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La gestión de Madariaga relatada por Mantilla

¡Cuánto vale, en situaciones dadas, la honradez de un hombre! Pampín no tuvo en Madariaga un reemplazante, sino el destructor de su obra. Era el árbitro de los destinos de Corrientes, teniendo ante sí el camino del bien y el del mal; de él dependía la continuación de la política de su antecesor, o su cambio radical; en sus manos estaba la tranquilidad pública o el régimen del arbitrario, dejando marchar los negocios por la senda que recorrían, merecería bien del pueblo; despojándose de sus pasiones y rencores, cumpliría sus deberes de magistrado(1).

(1) Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Resistencia Popular de Corrientes. 1878” (1891). San Martín, Escuela de Artes y Oficios de la provincia de Buenos Aires. Editor.

- Posición de Madariaga

Ningún hombre, próximo a mandar tuvo, ante su vista, mejor definido el teatro de su acción; por eso, es mayor la responsabilidad histórica de Madariaga, que optó por el mal.

Latente estaba su irritación contra los que derrotaron la candidatura de su hermano y cada vez era más intensa su gratitud para los que la sostuvieron; blando a los agasajos y a las adulaciones, sin aprecio por sí mismo, viendo en el Gobierno solamente el mando, la fuerza, no el derecho a respetar la justicia intachable, la legislación respondiendo a las necesidades públicas, el pueblo en posesión de sus imprescriptibles derechos, el orden asegurado con el manejo recto de los resortes oficiales, la opinión pública reinando en el Gobierno; poniendo a un lado toda la exigencia pública, prescindiendo de su verdadero interés, que le aconsejaba legar puro su nombre a la posteridad, el vicegobernador Madariaga llevó al Gobierno toda la pasión, toda la hiel, toda la maligna perversidad de un alma sin escrúpulos.

Correspondía, así, a los federales, cumpliéndose los temores de los que desaprobaron su elección. Pero, ¿qué hacer? No quedaba otro arbitrio para impedir su opresión, que un movimiento popular y el respeto a la ley, en virtud de la cual venía, fue más poderoso que la perspectiva de violencias, y tomó posesión del Gobierno, a pesar de sus desconfianzas(2).

(2) Madariaga residía en Paso de los Libres. Cuando fue llamado a ejercer el Poder Ejecutivo previniéronle, los federales, que se trataba de impedir su elevación al poder, por lo cual retardó su viaje, a fin de combinar con Gelabert, que estaba en Mercedes, Luciano Cáceres y sus iguales del sur, los medios de sofocar la revolución anunciada. La falsedad tenía por objeto precipitarlo ya, contra los liberales, y él la creyó. Nadie, sin embargo, pensó en tal cosa; pues si el proyecto hubiera existido, “no habrían impedido su ejecución, porque la fuerza pública de la capital y de la campaña estaba en manos de los supuestos conspiradores y se contaba, además, con el pueblo”. // Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Resistencia Popular de Corrientes. 1878” (1891). San Martín, Escuela de Artes y Oficios de la provincia de Buenos Aires. Editor.

Bien comprendieron, Madariaga y sus amigos, el peligro que correrían si desde el primer día ponían en práctica la violencia. Para obrar según las conveniencias de la reacción, era preciso cambiar el personal del Gobierno, colocando en él hombres seguros, sin dar escándalo.

De ahí que se conservaran, transitoriamente, sin alteración, las cosas, hasta montar bien la máquina y pisar firme. Un hecho personal, sin embargo, puso término a esa contemporización obligada, de ocho días, dando principio a las arbitrariedades. La puerilidad del motivo, elegido por Madariaga, prueba concluyentemente la dañina intención que alimentó desde un principio.

Atentados con que inició la política reaccionaria

Miguel V. Gelabert llegó a la capital cinco días después que el vicegobernador. Venía a darle energía contra los liberales. “La Verdad” registró, luego, escritos disparatados suyos, contra aquéllos, plagados de los insultos groseros que puede lanzar un desvergonzado incorregible, prevalido de la impunidad. El diputado nacional, doctor Juan M. Rivera, fue de los peor tratados. Habiéndose encontrado, casualmente, ambos, en una misma vereda, provocado el doctor, aplicó a Gelabert una buena paliza(3).

(3) Como este hecho mereció tanta importancia y, por otra parte, Gelabert lo refiere frecuentemente a su modo, debemos consagrar una nota a su narración. Ocurrió así: el doctor Rivera iba a su casa por la vereda de la acera en que estaba la de Gelabert; éste conversaba en los corredores de la suya, con el ayudante de Gobierno, Santiago Solís. No sabemos si, por buscar pleito o por necesidad, cuando el doctor Rivera fue visto, Gelabert caminó a su encuentro; al enfrentarse ambos, Gelabert dio un empellón al doctor Rivera, diciendo: “Salga de aquí, pícaro”. El ofendido levantó, entonces, su grueso bastón de ballena, e hizo sentir su peso en la cabeza del agresor...
Después de algunos instantes, Gelabert atropelló al “inhumano”, agarrándose del bastón y, en la lucha por quitárselo, recibió nuevos golpes de puño en la boca y en la nariz, los que le hicieron saltar sangre. En eso pasó casualmente por el lugar, el Jefe de Policía; les intimó desapartarse y, no siendo obedecido, se introdujo entre ellos, en momentos que también llegaba el ayudante Solís, a quien Gelabert decía: “¡Mate a este pícaro; hachéelo!”. El Jefe de Policía ordenó a Solís que se abstuviera de hacer nada pero, desobedeciéndolo también, saltó de su caballo, con espada en mano, y se dirigió al grupo. El doctor Rivera soltó el bastón, para ir a su encuentro. “¡Párese, Solís! -le dijo, teniendo el revólver montado- porque lo mataré!”. La contestación de aquél fue descargarle un hachazo, que felizmente no tocó a Rivera porque, al ver el movimiento, se aprovechó de la corta distancia y atropelló a Solís, tomándole la espada cerca de la empuñadura y, acto continuo, lo dio en tierra a golpes de revólver en la cabeza, porque no quiso matarlo. Cuando Gelabert vio ésto, abandonó el bastón al Jefe de Policía y salió corriendo, sin sombrero y dando gritos, en dirección a la Casa de Gobierno. Allí pidió el inmediato fusilamiento de los “bandoleros revolucionarios”. // Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Resistencia Popular de Corrientes. 1878” (1891). San Martín, Escuela de Artes y Oficios de la provincia de Buenos Aires. Editor.

El caso era policial o, cuando más, un delito particular; pero Madariaga lo tomó como cuestión de Estado. En nombre de los altos intereses públicos conprometidos con la paliza, sin miramientos a sus ministros, destituyó al Jefe de Policía, nombró Inspector de Armas (empleo que no existía), al comandante Ramón Acosta(4), destituyó a todos los comisarios de sección y empleados de policía, despachó chasques a la campaña y telegramas al Litoral, autorizando a los federales para que se apoderasen del Gobierno de los Departamentos y, bajo la presión de la exaltación del mártir y por consejo federal, ordenó la prisión del ex Jefe de Policía, del Fiscal del Estado, del Jefe del detall, del doctor Rivera y de muchos ciudadanos más.

(4) Separado por Pampín. // Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Resistencia Popular de Corrientes. 1878” (1891). San Martín, Escuela de Artes y Oficios de la provincia de Buenos Aires. Editor.

Nunca fue de tanta trascendencia una merecida paliza, como también, jamás se dio un pretexto más ridículo para entrar de lleno en un período de atropellos.

Falsos motivos invocados para justificar los atentados

Los escándalos fueron el punto de arranque de la completa variación de las cosas existentes, el camino de la nueva situación y necesitaban ser justificados, o por lo menos explicados.

Así lo comprendieron sus autores, cuando en la prensa y en documentos oficiales, pretendieron colocarlos al nivel de los hechos anormales pero necesarios, que los gobernantes pueden ejecutar por espíritu de propia conservación y por las conveniencias públicas, a cuyo fin echaron mano de la calumnia.

“La Verdad” dijo, aplaudiendo al Gobierno:

Tenían formada una conspiración para hacer rodar algunas cabezas en un momento, imponerse por el terror y apoderarse, enseguida, de la provincia; los crímenes no se han podido cometer, porque felizmente fueron avisadas las víctimas de la conjuración, y el día en que debía estallar se ocultaron en los lugares más apartados, donde no podían ser asesinados.
Es por ésto que ha fracasado la matanza, reduciéndose los asesinos a atacar a don Miguel V. Gelabert y al doctor Severo Fernández. La situación está felizmente salvada con las medidas de orden público tomadas por el gobernador, y podemos garantir que los criminales serán escarmentados(5).

(5) “La Verdad”, Nro. 41. // Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Resistencia Popular de Corrientes. 1878” (1891). San Martín, Escuela de Artes y Oficios de la provincia de Buenos Aires. Editor.

Madariaga, a su vez, quiso justificarse con su ministro de Gobierno, doctor José Luis Cabral, que le pidió explicaciones, y le decía en descargo:

El escándalo producido hoy y que yo me temía hace días, no sólo fuese un acto aislado, sino que tuviera ramificaciones que pudieran trastornar el orden público, por datos que tengo de muchas partes, ha hecho que hoy, en momentos de aquel conflicto, hubiera tomado medidas de precaución porque, francamente, sé que muchos conjurados no están conformes con mi Gobierno, y te prometo que temí en aquel momento y tomé aquellas medidas que, creía, me aseguraban; fueron momentos supremos.
En manera alguna creo al ministro complicado en nada de lo que se trama, desde el coronel Reguera y demás amigos de él contra mi persona y mi Gobierno. Te declaro que todas mis medidas no fueron más que consecuencias de mis temores, y en aquel momento creí estuvieran minadas las fuerzas, pues sabido es que, del incidente más pequeño, resulta una gran convulsión(6).

(6) Carta de Madariaga al doctor Cabral, publicada en “El Argos”. // Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Resistencia Popular de Corrientes. 1878” (1891). San Martín, Escuela de Artes y Oficios de la provincia de Buenos Aires. Editor.

Como se vé, era la calumnia torpe, patrimonio de las almas bajas, el justificativo de los escándalos. Una conspiración para asesinar individuos insignificantes, algunos de ellos despreciables, teniendo los supuestos conjurados todos los resortes oficiales en sus manos y, sin enemigo que les impidiera emplearlos, era el colmo del ridículo.

Cuando falleció Pampín, el Gobierno quedó en poder de los liberales pues, aunque el incapaz Benito Villegas se encargó, provisoriamente, del mando hasta el 28 de Marzo, nada se innovó; la Administración continuó como la había constituido el mandatario desaparecido: ministros, jefes de fuerzas, autoridades superiores de la capital y campaña, eran de los presuntos conspiradores o ellos mismos.

¿Cómo hubieran impedido que, con tales elementos, se llevara a cabo un movimiento, si existía dicho pensamiento?

Cuando Madariaga venía a la capital, conferenció con el coronel Raymundo F. Reguera, llamado por él, en uno de los pasos del Batel, y si este jefe hubiera tenido el propósito que se le atribuyó, ¿qué mejor ocasión habría deseado para echarle mano

Por otra parte: a nadie se ocultó la intención de Madariaga, su indiscreta charlatanería había puesto de manifiesto el programa de su Gobierno; en todo el trayecto de su viaje y a cuantos veía, anunciaba su resolución de deshacer a los liberales.

De consiguiente, no faltaban elementos ni motivos para consumar un movimiento. Nada se hizo, sin embargo, porque era uniforme la opinión de respetar la imposición de la ley. Esto demuestra la perfidia del embuste lanzado para disculpar los atentados cometidos en razón de una paliza, que no era la primera recibida por Gelabert. Luego más: las supuestas víctimas del soñado crimen -dado el caso de buscarse en él un fin político- y prescindiendo de que jamás recurrió al crimen el partido liberal como lo ha hecho, más de una vez, el federal, comenzando por Derqui y concluyendo por el último, todas eran, han sido y serán nulidades como prestigio; todos juntos, no merecían la responsabilidad de un crimen, que para siempre hubiera manchado la bandera del partido y a sus hombres, porque el resultado de todo asesinato político es la vergüenza y la esterilidad; y ni había desesperación que, sin justificar nunca, ofuscara hasta ese extremo, ni el partido ha querido jamás la supremacía a ese vil y miserable precio.

Todo fue calumnia, tradicional recurso de los malos, ya estén encumbrados o abajo; y prueba de ello es que, no obstante las declaraciones públicas de que el Gobiemo tenía los hilos de la conjuración criminal y de haber mantenido encarcelados a los principales conjurados de la capital, y que el coronel Reguera pidió ser encausado, nadie pensó en la conspiración ni en los culpables al día siguiente de los sucesos.

Los presos fueron puestos en libertad a los ocho días, sin castigo alguno ni ulterior juicio(7).

(7) El único que deseó se diera fin con los presos fue un pariente de Madariaga. Decía, a cuántos con él hablaban: “He dicho a José Luis que el mejor medio de tranquilizar la provincia es fusilar a esos anarquistas que están presos, poniendo en práctica, por ocho días, el sistema de Rosas. Este sabio consejo no fue felizmente escuchado. // Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Resistencia Popular de Corrientes. 1878” (1891). San Martín, Escuela de Artes y Oficios de la provincia de Buenos Aires. Editor.

Renuncia de los ministros Cabral y Cossio

Los ministros, doctor José L. Cabral y Nicanor G. de Cossio, presentaron sus renuncias indeclinables. El primero decía:

Desde que se produjeron las medidas violentas, adoptadas por P. E., única y exclusivamente por un acto personal, sin acuerdo de los ministros, lo que afecta su constitucionalidad, comprendí que no podía continuar al frente del Ministerio, porque no es una política de paz, de libertad y de garantías, la que funestamente se inicia.
Me persuado de que mi presencia en el Ministerio no puede ser sino sacrificando mi dignidad, mi respeto a la Constitución y a las Leyes, y aún a ni honor, sacrificio imposible a mi carácter y al deber”.

El segundo, aunque menos enérgico, fue, sin embargo, categórico:

No estando conforme -decía- con la marcha iniciada por V. E., y menos con las medidas violentas adoptadas por hechos puramente personales, elevo mi renuncia indeclinable”.

No puede darse una acusación mayor contra un gobernante que la hecha a Madariaga por sus ministros, ocho días después de haberlos asociado al mando. Los renunciantes no eran partidarios exaltados e intransigentes de los liberales, para atribuir los términos de sus renuncias a pasión política; eran miembros del partido liberal, pero de esos correligionarios pasivos que, por no haber figurado en el ardor de las luchas como elementos activos inspiraban, sino indiferentismo, al menos, poca antipatía a los "reaccionarios"; al lado de Pampín, fueron el término medio conveniente para la realización del programa patriótico de aquél y en las mismas condiciones aceptaron acompañar a Madariaga, previas “sus protestas y promesas de gobernar, ciñendo sus actos a la Constitución y a las leyes(8).

(8) Carta oficial del doctor Cabral a Madariaga, del 5 de Abril de 1876. // Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Resistencia Popular de Corrientes. 1878” (1891). San Martín, Escuela de Artes y Oficios de la provincia de Buenos Aires. Editor.

Una prueba de que el doctor Cabral, por ejemplo, no encarnaba la intransigencia del partido liberal, es que el día 5 de Abril cedió a las exigencias de Madariaga, destituyendo injustamente al Jefe de Policía, Basiliano Ramírez, por la paliza a Gelabert, quizá por haber creído bastante satisfacción y, también, que ambos no presentaron inmediatamente sus renuncias sino que, esperanzados en atraer al gobernante al buen camino, le pidieron explicaciones para convencerse luego de que los quería únicamente para convertirlos “en viles y degradados instrumentos(9).

(9) Carta oficial del doctor Cabral a Madariaga, del 5 de Abril de 1876. // Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Resistencia Popular de Corrientes. 1878” (1891). San Martín, Escuela de Artes y Oficios de la provincia de Buenos Aires. Editor.

Podemos, pues, invocar como testimonio irrecusable de la veracidad de nuestro relato, los términos de las renuncias de los ministros de Madariaga.

Puesto en la pendiente de los atropellos, Madariaga siguió resbalando por ella hasta reproducir fielmente el Gobierno de Evaristo López, derrocado en 1868. El y Gelabert eran los únicos hombres nuevos en el personal; los demás eran de los pasados tiempos, desesperados por cancelar sus créditos de odio.

Personal de la Administración. Indole del Gobierno de Madariaga

Para dar una idea de la radical innovación operada, basta recordar los nombres y las virtudes de los prohombres de la Administración ésa. El doctor Severo Fernández, el adulterador de los Registros Electorales de San Luis, era ministro de Gobierno; Sebastián Alegre, ministro de Hacienda; Ramón Acosta, servidor de Gelabert, fue puesto, inconstitucionalmente, de Inspector General de Armas; Casildo Cossio, soldado del invasor paraguayo, en 1865, jefe del “Escuadrón Libertad”; Juan Andrés Lovera, también soldado del enemigo extranjero, jefe del detall; José B. Romero, Fiscal de Estado; Teodoro Maciel, ex vaqueano del Ejército paraguayo, en 1865, y uno de los federales del año 40, Juez de Paz, Receptor y Comandante Militar de Lomas; Santiago Portillo, gaucho renombrado por sus excesos; en 1867, Juez de San Cosme; Gabriel Espíndola, autoridad superior en San Luis al estallar el movimiento de 1868, Juez del mismo Departamento; Jacinto Gómez, de los caídos con López, Juez de Empedrado; Juan Candia, homicida, uno de los más feroces caciques, en que todos los Gobiernos federales se habían apoyado, dictador de Bella Vista; Onofre Aguirre, caudillo antiguo de la federación, temible(10) jefe superior -con facultades extraordinarias- de Lavalle, Goya y Esquina; Luciano Cáceres, hijo del famoso Nicanor Cáceres(11), cuyas condiciones heredó y superó, también, como Aguirre, Comandante omnímodo de Monte Caseros y Curuzú Cuatiá; Benjamín Varela, invasor de la provincia, en 1873, con elementos brasileños, Juez de La Cruz; Serapio Sánchez, Dámaso Sánchez Negrette (a) “Jagua Blanco”; José Pujol; Ramón Lotero, Wenceslao Lugo, federales acentuados, jueces y jefes militares de Itatí, Caá Catí, Saladas, Candelaria y Concepción. Con este personal culminante en la Administración de la provincia, quedó asegurado el arbitrio oficial.

(10) En la colección de “La Patria”, de Goya, se historian sus hechos.
(11) Véase: “Biografía del general N. Cáceres”, por Severo Ortiz. // Todo citado por Manuel Florencio Mantilla. “Resistencia Popular de Corrientes. 1878” (1891). San Martín, Escuela de Artes y Oficios de la provincia de Buenos Aires. Editor.

Los únicos Departamentos, cuyas autoridades no tenían vinculaciones federales en el pasado, fueron Mercedes, San Miguel, Mburucuyá y Libres pero, como habían recibido el bautismo de la causa reinante, se esforzaron en aparecer dignos de ella.

Completa destrucción del régimen constitucional

Ordenado así el mecanismo gubernativo, jugó la máquina bajo la acción del doctor Derqui. Aunque Gelabert aparentaba llevar la iniciativa en los desmanes, lo hacía por insinuaciones hábiles de aquél, inteligente para servirse de él y aprovecharse de sus actos, así como de la vanidad y del espíritu negativo de Madariaga.

El gobernador hacía el papel de rubricador responsable, que daba fuerza ejecutiva a todo, muy satisfecho siempre de su papel, cual si el ridículo hubiera sido su ideal y la inconciencia el esplendor ambicionado para su nombre; concurriendo esto mismo para hacer más completa la resurrección de la situación derrocada en 1868, sin embargo, de que Evaristo López, no obstante su automatismo, había sido mejor que Madariaga, como hombre de buenos sentimientos.

Los ministros carecían de voluntad propia; llenaban las apariencias de consejeros, hablando Derqui por boca de ellos; dóciles criaturas de éste, no movían una paja sin consultarle.

Aquella agrupación de elementos no podía gobernar sino oprimir para conservarse, mucho más en Corrientes, cuya profunda aversión a los reaccionarios le ha hecho preferir siempre el sacrificio a la deshonra de un acatamiento voluntario.

Marchar con la opinión; hacer cumplir las leyes que resguardan la amplitud de los derechos civiles y políticos; garantir el orden, conservando el equilibrio del poder que no abusa y del pueblo que obedece sin violencia; servir con honradez la conservación de los adelantos conquistados y procurar nuevos; ensanchar la esfera de la acción política, intelectual e industrial del pueblo; no oponer barreras de ningún género al curso natural de la sociedad; en una palabra, administrar con equidad, dedicar a los objetos precisos los recursos oficiales; no herir un derecho, garantir la Justicia y cuanto es consecuencia del principio fundamental que sirve de base a la creación de los Gobiernos -la felicidad de la comunidad y de cada uno de sus miembros- no entraban, no cabían, en la resolución de Madariaga, ni en la índole de su dueño.

Habría sido necesario que él y sus amigos fueran hombres patriotas, inteligentes e ilustrados, para que gobernasen administrando pero, siendo lo que eran, y siempre habían sido, únicamente pensaban en dominar la opinión con la fuerza, torturar la Justicia, tomar el capricho por norma de conducta, erigir la venganza en sistema, la explotación en industria, suplantar a la libertad y al interés general el personal de un hombre y de su círculo.

La vida social y política bajo el arbitrario

Esta resolución de oprimir, se puso en práctica con barbarie. Reinado del arbitrario sin límites fue aquel período. ¡Qué no cayó hecho pedazos a los golpes del poder! ¡Constitución, leyes, moralidad, administración, justicia, todo cuanto había costado largos años de luchas, sangre de patriotas, fue arrojado a la hoguera voraz de la destrucción, meciéndose sobre las ruinas el fatídico Derqui, placentero y risueño, como esas aves de rapiña que revolotean sobre las osamentas!

La soberanía del pueblo, fuente única del poder en una democracia, era apenas un sueño feliz de tiempos pasados; yacía encadenada a los pies de los Jueces de Paz y Comandantes Militares, máquinas electorales del Gobierno.

Las elecciones provinciales de 1876 fueron practicadas, exclusivamente, por las autoridades, con supresión absoluta del voto libre. El Gobierno dio los candidatos; los Jueces y Comandantes reunieron militarmente los ciudadanos que, sostenidos con las haciendas de los liberales, sufrieron tres días de acuartelamiento riguroso hasta llegar el designado para la farsa inicua de rodear la Mesa Electoral con soldados, presente el Juez y el Comandante, y hacer votar a los encerrados por los designados del Gobierno, sin permitirse, a los perdonados del arrebato, ni siquiera aparecer en la plaza pública.

¡A eso daban el nombre de elección, expresión de la voluntad pública!

Los atrevidos que osaron ejercer su derecho, según su ciencia y conciencia, pagaron con prisión y fuertes multas su criminal insolencia. La libertad de la prensa estaba bajo la amenaza permanente de asesinos pagos para suprimir periodistas independientes. En tanto que el periódico oficial, redactado por el ministro de Gobierno, tenía carta blanca para escandalizar, con sus indecencias e insultar vilmente a los que, día a día, eran víctimas de los atropellos; los redactores y los tipógrafos de “El Argos” y “La Campaña”, periódicos liberales, sufrían semanalmente una o dos prisiones en el Cuartel de La Batería, sin perjuicio de ser obligados, todos los domingos, a ejercicios militares, y de que los repartidores sufriesen palizas y prisiones, después de despojarlos de los impresos.

En la campaña estaba prohibida la circulación de los periódicos liberales; los Jueces, que también eran Administradores de Correos, detenían los paquetes de impresos que no llevasen sello oficial y cuando sabían que existía algún número de los periódicos excomulgados en poder de alguien, prendían y multaban a su dueño “por leer publicaciones anarquistas”.

Con todo, y esto era lo que más encendía la rabia oficial, el tono de la prensa liberal no dejó nunca de ser viril; fue siempre una protesta enérgica. “La Verdad” justificaba los atentados contra los periodistas e impresores, diciendo:

Traidores a la patria son los que, engañando a los incautos, crean resistencias al Gobierno. El Gobierno, la Policía y todas las autoridades a quienes está confiado el orden público, tienen el deber de contener los desbordes de la prensa.
El artículo 6to. de la Constitución dice que todos los habitantes deben obediencia al Gobierno y, los que faltan a él, como lo hacen los cuadrilleros de 'El Argos', se deben llevar a la Policía y con una multa que, según el reglamento de ella, se les aplica, la prensa tendrá libertad, no licencia, y la Policía tendrá cómo beneficiar a un establecimiento público(12). ¡Esta doctrina era la práctica!

(12) “La Verdad”, Nro. 45. // Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Resistencia Popular de Corrientes. 1878” (1891). San Martín, Escuela de Artes y Oficios de la provincia de Buenos Aires. Editor.

La inmunidad personal desapareció ante el vejamen inicuo del registro. Los federales han tenido fecundidad para inventar maltratos. Si la inmensa variedad de martirios, ultrajes y crímenes que en el país han existido fueran estudiados en sus orígenes, resultarían todos de cosecha federal.

El registro fue una novedad; en los reinados anteriores de los reaccionarios, y creemos que en toda la República, no había sido conocido. Según la teoría de los entonces dominadores de Corrientes, el poder público tenía el derecho de impedir que los particulares buscasen la garantía de su vida en un arma que llevasen oculta, cualquiera que fuese y, para hacerlo efectivo, se prescribió a todo empleado policial la obligación de registrar a los ciudadanos donde los encontrasen, de día como de noche, con el derecho de hacer uso de la fuerza en caso de resistencia.

Son muchas las disposiciones prohibiendo cargar armas -decía 'La Verdad', sosteniendo la medida-; por eso se registra a los mazorqueros (¡¡!!) de 'El Argos', que son criminales conocidos por cuadrilleros y, de día, y hasta en los templos, deben ser registrados. ¡Qué se les registre a buenas o a malas!(13).

(13) “La Verdad”, Nro. 47. // Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Resistencia Popular de Corrientes. 1878” (1891). San Martín, Escuela de Artes y Oficios de la provincia de Buenos Aires. Editor.

¡Esos criminales eran los liberales! Se comprende el resultado que diera aquélla estúpida vejación. Desde el adversario más exaltado del Gobierno hasta el pacífico y anciano extranjero, todos caían en manos de los gendarmes, serenos y comisarios de policía quienes, cuando eran generosos, limitaban el registro a una ligera frotación del cuerpo, por sobre las ropas pero, cuando tenían prevención u orden expresa, desnudaban, en media calle, hasta dejar en camisa y calzoncillo. ¡Y no había más que ceder!

De lo contrario, el machete policial tomaba la palabra y, si no, a golpes, a hachazos, imponíase el registro al resistente que, después, era todavía llevado preso y multado. El rigor de la vejación era durante la noche; el que tenía la desgracia de salir de su casa, llevaba la seguridad de ser estropeado y robado por la Policía, y de dormir en un calabozo, tuviera o no armas, porque los registradores eran premiados cuanto mayor daño hacían.

La inviolabilidad del domicilio era burlada por los allanamientos sin causa y sin forma. Cualquier partidario de la situación, el vigilante más atrevido, tenía el derecho, garantido por la impunidad, de entrar en las casas o de hacerlas abrir en altas horas de la noche.

La misma Policía mandaba saltar las paredes para atemorizar a las familias o espiar la vida íntima del hogar. Frecuentemente, partidas de seis u ocho soldados, comandados por oficiales insolentes, daban serenatas federales a las más distinguidas familias de los opositores que, aterradas y esperando siempre un atropello mayor, tenían que soportar, sin saber a quién pedir justicia, los alaridos salvajes de mueras y el golpeo infernal de puertas y ventanas y de tarros de lata y cencerros. ¡Parecían indios pasados del Chaco!

Al derecho de locomoción, se oponía la necesidad del pasaporte. En la capital y pueblos, nadie podía salir sin especial permiso de la autoridad, ni entrar en ellos sin presentación previa. Quien desobedecía era arrestado por sospechoso y multado como infractor de una medida policial. En la campaña se prohibía transitar y pasar de un Departamento a otro sin un pasaporte firmado por el Juez de Paz o Comandante, y no gratis, sino a precio de dos pesos fuertes.

La propiedad cedía a la codicia desenfrenada de la mayor parte de los funcionarios de campaña; disponían de lo ajeno como cosa propia. Raro era el Juez o Comandante Militar que dejara de ordenar arreos de los establecimientos de los liberales, ya para venderlos en los mercados de abasto de la provincia, ya para negociarlos en el extranjero o Entre Ríos.

La vida de los ciudadanos, especialmente los de pueblos, oscilaba entre la persecución, la tropa de línea y la muerte. Degüellos y muertes a lanza hubo muchos en Bella Vista, Esquina y Curuzu Cuatiá. Todo aquél que no llevaba al cuello un pedazo de trapo punzó, debía emigrar o guarecerse en los montes, de otro modo, moría o era destinado al “Rey”, Comandancia General de la primera línea de frontera sobre Santa Fe, verdadero presidio para los correntinos.

Las autoridades subalternas tenían facultades amplias para hacer estas condenaciones, sin forma alguna de juicio. La abolición de la tortura y de las penas infamantes, consagrada en la Constitución Nacional y leyes expresas del Congreso, era cumplida aplicándose como castigo los azotes, el estaqueo y el bárbaro cepo colombiano. El derecho de reunión pacífica dependía de asentimiento policial. No existían ni podían existir centros políticos.

Cuando sospechaba la Policía de que, en alguna parte, celebraban reunión los liberales, al punto era asaltada la casa y prendidos los encontrados en ella. Más, ¿a qué cansar, tal vez, siguiendo la enumeración? Cuánto digamos será todavía pálido reflejo de aquella atroz realidad. ¡Si hasta el casamiento se impuso bajo pena de destierro o de servicio militar, en el “Guardia Provincial”!

Conservamos como una curiosidad el original de la Orden dada en el Departamento de Lomas, distante dos leguas de la capital, por Teodoro Maciel, en cuya persona estaba reunida la suma del poder público de dicha localidad; dice así:

De Orden superior, todo vecino del Departamento que viva amancebado, está obligado a casarse en el plazo de quince días y, el que no cumpla, será desterrado o destinado al piquete”.

Se casaron algunos, pero a título de amancebados rebeldes, a la expiración del plazo, fueron remitidos a la capital muchos ciudadanos, atados codo con codo y destinados al Guardia Provincial y perseguidos tenazmente otros. El Gobierno, a cuyas barbas se consumaba la iniquidad, no tuvo una palabra de reproche para el nuevo obispo.

Cambios en la Administración de Justicia. Expulsión de la Legislatura de dos diputados liberales

Una Administración que desconocía y nulificaba los derechos más preciosos del ciudadano, en la forma que hemos narrado con escrupulosa verdad, tenía que implantar el abuso y la corrupción en todos los ramos del poder, para uniformar la acción.

Fue provisto el Juzgado de primera instancia de Paso de los Libres contra la letra de la Constitución, siendo aquélla Circunscripción Judicial la más importante de la provincia y la más distante del asiento del Superior Tribunal de Justicia, que debía fiscalizar su conducta; el doctor Tomás J. Luque, Fiscal de los Tribunales, fue destituido, por haberse negado a servir de instrumento, ocupando su puesto un individuo a quien hubo de fusilar el general Paunero, por traidor a la patria; el doctor Antonio Lódola, Juez de primera instancia en Goya, fue separado de su puesto inamovible, sin forma de juicio, para reemplazarlo con un importado, cordobés, de los del "Chacho", cuando Pío Achával era gobernador de la montonera; los diputados liberales, Gregorio Pampín y David A. Mantilla, fueron expulsados de la Legislatura, sin causa alguna y sin ningún derecho, porque ni la Constitución ni el Reglamento interno del Cuerpo consagran tal facultad.

¡Todo era gala de abusos! Estaba decidido el Gobierno a no dejar piedra alguna del régimen constitucional.

Las dos fracciones liberales hicieron fuego al poder, sin que las iniquidades contuvieran el vigor y la valentía de su actitud; su teatro era la prensa, acosada por multas y prisiones, pero no suprimida totalmente. Los comicios estaban cerrados; la Legislatura era ocupada por situacionistas, que impedían la oposición parlamentaria, llenando todas las bancas por la razón de las bayonetas oficiales.

La oposición liberal reducida a la prensa. Temores del Gobierno

Lo único que aún ofrecía un refugio al Derecho desconocido y a la Justicia ultrajada, era la prensa. El Gobierno no dio importancia, al principio, a la condenación diaria de su marcha despótica e inmoral, estando seguro de que esa prédica no asumiría el carácter de una resistencia en los comicios y en la Legislatura, cerrados para el pueblo por sus bayonetas.

Desconocía, así, el poder inmenso de ese cuarto poder de la democracia, como ha sido clasificada la prensa, pero no tardó en alarmarse, al ver la demolición que, de su obra, hacían las nítidas hojas de papel ennegrecidas con caracteres tipográficos.

Tras de "El Argos" y "La Campaña" estaba ese gran pueblo de Corrientes, que sabe morir pero no doblegarse, sosteniendo con su aliento y estimulando con su aplauso a los que, frente a frente del Gobierno, defendían con la pluma la Constitución y la libertad, afrontando el peligro de sus vidas y sufriendo con energía las multas y las prisiones.

A la repulsión legítima que inspiraba la situación, a los ayes de las víctimas sacrificadas, al malestar profundo de la sociedad, hechos superiores a los abusos que los engendraban, se unía la labor del periodismo, que popularizaba la doctrina constitucional del Gobierno libre, exhibiendo en su repugnante fealdad aquel estado de cosas, para destruir con las simples armas de la razón la obra de la fuerza.

La autocracia gubernativa, lejos de nulificar la acción de la propaganda, la vio crecer día a día y hacerse carne en las masas. La supresión del voto y la violación de casi todos los derechos políticos y civiles, aseguraban el exclusivismo oficial pero, el continuo batallar de la oposición en la prensa conmovía la opinión pública, conjurando contra la opresión reinante los elementos de todas las clases sociales.

De un día a otro perdía terreno el Gobierno, a pesar de su poder arbitrario. Hacer callar totalmente la voz de la prensa llegó a ser una de las necesidades de su política, un medio preciso para su tranquilidad; y lo adoptó.

Invasión de López Jordán a Entre Ríos. Corrientes es declarada en estado de sitio

López Jordán había invadido, por entonces, la provincia de Entre Ríos, con un grupo de emigrados. Era la tercera vez que el caudillo famoso de los últimos tiempos pretendía hacer triunfar su causa. Contaba engrosar pronto sus filas con sus viejos y numerosos amigos de Entre Ríos y esperaba la decidida cooperación de sus correligionarios de Corrientes, dueños de la situación de dicha provincia.

El estado político de Entre Ríos era tirantísimo; todo el derecho con que la autoridad nacional intervino en él, durante las dos rebeliones anteriores de López Jordán, y todo el prestigio que pudo darle su victoria, habíanse convertido en despotismo irritante, que incitaba a la revuelta. López Jordán quiso aprovecharse de ello y desplegó su bandera. Si tenía el Gobierno en contra, confió tener de su lado al pueblo.

En Corrientes era igual la situación, pero en orden inverso; los correligionarios del invasor componían el Gobierno y eran tenientes suyos los principales jefes que mandaban fuerzas. No podía dudar de unos ni de otros. Levantar a Entre Ríos con la base de Corrientes, fue su plan.

El presidente de la República ocurrió inmediatamente a Entre Ríos con la intervención, declarando, al mismo tiempo, esta provincia y la de Corrientes en estado de sitio. No era la invasión de López Jordán la verdadera causa del estado de sitio en Corrientes: eran los liberales, despotizados pero no rendidos, cuya oposición se quiso matar.

Si el temor a López Jordán hubiera sido el motivo real, habrían removido de sus puestos a todos los empleados civiles y militares, gobernador abajo, pues eran los únicos que estaban comprometidos, por sus antecedentes y por palabra empeñada, a secundar el movimiento de su antiguo jefe; Cáceres y Aguirre, Comandantes de Frontera y señores omnipotentes, eran de los vencidos en Siete Arboles y Ñaembé.

Declarar la provincia en estado de sitio porque la amenazaba López Jordán y dejar a los jordanistas al mando de las fuerzas, era un contrasentido torpísimo que patentizaba el objeto verdadero del acto: concluir con la oposición.

Los periódicos “El Argos” y “La Campaña” son suprimidos por el Gobierno. Ventaja aparente de los Gobiernos de fuerza

El coronel Manuel Obligado, enemigo encarnizado de los liberales, fue nombrado Comandante en Jefe de las milicias movilizadas pero, como todo era farsa, no llegó a tener Ejército, ni el Gobierno puso en pie de guerra la provincia. El estado de sitio sirvió, únicamente, para cerrar las imprentas de la oposición y para encarcelar y perseguir.

Los periódicos “El Argos” y “La Campaña” fueron los jordanes a quienes Madariaga hizo sentir el peso del estado de sitio. “El Argos”, acusado, primero, por haber anunciado que la provincia estaba en manos de hombres peligrosos, adictos al caudillo entrerriano, fue condenado a silencio, como publicación anarquista, por el Jefe de Policía, que ordenó la clausura de la imprenta. El carácter anárquico de sus escritos consistía en pedir al Gobierno que pusiera la provincia en condiciones de defensa y no ocupara a los jordanistas

“La Campaña” siguió la misma suerte, por razón más pueril: publicó un excelente escrito, del doctor Torrent, sobre los títulos incuestionables de Corrientes al Territorio de Misiones, refutando las ideas de los partidarios de la nacionalización de aquél y atacando las pretensiones del Gobierno Nacional en igual sentido.

Aquéllo nada tenía de política, expresamente evitada para sostener la publicación; pero el Gobierno conceptuó también anárquico el escrito y “La Campaña” quedó suprimida. De este modo, lo que el valor cívico había conservado en bien de la libertad, fue destruido con el estado de sitio. La oposición quedó ahogada.

Importancia política y poder del pueblo. Ineficacia de la opresión

Completa y definitiva parecía la victoria reaccionaria con el golpe final del Gobierno y como tal fue conceptuada por su genio inspirador. El doctor Derqui cantó victoria. Del punto de vista de su juicio tenía, en efecto, razón para ello.

¿Cómo temer, cuando el poder legal y material dependían de él, y la oposición estaba muda, sin acción, bajo el estado de sitio? La fuerza y el escándalo habían creado aquella situación, y también debían sostenerla. El resultado inmediato y palpable proclamaba el triunfo.

Pero, eso no era, ni es, sin embargo, una base inconmovible. No es la opresión ni la fuerza la garantía de ningún Gobierno; es el pueblo, precisamente, lo que tenía en contra Madariaga. Prescindían de él, menospreciaban su poder, daban por rotos sus músculos de acero, con sólo haberle arrebatado su libertad y puéstole mordaza.

¿Qué eran, no obstante, Derqui, Madariaga y los suyos, ante el coloso, cuya majestad e irresistible fuerza hizo exclamar al déspota Napoleón III: “La última victoria la gana la opinión pública”? ¡Apenas una hoja seca disputando el paso al huracán!

El pueblo no se llama Poder Ejecutivo, Legislativo, ni militar, pero hace presidentes, gobernadores, legisladores y soldados; no tiene armas, pero sabe adquirirlas y forjarlas; no reside en lugares determinados, porque está en todas partes; sabe destruir y sabe edificar; tiene temple para sufrir, pero también tiene aliento de gigante para rugir; carece de soldados veteranos, pero improvisa héroes y mártires; hunde y levanta imperios, azotando, como las embravecidas olas del mar y brillando en su victoria como el sol

¡Y el doctor Derqui soñó imponerse al de Corrientes! ¡Loco desvarío de una ambición innoble, alimentada por un hombre sin principios sanos!

La oposición pasó las angustias de la opresión en el seno del pueblo y en él buscó sus armas y sus legiones para el día del combate. Siendo ella todo el Derecho, la Justicia, la opinión, aparecía transitoriamente impotente. Condenada por el abuso a morir, no podía perecer, dados sus elementos.

Cuando el pueblo quiere, es invencible; su impulso tiene resultados precisos, ora rápido, ora lento, según el carácter de los sucesos y de las épocas, pero siempre seguro. En balde, los malvados de todas partes han pretendido siempre oponerle la fuerza veterana, el estado de sitio, la ley marcial, manifestaciones de la tiranía, cuando no es la salvación pública la que las reclama como necesidad fatal.

La barrera levantada así, en épocas normales, para matar la libertad del pueblo, es efímera. El Ejército es vencido o fraterniza con el pueblo, cuyas ideas abraza; el estado de sitio, la ley marcial, colman venganzas, apartan momentáneamente los obstáculos puestos por el Derecho, tranquilizan pasajeramente a los déspotas, pero dejan deudas de sangre, vejámenes inolvidables, miseria desesperada, proscripción, luto, es decir, fomentan y precipitan las explosiones populares.

Los Gobiernos fuertes, ya que así son llamados en nuestro país a los despóticos, encarcelan y fusilan, roban los caudales públicos y consienten el saqueo de la propiedad privada, pero no ganan corazones, no detienen las corrientes de la opinión que, cuál gases comprimidos que rompen con su presión el vaso que los contiene, encuentran, al fin, escape y curso, a pesar de las cárceles y de la muerte.

La opresión no impide la excitación de las pasiones, ni quebranta la indignación contra al arbitrario; al contrario, las enardece, las ensancha y precipita, haciendo brotar su extirpación del mismo exceso del abuso. En ninguna época y en ningún pueblo se observa un fenómeno distinto.

Las variadas manifestaciones de la fuerza nada han fundado duradero y estable, cuando han sido empleadas como correctivo a la acción popular legítima, puesta en juego ya en defensa de un derecho, ya en busca de un ideal. Las grandes conquistas de la libertad moderna han sido llevadas al terreno de los hechos por el valor y el sacrificio de los pueblos levantados contra sus opresores, por iniciativa propia, o dominados por ideas redentoras de hombres de genio.

Nada hay capaz de someter a un pueblo cuando levanta su formidable brazo vengador; la opresión tiene por límite de duración, el plazo que su paciencia y resignación consienten. Bien puede combinar la maldad las más ingeniosas redes de esclavitud; inútil es prodigar la mortificación y el tormento, para dominar por el terror; el pueblo rompe aquélla y afronta éste, pulverizando, bajo su planta, cuánto labrara su desgracia.

Eso que los opresores acostumbran tomar por signo de su dominación sin contrapeso el silencio enrededor, la unanimidad aparente, es el augurio más seguro de su garantida destrucción. Destruir la libertad de un pueblo y llenarlo de cadenas, es obligarlo a producir una convulsión.

Situación desfavorable de los liberales, a causa de su división. Conveniencia de la unión de ellos

Lo que el doctor Derqui creía, pues, una victoria definitiva, fundándose en los resultados inmediatos de la fuerza, era en realidad su derrota segura, por cuanto la oposición liberal era el eco del pueblo.

En aquellos momentos, sin embargo, un defecto o vicio orgánico del partido liberal favorecía su predominio: la oposición no era compacta, sólida, unida, con un solo pensamiento y una sola dirección, que permitieran utilizar en el ataque, una vez iniciado decisivamente, todo el vigor popular.

El partido estaba dividido en dos grupos que, si bien de acuerdo en sus miras generales contra los reaccionarios, estaban alejados por los sucesos locales de 1872 y por la lucha presidencial de 1874 y sus consecuencias. Esta separación constituía debilidad, un verdadero mal para la causa común.

La unión hace la fuerza, el progreso, la respetabilidad de las naciones como de los partidos, subdivisiones de un pueblo. Cuanto más fraccionada está una sociedad, tanto más raquítica es su vida, como lo sería el físico de un individuo, si cada uno de sus miembros obrasen en sentido contrario unos de otros.

La uniformidad, la disciplina, la acción conjunta subordinada a un solo plan, a un solo centro, duplica el poder, aumenta el valor, realiza el prodigio de un puñado de veteranos batiendo a un enemigo indisciplinado cinco o diez veces mayor. Los liberales eran los más y los mejores, pero estaban desunidos, y era relativamente débil cada fracción para luchar contra el poder.

Por consiguiente, la cuestión de la recíproca inteligencia presentábaseles como de patriotismo y de interés común. La unión franca y leal corregiría los errores del pasado y daría el poder invencible con que siempre se había triunfado de la mala causa.

No existía motivo que pudiera seguir justificando la división. Si para ella hubo razón, y mejor si no existió una fundamental, el adversario común y sus actos eran más que causas de unión: La imponían, so pena de merecer el desprecio y la deshonra. Los tradicionales adversarios estaban de pie, desplegando en el poder sus odios, con todo el refinamiento de su rudeza.

Antecedentes históricos que la imponían. Causas que han influido para el fraccionamiento del partido liberal, tanto en Corrientes como en la República

El Gobierno de Evaristo López, derrocado por los liberales unidos, no fue peor que el de Madariaga; malo, arbitrario, dominado por un gaucho cruel, no llegó a la ostentación cínica que el de Madariaga, ni puso, como éste, a los pies de ambiciosos extraños, la autonomía de la provincia.

El producto aquél del error de muchos, era preciso borrarlo con la experiencia del dolor de todos. ¿Cuál no habría sido la prosperidad y grandeza de Corrientes, si el partido vencedor en 1862 y 1868 hubiese conservado sus filas compactas, gobernando sucesivamente sus hombres? Nadie hubiera osado tocar un palmo de tierra correntina; no hubieran salido a la escena pública esos desgraciados, que han envilecido el Gobierno local, destruido la riqueza, asesinado y proscripto a sus mejores hijos y negociado el fraccionamiento del territorio de Corrientes.

Los actos privados y las personalidades de ciertos políticos cuestan caro a los pueblos; se los ve nacer, pero se ignora lo que engendrarán. Los que después del movimiento de 1868 fueron causantes de la división del partido liberal, no sospecharon, sin duda, el encumbramiento reaccionario por efecto del fraccionamiento pues, de proveerlo, se hubiesen detenido, por espíritu de propia conservación.

La ofuscación había sido tanta, que sólo el poder de una situación despótica hizo en todos el convencimiento de la necesidad de la unión, sancionada brillantemente, sin embargo, por los triunfos del pasado. ¡Tardío, aunque feliz reconocimiento de fatales errores!

Y decimos tardío, porque, si bien en 1876 una de las fracciones lanzó el pensamiento de la unión, la otra reservó pronunciarse sobre ella. Los liberales sufrían, porque olvidaron su propia historia. En aquella época fatal de la Confederación, durante la cual atravesó la República una época de calamidades parecida a la de los tiempos de Rosas, el partido liberal de Corrientes no dejó un día de combatir virilmente contra los malos Gobiernos; le alentaba el Derecho, le sostenía la fe en lo porvenir y no le intimidaban los mandatarios arbitrarios.

Fue noble su misión, abnegada su constancia y esforzada su entereza. ¡Por todas partes veía enemigos, tiranías, oscuridad, silencio impuesto por la fuerza! Sólo Buenos Aires vivía libre y feliz, bajo un Gobierno de su elección, pero tan lejos de Corrientes e interpuestos Santa Fe y Entre Ríos, que no le alcanzaba su protección.

¡Con qué prudente energía manejaba la prensa; con qué valor estoico se concurría al comicio (no suprimido) para, de él, ir a las cárceles! Fue esa una lucha brillante, iniciada, sostenida y victoriosa, al fin, por el patriotismo y la sensatez que mantuvo la unión del partido liberal.

El Gobierno del clérigo Rolón cayó al empuje de esa fuerza, subiendo la oposición al poder. Pero, la división de los vencedores en dos bandos, por torpes ideas de antagonismo local y de predominio personal, esterilizó la victoria. Un partido dividido no solamente pierde su importancia, sino que también refleja su debilidad en el Gobierno que funda y sostiene.

Los liberales mantuvieron el poder hasta 1866. Consumidos por la lucha intestina, que día a día los desangraba, fueron dejando campo ancho a los federales, hasta que un caudillo inculto y bárbaro, prevalido de su posición militar y de la postración causada por la desunión, impuso, nuevamente, a Corrientes, la dominación reaccionaria.

Evaristo López y su época fueron la consecuencia lógica de la anarquía liberal; el producto genuino de los errores cometidos; el castigo merecido y necesario para volver en sí a los ofuscados; la más dura enseñanza que podían cosechar. Nuevas desdichas y nuevos padecimientos provocaron, otra vez, un sacrificio armado, fortaleciéndose el partido oprimido con la reunión de sus dos fracciones; y López cayó.

Disipado el peligro, al siguiente día de la victoria, renacieron, por segunda vez, las animosidades y rivalidades pequeñas; no hubo sensatez para ahogarlas; crecieron fomentadas por hechos nuevos y dieron, en definitivo resultado, nuevos verdugos.

Los mismos liberales habían sido el cuchillo de su partido. ¿Podían todavía dudar, bajo Madariaga, si convenía o no la unión? Prescindiendo del criterio político más vulgar, la necesidad de la unión era de hacerse carne en todos, en virtud de la misma historia.

Organización que debe tener para su estabilidad y el triunfo de sus principios

Las frecuentes divisiones en el partido liberal, verdadera anormalidad, tienen su explicacion natural, que debemos dar, tal como la comprendemos, no solamente para tener ocasión de indicar cuáles son los medios de evitarlas, sino también para establecer que ella no proviene de corrupción o falta de principios en la más numerosa agrupación política que puede y debe regir los destinos de Corrientes.

La división ha nacido siempre por causas de circunstancias, independientes de los principios que constituyen el credo del partido; causas, aparentemente fútiles y, en tal concepto, desatendidas.

El partido liberal de la provincia carece de la organización conveniente y regular indispensable a toda asociación humana, tanto para la acción como para la defensa; tiene principios inalterables, tradición histórica, elementos de distintas clases y popularidad, pero no tiene constitución, gobierno ordenado, espíritu de cuerpo disciplinado en su régimen interno.

Cuando está con el enemigo al frente, se presenta como un organismo sujeto a un orden fijo; cuando no tiene a quién combatir, desaparece su cohesión y vive como disperso. El triunfo no modifica sus aspiraciones, ni hace degenerar sus principios; más, como le falta verdadero gobierno, y su adversario no le disputa el terreno estando abajo, la victoria le perjudica, aflojando los vínculos y suscitando contrariedades internas.

Un partido debe actuar con su código, su instrucción, su táctica, sus jefes subalternos, su dirección única; todo dado por él mismo, con entera libertad y conciencia de sus ventajas. Así son los partidos ingleses y norteamericanos, organismos sujetos a reglas inquebrantables; por eso luchan con éxito, aunque sean pequeños; viven sin anarquía que los devore, vencen y no se deshacen.

El partido liberal de Corrientes ha descuidado siempre su organización constitucional, pagando así un tributo a la vida política del país entero que, por mil causas, está distante aún del período normal. Ha seguido en la corriente general.

Después de tanto batallar por la verdad republicana, permanecen todavía en la infancia las prácticas democráticas de los partidos argentinos, unos más atrasados que otros, pero todos niños, rigurosamente hablando. Ninguno de los partidos que se titulan nacionales, con excepción del nacionalista -después del movimiento de 1874- y por los cuatro primeros años, ni los locales, tienen un régimen de gobierno interno que determine sus movimientos como la acción de un solo hombre siendo, a la vez, la de todos, tanto en el mando como en la obediencia.

Se diferencian en sus principios, medios, tendencias e historia; se combaten como cuerpos hechos, como ejércitos ordenados pero, juzgados en sus organismos íntimos, se les sorprende esclavizados por un dictador absoluto o, en distintos grupos, unidos por el avenimiento de sus jefes, o en formación rudimentaria, sin hábitos democráticos de cuerpos políticos.

La mayor parte de los males que han pesado sobre el país reconocen por causa el personalismo político debido a la trabajosa elaboración de la vida pública argentina, desde la independencia o, lo que es lo mismo, a la falta de gobierno por la opinión, mediante partidos que, encarnándola en sus legítimas aspiraciones, observan en todo los principios republicanos.

Las instituciones políticas, sin ser la perfección ideada por los publicistas, son adelantadas y suficientes para fundar la libertad constitucional; sin embargo, no la ha conocido el país, sino por incidencia, porque la savia y el sustentáculo de las instituciones libres han faltado siempre, no habiendo partidos de organización impersonal, como esos núcleos poderosos que, en los Estados Unidos de Norteamérica e Inglaterra, constituyen el poder de la opinión.

En el orden nacional, las grandes cuestiones electorales han sido resueltas, constantemente, bajo la influencia y según los intereses y las combinaciones que han predominado en la capital de la República, sin pedir el acuerdo de las provincias, sin consultar sus necesidades y, muchas veces, contrariándolas.

Jamás ha existido un centro que, por delegación expresa y por nombramientos libres, pudiera decirse representante de la opinión nacional de un partido nacional. El papel real de la opinión ha sido secundario; es decir: los movimientos políticos se han producido siguiéndolo ya resuelto en el gran cerebro de la capital.

Por eso, es más una fórmula consagrada por el uso, que una verdad, decir que hay partidos nacionales. El mismo objetivo y las mismas necesidades no bastan para constituir un partido político, si el conjunto no está sometido a un gobierno. El gobierno de los partidos ha sido suplantado por el predominio de las personalidades, al extremo de reducir la vida política activa a la opinión de un hombre o a la de un círculo de amigos.

Sin embargo, la falta de organización constitucional no ha producido en todos los mismos efectos; y éstos, además de los principios, son los que marcan las diferencias entre los partidos argentinos.

Así, los "reaccionarios" federales, con su tradición de sangre y sus hombres desprestigiados, producto del caudillaje y de la tiranía, acostumbrados a la sumisión, hacen del régimen personal la condición precisa a su unidad; han pasado y siguen viviendo como tropa de línea, ciegos, mudos, autómatas a la voz de su jefe, haya sido Rosas, Urquiza o Roca.

Por el contrario, el partido liberal, atleta incansable de la civilización argentina; que luchó contra los caudillos de la guerra social y contra la dictadura de Rosas; que sostuvo la resistencia inmortal de Montevideo y produjo Caseros; que salvó la causa de la libertad el 11 de Septiembre de 1852; que realizó la unidad nacional, bajo el imperio del Derecho; partido rico en hombres de patriotismo y saber, rebelde a la obediencia ciega, ha encontrado en el personalismo sus divisiones y subdivisiones, por la calidad e independencia de sus elementos. Bien se dio cuenta, el general Mitre, de la fuerza de los partidos que se gobiernan constitucionalmente, cuando, para contrarrestar el desastre de 1874, dio al suyo la organización que lo sostuvo a pesar de la derrota, poderoso y temido.

No es, pues, una peculiaridad del partido liberal de Corrientes la falta de un gobierno que lo preserve de las divisiones o, por lo menos, que las haga menos fáciles. Su error ha consistido en no haberse apartado de la corriente general; y debe ser su aspiración sustraerse de ella. Sus filas no han podido conservarse, por mucho tiempo, compactas en la prosperidad, por su régimen defectuoso.

En el campo de la labor común; en la preferencia de los hombres para los destinos conquistados; en las ambiciones personales; en las evoluciones del partido; en la manera de descubrir y servir mejor la voluntad popular; en todo lo que afecta los intereses públicos, ha existido anarquía, tendencias encontradas, enemistades individuales; porque de antemano no estaba fijado un orden disciplinario que enfrenase todo, haciendo respetar las decisiones del mayor número, expresadas con verdad e inspiradas en las necesidades públicas.

La union se ha mantenido en su seno cuando el malestar o el peligro afectaba a todos; lo que debía ser el resultado de su organización, ha sido impuesto por sucesos transitorios. Sin una dirección acatada uniformemente, todos se han creído con derecho a mandar como cabeza, y han formado fraccioncitas que, por la supremacía, se han hecho guerra, concluyendo por perderse y derribar al partido.

La organización constitucional del partido liberal es la garantía de su unión estable, el secreto de su poder, la condición indispensable a su triunfo. En un partido ordenado y gobernado por sí mismo, no tienen eco las fracciones (hasta donde es posible evitarlas humanamente), ni se suscitan disputas de mando, porque las deliberaciones decisorias y los centros ejecutivos, reúnen la voluntad del conjunto, y se imponen; no hay desacuerdos en los medios de acción, ni intereses opuestos que comprometen, ni rivalidades temibles, porque un solo pensamiento preside todo, teniendo por norma las conveniencias del cuerpo, y hay una mayor suma de voluntades que lo cumplen; mandan todos y obedecen todos, delegando sus poderes en la forma y por el término que desean; no se levantan directores necesarios, que por sí y ante sí negocian los derechos políticos de aquéllos cuya dirección han usurpado por esfuerzos de camarillas oligárquicas, o por artificios de mentida popularidad, porque una masa de opinión libre los ahoga; hay completa igualdad de derechos, vasto campo para las aspiraciones honestas, sin que la astucia, la intriga y el fraude hagan surgir entidades de barro, deteniendo el vuelo del talento y del patriotismo; se fomenta el noble estímulo del adelanto y de los buenos servicios públicos, premiando el mérito; en una palabra: como necesario es en el Gobierno político del pueblo, en las democracias, que todo acto sea el resultado de la mayor suma de opinión consciente, manifestada espontánea y libremente, también lo es en los partidos que sus elementos sean activos en la deliberación y en la ejecución, para todo aquéllo que, directa o indirectamente, afecta los intereses generales del conjunto.

Aparte de las razones generales, en Corrientes hay algunas especiales, que imponen la organización del partido liberal como garantía de su unión. La provincia está dividida por la naturaleza en cuatro grandes zonas, cuyos elementos de sociabilidad y de gobierno son diferentes, como distintas también son las necesidades y las condiciones de vida en cada una de ellas.

De ahí proviene cierta especie de antagonismo que, más de una vez, ha producido trastornos en el partido. Hay, igualmente, rivalidades de localidad entre los pueblos y ciudades más adelantados, por ese sentimiento de independencia y orgullo, que no falta ni en las aldeas. El territorio es extenso, la población está muy diseminada, los Departamentos son numerosos, la comunicación y el contacto son relativamente insignificantes, todo lo cual descentraliza la vida política.

El partido que actúa en esa escena necesita, pues, aproximar y vincular los elementos esparcidos en ella por una fuerza más poderosa que la simple simpatía, armonizando, en cuánto sea posible, las conveniencias e interesando, igualmente, a todos por medio de una combinación prudente.

Comités electorales de ocasión, influencias personales de importancia, transacciones pasajeras o permanentes, no sujetarán, como no han sujetado, la división del partido, mientras haya razón para decir, explotando la carencia de un gobierno: hay dominadores sin derecho, que mandan sin consultar y, dominados que ya no se prestan a obedecer.

El partido liberal de Corrientes destruirá la causa de sus males el día que se dé un gobierno permanente, cuyo carácter impersonal y cuya organización sean la traducción genuina de la verdad republicana.

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