Del Paraguay viene la epidemia

La ciudad dormía. Su caserío, sobre las barrancas del río Paraná, cubría el sector que va desde la punta de la Batería a la del barrio de las curtiembres, un poco más lejos de donde la Salamanca servía de límite al Cambá Cuá.

Casas planas, de amplios corredores, hasta la línea externa de las veredas, ajustadas a damero, como Pedro Ferré replanteara en 1826 a la capital, con calles de tierra y arena, verdaderos arroyos en los días de lluvia, árboles gigantes en los sitios extensos, de toda la gama de la flora regional, desde el quebracho de flores rojas al naranjo blanco de azahares, jardines amables de cientos de rosales y, en los muros y como cortinados, en los patios, jazmineros, “diegos de noches” y “suspiros”, a millares...

Sobre la ciudad baja, las torres eran las iglesias que hacían dos siglos presidían la actividad urbana: San Francisco, cerca de la “casillita”, con su Convento anexo, donde los militantes católicos anualmente hacían el período de “ejercicios”; la Merced, con sus dos torres, la de las campanas más claras, porque en la aleación del bronce había oro y plata de ofrendas a la “patrona milagrosa” de la ciudad; cerca de ésta, la de la vieja Matriz, rectangular, el templo de los sacerdotes ilustrados que habían escrito páginas memorables y bajo cuyo embaldosado dormían el sueño de la eternidad; y, allá distante, después del bajío que se volcaba en la Salamanca, mirando al Este, como para que el sol rindiera el tesoro de su luz sobre el altar de las ofrendas, el templo de la Cruz Milagrosa, custodio del leño que la tradición decía tutelar de la estirpe.

Las primeras luces del día 10 de Diciembre de 1870 ponían en el horizonte una suave tonalidad. Dentro de los sencillos hábitos de la época, la ciudad despertaba temprano, sobre todo en las proximidades del puerto y en los barrios populares. Era, por lo demás, día de correo, en que los vapores al Paraguay descendían hacia los puertos del sur, ofreciendo a la peonada de las cargas y a los botes y chatas, jornadas de trabajo.

El vigía de guardia anunció la aparición, hacia la cancha de las “Tres Bocas”, del vapor “Taragüy” y, muy pronto, la actividad fue en aumento. El capitán de puerto, Esteban E. Guastavino, en la falúa reglamentaria, se dirigió al “paquete” que ya había anclado alejado de la playa y, a raíz de los primeros saludos, el numeroso pasaje abrió sus comentarios.

En Asunción se habían producido algunos casos de fiebre amarilla y la alarma, muy justa, creía encontrarse frente a una epidemia muy grave.

El estado de salud del pasaje y la tripulación, la discreción de la oficialidad del vapor y más que todo el informe de tratarse de casos aislados, en las barriadas improvisadas de la capital paraguaya, quitaron importancia -en el primer momento- a la noticia. Pero, cuando los pasajeros desembarcados en Corrientes abundaron en detalles, hubo un principio de alarma que sacudió a la opinión.

Pedro Igarzábal, a cargo del P. E. por ausencia del titular, coronel Baibiene, tomó carta en el asunto. “La Esperanza”, el periódico oficialista dirigido por José M. Morel, comentó en su edición del día 11, los informes del pasaje y a esos se sumaron otros graves venidos por la carrera de las postas, por Paso de la Patria.

La fiebre amarilla se había convertido en epidemia, produciéndose casos en Humaitá, mientras en Asunción las víctimas eran centenares. Prodúcense sobre todo, se decía, en la zona de ranchos, donde se había hacinado la población dispersa por el tirano vencido, en los campos y los bosques; barrios miserables, antihigiénicos, a los que se sumó la chusma de los Ejércitos aliados y el desecho de las comisarías.

El gobernador interino, señor Igarzábal, se alarmó. En sendos oficios al Tribunal de Medicina, a la Municipalidad de la capital y a la Capitanía de Puerto, indicaba la necesidad de tomar medidas de garantía para la salud pública y avisaba haber alquilado un pontón para el cumplimiento de las cuarentenas.

Asimismo, en circulares a los pueblos de la provincia, avisó de la epidemia encareciendo la tutela de las poblaciones, palabra de alarma muy justa que evitó mayores daños. “La Esperanza” en su número del 16 de Diciembre, abandonó su actitud un tanto pasiva, para consignar estos informes, caracterizar la epidemia que aquejaba al Paraguay y aconsejar al vecindario una vida higiénica. Ya la sensación del peligro era real.

Dos días antes, algunos hombres de negocios, entre ellos vecinos de la Ciudad de Corrientes, habían cruzado el Paraná desde el Cerrito, dirigiéndose hacia Chacarita, en las inmediaciones de la capital. Uno de ellos, Pedro Amadey, hombre de negocios estimado, había penetrado a la ciudad falleciendo ese mismo día, 16 de Diciembre, en su casa de comercio en la manzana del Mercado, informes todos que precipitan la defensa.

El vice en ejercicio de la corporación municipal, Federico Roibón, en Nota que suscribía con el secretario, Eudoro Díaz de Vivar, se dirigió al Tribunal de Medicina solicitando instrucciones precaucionales para evitar el contagio de la peste y el término de cuarentena para los buques y personas provenientes de los puertos infestados.

Juan A. de los Santos, presidente del Tribunal de Medicina, y José M. Mendía, el vocal secretario, aunque expresando la carencia de datos técnicos imprescindibles para clasificar la peste, aconsejaron el establecimiento de un lugar de aislamiento en una isla al sur de la ciudad y por lo menos a media legua de distancia de la misma, donde pudieran ser atendidas las personas venidas del Paraguay, bajo la dirección de un médico y en el más total aislamiento.

Pedía también se prohibiera la importación de efectos, la obligatoriedad de la fumigación de las ropas de los viajeros y la clausura del cementerio de La Cruz, en irregulares condiciones, llevándose a otro local los restos insepultos que hubiesen.

Al día siguiente, el 17 de Diciembre, la Municipalidad reunida en Concejo, dio la primera ordenanza en defensa de la salud pública. Reglamentó la venta de agua potable, el comercio de frutas y la construcción de letrinas; dispuso visitas domiciliarias de inspección, sin perjuicio de las atribuciones de la Comisión de Higiene, que los muertos de peste amarilla y tifoidea se inhumasen en el nuevo cementerio San José, cubiertos con cal, exigiéndose el certificado médico sobre la causal de la defunción, y que los cadáveres sólo podían quedar seis horas en el domicilio de sus deudos y hasta veinte -después del fallecimiento- depositados en el cementerio.

Se encargaba al Departamento de Policía, Jueces de Paz, tenientes Jueces y Comisarios de los ramos municipales, de la exacta ejecución de la ordenanza.

Mientras la Capitanía de Puerto recababa del P. E. un nuevo pontón para el servicio de cuarentena, que el mismo día 16 era puesto a sus órdenes por el Ministerio -doctor Segovía en nombre del P. E.- y mientras la Municipalidad destinaba a lazareto la “casa de corrección”, el Gobierno decretaba el cierre de las comunicaciones con el Paraguay, encargando de la vigilancía (día 18) al Juez de Paz de San Cosme y a la Comisaría de Paso de la Patria.

También se ofició a los poblados del Alto Paraná, porque la prensa avisaba el cruce de viajeros por la Trinchera de San José, la actual Ciudad de Posadas. Eran los tiempos serenos para la província, en que la vieja Misiones integraba su territorio.

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