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Proselitismo federal en pos de la gobernación según la oposición

Así como comenzó durante la Administración de José Vicente Pampín, continuó la empresa del doctor Manuel Derqui en pos de la gobernación. El Gobierno no se alarmó, ni los liberales se inquietaron, porque la opinión era adversa a los opositores y, en su oportunidad, serían allanadas las dificultades por el voto público.

Los contratiempos eran sensibles por la esterilidad administrativa que producían, más no llegaban a alterar la prudencia del gobernante, y menos a crear resistencia en los gobernados. El Gobierno esperó una modificación en el personal de la Legislatura, y los liberales emplazaron a la oposición para los comicios.

El doctor Derqui comprendió que si su legión no desplegaba otra actitud, si continuaba sin voz en la prensa, sin trabajar en la opinión, era segura su pronta muerte. Cuatro meses de oposición intransigente dejan, en cualquier parte, rastros de oratoria, de discusión periodística o de acción, que recuerdan una victoria o una derrota honrosa; pero, aquélla del voto mudo, no produjo cosa que pudiera llamarse trabajo de hombre, salvo clasificar así la detención estéril del impulso gubernativo.

El doctor Derqui dirigía de lejos, sin el adversario al frente, pero no dejaba de alcanzarle el ridículo del fiasco. Para dar tono a la lucha y ensanchar su esfera, Derqui mandó a sus fieles que comprasen la antigua imprenta de “La Esperanza” con el objeto de fundar un periódico(1).

(1) "El doctor Derqui no comprometió un centavo. Los compradores fueron: Miguel V. Gelabert, doctor Severo Fernández, Benito Villegas, Sebastián Alegre, Augusto Díaz Colodrero, Justino Solari, Gervasio Gómez y Nicanor Pujol". // Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Resistencia Popular de Corrientes. 1878” (1891). San Martín, Escuela de Artes y Oficios de la provincia de Buenos Aires. Editor.

El 16 de Noviembre apareció, en efecto, la nueva hoja impresa, titulándose órgano del “Partido Autonomista Nacional”, y anunciando que traía “la misión de derramar la luz, a cuyo brillo, vería el pueblo engañado, la explotación de unos cuantos ambiciosos”.

Tal periódico, para tal círculo. La difamación y el insulto fueron las fajas de su bandera; su primer número lo demostró concluyente, pues los epítetos dedicados a los liberales eran éstos: “explotadores, perros rabiosos, círculo de facciosos, atolondrados, viles, calumniadores(2).

(2) Véanse los artículos: “El Club Libertad”, “La Verdad”, “La Luz se Hará”, “Desatinos de El Argos”, “Preguntas y Respuestas”, “Vil Calumniador”, publicados en el número 1, de “La Verdad”. // Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Resistencia Popular de Corrientes. 1878” (1891). San Martín, Escuela de Artes y Oficios de la provincia de Buenos Aires. Editor.

Invocaba la autonomía del Estado, cuando cada federal era juguete del capricho del doctor Derqui; prometía combatir la prerrogativa feudal, cual si, de haber existido en Corrientes, hubiera sido en otra época que en la desgraciada de la dominación de ellos; presentaba a los “mitristas y sus aliados”, como calamidades públicas, enemigos de Dios y de los hombres, siendo sus hombres los que, en todo tiempo, habían barbarizado el país.

Eco del personalismo y con la tradición negra intacta, la verdadera misión que el nuevo periódico “La Verdad” trajo a la escena del periodismo, fue predicar el régimen de los caudillos y atemorizar con el escándalo.

"Era su redactor responsable, el doctor Severo Fernández, más conocido por 'Caballito', mozo de limitados alcances y sin carácter, cuya incompetencia suplía el Doctor en Teología, y casi clérigo, José Benjamín Romero(3), siendo principal colaborador Miguel V. Gelabert, que tanto sabe escribir como hablar cuerdamente", señala un opositor, Manuel Florencio Mantilla

(3) Puede apreciarse el "patriotismo" y los "merecimientos" de Romero, por el siguiente párrafo de un discurso que pronunció, comedidamente, en honor del tirano del Paraguay, cuando las tropas de éste ocupaban Corrientes, en 1865, discurso que el lector puede ver en extenso en el número 132 del “Independiente”, del 27 de Julio de 1865, periódico paraguayista, publicado en aquella capital. Dice así: “Después de los elocuentes discursos que se han pronunciado en celebración del natalicio del señor mariscal, presidente de la República del Paraguay y General en Jefe de sus ejércitos, don Francisco Solano López, y habiéndose recordado que en estos momentos tan solemnes para los pueblos libres, la lucha de la democracia, en defensa de sus inalienables derechos, de donde resultará el afianzamiento del equilibrio y porvenir de las Repúblicas del Plata, permítaseme, como verdadero argentino y amante de la libertad, agregar mi humilde palabra a lo que ya se ha dicho, para expresar la fe que debemos abrigar todos en esa causa tan eminentemente americana... Permítaseme, al mismo tiempo, brindar por el Sr. Ministro, Dn. José Bergés, deseando que cada día se aumenten más y más las simpatías con que le rodean los correntinos” (federales). // Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Resistencia Popular de Corrientes. 1878” (1891). San Martín, Escuela de Artes y Oficios de la provincia de Buenos Aires. Editor.

La aparición de “La Verdad” fue un verdadero acontecimiento. Imprimía giros, nunca vistos, a la "política reaccionaria". Todo partido caído lucha desde abajo por abrirse paso, pero "los desquiciadores" jamás habían intentado disputar a sus adversarios el terreno perdido por los medios de la contienda cívica; su política consistió, siempre, en atisbar el fraccionamiento de los vencedores, y en aprovecharse de él, inclinándose a los cándidas.

“La Verdad” importaba, pues, una reacción contra esa costumbre.

Su programa de guerra imponía la victoria o la muerte, a los llamados a combatir bajo su bandera. ¿De qué provenía el cambio? Hasta 1873, el partido federal, vencido en Pavón, estuvo arruinado como agrupación política; la elección presidencial de 1874 lo levantó, en apoyo de dos de los candidatos, y sus hombres llegaron a los ministerios, Cámaras nacionales, Ejército y Escuadra.

Esta subida alentó la reacción en toda la República, dándole formas vitales; sus elementos abandonaron la oscuridad y, sin embozo, sostuvieron su causa. De ahí que el doctor Derqui impusiera a los suyos la misma línea de conducta, no tanto por esperar de ella el mismo resultado que en Santa Fe o San Luis, por ejemplo, cuanto porque necesitaba mostrar, afuera de la provincia, su lucha contra el Gobierno liberal, quizá el único existente, a fin de comprobar sus anteriores trabajos y mantener su aparente importancia.

“La Verdad” cumplió fielmente su consigna. Reñida con los principios morales y de la libertad bien entendida, rindiendo culto idólatra a los sucesos luctuosos borrados de la vida nacional por el partido liberal, "no comprendía otra política que la de la complacencia a los potentados nacionales, y era tal su índole depresiva que destilaba hiel e injuria, sin escapar a sus tiros ni el santuario del hogar, ni el honor de las damas", asevera Mantilla.

"La colección de ese periódico puede exhibirse como el código más acabado de perversión política. En él vomitaba sus furias Gelabert y los que le hacían coro, contra todo lo honorable y digno de la sociedad; los únicos alabados y glorificados, en sus columnas, eran Derqui, Avellaneda, Alsina, excelsos predestinados, como los llamaba", continúa el político liberal correntino.

"El doctor Derqui no detuvo el desborde de sus instrumentos, para que el escándalo diario repercutiera afuera como el resultado de una situación sin garantía, opresora de un partido valeroso. Aquel periódico ha sido juzgado por federales netos, en los siguientes términos: 'Nada hay respetable para ‘La Verdad’. La falsía campea en sus columnas como si fuera un principio de moral; no sólo adultera los hechos, sino que se vale de chismes. ‘La Verdad’ no encuentra nada bueno, si no pertenece a sus hombres, y el crimen no es crimen, el vicio no es vicio, cuando uno de los hombres del doctor Derqui está en ellos comprometido.

"‘La Verdad’, con su conducta infame, pretende enlodar a la sociedad con sus diatribas y sus sangrientos ultrajes'"(4).

(4) Véase el número 34, de “La Provincia” -año 1881-, órgano del partido autonomista de Corrientes; y el número 1, de “El Látigo”, también autonomista y del mismo año. Ambos han sido redactados por los federales reconstructores, que el interventor Goyena levantó en 1880. // Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Resistencia Popular de Corrientes. 1878” (1891). San Martín, Escuela de Artes y Oficios de la provincia de Buenos Aires. Editor.

Si los propios amigos encontraron después mérito suficiente para escandalizarse de “La Verdad”, escrita siempre por los mismos, para condenar su prédica en los términos copiados, puede suponerse cuál sería su lenguaje, cuál su índole, cuando procuraba herir de muerte a los liberales, tradicionales adversarios de sus hombres.

Al poco tiempo de emprendida la campaña opositora en la prensa, el Gobierno convocó al pueblo de la provincia para elegir cuatro diputados nacionales, en reemplazo de los que habían terminado su período.

El mutismo parlamentario, trocado en desvergonzado brío en la prensa tenía, pues, abierto el campo anchuroso de los comicios, que es donde se prueban las fuerzas reales de los partidos, siempre que la libertad política sea una verdad, sin que la algazara ni la desvergüenza pesen en la balanza.

La elección popular, fuente originaria y única del poder, es el objetivo de la propaganda política de los centros de ciudadanos con aspiraciones al Gobierno, o al buen manejo de los negocios públicos, pues en ella sucumben o de ella se levantan, de manera que los nuevos luchadores de la prensa correntina iban a tener ocasión, en los comicios convocados, de medir sus elementos con los contrarios y hacer triunfar su causa, sin temor alguno de coacción oficial.

El Gobierno mantenía la rígida imparcialidad prescripta por la Constitución. La misma "Verdad" tenía declarado (Nro. 3), que los liberales no conseguían que el Gobierno se hiciera elector, juicio más que decisivo, porque nacía de la oposición.

Por ambos lados se desplegó actividad electoral, mostrándose igual empeño en ganar una batalla cuyo éxito tendría doble resultado: el envío de cuatro partidarios al Congreso y la evidencia de superioridad en el vencedor.

Los liberales, acostumbrados a ese género de luchas, estaban en su elemento, sin necesitar más que agitar el espíritu público por medio de clubes; "pero los otros, se encontraban en otra situación: sus elementos no tenían el hábito de la contienda electoral; eran pocos, impopulares, y estaban escarmentados con la derrota anterior; de consiguiente, les era forzoso suplir, de algún modo, su debilidad, so pena de aumentar el ridículo en que se hallaban", dice Mantilla.

De estas distintas posiciones provino la diferencia en los medios puestos en juego por los combatientes, aparte de la radical oposición de ideas. Los liberales abrieron campaña con un patriótico Manifiesto, en que pusieron de relieve los actos, tendencias y amenazas de los contrarios, dando contra ellos la voz de alarma.

Eran sus candidatos: el doctor Felipe J. Cabral, Manuel I. Lagraña, doctor Manuel F. Mantilla y Tomás B. Appleyard; pero, habiendo renunciado, indeclinablemente, el doctor Mantilla, fue reemplazado con el doctor Emilio D. Cabral.

Los "reaccionarios" -siempre según Mantilla- buscaron, en la repartición de las diputaciones, el poder de que carecían; en Alsina, el concurso de la fuerza de línea, al mando del coronel Obligado; en Avellaneda, la promesa de empleos, posiciones holgadas, grados militares; y, con ese cortejo de elementos, proclamaron la siguiente lista: doctor Manuel Derqui, general Juan Madariaga, Manuel I. Lagraña, doctor Emilio D. Cabral.

La lista era una prueba del apuro en que estaban. Derqui representaba la causa; Madariaga, complacía a Alsina e interesaba al vicegobernador, su hermano; Lagraña y Cabral, identificaban parte de las dos listas y podían apartar de los liberales importantes elementos comprometidos con ellos, figurando sus candidatos en los dos bandos; el simple nombre de ellos, facilitaba explotaciones.

La especulación dio su resultado. El vicegobernador, José Luis Madariaga, tomó con entusiasmo la candidatura de su hermano y la propuso con empeño a los liberales; desechado, con marcada condenación de su conducta, dejóse llevar por el despecho hacia los otros. El efecto buscado estaba producido.

"Así son los que en política andan en procura de una posición; cuando una ambición los domina o se proponen un lucro, olvidan sus deberes, prescinden de la propia dignidad, se venden como Judas. Una candidatura proclamada por cálculo, sin arraigo en el corazón de sus autores, hermanó tanto a Madariaga con sus tradicionales adversarios que constituyeron, desde entonces, una misma carne. Por pequeño y deshonroso que parezca, el rechazo de la candidatura de su hermano fue el origen y la única causa de la deserción del gobernador Madariaga del partido que lo elevó, conducta cuyas horribles consecuencias derraman aún sangre en Corrientes", sentencia Mantilla.

Una diputación pesó más en su ánimo de funcionario público que la conciencia del deber, el respeto a la ley y su mismo decoro; y cuando, después, ejerció el Poder Ejecutivo, el recuerdo del desaire, el rencor de la vanidad no satisfecha, impulsaron sus actos, sin miramiento alguno, a la tranquilidad y felicidad públicas.

Menos acentuados que Madariaga hubieron otros que, sin chocar de frente con los liberales, apoyaron los trabajos contrarios, para medrar navegando a dos aguas, actitud merecedora del desprecio con que los miraron los mismos beneficiados, después de servirse de ellos.

"El mercantilismo también allegó a las 'filas reaccionarias ese elemento flotante, que hay en los pueblos, sin convicción ni principios, en busca siempre de un buen acomodo, verdadero artículo de venta, inservible para el Gobierno, si bien de efecto en las luchas, mucho más para quien nada tiene elemento formado por lo que repelen los centros sociales y políticos, por corruptor y perjudicial: vagos y malentretenidos, en una palabra".

Lo que por esos distintos medios consiguieran reclutar, fue bautizado con el nombre de Partido Autonomista Nacional, clasificación bombástica y sin sentido, dice Mantilla.

El día de las elecciones llegó. Madariaga había recorrido personalmente toda la provincia, buscando prosélitos para su lista, en su carácter de vicegobernador; el coronel Obligado había hecho jugar toda su influencia militar, desde su residencia indebida en Goya; las promesas, en nombre del presidente de la República, y del ministro de Guerra, habían llegado hasta la pobre choza del humilde gaucho de la campaña; los comisionados del partido habían cruzado el territorio, de extremo a extremo.

Pero todo fue inútil; la opinión se pronunció, como siempre, por los liberales, cuya lista obtuvo una mayoría inmensa. Los vencidos atentaron, entonces, contra el fallo popular.

Derrotados legalmente, "apelaron al recurso reprobado y criminal de la falsificación", nunca vista en Corrientes, halagados con los resultados a ella debidos en Buenos Aires. ¿Por qué no harían registros falsos? ¡El Congreso de 1874 los había autorizado!

"Falsificaron, pues, los registros electorales de San Luis, con tan audaz cinismo, que cuadruplicaron los votos obtenidos allí, según los primeros boletines de 'La Verdad'. También fue estéril el delito, si bien dejó la raíz del mal, normal en la actualidad, y enseñó un peligro más a la sociedad pues, entre la falsificación electoral y la de un pagaré o carta de crédito, no hay otra diferencia que la del objeto robado", señala el opositor Mantilla.

"Con el fraude, el escrutinio dio mayoría a la lista vencida y sus candidatos se presentaron a la Cámara de Diputados. La demostración evidente de la falsificación, convenció a los representantes de la Nación quienes, declarando falsarios a los audaces, con cita de nombres propios"(5), reconocieron, como diputados por Corrientes, a los elegidos del partido liberal.

(5) Diario de Sesiones de la Cámara Nacional de Diputados, año 1876, tomo I, sesión del 19 de Junio. // Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Resistencia Popular de Corrientes. 1878” (1891). San Martín, Escuela de Artes y Oficios de la provincia de Buenos Aires. Editor.

Fue tan grande el escándalo, tan grosero el delito, que de los sesenta y tantos diputados asistentes a la Sesión, en que se discutió el asunto, sólo tres votaron por la aceptación de los registros falsos. "¡Ni el fraude dio ventajas a la oposición!"

Cuando la satisfacción del triunfo en los comicios embargaba a los vencedores, cortando hasta el aliento a los vencidos, un acontecimiento fatal, nunca sentido bastante, vino a cambiar por completo la fisonomía política de la provincia.

- Muerte del gobernador. ¿Asesinado?

El gobernador Juan V. Pampín falleció, casi repentinamente, el 9 de Marzo de 1877. ¿Hubo en ello intervención del círculo funesto, beneficiado con la muerte? No existen pruebas evidentes para una afirmación absoluta en ningún sentido; y es tan odioso recriminar sin fundamento, que la lealtad nos impone limitar nuestra referencia a los hechos notados.

Pampín era de constitución fuerte, de salud vigorosa, de vida metódica y tranquila. Ocurrida su muerte, tanto en la capital como en la campaña, "se levantó el rumor de que había sido envenenado", detallando algunos los motivos de su afirmación.

La sospecha general se fundaba en los síntomas y en la rapidez de la enfermedad, en ciertas coincidencias, de dudosa casualidad, en actos y conversaciones sorprendidas en los festejos privados celebrados por el fallecimiento, en la irritación desmedida con que “La Verdad” rechazó, “en nombre de su partido”, una criminalidad que no se le atribuyó directamente.

Difícilmente suele equivocarse el juicio público, y cuando se arraiga en él alguna idea, es de pensar en ella. La autopsia hubiera, tal vez, dado alguna luz, pero dicha medida, usual en otras partes, en el caso de fallecer inesperadamente un personaje cuya desaparición puede interesar, no tuvo el asentimiento de los miembros de la familia, por ese religioso respeto que inspira el cuerpo de un ser querido, quedando así, las sospechas y los rumores, envueltos en la duda.

Si realmente hubo crimen, perdiéronse los rastros, en las precauciones tomadas para ocultarlo, salvo que una casualidad descorra el velo y, si no existió, es de sentir la duda, porque mantiene una sospecha cruel.

La historia de las desgracias de Corrientes, en la pérdida de sus buenos hijos, no recuerda un suceso que produjera más honda impresión que aquél, en todas las clases, sin distinción de nacionalidades. “La provincia, que tras las agitaciones de su azarosa vida, vio lucir en su horizonte político los albores del auspicioso, que le auguraba un porvenir feliz, experimentaba un contraste que le hacía temer se convirtiera esa halagüeña ventura, en un abismo insondable y desesperante de incertidumbre y desconfianzas"(6).

(6) Discurso del doctor José Luis Cabral - “El Argos” del 13 de Marzo de 1876. // Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Resistencia Popular de Corrientes. 1878” (1891). San Martín, Escuela de Artes y Oficios de la provincia de Buenos Aires. Editor.

Elevado al poder el señor Pampín, en momentos en que no se habían apagado aún las chispas del incendio, porque tuvo que atravesar la República (1874), y en medio de nuevos episodios locales, que agitaron las pasiones políticas, destemplando el eco de los partidos, su Gobierno había sido apacible y tranquilo, siguiendo la marcha que sus deberes le imponían, produciendo el doble fenómeno de entrar al poder y gobernar sin oposición seria, por haber correspondido dignamente a las esperanzas del pueblo y hecho realidad práctica de su programa, honrado y sencillo, y moría sin cosechar Corrientes, el resultado de su prudencia y rectitud, dejándole una expectativa dolorosa(7).

(7) Discurso del doctor José B. de la Vega, en el “El Argos” del 13 de Marzo de 1876. // Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Resistencia Popular de Corrientes. 1878” (1891). San Martín, Escuela de Artes y Oficios de la provincia de Buenos Aires. Editor.

Sus amigos tributaron a la memoria del magistrado el homenaje de que era acreedor y la Justicia más cumplida merecieron sus actos. Si la tacha de exageración cabe en el juicio del partidario, la verdad se destaca del elogio del adversario y del hombre imparcial, y el fallo de éstos es el que vamos a invocar, como prueba del vacío abierto por la muerte del gobernador Pampín.

“La Campaña”, periódico nacionalista, redactado por el doctor Miguel G. Morel, decía, en su número del 11 de Marzo:

Un distinguido ciudadano, un soldado de la noble causa de los principios, acaba de inclinar para siempre la cabeza, bajo el peso de las eternas sombras. El señor Pampín ha sido un hombre respetable en la sociedad y en la política de nuestro país, y su nombre queda ligado a sucesos importantes.
Buen ciudadano y excelente caballero, era estimado, y amigos y adversarios hacían debida justicia a su rectitud y honradez. Cuando un hombre de su expectabilidad desciende al sepulcro, hay en el corazón de todos un sentimiento sincero, que vibra al recuerdo de las buenas acciones que practicó en vida; por eso, nosotros, que en política hemos estado en disidencia con él, no podemos menos de manifestar nuestro pesar, porque ante la tumba debemos decir la verdad, para noble estímulo de los que viven.
La vida de nuestro pueblo ha sido turbulenta y agitada, y en el torbellino de la política se olvidan, generalmente, las virtudes y los servicios del adversario. Al señor Pampín no le sucedió éso; se le ha hecho justicia en vida, y hoy, al pie de su sepulcro, el pueblo la confirma y demuestra su duelo.
Como Primer Magistrado dirigió los destinos públicos con abnegación desinteresada y con patriotismo, sin que las instituciones se resintieran, ni las libertades públicas fuesen violadas; en los debates ardientes de los comicios, los partidos encontraron expansión y garantías bastantes para depositar sus sufragios y elegir sus mandatarios(8).

(8) Discurso del doctor Juan Valenzuela, en el “El Argos”, número del 13 de Marzo de 1876. // Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Resistencia Popular de Corrientes. 1878” (1891). San Martín, Escuela de Artes y Oficios de la provincia de Buenos Aires. Editor.

Un hombre y magistrado, juzgado así por sus adversarios, debió realmente encarnar el patriotismo y la virtud democrática. Cuántas figuras culminantes hay, sobre cuyas tumbas no podrán muchos decir lo que, sobre la de Juan V. Pampín, dijo en rasgo de noble justicia, Filemón Díaz de Vivar:

Yo, pobre paria de un partido noble, pero injustamente perseguido, vengo a rendir el último tributo a la memoria del más leal adversario, del hombre que supo calmar las vehementes pasiones del corazón humano, del magistrado que, colocado por la voluntad del pueblo en un puesto distinguido, ¡ha sabido dirigir los destinos de la patria y hacer de enemigos encarnizados, amigos apacibles de sus buenas acciones!"(9).

(9) Corona fúnebre, a la memoria del gobernador Pampín - 1876. // Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Resistencia Popular de Corrientes. 1878” (1891). San Martín, Escuela de Artes y Oficios de la provincia de Buenos Aires. Editor

¡Sobre aquella tumba, en efecto, nada había que olvidar!

Siempre que sucesos como aquél sorprenden la vida de un pueblo, hay tentación a pensar que la equidad moral no preside los destinos de la sociedad; tan incomprensible se presenta al espíritu, la voluntad superior que ha dado las leyes del no ser, que en un día cambian la felicidad en desgracia, por la desaparición de un hombre.

No hay, empero, que rendirse; los eclipses del bien, son contrastes pasajeros, cuya disipación da mayor brillo a la dicha y empuja el progreso; en los infortunios, hay que retemplar la energía y aprender, si son, como aquél, amargas lecciones. La compensación ventajosa es simple cuestión de tiempo. Corrientes midió el abismo abierto a sus piés, y fija su vista en lo porvenir y firme en su tradición de contrastes, esperó serena la situación que venía, cimentada de una tumba y una traición.

"La muerte del gobernador Pampín era una espléndida batalla ganada por los reaccionarios". La situación de fines de 1874, se les presentaba clara y sin obstáculos. Madariaga los alzaba al poder por la vía legal, y contaban con el patrocinio del Gobierno Nacional. El tiempo de las dificultades desaparecía para ellos; estaban hechos y tenían el Gobierno para reabrir la lucha tradicional.

¿Qué podían temer? El adversario se encontraba debilitado por la división, sacrificando las conveniencias positivas de todos al egoísmo de sus fracciones. Bajo un Gobierno regular y de libertad, aún divididos, podían los liberales imponer al poder con la opinión; más, "esperar aquéllo de quienes en el abuso y en el desgobierno han hecho estribar siempre su fuerza, habría sido ilusión celeste". Nadie la abrigó.

El inevitable entronizamiento del arbitrario, era una consecuencia lógica de los sucesos que precedieron a la muerte del gobernador Pampín y, con él, desaparecía toda esperanza de libertad. Esa vez, un hecho natural destruía la obra reparadora de los errores y se agregaba a éstos "para hacer retroceder la provincia a los días desgraciados del pasado".

El patriotismo y la sensatez, únicamente, operando en el tiempo, podrían restablecer el bien perdido, finaliza Mantilla.

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