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Corrientes y el movimiento mitrista de 1874

El año 1874 había comenzado con la escena política muy agitada por el problema de las candidaturas presidenciales. Si bien la Ciudad de Buenos Aires era el foco principal, en las provincias el interés no era menor y las distintas corrientes de opinión se embanderaban tras las figuras de los candidatos.

En Corrientes, los hombres del oficialismo respondían a la candidatura del doctor Nicolás Avellaneda; la de Adolfo Alsina tenía su cuartel general en Goya, donde un calificado grupo de ciudadanos -que respondían al jefe de la frontera del Chaco, coronel Manuel Obligado- había fundado el periódico “El Nacionalista” para sostener el nombre del caudillo bonaerense.

En la misma Ciudad de Goya se hallaba también el vocero del mitrismo, el periódico de Juan Esteban y Plácido Martínez, “La Patria”.

En el orden nacional se llegó a un acuerdo entre los partidarios de Avellaneda y Alsina para sostener la candidatura del primero y surgió el partido que sería dueño de la situación política del país durante mucho tiempo, el Autonomista Nacional. Este acuerdo lo fue a medias en Corrientes, pues algunos alsinistas se inclinaron en los comicios al partido Nacionalista que sostenía la candidatura de Mitre.

En las elecciones del 14 de Abril de 1874 el triunfo correspondió a la fórmula Nicolás Avellaneda - Mariano Acosta, ganando Mitre solamente en Buenos Aires, Santiago del Estero y San Juan. Los mitristas, que rechazaron el triunfo adversario por calificarlo de fraudulento, se levantaron en armas contra el Gobierno Nacional, encabezados por el propio Mitre, el 24 de Septiembre de 1874.

Al tenerse conocimiento del levantamiento, en Corrientes se produjo uno, promovido por el coronel Monzón -en Caá Catí- que fue dominado por las fuerzas del coronel Reguera, jefe de incondicional adhesión al orden constituido.

Ante los acontecimientos, el Gobierno Provincial, declaró el estado de sitio el 25 de Septiembre de 1874 y tomó medidas para silenciar a la prensa política -buscando serenar los ánimos- movilizando a la Guardia Nacional y acuartelándola para que los redactores y tipógrafos que la integraban no pudiesen dedicarse a sus actividades.

Los mitristas de la provincia decidieron plegarse al movimiento estallado en Buenos Aires, siendo encargado Plácido Martínez de la jefatura militar. Este, que a la sazón era diputado provincial, ayudado por una escasa colecta llevada a cabo por miembros pudientes del partido, abandonó subrepticiamente la Ciudad de Corrientes en una canoa y se dirigió a una quinta cercana a Goya donde sus amigos preparaban la toma del Cuartel, con la colaboración de Tiburcio Galarza, liberal de gran prestigio y jefe de gendarmes.

Pero el gobernador, al notar su desaparición de la capital, intuyó el plan y comunicó al Jefe Político de Goya, Antonio Méndez, que debía licenciar a la Guardia Nacional -en la cual Plácido gozaba de prestigio- y conservar solamente al piquete veterano, de probada fidelidad. Pero Méndez cometió el error de confiar demasiado en sí mismo y no cumplió la orden.

Plácido Martínez, secundado por su hermano Juan Esteban y un grupo de amigos decididos, llevó a cabo el plan propuesto y el Jefe Político, coronel Méndez, no tuvo más remedio que rendirse. No sólo el Cuartel cayó en manos de los sediciosos, sino también la ciudad y sus zonas aledañas.

Inmediatamente, Plácido Martínez se puso a la tarea de reunir las fuerzas que necesitaban para que el alzamiento tuviera éxito. Con los fondos que les proporcionaron algunos partidarios y los tomados en la Receptoría Provincial y la Aduana Nacional costeó los gastos que exigía la empresa, reuniendo a los milicianos de los Departamentos de Goya, Lavalle y Esquina que, gustosos, se presentaban a los requerimientos del jefe querido por ellos y que en número de mil quinientos fueron provistos con el armamento que la provincia tenía en depósito en Goya.

Pero esta vez el Gobierno Nacional no permaneció como simple espectador de los acontecimientos de la provincia de Corrientes como en otras ocasiones. Se ordenó al coronel Manuel Obligado que, con fuerzas de Santa Fe, pasase el río Paraná y se hiciera cargo de las unidades provinciales que había destacado en Lavalle el gobernador, pero Plácido Martínez y el coronel Cecilio Carreras no presentaron batalla, pues su plan era distraer a las fuerzas provinciales para que no pudieran ser enviadas a Buenos Aires en ayuda del Gobierno Nacional.

Se retiraron hacia el Interior de la provincia y acamparon a orillas del histórico Villanueva, en el Departamento Mercedes, a la espera de incorporaciones que no se produjeron. El coronel Azcona, que era jefe de las fuerzas provinciales al sur del río Corriente, debía plegarse al movimiento, pero no lo pudo hacer porque supo que varios de sus escuadrones no lo secundarían y además debió entregar el mando al coronel Reguera, siendo enviado detenido a Buenos Aires.

Ante el avance de las fuerzas de Obligado, los amotinados se dirigieron hacia el norte en una marcha que, si bien les reportaba algunas incorporaciones, también hacía que Plácido se convenciera, cada vez más, que su objetivo de distraer a las milicias provinciales se cumplía, pero que no podía alentar esperanzas de triunfar en la lucha y tomar el Gobierno de la provincia.

Es por eso que, al llegar al Alto Paraná, habló con claridad a sus hombres diciéndoles que los que quisieran pasar al Paraguay lo hicieran pero que él, por haber dado su palabra, se dirigiría hacia las costas del Uruguay para entrevistarse con los comisionados que había enviado al Brasil y a la Banda Oriental a comprar armas.

Algunos pasaron el río hacia el exilio; otros siguieron a su jefe en una larga marcha -de casi un mes- hasta Candelaria y luego a todo lo largo de la costa del río Uruguay, siendo hostilizados en varias oportunidades por fuerzas leales al Gobierno, hasta llegar al Rincón de San Gregorio, en el Departamento Monte Caseros donde, como culminación de esa marcha sin esperanzas, tuvieron la noticia de la definitiva derrota del levantamiento de Mitre.

Las fuerzas insurrectas de Corrientes fueron disueltas y Plácido Martínez, con algunos compañeros, pasó a Santa Rosa -hoy Bella Unión- en la República Oriental del Uruguay.

NICOLAS AVELLANEDA, EL PRESIDENTE ORADOR

Fue el presidente orador. Si el gobernante tuvo vacilaciones, que nacían de lo conflictual entre su inteligencia y su sensibilidad, ellas no se descubren en el discurso... Si el político no satisfizo siempre a sus conciudadanos, su palabra, en cambio, no defraudó nunca al auditorio...(1).

(1) Nicolás Avellaneda nació en Tucumán el 3 de Octubre de 1837. Ejerció la presidencia de la República desde el 12 de Octubre de 1874 hasta el 12 de Octubre de 1880. Falleció a bordo del vapor que lo traía de retorno al país, el 25 de Noviembre de 1885. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires. Es el 4to. Presidente Constitucional de la Nación Argentina en el hecho y en el título.

Se podía acaso desdeñar una ley o un decreto de Avellaneda, pero era imposible no escucharlo sin concluir atrapado por esa su frase coherente, capaz de conjugar la cultura del pensamiento que reflexiona, con el simple latido hecho complejo pedestal humano.

Su niñez de familia desterrada tuvo en Tarija y Tupiza, dos ciudades de Bolivia, el escenario doliente... La patria quedaba al sur, no muy lejos, pero sólo la vería de adolescente... El padre, jefe de una vencida coalición norteña contra Rosas, terminó decorando con su cabeza, en Octubre de 1841, la punta de una pica plantada en la plaza pública de Tucumán...

Así fructificaban, cosecha rutinaria, las lanzas de la guerra civil... Es de noche cuando una mujer entra en la plaza y en la leyenda para rescatar la cabeza de Marco Avellaneda y darle cristiana sepultura...

El propio Avellaneda evocaría, más tarde, esa etapa del exilio:

¡Como es lleno de angustiosos recuerdos el pobre hogar del emigrado mientras dura su expatriación en tierra extranjera!
Los días se van y los años se acumulan, y no se piensa sino en la catástrofe que le condujo al destierro. Se pasan y repasan en la memoria los acontecimientos últimos para comentarlos, para multiplicarlos, para agrandarlos y hasta para modificarlos a su voluntad, porque la imaginación del proscripto, que no ve luz por delante, se vuelve hacia atrás deshaciendo los hechos que fueron a su causa más funestos, para complacerse, siquiera por un momento, en absurdas perspectivas...”.
... La conversación de la tarde se prolonga por la noche y es la misma al día siguiente. La casa del emigrado es estrecha y no hay lugar separado para los niños. Todo se habla, se hace, se dice, en su presencia.
Tienen el derecho de intervenir en la plática más grave y preguntan, y se estimula su curiosidad para tener quizá ocasión de volver a los mismos temas. ¿Pues que, el niño no se halla investido de igual título? ¡Es también un desterrado, y él mismo lo comprende y lo siente!(2).

(2) Nicolás Avellaneda: “Escritos Literarios: Bernardino Rivadavia” (1915). Ed. “La Cultura Argentina”, Buenos Aires. Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

Como a otros compañeros de infortunio, a Avellaneda el abecedario le llegó enseñado por viejos y abnegados sacerdotes que utilizaban las arenas del suelo a manera de pizarras...

A comienzos de 1850 la familia regresó a Tucumán. Lo hizo para, superando dolores y pobreza, encarar, mediante los estudios consiguientes, el porvenir intelectual del muchacho.

Por eso, algunas semanas después, en los libros del internado del Colegio Monserrat, de la Universidad de Córdoba, quedaba anotado:

Día 6 de Marzo de 1850.
Entra al Colegio don Nicolás Avellaneda, natural de Tucumán, de catorce años, hijo del finado don Marco Avellaneda y de doña Dolores Silva. Por justas consideraciones que se han tenido presentes, queda obligado a pagar sólo cincuenta pesos por año por sus alimentos(3).

(3) Ismael Bucich Escobar. “Vida de Nicolás Avellaneda” (1926). Imprenta Ferrari Hermanos, Buenos Aires. Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

A los alumnos ya presentes, el “nuevo” impresionó como un chiquillo ... Lo pequeño de la estatura y el rostro pálido demoraban, al parecer, una adolescencia, que sin embargo pronto se inclinó sobre los libros... Lo cual no le impidió ejecutar la travesura clásica y generacional de esculpir, con un cortaplumas y en el marco de un aula del colegio, su nombre y apellido... Lance de posteridad que muy pocos logran imponer. En el caso de Avellaneda, el escoplo reemplazó al cortaplumas y trabajó en la piedra de la estatua.

Años después, Avellaneda haría de sus horas laboriosas en las aulas cordobesas, un balance escéptico al considerar el desorden de sun formación intelectual:

Dos años de Filosofía y cuatro de Derecho, con sincera aplicación, pero falto de dirección en la tarea, casi siempre sin maestros y sin método, mucho temo que mis adelantos no hayan correspondido a mi amor al estudio y, sobre todo, a las esperanzas de mi familia.
Llegué muy niño con sueños e ilusiones que se enmudecieron a la sombra del colegio, encontrando alimento en la lectura de aquellos poetas e historiadores que mejor se identificaban con el desenvolvimiento de mi juventud y de mi ambición...”.

En Córdoba, siendo estudiante, le ocurrió un episodio que merece recordarse. Exámenes brillantes le habían permitido obtener, dentro de la Universidad, un cargo con el cual confiaba costear en parte su pensión y aliviar en algo la pobreza familiar. Pero, como la aparente y real juventud del candidato indujeran al rector a oponerse al nombramiento, Avellaneda lo convenció con esta sola observación:

Señor Rector, no olvide usted que el infortunio hace precoces a los hombres...”.

A fines de 1855, sin haber rendido en sus estudios de Derecho los exámenes finales que lo autorizaran a lucir los títulos de Licenciado y de Doctor, Avellaneda regresó a Tucumán. Pero aun cuando allí inició sus escritos forenses y hasta fundó un periódico en el cual mostró sus inquietudes literarias y su interés por la cosa pública, no tardó en decidir que sería Buenos Aires el horizonte de los días futuros.

Apenas llegado, en Junio de 1857, procediendo con admirable disciplina, reanudó y terminó, a comienzos de 1858, sus exámenes universitarios, incorporándose como abogado a uno de los más acreditados bufetes porteños.

Pero los pleitos no eran lo importante... No se era alguien si no se militaba en política... Eran los días vísperas de Cepeda, la batalla que enfrentaría a la Confederación de Urquiza, con el Buenos Aires de Mitre... Ese era el gran pleito apasionante ... pero, a su vez, no se era nada en política, sino se era periodista.

Los artículos debían escribirse con una fiebre contagiosa capaz de conquistar ciudadanos para las asambleas callejeras o para alistarse en los cuarteles... La imprenta oficiaba de molde y caldeaba, briosamente, adhesiones partidistas.

Pero tampoco se era nada en literatura, si los poemas o las novelas no aparecían en los periódicos; estas últimas utilizaban el folletín para mejor graduar el suspenso... El periodismo era así, la obligada puerta ancha por la cual los jóvenes estudiosos buscaban el destino de sus esperanzas...

En “el Comercio del Plata”, fundado en Montevideo por Florencio Varela y que tenía ahora su sede en Buenos Aires, el joven tucumano escribió algunos artículos, limitándose a firmarlos con sus iniciales. Fue llevado luego a redactar “El Nacional”, en cuyos primeros números habían aparecido años antes, “Las Bases” de Alberdi, las cartas que en polémica con éste escribiera Sarmiento desde Yungay, y frecuentes colaboraciones de Mitre o Vélez Sársfield.

Los artículos, que desde Noviembre de 1859 pertenecen a Avellaneda, no desmerecieron de esa tradición y hasta la acrecentaron. Pero la suspicacia política creyó ver en la pasión de uno de ellos una encubierta incitación al asesinato de Urquiza y el Gobierno porteño juzgó necesario deslindar responsabiildades clausurando el periódico.

Avellaneda no calló su indignación por la clausura y, especialmente, por las razones invocadas para realizarla:

¿Dónde está la predicación del asesinato político que se nos atribuye?”, preguntaba el 19 de Febrero de 1861, día del cierre de “El Nacional”; “¿dónde esa política de exterminio aconsejada por nosotros..?
La suposición misma nos horroriza. ¿Nosotros predicando el asesinato político y afilando con nuestras palabras el puñal de los verdugos? No, por Dios; llevamos en nuestras venas la sangre de los que mueren, pero no la sangre de los que matan...”.

En 1860, Avellaneda es designado Profesor de Economía Política en la Universidad de Buenos Aires y electo diputado a la Legislatura bonaerense.

En 1865, publicó “Estudios sobre las Leyes de Tierras”, trabajo que alcanzó dos ediciones en pocos meses y mereció los elogios de Alberdi. Sobre cuestión tan trascendente, Avellaneda expresaba:

¿Qué sinceridad habría en un sistema agrario que, principiando por ofrecer las tierras a todos los hombres que sean capaces de ocuparlas útilmente, concluyera después haciéndolas inaccesibles por su alto precio a los pequeños capitales?
¿Qué significa la tierra de un país despoblado puesta a un alto precio..?

En 1866 seguía siendo diputado en la Cámara de la provincia de Buenos Aires, cuando el gobernador Adolfo Alsina lo nombró ministro. La trascendencia de su labor en este cargo quedó testimoniada en sus “Memorias” que registraban la tarea, correspondiéndole a Avellaneda ser el introductor de la práctica de tales documentos.

Sarmiento está en Nueva York cuando le llega la primera de esas “Memorias” y no bien concluye su lectura, le escribe desde dicha ciudad con fecha 20 de Septiembre de 1867:

La parte que en el Mensaje consagra usted a la educación primaria me ha hecho esperar por la salvación de la América. ¡Cuánto hubiera dado por tenerla antes de publicar el prospecto “Ambas Américas”!
Aquí tal documento haría sensación. Juez como me considero en estas materias, su trabajo tiene méritos que acaso usted mismo no estima bastante. Prescindo del estilo, que le son propios. Acaso algo me debe en la iniciación, pero hay suyo el conjunto y la inteligencia de toda la verdad, cosa a que no se llega sino por grados...
Con hombres como usted, con exposiciones magistrales como la suya, creo que estamos a la víspera de empezar una nueva época en las ideas de gobierno y en los medios de llevarlas a cabo...”.

Diez años antes, en epístola particular, Avellaneda, narrando a un amigo sus primeras impresiones provincianas sobre el Buenos Aires que empezaba a frecuentar, había hecho de Sarmiento el personaje más suscitador de sus juveniles entusiasmos.

Ahora, la carta que le llegaba desde Nueva York, debía alegrarle como el más halagador de los espaldarazos. Y explica que Sarmiento, elegido en 1868 presidente de la República, incluyera a Nicolás Avellaneda en su gabinete, como ministro de Educación...

Mientras tanto, en un gesto de altivez, en Febrero de 1868, Avellaneda renunciaba al ministerio de Alsina, por no firmar la destitución, que juzgaba injusta, de un empleado subalterno.

En 1860, Avellaneda había contraído enlace con la joven porteña, doña Carmen Nóbrega. Y ella gravitaría hondo en esta vida cuyas horas, aunque volcadas en la arena pública, estaban también signadas por hondas aspiraciones a lo estético.

De esa comprensiva solidaridad de Avellaneda y su mujer, Eduardo Wilde, que tanto y tan bien los conoció, ha dejado escrito:

Muchos hombres de mérito se hunden bajo el peso de sus propias mujeres; mientras otros, aún dotados de excelentes talentos, no llegarían adonde llegan si no fueran ayudados por la previsión sutil, la palabra dulce, atemperante, el consejo medido, desapasionado, adivinatorio, de su compañera, que aparta asperezas, alienta y vigoriza.
Avellaneda habría sido gran estadista, literato, orador, un talento, en cualquier parte; soltero, casado y viudo; más, junto a su mujer, su amiga y confidente, fue y pudo ser todo eso con menor dificultad y en mayor grado...
¿Cómo se compuso ella para reducir a lo normal de una escala elevada, esa naturaleza romántica, incongruente, incoleccionable, irreductible a las formas burguesas, incomparable, en fin, de Avellaneda..?
Cuándo tal mujer pudo ejercer tan formidable presión sobre tal hombre, sin hacerla sentir ni ostentarla, sin provocar explosiones; esa mujer es genial como talento y como carácter”.

Tiene 31 años cuando en Octubre de 1868 inicia su gestión de ministro de Justicia e Instrucción Pública. Si desde la presidencia es Sarmiento quien amarrado al timón imparte el rumbo, es Avellaneda quien vigila en materia de enseñanza, el mejor izar las velas para no desaprovechar los vientos de la vigorosa política educacional prometida desde siempre por el autor del “Facundo”.

Colabora así Avellaneda en la creación, en todo el país, de cientos de escuelas primarias, en la fundación de las primeras escuelas normales; es suya la ley que redactó e hizo sancionar en el Congreso por la cual se instalan, en las ciudades y en los pueblos, las Bibliotecas Populares; confirma, en fin, el envión, ya iniciado por Mitre, de multiplicar para la enseñanza secundaria, los necesarios Colegios Nacionales.

Precisamente, en la colocación de la piedra fundamental del edificio destinado a Colegio Nacional del Rosario, exalta la presencia de muchas madres que asisten a la ceremonia:

Habéis hecho bien, señoras, en venir, porque sois las más interesadas en que este colegio se construya...
¡Cuántas veces os ha sucedido, señoras, inclinaros sobre la cuna de vuestros hijos y levantaros enseguida con el corazón palpitante, porque habéis creido entrever en sus frentes los signos misteriosos de un alto porvenir!
Ayudad a vuestros hermanos, a vuestros esposos, sostenedlos en su propósito hasta que este colegio se construya, porque no veréis, de lo contrario, convertidos en verdades, estos vaticinios del cariño sobre las cabezas de vuestros hijos..!

Apenas a un año de iniciada la presidencia de Sarmiento, un debate de carácter institucional requiere la presencia del gabinete en el Senado. La Alta Cámara señala, a propósito de la Intervención enviada a San Juan por el Poder Ejecutivo Nacional para reinstalar la Legislatura de esa provincia disuelta por el gobernador, un criterio contrario al de Sarmiento.

En verdad, lo que se juega es acaso el porvenir político del propio presidente de la República.

Además de sus proyecciones institucionales, la controversia tiene la condigna jerarquía de quienes en ella participan. Mitre, cabeza de la oposición, pronuncia un discurso de enjundiosa doctrina y es apoyado briosamente por Oroño.

La sabiduría del viejo Vélez Sársfield, el ministro del Interior, y la concisión de Varela a cargo de las Relaciones Exteriores, parecen ineficaces... La derrota de una votación adversa para el Ejecutivo flota ya en el ambiente... Parece inútil prolongar la controversia
¿Inútil?... ¡Quién sabe!... Pues en ese momento va a terciar Avellaneda... La expectativa crea una respetuosa y vigilante atención. Y Avellaneda encuentra en su elocuencia las palabras conciliadoras capaces de superar las encontradas opiniones y obtener, para el Gobierno de Sarmiento, el aplauso conmovido de los adversarios...

Una apretada mayoría acuerda, en la votación definitiva del asunto, el apoyo a la doctrina del Poder Ejecutivo que se anota la victoria. El debate ha agrandado tanto a Avellaneda que, a partir de entonces, ya se empieza a hallarle estatura presidencial...

La candidatura presidencial de Avellaneda tendría una originalidad: pareció como una respuesta agradecida a la siembra generosa de escuelas y de biblotecas cumplida, desde el Ministerio, en las aldeas y ciudades del Interior. Precisamente, subestimando este carácter, no faltaría la frase despectiva cuando se avecinó la lucha comicial: “Avellaneda no cuenta sino con un ejército de maestros famélicos y de canónigos repletos, que nada significan como elementos electorales...”.

Lanzado su nombre, creyó de su deber para alejar “toda sospecha de injerencia oficial, en los trabajos que promovían sus correligionarios políticos”, renunciar al Ministerio de Instrucción Pública (Agosto de 1873). Aceptó, en cambio, la banca que como representante de Tucumán en el Senado Nacional, le ofreció la provincia de su nacimiento.

Desde fines de 1872 eran públicos los nombres de quienes aspiraban a suceder a Sarmiento. Alude a esto una carta “reservada” que desde Buenos Aires -con fecha 8 de Noviembre de ese año- le envía Avellaneda al coronel Roca; éste, después de haber contribuido decisivamente a la represión de López Jordán en Entre Ríos, está a cargo de la Comandancia Militar en Río Cuarto:

Mi estimado amigo:
Me resuelvo a escribirle puesto que Ud. no viene, y prefiriendo hacerlo directamente sin buscar intermediario.
La cuestión electoral se precipita y es necesario adoptar resoluciones definitivas. El estado actual es el siguiente: la candidatura de Alsina y la de Mitre surgen al mismo tiempo en Buenos Aires, disputándose el terreno que pisan. Deben los dos su origen a la misma localidad y necesitan primero desgarrarse las entrañas, disputándose la cuna común que no puede empero servir para ambos.
¿Cuál de ellos prevalecerá en la lucha ya empeñada y el que prevalezca tendrá o no medios para penetrar en las provincias? Todo incierto y, después de mucho estudio de la situación, pienso que las probabilidades se encuentran hoy del lado de Mitre.
Me refiero a Buenos Aires, porque no es exacto que este cuente con Echague(4) en Entre Ríos y con Iriondo(5) en Santa Fe”.

(4) Leónidas Echagüe, gobernador de Entre Ríos desde 1871 a 1875.
(5) Simón de Iriondo, gobernador de Santa Fe desde 1871 a 1874. // Todo citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

En cuanto cabe dentro de lo humano, tengo seguridad de lo contrario. Viene ahora la parte difícil de esta carta, porque necesito hablarle de mí. En el Interior no hay en este momento otra candidatura que la mía. Creo que la opinión general le es favorable y los elementos oficiales le pertenecen casi por entero.
Tiene todavía otras raíces más hondas, porque no dependen de la atmósfera política que siempre varía; tienen su origen en mi familia que pertenece a tres provincias: Catamarca, Tucumán y Córdoba; en mi educación con jóvenes de todas ellas y en las numerosas relaciones que vengo cultivando después de cuatro años.
Ahora bien; esta situación tiene una amenaza que puede perturbarla. La amenaza consiste en el general Arredondo, al que se le atribuye el intento de levantar una candidatura en disidencia, introduciendo así la anarquía en nuestros trabajos, a lo menos en lo que se refiere a Cuyo...
... yo tengo verdadera estimación por Arredondo, creo mucho en su habilidad y no desconozco sus medios de acción, pero no tengo reparo en decirle que si bien el general Arredondo puede dar eficacia e impulso a una candidatura que cuente con elementos propios en la opinión de los pueblos, no puede sin embargo crear o inventar una que no tenga otro origen ni otros medios de acción que su propia iniciativa...
... nos haría mucho mal, pero sin objeto útil para él...”; “parece, por el contrario, que todos los intereses están llamándonos a entendernos. Mi candidatura surge de la situación y del Gobierno que él contribuyó a crear y del que es reconocido hasta hoy como sostenedor y amigo”; “... y no hay en el Ejército ningún otro jefe al que yo deba consideraciones superiores o iguales a las que siempre le he dispensado.
Pero todas estas razones mismas son una razón para que el general Arredondo me haga conocer su opinión...”; “... Si el general Arredondo viene a nosotros, no soy propenso a abrigar ilusiones, pero lo afirmo sin vacilar, la situación electoral será inconmoviblemente nuestra.
Deduzca Ud. ahora el contenido de esta carta. Me dirijo a Ud., a nuestra amistad y a su tino tucumano, para que arregle este punto grave en nuestros negocios...”.

Con el transcurso del tiempo, se acentúa la identificación política entre Avellaneda y Roca. En carta del 14 de Marzo, encabezada con un muy afectuoso, “mi querido amigo”, Avellaneda le informa:

... Lo de Jujuy totalmente arreglado. Catamarca se recompone rápidamente. Entre Ríos y Corrientes, compactos como un solo hombre...”; “... el doctor Alsina publica mañana su Manifiesto retirando su candidatura y pidiendo apoyo para la mía.
Dice ‘que a pesar de haber prevalecido en Buenos Aires, las elecciones del 1 de Febrero le han mostrado que su candidatura no tiene alcance nacional’. Se inclina, así, ante la mayoría de las provincias y se adhiere a la candidatura que éstas proclaman”.

Y Avellaneda le agregaba a Roca, que el acuerdo con Alsina no había significado, en ningún momento, promesas de su parte: “Ríase de los pactos sobre Ministerios. No he ofrecido una portería...(6).

(6) Confirmando esta aseveración y al recordar el desinterés del gran caudillo autonomista en la oportunidad mencionada, años después, al inaugurar la estatua de Alsina en Buenos Aires, Avellaneda diría: “Hay un pacto, gritó la maledicencia; era falso. No había sino una abnegación”. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

La fórmula que, encabezada por Avellaneda e integrada por el doctor Mariano Acosta para la vicepresidencia, obtuvo el 12 de Abril de 1874 en el Colegio Electoral 145 votos, triunfaba así sobre la de Mitre que, sumando los electores de Buenos Aires, San Juan y Santiago del Estero, sólo lograba 79.

Tal resultado no sería acatado. La oposición, dirigida por Mitre, se lanzó -a partir de Agosto de 1874- a preparar la insurrección. Venciendo las desconfianzas acerca de la conducta de Arredondo, el general Rivas, intermediario y garante de dicho militar en una conferencia mantenida con Sarmiento, obtuvo del presidente la autorización para que Arredondo se trasladara a Córdoba y San Luis, a atender su salud y sus negocios.

Pero ya el 31 de Agosto, Avellaneda le expresaba a Roca: “Principia a despertarse aquí, entre los amigos, algún recelo con motivo del viaje y de la preesncia del General en aquellos mundos... Es necesario que esté prevenido...”.

Otra, fecha 16 de Septiembre: “Nada sabemos del general Arredondo. ¿Qué hay sobre él? ¿Dónde está?”.

Pronto lo sabría todo el país; en el movimiento sedicioso que estalla el 24 de Septiembre, mientras el general Rivas se ha sublevado con fuerzas de la provincia de Buenos Aires, el general Arredondo encabeza la revolución en Cuyo... Como las fuerzas insurrectas de Buenos Aires son fácilmente vencidas, le toca a Roca afrontar las de Arredondo...

Todo reposa hoy sobre usted. Arredondo vencido termina la revuelta. De lo contrario, esto tomará un gran incremento. Arredondo no puede luchar contra los recursos de la Nación. Pero la guerra civil puede ser larga y esterilizar mi Gobierno...”.

... En medio de los sinsabores presentes quedo tranquilo porque nuestra causa se halla en sus manos. Yo no habría elegido otras...”, le escribe -el 2 de Octubre- Avellaneda. Todavía no se ha despejado esa incertídumbre cuando Avellaneda asume el 12 de Octubre la presidencia de la República.

Sarmiento, rabioso contra los insurgentes, se complace durante la ceremonia de transmisión del cargo en saludar a Avellaneda, recordando la formación cultural del sucesor al decirle: “Sois el primer presidente que no sabe manejar una pistola...”.

Avellaneda, por su parte, con responsable orgullo ante la Asamblea Parlamentaria que ha escuchado su juramento, acaba de afirmar que “sus contemporáneos saben que me encuentro sentado, donde Rivadavia y Sarmiento se sentaron”.

Era verdad que Avellaneda no conocía el uso de las armas. Pero éstas se harían oir y no como salvas para reverenciar al nuevo mandatario sino cruentamente en el combate decisivo, que el 7 de Diciembre enfrentó -en Santa Rosa-(7) a Roca y Arredondo. Derrotado y prisionero este último, Avellaneda le envía a Roca, con el ascenso a General, un mensaje:

... he tenido todas sus agitaciones identificándome con usted. No era el presidente que pedía a una victoria la pacificación de la República. Era más que todo, el amigo que se asociaba al amigo. Reciba pues mi abrazo...”.

(7) Provincia de Mendoza. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

Al llegar a la presidencia, su reducida estatura tanto como el balanceo que acompañaba su marcha, multiplicaron los apodos burlones, en especial el de “Taquito” que le adjudicaban las caricaturas...

Había, sin embargo, en la mirada brillante, en la cabellera negra que enmarcaba un rostro pálido, en la sonrisa siempre insinuada, los rasgos suficientes para imponer el respeto, que el encanto de su palabra transformaba en adhesión...

Su inteligencia hecha de equilibrio y de comprensiva indulgencia, le hicieron que buscara para su Gobierno, comenzado bajo los estremecimientos de una revolución, primero que nada, la pacificación del país.

Incorporado Adolfo Alsina al gabinete como ministro de Guerra, el apoyo de este dirigente de honda gravitación en la provincia de Buenos Aires, iba a facilitar la pacificación anhelada.

Ella se cumplió tras un proceso que, iniciándose con una ley de amnistía para los actores de la revolución de Septiembre de 1874, propuso, cual bases de una conciliación, modificaciones a la ley electoral en la provincia de Buenos Aires; al brindar mayores garantías a la oposición, esperaba sacar a ésta de su abstención revolucionaria...

Ya en 1876, la prensa partidaria de Avellaneda señalaba los puntos de coincidencia entre el presidente y el general Mitre; ambos pertenecían al partido liberal y exhibían méritos que el país no podía desconocer... El pasado de la nacionalidad debía ser, a juicio de Avellaneda, una permanente incitación para acercar a los argentinos y de ahí que él lo recordara durante su mandato.

El 5 de Abril de 1877, aniversario de la batalla de Maipo y luego de evocar a grandes rasgos la vida del Libertador, el presidente Avellaneda, “en nombre de nuestra gloria como nación, invocando la gratitud que la posteridad debe a sus benefactores”, expresaba

Invito a mis conciudadanos desde el Plata hasta Bolivia y hasta los Andes, a reunirse en asociaciones patrióticas, recoger fondos y promover la traslación de los restos mortales de Dn. José de San Martín, para encerrarlos dentro de un monumento nacional, bajo las bóvedas de la catedral de Buenos Aires...”; “... las cenizas del primero de los argentinos según el juicio universal, no deben permanecer por más tiempo fuera de la patria. Los pueblos que olvidan a sus tradiciones pierden la conciencia de sus destinos y los que se apoyan sobre tumbas gloriosas son los que mejor preparan el porvenir”.

Días después(8), inaugurando la estatua de Mariano Moreno, decía Avellaneda:

Hay para su muerte temprana los prestigios fantásticos, con que la imaginación de los pueblos rodea las tumbas prematuras. Hay para su memoria los enternecimientos del corazón que se subleva contra las injusticias de la suerte; y su verdadera figura histórica tiene por pedestal imperecedero el hecho capital de nuestros anales”.

(8) El 17 de Abril de 1877. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

Avellaneda, que hace del pretérito un arma clarificadora de la conducta para los problemas de la hora que se viven, al aludir a las divergencias suscitadas en la Primera Junta, agrega aleccionador:

... No se penetra en las regiones del pasado sin encontrar que nadie estuvo en el error o en la verdad de un modo absoluto y que ésta no pertenece en patrimonio indivisible a ningún hombre o partido.
Nos presentaremos nosotros a la vez en la misma condición respecto de la historia y no podemos así volver de nuestras investigaciones, después de haber removido con sus grandezas y miserias el polvo humano, sino reflexivos y sin orgullo, y trayendo en el corazón conmovido estas palabras sobre nuestros labios: conciliación y equidad”.

Por otra parte, la paz resultaba un imperativo de la grave situación económica y financiera que Avellaneda heredara de la Administración anterior y a la que a su vez se había llegado por los Gastos de la guerra del Paraguay, la rebelión de López Jordán, la fiebre amarilla de 1871, etcétera, factores a los cuales se sumó un abusivo uso del crédito para adquirir productos extranjeros.

La Balanza Comercial deficitaria ya había obligado -en 1873- a exportar oro... Desde luego, la revolución de 1874 no había mejorado las cosas. Los negocios paralizados y el crédito restringido, al disminuir las rentas aduaneras, le quitaban al Estado la principal fuente de recursos fiscales...

El profesor de Economía Política que había sido Avellaneda, intervino, con evidente gravitación personal, en la adopción de medidas para conjurar la situación. Se decidió la reducción de empleados de la Administración; la burocracia se podó en un 30 %. Se rebajaron sueldos y pensiones y se cumplió una efectiva contención de Gastos...

Pero Avellaneda supo discriminar con acierto en los diversos aspectos de la crisis. A pesar de la caída espectacular de las reservas de oro, de las bajas cotidianas de las cédulas del Banco Hipotecario Nacional y de la también impresionante caída de los títulos de los empréstitos ingleses que registraban los círculos financieros de Londres, no perdió la serenidad.

Calculó con fe que mientras el país trabajase, la Argentina seguiría siendo dueña de su porvenir. Debía confiarse en la riqueza resultado de la inmigración que continuaba llegando a nuestras playas; debía confiarse en la valorización del territorio que concitaban los rieles en su avance y por ello no paralizó la construcción del ferrocarril de Córdoba a Tucumán; debía confiarse en la proyectada conquista de las tierras que expulsaría a los indios del desierto y, para que esa definitoria empresa no dejara de cumplirse, en plena crisis, el ministro Alsina instalaba, en Carhué, el Comando de la fuerza militar destinada a realizarla.

Precisamente Avellaneda volvió a Tucumán, con motivo de la inauguración del ferrocarril que uniría a su provincia con la de Córdoba”.

Era el presidente, y esperado cierto día de acuerdo con el programa oficial preparado y del que él mismo tachara la mitad de los actos públicos anotados. Pero entra en la ciudad un día antes y así logra unas horas de tranquilidad. En cuanto se divulga la novedad de que el hijo ilustre está ya en su tierra, la cuadra en que queda la casa que le da alojamiento se llena de gente que aplaude y da vivas sin cesar.

Es un retorno que emociona a todos. ¿Quién olvida que este presidente de la Nación es el hijo del degollado por no aceptar la tiranía?

El bullicio y la alegría callejera es tan grande que el viajero sale al balcón de la sala, en los bajos, y después de estar un rato mirando enternecido a aquella muchedumbre, improvisa uno de sus mejores discursos(9).

(9) Bernardo González Arrili: “Historia Argentina” (1964), tomo VIII. Ed. Nobis, Buenos Aires. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

- He querido venir solo y despojado de las insignias del mando”, les dice. “He venido antes de las fiestas, para que las pompas oficiales no sofoquen la efusión de nuestros primeros abrazos. Lo que necesito deciros no quiero que sea escuchado por los extraños...”.

El entusiasmo desborda, apenas se le escucha. El esfuerza cuanto puede la voz, para seguir diciendo:

- Traigo fatiga después de las vicisitudes de la vida y anhelo de descansar mi cabeza al abrigo de corazones seguros. Los años de la ausencia han sido largos, la jornada dura.
¡Cuántas veces bajo las inquietudes de la suerte y viendo cerrar el paso a mi intención pura y sana, me he preguntado si me sería dado un día volver con honor y con vida a la vieja casa de mis padres!
He tropezado con muchos en este camino de las ambiciones, que viene tan lleno de gentes... pero nunca deserté las reglas del deber; puedo, pues, comparecer delante de la sombra de mi padre y delante de vosotros que fuisteis los testigos de su vida y de su muerte.
¡Miradme! Mi frente tiene pliegues prematuros, mis cabellos emblanquecen, las vigilias han devastado mi fisonomía; pero, ¡miradme! Soy el mismo... Y puesto que me habéis reconocido, vuelvo a pediros, ¡dadme un asiento en el hogar común!
Necesito después de tantas agitaciones, calentar mi alma bajo los rayos vivificantes de nuestro sol”.

Lo importante era multiplicar las posibilidades de trabajo de la Nación. A Avellaneda lo orientaron en su optimismo irreductible el haber observado que, a pesar de todo, la Balanza Comercial no acusaba desfallecimientos fundamentales en el rubro exportación... Ese era -a su juicio- el mejor índice de que pronto vendría la recuperación...

Era preciso contagiar esa fe y en el exterior esa fe se llama crédito... Y el crédito sólo entiende de las cuotas con sus plazos y urgencias implacables...

De ahí que Avellaneda sintetizara su política en esta materia, con la frase que se ha hecho clásica:

La República puede estar dividida hondamente en partidos internos; pero no tiene sino un honor y un crédito, como sólo tiene un nombre y una bandera ante los pueblos extraños. Hay dos millones de argentinos que economizarán hasta sobre su hambre y sobre su sed, para responder en una situación suprema a los compromisos de nuestra fe pública en los mercados extranjeros...”.

El 1 de Octubre de 1876, a escasas horas de vencerse el plazo impostergable, el presidente lograba remitir a Londres los 600.000 pesos oro que demandaba el pago del servicio de un empréstito...

Tres meses antes, alarmados por la inminencia de una bancarrota, varios diputados, entre ellos Pellegrini, habían presentado un proyecto de ley proponiendo la venta de los ferrocarriles nacionales en pago de la Deuda Externa. El Poder Ejecutivo, en Mensaje del 2 de Julio de 1876, luego de manifestar su oposición, declaró en esa oportunidad:

... la Nación ha soportado días sombríos sin que desmayara el ánimo de su Gobierno, hasta el punto de renunciar a la prosecución de obras que reputaba fundamentales para el progreso nacional”.

Y Avellaneda agregaba que, en el caso de enajenarse los ferrocarriles, el proyecto debía aplicarse, indefectiblemente, a la construcción de nuevos ferrocarriles...

Los Presupuestos de los años subsiguientes -hasta concluir el mandato presidencial de Avellaneda- fueron prácticamente equilibrados. A partir de 1877 una patente y paulatina mejoría económica le daba así fundada razón, cuando el presidente Avellaneda, en su último Mensaje como Primer Magistrado, le puntualizaba al Congreso, en Mayo de ese año:

Es evidente que hay actualmente mayor industria, mayor riqueza, mayor suma de libertad, mayor trabajo y mayor acopio de luces que en cualquier otro día de nuestra historia; y afirmo estos hechos sin atribuirlos a un hombre ni a una serie de hombres, sino a la acción colectiva de la Nación entera.
Tócale también a ella preservar tan grandes bienes, manteniendo la paz y el funcionamiento de sus Instituciones libres; los pueblos no tienen otros medios de progreso sino su propia acción, inteligente y reparadora, aplicada al desarrollo de sus destinos”.

Corresponde a la presidencia de Avellaneda la adopción de una política proteccionista que alentó el desarrollo industrial de la República.

Iniciada en 1875 con la creación, por unos particulares, del “Club Industrial”, “el nombre de cuyo primer presidente, el francés Enrique Landois, merece recordarse como uno de los precursores(10).

(10) Carlos Heras. “Presidencia de Avellaneda”, capítulo IX, del volumen 1, de “Historia Argentina Contemporánea. 1862-1930”, de la Academia Nacional de la Historia. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

El club volcó sus energías en la organización de la primera exposición exclusivamente industrial realizada en el país. Inaugurada en Enero de 1877, Avellaneda la prestigió con su presencia y su palabra. Sensible al problema, en oportunidad de discutirse los derechos aduaneros, entendió Avellaneda que la adopción de un 30 % y no de un 40 % como lo deseaba el Congreso, bastaba para gravar la introducción de los productos manufacturados extranjeros similares a los fabricados en el país...

El gobernante se veía obligado a contemplar el otro aspecto de la cuestión: los derechos aduaneros constituían la principal fuente de Ingresos para el Fisco... Creyó además que sin confiar exclusivamente en el recurso de los aranceles, el desarrollo industrial debía buscar la formación de sociedades cooperadoras, bancos industriales, escuelas de artes y oficios, etcétera.

Pero, de cualquier modo, Avellaneda, identificado con este aspecto de nuestra economía, ya en los días finales de su magistratura solicitó y obtuvo del Congreso una subvención para el Museo Industrial y apoyaba la realización de una exposición industrial que debía verificarse en 1882 y a la cual calculaba darle categoría continental...

En 1875, Avellaneda sometía al Congreso una ley que encaraba simultáneamente la inmigración y colonización. La ley se hacía eco de las ideas fundamentales que imponían al país fijar una política agraria vinculada con el indispensable aumento de la población.

Discutida en el Congreso y aprobada en 1876, ella ha merecido la afirmación, formulada por Miguel Angel Cárcano, de que “ninguna ley posterior a la ley Avellaneda, tuvo carácter más orgánico y general”.

La ley creaba un Departamento General de Inmigración dependiente del Ministerio del Interior, cuyo jefe tendría título de Comisario General de Inmigración, quien correría con todo lo relativo a fomento, propaganda y protección de la inmigración a su llegada al país, dándole alojamiento y ayudándola a obtener colocación; por primera vez se definía al inmigrante, se consignaban sus derechos y las facilidades otorgadas por el país.
Disponía la exploración y subdivisión de las tierras de los Territorios Nacionales, haciendo practicar las mensuras de las tierras aptas para la colonización(11).

(11) Carlos Heras. “Presidencia de Avellaneda”, capítulo IX, del volumen 1, de “Historia Argentina Contemporánea. 1862-1930”, de la Academia Nacional de la Historia. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

Coincidiendo con la crisis de 1876, el país iniciaba ese año -por Rosario- la exportación de trigo. La pequeña cantidad de cereal, unas veinte toneladas, era sin embargo saludada por Avellaneda con una euforia que le hacía expresar, en el telegrama de felicitación, que consideraba tal acto como el más trascendental de su Gobierno. ¿No había confiado siempre en que la colonización, hecha surcos, trajera para la Argentina la más sólida base económica de los días futuros..?

El agente maravilloso de la producción, el creador moderno del capital es el inmigrante”; “economicemos sobre todos los ramos de los servicios públicos; pero gastemos para hacer más copiosas y fecundas nuestras corrientes de inmigración...”.

Así lo decía al Congreso Nacional en su Mensaje de 1876. En el Mensaje de 1879, Avellaneda reiteraba su satisfacción porque “los inmigrantes que llegan actualmente son, en su casi totalidad, agricultores...”.

Pan amasado con el trigo sembrado por los gringos inmigrantes, figuraría pronto en las mesas europeas...

También en 1876 llegaba a Buenos Aires un barco: “Le Frigorifique”, nombre que auspiciaría una técnica que, luego perfeccionada, pronto iba a provocar un cambio fundamental en el horizonte de la ganadería argentina.

Un periódico, “El Economista”, pudo afirmar a principios de 1877:

Debe darse por resuelta la cuestión de llevar a grandes distancias carne fresca sin ninguna preparación química...”; “las estancias tendrán que dejar la rutina y elegir para la cría las razas que mejor se presten al engorde, por ser evidente que éstas han de obtener mayor precio que nuestro ganado actual. El desenvolvimiento de la cría de la oveja pronto será rivalizado por el del ganado vacuno...”.

Fue también durante la presidencia de Avellaneda que el molde de una nueva geografía iba a proporcionar el escenario para los gringos agricultores y para la mestización del ganado. La conquista del desierto, cumplida bajo la concreta ejecución de un plan ideado por Roca, expulsaba a los indios de quince mil leguas y, en 1879, llevaba hasta las márgenes del río Negro, las fronteras interiores.

En una Proclama de Enero de ese año, Avellaneda, anticipando los resultados de ese avance, había dicho: “Soldados: después de muchos años, la guerra contra el indio sale del terreno de las hazañas oscuras...
No se perderá la ruta que habéis trazado sobre el desierto desconocido. Por los rastros de las expediciones se encaminará, en breve, el trabajo dispuesto a recoger el fruto de vuestras victorias, abriendo nuevas fronteras de riqueza nacional al amparo de vuestras armas”.

La muerte de Adolfo Alsina, producida a fines de 1877, fue el comienzo de una nueva etapa de perturbación en la vida del país. Vicepresidente de Sarmiento, el apoyo electoral de Alsina como jefe del partido autonomista, había sido decisivo para hacer triunfar, en 1874, la candidatura presidencial de Avellaneda.

Nombrado por éste ministro de Guerra, había continuado gravitando en la provincia de Buenos Aires y en la política de conciliación; en el momento que le sorprendió el fallecimiento se consideraba a Alsina el más probable candidato destinado a suceder a Avellaneda en la Primera Magistratura.

Para reemplazarlo en el Ministerio de Guerra, Avellaneda designó al general Roca. Este se había destacado en la represión contra López Jordán en Entre Ríos y al vencer a Arredondo en la batalla de Santa Rosa, en Diciembre de 1874. Comandante luego de las fronteras interiores con asiento en Río Cuarto, no tardó Roca en aparecer aspirando a la presidencia apoyado por algunas provincias cuyos gobernadores hicieron del joven general su mejor abanderado para la renovación del Poder Ejecutivo Nacional.

Por su parte, en la provincia de Buenos Aires, la desaparición de Alsina volvía a consolidar a Mitre y daba paso para llegar a la gobernación de la misma a Carlos Tejedor. Este, al asumir el cargo, en 1878, no dejaría de aludir a los deberes de las autoridades de Buenos Aires, “para con su huésped, el presidente de la República”.

La frase recordaba una lamentable verdad; aún no se había resuelto la cuestión fundamental de establecer una capital a la República y a las autoridades nacionales. El Poder Ejecutivo, el Congreso, la Corte Suprema, sin base territorial legalmente propia, eran simples “huéspedes” de la provincia de Buenos Aires ... algo así como inquilinos sin contrato y ... hasta morosos: en 1876, el apoyo financiero de la provincia de Buenos Aires era lo que había permitido girar a Londres la cuota de un empréstito contraido por la Nación...

Sobre el trasfondo de ese vacío institucional que era la carencia de una capital, la renovación presidencial exaltó los ánimos y desbordó las pasiones. La candidatura de Roca, afianzada por su campaña en la conquista del desierto, pareció etiquetada por los viejos agravios provincianos contra la hegemonía de Buenos Aires y como desafío a los porteños...

Estos, a su vez, levantaron, para oponerse a Roca, la del gobernador Tejedor... La política de conciliación nacional se daba por concluida... Los días de Cepeda y Pavón parecían retornar...

El avance de las fronteras interiores, los aportes de la inmigración laboriosa, la expansión de los ferrocarriles, el invento trascendente de las nuevas técnicas tan propicias para la valorización de la clásica riqueza ganadera, todo eso peligraba ante la inminencia de la contienda civil.

Fracasadas las tramitaciones entre las dos candidaturas, las palabras acusadoras de los periódicos acentuaban intolerancias y eran los fusiles, más que el número de electores, la aritmética que dramática empezaba a envolver a la República.

En el vértice del poder, Avellaneda vivía, angustiosamente, tales perspectivas. Como en uno de esos días llegara a Buenos Aires un barco trayendo a bordo algunos enfermos de fiebre amarilla, provocando la consiguiente alarma de la población, cuéntase que Avellaneda, al regresar melancólico al hogar, le dijo a su mujer:

Yo no sé qué será más peligroso, si la peste con que nos amenaza ese barco o la guerra que originará la elección presidencial...”.

El 10 de Mayo 1880 una multitud que excedía de 30.000 personas y en la cual figuraban Mitre, Sarmiento, Alberdi, se agolpaba en la Plaza de Mayo. La manifestación, promovida por el comercio, la Bolsa y la Sociedad Rural, desprendiendo de ella una delegación integrada por las figuras próceres nombradas y algunas más, tenía por objeto entregar a Avellaneda un petitorio en favor de la paz.

El presidente escuchó a la delegación en su despacho, pero prefirió, después de responderles, asomarse al balcón y dirigirse a la multitud, que oyó emocionada su discurso:

Salgo a vuestro encuentro y os saludo con nuestra divisa: ¡Viva la paz! ¡Viva la paz!, que es condición de vida para los pueblos nacientes...
Un día lo dije: 'Sólo moveré un hombre o un arma para defender a la Nación amenazada en su existencia, en sus leyes o en sus poderes públicos'”; “un Remington no es un argumento...”; “... nada he hecho para envolver al país en los desastres de una guerra.
Las vanas alucinaciones del amor propio no germinan ya en los años maduros y si se abrigan aún ilusiones, éstas se asocian a un concepto austero del deber. He aquí la fórmula que yo querría inscribir en mi vida: gobernó.
Su Gobierno nació en medio de una conflagración armada y no se contaminó con su sangre ni heredó sus violencias; después de seis años de una Administración azarosa pero pacífica, transmitió el mando delante de catorce pueblos tranquilos, ordenados y libres...”.

Y concluyó prometiendo:

Habrá paz en la República. ¡Lo he afirmado en otras ocasiones, porque creo firmemente que el poder del Gobierno es superior al poder de la anarquía y que nada hay dentro de la Nación superior a la Nación misma!

La historia impuso una pausa a las tensiones de esos días. En Mayo 20 de 1880, el centenario del nacimiento de Rivadavia suscitó homenajes populares que auspiciaron con su presencia algunas de las grandes figuras de la organización nacional: Alberdi, Mitre, Sarmiento...

El 28 de Agosto de 1880 llegaban, repatriados, los restos de San Martín y, ese día, ante la estatua del Libertador y exaltando su epopeya, la elocuencia de Avellaneda jalonaba la ceremonia: “Vedle ahí montado sobre el caballo que mayor espacio de la tierra haya recorrido en el mundo después del de Alejandro...”.

Ya para entonces no se ocultaba que los defensores de la candidatura de Roca propiciaban nacionalizar la Ciudad de Buenos Aires y convertirla en capital de la República.

A su vez, Tejedor y sus partidarios, entre los cuales se contaba Mitre, dispuestos a resistir lo que consideraban una mutilación de la provincia, militarizaban el cuerpo de bomberos, organizaban a sus adherentes en unidades bélicas y, violando expresas disposiciones del presidente Avellaneda, procedían al desembarco, en la madrugada del 1 de Junio de 1880, de un armamento adquirido en Montevideo.

La situación de Avellaneda en Buenos Aires se tornó insostenible y considerando que Tejedor estaba incurso en el estado de abierta rebelión contra el Gobierno Nacional, resolvió abandonar la ciudad. Al anochecer del 2 de Junio, sin custodia, con la sola compañía de Pellegrini, su ministro de Guerra, se llegó hasta el pueblo de Belgrano, resuelto a fijar allí la residencia del Gobierno Nacional.

Provisoriamente se alojaría en el Cuartel del regimiento 1ro. de caballería de línea, acampado en la Chacarita. “Era ya noche oscura cuando Avellaneda y Pellegrini llegaron al cuartel. El jefe del cuerpo, coronel Manuel J. Campos...”, “... a pesar de lo imprevisto del suceso y de la consiguiente sorpresa, se apresuró a ordenar a su tropa los honores debidos y Avellaneda entró inmediatamente, seguido del doctor Pellegrini.
Este, en medio de un profundo silencio dijo, dirigiéndose al grupo que formaban los jefes y oficiales: el presidente de la República viene a pedir hospitalidad en el regimiento 1ro. de caballería”.

El coronel Campos respondió:

El señor presidente de la Nación no pide hospitalidad en ningún punto del territorio argentino y mucho menos en uno de los cuarteles del Ejército Nacional.
Señor ministro:
Donde él se encuentra está en su casa y yo estoy a su servicio; podéis dar vuestras órdenes, pues aquí estamos todos para cumplirlas(12).

(12) Ismael Bucich Escobar. “Vida de Nicolás Avellaneda” (1926). Imprenta Ferrari Hermanos, Buenos Aires. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

Simultáneamente con las medidas militares que ordenaban concentrar sobre Buenos Aires los fuerzas del Gobierno Nacional, se instalaban en Belgrano las oficinas de la Administración y, luego de algunas demoras, el Congreso. Para estar junto a Avellaneda allí se le reunieron su esposa y sus hijos.

Combates que costaron cientos de vidas se libraron en Barracas, Puente Alsina, etcétera, entre las fuerzas nacionales y las movilizadas, por Tejedor. Gestiones de representantes diplomáticos concertaron un armisticio; anticipándose a su derrota y deseoso de prevenir nuevos derramamientos de sangre, Tejedor confió a Mitre negociar la paz.

Ello se logró, luego de mútiples contactos, sobre la renuncia de Tejedor, el desarme de las fuerzas movilizadas por la provincia de Buenos Aires y la aceptación por ésta de entregar la ciudad homónima para capital de la República.

Reinstalado el Gobierno Nacional en la Ciudad de Buenos Aires, Septiembre de 1880, y aprobada por el Congreso la elección que meses antes designara a Roca para suceder a Avellaneda, éste le entregó el cargo el 12 de Octubre. Escuchó, en esa oportunidad, el balance elogioso de Roca: “Descendéis las gradas del Capitolio argentino, con la satisfacción de haber dado realización a grandes aspiraciones nacionales...”.

Avellaneda, le contestó:

Sólo necesito decir una palabra, y pido al señor presidente permiso para pronunciarla en su presencia.
Los tiempos han sido tormentosos y bajo su ruda influencia he podido a veces preguntarme, si había debido ambicionar el Gobierno. Pero nunca me he arrepentido de haberlo ejercido con equidad constante y con benevolencia casi infatigable”.

La revolución del 80, con la fúnebre lista de los caídos en su lucha, dejó en Avellaneda un desasosiego persistente... Su temperamento, neurotizado por el drama familiar, lo llevaría a seguir caviloso en la búsqueda de su propia justificación de gobernante que debió enfrentar con las armas la rebelión de Buenos Aires...

El había anhelado la paz, siempre la paz como inspiración de su mandato; y, sin embargo, era con la guerra civil imprescindible que se había bajado el telón de su presidencia... ¿Imprescindible?... ¿La juzgaría así la historia?

Cuando alejado del poder, escribió hacia 1883 un bosquejo biográfico que dejó inédito, redactado a lápiz, acerca de Bernardino Rivadavia, al estudiarlo y en severo desacuerdo con la renuncia de aquél a la Primera Magistratura, explicaba Avellaneda:

... el Gobierno es la autoridad y la autoridad se compone igualmente de estos dos elementos ineludibles: la razón como la fuerza. Los gobernantes no son pastores de almas...”.

Tal vez Avellaneda afirmaba esta tesis que sustentaba el uso de la fuerza para apuntalar la razón de un gobernante, calculando justificar así, con un ejemplo histórico, su propia y dramática experiencia presidencial del 80...(13).

(13) El doctor Benjamín Villegas Basavilbaso, el historiador fallecido hace pocos años, después de haber alcanzado en la Justicia la presidencia de la Corte Suprema y con quien tuvimos el honor de platicar a menudo, nos transmitió la confidencia que a él le formulara un hijo del presidente Avellaneda, confirmatoria de esta presunción. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

Los desvelos del cargo, en especial durante los últimos meses, le habían exigido tensiones agotadoras; buscó, como descanso, el refugio de su biblioteca. Esperaba reponer así las energías cuando, en 1881, nacionalizada la Universidad de Buenos Aires, una asamblea de académicos de las facultades que entonces la constiuían, lo eligió Rector. En el desempeño del rectorado preparó la ley universitaria aprobada en 1885, que lleva su nombre.

Aunque obligado por la salud disminuida a administrar sus actividades, su catolicismo militante lo llevó a participar de las controversias suscitadas por la Ley de Educación Común y a pronunciarse contra ella. Lo hizo al considerar que la misma sólo autorizaba la enseñanza religiosa antes o después del horario regular de clases. En este punto no trepidó en polemizar hasta con Sarmiento.

En 1882, al inaugurar la Exposición Continental, en su carácter de presidente honorario de la comisión organizadora, Avellaneda señaló que la exposición representaba “nuestro impulso más poderoso en las vías del progreso industrial, siendo de notarse que ha nacido de las entrañas del pueblo mismo, como si hubiera sido instintivamente inspirada por el sentimiento de su grandeza”.

Y como para que no hubiera duda alguna de que el país asimilaba las caravanas inmigratorias, Avellaneda proclamaba en esa oportunidad, con remarcable orgullo:

Somos la Nación cosmopolita de la América del Sur. Oyense hablar por las calles de nuestras ciudades todos los idiomas del mundo”.

Ese mismo año es electo Senador por Tucumán. Pero su salud quebrantada al abandonar la presidencia, ignoró las mejoras que cortos viajes a Montevideo y Río de Janeiro le hicieron concebir. No lo curarían ni el amor de su tierra natal, ni la ciencia de Europa, hasta donde se fue en 1885; su dolencia renal superaba a los sabios de París y, desahuciado, se embarcó para el regreso. Los auxilios religiosos los recibió a bordo con serena dulzura, la misma que lo hizo reclinarse en el hombro de su mujer para el tránsito definitivo.

Aristóbulo del Valle, que viajaba con él, cubrió con una bandera argentina el cuerpo yacente de Nicolás Avellaneda. ¿Podíase dudar de que esa vida merecía el honor de tal mortaja?

Después de haberlo sido todo como hombre público, para juzgar el mundo, Avellaneda continuó prefiriendo otra tabla de valores... Porque no lo disimulaba, pudo, en 1882, escribir estas palabras transparentes:

¡Paso a los poetas! Aunque no se lo demos, avanzarán con nosotros, sin nosotros y a pesar de nosotros, a ocupar la cabeza de la columna. Cuatro o cinco estrofas representando un estado del espíritu, dando expresión a las agitaciones del corazón y que contengan uno de aquellos versos que son como una fibra del alma, bastan para salvar una memoria de hombre en el naufragio de los tiempos.
La acción política es más ruidosa, pero es también incierta en sus resultados, y ninguno de los que viven en su agitada arena puede calcular el alcance futuro de su nombre. ¡Cuántos personajes ufanos y vanagloriosos van pasando al olvido en la historia contemporánea misma, mientras que un verso de Schiller, Byron o de Echeverría hará conocidos sus nombres en la más lejana posteridad!”.

¿No se percibe en todo esto la pena íntima de “haber ambicionado el Gobierno”, malogrando una posible gloria literaria..?

Es precisamente después de 1882, cuando Avellaneda deja, a propósito de la muerte de fray Mamerto Esquiú y en un esbozo biográfico sobre Rivadavia, las páginas que certifican, a nuestro juicio, la hondura de su pluma...

Por ello se piensa que de haberle dado más años el destino, Avellaneda habría alcanzado ese nivel del escritor que llega a la posteridad con el bagaje del libro perdurable.

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