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Mitre procesado y detenido

Cuando Juan Vicente Pampín asumió la gobernación, el máximo dirigente de la agrupación política al que pertenecía, Bartolomé Mitre, estaba procesado y detenido por encabezar la revuelta armada contra las autoridades nacionales constituidas. El hecho no era menor, ya que la situación generará tensiones tanto en hacia el interior del liberalismo como en los socios del Gobierno que podrían ver el cuadro como de potencial debilidad.

El general Mitre, junto con los coroneles Benito Machado, Jacinto González y Nicolás Ocampo, estaban encarcelados en el Cabildo de Luján. Las condiciones de alojamiento eran duras y desprovistas de comodidades. En Mercedes estaban presos el general Ignacio Rivas y los coroneles Calvete, Vidal y Murga. El presidente Avellaneda se negó a reconocer los términos de la capitulación de Junín y dispuso consejo de guerra para todos los jefes.

Mitre recibía muchas visitas y obsequios. El 4 de Diciembre escribía Delfina de Vedia:

Estos días he tenido una inundación de libros, revistas y papeles que me han ayudado a pasar sin enojo el tiempo que las visitas me dejan. Gracias a esto, y gracias a mi firme resolución de no fastidiarme, el espectro del esplín de la prisión no se proyecta ni como sombra en las paredes...

En otra carta memoraba como historiador:

En el mismo edificio en que estoy, sufrió su cautiverio por largos años el general Paz, pero estuvo mejor alojado, en el salón de los altos. También estuvo preso en 1815 el general Belgrano después de su desgraciada campaña del Alto Perú.
Son predecesores que honran y a cuya escuela pertenezco. Tal vez por eso me ha tocado el honor de un calabozo en Luján”.

Recibía correspondencia, incluso del exterior. Con fecha 19 de Diciembre, le escribió José María da Silva Paranhos, vizconde de Rio Branco, desde Río de Janeiro:

Como ministro sou neutro nos sucessos políticos da República Argentina, mas como homem, amigo particular de V. E. y não posso ser indiferente as vicissitudes porque V. E. esta passando.
E evidente que V. E. foi arrastado, a seu pesar, ao funesto campo de guerra civil e a derrota, como bem diz o jornal brasileiro que junto a esta carta, , é um triumpho para o'av presidente argentino de 1862 a 1868, que tanta fora do ás instituicoes nacionais, e, consequentemente ao principio da autoridade.
Essa consideração, quando ñao fosse tao nobre o respeito que seu revés inspira a seus generosos compatriotas, bastaría so por si para elevarlhe o animo varonil.
Ponho a disposicáo de V. E. R. quaisquer serviços que como partícula Lhe possa prestar na conjuntura actual.
Este oferecimento ñao é simple cortesia, mas a expressão cordial de quem, ja muito, professa ser de V. E. afectuoso amigo e seguro servidor”.

(“Como ministro soy neutral en los sucesos políticos pero, como hombre, amigo particular de V. E., y no puedo ser indiferente a las vicisitudes por los que usted está pasando.
Es evidente que Ud fue arrastrado, a su pesar, al funesto campo de la guerra civil y la derrota, como bien dice el periódico brasileño que junto a esta carta, es un triunfo para el presidente del Gobierno de 1862 a 1868, que tanto fuera de las instituciones nacionales y, en consecuencia, al principio de la autoridad.
Esta consideración, cuando es tan noble el respeto que su revés inspira a sus generosos compatriotas, bastaría por sí para elevarle el ánimo varonil.
Me pongo a disposición de usted. cualquier servicio que como partícular le pueda prestar en la coyuntura actual.
Este ofrecimiento no es simple cortesía, pero la expresión cordial de quien, mucho profesa ser de V. E. el justiciero amigo y el seguro servidor").

Mitre contestó el 12 de Febrero, en carta publicada por Roberto Etchepareborda, donde afirmaba:

... mi idea iba más lejos y era no sólo deseo que no hubiese revoluciones en el futuro, sino también pensar poner los medios para que ella no tuviese razón de ser, por la verdad práctica de las instituciones y por el progreso creciente de la libertad en sus legítimas manifestaciones, que esto es lo que se llama la revolución pacífica que se opera por el trabajo lento de todos los días condicionando a ella de buena fe y de buena voluntad, pueblo y gobierno.
Faltando estas condiciones he creído, creo siempre, que la revolución siendo siempre un desastre de los pueblos, llega a ser una necesidad y un deber.
Por eso me puse con toda conciencia al frente de la revolución argentina, después de hacer todo lo posible para evitarla por parte del pueblo y del gobierno; y por eso tomé personalmente su dirección cuando tenía la conciencia de que militarmente estaba vencida.

Creía que después de haber contribuido a fundar su nacionalidad, su gobierno y su libertad, debía a mi patria el sacrificio y el ejemplo de acaudillar una revolución en nombre del derecho, siquiera como una protesta, precisamente porque yo era el menos indicado para hacerla y porque ninguna ambición me guiaba”.

Por su parte, desde Santiago de Chile, le escribía Ambrosio Montt el 12 de Enero de 1875

¿Qué he de decirle ahora, mi querido General?
La fortuna, la ‘Diva Mère tripe’, ha decidido, y ha decidido dando la espalda a su predilecto de veinte años. Ha llegado el caso de que usted despliegue todo el vigor y toda la energía de su noble carácter.
Los reveses de la suerte doblan las almas débiles, elevan y fortifican las almas bien templadas. ¿Qué inteligencia superior no los puso en sus previsiones? ¿Qué hombre ilustre no los sufrió alguna vez?
Usted conoce la historia, ya sabe que no ha habido éxito perenne, esplendores persistentes, azares siempre felices. Sus adversarios de hoy no son los de 1850. Son hombres de bien y de talento, que sabrán estimar el mérito del rival, atemperar el orgulloso peligro del triunfo y corregir los extravíos del espíritu de partido.
Luego se complacerán en restituir a usted hogar, honores y patria, convencidos de que la política más generosa es también la política más cuerda y de la moderación legítima y consolida la victoria.
Un Gobierno que invita a la inmigración del proletariado europeo no puede, siendo sensato y siendo lógico, decretar la emigración del talento, de la ilustración y del patriotismo argentinos. No se cambia lo excelente de adentro por lo mediano de afuera, ni habrá razón ni conciencia pública que aprobase tan monstruosa permuta.
Creo conocer a Avellaneda y a Sarmiento. Son hombres de lucha; no son hombres de venganza, y tendrán honor llamar en breve al general Mitre a su grado en el Ejército, a su asiento en el Congreso, a su puesto en la prensa de Buenos Aires y a la honrada casa que le obsequió el pueblo en días más afortunados”.

Aquel Diciembre de 1874 fue excepcionalmente caluroso. Las celdas, sin ventilación, eran sofocantes y, para colmo, en ese ambiente de horno pululaban las moscas haciendo imposible el descanso. El juez de paz a cargo de la prisión consideró que un ex presidente de la República merecía mejor trato, y ofreció a Mitre trasladarlo a una habitación mucho más amplia y mejor ventilada, donde se hallaría cómodo.

El General rechazó porque eso significaba un privilegio sobre sus compañeros de encierro. Exigió un trato igualitario, sin distinciones especiales. El juez de paz ofreció dejar abierta la puerta, bajo palabra, para que corriera un poco de aire. El general respondió que sólo aceptaría el privilegio si hacía extensivo a sus camaradas.

El 14 de Diciembre escribió a su esposa:

Al fin cedió en este punto y anoche dormimos todos con las puertas abiertas, gozando dormidos del aire de la noche que sólo así podía llegar a los pulmones. Antes de dormirme (que fue a las nueve) pensaba en qué consiste a veces la felicidad relativa: en la rendija de una puerta entreabierta por donde entra un poco de aire más o menos fresco”.

Fuera de leer largo y tendido, fumar sus habanos y recibir algún amigo, a Mitre le sobraba tiempo y comenzaba a aburrirse. De tiempo atrás venía trabajando en una obra de largo aliento, para la que tal vez ya tuviera título completo: “Historia de San Martín y de la Emancipación Sudamericana”.

Las pujas políticas y luego el estallido de la revolución lo obligaron a dejarla de lado. Pensó que podía emplear las horas libres, de las que disponía en abundancia, en la corrección de los originales, por lo que el 19 de Diciembre escribió a Delfina de Vedia:

En uno de los estantes de mi escritorio grande del aposento, hay una carpeta verde en forma de libro que contiene lo que tengo escrito de la ‘Historia de San Martín’. Mandámela con Agustín cuando venga para seguir mi trabajo.
Al mismo tiempo mándame una docena de cuadernillos del mismo papel en que iré copiando en limpio lo escrito”.

De inmediato se enfrascó en la tarea. Como no disponía de libros o documentos sobre el tema, debía limitarse a pulir lo redactado; pero hizo algo más, porque en la celda lujanera escribió la introducción de esa obra monumental.

- Fuga de Arredondo

Tras el acuerdo de Junín, también fue apresado Cipriano Catriel, el cacique amigo de los blancos, que había apoyado el levantamiento. En su ausencia, su hermano Juan José Catriel, que lo odiaba cordialmente y ambicionaba su poder, logró ganar a la tribu, acusando a Cipriano de vendido a los huincas y escarneciéndolo por su vida tan apartada de las tradiciones indígenas.

Para el caso, fue ayudado bajo cuerdas por los gubernamentales, que no encontraron mejor medio que entregarle al propio Cipriano, para que la tribu lo juzgara. Era matar a sabiendas al cacique amigo, ya que el juicio fue sumarísimo y culminó atando a Cipriano a un poste y luego lancearlo a sangre fría.

El primero que clavó la lanza en el pecho del infortunado fue el propio Juan José, que al año siguiente se sublevaría contra los blancos.

Tampoco pintaban bien las cosas para Arredondo, allá en Mendoza. El gobernador Civit y su círculo no se conformaban con menos que su fusilamiento. Pero Roca pensaba de otro modo. Arredondo había sido un jefe y siempre había admirado su valor y pericia militar. Ambos habían anudado una firme amistad que no fue despulida por los desacuerdos políticos.

Además, el General insurrecto era padrino del hijo de Roca, nacido el año anterior. El jefe vencedor no quería más derramamiento de sangre y consideraba totalmente inútil el sacrificio de Arredondo. Con haberlo vencido era suficiente.

A raíz de Santa Rosa, Roca se había convertido en una figura nacional. Su celebridad era innegable en toda la República, por lo cual echó todo el peso de su influencia a favor del amigo vencido. Pero Civit y los suyos querían venganza. Deseaban cobrarse con interés el susto pasado y exigían la cabeza de Arredondo. Escribía Roca a un amigo:

Será un acto de barbarie injustificable el que lo fusilen, como se dice. ¿Qué se va a ganar con matarlo?¿Satisfacer solamente los odios de algunos miserables..?
Le he escrito a Avellaneda pidiéndole, como un gran servicio, la vida de Arredondo. Si no lo consigo, yo no sé por dónde estallaré de rabia e indignación... Las damas de San Juan y La Rioja van a hacer una solicitud pidiéndolo. ¿No se puede intentar algo parecido en Córdoba?”.

A raíz de este problema, las relaciones entre el joven General y el grupo Civit llegaron casi a un plano de ruptura y mutuo enfrentamiento. Pero todo seguía orquestado para ejecutar al jefe sedicioso. Arredondo fue puesto a disposición del fiscal y se convocó un Tribunal Militar. La sentencia de muerte era segura.

Entonces, inesperadamente, el 13 de Febrero de 1875 Arredondo fugó del encierro, a pesar de estar muy bien custodiado y, tras atravesar la cordillera, se refugió en Chile. Para nadie fue un secreto que Roca estaba detrás del asunto, y que por interpósita mano había sido el que abrió la puerta de la celda. Así sacó de apuros don Julio Argentino a su amigo y compadre.

Pero casi le cuesta caro. El fiscal de Mendoza lo acusó, junto con el coronel Eduardo Racedo y el mayor Acevedo, de haber facilitado la fuga.

La Justicia militar lo absolvió. El hombre insistió con la Justicia civil que, con prudencia, se declaró incompetente. El Consejo de Guerra declaró a Arredondo en rebeldía y lo condenó a muerte in absentia por sublevación y por la muerte de Ivanowsky.

El 17 de Diciembre de 1874, Avellaneda dio oficialmente por terminada la insurrección, con una proclama dirigida a las tropas vencedoras:

... queda ya demostrado que nada hay dentro de la Nación, superior a la Nación misma... Hemos vencido a una fracción oligárquica que reputaba patrimonio suyo el Gobierno de la Nación”.

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