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La asunción borrascosa de Avellaneda al poder

En un clima de tensión y antes de que se hubiese aprobado la elección de Diputados, tuvo lugar -el 12 de Abril de 1874- la elección presidencial. La fórmula encabezada por Nicolás Avellaneda e integrada por el doctor Mariano Acosta para la vicepresidencia, logró 145 electores; y la integrada por Bartolomé Mitre y el correntino Juan Eusebio Torrent, 79.

Mitre sumó los electores de Buenos Aires (53), San Juan (10) y Santiago del Estero (16), es decir, el 35 % de los votos del Colegio Electoral; mientras que Avellaneda tuvo el apoyo de Catamarca (12), Córdoba (25), Corrientes (16), Entre Ríos (17), Jujuy (8), La Rioja (8), Mendoza (10), Salta (12), San Luis (10), Santa Fe (12) y Tucumán (14), es decir, un total de 145 electores, el 65 % de los votos del Colegio (todos autonomistas).

Tal resultado no sería acatado.

La derrota gravitó tanto en el ánimo de los nacionalistas como la demora del Congreso en decidir sobre la elección de Diputados. En Julio, el club Constitucional -mitrista- lanzó un manifiesto que decía que había llegado el momento de que el partido aceptara la lucha en el terreno de la fuerza, al que lo arrastraban los “opresores”.

Aprobadas las elecciones en Agosto, los nacionalistas inician tratativas con jefes del Ejército para una insurrección.

El proceso tuvo un desarrollo aparentemente paradojal. Avellaneda había proclamado, antes de entonces:

... el derecho electoral falseado, la soberanía del pueblo suplantada, trayendo representantes que no son la expresión de la mayoría ... constituye una agitación peor que las revoluciones a mano armada(1).

(1) Nicolás Avellaneda. “Escritos y Discursos”, tomo IV, p. 68. // Citado por Carlos Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos” (1971), segunda edición (1975), Buenos Aires. Ed. Kapelusz S. A.

Mitre, por su parte, había dicho en Agosto a sus partidarios para calmarlos: “La peor de las votaciones legales vale más que la mejor revolución”.

Un mes después, Avellaneda defendería la legalidad de la elección y fustigaría la insurrección, mientras Mitre, tras aclarar que no cuestionaba la elección presidencial, iba a la sublevación por fidelidad a sus partidarios.

Señalaba que las elecciones de Diputados habían significado una “falsificación inaudita”, revelada por el triunfo del mitrismo en las elecciones presidenciales de Abril. En realidad, Mitre no creía en la rebelión, ni los móviles del nacionalismo vencido eran tan altruistas como se invocaba. Se renegaba al fraude, pero el sabor de la derrota era amargo para los vencidos(2).

(2) Conviene recordar, sin embargo, que poco antes, los mitristas habían sido los únicos en apoyar un proyecto de Sarmiento de nueva ley electoral, tendiente a evitar abusos. // Citado por Carlos Floria y César A. García Belsunce. “Historia de los Argentinos” (1971), segunda edición (1975), Buenos Aires. Ed. Kapelusz S. A.

El 24 de Septiembre de 1874, José C. Paz publicó, en “La Prensa”, el manifiesto insurreccional. Mitre estaba en Montevideo y demoró hasta el 22 de Octubre en embarcarse para asumir la jefatura del movimiento.

Más tarde dirá que toma el mando de la rebelión para contenerla. Pero el 25 de Septiembre se habían sublevado el general Arredondo -en Mendoza- y el general Rivas, en Azul. Un oficial de Arredondo asesinó al general Ivanowsky.

- La insurrección mitrista

La oposición, dirigida por Mitre, se lanzó -a partir de Agosto de 1874- a preparar la insurrección. Venciendo las desconfianzas acerca de la conducta de Arredondo, el general Rivas -intermediario y garante de dicho militar en una conferencia mantenida con Sarmiento- obtuvo del presidente la autorización para que Arredondo se trasladara a Córdoba y San Luis a atender su salud y sus negocios.

Pero ya el 31 de Agosto, Avellaneda le expresaba a Roca:

Principia a despertarse aquí, entre los amigos, algún recelo con motivo del viaje y de la presencia del General en aquellos mundos ... Es necesario que esté prevenido...”.

Otra, fechada el 16 de Septiembre: “Nada sabemos del general Arredondo. ¿Qué hay sobre él? ¿Dónde está?”.

Pronto lo sabría todo el país; en el movimiento sedicioso que estalla el 24 de Septiembre, mientras el general Rivas se ha sublevado con fuerzas de la provincia de Buenos Aires, el general Arredondo encabeza la sedición en Cuyo... Como las fuerzas insurrectas de Buenos Aires son fácilmente vencidas, le toca a Roca afrontar las de Arredondo...

Todo reposa hoy sobre usted. Arredondo vencido termina la revuelta. De lo contrario, esto tomará un gran incremento. Arredondo no puede luchar contra los recursos de la nación. Pero la guerra civil puede ser larga y esterilizar mi Gobierno...”.

... En medio de los sinsabores presentes quedo tranquilo porque nuestra causa se halla en sus manos. Yo no habría elegido otras...”, le escribe -el 2 de Octubre- Avellaneda.

Todavía no se ha despejado esa incertídumbre cuando Avellaneda asume el 12 de Octubre la presidencia de la República.

Sarmiento, rabioso contra los insurgentes, se complace durante la ceremonia de transmisión del cargo en saludar a Avellaneda, recordando la formación cultural del sucesor al decirle: “Sois el primer presidente que no sabe manejar una pistola...”.

Avellaneda, por su parte, con responsable orgullo ante la Asamblea del Congreso que ha escuchado su juramento, acaba de afirmar que “sus contemporáneos saben que me encuentro sentado donde Rivadavia y Sarmiento se sentaron”.

Era verdad que Avellaneda no conocía el uso de las armas. Pero éstas se harían oir y no como salvas para reverenciar al nuevo mandatario sino cruentamente en el combate decisivo, que el 7 de Diciembre enfrentó -en Santa Rosa-(3) a Roca y Arredondo.

Derrotado y prisionero este último, Avellaneda le envía a Roca, con el ascenso a General, un mensaje:

... he tenido todas sus agitaciones identificándome con usted. No era el presidente que pedía a una victoria la pacificación de la República. Era más que todo, el amigo que se asociaba al amigo. Reciba pues mi abrazo...”.

(3) Provincia de Mendoza. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

El 12 de Octubre de 1874, Domingo Faustino Sarmiento entregó el mando al nuevo presidente, Nicolás Avellaneda, un hombre nacido en Tucumán el 3 de Octubre de 1837. Abogado, periodista y dirigente político. Fue ministro de Justicia e Instrucción Pública entre los años 1868 - 1873. Era hijo de Marco Avellaneda, quien fue ajusticiado por el rosismo. Es el presidente más joven -al momento de asumir el cargo- con 37 años y 11 días de edad, constituyéndose en el 4to. Presidente Constitucional de la Nación Argentina en el hecho y en el título.

A la inversa de su antecesor, que escogió entre los provincianos las figuras próceres del gabinete, Avellaneda lo constituyó concediendo mayor importancia a las personalidades porteñas que lo integrarían, sin duda porque era en Buenos Aires donde gozaba de menos prestigio.

Así fue cómo, a más de la de Adolfo Alsina -en la cartera de Guerra y Marina- pidió la colaboración del doctor Bernardo de Irigoyen, confiándole los negocios de Relaciones Exteriores a poco de haberse excusado el doctor Félix Frías.

Tres provincianos -el doctor Simón de Iriondo, don Lucas González (Hacienda) y el doctor Onésimo Leguizamón (Justicia e Instrucción Pública)- se hicieron cargo de las carteras restantes. La del Interior correspondió a Iriondo.

Lo acompañará en la gestión como vicepresidente el porteño Mariano Acosta, de 49 años, quien era hijo del correntino Francisco de Acosta y Soto y Magdalena Santa Coloma.

Al llegar a la presidencia, su reducida estatura tanto como el balanceo que acompañaba su marcha, multiplicaron los apodos burlones, en especial el de “Taquito” que le adjudicaban las caricaturas...

Había, sin embargo, en la mirada brillante, en la cabellera negra que enmarcaba un rostro pálido, en la sonrisa siempre insinuada, los rasgos suficientes para imponer el respeto, que el encanto de su palabra transformaba en adhesión...

Su inteligencia hecha de equilibrio y de comprensiva indulgencia, le hicieron que buscara para su Gobierno, comenzado bajo los estremecimientos de una insurrección, primero que nada, la pacificación del país.

Incorporado Adolfo Alsina al gabinete como ministro de Guerra, el apoyo de este dirigente de honda gravitación en la provincia de Buenos Aires, iba a facilitar la pacificación anhelada.

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