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Despiadada lucha electoral por el poder en 1877

Mientras la situación de la provincia no presentó seguridad completa, porque la oposición tenía voz en la prensa y con ella agitaba la opinión, el doctor Manuel Derqui mantuvo distancia prudente entre él y sus adversarios, cargando la responsabilidad inmediata de sus inspiraciones y trabajos sobre los instrumentos que manejaba, encastillado en la legación argentina en el Paraguay(1).

(1) El doctor Derqui fue nombrado Encargado de Negocios de la República en la del Paraguay, en 1875. // Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Resistencia Popular de Corrientes. 1878” (1891). San Martín, Escuela de Artes y Oficios de la provincia de Buenos Aires. Editor.

Siempre ha sido discreto en no exponerse a lo mas mínimo. Más, cuando creyó allanado el camino, bastante fuerte el Gobierno, la oposición anonadada, firme el terreno en que debía pisar, hizo dimisión de su cargo diplomático y volvió a residir en Corrientes para actuar, sin recelo, en la política local, dirigiendo de cerca al Gobierno.

¡Llevaba un mundo de ilusiones en la cabeza! Ante su febril ambición, se desplegaba un porvenir de honores, en cuyos escalones sentía ya puestos los pies, sin haber tenido que hacer un sacrificio en servicio de la patria y a cuya cúspide creía llegar fácilmente, impulsando, con mano vigorosa, la nave de su fortuna, sin mirar lo que destruyese.

De la escuela del sensualismo político, por principio la fuerza, por ley el apetito, cuánto tenía en manos debía al abuso: ¿Por qué no marcharía adelante en busca de lo que habían obtenido ya otros, menos que él, a su juicio, pero que lo deslumbraban con su brillo?

Por su camino había llegado Iriondo, por ejemplo, a posiciones eminentes, dueño, siempre, como señor feudal, de la desgraciada provincia de Santa Fe. Consideró tan afianzado el imperio del arbitrario que, para logro de sus sueños, asumió el mando en jefe de los situacionistas, sin las reservas tenidas hasta entonces, mostrándose a la cabeza de ellos, como su caudillo de pensamiento y de acción.

El doctor Manuel Derqui entra a formar parte del Gobierno. Motivo y fines de su resolución. Plan que desarrolló

Llegado a Corrientes, hízose nombrar ministro de Hacienda, en reemplazo de Sebastián Alegre, obligado a renunciar(2).

(2) Alegre recibió orden de Derqui para renunciar y, para más, obligarlo; un amigo de causa, Francisco Araujo, le hizo cargos en el seno de la Legislatura. // Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Resistencia Popular de Corrientes. 1878” (1891). San Martín, Escuela de Artes y Oficios de la provincia de Buenos Aires. Editor.

Hubiera sido más franco destituir a Madariaga, para ser él gobernador provisorio, pues absorbía al colega y al gobernador, concentrando, de hecho, la suma de la autoridad y poder del Ejecutivo.

La "abnegación" del doctor Derqui -como decían los suyos- de encargarse de un puesto inferior a sus merecimientos, respondía a necesidades de su ambición. Le molestaba la influencia de Gelabert, porque también alimentaba éste pretensiones que se tocaban con algunas de las suyas, y no era hombre capaz de abandonarlas generosamente; desconfiaba de la consecuencia de Madariaga y, con razón, pues, quien traiciona a los suyos puede igualmente ser desleal con los amigos nuevos.

Hecho ministro, vigilaría de cerca al gobernante y a Gelabert, desviaría con discreción la acción de éste y, con poco trabajo, dominaría a los dos. Si bien Madariaga habíale servido con sumisión, mayor garantía era él mismo, su vista y su mano en todas partes, en lo grande como en lo pequeño, su nombre resonando en la provincia y su fama esparcida en la República.

Así, acentuaba su importancia ante el presidente y el ministro de Guerra, cuyos compromisos con él alentaban sus proyectos, y se ponía en condiciones de negociar los votos de Corrientes, y su suerte, con los candidatos que surgieran para la presidencia de la República

El Ministerio era para el doctor Derqui una máquina de explotación, para hacerse gobernador. “La Provincia”, periódico federal y órgano de los mismos hombres que rodearon a Madariaga, ha dicho lo siguiente, sobre el acto aquél:

El doctor Derqui vino al Ministerio al finalizar el Gobierno del señor Madariaga; la labor de su ministerio fue, pura y exclusivamente electoral; vino predestinado para la Primera Magistratura, no por el voto del pueblo de Corrientes, que sólo lo conocía por referencias, sino por la influencia del doctor Avellaneda y de los prohombres de su Gobierno(3).

(3) “La Provincia”, órgano del partido autonomista, Nro. 40, año 1881, Corrientes. // Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Resistencia Popular de Corrientes. 1878” (1891). San Martín, Escuela de Artes y Oficios de la provincia de Buenos Aires. Editor.

En presencia de una afirmación tan categórica de los que hicieron coro al doctor Derqui en 1877 y 1878, no puede dudarse cuál fue su móvil verdadero y cuál su conducta posterior.

Sus protectores se complacieron con el arraigo de quien creían que les garantía Corrientes, capital respetable y largo tiempo ambicionada; celebraron el tino que les descubriera en él las cualidades de un político práctico, de carácter incontrastable y, juzgando el hecho del punto de vista de los peligros contra la situación nacional de aquellos momentos, verdaderamente graves, y fiados exclusivamente en la fuerza y en la imperiosa unidad representada por Derqui, nada temieron al pueblo, en caso que se inclinase, por desesperación, a la actitud del partido nacionalista, que amenazaba con una insurrección sangrienta.

La pequeñez del doctor Derqui se destacaba ante ellos como la figura de un gigante pero, cuando llegó el día de la prueba, tras una larga preparación, ni el polvo del coloso quedó para memoria.

El doctor Derqui metodizó los medios de su consolidación por la fuerza y la corrupción, imponiendo con inflexibilidad la observancia de sus mandatos. Mientras dirigió la escena de entre bastidores, no dejaron de cumplirse sus instrucciones pero, en tropel, desordenadamente, más para sembrar el espanto en la oposición e imponer silencio al pueblo, que para fundar inmediatamente algo estable.

Esto era efecto de su cálculo, porque se reservaba así el derecho de edificar a su gusto sobre aquellas ruinas y elegir, ordenar, disciplinar y mandar en persona sus tropas.

Madariaga persiguió, suprimió el sufragio popular, cerró imprentas, autorizó el ataque a la vida y a la propiedad, no castigando el crimen; prostituyó el Gobierno...; pero tanto desorden no le había asegurado descanso ni confianza a causa de haber sido especialmente desquiciadora su misión, porque el trabajo que le impusiera Derqui fue de rozar el campo en que él abriría el zurco para la semilla fructífera, sin exponerse a las fatigas de abatir obstáculos.

Cuando entró en acción, sus deseos estaban llenados, y se posesionó del terreno con tal firmeza, que lo explotó hasta sacarle la última gota. Dueño absoluto del poder público, el problema de su engrandecimiento era cuestión simplificada. Para imponerse a la opinión independiente, tenía la fuerza para comprar a los venales, disponía de empleos para contentar a los suyos; estaban abiertas las Arcas Públicas; las propiedades fiscales esperaban dueños y los negocios con el Gobierno ofrecían pingües ganancias; para conservarse en el mando, finalmente, tenía garantidas las espaldas por el presidente y el ministro de Guerra.

De manera que, manejando hábilmente la fuerza y la corrupción, podía construir una máquina a su gusto, que le hiciera adquirir lo que el pueblo le negaba.

Los que se mofan de la opinión y la oprimen, sienten, sin embargo, no tenerla de su parte, pues la propia vanidad se escrupuliza del vacío en que flotan. El doctor Derqui sentía ese vacío. Le constaba que el pueblo le era desafecto y, necesitando mostrar que le amaba, despotizóle con dureza, a fin de arrancarle adhesión a trueque de descanso.

Con la dádiva en una mano y el palo en la otra, lanzóse en busca de opinión, prescribiendo en el Gobierno la persecución sin cuartel como sistema. Fomentó la ambición en los necios; avivó los sentimientos corrompidos de los malvados; despertó la codicia insaciable en los avaros; disculpó y apañó a los ladrones; desacreditó y deprimió la cultura social, levantando sobre ella la hez de las poblaciones; corrompió la justicia; envileció la personalidad del ciudadano, poniéndole precio; degradó los empleos públicos, repartiéndolos como botín; ennobleció el servilismo; enalteció el espionaje, haciendo de él sistema de vigilancia; honró a falsificadores y asesinos, confiándoles destinos importantes(4); en una palabra, el doctor Derqui arrastró por el fango la Constitución y las leyes, siguiendo un plan maduro, de ejecución compleja pero combinada, en el que estaban previstos hasta los detalles, con el cual se proponía llegar a este resultado: absolutismo, por la doble acción del poder y de un círculo encadenado a su fortuna, por los excesos que le inspirase o consintiese.

(4) “En Corrientes, para donde especialmente escribimos, no hay necesidad de nombrar a los aludidos falsificadores y asesinos: los conocen todos”. // Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Resistencia Popular de Corrientes. 1878” (1891). San Martín, Escuela de Artes y Oficios de la provincia de Buenos Aires. Editor.

Efectos de la política de Derqui en el pueblo, según Mantilla. Idea de reconstruir el partido liberal. Dificultades

Mientras Derqui desarrollaba su programa, los elementos populares, que lo destruirían, se preparaban a salvar las instituciones. De extremo a extremo de la provincia, sentíase un movimiento de indignación y desprecio hacia los autores del reinante desorden, tan uniforme, que parecía nacido de un solo corazón.

Era que un mismo sentimiento lo producía -el patriotismo- y una misma desgracia conmovía las masas -la pérdida del bienestar-. Cuando estas dos fuerzas hieren las fibras populares, hay fanatismo, delirio, locura, contra los opresores; valor, constancia, fe, heroísmo, en las víctimas.

En aquella época, el sentimiento general resolvía, ante la razón pública, el problema de la unión de las dos fracciones del partido liberal, porque allí estaba el nervio de la defensa y, sólo unidas, podían todos correr al combate, fuertes, invencibles, como en los días épicos del pasado.

Empero, la realización del hecho no siguió inmediatamente a la exigencia pública. Su forma externa, la deposición pública de los errores y miserias de círculo, vino despacio, después de disipadas las sombras de honrillas fútiles. La idea de la unión flotaba en todas las cabezas pero, también, la etiqueta vanidosa de las dos fracciones no cedía del rasgo de debilidad humana que disfraza los sentimientos más generosos, por disculpar un error, cuando es tan noble y bello confesar francamente la verdad, diciendo, como Lafayette: “Engañado he sido, más no engañador”.

¿Quién iniciaría la obra? ¿Cuáles debían ser las concesiones recíprocas? ¿Qué carácter tendría el hecho? ¿Sería pacto, alianza o unión? Tales eran las dificultades, como si se tratase de elementos antagónicos y no estuvieran ya resueltas en los corazones. Que de ellas se hablase con seriedad cuando por medio habría partidos radicalmente opuestos, se comprende y se explica; más, tratándose, como era, de ramas de uno mismo, sólo movía la pequeñez.

Carácter y condiciones de los partidos políticos. Las fracciones liberales en Corrientes

Los partidos políticos no son el resultado de la casualidad. Causas especiales los forman, elementos y principios radicales los separan, y un propósito fijo los conserva, sea un cambio en la forma del Gobierno, ya una mejora en la marcha de éste, amplitud o restricción mercantil o la satisfacción de una necesidad inmediata de la comunidad.

Las causas que los engendran y los objetos permanentes o transitorios que se proponen, determinan sus ascensiones y descensos en la opinión y en el Gobierno, cuando fuerzas extrañas al curso natural de la vida colectiva no destruyen o modifican el movimiento propio de la sociedad; porque la vitalidad de los partidos está en razón directa de la practicabilidad de sus principios y del mayor o menor bien que pueden reportar a la asociación política.

Los partidos marchan con el progreso del centro en que actúan, sin confundirse unos con otros en sus evoluciones, como rieles paralelos sobre los cuales tiene que rodar el Gobierno; y cuando así no sucede, cuando alguno se atrasa, perece de impotencia.

Esparcen y concentran su acción; cambian y modifican sus elementos; escalan el poder y lo pierden, pero girando siempre sobre la base inconmovible de sus orígenes; no se confunden sus movimientos, no se igualan sus objetivos, porque su oposición es fundamental y sus propósitos excluyentes.

Cada partido tiene su historia, y sus dogmas propios, de los cuales no cede ni puede ceder sin morir; son entre sí, lo que las naciones unas con respecto de otras: Personalidades independientes, que viven sometidas a preceptos y reglas distintas.

Así, por ejemplo, los demócratas y republicanos de los Estados Unidos de Norteamérica se saludaron rivales aún antes de sancionada la Constitución y, a pesar del tiempo, no se han encontrado de acuerdo en el principio de su existencia como partidos, porque el predominio absoluto de la Unión sobre los Estados, y el de éstos sobre aquélla, en ciertos puntos, son ideas inconciliables.

Así, también, cuando en la República Argentina nacieron, por cuestiones de organización política mezcladas con otras, que el atraso y la ignorancia alimentaron, los partidos unitario y federal, trajeron a la escena política ideas y tendencias opuestas, que no se han hermanado en el curso de tantos años.

Sin embargo, los partidos no escapan a la ley de la descomposición, al fracaso y la ruina misma, si transigen con el vicio; sus propios actos dan causa a la opinión pública para provocarles crisis. Tampoco están libres de la anarquía, si el desorden de su vida interna suscita antagonismos personales.

Un partido conmovido por la opinión, resiste difícilmente a su empuje; cambia de fisonomía, modificando sus principios o se extingue completamente. No se actúa en política con el apoyo de la opinión teniendo las ideas de un pasado carcomido, sino con las aspiraciones y las conquistas de la época.

Si la raíz de un sacudimiento de desquicio está en los errores que efectúa el movimiento de un partido, sin la intervención de la opinión general, no es irreparable el mal, tiene cercano el remedio, porque nunca son insalvables las barreras levantadas, ni siguen las claudicaciones al desorden.

Por acentuados que sean los motivos de un fraccionamiento de esta especie, se sustrae al naufragio la dignidad que conserva en cada uno el culto de la tradición y de los principios del cuerpo dislocado, los cuales pueden, más tarde, despertar la atracción recíproca de las fracciones desunidas y confundirlas de nuevo en la entidad primitiva.

El hecho es natural. ¿No se abrazan a los pies de un padre, dos hermanos rivales? ¿No se confunden en el combate, en la muerte, en la gloria, los ciudadanos, sin distinción de clases y de opiniones, cuando el honor nacional los convoca a defender la bandera y la independencia patria?

Sintetizando, pues, lo que es la vida de los partidos políticos, no la de los que así se titulan, sino de los que por su organización, ideas y tendencias merecen este nombre, podemos decir que la fusión de dos o más es incompatible con el respeto a la tradición y a la bandera de cada uno, pero no así la de fracciones indispuestas y separadas que tienen un mismo tronco.

Los liberales de Corrientes no formaban partidos distintos; estaban divididos en dos grupos por cuestiones domésticas, representando, el conjunto, al partido liberal. Ambas fracciones reconocían la misma solidaridad histórica y se honraban de las mismas glorias; las dos habían combatido al caudillaje y los Gobiernos personales, fundando el Gobierno regular; ambas propendían a que la Constitución fuese una garantía y el sufragio popular una verdad; juntas, crearon el imperio del orden social en la provincia, la honradez administrativa y el régimen institucional. ¿Cómo no reconocerse hermanos sus hombres?

Estaban en condiciones facilísimas para volver al compañerismo, y era de sorprenderse que pretextos o desacuerdos de forma mantuviese aún distancia entre ellas. Las causas de la desunión merecían el olvido, no la vergüenza del recuerdo en la continuación de sus efectos.

Fundación de “La Libertad” para sostener el pensamiento de reconstruir el partido liberal. Exito de su propaganda

Fue necesario que la prensa llenase el vacío que mantenía la etiqueta. El doctor M. F. Mantilla fundó un periódico -“La Libertad”- con el exclusivo propósito de abogar por la reconstrucción del partido liberal, como única salvación de la provincia y como exigencia del sentimiento público y consejo de la sensatez política.

No demandaba la empresa esfuerzos de raciocinio ni de dialéctica; para llevarla a buen éxito, bastaban intención pura y franqueza; el pensamiento de la reconstrucción era superior a los obstáculos y combinaciones efímeras y estaba golpeando las puertas de las fracciones, traído por su movimiento propio.

No es posible -decía el nuevo periódico- que Corrientes, rica en tradiciones gloriosas, permanezca reducida a su desamparo, sin principios, sin ley, sin orden político, presa de la anarquía y del despotismo, al parecer incapaz de levantarse, como en otros tiempos, desde el fondo de su cárcel, a ser libre, a conquistar sus derechos, a fortificar su conciencia en la eterna luz de la justicia y abrir nuevos espacios a su progreso, hoy estacionario.
¡No! Pero, ¿cómo? ¿Dónde está su salvacion? ¿En quiénes se encarnan sus esperanzas? La acción eficaz del patriotismo mancomunado es la fuerza regeneradora de los pueblos, y ella constituye, en la actualidad, la esperanza de Corrientes. ¿Cómo parar los desmanes del poder, enfrenar la ambición, extirpar el vicio, si por enemistades transitorias, que no han obedecido a ideas opuestas, o errores, o personalidades, los elementos de resistencia se encuentran desunidos, operando aisladamente, sin cohesión, y el enemigo de todos y conculcador de la ley, dueño del poder, en perfectas condiciones de batir a todos en detalle? La unión hace la fuerza; pero la fuerza de cohesión, en política, es obra del patriotismo, y tiempo es ya de que los miembros del partido liberal reconozcan los males que han originado a la Patria sus desavenencias, y una vez para siempre vuelvan sobre sus errores.
Dividido el partido, ninguna de las fracciones puede resolver sola las cuestiones que afectan permanentemente los intereses de la provincia y, pues, comunes son los sacrificios y las aspiraciones; debe presentarse ahora unido, tomando como lección las diferencias del pasado. Con esta evolución lógica y necesaria, el patriotismo mancomunado tendría la misión de redimir a la sociedad del escándalo y al pueblo del despotismo, y la realizaría con brillo, porque la reconstrucción del partido agrupará a todos los que han recibido, en su corazón y en su inteligencia, el espíritu inmortal de la libertad y del bien; quienes, levantando en alto la antigua bandera del progreso y de las glorias de Corrientes, serían los apóstoles del derecho, superior a la fuerza, de la luz que baña y vivifica la vida, de la ley que nivela todas las condiciones.
En el terreno de los principios no hay cuestión que resolver para nosotros, de si es o no posible la reconstrucción... Las vinculaciones que cada fracción ha tenido fuera de la Provincia, no dificultan tampoco el hecho... Si, pues, ni en los principios ni en las vinculaciones hay trabas, ¿cuál es el inconveniente? Los nombres propios ¡los hombres! He ahí todo. Triste es revelar esta amarga verdad. El orgullo herido y la ambición burlada no deben pesar más que las ideas. La reflexión debe tomar el lugar de la pasión personal. Las almas se empequeñecen y el nivel moral del pueblo decrece, cuando las individualidades suplantan a las ideas. Hay que arrojar lejos las personalidades, como harapos que avergüenzan. Ni la libertad ni el bien les debe nada(5).

(5) Periódico “La Libertad”, Nro. 1-, año 1877, Corrientes. // Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Resistencia Popular de Corrientes. 1878” (1891). San Martín, Escuela de Artes y Oficios de la provincia de Buenos Aires. Editor.

En este orden de ideas y desarrollando los argumentos teóricos e históricos que la cuestión sugería, “La Libertad” sostuvo el pensamiento de reconstruir el partido liberal. Como fue el primer periódico independiente que se levantó después del estado de sitio, y su propaganda era enérgica, no sólo en la oposición al Gobierno, sino también en la uniformidad de acción que busca para los liberales, la prensa situacionista le hizo un fuego nutrido y el poder, aunque salvando apariencias al principio, hostilizó su circulación.

Las ideas de “La Libertad” estaban en todas las cabezas, según hemos dicho ya; sólo detenían sus manifestaciones externas los escrúpulos del amor propio mal entendido. Cuando hubo quien lanzó a la discusión pública el problema y abordó su solución con patriotismo y franqueza, aquellos obstáculos se conmovieron.

A la propaganda de “La Libertad”, agregaron su importante concurso, “La Patria” y “El Constitucionalista”, redactados por los doctores Juan E. Martínez y Miguel G. Morel, y que aparecieron posteriormente. El movimiento unionista, agitado en la prensa liberal, en consonancia con la aspiración pública, acercó a las fracciones e hizo que se entendiesen, sin que las dificultades, anteriormente apuntadas, sometieran a ninguna de ellas a deshonor.

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