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Organización del partido Federal en 1875

Los no afectos a la obra del gobernante (José Vicente Pampín), tal vez inspirados por el doctor Manuel Derqui -que había sido designado Encargado de Negocios de la Argentina en el Paraguay- compraron una imprenta fundando -el 16 de Noviembre de 1875- el periódico “La Verdad”.

La acción del diario decidió la organización del partido Federal, que contó con el apoyo del vicegobernador José Luis Madariaga, acentuándose la jefatura del doctor Derqui.

No existiendo telégrafo entre Corrientes y Asunción, el distinguido diplomático venía con periodicidad a Corrientes para conferenciar -por la línea nacional- con el presidente de la República.

Los historiadores correntinos si bien concuerdan que los sucesos indicaban que un quiebre se registraba, difieren al pretender explicar el momento histórico de acuerdo a la postura política de cada uno de ellos: 

Naturalmente, la colaboración en el Gobierno de liberales nacionalistas -los sediciosos del año anterior- minaba al fusionismo y, a su conjuro, las líneas de los grupos históricos se definían”, apunta Hernán Félix Gómez, mientras Manuel Florencio Mantilla afirma que

no inspiró la misma confianza el vicegobernador ... el partido Federal se organizó para hacer oposición a Pampín y fundó un periódico titulado ‘La Verdad’. Tenía de su parte al vicegobernador Madariaga.
Eso no modificó, sin embargo, la marcha apasible y tranquila del Gobierno, en medio de episodios locales de naturaleza electoral”.

- El "nacionalismo" en el Gobierno

No fueron defraudadas las esperanzas. El programa inaugural del nuevo gobernador Juan Vicente Pampín, resumió sus pensamientos en esta solemne promesa: "Gobernaré con los hombres de bien de todos los partidos".

Hablar este lenguaje en aquellos momentos, cuando las pasiones hervían en la República; cuando los vencidos en los campos de la lucha armada eran tratados como de otro pueblo y de otra raza; cuando parecía eterno el abismo abierto entre los argentinos, era patriotismo y virtud cívica, condenación franca del extravío reinante.

La intransigencia de Avellaneda concluyó por la conciliación, impuesta por el miedo y los apuros de su ministro Adolfo Alsina. Fue alabado en todos los tonos el paso. ¿Qué no pudo merecer el gobernador Pampín, por la espontaneidad de su política, más amplia y más sincera que la de la conciliación, más noble y patriótica que ella, porque nacía del corazón, y que la precedió en dos años y fue planteada en el momento que las heridas echaban aún sangre?

Si no fuera tan oscura la existencia de los Gobiernos provinciales en la República Argentina, a causa del indiferentismo con que son mirados desde el gran centro de Buenos Aires; si, como en otras partes, no se preguntase de dónde viene una idea buena para adoptarla, la política inaugurada por el gobernador de Corrientes, en 1875, hubiera quizás tenido eco en la opinión nacional y evitado muchos desaciertos; pero se extinguió en los límites de la provincia, condenada por el presidente, por aquéllo de que los provincianos son incapaces para todo.

Triste es la realidad de la política nacional argentina; está concentrada en el radio estrecho de la capital, a los intereses de una comuna, se subordinan todos los problemas; su prensa y sus hombres son los únicos escuchados; sus círculos o partidos son los que dan la ley al todo.

La política que el gobernador de Corrientes prometía seguir, no podía, pues, tomar cuerpo en el país, porque no nacía de la gran fragua. Pero, si afuera de la provincia encontró el vacío, dentro de ella fue aplaudida y secundada.

La situación de los federales era tirante, grandes sus contrariedades, poco airoso el papel desempeñado. Todo el prestigio de Manuel Derqui y la máquina montada por Miguel Victorio Gelabert estaban por el suelo; la reparación iniciada con los hombres de bien, los alejaba del poder; la opresión del Gobierno de Gelabert estaba reemplazada con la libertad.

Lo único de que disponían era la casi mayoría en la Legislatura, formada por la coacción oficial, capital con el cual podían sostenerse algún tiempo, pero de ninguna manera obtener ventajas. El doctor Derqui se decidió, sin embargo, por la oposición, confiado en sus protectores.

Tomando la cuestión del punto de vista de la época y de las pasiones predominantes en la política nacional, la oposición significaba la defensa de los intereses pequeños de aquélla contra la pretendida traición del gobernador Pampín, “pasado a los mitristas” y, bajo este colorido, la presentó Derqui para interesar más en su causa al presidente y al ministro de Guerra.

El programa de Gobierno del ex presidente del comité avellanedista; las relaciones particulares de casi todos los liberales situacionistas con los nacionalistas; el tono mesurado de la prensa correntina; ciertos nombramientos de autoridades; fueron los hechos alarmantes invocados para la oposición; y con la repercusion de ellos en los oídos de Avellaneda y Alsina, ambos pusieron los resortes nacionales en manos del doctor Derqui, como representante de las ideas del gabinete.

Nada que lo llevara a su objeto despreció el doctor Derqui. A la intriga, agregó la falsedad para encender a los dos; sombra perenne de Alsina y Avellaneda, los estrechaba, pidiendo el castigo de los traidores. La causa perdida en Corrientes se afianzó en el poder nacional, cual si el presidente y el ministro de Guerra hubiesen tenido la misión de recoger el desperdicio del pueblo, cuyos votos elevaron al primero.

Otras razones concurrieron también para que Avellaneda y Alsina apoyasen a Derqui contra Pampín. Avellaneda era presidente nominal, con un hombre como Alsina en el ministerio de Guerra, jefe, a la vez, del partido autonomista, única base de opinión, en Buenos Aires, para el Gobierno. Así lo comprendió él mismo.

Forzado por la necesidad, pactó con los alsinistas, dejándose poner al cuello la cadena de su caudillo. Sentíase humillado; pero impotente para libertarse francamente, puso en ejecución, desde el primer día, un plan que debilitara el poder de su amo, frustrando, al mismo tiempo, sus futuras miras. Por esto, pretextando motivos fútiles, procuró formar émulos a su terrible ministro.

La organización de su primer gabinete respondía a ello; Iriondo fue la energía inflexible, contrapuesta al carácter de hierro de Alsina; Leguizamón, Pardo, Cortínez, el número que apoyaría a Iriondo; y él, el moderador. Pero la precaución fue ineficaz. Uno contra cinco; Alsina contra todos. Alsina mandaba a su antojo; era la única fuerza motriz.

Afuera del Gobierno, en las provincias del Interior, en el Ejército, también maniobró contra el ministro de Guerra. El Ejército había quedado sin figuras descollantes; los brigadieres y generales más distinguidos estaban dados de baja o borrados de la lista militar; figuraban, en primera línea, jóvenes desconocidos todavía, ascendidos durante la insurrección de Septiembre, entidades en formación, la mayor parte sin instrucción sólida, y todos sin condiciones ni expectabilidad política.

Un solo General había, flamante, al mando de tropas -Julio Argentino Roca-, pero los entorchados y el comando en jefe de las fronteras del Interior no realzaban sus escasísimos méritos, ni le daban talla entre sus compañeros de armas No descollaba sobre el elemento militar una influencia debida a largos servicios o a un distinguido talento.

El Ejército en masa, depurado de adversarios políticos, era del ministro de Guerra; a él únicamente obedecía, no sólo por su autoridad oficial, sino también porque el personal de jefes y oficiales había sido elegido entre los más adictos a su persona. Mezclado el Ejército en cuestiones políticas, perdió su carácter de guardián del orden constitucional.

El presidente veía con disgusto que su ministro, y no él, tuviera aquel poder; necesitaba minarlo; érale preciso en el Ejército uno, y o muchos, que lo garantiera contra la omnipotencia de Alsina, o que destruyera a éste ¿Quién sería?

De las dos figuras del día, eligió al general Roca. El coronel José I. Arias, caballeresco, noble e independiente, no le llenó. Roca fue ungido rival oculto del doctor Alsina y asociado a los planes íntimos del cautivo. Nació la preferencia de Avellaneda del conocimiento de las cualidades del general Roca, descubiertas al incubar su candidatura y probabas durante la misión electoral que le confiara en las provincias del Interior, durante el último año de la presidencia de Sarmiento, siendo aquél Jefe de Frontera en ellas.

Si bien Roca no tenía talla para competir con Alsina, era el más aparente para ejecutar los pensamientos de Avellaneda. La experiencia había enseñado que un agente permanente en el Interior, con la mayor parte de las tropas regulares a sus órdenes, con los gajes de las proveedurías, con el pensamiento entero del presidente, no encuentra peña dura, ni es sujetable desde Buenos Aires.

Podía el ministro Alsina contar con el Ejército pero, no siendo dueño del General del Interior, la obra de éste sería para otro. Cuando la adulación interrogaba la previsión presidencial sobre el futuro presidente, pues no bien sube uno ya se piensa en el que vendrá, respondía en tono significativo: “El doctor Alsina; ¡el general Roca, tal vez! Este joven vale mucho; con sorpresa de todos, se ha hecho una personalidad nacional, y aún le espera más”.

Este juicio corría como anuncio de un hecho seguro entre los aduladores, halagaba la vanidad de Roca y despertaba en los gobernadores del Interior creciente interés por él. Produciendo esa atmósfera artificial, creaba el presidente un contrapeso a Alsina, en su propia candidatura.

Otros, fueron tomados e instruidos en el Litoral: Bayo, en Santa Fe; Febre, en Entre Ríos; Derqui, en Corrientes. En esta provincia no hay fronteras y, por consiguiente, no existían fuerzas de línea; el coronel Manuel Obligado, Comandante en Jefe de la línea del Chaco, residía, indebidamente, en la Ciudad de Goya, pero sin mando alguno en el territorio de la provincia, aunque con pretensiones de procónsul.

Tanto por ésto cuanto porque Obligado pertenecía en cuerpo y alma al doctor Alsina, Avellaneda carecía de elemento militar. También le era ajeno el Gobierno, tal como lo quería, porque el gobernador Pampín no se prestaba a servirle de instrumento, ni era capaz de reñir con el pueblo por complacerle en lo ilícito; fue partidario de su candidatura, pero de partidario a instrumento, de agente nato del Poder Central a esclavo del gusto presidencial, había de por medio un imposible para el hombre cívico y el pueblo digno.

"¡El doctor Derqui únicamente servía para eso; era el tipo deseado!", dice Mantilla de quien obtenemos estos conceptos- A lo menos él, lo prometía así. Fue, pues, la necesidad de un agente propio la que determinó la preferencia de Avellaneda,

El ministro de Guerra, por su parte, vivía prevenido contra el presidente. En su amigo de última hora, aunque dominado, miraba una amenaza; de tiempo atrás, le tenía bien conocido.

En la célebre lucha de crudos y cocidos, en Buenos Aires, Alsina era el alma de los primeros, y Avellaneda el lenguaraz(1), de los segundos; vencedores los crudos, Alsina fue nombrado gobernador, y ofreció el ministerio de Gobierno a Avellaneda, quien dio la espalda a sus amigos por el puesto. ¡Si conocería el ministro de Guerra a su presidente!

(1) Así le llamaba el general Hornos, presidente del “Club del Pueblo”. // Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Resistencia Popular de Corrientes. 1878” (1891). San Martín, Escuela de Artes y Oficios de la provincia de Buenos Aires. Editor.

A pesar de su influencia y poder en el Gobierno, cuidaba Alsina de aumentar sus elementos, disminuir los de Avellaneda y suprimir, si posible fuera, la corte íntima del sospechoso, a fin de estar sin recelos y realizar sus aspiraciones. Por esclavitud insoportable, el uno; por previsión, el otro, Avellaneda y Alsina hacían los mismos trabajos, con miras encontradas; y por las mismas causas que el presidente cubría con su manto a Derqui, el ministro de Guerra lo eligió por uno de sus capitanes.

Hay caracteres hechos exclusivamente para la doblez, que languidecen y decaen cuándo viven sin ella, como si constituyera su aire vital; y esos son los que principalmente especulan en las situaciones anormales, de intriga y antagonismo sordo. Esta es la peculiaridad política del doctor Derqui.

Caló a los dos personajes del Gobierno Nacional, mejor que ellos a él y, sin preocuparse de las resultas de una ruptura entre ambos, negoció con ellos, dejando a dos anclas la nave de su fortuna.

El corto espacio de tiempo corrido desde la elevación de Pampín hasta la absoluta radicación del doctor Derqui en el gabinete, corrió feliz para Corrientes. La Administración Pública se dedicó a reparar lo mucho que Gelabert desordenó y corrompió; la sociedad respiró sin zozobras; los partidos se movían libremente; el pueblo de la campaña tenía garantida su tranquilidad, con el respeto de sus derechos; en una palabra: la Constitución regía con suave imperio para gobernantes y gobernados.

Los únicos descontentos, eran los reaccionarios, lo que recomendaba, porque significaba que no imperaba su sistema; el aplauso federal presupone arbitrario. En esas condiciones, inició la tropa del doctor Derqui su oposición parlamentaria de voto mudo, pero sistematizada.

La Legislatura de 1875 abrió sus sesiones preparatorias, presididas por Tomás B. Appleyard, liberal, con igual número de diputados, en ambos lados. La presidencia definitiva era deseada por unos y otros; para los liberales, dependía de que votasen por Appleyard y, para los otros, de un voto que ganasen o neutralizaran.

En eso estaban, cuando el Departamento de San Luis eligió diputado a Miguel V. Gelabert, cuya incorporación inevitable cambió el aspecto de las cosas; nombrado presidente, comenzaron las sesiones ordinarias bajo su autoridad.

Quien juzgue el hecho, lo atribuirá, sin duda, a descuido o impotencia de los liberales en la elección de San Luis; fue otra la causa, peor aún. Los que podían impedir dicha elección y dar al partido un diputado más, se anarquizaron por enemistades personales, resultando de tal torpeza la pérdida de la presidencia.

La primera atención del Poder Ejecutivo fue proveer las vacantes en el Superior Tribunal de Justicia, para lo cual necesitaba el acuerdo de la Legislatura. En Corrientes no abundan abogados, y los pocos que hay prefieren los trabajos del foro a una magistratura mal rentada y sujeta a cambios frecuentes.

La Constitución exige condiciones especiales de competencia jurídica para los puestos judiciales, y hay que observarla. Aquella dificultad, superior a toda voluntad, es decir, la falta de abogados, tenía por delante el Poder Ejecutivo.

Tres, únicamente, eran los letrados hábiles para ser propuestos: el doctor José Miguel Guastavino, doctor José B. de la Vega, doctor Genaro Figueroa. Dos de ellos eran diputados nacionales, y, los tres, tenían estudio abierto.

El Superior Tribunal de Justicia no existía de hecho, pues sólo un vocal había, incompetente, puesto allí por Gelabert, y era notoriamente sentida aquella acefalía. El Gobierno pidió su consentimiento a los doctores Guastavino y Figueroa para presentarlos a la Legislatura, y ellos lo prestaron, posponiendo los intereses privados a los públicos.

Los candidatos eran competentes e intachables; habían ejercido en la provincia y en la nación distinguidos empleos(2). La Legislatura, sin embargo, los rechazó; empatada la votación sobre e1 acuerdo político, el presidente Gelabert decidió por la negativa.

(2) El doctor Guastavino había desempeñado los puestos siguientes: Secretario de la Corte Suprema de la Nación; Juez de sección, en Corrientes; gobernador de la provincia; diputado nacional; presidente del Superior Tribunal de Justicia de Corrientes (nombrado por Gelabert). El doctor Figueroa, éstos: Fiscal de Estado; Ministro General; Juez de 1ra. instancia; Vocal del Superior Tribunal de Justicia; diputado nacional; ministro de Hacienda. // Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Resistencia Popular de Corrientes. 1878” (1891). San Martín, Escuela de Artes y Oficios de la provincia de Buenos Aires. Editor.

Este fue el primer cañonazo de la oposición, disparado sin motivo racional, con el único objeto de hacer mal al Gobierno y desacreditar a los propuestos. El servicio público se perjudicaba, el Tribunal continuaba sin funcionar, "¿pero, qué importaba eso a los "reaccionarios", cuando sus miras se reducían a obstaculizar la marcha regular del Poder Ejecutivo?", se pregunta Mantilla, para decir luego:

"Una oposición muda, de peso bruto, ni escucha ni cede; cae como un mazo de piedra, destruyendo; no edifica; se hace odiar, en vez de conquistar prosélitos, es como la resistencia de la mula arisca prisionera: A coces y mordiscos, pero siempre atada. Así era aquélla y no podía ser de otro modo: colección de ignorantes supinos, incapaces de coordinar dos frases, refractarios al bien, sin noción alguna, toscos e incultos hasta en sus vestidos(3), los más compadritos, de sombrero cantor y pantalón a media pierna, ¿era posible que hicieran otra cosa que votar?".

(3) Nicanor Pujol, diputado nacional por la intervención de 1880, asistió varias veces a la Cámara de botas y espuelas. // Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Resistencia Popular de Corrientes. 1878” (1891). San Martín, Escuela de Artes y Oficios de la provincia de Buenos Aires. Editor.

Sentados en las butacas legislativas, con la gravedad de hombres de peso, rechazaban los proyectos del Poder Ejecutivo, negaban su cooperación a las medidas gubernativas de importancia, en medio de un sepulcral silencio, sin que el ministerio ni la diputación liberal les arrancaran otra frase que ésta: “Que se vote, señor presidente”.

A esta oposición parlamentaria, acompañaban amenazas de un próximo derrocamiento, cuyo principal propagandista era Gelabert. Una noche, en que se desbocaba contra la situación, llegó a decir: “Juro que, si de algún modo, no conseguimos separar a Juan Vicente (el gobernador) del mando, dentro de diez meses lo derrocaremos, porque el Gobierno Nacional nos ha prometido sostén".

¡El gobernador murió antes del plazo!

- Muerte del gobernador Pampín

Pampín falleció el 9 de Marzo de 1876 y, por ausencia del vicegobernador Madariaga, del presidente y vicepresidente primero de la Legislatura, entró a ejercer el mando gubernativo -desde dicha fecha- el vicepresidente segundo de la misma, Benito Villegas(4).

(4) Citado por Antonio Abraham Zinny. “Historia de los Gobernadores de las Provincias Argentinas”.

Cabral y García de Cossio, ministros del finado gobernador Pampín, continuaron en sus respectivos Departamentos, con el legislador Villegas y su sucesor Madariaga.

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