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NICOLAS AVELLANEDA, 4to. PRESIDENTE DE LA NACION

El presidente Sarmiento, rabioso contra los insurgentes, se complace durante la ceremonia de transmisión del cargo en saludar a Avellaneda, recordando la formación cultural del sucesor al decirle: “Sois el primer presidente que no sabe manejar una pistola...”. Avellaneda, por su parte, con responsable orgullo ante la Asamblea Parlamentaria que ha escuchado su juramento, acaba de afirmar que “sus contemporáneos saben que me encuentro sentado, donde Rivadavia y Sarmiento se sentaron(1).

(1) Nicolás Avellaneda nació en Tucumán el 3 de Octubre de 1837. Ejerció la presidencia de la República desde el 12 de Octubre de 1874 hasta el 12 de Octubre de 1880. Falleció a bordo del vapor que lo traía de retorno al país, el 25 de Noviembre de 1885. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires. Es el 4to. Presidente Constitucional de la Nación Argentina en el hecho y en el título.

Era verdad que Avellaneda no conocía el uso de las armas. Pero éstas se harían oir y no como salvas para reverenciar al nuevo mandatario sino cruentamente en el combate decisivo, que el 7 de Diciembre enfrentó -en Santa Rosa-(2) a Roca y Arredondo.

(2) Provincia de Mendoza. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

Derrotado y prisionero este último, Avellaneda le envía a Roca, con el ascenso a General, un mensaje:

... he tenido todas sus agitaciones identificándome con usted. No era el presidente que pedía a una victoria la pacificación de la República. Era más que todo, el amigo que se asociaba al amigo. Reciba pues mi abrazo...”.

En las elecciones de 1874 votaron 25.800 ciudadanos (el 1 % de la población total). El Colegio Electoral estuvo constituido por 224 votantes, de los cuales el 66 % eligió a Nicolás Avellaneda y el 35 % a Mitre.

Provincias Avellaneda Mitre
Buenos Aires 53
Catamarca 12
Córdoba 25
Corrientes   16
Entre Ríos   17
Jujuy   8
 La Rioja  8
 Mendoza  10
Salta   12
 San Juan 10
 San Luis 10 
 Santa Fe  12
Santiago  1 16 
Tucumán 14
TOTAL 145 79

(3) Fuente: Biblioteca del Congreso de la Nación. Dirección de Referencia Legislativa.

Al llegar a la Presidencia, su reducida estatura tanto como el balanceo que acompañaba su marcha, multiplicaron los apodos burlones, en especial el de “Taquito” que le adjudicaban las caricaturas...

Había, sin embargo, en la mirada brillante, en la cabellera negra que enmarcaba un rostro pálido, en la sonrisa siempre insinuada, los rasgos suficientes para imponer el respeto, que el encanto de su palabra transformaba en adhesión...

Su inteligencia hecha de equilibrio y de comprensiva indulgencia, le hicieron que buscara para su Gobierno, comenzado bajo los estremecimientos de una revolución, primero que nada, la pacificación del país.

Incorporado Adolfo Alsina al Gabinete como ministro de Guerra, el apoyo de este dirigente de honda gravitación en la provincia de Buenos Aires, iba a facilitar la pacificación anhelada.

Ella se cumplió tras un proceso que, iniciándose con una ley de amnistía para los actores de la revolución de Septiembre de 1874, propuso, cual bases de una conciliación, modificaciones a la ley electoral en la provincia de Buenos Aires; al brindar mayores garantías a la oposición, esperaba sacar a ésta de su abstención revolucionaria...

Ya en 1876, la prensa partidaria de Avellaneda señalaba los puntos de coincidencia entre el presidente y el general Mitre; ambos pertenecían al partido liberal y exhibían méritos que el país no podía desconocer... El pasado de la nacionalidad debía ser, a juicio de Avellaneda, una permanente incitación para acercar a los argentinos y de ahí que él lo recordara durante su mandato.

El 5 de Abril de 1877, aniversario de la batalla de Maipo y luego de evocar a grandes rasgos la vida del Libertador, el presidente Avellaneda, “en nombre de nuestra gloria como nación, invocando la gratitud que la posteridad debe a sus benefactores”, expresaba:

Invito a mis conciudadanos desde el Plata hasta Bolivia y hasta los Andes, a reunirse en asociaciones patrióticas, recoger fondos y promover la traslación de los restos mortales de Dn. José de San Martín, para encerrarlos dentro de un monumento nacional, bajo las bóvedas de la catedral de Buenos Aires...”; “... las cenizas del primero de los argentinos según el juicio universal, no deben permanecer por más tiempo fuera de la patria. Los pueblos que olvidan a sus tradiciones pierden la conciencia de sus destinos y los que se apoyan sobre tumbas gloriosas son los que mejor preparan el porvenir”.

Días después(4), inaugurando la estatua de Mariano Moreno, decía Avellaneda:

Hay para su muerte temprana los prestigios fantásticos, con que la imaginación de los pueblos rodea las tumbas prematuras. Hay para su memoria los enternecimientos del corazón que se subleva contra las injusticias de la suerte; y su verdadera figura histórica tiene por pedestal imperecedero el hecho capital de nuestros anales”.

(4) El 17 de Abril de 1877. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

Avellaneda, que hace del pretérito un arma clarificadora de la conducta para los problemas de la hora que se viven, al aludir a las divergencias suscitadas en la Primera Junta, agrega aleccionador:

... No se penetra en las regiones del pasado sin encontrar que nadie estuvo en el error o en la verdad de un modo absoluto y que ésta no pertenece en patrimonio indivisible a ningún hombre o partido.
Nos presentaremos nosotros a la vez en la misma condición respecto de la historia y no podemos así volver de nuestras investigaciones, después de haber removido con sus grandezas y miserias el polvo humano, sino reflexivos y sin orgullo, y trayendo en el corazón conmovido estas palabras sobre nuestros labios: conciliación y equidad”.

Por otra parte, la paz resultaba un imperativo de la grave situación económica y financiera que Avellaneda heredara de la Administración anterior y a la que a su vez se había llegado por los Gastos de la guerra del Paraguay, la rebelión de López Jordán, la fiebre amarilla de 1871, etcétera, factores a los cuales se sumó un abusivo uso del crédito para adquirir productos extranjeros.

La Balanza Comercial deficitaria ya había obligado -en 1873- a exportar oro... Desde luego, la revolución de 1874 no había mejorado las cosas. Los negocios paralizados y el crédito restringido, al disminuir las rentas aduaneras, le quitaban al Estado la principal fuente de recursos fiscales...

El profesor de Economía Política que había sido Avellaneda, intervino, con evidente gravitación personal, en la adopción de medidas para conjurar la situación. Se decidió la reducción de empleados de la Administración; la burocracia se podó en un 30 %. Se rebajaron sueldos y pensiones y se cumplió una efectiva contención de Gastos...

Pero Avellaneda supo discriminar con acierto en los diversos aspectos de la crisis. A pesar de la caída espectacular de las reservas de oro, de las bajas cotidianas de las cédulas del Banco Hipotecario Nacional y de la también impresionante caída de los títulos de los empréstitos ingleses que registraban los círculos financieros de Londres, no perdió la serenidad.

Calculó con fe que, mientras el país trabajase, la Argentina seguiría siendo dueña de su porvenir. Debía confiarse en la riqueza resultado de la inmigración que continuaba llegando a nuestras playas; debía confiarse en la valorización del territorio que concitaban los rieles en su avance y por ello no paralizó la construcción del ferrocarril de Córdoba a Tucumán; debía confiarse en la proyectada conquista de las tierras que expulsaría a los indios del desierto y, para que esa definitoria empresa no dejara de cumplirse, en plena crisis, el ministro Alsina instalaba, en Carhué, el Comando de la fuerza militar destinada a realizarla.

Precisamente Avellaneda volvió a Tucumán, con motivo de la inauguración del ferrocarril que uniría a su provincia con la de Córdoba”.

Era el presidente, y esperado cierto día de acuerdo con el programa oficial preparado y del que él mismo tachara la mitad de los actos públicos anotados. Pero entra en la ciudad un día antes y así logra unas horas de tranquilidad. En cuanto se divulga la novedad de que el hijo ilustre está ya en su tierra, la cuadra en que queda la casa que le da alojamiento se llena de gente que aplaude y da vivas sin cesar.

Es un retorno que emociona a todos. ¿Quién olvida que este presidente de la Nación es el hijo del degollado por no aceptar la tiranía?

El bullicio y la alegría callejera es tan grande que el viajero sale al balcón de la sala, en los bajos, y después de estar un rato mirando enternecido a aquella muchedumbre, improvisa uno de sus mejores discursos(5).

(5) Bernardo González Arrili: “Historia Argentina” (1964), tomo VIII. Ed. Nobis, Buenos Aires. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

- He querido venir solo y despojado de las insignias del mando”, les dice. “He venido antes de las fiestas, para que las pompas oficiales no sofoquen la efusión de nuestros primeros abrazos. Lo que necesito deciros no quiero que sea escuchado por los extraños...”.

El entusiasmo desborda, apenas se le escucha. El esfuerza cuanto puede la voz, para seguir diciendo:

- Traigo fatiga después de las vicisitudes de la vida y anhelo de descansar mi cabeza al abrigo de corazones seguros. Los años de la ausencia han sido largos, la jornada dura.
¡Cuántas veces bajo las inquietudes de la suerte y viendo cerrar el paso a mi intención pura y sana, me he preguntado si me sería dado un día volver con honor y con vida a la vieja casa de mis padres!
He tropezado con muchos en este camino de las ambiciones, que viene tan lleno de gentes... pero nunca deserté las reglas del deber; puedo, pues, comparecer delante de la sombra de mi padre y delante de vosotros que fuisteis los testigos de su vida y de su muerte.
¡Miradme! Mi frente tiene pliegues prematuros, mis cabellos emblanquecen, las vigilias han devastado mi fisonomía; pero, ¡miradme! Soy el mismo... Y puesto que me habéis reconocido, vuelvo a pediros, ¡dadme un asiento en el hogar común!
Necesito después de tantas agitaciones, calentar mi alma bajo los rayos vivificantes de nuestro sol”.

Lo importante era multiplicar las posibilidades de trabajo de la Nación. A Avellaneda lo orientaron en su optimismo irreductible el haber observado que, a pesar de todo, la Balanza Comercial no acusaba desfallecimientos fundamentales en el rubro exportación... Ese era -a su juicio- el mejor índice de que pronto vendría la recuperación...

Era preciso contagiar esa fe y en el exterior esa fe se llama crédito... Y el crédito sólo entiende de las cuotas con sus plazos y urgencias implacables...

De ahí que Avellaneda sintetizara su política en esta materia, con la frase que se ha hecho clásica:

La República puede estar dividida hondamente en partidos internos; pero no tiene sino un honor y un crédito, como sólo tiene un nombre y una bandera ante los pueblos extraños. Hay dos millones de argentinos que economizarán hasta sobre su hambre y sobre su sed, para responder en una situación suprema a los compromisos de nuestra fe pública en los mercados extranjeros...”.

El 1 de Octubre de 1876, a escasas horas de vencerse el plazo impostergable, el presidente lograba remitir a Londres los 600.000 pesos oro que demandaba el pago del servicio de un empréstito...

Tres meses antes, alarmados por la inminencia de una bancarrota, varios diputados, entre ellos Pellegrini, habían presentado un proyecto de ley proponiendo la venta de los ferrocarriles nacionales en pago de la Deuda Externa. El Poder Ejecutivo, en Mensaje del 2 de Julio de 1876, luego de manifestar su oposición, declaró en esa oportunidad:

... la Nación ha soportado días sombríos sin que desmayara el ánimo de su Gobierno, hasta el punto de renunciar a la prosecución de obras que reputaba fundamentales para el progreso nacional”.

Y Avellaneda agregaba que, en el caso de enajenarse los ferrocarriles, el proyecto debía aplicarse, indefectiblemente, a la construcción de nuevos ferrocarriles...

Los Presupuestos de los años subsiguientes -hasta concluir el mandato presidencial de Avellaneda- fueron prácticamente equilibrados. A partir de 1877 una patente y paulatina mejoría económica le daba así fundada razón, cuando el presidente Avellaneda, en su último Mensaje como Primer Magistrado, le puntualizaba al Congreso, en Mayo de ese año:

Es evidente que hay actualmente mayor industria, mayor riqueza, mayor suma de libertad, mayor trabajo y mayor acopio de luces que en cualquier otro día de nuestra historia; y afirmo estos hechos sin atribuirlos a un hombre ni a una serie de hombres, sino a la acción colectiva de la Nación entera.
Tócale también a ella preservar tan grandes bienes, manteniendo la paz y el funcionamiento de sus Instituciones libres; los pueblos no tienen otros medios de progreso sino su propia acción, inteligente y reparadora, aplicada al desarrollo de sus destinos”.

Corresponde a la Presidencia de Avellaneda la adopción de una política proteccionista que alentó el desarrollo industrial de la República.

Iniciada en 1875 con la creación, por unos particulares, del “Club Industrial”, “el nombre de cuyo primer presidente, el francés Enrique Landois, merece recordarse como uno de los precursores(6).

(6) Carlos Heras. “Presidencia de Avellaneda”, capítulo IX, del volumen 1, de “Historia Argentina Contemporánea. 1862-1930”, de la Academia Nacional de la Historia. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

El Club volcó sus energías en la organización de la primera exposición exclusivamente industrial realizada en el país. Inaugurada en Enero de 1877, Avellaneda la prestigió con su presencia y su palabra. Sensible al problema, en oportunidad de discutirse los derechos aduaneros, entendió Avellaneda que la adopción de un 30 % y no de un 40 % como lo deseaba el Congreso, bastaba para gravar la introducción de los productos manufacturados extranjeros similares a los fabricados en el país...

El gobernante se veía obligado a contemplar el otro aspecto de la cuestión: los derechos aduaneros constituían la principal fuente de Ingresos para el Fisco... Creyó además que sin confiar exclusivamente en el recurso de los aranceles, el desarrollo industrial debía buscar la formación de sociedades cooperadoras, bancos industriales, escuelas de artes y oficios, etcétera.

Pero, de cualquier modo, Avellaneda, identificado con este aspecto de nuestra economía, ya en los días finales de su magistratura solicitó y obtuvo del Congreso una subvención para el Museo Industrial y apoyaba la realización de una exposición industrial que debía verificarse en 1882 y a la cual calculaba darle categoría continental...

En 1875, Avellaneda sometía al Congreso una ley que encaraba simultáneamente la inmigración y colonización. La ley se hacía eco de las ideas fundamentales que imponían al país fijar una política agraria vinculada con el indispensable aumento de la población.

Discutida en el Congreso y aprobada en 1876, ella ha merecido la afirmación, formulada por Miguel Angel Cárcano, de que “ninguna ley posterior a la ley Avellaneda, tuvo carácter más orgánico y general”.

La ley creaba un Departamento General de Inmigración dependiente del Ministerio del Interior, cuyo jefe tendría título de Comisario General de Inmigración, quien correría con todo lo relativo a fomento, propaganda y protección de la inmigración a su llegada al país, dándole alojamiento y ayudándola a obtener colocación; por primera vez se definía al inmigrante, se consignaban sus derechos y las facilidades otorgadas por el país.
Disponía la exploración y subdivisión de las tierras de los Territorios Nacionales, haciendo practicar las mensuras de las tierras aptas para la colonización(7).

(7) Carlos Heras. “Presidencia de Avellaneda”, capítulo IX, del volumen 1, de “Historia Argentina Contemporánea. 1862-1930”, de la Academia Nacional de la Historia. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

Coincidiendo con la crisis de 1876, el país iniciaba ese año -por Rosario- la exportación de trigo. La pequeña cantidad de cereal, unas veinte toneladas, era sin embargo saludada por Avellaneda con una euforia que le hacía expresar, en el telegrama de felicitación, que consideraba tal acto como el más trascendental de su Gobierno. ¿No había confiado siempre en que la colonización, hecha surcos, trajera para la Argentina la más sólida base económica de los días futuros..?

El agente maravilloso de la producción, el creador moderno del capital es el inmigrante”; “economicemos sobre todos los ramos de los servicios públicos; pero gastemos para hacer más copiosas y fecundas nuestras corrientes de inmigración...”.

Así lo decía al Congreso Nacional en su Mensaje de 1876. En el Mensaje de 1879, Avellaneda reiteraba su satisfacción porque “los inmigrantes que llegan actualmente son, en su casi totalidad, agricultores...”.

Pan amasado con el trigo sembrado por los gringos inmigrantes, figuraría pronto en las mesas europeas...

También en 1876 llegaba a Buenos Aires un barco: “Le Frigorifique”, nombre que auspiciaría una técnica que, luego perfeccionada, pronto iba a provocar un cambio fundamental en el horizonte de la ganadería argentina.

Un periódico, “El Economista”, pudo afirmar a principios de 1877:

Debe darse por resuelta la cuestión de llevar a grandes distancias carne fresca sin ninguna preparación química...”; “las estancias tendrán que dejar la rutina y elegir para la cría las razas que mejor se presten al engorde, por ser evidente que éstas han de obtener mayor precio que nuestro ganado actual. El desenvolvimiento de la cría de la oveja pronto será rivalizado por el del ganado vacuno...”.

Fue también durante la Presidencia de Avellaneda que el molde de una nueva geografía iba a proporcionar el escenario para los gringos agricultores y para la mestización del ganado. La conquista del desierto, cumplida bajo la concreta ejecución de un plan ideado por Roca, expulsaba a los indios de quince mil leguas y, en 1879, llevaba hasta las márgenes del río Negro, las fronteras interiores.

En una Proclama de Enero de ese año, Avellaneda, anticipando los resultados de ese avance, había dicho:

Soldados: después de muchos años, la guerra contra el indio sale del terreno de las hazañas oscuras...
No se perderá la ruta que habéis trazado sobre el desierto desconocido. Por los rastros de las expediciones se encaminará, en breve, el trabajo dispuesto a recoger el fruto de vuestras victorias, abriendo nuevas fronteras de riqueza nacional al amparo de vuestras armas”.

La muerte de Adolfo Alsina, producida a fines de 1877, fue el comienzo de una nueva etapa de perturbación en la vida del país. Vicepresidente de Sarmiento, el apoyo electoral de Alsina como jefe del Partido Autonomista, había sido decisivo para hacer triunfar, en 1874, la candidatura presidencial de Avellaneda.

Nombrado por éste, ministro de Guerra, había continuado gravitando en la provincia de Buenos Aires y en la política de conciliación; en el momento que le sorprendió el fallecimiento se consideraba a Alsina el más probable candidato destinado a suceder a Avellaneda en la Primera Magistratura.

Para reemplazarlo en el Ministerio de Guerra, Avellaneda designó al general Roca. Este se había destacado en la represión contra López Jordán en Entre Ríos y al vencer a Arredondo en la batalla de Santa Rosa, en Diciembre de 1874.

Comandante luego de las Fronteras Interiores con asiento en Río Cuarto, no tardó Roca en aparecer aspirando a la presidencia apoyado por algunas provincias cuyos gobernadores hicieron del joven general su mejor abanderado para la renovación del Poder Ejecutivo Nacional.

Por su parte, en la provincia de Buenos Aires, la desaparición de Alsina volvía a consolidar a Mitre y daba paso para llegar a la gobernación de la misma a Carlos Tejedor. Este, al asumir el cargo, en 1878, no dejaría de aludir a los deberes de las autoridades de Buenos Aires, “para con su huésped, el Presidente de la República

La frase recordaba una lamentable verdad; aún no se había resuelto la cuestión fundamental de establecer una capital a la República y a las autoridades nacionales. El Poder Ejecutivo, el Congreso, la Corte Suprema, sin base territorial legalmente propia, eran simples “huéspedes” de la provincia de Buenos Aires ... algo así como inquilinos sin contrato y... hasta morosos: en 1876, el apoyo financiero de la provincia de Buenos Aires era lo que había permitido girar a Londres la cuota de un empréstito contraido por la Nación...

Sobre el trasfondo de ese vacío institucional que era la carencia de una capital, la renovación presidencial exaltó los ánimos y desbordó las pasiones. La candidatura de Roca, afianzada por su campaña en la conquista del desierto, pareció etiquetada por los viejos agravios provincianos contra la hegemonía de Buenos Aires y como desafío a los porteños...

Estos, a su vez, levantaron, para oponerse a Roca, la del gobernador Tejedor... La política de conciliación nacional se daba por concluida... Los días de Cepeda y Pavón parecían retornar...

El avance de las fronteras interiores, los aportes de la inmigración laboriosa, la expansión de los ferrocarriles, el invento trascendente de las nuevas técnicas tan propicias para la valorización de la clásica riqueza ganadera, todo eso peligraba ante la inminencia de la contienda civil.

Fracasadas las tramitaciones entre las dos candidaturas, las palabras acusadoras de los periódicos acentuaban intolerancias y eran los fusiles, más que el número de electores, la aritmética que dramática empezaba a envolver a la República.

En el vértice del poder, Avellaneda vivía, angustiosamente, tales perspectivas. Como en uno de esos días llegara a Buenos Aires un barco trayendo a bordo algunos enfermos de fiebre amarilla, provocando la consiguiente alarma de la población, cuéntase que Avellaneda, al regresar melancólico al hogar, le dijo a su mujer:

Yo no sé qué será más peligroso, si la peste con que nos amenaza ese barco o la guerra que originará la elección presidencial...”.

El 10 de Mayo 1880 una multitud que excedía de 30.000 personas y en la cual figuraban Mitre, Sarmiento, Alberdi, se agolpaba en la Plaza de Mayo. La manifestación, promovida por el comercio, la Bolsa y la Sociedad Rural, desprendiendo de ella una delegación integrada por las figuras próceres nombradas y algunas más, tenía por objeto entregar a Avellaneda un petitorio en favor de la paz.

El presidente escuchó a la delegación en su despacho, pero prefirió, después de responderles, asomarse al balcón y dirigirse a la multitud, que oyó emocionada su discurso:

Salgo a vuestro encuentro y os saludo con nuestra divisa: ¡Viva la paz! ¡Viva la paz!, que es condición de vida para los pueblos nacientes...
Un día lo dije: 'Sólo moveré un hombre o un arma para defender a la Nación amenazada en su existencia, en sus leyes o en sus poderes públicos'”; “un Remington no es un argumento...”; “... nada he hecho para envolver al país en los desastres de una guerra.
Las vanas alucinaciones del amor propio no germinan ya en los años maduros y si se abrigan aún ilusiones, éstas se asocian a un concepto austero del deber. He aquí la fórmula que yo querría inscribir en mi vida: gobernó.
Su Gobierno nació en medio de una conflagración armada y no se contaminó con su sangre ni heredó sus violencias; después de seis años de una Administración azarosa pero pacífica, transmitió el mando delante de catorce pueblos tranquilos, ordenados y libres...”.

Y concluyó prometiendo:

Habrá paz en la República. ¡Lo he afirmado en otras ocasiones, porque creo firmemente que el poder del Gobierno es superior al poder de la anarquía y que nada hay dentro de la Nación superior a la Nación misma!

La historia impuso una pausa a las tensiones de esos días. En Mayo 20 de 1880, el centenario del nacimiento de Rivadavia suscitó homenajes populares que auspiciaron con su presencia algunas de las grandes figuras de la organización nacional: Alberdi, Mitre, Sarmiento...

El 28 de Agosto de 1880 llegaban, repatriados, los restos de San Martín y, ese día, ante la estatua del Libertador y exaltando su epopeya, la elocuencia de Avellaneda jalonaba la ceremonia: “Vedle ahí montado sobre el caballo que mayor espacio de la tierra haya recorrido en el mundo después del de Alejandro...”.

Ya para entonces no se ocultaba que los defensores de la candidatura de Roca propiciaban nacionalizar la Ciudad de Buenos Aires y convertirla en capital de la República.

A su vez, Tejedor y sus partidarios, entre los cuales se contaba Mitre, dispuestos a resistir lo que consideraban una mutilación de la provincia, militarizaban el cuerpo de bomberos, organizaban a sus adherentes en unidades bélicas y, violando expresas disposiciones del presidente Avellaneda, procedían al desembarco, en la madrugada del 1 de Junio de 1880, de un armamento adquirido en Montevideo.

La situación de Avellaneda en Buenos Aires se tornó insostenible y considerando que Tejedor estaba incurso en el estado de abierta rebelión contra el Gobierno Nacional, resolvió abandonar la ciudad. Al anochecer del 2 de Junio, sin custodia, con la sola compañía de Pellegrini, su ministro de Guerra, se llegó hasta el pueblo de Belgrano, resuelto a fijar allí la residencia del Gobierno Nacional.

Provisoriamente se alojaría en el Cuartel del regimiento 1ro. de caballería de línea, acampado en la Chacarita.

Era ya noche oscura cuando Avellaneda y Pellegrini llegaron al cuartel. El Jefe del Cuerpo, coronel Manuel J. Campos...”, “... a pesar de lo imprevisto del suceso y de la consiguiente sorpresa, se apresuró a ordenar a su tropa los honores debidos y Avellaneda entró inmediatamente, seguido del doctor Pellegrini.
Este, en medio de un profundo silencio dijo, dirigiéndose al grupo que formaban los jefes y oficiales: el presidente de la República viene a pedir hospitalidad en el regimiento 1ro. de caballería”.

El coronel Campos respondió:

El Señor Presidente de la Nación no pide hospitalidad en ningún punto del territorio argentino y mucho menos en uno de los Cuarteles del Ejército Nacional.
Señor Ministro:
Donde él se encuentra está en su casa y yo estoy a su servicio; podéis dar vuestras órdenes, pues aquí estamos todos para cumplirlas(8).

(8) Ismael Bucich Escobar. “Vida de Nicolás Avellaneda” (1926). Imprenta Ferrari Hermanos, Buenos Aires. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

Simultáneamente con las medidas militares que ordenaban concentrar sobre Buenos Aires los fuerzas del Gobierno Nacional, se instalaban en Belgrano las oficinas de la Administración y, luego de algunas demoras, el Congreso. Para estar junto a Avellaneda allí se le reunieron su esposa y sus hijos.

Combates que costaron cientos de vidas se libraron en Barracas, Puente Alsina, etcétera, entre las fuerzas nacionales y las movilizadas, por Tejedor. Gestiones de representantes diplomáticos concertaron un armisticio; anticipándose a su derrota y deseoso de prevenir nuevos derramamientos de sangre, Tejedor confió a Mitre negociar la paz.

Ello se logró, luego de mútiples contactos, sobre la renuncia de Tejedor, el desarme de las fuerzas movilizadas por la provincia de Buenos Aires y la aceptación por ésta de entregar la ciudad homónima para capital de la República.

Reinstalado el Gobierno Nacional en la Ciudad de Buenos Aires, Septiembre de 1880, y aprobada por el Congreso la elección que meses antes designara a Roca para suceder a Avellaneda, éste le entregó el cargo el 12 de Octubre. Escuchó, en esa oportunidad, el balance elogioso de Roca: “Descendéis las gradas del Capitolio argentino, con la satisfacción de haber dado realización a grandes aspiraciones nacionales...”.

Avellaneda, le contestó:

Sólo necesito decir una palabra, y pido al Señor Presidente permiso para pronunciarla en su presencia.
Los tiempos han sido tormentosos y bajo su ruda influencia he podido a veces preguntarme, si había debido ambicionar el Gobierno. Pero nunca me he arrepentido de haberlo ejercido con equidad constante y con benevolencia casi infatigable”.

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