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Elección de Electores. Actitud de la oposición

"Llegó el día 16 de Noviembre de 1877, designado para la elección de electores. Ella tuvo lugar bajo el terror y la coacción oficial más inicua. La máquina infernal montada por Derqui contra el ejercicio de la soberanía del pueblo, produjo su estallido mortífero, pero si mató el voto libre, no destruyó la virilidad del pueblo, que sacó fuerzas nuevas de defensa del criminal desenlace de la contienda electoral"(1).

(1) Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Resistencia Popular de Corrientes. 1878” (1891). San Martín, Escuela de Artes y Oficios de la provincia de Buenos Aires. Editor.

El partido liberal había declarado en su Programa que se abstendría de la lucha si la libertad electoral no fuese respetada; más, cuando el poder público no se limitó a cohartar el sufragio, sino que invirtió completamente el orden institucional, conceptuó cobardía la abstención y, con plena conciencia de lo que sucedería, ocurrió a los comicios en actitud pacífica, como si lo esperasen urnas libres.

La cuestión electoral y las consecuencias políticas de ella habían degenerado en cuestión social, de vida o muerte, y si del primer punto de vista la abstención era una defensa, del segundo, en que las cosas estaban, era un deber la lucha.

La victoria popular era segura, aún combatiendo el poder según estaba resuelto a hacer; numéricamente, y ante los principios constitucionales, tenía la oposición con qué evidenciar su triunfo, y esto era lo importante, por más que el Gobierno lo desconociese, como parecía indudable que lo haría; porque, convertida en cuestión social la cuestión política, había resolución de seguirla hasta sus últimas consecuencias, en defensa legítima, pues si los hombres pueden, alguna vez, prescindir, obligados, del ejercicio de sus derechos políticos, jamás hacen lo mismo con sus derechos naturales.

Encaprichado, el doctor Derqui en ser gobernador de Corrientes, no podía esperar, la oposición, que respetase su triunfo; necesitaba, sin embargo, vencerlo, probar ante el país que la voluntad del pueblo le era hostil, para tener derecho a obligarlo y obligar a sus cómplices a someterse a la ley.

Para el doctor Derqui, la elección de electores era la conclusión de su campaña y para sus adversarios la base de su evolución futura. Por eso fue que el 16 de Noviembre agotó aquél los recursos de su sistema y los últimos se mantuvieron en los límites de una defensa enérgica, pero prudente, sin conprometer su causa.

Las escenas ignominiosas de aquel día memorable en los fastos electorales de Corrientes, merecen relacionarse con detalle, Departamento por Departamento, no sólo para que sean conocidas, como porque demuestran haber sido el resultado del plan puesto en ejecución por Derqui, desde su entrada al Gobierno, y dan la medida exacta de dicho político y de sus federales.

* Capital

La plaza en que debía tener lugar la elección fue ocupada en la madrugada del 16 por el “Guardia Provincial” y el cuerpo de vigilantes, acantonándose tropa en algunos edificios de ella; el Jefe de Policía, Rafael Gallino(2); los ayudantes del gobernador, Solís y Maidana; el Inspector de Armas, Acosta; los comisarios de Policía, Romero, Núñez, González, Alvarez, Toledo y Noguera; el primer Jefe de la gendarmería, Avila; el del detall, Lovera; al frente, cada uno, de grupos insignificantes, ocurrieron al atrio de la Iglesia del Rosario, lugar de la elección, provocando con mueras y otros insultos a la oposición.

(2) Este señor fue tan exaltado partidario del tirano del Paraguay, Solano López, cuando las fuerzas de éste ocupaban Corrientes, en 1865, que en un banquete dado en celebración del nacimiento del tirano, pronunció el siguiente brindis, disparatado pero significativo: “Señores: deseoso de hacer una pequeña manifestación de simpatía al Exmo. Sr. Presidente del Paraguay, hoy día de su natalicio, he tomado la palabra careciendo de este don; por consiguiente, seré breve, ofreciendo únicamente un brindis a la salud de este hombre, que tan bellas esperanzas ofrece a nuestra patria.
“Señores: brindo a la salud de ese hombre que a la lid nos guía y que, presuroso a nuestra libertad existe; hoy debemos a él cuánto existe, nuestra libertad, nuestro ser, nuestra armonía” (“El Independiente”, Nro. 132, veintisiete de Julio, 1865). // Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Resistencia Popular de Corrientes. 1878” (1891). San Martín, Escuela de Artes y Oficios de la provincia de Buenos Aires. Editor.

Uno y otro hecho eran violatorios del acuerdo celebrado la noche anterior entre comisionados de uno y otro partido. El gobernador del Chaco, Pantaleón Gómez, había ofrecido, espontáneamente, su intervención, para impedir la efusión de sangre y hacer tranquila la elección del siguiente día que, según las apariencias, iba a ser una verdadera batalla; los liberales, que ignoraban la clase de hombre que era el gobernador del Chaco, aceptaron la oferta, confiados en que, por su alto carácter, sería imparcial.

Reunidos, en consecuencia, representantes de uno y otro partido, en la casa habitación de Ramón Lusbín, donde paraba Gómez, presentaron los liberales, por orden, estas dos proposiciones, como medio de hacer tranquilo el acto:

1ro. - Formación de Mesa primaria mixta, cuyo presidente sería designado a la suerte;
2do. - Nombrar una Comisión mixta, presidida por el gobernador del Chaco, encargada de contar el número de votantes de cada parte, en la inteligencia de que, si resultasen con mayor número los federales, formarían ellos la Mesa Escrutadora y, si fuese la oposición, daría Mesa mixta.

Fueron rechazadas.

Entonces, se convino echar a la suerte quiénes debían comenzar la votación y se nombró comisionado fiscalizador de la legalidad y tranquilidad del acto al gobernador Gómez. El primer reclamo hecho a Gómez fue, pues, por la presencia de la fuerza pública y la actitud asumida por los empleados militares y civiles. No hizo caso.

Denunciósele luego que el gobernador de la provincia se encontraba a media cuadra del atrio, en la casa de José Bosano, cuartel general de los gubernistas, repartiendo dinero y caña y dando órdenes como magistrado. Tampoco escuchó.

El fiscalizador se tornó derquista en el terreno. La recepción de sufragios, para la formación de la Mesa Escrutadora, fue cerrada antes de la hora fijada por la ley, para que no votasen los de la oposición, a quienes tocaba el turno, y tuviesen mayoría; fueron recibidos como válidos votos de extranjeros, de no domiciliados en la capital, de soldados disfrazados de individuos que ya habían sufragado, sin que a los reiterados reclamos de la oposición hiciera nada Gómez.

Lo que estamos presenciando -le dijo el doctor Luque- es una traición indigna, que si no fuera nuestra palabra empeñada, la castigaríamos inmediatamente”.

¡Cómo, en efecto, podía atender los reclamos, “cuando había sido llamado por su amigo Derqui para asegurarle el triunfo”, según lo manifestó después él mismo!

Durante toda la elección, Gómez autorizó los escándalos que tenía el compromiso de honor de impedir y, no obstante el resultado neto del escrutinio, sin depuración de los votos falsos, fue de 265 por el partido liberal y 267 por el poder, quedando sin sufragar 335 liberales, lo que importaba, cívica y numéricamente, la derrota del poder pues, constatada la incapacidad de tres votantes aceptados, y eran más de cincuenta, quedaba la oposición con mayoría.

Esta formalizó su protesta en la misma Mesa Electoral, pues había vencido con un género de victoria que sus adversarios no debieron permitirle: los obligó a deshonrarse.

* Lomas

Teodoro Maciel, Juez y Comandante Militar, hizo arrear a los vecinos por comisiones de las fuerzas acampadas en el cuartel del Departamento, costa de Laguna Brava, y él mismo, seguido de una escolta de sesenta hombres, recorrió el Departamento para ordenar que “nadie votase contra el Gobierno y porque no le gustaba que hubiesen dos partidos”.

No satisfecho aún, el 16, colocó guardias en los diversos pasos del Riachuelo, río caudaloso que cruza el Departamento, para capturar y conducir al cuartel a todo vecino que viniera a votar.

Prevenido, así, contra la oposición, organizó militarmente a los ciudadanos arreados, por compañías, con oficiales armados a su frente; mandó desplegar, en guerrilla, un escuadrón de carabineros frente al Juzgado; rodeó el edificio de centinelas y, dentro de él, instaló la Mesa Electoral, presidida por él mismo, sable en mano y con un montón de boletas al lado.

Tomó una precaución más: la guerrilla recibió orden de hacer fuego contra todo grupo que se aproximase a dos cuadras de ella, “porque no había más elector que él, y que los disconformes apelasen dónde quisieran

¿Qué podía hacerse pacíficamente ante semejante forma de elección? Los opositores que, en número.de cuatrocientos, habían concurrido a ejercer su derecho, o tenían que abrirse paso a la fuerza, desobedeciendo las instrucciones del “Club Constitucional” o retirarse burlados; su constancia y su decisión tenían por delante un atentado mayor aún que los sufridos hasta entonces.

Hicieron lo único que estaba a su alcance: mientras Maciel practicaba su elección, a la distancia permitida de la guerrilla de carabineros, labraron un Acta-protesta, refiriendo lo ocurrido, expresando su voluntad de ser representados en el Colegio Electoral por el doctor Juan M. Rivera.

Esta fue la elección en Lomas. Tanto por lo dicho, cuánto porque el elector oficial, Antonio Ramayón, era un menor de edad, como lo demostró después en el Congreso el ministro del Interior, exhibiendo su Fe de Bautismo; el acto fue doblemente nulo para el doctor Derqui.

* San Luis

Benedicto Aquino, Jefe Militar, y Laureano Molina, Juez, disolvieron por la fuerza los grupos de opositores que bajaron de la campaña y, colocando guardias en las cuatro esquinas de la plaza, consintieron la entrada en ella solamente a los partidarios del Gobierno.

El ministro, doctor Fernández, estuvo en San Luis dos días antes de la elección, y él, tal vez, aconsejó la medida. El elector nombrado fue Miguel V. Gelabert, presidente de la Legislatura, el cual no podía ser tal, por esta disposición terminante de la Constitución Provincial: Ningún diputado ni empleado a sueldo del Poder Ejecutivo podrá ser Elector”.

* San Cosme

Los jueces Portillo y Alfonso y el Jefe Militar Sequeira, publicaron bandos a son de corneta, haciendo saber a los vecinos que la candidatura del doctor Derqui era la patrocinada por el Gobierno y que las autoridades estaban encargadas de reunir a los ciudadanos y dirigirlos el día de la elección.

La víspera del 16, bajaron a San Cosme y Santa Ana los Jueces Pedáneos, Fiscales y Oficiales en comisión, con pelotones de enchalecados, destinados a votar por el ungido del poder, cuyos desgraciados, detenidos en los corralones de los Juzgados, bajo centinelas y algunos en el cepo, esperaron el día de la farsa para recobrar su libertad.

La Mesa Electoral se instaló en el atrio de la iglesia, rodeada de un círculo de soldados y, con el Juez y el Comandante en ella.

Los votantes eran sacados de los Cuarteles en número de cuatro, con custodia de un oficial y tres soldados y, conforme sufragaban, recibían su libertad. La oposición no podía votar, pero le fue reconocido el derecho de protestar, en la forma que eligiese; en ésto, se mostraron más generosos que Maciel.

El diploma de Elector oficial no llevó pues, un voto en contra en los registros, pero en el acto de clausura de ellos se mencionó la protesta hecha por los liberales, semejante a la de Lomas.

El nombrado fue Segundo Ramírez, rechazado poco antes de la Legislatura, por insolvente quien, por esto mismo, no llenaba las condiciones constitucionales para el cargo, pues las exigidas a un elector son las mismas que debe reunir un diputado.

* Empedrado

El vicepresidente del club liberal y dieciocho miembros más fueron prendidos el 15 por la noche, habiendo escapado el presidente y otros, gracias a oportuno aviso.

Los hermanos Gómez -Eduardo, Jacinto y Valentín-, Juez de Paz, Subdelegado de Marina y Jefe Militar del Departamento; y los Fiscales y Jueces de campaña, necesitaron sofocar, con las prisiones, la acción del pueblo, ante quien estaba perdido el candidato oficial; y, siguiendo un procedimiento análogo al de Maciel, antes de la elección, negaron el voto a la oposición el día del comicio, exactamente como lo hicieron las autoridades de San Cosme.

Los opositores salvaron su derecho, protestando en número dos veces mayor que el de los supuestos sufragantes oficiales, y designando, en esa forma, el ciudadano que deseaban los representase.

* Bella Vista

El famoso Candia, enemigo eterno de toda libertad, hombre feroz y temido, tuvo el triste mérito de la mofa descarada a las Leyes. Citó las milicias, las organizó formando un campamento en las orillas del pueblo y prohibiendo “emitir un voto contra sus órdenes”, colocó la Mesa Electoral en el salón del Juzgado de Paz, una compañía de cincuenta infantes frente al edificio y él, sentado en la única puerta por donde pasarían los sufragantes, con un arreador en mano, daba a cada individuo la boleta que debía entregar al Juez de Paz, presidente de la Mesa.

* Saladas

Tres días antes del 16, el Jefe Militar, Casto Salas, movilizó la Guardia Nacional del Departamento, so pretexto de perseguir a cuatreros, siendo los perseguidos los miembros del “Club Libertad”.

El 16, José Pujol, Juez de Paz, acompañado de los pedáneos, fiscales, jefe militar y oficiales de Policía, encabezaba una turba de bandidos, reunidos ex profeso, de Saladas, San Roque y Mburucuyá, y recorría las calles del pueblo en las primeras horas de la mañana, insultando y provocando a la oposición pero, como no prohibió el voto, aquélla sufrió los insultos por llevar al atrio sus cuatrocientos afiliados.

Dominados inmediatamente los federales, recurrieron al crimen. Cuando el triunfo del pueblo estaba ya asegurado, el ayudante del Juzgado, Guillermo Rojas, y los homicidas Beato García y José Salas, apoyados en una compañía de soldados policiales, asaltaron la Mesa Electoral, se apoderaron de los registros y huyeron hacia el Cuartel.

Los soldados hicieron fuego sobre los ciudadanos que los persiguieron, hiriendo y matando a varios, pero sin detenerlos, pues, a pesar de la lluvia de balas, los registros fueron rescatados.

El crimen interrumpió la elección por corto tiempo. Encerrado el Juez de Paz con soldados y secuaces dentro del Cuartel, temeroso de un justificado ataque, el pueblo siguió sufragando tranquilamente. Tal serenidad y resolución no podía consentir Pujol y, dando nueva forma a su consigna de triunfar a todo trance, pasó esta orden al presidente del “Club Popular”:

Para las doce horas de este día, disolverá Vd. la reunión de hombres armados y amotinados que tiene reunidos bajo su dirección. La falta de cumplimiento a lo ordenado, hará recaer sobre Vd. toda la responsabilidad”.

Tras la orden, los soldados y secuaces del Gobierno salieron del Cuartel armados con Remington y avanzaron sobre los votantes, hasta cierta distancia. Comprendió entonces el presidente del “Club Libertad” que había la resolución de hacer una carnicería y como tenía Instrucciones de no comprometer ni aceptar combate, contestó al juez en los siguientes términos:

La Comisión Directiva del club que presido ha resuelto diga a Vd. que no es reunión de hombres armados y amotinados los que le constituyen, sino reunión de un pueblo desarmado que acaba de ser escandalosamente fusilado por la fuerza pública y los gubernistas encabezados por usted y su ayudante, por el solo hecho de haber ocurrido a ejercitar la más preciosa de sus libertades, el sufragio.
"A la coacción ejercida por Vd. y demás autoridades, se agrega ahora el incalificable fusilamiento de ciudadanos pacíficos, hace media hora, desde los portales del juzgado, y para evitar otros sucesos más desagradables, y para constatar, una vez más, sus atentados, la Comisión cumplirá la orden de Vd. de disolver la reunión, pero Vd. desarmará y licenciará la fuerza que tiene en actitud de pelea”.

La elección fue, en consecuencia, cerrada, consignándose en el Acta lo ocurrido. Sin embargo, el 14 de Diciembre, a última hora, apareció Antonio Pujol, hermano del juez, como elector oficial por Saladas, para hacer quorum en el Colegio Electoral oficial.

El juez Pujol se vindicó ante el Gobierno, diciendo:

Los miembros del ‘Club Libertad’, en momentos que el pueblo se hallaba sufragando, atropellaron la Mesa y la han deshecho, provocando un conflicto enseguida, atacando y haciendo fuego sobre el pueblo, y también intentaron apoderarse del Juzgado. Pero fueron sofocados”.

Atribuyó a la oposición lo que fue obra suya, cual si su Nota del 16 no constatara su crimen.

* San Roque

Paulino Lafuente y Miguel Soto, Juez y Comandante Militar, apuraron los resortes de la intimidación. Encarcelaron a muchos miembros del club de la oposición; estaquearon y azotaron en el campamento de las orillas del pueblo; allanaron los domicilios de Amarilla, Sosa, López, Niz; ¡consintieron amplio desborde, a sus bandidos!

Pero, todo fue inútil, porque no suprimieron el voto. La oposición triunfó

* Concepción

Wenceslao Lugo, Juez y Jefe Militar, se negó a instalar la Mesa en hora de ley, intimando retiro a los opositores, porque no habría elección.

Los ciudadanos permanecieron, sin embargo, en la plaza pública hasta las doce; cuando vieron que la autoridad cumplía lo anunciado, se retiraron al local del “Club Pueblo Libre” con el objeto de levantar su protesta.

Aprovechó esta ocasión Lugo para abrir la elección en el Juzgado, colocándose él con sesenta tiradores alrededor del edificio para que nadie penetrase hasta la Mesa receptora de votos.

Cuando se supo ésto, no obstante la ilegalidad de la instalación, volvieron a la plaza, con ánimo de votar, los que labraban su protesta pero, recibidos con armas preparadas, se vieron en la necesidad de terminar aquélla, en la misma plaza, bajo las armas abocadas sobre ellos, sin conseguir tampoco de la autoridad que la recibiera.

* Esquina y Sauce

Desde el 14, las autoridades despacharon citadores y partidas armadas que llevaron a los campamentos todo individuo capaz de votar y de cargar armas.

El 15, el campamento de Onofre Aguirre, en Esquina, tenía doscientos hombres bien armados; el juez, C. Zúñiga, toda la Policía y los infantes del pueblo, y llegaba a Sauce un Torres, teniente de Cáceres, con cien hombres; podía calcularse en más de cuatrocientos soldados la fuerza oficial con que se amenazaba al pueblo.

Este no se arredró; sin temor alguno, presentóse a ejercer su derecho. Para coartarlo, Zúñiga expidió esta Orden:

Noviembre 15 - Siendo mañana 16, día de elecciones, se previene al público que no se permite cargar armas. Queda encargado del cumplimiento de este Edicto y también de conservar el orden y sosiego públicos, el Jefe Militar del Departamento, don Onofre Aguirre”.

La oposición comunicó al juez que estaba resuelta a no acatar el nombramiento del comisionado, por ser adversario declarado, pidiéndole, al mismo tiempo, que disolviera las fuerzas reunidas.

A la 1 a.m. del 16, una comisión de federales buscó arreglos con el pueblo, bajo la expresa condición de situar la Mesa en el Juzgado de Paz, lo que fue rechazado. El juez Zúñiga, entonces, ordenó a la Municipalidad que no instalase la Mesa, mandato acatado por el presidente Cipriano Argüello.

La Orden decía:

El Jefe Militar del Departamento me participa, en este momento, que fuerzas armadas se aproximan al pueblo y, como es probable que esto responda a planes subversivos, he creído que el señor presidente no debe instalar la Mesa primaria, suspendiendo la elección, porque puede hacerse sufrir un conflicto sangriento”.

El vicepresidente, señor Lecaros, desestimó la Orden e instaló el comicio. Era el único liberal del Cuerpo Municipal. Enfurecido, Zúñiga, prohibió directamente la elección por un edicto:

Se previene al público -decía- que por disposición del que firma, quedan suspendidas las elecciones que debían tener lugar el día de hoy, en razón de haberse presentado a inmediaciones de este pueblo, fuerzas armadas (¿las de Aguirre?), en actitud hostil”.

Esto se hizo (según un Parte de Zúñiga al ministro de Gobierno, sobre los sucesos del 16, publicado en el número 189 del Boletín Oficial, con los demás transcripto), después de “ordenar que se reuniesen los hombres que tenía el Jefe Militar, la Guardia Nacional de caballería, que se encontraba en el pueblo, y que la infantería se reuniere en el Juzgado”.

El ukase fue desobedecido por atentatorio al sufragio y falta de derecho en quien lo daba. La elección comenzó y siguió tranquila hasta las once. Los gubernistas no concurrieron. A esa hora, un escuadrón de caballería y una compañía de infantes avanzaron sobre los sufragantes, desplegados en guerrilla, sosteniéndolos Aguirre con el resto de sus tropas.

La amenaza puso al pueblo en actitud de defensa, sin abandonar la elección. Aguirre fluctuó; hizo parar las guerrillas, conservándose en actitud amenazante, hasta las cuatro p.m. Una comisión del comercio extranjero medió con el Jefe Militar para que abandonase la idea de atacar al pueblo y, ya de miedo o por comprender la inutilidad del derramamiento de sangre, tocó retirada y volvió a su campamento.

En Sauce ocurrió algo parecido, pero también se impuso el pueblo a Torres y Martín Martínez.

* Goya

Tres días antes de la elección, las autoridades practicaron una rigurosa citación en la campaña, con el pretexto de reclutar hombres para reforzar la guardia policial. En la noche del 15, bajaron, de la frontera del Rey, ochenta soldados de línea, disfrazados de particulares, mandados por el coronel Obligado(3), a las órdenes de un Echevarría, cubano, cirujano de la frontera, aunque de nada entendía ni tenía título.

(3) Este Jefe nacional escribió lo siguiente al Inspector de Milicias de la provincia, con fecha 10 de Octubre de 1877: “Desde que la oposición se ha puesto de pie, yo he hecho mis trabajos y combinado mi plan para batirlos aquí y en Esquina. ¡Aquí, Goya, estoy más seguro de triunfar o de que, por lo menos, no habrá elección, pues voy a echar el resto y, en último caso, concluirá la función a balazos. Hoy escribo a Zúñigá dándole coraje y animación. Sólo para vos he sido franco, pues para todos soy presidente y no quiero meterme en nada. No olvides mandarme algunos destinados”. // Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Resistencia Popular de Corrientes. 1878” (1891). San Martín, Escuela de Artes y Oficios de la provincia de Buenos Aires. Editor.

Los gubernistas hicieron cuartel en la Jefatura Política. Llegada la hora de instalar la Mesa, la Municipalidad, que debía hacerlo, se negó a ello; exigidos los Jueces de Paz, se excusaron también, por orden del Jefe Político Angel Soto, a quien Gelabert había recomendado que “si no podían triunfar, impidiera la elección”.

Reducido el pueblo a la necesidad de tomar una resolución que salvara su derecho, organizó con las formalidades de ley las Mesa Receptora de votos, sorteando cinco vecinos de una lista de diez de los más respetatables de la población, como prescribe aquélla; sufragó pacíficamente.

El coronel Obligado, que había prometido ganar la elección a balazos, nada intentó; la imponente actitud del pueblo, a cuyo frente se encontraba el noble Plácido Martínez, dominó a soldados de línea y autoridades; Jefe Político, municipales y jueces, lograron sólo el ridículo de su vergonzosa conducta.

* Lavalle

No se respetaron ni los vínculos de sangre. Los trabajos oficiales de Mauricio y Pedro Pascual Méndez, Juez y Comandante Militar, fueron tan escandalosos, que Modesto Méndez, hermano de ellos, pero alma de la oposición, fue prendido y remitido a la capital, donde le dijo el gobernador Madariaga: No lo largaré sino después de las elecciones, ¡pues así me lo han pedido los amigos!

Con todo, el pueblo triunfó, porque pudo votar.

* Mercedes

El Gobierno no tenía más que sus malas autoridades en este Departamento, verdadero campamento general de la oposición en la provincia; hicieron, empero, cuánto de su parte dependió, para dar el triunfo al candidato oficial, pero estérilmente, pues no les pertenecía ni la fuerza pública.

Vencidas en la elección, mandaron asaltar la Mesa por un grupo, capitaneado por los sargento mayor Avalos y Romero, con el intento de romper los registros los que, siendo rechazados, buscaron asilo en el Juzgado de Paz, de donde habían salido.

El juez Zalazar, lleno de terror cuando el pueblo le exigió justicia, declaró, en un documento bajo su firma, que el ataque partió de los gubernistas.

* Curuzú Cuatiá

Cáceres tenía ordenado a sus inferiores que trajeran al "Paraíso", el día quince, todos los hombres que pudieran, sin admitir excusa de ningún género, y sin falta, para “recibir órdenes de él”.

Las comisiones destacadas para cumplir su voluntad, arrearon y prendieron a cuántos vecinos encontraron al paso, distinguiéndose la comandada por un oficial Montiel que, únicamente del establecimiento del coronel Celestino Araujo, llevó todos los peones atados codo con codo y unas cien cabezas de ganado vacuno.

Para la elección, introdujo Cáceres todas sus fuerzas en el pueblo y formó cantones en los edificios más dominantes, a fin de impedir la aproximación de la oposición. El y sus jefes estaban en la Mesa. El pueblo, reunido afuera de la plaza, no pudo conseguir que se le permitiera entrar en ella; distintas comisiones, mandadas ante el Juez de Paz, en solicitud del ejercicio del sufragio, fueron despachadas por Cáceres con amenazas de fusilamiento.

Todo esfuerzo pacífico fue completamente inútil y los ciudadanos no tuvieron otro recurso que protestar contra la violencia.

* Libres

Madariaga había munido con anticipación a las autoridades de las facultades extraordinarias del estado de guerra. El Juez de Paz hizo público, en consecuencia, dos días antes del 16, un telegrama del gobernador, ordenándole que tomase medidas de seguridad, porque el coronel Baibiene, que vivía en el Salto, invadiría la provincia.

Parece increíble que el Primer Magistrado hubiese podido llevar a ese extremo la impostura, en documentos oficiales y en momentos tan solemnes. Prevalido de la Orden, el juez reunió y acuarteló las milicias, teniendo cuidado de convocar, únicamente, a los ciudadanos liberales”.

A pesar de ésto, la oposición presentó en la elección una gran mayoría de sufragantes, pero fuele negado el voto, realizándose una farsa, igual a la de Lomas, San Cosme y Bella Vista.

Pantaleón Paiva, Araujo, Herrera y Ventura Montaña, estos últimos actores en la muerte de W. y Justo Urquiza, fueron los prohombres del escándalo, y Abelardo Torres, Fiscal del Tribunal de Libres, el elector inconstitucional nombrado contra la prohibición del artículo 55, de la Constitución.

* La Cruz

El Juez de Paz colocó un piquete de infantería frente al Juzgado, donde instaló la Mesa, y como la oposición reclamase, hizo prender a sus principales directores: Angel Acuña, comandante Alvarez, sargento mayor Berdum y Ortega.

Hecho esto, apareció el Jefe Militar, Benjamín Varela, con un escuadrón de lanceros, e intimó al pueblo que se disolviese; privado de sus directores y desarmado, abandonó la plaza para formalizar su protesta, en la cual constató el atentado y manifestó su voluntad de sufragar por Angel Acuña. La elección fue, pues, suprimida.

* San Miguel

Las autoridades confiaron imponer la candidatura oficial en la Mesa Electoral y por ello consintieron votar a la oposición; tenían fuerzas reunidas en las orillas del pueblo. Pero se llevaron un chasco.

Menos escrupulosos, los liberales de allí en observar las instrucciones del “Club Constitucional”, se prepararon a rechazar la fuerza con la fuerza, para lo cual fueron todos armados al comicio, de suerte que, cuando el juez Villordo y el jefe militar Esquivel pretendieron ejecutar su plan, se encontraron con hombres listos para la defensa.

Angel Igarzábal escapó de la Mesa, con el diploma del elector nombrado, en medio de una nube de balas, siendo perseguido por espacio de cuatro leguas y Lorenzo Rojas, Leoncio Fernández, Emiliano Sánchez, Romualdo Canteros y sus hijos, espiaron el triunfo del pueblo en el cepo, llevados presos del mismo comicio.

* Caá Catí

Análogos procedimientos a los practicados en los otros Departamentos, observaron el Juez de Paz, Pedro A. Esquivel, y Dámaso Sánchez Negrete, Jefe Militar, para la formación de un campamento militar de trescientos hombres.

Caá Catí da dos electores. La oposición disponía de inmensos elementos, favoreciéndola además, la influencia moral ejercida por su número y por su actitud valiente y resuelta.

El juez, que no era seguramente del temple de sus colegas, Maciel y Portillo, propuso practicar la elección con Mesa Escrutadora mixta, presidida por el médico Antonio Díaz de Vivar, federal.

El arreglo significaba garantir el triunfo del pueblo, por más que el Juez confiara en lo contrario, por la reserva del fraude. Así se hizo, y el pueblo quedó victorioso, no obstante una descarga de fusilería sobre los sufragantes, a las 31/2 p.m., ordenada de cuenta propia por el ayudante del Juzgado, Vicente López.

Los gubernistas falsificaron después los registros para lo que se prestaron los escrutadores de su color, que hacían mayoría; más, las precauciones tomadas por sus contrarios, en previsión de todo, hicieron estéril el recurso.

* Mburucuyá

Fueron prendidos y obligados a trabajaren las calles, como presidiarios, el 15, los miembros todos del Club Liberal, quedando el juez Galarza y el jefe militar Chamorro en holgura plena para reclutar ciudadanos por la fuerza y suprimir la elección.

La Mesa fue puesta en el Juzgado de Paz, rodeada de soldados armados, única y exclusivamente para votar los individuos sacados del interior del Cuartel. La oposición protestó.

- Visión de Mantilla sobre la situación socio-política del país

Habríamos deseado suprimir el apunte detallado que antecede, englobando en un cuadro el conjunto de los hechos ocurridos el 16 de Noviembre pero, como ellos fueron otros tantos antecedentes del drama -concluido en tragedia sangrienta entre hermanos- preferimos la forma seguida, por consentir ella más individualización, más claridad, sin desconocer el riesgo de fastidiar con ello al lector que, en narraciones de esta especie, prefiere un cuadro general o, de merecer una crítica sin piedad; a nuestro objeto, que es mostrar la fatal necesidad en que se vio el pueblo de Corrientes de tomar las armas, sacrificamos el cuadro general.

La relación es genuina de cuánto pasó aquel día y puede bastar para la afirmación del más escrupuloso criterio; los comentarios que provocan aquellos hechos les darán unidad y colorido. Ante ellos, desde luego, sorprende el empleo de procedimientos brutales para usurpar un título que sólo confiere la voluntad del pueblo, sin que la vergüenza del mismo ambicioso hubiera hecho presentar los crímenes con disfraz, siendo de admirar, por otra parte, la actitud tranquila del pueblo, en momentos que suelen originar choques sangrientos por menores escándalos y destacándose la superioridad de los elementos movidos por la opinión sobre los de fuerza, manejados por el poder.

La conducta de los federales fue lógica. Apenas libre el suelo patrio del poder español, pero sin disipirse todavía las nubes del horizonte de la independencia, aún no proclamada, la corriente corruptora de la ignorancia y de la esclavitud se opuso ya a la acción generosa del patriotismo austero e inteligente, que había operado el sacudimiento regenerador de todo un continente.

Gauchos toscos, salidos de las selvas como capitanes de multitudes casi primitivas y hombres egoístas, sin moralidad y llenos de ambición, explotarán; combinadas las pasiones del elemento inorgánico de la patria en vías de formación, en nombre de una libertad salvaje, y lanzándolas fanatizada con la bandera del federalismo, pretendieron imponer, al nuevo Estado, la ley de sangre de un Artigas, un Ramírez o un López.

Por más que el talento de un brillante escritor argentino haya pretendido establecer diferencias sustanciales entre el artiguismo y el federalismo, los hombres de uno y otro grupo, hermanados, y sus hechos solidarios, son superiores a los argumentos de vindicación histórica que se han desarrollado en favor de los unos.

Pero a medida que el oleaje de la barbarie se pronunciaba, tenaz resistencia levantó contra él la causa de la civilización y de la verdadera libertad, representada en el esfuerzo del partido, que lleva en la historia el nombre de unitario, arca santa que salvó del naufragio del año veinte y de la tiranía de Rosas el porvenir del Río de la Plata.

Esa lucha iniciada en los albores de la vida argentina, personificó nuestros partidos políticos, porque en el fondo todos los acontecimientos que constituyen la tradición de la vida política del país no han sido más que el resaltado del predominio de una u otra fuerza, en permanente pugna.

Artigas, Ramírez, el año veinte, la disolución nacional del año 1826, Rosas, Urquiza, la Confederación, Roca, son obras del federalismo; la independencia, el Directorio de Pueyrredón, el Gobierno de Rodríguez, la reconstrucción nacional realizada por Rivadavia, Ituzaingó, la guerra contra Rosas, la defensa de Montevideo, Caseros, la unidad argentina bajo un solo Código, son obras de los unitarios y de los herederos históricos de sus principios, de su virtud y de su patriotismo.

Es decir, pues, sangre, luto, anarquía, deshonra, por un lado; libertad, gloria, instituciones, por el otro.

Es con el Derecho y la libertad, fundados por los adversarios de la federación de horca y cuchillo, que los tiranuelos actuales han podido vivir respetados y felices y hasta preparar, sin zozobras, sus arteras redes y sus golpes de mano para asaltar el poder público y restablecer en él, el sistema abominable de los antiguos caudillos.

Antes de Caseros no fue propiamente la forma de gobierno que el país debía adoptar lo que constituyó la diferencia; ése era el pretexto explotado por los caudillos y los círculos personales para combatir el progreso moral y la constitución definitiva de la Nación, dentro de la cual no cabían los cacicazgos.

La federación fue, para Artigas, y los de su clase, el desorden, los pueblos esclavizados, la vida y la propiedad pública y privada sujetas al albedrío soberano del Protector o del Supremo; jamás dieron cuerpo a la idea política que la palabra federación encierra, ni pensaron en ello.

Rosas fue lo mismo; su federación era la absorción en su persona de todo el poder público de las catorce provincias, en virtud del exterminio que sembraban sus legiones victoriosas. Los que sirvieron, pues, a todos ellos, lejos de perseguir una solución constitucional, la hacían imposible.

Ese no era el sentimiento del país, cuyos elementos de acción lucharon para traducir en un Gobierno estable y culto los grandes principios de la revolución de Mayo, sin destruir lo que el mismo organismo colonial y las creaciones de las primeras Administraciones patrias habían incorporado a la vida política de los pueblos.

Los unitarios, acusados de centralistas, probaron, al dar la Constitución de 1826, que no rechazaban, en principio, el sistema federal, ni se oponían a su implantación, pues, en aquella Carta elevaron a la categoría de instituciones fundamentales todo cuanto del federalismo teórico era compatible con la educación del país, su población y sus recursos, demostrando así que procedían con gran pulso político y noble patriotismo, por cuanto buscaban garantir la verdadera libertad local de las provincias oprimidas a la sazón por caudillos.

El tiempo les ha dado razón. La Constitución actual es mixta, a punto de que un mal gobernante en la presidencia puede nulificar las autonomías de los Estados, ejerciendo, de hecho, un poder más que centralista, dictatorial.

La Constitución de 1826 debió buscar cierta unidad gubernamental en el Poder Central, para reconstruir una nacionalidad anarquizada y dividida en catorce republiquetas. La resistencia a Rosas, que fue también guerra al desorden, a la barbarie, sintetizó el pensamiento de constituir el país sobre bases de justicia y libertad, y no lucha de sistemas de gobierno, como han dado en decir los defensores de la dictadura.

El gran caudillo, de aquella valerosa época, lo declaró solemnemente en un documento que puede considerarse como la profesión de fe de los argentinos libres de entonces; el general Lavalle decía, al pisar el suelo de la patria:

Yo no quiero opiniones que no pertenezcan a la Nación entera. Federal y unitario, seré lo que me mande el pueblo. No traigo a la República Argentina otros colores que los que ella me encargó defender en Maipú, Pichincha e Ituzaingó.
"Los traigo del destierro y, con ellos, también los grandes principios de la revolución de Mayo.
Sólo traigo un partido: la Nación. Sólo traigo una causa: la libertad. Sólo traigo una ambición: romper el último eslabón de la esclavitud de mi patria y poner después mi espada a los pies del pueblo argentino.
No reconozco más que un solo enemigo: el enemigo del pueblo. El tirano Rosas”.

No fue, pues, el sistema de gobierno la verdadera causa de las luchas argentinas anteriores a la Constitución; fue el desorden, la esclavitud, los caudillos vitalicios, contra el sentimiento de nacionalidad y el anhelo de un buen gobierno.

Después de Caseros se modificaron las formas, pero el fondo de las tendencias de los partidos quedó el mismo; el rayo de luz que iluminó los cerebros enfermos de los iniciadores de la reacción, no los sanó; vencedores del amo que abandonaron, pretendían imitarle en sus hechos.

Existió un mecanismo completo de instituciones, obra del elemento patriota e ilustrado, que se incorporó con fe a la labor de regenerar la patria, pero la federación conocida no era para sufrirlo, chocaba con lo que había adorado y constituía la aspiración de la colectividad de ese nombre.

Continuaron, por consiguiente, los hechos de los poderes imperantes con la misma alma del pasado, y pues que ya no se podía atentar contra la existencia de las instituciones creadas, se atentó contra la efectividad de ellas. La Confederación era Urquiza, es decir: Congreso Nacional, Legislatura y gobernadores de provincia; Ejército, Escuadra, todo dependiente de su voluntad; el pueblo argentino era un ilota.

La sangre no escaseó; La Rinconada es hecatombe rival de Pago Largo; también hubo un gobernador fusilado y, si de su piel no se sacó manea, fue porque estaba aún fresca la de Berón de Astrada.

Aceptar aquel orden de cosas y concurrir a su afianzamiento, importaba preparar una segunda tiranía; al rechazarlo y combatirlo, pues, el partido liberal siguió lógicamente sus primitivos rumbos, en busca siempre de la ansiada libertad.

Ni la patria estaba unida, ni la Constitución jurada imperaba; el federalismo del año veinte y el centralismo cruel de Rosas, dándose de mano, palpitaban bajo aquél despotismo revestido de formalidades institucionales: era el mismo drama del pasado, con retoques de cultura.

Pavón fue el Caseros de la Confederación y, con la caída de ella, se constituyeron al fin en una sola familia las catorce provincias bajo verdaderas instituciones libres, respetadas de gobernantes y gobernados. La federación vencida no aceptó el triunfo de los principios; fomentó la montonera en el Interior; se alió con el tirano del Paraguay a falta de otro amo; encendió, más tarde, la guerra civil en el Litoral; y cuando, vencida en todas partes, se le creía extinguida, reapareció airosa bajo la presidencia de Avellaneda, envuelta en el sensualismo político reinante y en sus hechos desastrosos.

Los que desde 1868 representaron en el Gobierno de la Nación el triunfo de los principios constitucionales, fueron cediendo poco a poco el terreno firme de la moral, dominados por la sensualidad del poder, hasta que, faltos de opinión, cayeron en brazos del personalismo y del imperio de la fuerza.

La evolución llamada Conciliación, pudo haber regenerado el Gobierno si de parte de los mandatarios hubiese existido lealtad pero, reducida a Buenos Aires y con germen de muerte en las entrañas, dejó en todo su rigor el sistema de todos los despotismos y de todas las corrupciones en el resto del país.

Así, los acontecimientos de 1880 fueron la iniciación descarada ya del sistema reaccionario, lógicamente alzado al poder por los que olvidaron la moral política y los sanos principios de libertad.

Si tal es la historia de los federales, los de Corrientes fueron lógicos al consumar los atentados de que echaron mano en 1877, para imponer como gobernador al doctor Derqui. Su filiación histórica y la corriente del día en que flotaban, les enseñaban esos medios.

Toda la vida han sido bárbaros por sistema; jamás han olvidado su origen selvático, ni han reaccionado contra su negro pasado; tal como Artigas puso en el mundo la federación, como la practicó Rosas, como la continuó Urquiza, es en el día, y lo será siempre, con Roca u otro en el Gobierno.

Aquélla fuerza desquiciadora que abortó el averno en los albores de la nacionalidad argentina, destruye todavía. Para esa corruptela todo está en el porter o en el que se lo abroga por la fuerza. ¿Acaso pensó Artigas si fue capaz de pensar que la federación era otra cosa? ¿Por ventura Rosas consintió otra opinión y otro interés que el de su dictadura? ¿Permitió Urquiza otro régimen que el de su voluntad?

Y a ellos, con excepción de Rosas, llamaba “La Verdad”, órgano del doctor Derqui, héroes gloriosos de su causa. El doctor Derqui, inspirador y ordeñador de los escándalos cometidos por sus hombres, no podía hacer madurar los frutos del régimen constitucional, no podía entregar al pueblo la dirección de sus destinos, respetando el sufragio, porque llevaba en el corazón la lepra de la federación; fiel a su escuela, lógico con el pasado de su partido, debía reproducir sus hechos tradicionales.

De tal origen, tales atentados.

Trabajo, y no pequeño, costó detener el estallido de la ira popular. Las masas no reflexionan con la serenidad del político, que combina en su gabinete; se indignan y se lanzan a las vías de hecho.

En aquella época, la prudencia era uno de los más eficaces recursos de la defensa contra el arbitrario desbordado; había que prestigiar la causa afuera de la provincia, por la razón y el agotamiento de los medios pacíficos. El pueblo quería ser libre, pero se acusaba de faccioso al partido liberal cuya política respondía a su aspiración; se lo denunciaba como conspirador, que buscaba en la revuelta el triunfo imposible dentro de la ley y, el partido, a fin de asegurar su triunfo, prefirió aumentar su paciencia, siguiendo a sus adversarios en todos los terrenos pacíficos, para no recurrir a un medio extremo, sin agotar los del patriotismo estoico, en procura de una solución tranquila.

Derqui quería la resistencia armada en la elección, porque el capital acumulado por la oposición, aunque grande, no bastaba aún para justificar en el exterior un acto de fuerza de su parte y porque suponía que Avellaneda y Alsina lo sostendrían a todo trance.

La oposición, sin embargo, se condujo con templanza, sin precipitación, como el general que sufre el fuego enemigo sin contestarlo, ni comprometer combate antes de ocupar un punto estratégico que le asegura la victoria.

La elección de electores era la segunda parte del problema electoral y necesitaba esclarecer en ella su fuerza numérica, su derecho desconocido, escarnecido, como lo había establecido en los actos preparatorios.

Del 16 de Noviembre al 25 de Diciembre, día de la entrega del Gobierno por el mandatario cesante, había aún tiempo y campo de lucha cívica, si se respetaban los trámites constitucionales del nombramiento de gobernador y no era político apurar el despejo de la incógnita en nombre de sucesos consumados, pero cuyo resultado esperaba todavía un fallo; había aún caminos no recorridos, válvulas que podían abrirse; era posible, si bien no probable, la desviación de la corriente de fuerza.

Si el partido liberal hubiese castigado los escándalos del 16 de Noviembre en los comicios, no hubiera fundado Gobierno, porque Madariaga contaba segura la Intervención Nacional; por el contrario, acudiendo desarmado a las urnas, perseguido hasta allí y arrojado luego de allí a bayonetazos, privado del voto, engrandecía su causa, cubría de baldón a sus adversarios y afianzaba su derecho.

Cuando un pensamiento grande domina y se persigue un objetivo patriótico, hay que subordinar los actos a la razón serena, so pena de no llegar al fin deseado.

El partido liberal procedió así. Su órgano en la capital, “La Libertad”, decía lo siguiente, el 16 de Noviembre, de acuerdo con las Instrucciones del Club Constitucional:

El comicio puede ser este día la tumba de la soberanía popular; los Remington del Gobierno y los machetes de la gendarmería pueden convertir la urna electoral en urna cineraria de las libertades públicas; y por más que el pueblo tenga derecho de repeler la fuerza con la fuerza, está en su dignidad y en su majestad dar paso a la fuerza como último ejemplo de prudencia y último sacrificio por la paz; obrará después.
"Con esta consigna de paz y de orden debe ir el partido liberal a los comicios; suya es la victoria legal. Dejemos que el doctor Derqui de la última muestra de lo que es; dejemos constatado, para justificación de nuestra conducta futura, que hasta el último momento, agotando sufrimientos, hemos brindado con la paz”.

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