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En Abril, Corrientes se libera del flagelo

La llegada a la Ciudad de Corrientes de la Legión Militar, a las órdenes del general Vedia -que retornaba de los campos paraguayos- puso en el pesimismo del ambiente una nota exótica(1).

(1) Citado por Hernán Félix Gómez. “El Heroísmo de una Generación” (1931). Imprenta del Estado, Corrientes; segunda edición. Editorial Amerindia Ediciones Correntinas (2006), Corrientes.

Los toques marciales de su banda de guerra, el ejercicio frecuente de sus soldados y los desfiles que efectuó, sacaron un tanto al pueblo de su amargura. Benefició sobre todo en la lucha abierta contra la epidemia, desde que el general Vedia puso al servicio del pueblo la botica de la unidad y la atención del cirujano del Ejército, doctor Moyano.

A este último efecto, instalóse el consultorio en Botica Italiana, con horario continuo y el cuerpo médico local contó con un compañero incansable y experimentado.

El descenso del número de los fallecidos, a fin de Febrero, no implicó la desaparición de la epidemia. El 1 de Marzo, veinticinco nuevas víctimas rindieron su vida, número que descendió para volver a subir a veinticuatro el 8 de ese mes. En su segunda quincena cedió la epidemia, como había ocurrido en Enero y en Febrero, llegándose un solo día (el 17) a cinco fallecidos.

Creyóse entonces que Corrientes se liberaba del flagelo y las familias más incómodamente instaladas en la zona rural iniciaron su retorno a la ciudad.

Ocurrió entonces una circunstancia curiosa; la fiebre amarilla, que ya no daba a los vecinos sobrevivientes, buscó sus víctimas entre los emigrados que retornaban a sus hogares y “La Esperanza”, el periódico valiente, ya atendido en persona por su editor, Julio Solano, protestó de ese apresuramiento inútil.

Ocurre -decía, en su edición del 19 de Marzo- lo mismo que fue observado en la Ciudad de Asunción, en la que la epidemia se cebada en las familias reintegradas a sus casas. Necesitamos -agregaba- un blanqueo general de la ciudad, la fumigación de todos los locales y recién entonces que se reintegre la familia urbana.

Los elementos con que se combatía la peste aumentaron. La Comisión de Socorros, organizada en Rosario de Santa Fe, con la presidencia de Federico de la Barra, envió a Corrientes al médico español Francisco Gutiérrez de Casto y al farmacéutico Santiago Besseger.

Trajeron, ambos, no sólo auxilios en dinero y efectos, sino también un botiquín bien provisto. El 14 de Marzo el doctor Casto abrió su consultorio en las proximidades de la Jefatura de Policía, actuando gratis y en una forma oficial. En cuanto al joven farmacéutico Bessegger, cabe consignar que su colaboración fue desinteresada; cuando elegido por la Comisión de Socorros del Rosario se le pidieron fíjase las condiciones en que ejecutaría la misión, sólo reclamó el pasaje de ida y vuelta negándose a percibir emolumentos.

Abril tomó a la ciudad en buenas condiciones higiénicas. Los fuertes soles habían cedido y el número de víctimas fue en descenso. Hacía mediados de mes, el P. E. encontró restablecido -en sus líneas generales- el organismo urbano, llamando el día 14 a elecciones para integrar la Municipalidad, de la que existía un solo miembro: Appleyard.

Habían fallecido, atendiendo sus funciones, los doctores Fernández y Fossattí y don Alfonso Gírot; y desertado -con ausencia de más de dos meses, la que causaba la cesantía- los señores Federico Gauna, Francisco Poissón, doctor Emilio Díaz, Genaro Márquez, Hipólito Ayeret y Gervacio Gómez.

Fueron electos en los comicios los doctores Alberto Fainardí, Juan Lagraña, señor Manuel Canevaro, Desiderio Onieva, Julio Solano, Victorio Torrent, Julio Pessini y Evaristo Fernández y, como suplentes, los señores Víctor Leconte, Joaquín Socías y César Pucciarellí.

El interesante escrutinio, que obra en el Archivo General de la Provincia, prueba que la elección no fue canónica y que las opiniones ciudadanas buscaron premiar los nobles esfuerzos rendidos a la patria.

Entre los electos, sólo el doctor Juan Lagraña, quien obtuvo el segundo puesto en el número de sufragios, no había actuado en el drama urbano. Su figuración fue en el Ejército, donde destacó su heroismo en los campos de Ñaembé y es de creer ese prestigio, al que se sumaba su arraigo político, como hombre de acción y de tribuno, lo igualó en los afectos populares al de los otros ciudadanos elegidos, todos ellos actores en la tragedia del flagelo.

Su recuerdo se fue alejando. Los días terribles de la segunda quincena de Enero y la primera de Febrero aleteaban en la memoria de un existir renovado en optimismo. Como ley de la vida, tras del dolor, la conformidad y, después de ella, la alegría. Es la satisfacción de “ser” en la plenitud de las potencias del individuo, maravilloso y providencial equilibrio del cuerpo y del espíritu.

Pero el recuerdo estaba y quedó, sobre todo, en la miseria de los hogares, hasta que otra generación sustituyó a la doliente en el drama de la vida. Pero ya todo estaba como esfumado y la propia naturaleza había cambiado el panorama poniendo la exhuberancía de su flora en las huellas hondas de los carros trágicos y de las sepulturas informes.

¡Qué lejos aparecían esas jornadas! Empobrecidos, habiendo gastado sus últimas reservas en medicamentos y víveres, los vecinos no podían costear el entierro de los suyos. Otros enfermos, otras imploraciones, clamaban la caridad del agua y de las bebidas refrescantes, y los muertos a decenas llevábanse por la Comisión Permanente en los vehículos más diversos.

Ni siquiera esperaban el llamado; los carros conductores tenían su itinerario y en sus cajones se acumulaban los cuerpos de las víctimas. A veces, tras ellos, cuando otro enfermo, en la familia, no exigía nuevos sacrificios, hombres silenciosos y mujeres muy tristes seguían las huellas que se habían profundizado en el sentido del Cementerio San José, la “Limita” de las nominaciones populares.

Ahí era no menos la escena. Grandes zanjas, apenas ahondadas, con apresuramiento, como para contener una decena de cadáveres, servían de lecho eterno a las víctimas. Concluida la cal, con que se cubría los cuerpos y a favor de la falta de vigilancia en las horas nocturnas, los perros alzados convertían a los despojos en plato de sus festines.

Y los héroes del cementerio, la gente humilde, los jornaleros, cuyo nombre no conserva el documento, reabrían la jornada diaria velando el sacrificio de las alimañas.

De este grupo de humildes colaboradores sólo un nombre conservan los archivos por la feliz circunstancia de haber rendido cuenta de los jornales que abonara. Es don Martín Peloso, encargado del Cementerio San José y de las fumigaciones a que se sometía a la ropa de los deudos del duelo, con cuyo nombre debiera nominarse a una de las calles internas de la necrópolis correntina.

- El tributo de las mujeres correntinas

Anónima también, porque su lealtad rendíase integralmente en el hogar, para los que eran sus tesoros de emoción y de ternura, fue el tributo de las mujeres correntinas. Si en afán de justicia buscáramos los nombres de las que fueron heroicas en la tragedia, su nómina comprendería a todas las madres, las esposas y las hijas que atendieron a un ser querido en sus dolencias.

Y fue así por el genio de la familia correntina, que se heredaba, como un tesoro, desde los tiempos coloniales.

Las virtudes del viejo cristianismo nacen y florecen para el hogar. En él sus jardines, de placer y de consolación, porque en el drama de la subsistencia, en la antigua cultura, sólo el varón acciona su energía.

Para juzgar del tributo femenino ha de entenderse así la arquitectura de la sociedad, lejos de la actual en que nuevas condiciones y exigencias han colocado a la mujer en la escena inmediata, con la personalidad que surge del nuevo orden de cosas y valores sociales.

Sin embargo, y en una proporción imprescindible, la mujer argentina tuvo a su cargo llevar los dones de la caridad al desvalido. Por ello, y cuando la tragedia de la epidemia declinó, con sus saldos de enorme pobreza en las clases populares, la mujer correntína buscó y ejercitó el ministerio que le señalaba el corazón.

Las comisiones de socorros organizadas en Montevideo y en Rosario de Santa Fe necesitaron, para la asistencia exacta al necesitado, de una generosa colaboración, encontrándola en las damas correntinas.

Actuando como agentes de los donantes y organizadas en “Comisión sucursal” de socorros, con la presidencia de Luisa Pujol de Gallino, un grupo destacado de nuestras matronas visitó los hogares pobres asignando personalmente las contribuciones en dinero y en ropas.

La ciudad fue al efecto dividida en zonas, actuando en las diversas secciones Luisa Pujol de Gallino, Magdalena R. de Fainardi, Josefa B. de Recalde y Justina Pintos. En la parroquia de la Iglesia Matriz actuó el cura titular, José Riu; como secretario de la Comisión, el presbítero A. Camilo Meza.

El mayor tributo rindiéronlo los regulares de los Conventos de La Merced y de San Francisco, especialmente los primeros, en razón de ejercer la congregación, como titular, el Gobierno de una de las dos parroquias en que se dividía la ciudad.

A esta circunstancia, agregábase la de que su jurisdicción comprendía los barrios pobres del oeste, incluso al Cambá Cuá, donde la epidemia hizo en Febrero el mayor número de sus víctimas.

Difícil es individualizarlos en la uniformidad modesta de los hábitos. Pero el recuerdo, la noble gratitud del pueblo, guarda la figura amiga del Padre Antonino, el artista genial y generoso, el mago del “órgano”, cuya mano milagrosa inundaba de armonía el canto de los coros.

- Una página memorable de dolor y lucha

Del pasado correntino, rico en virtudes, en sacrificios y en enseñanzas, hemos separado esta página memorable, de su dolor y de su lucha contra la epidemia que -en 1871- agostó sus hogares.

La ponemos en manos de las generaciones que actúan en sus escuelas, para que los jóvenes correntinos sepan que si la estirpe provincial fue valerosa en la gesta por la libertad y la organización del país, en los campos de batalla y en el juego de los valores políticos, supo también llenar sus deberes de asistencia en las tragedias que azotaron su vida interna.

Estos aspectos diversos de la historia correntina, el uno consultando la actividad política de su pueblo, el otro cumplido con respecto a la sociedad, viendo en el hombre exclusivamente al semejante y al humano, encierran tesoros inagotables, dignos de exhibirse para educar el espíritu de los hombres nuevos.

Una institución de orden civil, como la Municipalidad, cuya jurisdicción comprende el gobierno del hogar urbano, donde todo es de todos, el Gobierno de la ciudad para la cual todos sus hijos y acreedores al mayor bien posible está en el deber de ponderar las virtudes que miran primordialmente al ser humano sin distinción de clases, de origen, de riqueza o de función política.

Estas virtudes constituyen el lazo que une a los hombres en comunidad y explican, con un ejercicio más o menos perfecto, el que unos pueblos logren con mayor proporción que otros una vida cómoda y feliz.

Estas virtudes -necesarias en todo momento- son esenciales en las horas de dolor colectivo. El pueblo correntino no tiene de ello una sensación objetiva, porque su horizonte geográfico es rico en productos y tranquilo como ninguno; jamás una inundación o un terremoto, por ejemplo, lo llamó a meditar sobre el posible común destino de la colectividad. La bondad de la naturaleza fomenta el individualismo de los caracteres y aleja la asistencia al semejante.

Es deber de su Gobierno urbano reajustar con buena propaganda los sentimientos básicos de la sociabilidad y en ese concepto vale, sobre todo, el ejemplo.

Por ello -y por la infancia- toma esta página de sacrificio, de la epidemia de 1871, explica cómo los hombres ayudaron y se sacrificaron por otros hombres, sin mirar a su riqueza, a su cultura, a la amistad o al interés y le dice: mi joven amigo y futuro ciudadano, lea este relato común a la estirpe, inspírese en el ejemplo de sus héroes civiles y encienda en su corazón la luz de la esperanza y del amor al semejante.

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