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ORIGEN DEL MOVIMIENTO SEDICIOSO LIBERAL DE 1877/1878

El doctor Ricardo Harvey (1928-2011) -un hombre que ha dedicado gran parte de su vida a la función pública, al ejercicio de la docencia y a la investigación- hace una síntesis feliz de los hechos registrados en Corrientes en los años 1877 y 1878.

Su visión -junto a la de otros autores- difiere de la interpretación que el autor intelectual del movimiento, el doctor Manuel Florencio Mantilla, hará de los sangrientos sucesos registrados en esos días. Ya en la última década del siglo XIX, los creadores de la estrategia desplegada por el Partido Liberal, no dudarán en identificar al movimiento insurreccional registrado en los años 1870, como una “revolución(1), pero nada estuvo más lejos de ello.

(1) Ver: Manuel Florencio Mantilla. “Resistencia Popular de Corrientes. 1878” (1891), passim. San Martín, Escuela de Artes y Oficios de la provincia de Buenos Aires. Editor.

Relata el doctor Ricardo Harvey:

Al término de la gestión Madariaga, la provincia estaba dividida en tres sectores políticos claramente definidos: los federales gubernistas; los nacionalistas o mitristas, y los liberales, existiendo concomitancia entre estos dos últimos que, en el fondo, pertenecían a un común tronco liberal”.

Tras esta introducción, Harvey señala:

Ante los comicios de renovación gubernativa, el oficialismo y la oposición se aprestaron como para una contienda bélica y los actos de fuerza se multiplicaron.
A instancias del doctor Manuel Florencio Mantilla, y siguiendo un precedente norteamericano, los liberales organizaron un comicio paralelo, atribuyéndose ambos sectores el triunfo, y organizando sus propios Colegios Electorales.
El gubernista eligió como gobernador y vicegobernador a los federales Manuel Derqui y Wenceslao Fernández y, el de la oposición, lo hizo en las personas de los doctores Felipe J. Cabral y Juan Esteban Martínez.
El proceso estaba concebido con el fin de provocar una situación de violencia institucional y con ello provocar la Intervención Nacional, que se esperaba pudiera favorecer a los opositores o, por lo menos, truncar la gobernación del Partido Federal.
Poco interesaba, en este momento, la política de Conciliación que había sido iniciada por el presidente Avellaneda en Mayo de 1877 y concretada en un solemne acto cívico el 7 de Octubre de ese mismo año(2).

(2) Citado por Ricardo J. G. Harvey. “Gobernadores constitucionales de Corrientes que no concluyeron su mandato” - página electrónica.

- El contexto del movimiento

Otro historiador, el doctor Dardo Ramírez Braschi, brinda el contexto en el que se produjo el movimiento subversivo. Hablando de las consecuencias de la Guerra del Paraguay en los países Aliados y Corrientes en particular, éste dijo lo siguiente:

“La sucesión presidencial de los años siguientes a la contienda fue consolidándose. Cuestiones pendientes del Estado Argentino, como ser inmigración, producción, educación, dominio de los territorios nacionales ante el poblador original, transformaron rápidamente al país, solidificándose el Poder Central.
“A nivel político, el mitrismo soportó importantes consecuencias a raíz de la guerra: sus costos fueron altos y el más evidente fue que perdió el manejo político del país por el resto de la vida pública de su líder. Esta derrota del mitrismo dio lugar a otras fuerzas políticas, haciendo que los próximos presidentes argentinos -pese a ser oriundos del Interior- no tuvieran un carácter federal. La solidificación del roquismo sellará la derrota definitiva del mitrismo, aunque hay que decir que éste dejó huellas permanentes en el gen político argentino (...).
“Las presidencias consecutivas de Sarmiento, Avellaneda y Roca marcarán aquella política. Estos tres presidentes -en tiempos de guerra- estuvieron vinculados, de una u otra manera, al conflicto y, Roca, puntualmente, combatió como soldado en los campos de batalla paraguayos (Paso de la Patria, Estero Bellaco, Tuyutí, Boquerón y Curupayty).
“Hay que recordar también que años inmediatos a la guerra y una vez terminada ésta, el Gobierno argentino -alejada ya la guerra- centralizó sus prioridades en neutralizar las últimas rebeliones de caudillos como las de Ricardo López Jordán (h) -en los años 1870/1871- con la batalla de Ñaembé; e impidiendo que Felipe Varela intentase, desde Bolivia, un último alzamiento en Enero de 1869. El Gobierno Central apaciguó algunos focos rebeldes provinciales, lo que le valió al presidente Sarmiento fortalecer un proceso de unificación y solidificación institucional.
“Paradójicamente, en Corrientes, teatro de la guerra en 1865, ocurrió algo inverso a lo sucedido en el país: la contienda internacional dejó como consecuencia -y durante toda la década posterior- un incremento de las luchas políticas, en las que estuvo el Gobierno Nacional estrechamente involucrado.
“El mitrismo y el autonomismo se vieron representados a nivel local y el golpe de Estado se volvió normal: Evaristo López Soto, derrocado por el mitrismo (1868); Agustín Pedro Justo, derribado por el denominado ‘fusionismo’, nacido a fuego desde la política presidencial de Sarmiento (1872); luego el abatimiento de la Administración de Manuel Derqui, por fuerzas liberales-mitristas (1878); y, finalmente la caída del Gobierno de Felipe José Cabral a manos del Gobierno Nacional, encarnado por Avellaneda-Roca”.

Ramírez Braschi dice después:

“Esta historia de fracasos institucionales implicó fracturas importantes severas en los bandos correntinos en pugna: liberales y autonomistas se asesinaron en los campos de batalla, logrando sólo el cercenamiento territorial. Aquéllos que formaron estrechas filas de un Ejército combatiendo en el Paraguay, después se desconocieron, luchando frenéticamente en disputas políticas provinciales”(3).

(3) Dardo Rodolfo Ramírez Braschi es un historiador oriundo de Esquina. Es el actual Presidente y Miembro de Número de la Junta de Historia de la provincia de Corrientes y Miembro Correspondiente de la Academia Nacional de la Historia de la República Argentina. Asimismo, Ramírez Braschi es Miembro Correspondiente -en la provincia de Corrientes- de la Academia de Ciencias Morales y Políticas. Actualmente es Subdirector del Archivo General de la Provincia de Corrientes. Abogado, Magister en Ciencias Políticas, Doctor en Derecho, sus principales actividades académicas se focalizan en la docencia universitaria. Autor de obras especializadas; hoy es un referente obligado de la historia correntina.

Finalmente, Ramírez Braschi sintetiza -en un párrafo- las consecuencias nefastas de estos desencuentros entre correntinos:

En fin, Corrientes, se empequeñeció.
Evidentemente, tras los destellos de la guerra del Paraguay, después de ella nada será igual y los cambios surgidos marcarán una nueva etapa para Corrientes y el país”.

Los conceptos son terminantes; hasta es probable que la insurgencia liberal correntina ni siquiera se haya gestado en la provincia, sino en Buenos Aires, ya que los motivos que la impulsaron estaban directamente ligados a hechos políticos de aquella ciudad.

En Corrientes, el liberalismo mitrista encontró a un hombre capaz, inteligente, ambicioso, que lideró el movimiento: Manuel Florencio Mantilla; el levantamiento logrará sus objetivos (derrocar al gobernador y recuperar para el mitrismo nacional una provincia), pero el movimiento sedicioso instigado hará derivar el proceso histórico en un choque frontal con las políticas sustentadas desde el Gobierno Central, lo que dañará profundamente a Corrientes, provocándole pérdidas irreparables (además de vidas y bienes), como lo será el cercenamiento de un tercio de su territorio.

- Antecedentes internos

En 1874, la insurgencia de los mitristas, que no aceptaron el triunfo del doctor Nicolás Avellaneda en las elecciones presidenciales sobre el general Bartolomé Mitre, que aspiraba a un nuevo mandato, tuvo su correspondiente levantamiento en la provincia de Corrientes cuando los liberales mitristas, encabezados por Plácido Martínez, se pronunciaron contra el Gobierno de Manuel Victorio Gelabert que representaba al "fusionismo", alianza del federalismo y un sector del liberalismo.

Finalmente, los insurrectos fueron vencidos en los órdenes nacional y provincial y, en Corrientes, con el regreso de la paz, el gobernador Gelabert, “dando un ejemplo poco común en aquellos tiempos(4), mantuvo “una elogiable prescindencia en materia electoral y no se pronunció a favor de ninguna candidatura(5).

(4) Citado por Antonio Emilio Castello, “Corrientes, Tejedor y la Revolución de 1880” (2002). Moglia Ediciones, Corrientes.
(5) No todos piensan como el profesor Castello. Manuel Florencio Mantilla dice:
“Si Gelabert hubiera continuado al frente del Gobierno, como lo deseaba, no obstante la conclusión de su mandato, la lucha electoral habría degenerado en batalla sangrienta, por la usurpación del poder y cuanto por la resolución de aquél de imponer un candidato reaccionario (federal). Felizmente, la genial terquedad del hombre se detuvo ante la actitud imponente del pueblo”. // Citado en Manuel Florencio Mantilla. “Resistencia Popular de Corrientes. 1878” (1891), capítulo 1. San Martín, Escuela de Artes y Oficios de la provincia de Buenos Aires. Editor. “El pueblo”, para Mantilla, eran sus correligionarios.

Como los comicios de Electores no pudieron realizarse en término, debido al levantamiento mitrista y, su período finalizó, Gelabert entregó el Poder Ejecutivo al presidente de la Cámara de Representantes, Antonio Cabral, el 25 de Diciembre de 1874.

Por fin, las elecciones pudieron realizarse y resultó triunfante “una fórmula de conspicuos fusionistas: Juan Vicente Pampín, liberal, y José Luis Madariaga, federal(6), quienes asumieron el 15 de Febrero de 1875.

(6) Citado por Antonio Emilio Castello, “Corrientes, Tejedor y la Revolución de 1880” (2002). Moglia Ediciones, Corrientes.

Es probable que la apreciación del profesor Castello no sea del todo exacta. Este historiador reproduce conceptos del doctor Hernán Félix Gómez, quien señalaba que, “la fórmula -surgida del ‘fusionismo’- estaba integrada por el jefe del liberalismo oficialista y uno de los más destacados del Partido Federal(7).

(7) Citado por Hernán Félix Gómez, “Los últimos Sesenta Años de Democracia y Gobierno en la provincia de Corrientes. 1870-1930” (1995), segunda edición. Ed. Sembrando Producciones, Corrientes.

Pero, parece ser que los hechos no fueron exactamente así.

- La elección de Pampín y Madariaga

Para comprender con mayor detalle los orígenes de la revuelta liberal de 1877/1878, hay que recurrir nuevamente al doctor Manuel F. Mantilla, quien nos brinda pormenores de la elección de 1875, que encumbrará a Juan Vicente Pampín y José Luis Madariaga como gobernador y vicegobernador de la provincia, respectivamente.

Como se dijo más arriba, el 25 de diciembre de 1874 asumió el Gobierno de la provincia el presidente de la Legislatura, Antonio Cabral, “en medio del mayor regocijo público, por la cesación del mal funcionario. Gelabert hubo de estallar de rabia ese día; vuelto a las filas del pueblo, bajo una rechifla general, parecía un enajenado furioso”, dirá el opositor Mantilla, dejando en evidencia la antipatía manifiesta de esos hombres que se aprestaban a la lucha electoral.

Cabral era “un hombre probo, de antecedentes honorables, que inspiraba confianza, a pesar de que los federales se permitían contarle por suyo, fiados en la influencia de familia de sus cuñados, Augusto Díaz Colodrero y Sebastián Alegre. Su elección, como Presidente de la Legislatura había sido unánime(8).

(8) Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Resistencia Popular de Corrientes. 1878” (1891). San Martín, Escuela de Artes y Oficios de la provincia de Buenos Aires. Editor. Esta frase del doctor Mantilla deja al descubierto el fundamento esencial que sostenía para definir si alguien era “probo”o “enajenado furioso”: el origen familiar, el supuesto linaje del sujeto, más allá de sus simpatías o animadversiones políticas.

Parece ser que, cuando Cabral se hizo cargo del Gobierno, fue acosado por los grupos en pugna. Unos, como Gervasio Gómez (federal), le presentaban listas de candidatos para autoridades de campaña; otros, como Derqui, “lo azuzaban contra los mitristas y los liberales de la oposición a Gelabert”; y, sus cuñados, por su parte, le pedían el nombramiento de Derqui como Ministro General.

Cabral procedió “con tino y mesura”, según Mantilla, rechazando suavemente las influencias excesivas, inspiróse "en el cumplimiento austero del deber, consultó los intereses legítimos de la hora y, fiel a su juramento", sustrajo al Gobierno de la acción de los círculos, colocándose en el punto medio de todos. Suprimió persecuciones políticas, hizo respetar la Constitución, dio acción amplia al pueblo para organizar libremente su Gobierno:

Conozco bien a los federales y no estoy loco para perderme en diez días de Gobierno y perder la Provincia, haciendo causa con ellos”, decía al doctor Mariano Castellanos, su Ministro General.

Aunque después -1877- Cabral figurará pasivamente entre los partidarios del doctor Derqui y, desde entonces, “ha quedado oscurecido, debemos reconocer y proclamar que, durante estuvo al frente de la Administración respetó los derechos del pueblo, supo mantener el equilibrio del poder y no se mezcló en lo que la Constitución le prohibía mezclarse(9).

(9) Ibidem.

Bajo el Gobierno provisorio de Cabral se efectuó la elección de gobernador, en 1875. Ella debió tener lugar en Noviembre del año anterior y, a sus efectos, los mismos centros políticos que actuaron en la elección de Presidente y Vicepresidente, iniciaron anticipadamente sus trabajos.

Los nacionalistas (mitristas) entraron en un pacto con los alsinistas -disconformes de la unión de Avellaneda y Alsina- estipulando condiciones expresas, si bien de carácter transitorio. Dicha evolución, que fue denominada Liga, fracasó con la insurgencia armada de Septiembre de 1874.

Los nacionalistas se abstuvieron como partido, después de su derrota en el terreno de las armas, siguiendo la voz de orden de sus correligionarios de Buenos Aires y, sus aliados, se distribuyeron en los partidos militantes. Eliminados voluntariamente los nacionalistas, quedaban como únicos actores los liberales y los federales, abandonados a sus recursos propios.

Según Mantilla, “sin el Poder Oficial”, era grande la desventaja de los federales y segura su derrota en una campaña electoral abierta. Aquí cabe decir que, al estudiar el presente proceso histórico, hay que subrayar que el Partido Nacionalista -a más de ser vigoroso en Buenos Aires- lo era en Corrientes, donde sus afiliados se llamaban “liberales”, justificada esta designación por la procedencia federal del Partido Autonomista, su adversario.

Es fácil colegir que nacionalistas o mitristas, y los liberales -existiendo concomitancia entre estos dos últimos que, en el fondo, pertenecían a un común tronco liberal- eran, unidos, una fuerza política de respeto. ¿Cuál podría ser la estrategia de los federales al estar en minoría?
En principio, a toda su estructura hizo participar en pos de la supresión del voto. Los liberales eran el problema y de allí sus acciones en repartir dádivas y obsequios.

Por otro lado, uno de los jefes federales más conspicuos del momento era el doctor Manuel Derqui, quien buscó hilar la protección política del presidente de la Nación, Nicolás Avellaneda, y del ministro de Guerra y Marina, Adolfo Alsina. Derqui se constituirá en una especie de agente de la Presidencia y, su primer objetivo, será el de intentar acordar con la oposición y aunar una fórmula gubernativa común.

En principio, no se tejieron trabajos claros, abiertos, sinceros, pero, en toda la Provincia, corrió -en reserva y cautelosamente- la candidatura de Tomás Vedoya, en sustitución de la de Juan Vicente Pampín, sostenida por los liberales. No hubo acuerdo y esta experiencia electoral de 1875 tendrá decisiva influencia en la de noviembre de 1877.

El resultado de la elección de Electores convenció a los federales de su impotencia. De los veinticinco ciudadanos nombrados popularmente para que, a segundo grado, eligiesen el gobernador, sólo cinco fueron federales: Juan Vedoya, por Itatí; Manuel F. Gómez, por Concepción; Wenceslao Fernández, por Curuzú Cuatiá; Cándido Borda, por Monte Caseros; y Miguel Victorio Gelabert, por Paso de los Libres.

Incluso, pese al resultado electoral decididamente adverso, los liberales denunciaron que estos hombres fueron electos, “en fuerza de la injerencia oficial de las autoridades departamentales”, lo cual originó acalorados debates en el Colegio de Electores y provocó medidas gubernativas de represión. Los liberales iban por todo, y sus adversarios no estaban dispuestos a concedérselo.

Juan Vicente Pampín era el jefe del liberalismo y había sido el alma -en Corrientes- de la candidatura presidencial de Nicolás Avellaneda. Manuel Derqui, que también era avellanedista, exploró -dada la circunstancia, al ver la difícil coyuntura- la posibilidad de obtener la Vicegobernación para Tomás Vedoya. El, Onofre Aguirre y demás partidarios, pusieron en juego todos sus recursos en ese sentido, sin olvidar hacer mérito con recomendaciones de Alsina y, “permitiéndose -algunas veces- amenazas(10).

(10) Ibidem.

Pero todo fue en vano. Juan V. Pampín y José Luis Madariaga fueron elegidos gobernador y vicegobernador de Corrientes por el período constitucional de tres años, que se había iniciado el 25 de diciembre de 1974. Los dos hombres eran de extracción liberal. Las maniobras del ex gobernador Gelabert -jefe, en esos momentos, de los federales correntinos- y el apoyo del presidente de la Nación y del ministro de Guerra y Marina, no tuvieron, por lo tanto, el poder de imponer un orden determinado en Corrientes. El liberalismo local impuso condiciones.

El desenlace de la cuestión local abrió un período de relativa calma a la provincia; la elección principal satisfizo, en principio, a la voluntad pública. El nuevo gobernador era una personalidad política acentuada en el aprecio de la mayoría de la población, respetada de sus mismos adversarios; su elevación, era prenda de paz y libertad.

Miembro de una familia de élite, que había dado una víctima en la guerra civil sostenida por Corrientes contra Juan Manuel de Rosas, y dos gobernadores a Corrientes(11), venía designado -por la opinión- para la Primera Magistratura desde 1866, "por sus servicios y cualidades".

(11) El mayor de los Pampín, Fernando Ramón, murió en la batalla de Arroyo Grande, al frente de la División Saladas, de que era Jefe. José Manuel, fue gobernador [constitucional propietario] de Corrientes desde 1861 a 1863; y Gregorio María ocupará el mismo puesto en 1872 [éste, en la condición de gobernador provisorio; todos eran hermanos].

En su juventud, Pampín cumplió los deberes cívicos, ingresando voluntario en los denominados “ejércitos libertadores”, habiendo estado con Juan Lavalle en las batallas de Sauce Grande y San Cristóbal; con Joaquín Madariaga, en Vences; con Juan Benjamín Virasoro, en Monte Caseros.

Caído el dictador bonaerense Juan Manuel de Rosas, dejó la carrera de las armas. Como hombre civil, desempeñó puestos de importancia: fue Juez de primera instancia en lo Civil y Comercial; electo Vicegobernador de la provincia(12); Diputado Provincial, en distintas ocasiones; Presidente de la Legislatura; Diputado Nacional, electo en 1869; Ministro de Hacienda, en la Administración del coronel Santiago Baibiene.

(12) Cuando el caudillo federal Nicanor Cáceres apadrinó a Evaristo López Soto por gobernador de Corrientes (1865), hizo nombrar vicegobernador a Juan Vicente Pampín, como una satisfacción a la opinión liberal -sobre todo de la Capital- y favorable a éste. Pampín renunció indeclinablemente.

No era hombre de grandes conocimientos, ni poseía un talento distinguido; su instrucción era mediana, como la de los hombres de su época en general, pero su inteligencia despejada.

Mantilla dice de su Administración que su Gobierno -a pesar de la brevedad- será fecundo en iniciativas. Tenía, como pocos hay, las cualidades de un político práctico y honrado; conocía a fondo la índole, necesidades y conveniencias del pueblo y sus personalidades. Reposado sin abandono, manso por carácter, honrado a carta cabal, recomendábase a todos por su sinceridad y su desinterés.

Cuando se estudia con más profundidad, el análisis de la Administración de Pampín no será tan feliz. Cercado por hombres de su partido, su política oficialista partidaria generará consecuencias no deseadas. Si bien su correligionario Mantilla dirá de él que era de sentimiento noble, patriota, equitativo y justo con sus mismos adversarios, y que no abrigaba odios ni rencores, limitando siempre su oposición a un hecho o su desacuerdo con alguien, a la moderada defensa de sus ideas, sin incurrir en exageraciones irreparables, Pampín dará prioridad a la defensa de los intereses de su partido desde su accionar administrativo.

Ciudadanos de esta especie son los necesarios en el Gobierno de los pueblos, porque no obstaculizan el movimiento natural de la sociedad, ni corrompen las Instituciones”, dirá Mantilla.

Lo cierto es que Juan V. Pampín subió al poder con el aplauso de los hombres de su partido y el consentimiento de la oposición. Pero donde los liberales no mostrarán unanimidad será en la elección del vicegobernador, ya que su elección desagradó a muchos de ellos, es decir, a hombres del mismo partido que el sospechado. Es que José Luis Madariaga era miembro del Partido Liberal -siguiendo su tradición de familia-, pero tenía afinidades estrechas con el doctor Adolfo Alsina, por su hermano, el general Juan Antonio Madariaga, y antigua amistad con el ex gobernador Gelabert.

Un grupo de liberales consideraron a estas máculas, “circunstancias graves, que no podían despreciarse”; además, no lo veían con cualidades de mando; “no gozaba de popularidad, ni era hombre serio, a pesar de sus canas”.

Madariaga pertenecía a una familia de élite, al igual que Pampín. De fuerte raigambre liberal, era hermano del 11mo. Gobernador constitucional propietario, José Joaquín Madariaga y, su otro hermano, Juan Antonio, fue protagonista de hechos significativos para la Provincia. Este último le llevaba muchos años, ya que había una gran diferencia de edad con su hermano menor: Juan Antonio tenía 66 años y se había asentado en la provincia de Buenos Aires ya hacía mucho tiempo. José Luis, en tanto, era el undécimo hermano. De 44 años, era aún un hombre joven.

Más allá de los amigos que eligió, esa “falta de popularidad” imputada por sus correligionarios detractores, puede fundamentarse en que José Luis había realizado su actividad política en el sur, más precisamente en Paso de los Libres, muy lejos de los hombres que actuaban en la Capital. Lo que sí resulta significativo es la crítica que hace Mantilla sobre el estrecho acercamiento que tenía con su hermano Juan Antonio(13).

(13) Juan Antonio se había unido al ejército de Justo José Urquiza y dirigió una columna de caballería en la batalla de Caseros, registrada el 3 de Febrero de 1852. Después de la batalla, permaneció en Buenos Aires, donde será electo Diputado Provincial. El 11 de Septiembre, junto al general José María Pirán, dirigirá el movimiento sedicioso que separará a Buenos Aires del resto del país. En Noviembre de ese mismo año, con la excusa de que los correntinos volvían a su provincia, fue enviado en una invasión doble a Entre Ríos. La otra columna la dirigía el general Manuel Hornos. Madariaga desembarcó en Diamante, pero, a los pocos días, fue derrotado en Concepción del Uruguay por el coronel Ricardo López Jordán (h). De inmediato se reembarcó y sus soldados debieron alcanzar los barcos a nado [“muchos de sus hombres (todos correntinos) se ahogaron, golpeados por las palas de los vapores, porque Madariaga no los esperó”, señalará Fermín Chávez en su libro “Vida y muerte de López Jordán”]. Estos hechos significaron una bisagra para Juan Antonio en relación con su provincia natal. Permaneció en la provincia de Buenos Aires, luchó contra los indios del sur y participó en la batalla de Pavón, donde su caballería fue derrotada por los federales, aunque la victoria se decidió con el abandono de Urquiza del campo de batalla. El 24 de Mayo de 1862 asumirá -Mitre de por medio- el cargo de Senador Nacional por la provincia de Corrientes, cargo en el que permanecerá hasta el 30 de Abril de 1868. Cuando estalló la guerra del Paraguay, Madariaga marchó al frente como Ayudante del presidente Bartolomé Mitre; era la primera vez que regresaba a Corrientes en 18 años. Participó en la batalla de Yatay y en el sitio de Uruguayana. Prudentemente, desde Corrientes, le prohibieron acercarse a la Capital de la provincia, donde también se negaron a devolver sus bienes confiscados en 1847. Mitre lo enviará a Buenos Aires con los trofeos y los Partes de esas dos victorias.

Cuando la candidatura de Madariaga fue iniciada en el Colegio Electoral, se adujeron en contra las causas indicadas, oponiéndosela estas otras: conveniencia en dar representación en el Poder Ejecutivo al sur de la provincia [nació en Paso de los Libres, como se indicó]; el carácter pasivo del puesto; utilidad en contemporizar con [Adolfo] Alsina; improbabilidad del caso de ejercer el Gobierno; las ideas antifederales del candidato.

Hay preocupaciones o falsos mirajes que deciden un acto importante, contra intereses permanentes, por error ingenuo y bien intencionado. ¡La elección de Madariaga fue así!”, sentenciará Mantilla. Mirando corto, la hicieron los Electores, como si el segundo puesto del Estado fuera simple fórmula, o estuviera garantida absolutamente la vida de un gobernador.

Mal que les pese a los liberales del momento, la supuesta previsión de los autodenominados “exaltados(14) fue desoída por apreciaciones que no influirían en el derrotero histórico que seguirá la Provincia, dejándose un germen de desconfianzas mortificadoras, trocadas poco después en verdad. No obstante, dominando en la solución la figura de Pampín, una mayoría liberal apartó la vista del segundo término de la fórmula triunfante, para saludar la aurora de una situación que pintaba celeste y feliz.

(14) “Exaltados” era el apodo de los llamados opuestos a la candidatura de Madariaga y que seguramente fueron bautizados así por sus propios correligionarios. Fueron ellos: Daniel Artaza, Federico Roibón, doctor Emilio Díaz, doctor Manuel F. Mantilla, Tomás Appleyard, doctor Juan M. Rivera, Federico Gauna. “Este ‘delito’ pagáronlo caro después”, dirá Mantilla. // Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Resistencia Popular de Corrientes. 1878” (1891). San Martín, Escuela de Artes y Oficios de la provincia de Buenos Aires. Editor.

La candidatura del gobernador electo había sido acogida con simpatía por los nacionalistas; no se introdujeron, en 1a elección de Electores, en su capacidad política de partido, pero muchos de sus elementos coadyuvaron a la derrota de los federales, como sucedió en los Departamentos de Empedrado, Saladas, Caá Catí, San Miguel y, sus órganos en la prensa, con especialidad “La Patria”, el más caracterizado de ellos; juzgaron respetable al nuevo Magistrado, prometiéndose de él un Gobierno de concordia y de paz.

Estaba en el interés de ellos proceder así; la candidatura Pampín significaba un rumbo nuevo, comparándolo con el anterior Gobierno de Gelabert y, los liberales nacionalistas mismos, no podían haber elegido otro mejor para aquellos momentos, que reclamaban moderación y pulso conciliador. La idea era ir dejando atrás definitivamente, los efectos de la insurgencia mitrista de 1874.

El electo gobernador se había sustraído prudentemente a la política que engendró el movimiento de enero de 1872 -que derrocó al gobernador Agustín Pedro Justo-, ya por desacuerdo en los medios o por otros motivos, que nunca manifestó y, consecuente con esto, en nada apareció durante la Administración de Gelabert, calificada por él -desde un principio- “de calamidad”.

Podían, en consecuencia, esperar de él (los nacionalistas), un Gobierno que reflejara sus cualidades personales y que, corriendo un velo sobre los últimos sucesos, sirviera de punto de partida a una regeneración, una nueva etapa, tanto en el orden administrativo como en el de las evoluciones políticas. Posible era, en verdad, que, bajo un Gobierno simpático a todos los liberales, aparecieran -en el horizonte de la política local-, tintes de armonía entre ellos.

La necesidad de esa inteligencia dejábase ya sentir en las dos fracciones; en los unos, para levantarse; y, en los otros, para dominar la escena política y neutralizar a los federales.

No fueron defraudadas las esperanzas liberales. El programa inaugural del nuevo gobernador resumió sus pensamientos en esta solemne promesa: “gobernaré con los hombres de bien de todos los partidos”.

El Gobierno impuesto en 1875 no fue “fusionista” sino, ciento por ciento liberal, recuperando ese partido el poder desde el derrocamiento del gobernador Justo, en 1872. Todo parecía perfecto, pero el destino les jugaría una mala pasada.

Hablar este lenguaje en aquellos momentos, cuando las pasiones hervían en la República; cuando los vencidos en los campos de la lucha armada eran tratados como de otro pueblo y de otra raza; cuando parecía eterno el abismo abierto entre los argentinos, era patriotismo y virtud cívica, condenación franca del extravío reinante.

El presidente Avellaneda concluyó también por la Conciliación, algunos dicen que impuesta por el miedo y los apuros de su ministro Alsina. Fue alabado en todos los tonos el paso.

¿Qué no pudo merecer el gobernador Pampín, por la espontaneidad de su política, más amplia y más sincera que la de la Conciliación más noble y patriótica que ella, porque nacía del corazón, y que la precedió en dos años y fue planteada en el momento que las heridas echaban aún sangre?”, preguntará Mantilla.

Si no fuera tan oscura la existencia de los Gobiernos Provinciales en la República Argentina, a causa del indiferentismo con que son mirados desde el gran centro de Buenos Aires; si, como en otras partes, no se preguntase de dónde viene una idea buena para adoptarla, la política inaugurada por el gobernador de Corrientes, en 1875, hubiera quizás tenido eco en la opinión nacional, y evitado muchos desaciertos; pero se extinguió en los límites de la provincia, condenada por el presidente, por aquéllo de que los provincianos son incapaces para todo.
Triste es la realidad de la política nacional argentina; está concentrada en el radio estrecho de la Capital; a los intereses de una Comuna, se subordinan todos los problemas; su prensa y sus hombres son los únicos escuchados; sus círculos o partidos son los que dan la ley al todo.
La política que el gobernador de Corrientes prometía seguir, no podía, pues, tomar cuerpo en el país, porque no nacía de la gran fragua. Pero, si afuera de la provincia encontró el vacío, dentro de ella fue aplaudida y secundada(15).

(15) Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Resistencia Popular de Corrientes. 1878” (1891). San Martín, Escuela de Artes y Oficios de la provincia de Buenos Aires. Editor.

Estas ideas federales de Manuel Florencio Mantilla fueron publicadas hace casi siglo y medio. La alerta del político correntino no generó reacción. El centralismo porteño irá acentuándose año a año, convirtiendo a una provincia -otrora importante, como Corrientes-en un Estado periférico de la Nación.

- El federalismo en Corrientes

Los conceptos del doctor Mantilla sobre federalismo dan pie para una última reflexión, antes de entrar de lleno a los capítulos de la presente obra. En Corrientes nunca hubo unitarismo. La provincia es federalista desde los tiempos de la Revolución de Mayo.

El siglo XIX trajo como impronta en la región del Río de la Plata, el surgimiento de nuevos Estados, que inmediatamente entrarán en la encrucijada de la organización institucional, cuestión ésta de fortísimas consecuencias. Una de las cuestiones a resolver fue la manera que el poder se distribuiría en los espacios territoriales y si cada una de las fragmentaciones territoriales iban a ser poseedoras de derechos y podían ser ejercidas autonómicamente.
Ante estas cuestiones tempranamente surgieron posiciones que reivindicarán la soberanía de los pueblos, tal como lo hizo Paraguay y, poco tiempo después, las provincias litorales bajo la protección del artiguismo”.

Quien brinda estos conceptos es el doctor Ramírez Braschi, que agrega:

Así surgirán las primeras soberanías, que no solamente bregaron por la independencia, sino también por un orden político equitativo, lo que generará asumir posiciones de defensa de derechos soberanos que visiblemente se mantendrán durante la segunda década, bajo la impronta del artiguismo: construir un Estado desde la organización confederativa-federativa(16).

(16) En los momentos iniciales no se apreciaron diferencias de lo que cada uno de estos conceptos significaba. Ramírez Braschi explica las diferencias: una Federación se arma, se construye a través de una Constitución escrita [ej.: Estados Unidos, Argentina]; la Confederación se constituye a través de un Pacto Político, un Acuerdo [ej.: Acta Confederal estadounidense o Pacto Federal de 1831, en la Argentina]; en la Confederación, los Estados son soberanos, no reconocen autoridad política más que ellos. En la Federación, los Estados son autónomos. En la Confederación existe el derecho de secesión; en la Federación está anulado el derecho de secesión de los Estados autónomos. En la Confederación existe el derecho de nulificación, es decir, las leyes que aprueba la mayoría no son obligatorias para la parte que no está de acuerdo; en el caso de la Federación, no existe la nulificación, es decir, cuando los Organos Nacionales aprueban algo [caso Congreso Nacional] es obligatorio para los Estados autónomos.

Por eso es importante exponer los ligámenes de los principios del artiguismo con la evolución del Estado Provincial correntino, sus ideales republicanos y el concepto de federación, que caracterizarán toda la etapa preconstituyente. Dice Ramírez Braschi:

Ya en 1814, en pleno accionar de la Asamblea Constituyente de Buenos Aires -reunida a partir de 1813-, la situación en Corrientes llegará a una tensa inquietud que buscará discutir los principios que los Diputados reunidos en Buenos Aires omitían reconocer: la administración de los derechos de las provincias.
En el tratamiento de esta cuestión, dos serán los hitos fundacionales en la voluntad de los correntinos: la disposición Capitular del 20 de abril de 1814 y el Congreso Constituyente de Junio de 1814.
El Cabildo correntino dejó para la posteridad el Acta del 20 de Abril de 1814, donde expresó su adhesión al artiguismo, comulgando con las ideas del caudillo oriental, declarando la Independencia bajo el sistema federativo, a pesar que sectores capitulares tratarán de evitarla.
Pero la representación de la Sala Capitular no contaba con una legitimidad que aglutine a todos los pueblos adherentes a la ciudad, razón por lo cual el artiguismo considerará indispensable la necesidad de convocar a un Congreso, con la representatividad de todos los pueblos de la jurisdicción correntina.
El Acta Capitular del 20 de Abril de 1814 será la primera manifestación, expresa y formal, de adhesión de Corrientes al sistema federal de gobierno, revelando sus derechos autonómicos, resolviendo ‘declarar la Independencia de la provincia bajo el sistema federativo’.
La coincidencia entre artiguismo y la doctrina correntina se manifestará en una serie de factores concurrentes, en las cuales, particularmente la provincia de Corrientes, incorporará particularidades geohistóricas, que afianzarán su posición.
Coincidencias para enfrentar a Buenos Aires, la necesidad de frenar la potencialidad expansiva del Brasil, la prioridad de que el comercio exterior no lo maneje sólo un puerto excluyendo a otros, la obsesión para que exista un Gobierno republicano, son algunos de los postulados que conjugarán en común. Aún más, el artiguismo y la provincia de Corrientes fueron quienes enfrentarán militarmente a Buenos Aires de manera decidida y contundente.
Aquel nexo se iniciará a partir de las primeras manifestaciones de soberanía expresadas por el Cabildo de Corrientes, la adhesión a Artigas en 1814, y proseguirá con los postulados más sobresalientes en la historia pactista interprovincial correntina, hasta alcanzar la impronta del Pacto Federal de 1831”.

Los principios básicos del artiguismo son instrumentados por Corrientes en su proyecto de Pacto de 1830, manteniendo de modo idéntico la actitud unificadora que implicará la idea de federalismo, la autonomía de la Instituciones provinciales y la política de habilitar puertos para el comercio exterior.

El proyecto de Pedro Juan Ferré se convierte así en la continuidad de los primeros principios artiguistas, no así, en cambio, el Pacto firmado el 4 de enero de 1831, en el que no se lograrán postulados básicos enclavados por el pensamiento de Artigas y, esa exclusión del federalismo económico del Pacto definitivo, será un triunfo de la diplomacia bonaerense.

Cuando Buenos Aires propuso federalismo, ésta será engañosa, ficticia y parcializada. El Puerto no necesitaba del federalismo y esto se visualizará claramente en el sistema federal contemporáneo argentino. Los intereses sectoriales del Puerto mutaron en la segunda parte del siglo XIX, instalándose con la figura de Estado Nacional, para ir consolidándose definitivamente durante el siglo XX”, explica Ramírez Braschi, y agrega:

Este fortísimo vínculo entre artiguismo y provincia de Corrientes se manifestará claramente en dos aristas referenciales, las que fueron fundamentales, tanto para uno como para otro: el federalismo y el republicanismo.
A tal extremo llegamos que creemos que la construcción del constitucionalismo correntino, basado en un férreo republicanismo, como así también las sucesivas muestras de federalismo provincial, derivarán de la matriz propuesta por José Artigas -la que irrumpió claramente a partir de 1814- que comenzará a construir una identidad local propia, característica y peculiar de las décadas preconstituyentes y traspasada a la construcción doctrinaria del pensamiento de los hombres de la provincia.
La provincia de Corrientes, en las primeras décadas del constitucionalismo rioplatense, bregará contra las mismas fuerzas que contrarrestaron al artiguismo, aquellas fuerzas centrípetas que la Capital porteña ejercerá desde los primeros momentos sobre el territorio de la antigua jurisdicción virreinal y que, posteriormente, tendrán identidad propia.
El derrotero artiguista tendrá, hasta último momento, la colaboración correntina, tal cual lo manifiesta la firma del Pacto de Avalos (24 de Abril de 1820), donde se ratificaron los principios federales y la conformación de un Congreso organizativo. Pero estos serán los últimos intentos, serán tiempos de agonía del poder artiguista que estaban pronto a sucumbir, ya que todos los caminos conducían a Artigas a territorio paraguayo(17).

(17) Entre las diversas cuestiones histórico-culturales que unen a paraguayos y correntinos, tiene una valía preponderante la heredad de los valores del artiguismo, que se arraigaron profundamente en las manifestaciones de autodeterminación y defensa de derechos locales, que durante el siglo decimonónico fue materia crucial y definitiva. // Citado por el doctor Dardo Ramírez Braschi, en diálogo con el autor de este libro.

La élite política provincial de los años 1870, heredará este federalismo. Todos serán federales, pero ese federalismo en Corrientes se dividirá en liberal y rosista, siendo continuador del federalismo liberal, el Partido Liberal, fundado a mediados de la década de los años 1850, que adhirió -posteriormente- fervorosamente al mitrismo; y el federalismo rosista y, que ulteriormente, será urquicista.

El Partido Federal, que en la segunda mitad de la década de los años 1870 pasó a denominarse Partido Autonomista, se embanderará con el autonomismo alsinista primero, y con el Partido Autonomista Nacional después.

- Caseros, un giro en la cuestión centralismo-federalismo

Triste es la realidad de la política nacional argentina; está concentrada en el radio estrecho de la Capital; a los intereses de una Comuna, se subordinan todos los problemas; su prensa y sus hombres son los únicos escuchados; sus círculos o partidos son los que dan la ley al todo.
La política que el gobernador de Corrientes (Pampín) prometía seguir, no podía, pues, tomar cuerpo en el país, porque no nacía de la gran fragua...”.

Estas palabras del doctor Mantilla, escritas en 1891, ponen al descubierto el parecer de los líderes correntinos (autonomistas y liberales) del lugar que Corrientes protagonizaba en la gran escena nacional hacia fines del siglo XIX. Se hace evidente el pesar que generaba ese sentimiento, que implica, por una parte, el percatarse de una toma de conciencia de haberse operado un cierto “empequeñecimiento” de la provincia, como así también, un sentimiento de nostalgia de grandezas pasadas, prefiguradas en la primera mitad del siglo XIX.

Pero la pregunta que cabe hacerse es si los líderes correntinos -aquí representados por Mantilla- hacían una lectura acertada de la situación de la provincia y de lo que significaba para ella y sus intereses el “centralismo” porteño vigente tras Caseros o si, en cambio, esa lectura era defectuosa y desacertada.

Para encontrar una respuesta a este interrogante vamos a plantear -en unas líneas- un par de conceptos que nos llevarían a una interpretación de lo sucedido. Para ello, sintetizaríamos el proceso en dos grandes etapas, las que están divididas por una bisagra: la batalla de Caseros.

Ya hemos leído las interpretaciones de historiadores de nuestro tiempo, que explican una faceta del proceso, poniendo el foco en el origen del sentir federalista de Corrientes, manifestado en la primera mitad del siglo XIX. El estudio se hará más completo cuando se comprenda, acabadamente, lo que Caseros representó en la historia argentina, una especie de portal hacia la contemporaneidad.

Muchas veces se ha dicho que nuestro pasado se halla virtualmente escindido en Caseros. El 3 de Febrero de 1852, la edad contemporánea se instaló violentamente en el territorio: técnicas hasta entonces desconocidas y flamantes formas políticas, sociales y económicas arrasaron con las que habían posibilitado -mal o bien- la trayectoria del país.

Por eso son comprensibles los conceptos de Mantilla sobre federalismo, -y valga esto en favor de los hombres de su tiempo-, ya que vivir en épocas de cambios es difícil. Por eso suponemos que la lucha de aquellos antiguos correntinos para adaptarse a las nuevas regulaciones y transformar sus costumbres, será ardua y, a menudo, desconcertante. Es fácil interpretar 150 años después. Difícil es elucubrar los signos de los tiempos en acto. Vamos por partes:

1.- Hay un antes y un después de Caseros

Antes de Caseros, la cuestión centralismo-federalismo se resumía -a grandes rasgos- en la libre navegación de los ríos argentinos(18). La existencia de un puerto que controlara la entrada y salida de los ríos que penetraban profundamente en el corazón del país, fue el tema central de disputas.

(18) No fue el único factor, pero sí el más importante o, por lo menos, el que más afectó a la provincia de Corrientes. También las provincias del Interior eran federales y su elección no estaba ligada a la libre navegación de los ríos. Había otros componentes en juego, evidentemente, que no es el caso analizarlos aquí.

Desde la hora inicial, Buenos Aires fue el Puerto único del país del Plata. Ello le permitió fijar y recaudar la renta aduanera que correspondía a todos los pueblos argentinos, como que la tarifas eran pagadas por todo productor y todo consumidor de las materias primas o de las manufacturas que salían o entraban.

Pero Buenos Aires no compartió con el Litoral ni con el Interior la cuantiosa recaudación obtenida. Mas aún: para incrementarla, trató que las manufacturas extranjeras entraran en la mayor cantidad posible, sin importarle que esa competencia arruinara la artesanía de tierra adentro.

Esta rebeldía del Puerto contra su Nación, a la que debía servir como parte integrante y subordinada, en vez de servirse de ella, le dio personería política propia(19). El sistema político ideal para ese orden de cosas, era el unitario, porque institucionalizaba el dominio de la Nación por el Puerto.

(19) Por Puerto designamos al grupo social individualizado, cuyos intereses particulares se vinculan al tráfico importador y exportador. Son los comerciantes principalmente. Pero no actuaban solos, porque la vasta red de intereses que manejaban, vinculaba profesionales, intelectuales, militares y empleados y aun a los universitarios, hijos de esa clase dominante. Al Puerto están adscriptos también la mayor parte de los extranjeros residentes, activos e influyentes. Más allá del recinto urbano, estaban los poderosos hacendados y también forman ellos parte del Puerto, en cuanto sus productos principales -cueros y tasajos- se vendían en el exterior. Pero esa vinculación no es total, porque el Puerto mira al país interior, mercado de las manufacturas que vienen desde los países europeos industrializados y con el cual los terratenientes bonaerenses no tienen comercio alguno.

Frente a un Litoral y a un Interior sin fuerzas económicas expansivas, aún con intereses contrapuestos entre sí -pastoril y librecambista aquél, artesano y proteccionista éste- fácil le fue al Puerto agravar esa penuria y estimular esa discordancia para preponderar. Esas dos regiones desplazadas del manejo de la aduana única tenían en común la animadversión hacia el Puerto.

Pedro Juan Ferré y Juan Manuel de Rosas serán los líderes políticos de la hora que, a pesar de no coincidir con el proyecto federal, terminarán por representar propuestas completamente distintas y hasta opuestas. El punto de disensión entre ambos no será vago e irreal: tenían presupuestos fácticos diferentes, sobre todo el de Buenos Aires, que golpeaba fuertemente las perspectivas de desarrollo económico de las provincias, al monopolizar la estructura material que avivó los enconos en el reparto de los recursos económicos.

Para Ferré, la conformación de un Congreso Federativo iba de la mano con el crecimiento que esperaba para Corrientes y las restantes provincias signatarias del Pacto Federal, a partir de la federalización de la Renta Aduanera y la protección necesaria para sus industrias. Por ello avizoró la necesidad y urgencia de un Congreso Nacional.

Pero Rosas, a quien le interesaba exportar, pero no importar -ni manufacturas ni ideas-, dominará, transformándose en cierta medida en protector de la artesanía provincial. Y el Interior se resignó. De facto, por la fuerza, dictatorialmente, impondrá su criterio, y así decidirá -sobre la navegación de los ríos- sosteniendo el concepto que los ríos De la Plata y Uruguay debían ser considerados interiores -aunque compartidos entre la Confederación y el la Banda Oriental- y que el río Paraná debía ser considerado -sin discusión- un río interior de la Confederación Argentina.

Pero en el Litoral progresaba la industria saladeril. Para evitar su competencia a la bonaerense, Rosas cerró los grandes ríos litoraleños. Arrogándose un poder y una representación que no tenía, puso un cerrojo y esa política perjudicó los intereses de las provincias ubicadas aguas arriba de ambos ríos (Corrientes y Entre Ríos), conjunto al que hay que incluir al Paraguay. Perjudicaba también a los comerciantes europeos, que aspiraban a comerciar directamente con las provincias antedichas, con el Paraguay y con el Oeste brasileño.

Ahí estaban centradas las quejas de Ferré: en la libertad de los ríos. Justo José de Urquiza será quien, veinte años después, plasmará en los hechos el pensamiento del gobernador correntino: derrotará a Rosas en los campos de Caseros. Buenos Aires perdía el control de la política nacional.

Con la representación natural del Litoral y arrastrando tras de sí el consenso del Interior, que, aunque comprendiera que no había absoluta identidad de intereses, veía llegada la hora de sacudir el yugo del Puerto; con la investidura nacional que le daba el sentimiento unificante de las provincias; y enarbolando, al mismo tiempo, los principios liberales de Mayo (que hasta entonces Buenos Aires había pretendido como patrimonio propio), Urquiza inició su obra.

2.- Urquiza plasma en los hechos el pensamiento de Ferré

Urquiza declarará libre la navegación de los ríos y, en pos de este objetivo, irá marcando mojones en su camino:

a.- En la Convención -firmada el 29 de Mayo de 1851- celebrada entre el Brasil, la República Oriental del Uruguay y Entre Ríos (que había reasumido el ejercicio de las relaciones exteriores con el Pronunciamiento de Urquiza del 1 de Mayo de 1851), para una alianza ofensiva y defensiva, a fin de mantener la independencia y de pacificar el territorio del Uruguay, se dispuso:

Artículo XVIII.- Los Gobiernos de Entre Ríos y Corrientes (si este consintiese en el presente convenio) consentirán á las embarcaciones de los Estados aliados la libre navegación del Paraná en la parte que aquellos Gobiernos son ribereños, y sin perjuicio de los derechos y estipulaciones provenientes de la convención preliminar de paz de 27 de agosto de 1828, ó de cualquier otro derecho proveniente de cualquier otro principio.

b.- Luego de la renuncia y exilio de Rosas, la libre navegación de los ríos -pactada entre los aliados- fue llevada a efecto.

c.- La Guerra entre la Confederación Argentina y el Estado de Buenos Aires dio oportunidad a la diplomacia británica para solicitar a Urquiza, en Abril de 1852, un tratado que liberara los ríos a la navegación internacional a cambio de bloquear el puerto de Buenos Aires.

d.- El Acuerdo de San Nicolás entre las provincias de la Confederación, firmado el 31 de Mayo de 1852, confirió a Urquiza la reglamentación de los ríos:

Artículo 16.- Será de las atribuciones del Encargado de las Relaciones Exteriores, reglamentar la navegación de los ríos interiores de la República, de modo que se conserven los intereses y seguridad del territorio y de las rentas fiscales, y lo será igualmente la Administración General de Correos, la creación y mejora de los caminos públicos, y de postas de bueyes para el transporte de mercaderías.

Acuerdo de San Nicolás

e.- El 28 de Agosto de 1852, Urquiza decretó la libre navegación de los ríos y, el 3 de Octubre de 1852 decretó -en Paraná- que:

la navegación de los ríos Paraná y Uruguay es permitida a todo buque mercante, cualquiera sea su nacionalidad, procedencia y tonelaje, y extendió el permiso a los buques de guerra de las naciones amigas”.

f.- Luego encontraremos una cláusula de libre navegación que fue incluida en la Constitución Argentina sancionada el 1 de Mayo de 1853:

Artículo 26.- La navegación de los ríos interiores de la Confederación es libre para todas las banderas, con sujeción únicamente a los reglamentos que dicte la Autoridad Nacional.

Con esa declaración constitucional, la Confederación Argentina renunció a impedir o gravar la navegación de sus ríos interiores a los barcos de cualquier bandera, limitando su soberanía a sólo reglamentarla. La cláusula constitucional de 1853 permaneció sin cambios durante la reforma constitucional de 1860, al reunificarse el país y permanece en la Constitución vigente en la actualidad.

Ahora cabe la pregunta: lograda la libre navegación de los ríos, ¿implicó esto que cesara el centralismo porteño?

No. Buenos Aires se separará, aferrada a su Aduana, acto que permitirá, sin dudas, empobrecer y quebrar al Gobierno de la Confederación. Pero se producirá un cambio y, como un preaviso del signo de los tiempos, el Estado de Buenos Aires -separado de la Confederación- sancionará una ley -el 18 de Octubre de 1852- reconociendo la libre navegación de los ríos y un decreto -firmado por Bartolomé Mitre y Adolfo Alsina, del 24 de Noviembre de 1852-, liberando la navegación del Paraná a los barcos de todas las banderas, sin sujetarlos a visitas, estadías ni impuestos.

Aquí se hacen evidentes nuevos componentes, como ser las inversiones extranjeras -sobre todo inglesas- que obrarían como profundos modificadores de la economía y de la vida cotidiana. En la segunda mitad del siglo XIX ya no serán los ríos los canales por donde llegará la mercadería extranjera, sino el sistema de transportes, con la instalación de una extensa red de ferrocarriles controlada por británicos, el que añadirá un elemento fundamental a la modificación que se operaba.

Fue Mitre quien leyó entre líneas, imponiendo sus ideas a Buenos Aires y al país todo: mantendrá unida a la comunidad argentina, pero sin que Buenos Aires pierda su preponderancia política y económica. La vieja ideología unitaria se modernizará, ajustada a los lineamientos del liberalismo europeo y estadounidense. Dueña del país, consiguió lo que no pudo Rivadavia casi cuarenta años antes: sostenerse y adecuar todos los componentes del Estado a sus férreos parámetros.

El relato histórico denominará a estos hechos: “organización nacional”, que no es, ni más ni menos, que el disimulo de la imposición política y la expoliación económica. El Puerto se autoinvistió de una “misión”: debía llevar la civilización al país, sumido en la barbarie; debía ser portadora de la bandera de la libertad, en contra de los caudillos despóticos.

* Con la la firma del Pacto de San José de Flores, Buenos Aires se reincorporó a la Nación. Este es un “convenio de paz y unión” firmado entre la Confederación Argentina y el Estado de Buenos Aires, el 11 de Noviembre de 1859, luego de la victoria de la Confederación en la batalla de Cepeda. Mediante el Pacto, la provincia de Buenos Aires se declaró parte de la Confederación Argentina y se comprometió a aceptar la Constitución de 1853 (luego que una convención constituyente especial analizara las reformas propuestas por la provincia(20)).

(20) Aún sin mencionar expresamente la eventual federalización de la Ciudad de Buenos Aires que disponía la Constitución de 1853, el Pacto reconoció la integridad territorial de la provincia de Buenos Aires, aceptando que cualquier división de la misma debía ser consentida por la Legislatura Provincial bonaerense.

Por eso, Santiago Derqui es el primer Presidente de la Nación Argentina -en el hecho y en el título-, ya que promulgó la reforma de 1860 y gobernó de acuerdo a ella. En él recae la honra de unir Buenos Aires con el resto de la República. Desempeñará el cargo con el título de Presidente de la Confederación Argentina, ya con el país unificado -sobre catorce provincias- que abarcaban cerca de la mitad del territorio actual(21).

(21) Fallecerá en Corrientes, el 5 de Septiembre de 1867. Sus restos descansan en el Santuario de la Cruz de los Milagros situado en la Capital Provincial.

3.- Mutación del centralismo porteño

Los enfrentamientos entre la Confederación y la provincia de Buenos Aires llegaron a su clímax en la batalla de Pavón de 1861, otro de los momentos cruciales de la historia argentina. La victoria militar de Buenos Aires, con la exótica colaboración de Justo José de Urquiza -que estuvo presente pero no participó-, tuvo como efecto inmediato la renuncia de las autoridades nacionales. Las provincias, bajo el peso de los ejércitos vencedores, le encargaron al gobernador de Buenos Aires, Bartolomé Mitre, el control del Poder Ejecutivo. Fue el primer Gobierno de facto de la República Argentina.

Se eligió un nuevo Congreso, que comenzó a sesionar el 25 de Mayo de 1862. En apenas un mes se convocó a elecciones presidenciales, de las que participaron 14.000 votantes, lo que representaba el 1 % de los habitantes en condiciones de votar: ganó la fórmula Mitre-Marcos Paz(22), que asumió el 12 de Octubre. Mitre es el segundo presidente constitucional de hecho y de derecho.

(22) Mitre obtuvo la totalidad de los votos en el Colegio Electoral.

Buenos Aires hereda la Constitución y, con ella, los Poderes de la Nación. Tras derrocar a las autoridades constituidas en Paraná y dirigir el primer Gobierno de facto que tuvo el país, Mitre se erige -poco después- en el segundo presidente constitucional de la Nación unificada(23), y, a cuatro días de asumir el P. E. N. y con la aprobación del Congreso, se procede a crear la Corte Suprema de Justicia.

(23) Bernardino Rivadavia gobernó solamente la provincia de Buenos Aires; el gobernador cordobés, Juan Bautista Bustos, lo tildará de “presidente nulo”. En tanto, Justo José de Urquiza gobernó una federación que integraron trece provincias argentinas, sin encontrarse entre ellas Buenos Aires. Derqui es-sin dudas- el primer presidente de la Nación Argentina unificada.

Un nuevo orden comenzó a despuntar sobre la derrota del proyecto federal y con la intención expresa de fundar un esquema de integración al mundo capitalista desde un modelo agro-exportador. Inmediatamente, y con urgencia, se comenzó a estudiar y discutir un proyecto sobre organización judicial. Había premura en votar una nueva ley que terminara de organizar un sistema republicano, con todo lo que ello implicaba.

Los miembros informantes en el Congreso aseguraron que no había otro antecedente posible de imitar que el modelo estadounidense y que éste no era del todo adecuado al país. Se fijó el número de miembros de la Corte en cinco, más un Procurador General, y la regulación de su competencia. El proyecto de ley comenzó a ser tratado en el Senado y no encontró oposición(24) (la única objeción presentada fue la de Vélez Sarsfield, a quien los salarios de los miembros de la Corte le parecieron excesivos).

(24) Claro que la que hubiera podido existir, estaba siendo pasada por las armas en varios escenarios del país y desde ya, no tenía representación en el Congreso, dado que el nuevo Poder Legislativo se erigió sobre la base de una representación de la que quedaron excluidos los bandos federales derrotados por Mitre.

A sólo dos días de la asunción del nuevo presidente (10 de Octubre de 1862), empezó el tratamiento en Diputados. Aquí el debate fue más picante; el tema de la competencia federal generó largas discusiones y también hubo oposición a los altos salarios fijados. El diputado Próspero García explicó que, ante la escasez de abogados y la necesidad de contar con los mejores, era necesario pagar dichos salarios, de lo contrario los candidatos iban a preferir seguir con sus rentables actividades privadas(25).

(25) Muchos profesionales rechazaban el cargo por la incompatibilidad que tenía con trabajos muy bien renumerados en lo privado. En el país, en aquel momento, los abogados eran pocos. Según el censo de 1869, en todo el territorio nacional había 459 y sólo existían dos universidades que extendían ese título: la de Buenos Aires y la de Córdoba.

El proyecto, con las modificaciones en Diputados, fue aprobado y remitido al Senado el 13 de Octubre. Finalmente, el Ejecutivo promulga, el 16 de Octubre de 1862, la histórica Ley 27, la ley fundante de la Corte Suprema de Justicia argentina, destinada a tener muchísimas modificaciones y reescrituras a lo largo de estos casi 160 años desde la creación del Tribunal.

Dos Poderes estaban configurados, de acuerdo al perfil férreo del liberalismo portuario: el Ejecutivo y el Judicial. El liberalismo se nacionalizará y el poder económico se centralizará aún más con las reformas constitucionales de 1860 y 1866.

Ahora, ¿qué pasó con y en el Congreso?

- Los hombres del Congreso Nacional y el liberalismo económico

Hemos visto como el mitrismo cercó, envolvió no sólo el Poder Ejecutivo, sino también el Poder Judicial (creándose una Corte Suprema politizada), sojuzgando a las provincias por la fuerza -con el poder de las armas y el dinero- y efectuó cambios constitucionales que consolidaron el poder centralizado, perdido en Caseros. ¿Y el Congreso Nacional?

Sabemos que Mitre, sin abandonar el cargo de gobernador de Buenos Aires, desempeñó provisionalmente el mando del país como Encargado del Poder Ejecutivo Nacional. En esas circunstancias convocó al pueblo de las provincias para elecciones de representantes y el 25 de Mayo de 1862 inició sus sesiones el Congreso Nacional en la ciudad de Buenos Aires.

De los tres poderes del Estado, éste fue el conformado por los hombres del Interior (y de Buenos Aires) que, juntos, debían encargarse de la formación y sanción de las leyes federales, ergo, distribuir la riqueza, tantos años disputada. ¿Cómo pensaban estos hombres? ¿Qué valores tenían?

El mitrismo también tuvo en cuenta este aspecto. Los hombres que llegaron al Congreso creían o combatían en torno de una ideología liberal, es decir, de la absolutización de una interpretación del liberalismo adoptado por el grupo dominante(26).

(26) Hay diferencias sutiles pero decisivas entre el liberalismo político -y sus aportes fundamentales a la práctica y a la teoría política- y, por ejemplo, el liberalismo económico. Apenas corresponde hacer aquí la advertencia, así como señalar que las concepciones liberales y la práctica de los que se llaman o son llamados liberales cambian con el tiempo y en cada situación. Sobre la vigencia de los valores del liberalismo político, Giovanni Sartori, “Aspectos de la Democracia” (1965). Ed. Limusa-Wiley, México. Sobre las diferencias entre teorías económicas -por ejemplo, el capitalismo, el marginalismo, el keynesianismo- y “doctrinas sociales” -en el sentido de que tratan de resolver la cuestión social que, por su parte, depende de la dialéctica entre lo político y lo económico-, ver Julien Freund, “La Esencia de lo Político” (1968). Ed. Nacional, Madrid. En cuanto a las razones por las que la Iglesia Católica condenó al liberalismo de su tiempo por los “principios naturalistas e indiferentistas” que, a los ojos de Pío IX, eran parte de su fundamento ideológico, y del error de perspectiva de extender esa apreciación a cualquier tiempo y situación, ver: Roger Aubert, “El Centenario del Syllabus” (1965), en: “Criterio”, núms. 1.472 y 1.473, Buenos Aires. // Todo citado por Carlos Alberto Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos” (1971), tomo 2, capítulo XXVIII: “El Apogeo Liberal”, segunda edición (1975). Ed. Kapelusz S. A., Buenos Aires.

El filósofo socialista Alejandro Korn describió con precisión las influencias ideológicas y los excesos de la alienación cultural que padecieron protagonistas notables de la Argentina de transición. Epoca de “positivismo en acción”, se ligaba a esta influencia

el desarrollo económico del país, el predominio de los intereses materiales, la difusión de la instrucción pública, la incorporación de masas heterogéneas, la afirmación de la libertad individualista.
Se agrega, como complemento, el desapego de la tradición nacional, el desprecio de los principios abstractos, la indiferencia religiosa, la asimilación de usos e ideas extrañas. Así se creó una civilización cosmopolita -de cuño propio- y ningún pueblo de habla española se despojó como el nuestro, en forma tan intensa, de su carácter ingénito, so pretexto de europeizarse...”(27).

(27) Alejandro Korn. “El Pensamiento Argentino”, p. 200. Ed. Nova, Buenos Aires. // Citado por Carlos Alberto Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos” (1971), … op. cit.

Según Korn, las clases dirigentes

se dejaron seducir por la eficacia evidente del esfuerzo interesado y aprendieron a subordinar todos los valores al valor económico, dóciles al ejemplo del meteco que incorporaba a nuestra vida nacional su actividad laboriosa y su afán materialista”.

La apreciación, entre objetiva y cáustica, amarga y crítica, concluye en que “la orientación positivista fue convertida en un credo burdamente pragmático”. No era, pues, un liberalismo romántico e idealista, sino pragmático y positivista, pero, sobre todo, “sectario”. Los argentinos llegaban a él con el retraso y con la intolerancia de los conversos.

Al mismo tiempo, estos congresistas hallaron -en cierta versión del liberalismo que adoptaron como ideología- una justificación de su poderío y del modelo de desarrollo económico que habían adoptado. En la práctica, sin embargo, apenas respetaban los valores del liberalismo político y, en cambio, respondían a ciertos principios fundamentales del liberalismo económico: por una parte, la división del trabajo -cada país debe concentrar sus esfuerzos en las actividades para las que tiene más recursos y está más dotado, con ventajas relativas respecto de los demás- y, por la otra, la libertad de comercio.

Sin saberlo y, a menudo sin quererlo, estos hombres estaban verificando lo que el economista alemán Friedrich List entrevió en 1857, escribiendo en torno del sistema nacional de economía política, al referirse a un comportamiento habitual de las potencias hegemónicas, que, en cada tiempo, difunden los principios que favorecen a su propio desarrollo y luego aplican las políticas que convienen a sus propios intereses(28).

(28) Dice List: “Es una regla general de prudencia vulgar cuando se ha llegado a la cúspide de la grandeza, la de quitar la escala con la que se alcanzó la cima, con el fin de privar a los demás de los medios para subir detrás ... Una nación que, por medio de derechos protectores y de restricciones marítimas, ha perfeccionado su industria manufacturera y su marina mercante hasta el punto de no temer ya la competencia de ninguna otra, no puede adoptar un partido más sabio que el de rechazar lejos de sí el medio de su elevación, predicar a los demás pueblos el advenimiento de la libertad de comercio, expresar en alta voz su arrepentimiento por haber marchado hasta entonces por los caminos del error y por haber llegado tan tarde al conocimiento de la verdad...”. Confr. André Piettre, “Las Tres Edades de la Economía” (1962). Ed. Rialp, Madrid. // Citado por Carlos Alberto Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos” (1971), ... op. cit.

Porque Inglaterra, que había utilizado el proteccionismo para consolidar su poderío, se convirtió en campeona del liberalismo económico y la adopción del credo por los hombres dirigentes de la Argentina insertó a ésta en el esquema inglés a través de la política económica. El librecambismo -como doctrina económica dominante- se integraba con el positivismo, orientación político-cultural, a la que adherían los sectores dirigentes decisivos.
Aquél era la ideología comercial -aunque no necesariamente la práctica constante- de las potencias hegemónicas y, en la medida que los demás Estados se comportasen de acuerdo con sus postulados, se transformaba en un factor favorable para el desarrollo y la expansión de las potencias difusoras.

De todos modos, no era fácil advertir las consecuencias. La economía de la Europa dominante significaba el desarrollo de la producción, del crédito y del comercio, y el mejoramiento de ciertas condiciones de vida en algunos países periféricos. Europa, en un siglo, pasaría de ciento sesenta a 400.000.000 de habitantes, mientras la iniciativa privada parecía haber logrado domesticar al trágico Thomas Robert Malthus.

Los hechos y los factores internacionales condicionaban -como se ve- el comportamiento de los argentinos. Y, esta generación de congresistas, fue solamente, en un sentido, “agente” de los cambios que promovió. En gran medida, fue paciente traductora de procesos que forzaron opciones de la política nacional(29).

(29) Los argentinos parecían, en muchos casos, más principistas y formalistas que los autores de las teorías que aceptaban. Si se mira bien, en la Argentina nunca funcionó de manera absoluta el librecambismo -como en rigor, no funcionó en ningún lado en estado químicamente puro-, pero los argentinos que adherían a las teorías librecambistas eran más dogmáticos e intransigentes en su prédica que los propios ingleses.

Ahora bien; una vez conocida la ideología dominante en el Congreso, cabe preguntarse qué hicieron los representantes correntinos y cuáles fueron las posibilidades de influir favorablemente para beneficio de Corrientes.

El Congreso Nacional se constituyó en una Institución clave para promover propuestas. Lejos de funcionar como una instancia donde los representantes provinciales convalidaban la política del Ejecutivo Nacional en su búsqueda de alianzas con las élites provinciales -las cuales permitiría granjear al Estado en construcción la centralización del poder- el Congreso promovió el planteo de posturas divergentes que, a través del debate, construyeran -en esta etapa- las directivas a seguir en materia de obra pública y política interior. Fue el resquicio que el sistema dejó a los provincianos que deseaban obtener alguna ventaja para sus provincias.

Es que ya no se trataba de centralismo-federalismo; tras Caseros-Pavón, el federalismo será virtual y en el siglo XX se consolidará el modelo.

El Congreso será el ámbito por excelencia de discusión y de procesos vitales para la toma de decisiones. En este sentido, el Congreso no transmitirá simplemente los impulsos que se originaban en otras partes, sino que será productor también de estos impulsos y esto será lo que no comprenderá, en toda su dimensión, la élite gobernante correntina.

Conclusión

Una vez estudiado lo sucedido tras Caseros, y comprendido el sistema que construyó a posteriori el Puerto, es posible dar una respuesta al interrogante propuesto por el doctor Manuel F. Mantilla, quien se lamentaba “… por aquéllo de que los provincianos son incapaces para todo…”, afirmando que “a los intereses de una Comuna, se subordinan todos los problemas”.

Todo parece indicar que estos hombres (tanto autonomistas como liberales) no interpretaron correctamente la mutación del centralismo porteño operada tras Caseros. Estos seguían teniendo en mente la lucha centralismo-federalismo de los tiempos anteriores a Caseros, por lo menos eso es lo que deja entrever Mantilla en sus escritos.

Esta mala interpretación significó un quiebre: no sólo se ganó poco en obras públicas y desarrollo industrial, sino que la provincia será desmembrada, cuando, con un poco más de tino, el destino seguramente hubiese sido la de constituir una provincia grande y poderosa. La grandeza o pequeñez de Corrientes se iba a gestar en el interior del Congreso, y ahí fue donde se fracasó.

Valgan tres ejemplos para ilustrar lo señalado:

I.- El desarrollo de un sistema ferroviario, dentro del proceso de construcción del Estado Nacional, ha sido considerado como un elemento clave -junto con otras obras de infraestructura como los puentes y caminos- que permitió incorporar diversas regiones, dentro de un mercado de producción nacional, y extender las bases de apoyo social al Estado en formación.

En este sentido, se ha subrayado que las burguesías del Interior, principalmente la azucarera de Tucumán y la vitivinícola de Mendoza, obtuvieron la construcción de ramales viales, debido a su capacidad de negociación, en un contexto donde el Gobierno Nacional buscaba sentar las bases de su poder, en alianza con estos grupos, y consolidar su poder en esa región.

Desde esta mirada, la escasa extensión que alcanzaron las vías férreas de Entre Ríos y Corrientes, parecería mostrar un rol marginal de estas provincias litoraleñas dentro del conjunto de obras llevadas a cabo en esta etapa, posiblemente como resultado de una escasa capacidad de negociación de sus dirigencias en el contexto de construcción del Estado-Nación.

Al finalizar la década de 1870, se podría establecer que el trazado vial se hallaba distribuido en tres grupos: el Interior, con el Ferrocarril Central Argentino (desde Rosario a Córdoba); el Andino (desde Córdoba a Mendoza y San Juan); y el Central Norte (de Córdoba a Tucumán) tenían una extensión -en conjunto- de 1.293 kilómetros; la provincia de Buenos Aires, que contaba con 1.127 kilómetros; y, por último, las provincias de Corrientes y Entre Ríos -en la región del Litoral- sólo alcanzaban una prolongación de 170 kilómetros de vías férreas(30).

(30) Ver: “Memoria del Ministerio del Interior presentada al Congreso Nacional de 1881, Buenos Aires, Establecimiento Tipográfico de La Pampa, 1881, p. 22. // Citado por Raquel Bressan, “El Congreso Nacional y los proyectos para la construcción de los ferrocarriles en el Litoral (Corrientes y Entre Ríos. 1862-1880)”, en: Folio Histórica del Nordeste, núm. 22 - Instituto de Investigaciones Geohistóricas, Instituto de Historia, Facultad de Humanidades - Conicet-UNNE, Resistencia (Chaco), 2014. — ¿Es esta una casualidad histórica? Corrientes y Entre Ríos fueron las provincias “levantiscas” que derrocaron a Rosas.

II.- Veamos la actividad privada. ¿Cómo nació la industria azucarera en Tucumán?

La industria del azúcar se vio impulsada cuando, en 1876, llegó a la provincia el ferrocarril, que conectó el Noroeste con el Litoral pampeano. Los ingenios contrataban a trabajadores golondrina para la recolección de la producción. Acudían, tobas y matacos y algunos pampas, luego de la conquista del desierto.

El Ingenio Primer Correntino fue creado en 1850 (un cuarto de siglo antes), por iniciativa del italiano Francisco Bolla, en oportunidad de instalar, en el Departamento San Cosme, un establecimiento de elaboración de caña de azúcar. No estaba errado: Corrientes ofrece un ecosistema más favorable que Tucumán en la producción de azúcar, ya que la planta desarrolla naturalmente niveles muy superiores de sacarosa.

Pero de nada sirvió. Corrientes no será una provincia azucarera.

Pese a que Francisco Bolla, dueño del ingenio azucarero Primer Correntino, logró que la Legislatura Provincial sancionara, en 1890, una ley, concesionándole la construcción y operación de una línea férrea con el propósito de trasladar cargas (principalmente azúcar de caña), empleados del ingenio y otros pasajeros, la industria no prosperó(31).

(31) La ley concedía a la empresa -gratuitamente- los terrenos de propiedad provincial o municipal por los que pasare la vía férrea y ponía por cuenta de la empresa las expropiaciones que se realizaran. El ferrocarril quedaba exento de todo impuesto por 30 años y debía tener una frecuencia mínima de tres viajes por semana, siendo las tarifas fijadas por el gobernador. Allí nace el Ferrocarril Económico Correntino que utilizaba una trocha angosta de 0,6 metros (conocida como tipo Decauville).

¿Dónde estuvo la diferencia? En el Congreso Nacional. La burguesía azucarera tucumana obtuvo la construcción de ramales viales, debido a su capacidad de negociación, en un contexto donde el Gobierno Nacional buscaba sentar las bases de su poder, en alianza con estos grupos, y consolidar su poder en esa región.

III.- La pérdida del territorio misionero. Por ley nacional del 22 de Noviembre de 1881, Corrientes perdió 46.739 km2 de territorio misionero, para formar el Territorio Nacional de Misiones, con el pretexto de la cuestión de límites que, por una parte de aquella zona, se sostenía con Brasil.

Para colmo, casi un año después, Corrientes debió ceder a la Nación -por ley del 22 de Agosto de 1882- para agregar a Misiones, una superficie de 632,40 km2, totalmente poblada, y en la que se encontraba el floreciente pueblo de Posadas. ¿Pudo evitarse semejante desmembramiento?

La respuesta es sí. Los miembros de uno y otro partido (liberales y autonomistas) poseían significativos contactos políticos a nivel nacional, con los cuales respaldar sus reclamos. Por ejemplo, el autonomista Manuel Derqui había sido designado Ministro Plenipotenciario en Paraguay y su labor para resolver -en 1876- la cuestión de límites con Argentina, había sido ampliamente reconocida.

Asimismo, había estrechado lazos durante la década de 1870 con Dardo Rocha y Aristóbulo del Valle, Senadores por Buenos Aires, y con Julio A. Roca, quien tenía una destacada trayectoria militar y sería elegido presidente en 1880.

Por otra parte, Juan Eusebio Torrent, uno de los principales referentes del nacionalismo, había forjado -desde la década de 1860- amistad con Bartolomé Mitre, al cual acompañó en la fórmula presidencial para la candidatura de 1874; con Rufino de Elizalde, ministro de Relaciones Exteriores y Culto; y con los Senadores por Santa Fe, Nicasio Oroño y Joaquín Granel(32).

(32) Raquel Bressan, “Los legisladores nacionales correntinos: trayectorias, vínculos y capacidad de negociación (1869-1880)”, en: IV Jornadas Interdisciplinarias de Investigaciones Regionales - “Enfoque para la Historia”. Universidad Nacional de Cuyo, 2015.

Más allá que la incorporación de las Misiones a la jurisdicción correntina era un objetivo común de los sectores dirigentes de la provincia y que, junto a las medidas tomadas por el Gobierno Provincial se contaba con sectores influyentes para respaldar el reclamo, su tratamiento en el Congreso estuvo atravesado por las disputas por el control del poder a nivel local, que se desplegaron en los últimos años de la década de 1870.

En 1877, los autonomistas controlaban el Poder Ejecutivo y los liberales dominaban las bancas en el Congreso Nacional; a su vez, a fines de ese mismo año se debían renovar los cargos de gobierno. Dentro de este contexto, el tratamiento de la cuestión Misiones fue concebido como una estrategia para reforzar las posiciones de unos y otros en la contienda electoral.

Los liberales correntinos consideraron que aquel era el momento óptimo, para instalar en la agenda del Congreso de 1877, la cuestión de Misiones, pero los autonomistas no compartían esta postura y se opusieron férreamente a que la cuestión se tratase ese año. Los miembros del Ejecutivo Provincial temían que los diputados liberales se arrogasen el rédito de una resolución favorable en la cuestión Misiones, lo cual afectaría su posición de poder, la cual no estaba consolidada a nivel local.

Si bien, los autonomistas lograron aplazar los debates, la coyuntura política de los años siguientes no fue tan auspiciosa. Las movilizaciones armadas que tuvieron lugar en la provincia, primero en 1878 -a causa de la disputa por la elección del gobernador- y, en 1880, por la adhesión de Corrientes a la rebelión de Carlos Tejedor, aplazaron el tratamiento de la cuestión Misiones por un período mucho más largo que el que habían previsto los autonomistas correntinos.

A ello se sumaba que, la inestabilidad política imperante -luego de estas movilizaciones- y dos Intervenciones Nacionales, debilitaron la posición de los sectores dirigentes correntinos dentro del juego de alianzas en la arena política nacional(33).

(33) Raquel Bressan, “Las repercusiones en Corrientes de la política de conciliación de partidos (1877-1880)”, en: “Coordenadas. Revista de Historia Local y Regional”, vol. III, núm. 1, Córdoba, Centro de Investigaciones Históricas de la Universidad Nacional de Río Cuarto, 2016.

La clara escisión política del elenco político correntino y su impericia en administrar los tiempos en el Congreso, fueron obstáculos insalvables que hicieron que una provincia destinada a la grandeza, se convirtiera en periférica entre sus hermanas de la Nación.

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