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Días de horno; estragos de la fiebre amarilla

Desde el día de su instalación, la Comisión Central de Salud Pública encontró dificultades para el quorum y se sintió demasiado numerosa para la acción enérgica requerida por las horas de tragedia(1).

(1) Citado por Hernán Félix Gómez. “El Heroísmo de una Generación” (1931). Imprenta del Estado, Corrientes; segunda edición. Editorial Amerindia Ediciones Correntinas (2006), Corrientes.

Resolvió entonces crear de su seno una comisión a la que llamó permanente, encargándola de una acción continua, de la vigilancia minuto a minuto de la ciudad y los intereses públicos, en la que delegó entenderse con el P. E., con la Jefatura de Policía, con las autoridades de toda naturaleza que no habían abandonado sus funciones, etc.

A su vez, esta comisión permanente, de tres miembros, se dividió las funciones, corriendo uno con la higiene urbana y el cementerio; otro con la asistencia en hospitales a crearse; y el tercero con la provisión de medicamentos.

Conjuntamente buscaron y contrataron médicos, farmacéuticos; socorrieron con dinero y remedios a los desvalidos; etc. Constan en el Archivo General de la Provincia, recetarios de los hospitales creados, recibos de jornaleros, vales de auxilio a las clases populares y empobrecidas y cien documentos, a los que una lectura coordinada da la arquitectura de una acción inteligente y enérgica.

La Comisión Permanente fue organizada -en el primer período de la epidemia- con el doctor Facundo Fernández y los señores Julio Solano y Manuel Mallo. Fue este triunvirato el que organizó las fantásticas luminarias en las calles correntinas, con el aplauso de la opinión toda, destinadas a fumigar al ambiente, de positivos resultados, desde que hoy es conocido el agente que contagia la fiebre amarilla.

Cuando el doctor Facundo Fernández, joven ilustrado, universitario, titular del Juzgado de primera instancia en lo Criminal, contagió -en ejercicio de su ministerio- y murió entre el dolor popular (30 de Enero) fue sustituido en la Comisión por Manuel Canevaro, de espíritu tan noble como el primero.

Los triunviros hicieron más orgánica la gestión de la higiene. La falta de cultura producía continuas infracciones y la ignorancia ocasionaba hechos que podían redundar en perjuicio general.

Se resolvió (20 de Enero) el control general de la exacta observancia de los reglamentos municipales sobre limpieza y salubridad, nombrando comisionados de manzanas que, con la cooperación de una o dos personas, ejercerían la vigilancia de estos pequeños sectores.

Nómbrase en tales cargos a Gervasio González, Antonio López, Juan Perffetti, Vicente Martínez, Mateo Barberán, Juan Alsina, José Buscio, Torcuato Víllanueva, Ildefonso Durán, Félix Obregón, Antonio Lana, Luis Baibiene, Manuel Canevaro, Juan Achinelli, Felipe Costa, Bernardino Queirolo, Manuel Cavia, Juan Cros y Molina, Benigno Gómez, Juan Bautista Rojas, Angel Llopart, José Riera, Lino Balcasas y estos entraron en el desempeño de sus cargos.

La última quincena de Enero fue angustiosa. El relativo optimismo de los primeros días del mes y los sucesos de la guerra civil habían hecho olvidar medidas necesarias y precaucionales, como si los encargados de combatir la epidemia tuvieran comprada su existencia bajo el flagelo y fue así cómo el grupo de médicos que atendía ordinariamente en la ciudad no fue aumentado,

El doctor José Ramón Vidal, sabio y político, generoso como ninguno y encariñado con su profesión; el doctor Francisco Javier Puigdemasa, médico de Policía, también humanitario y fraterno; el doctor Carlos Fosatti, verdadero asesor, como integrante del Cuerpo Municipal; y el doctor José M. Mendía, el severo y correcto funcionario del Tribunal de Medicina, fueron los profesionales de avanzada contra la fiebre amarilla.

Bien es cierto que cooperaron en la atención de los enfermos durante este final de Enero otros tres médicos: el doctor José A. de los Santos, el doctor Tiburcio Gómez Fonseca y el doctor Alberto Fainardi pero, mientras los dos primeros actuaban en forma limitada, el último cayó prontamente contagiado reincorporándose a sus funciones en Febrero.

Héroes de la campaña de asistencia popular y profilaxia en Enero son los doctores Vidal, Puigdemasa, Fosatti y Mendía. Sin descanso ninguno, firmes en el cumplimiento de sus deberes profesionales y excediéndose, porque la resistencia tiene un límite humano que ellos sobrepasaron, el contagio los tomó débiles, sin la resistencia física gastada en días y noches de atención.

La enfermedad era la muerte. En los últimos días de Enero el flagelo hizo presa en sus organismos con cruel simultaneidad.

La espléndida victoria de Ñaembé (26 de Enero) obtenida por el Ejército correntino del gobernador coronel Baibiene, sobre las fuerzas de López Jordán, apenas si repercutió en la ciudad dolorida.

El P. E. se concretó a declarar feriado el día 28 de Enero en que se recibiera el comunicado -para las oficinas públicas- porque, personalmente, con contados funcionarios, estaba en la asistencia del pueblo.

En este sentido, la personalidad del gobernador subrogante Pedro Igarzábal, llena la escena pública, con su palabra reposada, con acción tesonera y con el ejemplo que dignifica, estimula y alienta desde el sillón gubernativo.

Su ministro de Hacienda, el joven abogado doctor Juan Esteban Martínez, enfermó de la epidemia y, a los dos días de levantarse, vuelve a sus deberes, de inmediato, a la inversa del otro ministro, el doctor Lisandro Segovía, que emigra a San Luis del Palmar.

“La Esperanza”, el diario oficialista, elogia a Igarzábal y Martínez (edición del 15 de Enero) y censura al doctor Segovia (edición del 9 de Febrero) en forma tan enérgica que este presenta su renuncia y ve cortada su carrera política tal que, cuando plantea, poco después, su candidatura a diputado nacional, la misma prensa del liberalismo avalla sus pretensiones.

Federico Roíbón, designado Jefe de Policía (4 de Enero), a raíz de su cese en la presidencia de la Corporación Municipal, fue otro funcionario ejemplar, de personalidad sobresaliente.

Contagiado por la epidemia (22 de Enero) sólo seis días falta a su despacho; aún convaleciente, vuelve a la atención de la salubridad y del orden, con la colaboración del Jefe de Plaza en comisión, Julio Pessini, designado para ese cargo el 9 de Enero.

Ambos comprometieron la gratitud pública. Hacia el 20 de Enero la mayoría de los funcionarios municipales habían abandonado la ciudad.

La muerte del doctor Fernández, del doctor Fosatti y del señor Alfonso Girot, todos ellos fíeles servidores que caían en plena campaña, impresionó a sus colegas municipales y José Francisco Poissón (actuante de la primera hora), Federico Gauna, el doctor Emilio Díaz, Genaro Márquez, Hipólito Ayeret y Gervasio Gómez hicieron abandono de sus cargos.

En su oportunidad, vencido los dos meses de ausencia que la ley exigía (el 14 de Abril), el P. E. los dejó cesantes y llamó a elecciones para proveer a las vacantes, censura tal vez excesiva porque de éstos algunos rindieron servicios.

El espíritu de sacrificio no puede exigirse en un máximo irreparable, sobre todo cuando la pobreza y las responsabilidades de una larga familia o de menores, atan la libre determinación del individuo.

En el gremio de farmacéuticos hubieron también actitudes dignas de consignación. Quedaron al frente de sus boticas los señores Popolizzio, Gambarrota y Campana, mientras que los señores Serravalle y Melitón Quiroz clausuraban las suyas y emigraban de la ciudad.

Los dos primeros merecieron toda la gratitud pública; sin aumentar los precios y sirviendo con exactitud a las recetas, pesó sobre ellos la enorme tarea de llenar la demanda.

El señor Campana, que había elevado sus tarifas, fue acusado por “La Esperanza” de usurero y, cuando la enfermedad de los señores Gambarrota y Popolizzio, llevó al público a la botica “Italiana” (que así llamábase la del señor Campana), a la exageración de los precios agregóse la sospecha de que se modificaban las recetas por falta de los elementos prescriptos.

El señor Quiroz, emigrado, puso a disposición de las autoridades los elementos preservatorios que existían en su farmacia, como buena cantidad de cloruro de cal e igual Serravalle.

Ante las quejas generales y las sospechas de los propios médicos sobre la deslealtad con que se servían las recetas, la Comisión Permanente hizo venir de Empedrado al técnico Sebastián Sastre y se incautó de la farmacia “Medea”.

Los Informes conservados en el Archivo General de la Provincia dan una impresión real de la trascendencia de esta medida; el pueblo avanzó sobre la expropiada botica de Serravalle con tanta exigencia que fue imposible levantar un inventario de las existencias. Un cordón policial mantuvo el orden, permitiendo al farmacéutico, señor Sastre (2 de Febrero), iniciar sus tareas técnicas.

Todo esto se hizo con la anuencia del P. E. que, recién el 7 de Junio, devolvió el establecimiento a su propietario. En cuanto a Popolizzio y Gambarrota se restablecieron, reanudaron la pesada tarea de sus farmacias.

Mejor atendidos los enfermos, pareció que la eidemia declinaba. Las 21 defunciones del 11 de Enero, uno de los días más trágicos, descendió a menos de la mitad y “La Esperanza” consignaba el suceso como anticipo de días más tranquilos.

- Aumenta el número de víctimas

Si el número de víctimas hacía aparecer a la epidemia como decreciendo, en los primeros días de Febrero la calidad de las personas atacadas por el mal ponía una mayor angustia en la opinión.

Al grupo de los médicos, farmacéuticos y funcionarios ya consignados, agregáronse dos de los triunviros de la Comisión Permanente, Julio Solano y Manuel Canevaro.

Pero, si no perecieron, como su compañero de comisión, el doctor Facundo Fernández y los municipales doctor Carlos Fossatti y Alfonso Gitor, las dolencias los restó a la actividad febril de la lucha.

El P. E. vio la necesidad de reorganizar la Comisión Permanente de la que quedaba un solo miembro prestando servicios, Manuel Mallo y, ante el ausentismo de la Comisión Central -que subrogaba al Cuerpo Municipal- nombró (2 de Febrero) a los vecinos Tomás B. Appleyard y Augusto S. Meyer.

Los nuevos triunviros entraron a actuar en las condiciones más difíciles. Falleciendo los doctores Vidal, Puigdemasa, Fosatti y Mendía y enfermos los farmacéuticos Popolizzio y Gambarrota, se encontró con el problema de la falta de personal diplomado.

No sólo eso; las existencias de medicamentos adecuados eran escasas y caras; desde el18 de Enero, en que tocó el puerto de Corrientes el vapor brasileño “Corumbá”, en viaje para Asunción, la ciudad se encontraba librada a sus fuerzas y el silencio, las informaciones deficientes y las noticias de las valiosas pérdidas sufridas, habían creado una opinión falsa en el interior y lo exterior.

En lo Interior, porque el pueblo se creía abandonado de la comunidad argentina; en lo exterior, porque se entendía a la Ciudad de Corrientes agotada por la epidemia, sin un orden regular de Gobierno, ausentes o fallecidos sus mejores varones.

En Montevideo, en Rosario, en Córdoba y en San Juan, suscripciones públicas reunían socorros y hombres altruistas se ponían al frente de una misión dirigida “a la persona o autoridad encargada del Gobierno”.

El destinatario de esta Nota en que la Comisión de Socorro del Rosario de Santa Fe, Federico de la Barra, informaba de los elementos y técnicos remitidos, da la medida de la visión trágica con que Corrientes se presentaba al país.

Las deducciones no se hacían sin fundamentos. Si la enfermedad (31 de Enero) y luego el fallecimiento del universitario Luis Baibiene, director de “La Esperanza”, produjo hondo sentir por sus condiciones personales y los servicios rendidos desde la prensa y en la campaña sanitaria, el deceso de otro joven, estudiante de Medicina, filántropo y generoso, también contagiado en la lucha abierta, Carlos Harvey, acentuó ese dolor general.

Recordábase que Harvey había llegado a la capital, concluidos con brillantez sus exámenes y que, por su preparación científica, era toda una promesa para la intelectualidad correntina.

Junto a estas pérdidas, jamás olvidadas en el solar provinciano, prodújose otra, inesperada, como sí el destino hubiese querido poner a prueba la sociabilidad regional: referimos a la muerte del gobernador interino Pedro Igarzábal, el mandatario incansable que había sido columna fuerte del orden y padre diligente en la custodia de los intereses de la hora.

Su fallecimiento, el 11 de Febrero, restó vitalidad a los resortes del Estado. El éxito de la Comisión Permanente no estaba sólo en la calidad y el altruismo de sus miembros; estaba en el apoyo incondicional que recibía del gobernador Igarzábal, cuya autoridad veíase tras los actos de aquéllos.

Su muerte rompió naturalmente esta acción armónica en que la tiranía de los triunviros no podía realizarse sin la adhesión del gobernante.

Bien es cierto que ocupó el P, E. uno de los vicepresidentes legislativos, el vecino Gregorio Ceballos, de la misma filiación política pero, fuese su débil personalidad o alguna anarquía en las opiniones, es lo cierto que la Comisión Permanente, formada por Mallo, Appleyard y Meyer presenta la renuncia de sus cargos (16 de Febrero).

La prensa protestó; sostuvo la necesidad de que continuase la Comisión pero, ni sus miembros ni el P. E. dieron marcha atrás. Por el contrarío; en decreto del 17 de Febrero, el gobernador interino Ceballos dispuso que el Departamento de Policía se encargase de las funciones del Gobierno Municipal y de las asignadas a la disuelta Comisión Central de la Salud Pública.

Consultando las estadísticas policiales sobre defunciones producidas en la ciudad -que la Policía elevaba diariamente al gobernador- encontramos un promedio de 13 a 20 decesos en los primeros 10 días de Febrero.

A contar del día 11, la proporción se eleva, excediendo al promedio más aterrador de Enero: así, el 12 mueren 23 vecinos; el 14, 35; el 15, 25; el 16, 22; y el 17, fecha de la renuncia de la Comisión Permanente, 31.

Esta agudización de la epidemia pudo influir en los sucesos consignados; pudieron también, los miembros de la Comisión, sentirse fracasados en sus esfuerzos o cansadísimos en una lucha de quince días (se los nombró el 2 de Febrero) que agota las más fuertes reservas.

Pero, fuese cuál fuere la razón exacta de este cambio de hombres y de la centralización de las actividades en la Policía, es lo cierto que las medidas ejecutadas por la Comisión Permanente dieron su fruto a contar del 18 de Febrero. Los decesos bajaron a un promedio de 12 por día, con la particularidad de que estos muy raramente se producían en los hospitales.

Sus integrantes en Febrero -Mallo, Appleyard y Meyer- merecieron bien de la patria; al hacerse cargo de sus funciones, encontraron a la ciudad indefensa, fallecidos sus mejores médicos, enfermos a los farmacéuticos, poco menos que agotada la existencia de medicamentos y a los vecinos empobrecidos, sin recurso de clase alguna; ellos establecieron, frente a la Iglesia de La Cruz, un Hospital de Caridad y contrataron médicos expertos buscándolos ahí donde la experiencia los había especializado en la lucha contra la fiebre amarilla.

Por encargo de la Comisión, el doctor Gerardo Cunha, médico brasileño de destacada actuación, atendió gratuitamente a los pobres, inícialmente en su residencia (22 de Enero) y luego en los consultorios del hospital, del que fue designado Encargado.

Con su apoyo, el doctor Emilio Tavares de Olivera, cuyos médicos de homeopatía habían logrado buenos éxitos en Asunción, abrió su consultorio, como una botica anexa, de que se encargaba su hijo, el técnico Emilio Augusto de Olivera.

Sumóse a estos el doctor Luis Augusto de Peret, famoso luego como médico asistente del Hospital de Caridad, y el doctor Francisco I. Salvador Cardin a quien se llevó al cargo de Médico de Policía.

A fines de mes (día 26) se incorporó al grupo de galenos, como Médico de Sanidad de la provincia, designado por el Gobierno Nacional, el doctor Enrique Durand de Cassís, ciudadano de antigua actuación en Corrientes, bajo la Administración del doctor Pujol.

En cuanto a las boticas habilitadas y atendidas, con anterioridad por la Comisión Permanente, se designó a una Comisión especial que controlase y entendiera en su funcionamiento, formada por Gabriel Esquer, Francisco Lezcano y Manuel Canevaro, ya restablecido de la fiebre amarilla.

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