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Se desata la tragedia en la ciudad

Mientras las ciudades correntinas con puertos sobre el río Paraná, buscaban su defensa en el aislamiento y la tutela rígida del tráfico de pasajeros, aquellas situadas en el Interior abrían su seno afectuoso a los vecinos de las primeras que, alarmados, cambiaban con apresuramiento de residencia(1).

(1) Citado por Hernán Félix Gómez. “El Heroísmo de una Generación” (1931). Imprenta del Estado, Corrientes; segunda edición. Editorial Amerindia Ediciones Correntinas (2006), Corrientes.

En Goya, por ejemplo, el presidente de la Municipalidad, Juan Canevaro, y su secretario, Luis de Barbieri, organizaron (20 de Diciembre) una Comisión Municipal de Salud Pública, con el vocal encargado de los asuntos de higiene y los vecinos Fermín A. Soto y Martiniano Figueroa.

Especializóse sobre todo en la defensa de la cuarentena para las embarcaciones de los puertos del Norte y en el control de los viajeros.

Las medidas generales obedecían a un plan orgánico. El Gobierno Nacional, informado telegráficamente de la epidemia en el Paraguay, había instruido a los Capitanes de Puerto y comisionado al doctor Manuel Mallo para el establecimiento regular de las cuarentenas en todo el Litoral.

Este llegó a Corrientes, de Buenos Aires, y en el mismo vapor “Guarany” arribó una serie de estudiantes universitarios correntinos después de brillantísmos exámenes. Venían Carlos Harvey, el que después había de sucumbir en el puesto del deber; Benjamín Aceval, Rafael Reguillaga, Servando Gómez, Manuel Mantilla y José Latorre, legítimas esperanzas del pueblo.

El diario liberal, al consignar con emoción el triunfo de la juventud estudiosa, comentaba la feliz circunstancia de que ese año -1870- había brindado a Corrientes una plana mayor de universitarios, recordando a los recién laureados doctor Agustín P. Justo, ya electo diputado nacional, y a los doctores Juan Esteban Martínez y Lisandro Segovia, incorporados al P. E. como titulares de las carteras ministeriales.

Todavía era como general el optimismo. Sólo ocurre -decía “La Esperanza”- una defunción cada dos días y ello es nada en una población de quince mil almas. La lluvia -agregaba- de estos últimos días ha barrido hasta con el miedo de los vecinos...

Y siempre en el deseo de levantar los ánimos, se anunciaban con júbilo para las “niñas y leones”, las audiencias nocturnas de la Banda de Música dirigida por Ismael Billordo, en la Punta de San Sebastián.

El 1ro. de Enero de 1871 la retreta en este hermoso lugar, sobre las aguas hondas del río, estuvo a cargo de la otra banda, militar, del capitán Antinori.

La propia juventud sirvió al noble programa de vitalizar los espíritus, fundando una hoja literaria y satírica con el nombre de “Pica-Flor”.

Hizo mucho en este sentido el joven e inteligente universitario Luis Baibiene, espíritu fuerte a quien se coloca al frente del periódico “La Esperanza”, remplazando a su director, José M. Morel, quien debía marchar a Buenos Aíres.

Baibiene fue -en ese sentido- una fuerte columna del vitalismo social, llevando su espíritu de sacrificio a no suspender la edición del periódico ni en medio de la epidemia intensa y cruel; apenas de trisemanario se convierte en bisemanario, cuando su editor, Julio Solano y buena parte del personal se enferman.

Y tan severa fue la disciplina creada en el organismo de “La Esperanza” por su joven director que, cuando éste, a su vez, se contagia, exige la salida de la hoja como condición de una asistencia médica regular.

El arribo del doctor Pedro Mallo, encargado de estableccr las cuarentenas regularmente, contribuyó a este optimismo, tan equivocado en sus resultados, que el vapor “Guarany” siguió viaje a Asunción, como quien dijera al centro de la epidemia.

Robustecíalo el hecho de que los primeros viajeros -aislados en el pontón “Martha”- cumplieron el término de estada sin novedad alguna, desembarcando el 24 de Diciembre. El comisionado nacional designó la cancha de las “Tres Bocas” como lugar de cuarentena para los vapores y se realizó con intervención del P. E. una serie de conferencias con el cuerpo médico local en la Casa de Gobierno.

La situación económica era precaria. Drenado el Tesoro Fiscal por los aprestos militares y las exigencias del Ejército correntino acantonados sobre la frontera, no había un peso. Las pocas rentas eran reclamadas para una más intensa movilización de fuerzas desde que López Jordán, el rebelde de Entre Ríos, seguía dueño del centro de su provincia, sin ser batido por los Generales de la Nación. Y como en el Ejército estaban millares de correntinos, a él habían afluido los ahorros familiares.

Fue necesario organizar una Comisión de Socorros para la atención de esas urgencias, la cual celebró una conferencia (30 de Diciembre) con el doctor Mallo y el gobernador interino Pedro Igarzábal. Resolvióse que ella pondría a disposición del comisionado nacional la suma de 1.250 pesos en que se había presupuestado un galpón de madera a construirse en la Isla de Meza, para vivienda de los pasajeros que, viniendo del Paraguay en los vapores, debían guardar cuarentena.

Esta medida de convertir en lazareto a la Isla de Meza era de urgencia. Tres vapores, el “Taragüy”, el “Proveedor” y el “Guarany”, sufrían rigurosa cuarentena en las “Tres Bocas”. El último, que tan equivocadamente llegara hasta Asunción no obstante la agudización de la fiebre amarilla, tenía a su bordo más de cien pasajeros y se le habían fijado quince días de estadía.

Sin médico que atendiese al pasaje y con casos fatales a bordo, como el del comprovinciano Evaristo Araujo, era anclado a nueve millas de la ciudad; toda una escena de tragedia. “La Esperanza” protestaba en nombre de los sentimientos humanitarios. El doctor Mallo quiso comprometer a los médicos locales para una inspección, pero el Tribunal de Medicina se opuso.

No obedece esta actitud -decían los médicos correntinos al comisionado nacional- a “temor o egoísmo; es que honestamente, los profesionales que hagan la inspección, no pueden volver a tierra y nosotros nos debemos a los vecinos de la ciudad.
Ud. mismo -agregaban- si concurre a su bordo, deberá permanecer en el ‘Guarany’”.

El destino reivindicó a los médicos locales del Tribunal de Medicina que suscribieron esa Nota -después víctimas de la epidemia al pie del lecho de los enfermos- y el doctor Pedro Mallo, que creyó concluida su misión, se embarcaba para Buenos Aires en el “Misionero”, el 31 de Diciembre.

- Los últimos momentos amables de la ciudad

El 3 de Enero (1871) llegaba a la ciudad de Corrientes, en el vapor “Goya”, el gobernador titular coronel Santiago Baibiene. Venía de la Capital Federal, de conferenciar con el presidente de la República, Domingo F. Sarmiento, sobre la guerra de Entre Ríos, caracterizando que la provincia no podía seguir con sus solos recursos una campaña que se prolongaba por rivalidades de los Jefes nacionales al frente de los Ejércitos del Paraná y del Uruguay.

Corrientes, que con sus tropas cuidaba la línea del Mocoretá, cerrando el arco que rodeaba al caudillo rebelde, no podía indefinidamente sacrificarse a un statu quo fundado en esos sentimientos egoístas.

Al cruzar a La Paz (Entre Ríos) el gobernador Baibiene fue informado de que Ricardo López Jordán se aprestaba a invadir la provincia de su mando. Creía, sin duda, que de los tres frentes, la línea correntina era la más débil, por lo reducido del efectivo y las deficiencias del armamento, o meditaba, penetrando a Corrientes, remontar sus fuerzas con soldados y recursos.

Los Informes abreviaron la estada del coronel Baibiene en la capital. El 3 de Enero se hizo cargo del P. E y el 5 -dos días después- volvía a delegar en el subrogante, Pedro Igarzábal. Quería aprovechar al “Goya”, vapor que, aleccionado con la cuarentena de los tres barcos aislados en las “Tres Bocas”, interrumpía su carrera para volver a Buenos Aíres.

En él se embarcó el coronel Baibiene con un Estado Mayor de 30 oficiales distinguidos, de la mejor juventud, mientras los pequeños batallones, de guarnición y los de la Guardia Nacional movilizada, ocupaban otros transportes.

La última noche de estadía, vísperas de San Baltazar, la fiesta del elemento de color, fueron los últimos momentos amables de la ciudad un tanto inconsciente ante la epidemia que la amenazaba. Los bailes en los “candombes” fastuosamente iluminados del barrio del Camba Cuá, se prolongaron hasta la llamada de los Cuarteles y, el pueblo asistente, de las propias “canchas”, se dirigió a las playas de embarque de la tropa.

Cuando el convoy se perdió en el horizonte de la “cancha” del Riachuelo, la vida urbana serenó en los cauces ordinarios. El mismo día 6, el P. E. instaló una nueva corporación municipal. Integrada por Roibón, Díaz de Vivar, Gauna, Díaz, Katzenstein y Appleyard, porque los otros habían terminado su mandato, fue completada hasta el número legal de ocho vocales titulares y tres suplentes.

Como Federico Roibón fuese nombrado Jefe de Policía y E. Díaz de Vivar acompañase al coronel Baibiene al Ejército, se designaron seis nuevos miembros: a los doctores Juan Lagraña y Carlos Fosatti y señores Alfonso Girot, Hipólito Ayeret y Gervasio Gómez.

Lagraña actuó sólo unos días, marchando, luego, a campaña como 2do. Jefe de las Guardias Nacionales. Al organizarse la Municipalidad, eligió presidente a Poissón.

La tragedia se precipitó. El 7 de Enero fallecía la distinguida matrona doña María Latorre de Cabral, expresándose había contraido el contagio al concurrir a la fuerte casa de comercio que Pedro Amadey -recién fallecido- vuelto del Paraguay, tenía en el mercado.

Hasta ahora -decía “La Esperanza”, edición del día 11- sólo tenemos dos casos fatales de epidemia; existen -agregaba- muchos enfermos de fiebre, pero ésta es intermitente y no se trata de casos característicos.

Pero estas eran buenas palabras. Los médicos, reunidos en junta, en la Casa de Gobierno, habían considerado las últimas novedades, y aún cuando reconocían que Corrientes estaba en la categoría de pueblo infestado, decretaban continuasen las cuarentenas.

Reclamaron, sobre todo, higiene, considerando al mercado un foco de infección por las tres víctimas ahí ya producidas, los señores Amadey y Lezcano, y la señora de Hurlingan.

Bastó este reconocimiento oficial de que la ciudad estaba infestada, para que la vigilancia del tráfico con el Paraguay se resintiera. El 10 de Enero lograban burlar la vigilancia y entraban por vía terrestre un grupo de vecinos, entre ellos Francisco Capurro. La prensa protesta; a “La Esperanza”, oficialista, agregóse la "Voz de la Patria”, órgano del partido federal y, ambas, hicieron ruda campaña en bien de la salud pública.

Sus directores, Luis Baibiene, de la una, y Vicente A. Martínez de la última, fallecieron en sus puestos de combate, bregando por el bien general, ponderando a los servidores públicos que cumplían con su deber e indicando a los malos que abandonan sus funciones.

El terror se acentuó, traduciéndose en la emigración de las familias pudientes. Intentada al principio en el sentido de los puertos del sur del río Paraná, derivó de inmediato a la zona rural. Desde el “pantano” al río Empedrado, todas las casonas en quintas frondosas y estancias se llenaron de los elementos representativos de la sociedad de la época.

Cuando se agotaron los locales, ranchos improvisados y carpas de toda clase de materiales guarecieron a familias o grupos de ellas y, claro está, que el aislamiento entre los nuevos pobladores rurales fue perfecto. Santa Ana, San Luis y Caá Catí (General Paz) fueron los centros predilectos de la emigración, especialmente el segundo de estos pueblos donde la mayor edificación y recursos garantizaban un amable existir.

Entretanto sobre la ciudad caía la tragedia. Poissón, presidente de la Municipalidad, se dirigió el 14 de Enero al P. E. informando hallarse imposibilitada de tomar medidas en garantía de la salud pública, por encontrarse sin quorum; la mayor parte de sus miembros se habían ausentado del Municipio abandonando sus funciones.

En la misma fecha, el P. E., fundándose en ese abandono de funciones, creó una Comisión Central de Salud Pública que integrarían los municipales no ausentes y los señores Manuel Mallo, Manuel Canevaro, Julio Solano y Evaristo Fernández, dándole amplias facultades, incluso todas las de orden municipal.

Con ese carácter, la nueva Municipalidad decretó sobre medidas de higiene, clausuró el cementerio de La Cruz, limitó los entierros al de San José, desalojó el mercado, autorizó puestos de abastecedores y vendedores en todo el radio urbano, destinó los terrenos del sur de la Correccional para las tribus indígenas, cerró las escuelas, etc.

- Corrientes, pueblo "infestado"

En cuanto al Gobierno Nacional, consideró “infestado” al puerto de Corrientes y, a pesar de lo resuelto por la Junta de médicos locales, de continuar las cuarentenas, concedió permiso al vapor “Guarany” para el desembarque de pasajeros y la prosecusión de su carrera a Buenos Aires.

Los puertos de abajo se cerraron para el buque “fantasma” que fue a completar su aislamiento en Martín García pero, su arribo a Corrientes -el 11 de Enero a las 4 de la tarde- y el desembarco de los pasajeros, fue para los vecinos la certeza de horas de horror.

Corrientes quedaba librada a sus propias fuerzas; pertenecía a la zona de epidemia; no era ella la que cerraba sus puertas a la hospitalidad dudosa; era el resto del país, el Litoral todo, quienes se alejaban de la ciudad infestada y la eludían.

Desde entonces, la capital correntína quedó aislada. Los vapores cruzaban a su vera sin dejar ni llevar pasajeros, cargas, víveres o correspondencia. La prensa local, entre protestas, llenó sus columnas de cuantos informes se obtenían, para contrarrestar esa sensación de abandono y abundaba en las noticias de la guerra civil, en las operaciones militares y en los pequeños choques de la frontera.

El doctor Juan Lagraña, con el pseudónimo de “Martes”, escribía desde los campamentos con pluma ágil y detallista, como para que las veladas dolientes de la ciudad tuvieran ese venero de energía y de sacrificio.

Alejadas las familias pudientes en su casi totalidad y aislada, a su vez, por las medidas defensivas de otras localidades, los vecinos de la ciudad capital debieron permanecer en ella, mientras la epidemia clavaba sus garras cada día más fuertemente.

El miedo adquirió caracteres de demencia. El orden, la justicia, el desarrollo normal del Derecho, fuéronse quebrando para dar paso a la licencia y a la fuerza. El sentimiento cristiano del pueblo y la índole un tanto idólatra de las clases inferiores, quiso encontrar en las prácticas de la religión un refugio y un áncora.

Los viejos Patrones de Corrientes: San José, San Sebastián, María de las Mercedes y la Santa Cruz Milagrosa, de los días de la fundación, fueron objeto de un culto continuo. Los templos llenos de fieles, de mañana y de tarde, elevaban -aislados o en procesiones- al cíelo, sus plegarias suplicantes y las campanas clamaban la misericordia divina con sus redobles.

Pero la Comisión Central de Salud Pública intervino; suspendió la novena que se seguía en el templo de La Merced e hizo silenciar las campanas. Desde ese instante no se dobló por nadie y los días fueron como las noches, silenciosos.

Al principio hubo como conformidad en los espíritus; se afrontó el peligro con sentimientos de unión y de concordia; los cadáveres eran sepultados con decencia; hubo hasta visitas de duelo y se distribuía a los pobres enebro y vinagre.

Después, cuando ni los ruegos ni las medidas sanitarias generales tuvieron éxito, empezó a disiparse de las almas todo sentimiento que tuviera algo que ver con la compasión y el auxilio al prójimo.

Cada uno pensaba para sí; el enfermo era el enemigo común y, si alguien caía en la calle, las puertas no se abrían. De casa en casa, la nueva llegaba al hogar familiar y eran los suyos quienes traían al enfermo la ayuda de la medicación y la asistencia.

El pueblo clamaba su terror. El gobernador delegado, Pedro Igarzábal, con sólo un empleado que continuaba consecuente con sus deberes, asistía a la Casa de Gobierno y paseaba por la soledad de sus oficinas. Unidas las manos a la espalda, como enjaulado en la vieja casa, desde la que los gobernadores correntinos hicieron la provincia, era víctima de la impotencia y del desconsuelo.

Descendiendo de familia patricia, de aquel diputado de Corrientes que fue, en 1828, a la Convención Nacional de Santa Fe a sostener, crónicamente enfermo, los derechos provinciales y que murió en su sillón de representante amargado por las pasiones que chocaban preparando la tiranía, no podía ausentarse.

Sin Jefe de Policía, porque Federico Roibón, designado el 4 de Enero, estaba atacado de la epidemia; sin ministro de Hacienda e Instrucción Pública, porque el joven abogado doctor Juan Esteban Martínez, el titular, sufría las alternativas de la fiebre amarilla; y sin ministro de Gobierno, porque el doctor Lisandro Segovía había huido de los primeros, al pueblo de San Luis del Palmar, sentía su soledad y la amargura de las horas.

Un único sostén moral encontraba el gobernante para su sacrificio y sus pesares. Era el doctor José Ramón Vidal, senador por Corrientes al Congreso de la Nación, personalidad política afirmada desde la presidencia de la Convención que reformó la Carta Orgánica de la provincia en 1864, y en varias subrogancias -como presidente legislativo- de los gobernadores correntinos.

Alto, delgado, irreprochable en la levita recta de la época, el doctor Vidal fue en esos momentos un exponente de las virtudes de la humanidad.

La ciudad enarenada en todo su perímetro, o de suelo gredoso en la zona del nordeste de los bañados, obligaba al uso del caballo. La silueta del ilustrado político y generoso corazón era inconfundible para su pueblo. Sí, se lo amaba.

Por asistirlo no había aceptado las bien rentadas canonjías del hospital, durante la tragedia de la Guerra de la Triple Alianza, y fue el médico de los pobres y de los humildes. No obstante, sus horas fueron también de los heridos cuando la enorme faena obligaba a jornadas dolorosas.

Se hablaba, por ejemplo, de uno de los episodios más fantásticos de esa gesta. En uno de los acorazados brasileños, la caldera, sujeta a trabajo intensivo, había estallado; lleno de soldados, fueron centenares los hechos y un clamor de agonía los hombres quemados por el agua hirviendo.

El hospital, organizado en el teatro, sito frente al hogar del médico, fue durante días un infierno de imploración. El doctor Vidal envió a los suyos a su quinta, sobre el río Paraná, y veló incansable sobre las víctimas de la escena del acorazado.

- Doctor, descanse...

Pero las bocas imploraban y el médico reanudaba su gira, lenta, afable, enhebrando el corazón de sus enfermos, rugientes como fieras.

Si esto hiciera por otros, ¡qué sacrificios brindaría a su pueblo! Y desde el amanecer hasta las horas de la noche, siempre correcto, de impecable levita y galera alta, visitaba los hogares. Sus dos caballos, usados alternativamente, bien conocidos, eran como el faro para los desconsuelos.

- Por allá pasó el doctor...
- Vaya mire, ha de estar su caballo en alguna parte.

Y tras ése, otro, otros, y mil.

“La Esperanza”, que había reducido a dos ediciones semanales su tiraje, consignaba desde el principio de la epidemia, como ejemplo, la ponencia moral de esta personalidad. El doctor Vidal -decía- es incansable en asistir al desvalido; él mismo prepara los remedios en la cabecera de sus enfermos, cuando ellos escasean o no existen.

El 15 de Enero, una disposición novedosa de la Comisión de Salud Pública puso a su nota de vida en la ciudad sola y moribunda. Situáronse en las esquinas, en el centro del cruce de las calles, cuarterolas con alquitrán para fumigar el ambiente y, no bien puesto el sol cálido, de ocaso breve, se les dio fuego.

La ciudad callada, que apenas si sabía en esos momentos del alumbrado a kerosene, se despertó con la ola de luz. De las casas modestas, de la gente del pueblo, uno a uno, fueron desfilando los chiquillos semidesnudos, ateridos de terror, a quienes se encerraba como oro amonedado en los cuartos oscuros.

El tesoro, de alegría, que duerme en el fondo del corazón del niño, brilló junto a las fogatas en damero de la ciudad, hacía pocos instantes silenciosa.

Tomados de la mano, saltando con el ritmo de sus cantos simples, cada sol de alquitrán tenía su corona de alegres mariposas. Y hasta tarde, hasta muy tarde, los gritos poblaron el ambiente, ahí donde las casas mejores, de las clases acomodadas, eran lóbregas en abandono y en silencio.

A fines de Enero se suspendieron estas quemazones en medio de la protesta de la opinión y de la prensa. No era economía; habíase concluido la existencia de alquitrán. El Jefe de Policía buscó sustituir los elementos con pasto y ramas verdes, pero el esfuerzo fue inocuo; faltaban brazos.

A los días de horno, en que los estragos de la fiebre amarilla veíase en el movimiento de los cadáveres y en el empaque característico del miedo, siguieron las noches calladas y las luces modestas, en las casas donde se velaba una vida en agonía.

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