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Consejo de Guerra a Mitre

El 5 de Marzo de 1875, los jefes presos en Mercedes y Luján fueron trasladados a los cuarteles de Retiro, para ser sometidos a Consejo de Guerra.

El 1 de Marzo de 1875 había reaparecido “La Nación”, después de cinco meses de clausura. Preso el general Mitre, lo dirigía su hijo Emilio, de 24 años. Solicitó directivas al padre y éste las emitió bien claras: “No injuriar, no mentir”.

Ayuda a comprender la posición del gobernador correntino al ilustrar el liderazgo que inspiraba Mitre en su gente:

Una tarde, atravesando el patio del cuartel, un grupo de soldados presos lo vio pasar, y los milicos estallaron en gritos de “iViva Mitre!”. El general siguió impasible, sin detenerse ni responder a las aclamaciones. Sabía que los pobres soldados serían severamente castigados, empeorando su ya dura situación. Por eso se negó a alentarlos.

Sabedores de donde se encontraba don Bartolo, eran muchos los simpatizantes que se corrían hasta la Plaza del Retiro y pasaban horas esperando ver a su líder. En cierta ocasión, Mitre salió a tomar fresco en la terraza y se encontró con una multitud allá abajo, que lo miraba en silencio. No hubo gritos ni vítores, pero unánimemente todos se sacaron el sombrero y permanecieron descubiertos ante el General.

Este, para corresponder al honor, también se quitó el chambergo y permaneció unos minutos estático, contemplando a la masa. Para evitar que tales cosas pudieran tomarse como un gesto demagógico de su parte y no crear problemas a los simpatizantes, no volvió a asomar por la terraza.

- Mitre niega autoridad al Consejo de Guerra

El 5 de Marzo de 1875, los jefes presos en Mercedes y Luján fueron trasladados a los cuarteles de Retiro, para ser sometidos a Consejo de Guerra. Al llegar, los recibió el alférez a cargo de la guardia.

En horas de la mañana, tres carruajes se detuvieron frente a la puerta del cuartel y descendieron los detenidos. Mitre vestía de civil, chambergo en la cabeza, cigarro en los labios y una chalina sobre los hombros. De inmediato el alférez los distribuyó.

Cuando señaló a Mitre la habitación que debía ocupar, se desarrolló este diálogo:

- “¿Cómo se llama usted, alférez?
- “Santiago T. Stoppani, señor general”.
- “¿Y qué edad tiene?
- “Voy a cumplir quince años”.
- “¿Es usted hijo de un Stoppani que -siendo capitán- con Olivieri fundaron en Bahía Blanca a Nueva Roma?
- “Sí señor”.
- “Bueno; cuando entregue su guardia venga por aquí que tengo que hablarle”.

Durante un par de días, Mitre mantuvo varios diálogos con el alférez, estudiándolo cuidadosamente. Le gustó el muchacho. Al cabo, una mañana Mitre recibió a Stoppani, lo hizo sentar y le preguntó a boca de jarro:

- “Dígame alférez, ¿se animaría usted a ser mi defensor ante el Consejo de Guerra que debe juzgarme?

Mudo de asombro, el pobre alférez tuvo trabajo en encontrar las palabras:

- “Yo haré lo que usted me ordene señor general, pero no me creo capaz de hacer su defensa”.
- “Y si yo se la hiciese, ¿se animaría usted a leerla?
- ‘‘A eso sí señor”.
- “Deme su palabra de honor de que cumplirá lo que me promete y que, por nada, aunque se lo intimide, así lo hará”.

Dada la palabra, el ex presidente se levantó, tomó una nota y un objeto:

- "Aquí tiene su nombramiento, firmado por mí, que debe usted presentar mañana antes de las dos de la tarde en el Ministerio de Guerra”, y tendiéndole una fosforera de oro esmaltada en negro, agregó:

- “Y esto, consérvelo como un recuerdo de este acto pues, donde usted lo ve, este chisme me ha acompañado durante toda la guerra del Paraguay y también durante la última campaña”.

Cumpliendo lo ordenado, al día siguiente Stoppani se presentó en el Ministerio de Guerra y entregó al ministro Adolfo Alsina el nombramiento firmado por Mitre. Don Adolfo debió quedar atónito ante el inusual defensor, pero lo convocó para el día siguiente para tomarle juramento. También don Bartolo dio instrucciones por escrito a Stoppani:

He depositado en usted mi confianza nombrándolo defensor en la causa que se me sigue. Espero que Ud. corresponda a ella, no excediendo en la defensa los límites que al nombrarlo tuve en vista.
Tengo la conciencia de haber cumplido con un deber al protestar con las armas en la mano, a la par de mis compañeros de arma y de causa, contra el falseamiento de las instituciones republicanas, base de todo mando y de toda obediencia, en un país libre.
Vencido en el terreno de los hechos, he confiado a Ud., por lo tanto, la defensa de mi causa política ante un Consejo de Guerra, cuya competencia no reconozco para el efecto.
A este respecto, únicamente le pido que haga constar -de la manera que sea posible- que reitero todas y cada una de las palabras que, como jefe de la revolución de Septiembre he pronunciado, y que avistan en este proceso, agregando que no reconozco más juez de ellas que mi propia conciencia.
Por lo demás, habiéndome colocado por mi espontánea voluntad fuera de las cláusulas del convenio de Junín, no haciendo cuestión de mi persona, es mi deseo no ser defendido de hechos cuya responsabilidad he aceptado deliberadamente, y que acepté y aceptaré con todas sus consecuencias.
Lo que espero de Ud. es que, en honor de la verdad y de la justicia, y de la fe pública empeñada, haga la explicación y la defensa del convenio de Junín, colocando a todos los demás acusados bajo la salvaguardia de sus cláusulas, determinando sus antecedentes, su espíritu y alcance, según las hojas que le adjunto redactadas y los documentos que le sirven de comprobantes.
Cuando más, lo único que deseo haga Ud. de mi defensa, para que tenga la satisfacción de llenar de alguna manera su noble cometido, es colocarme a la par de mis compañeros, el principio de igualdad ante la ley”.

Las instrucciones aclaran cuáles fueron los fines de Mitre al elegir un defensor que tenía quince años. Don Bartolo negaba autoridad al Consejo de Guerra, ponía en tela de juicio la legalidad del proceso y, al negarse a la defensa, exigía el cumplimiento de lo convenido en Junín.

- Consejo de Guerra

En tanto, se reunía el Consejo de Guerra. Destacados juristas prepararon la defensa de los jefes: Juan José Lanusse, Juan Carlos Gómez y Domingo Frías que, en conjunto, elaboraron una magnífica pieza. Sólo Mitre era defendido por el alférez Stoppani, que comenzó a encontrar dificultades con sus superiores. Fue aislado, enquistado y aún amenazado. Sufrió presiones de toda suerte, pero el muchacho permaneció firme en la palabra empeñada.

El Consejo de Guerra de Oficiales Generales se reunió en los cuarteles de Retiro los días 17, 18 y 19 de Mayo, bajo la presidencia del general Benito Nazar y la presencia de diez vocales. Fiscal era el teniente coronel Miguel Ochagavia. Como los defensores debían ser militares, el general Rivas y el coronel Machado fueron defendidos por el general Emilio Mitre; el coronel González por el general Julio de Vedia; y el coronel Ocampor el coronel Federico Mitre.

¿En base a qué legislación serían juzgados los procesados? Todavía seguía en vigencia -en el orden militar- la emitida por Carlos III un siglo atrás, en 1768. Respecto de la legislación nacional, sólo se contaban dos leyes: la 48 y la 49, del 14 de Septiembre de 1863, promulgada por el mismo Bartolomé Mitre siendo presidente.

La primera, en el artículo 7 señala que “la jurisdicción criminal atribuida por esta ley a la justicia nacional, en nada altera la jurisdicción militar en los casos en que, según las leyes existentes, deba procederse por consejos de guerra” y, la segunda, definía la rebelión como el alzamiento contra el Gobierno Nacional y lo penaba con diez años de destierro para los jefes y cuatro a seis para los subalternos.

Señala Héctor José Tanzi(1):

¿Qué ley debía aplicarse a los jefes militares revolucionarios? ¿La ordenanza militar española, en plena vigencia o la ley federal? ¿Qué Tribunal debía juzgarlos? ¿El Consejo de Guerra o el Tribunal nacional competente?
He aquí planteado el caso. El Gobierno Nacional estaba dispuesto al juzgamiento por Consejos de Guerra y, según las ordenanzas en vigor y, como veremos, fue indiferente a la división de los poderes para llegar a este fin.
Los nacionalistas sostenían la incompetencia de estos Tribunales militares... El caso era de importancia. Estaba en juego la vida de los rebeldes. No por lo que a ellos podría importarles esta pena -lo probaron en la acción bélica- sino por lo que significaba para la causa que defendían, para el país, para sus familias.
Si se aceptaba el delito político, se los debía juzgar según la ley nacional 49 y la pena no podía ser la de muerte por tenerla suprimida para estos casos el artículo 18 de la Constitución.
En cambio, el Consejo de Guerra llegaba legalmente a la máxima sanción: el tratado octavo, título décimo de las ordenanzas de 1768, admitían la posibilidad’’.

(1) Citado por Miguel Angel Scenna. “1874: Mitre contra Avellaneda” (1988), en colección: “500 Años de Historia Argentina”, tomo 16, dirigida por Félix Luna. Ed. Abril S. A., Buenos Aires.

Hubo un largo y apasionado debate en torno al asunto, que el lector puede seguir en el excelente trabajo de Tanzi. Lo cierto es que el Poder Ejecutivo se pasó a nado la cuestión legal y puso en marcha el Consejo de Guerra antes de que el Poder Judicial se hubiera expedido.

Se acusó a los rebeldes de deserción, abandono de sus puestos, desobediencia, sublevando a las fuerzas nacionales contra el Gobierno y librando combates con derramamiento de sangre. El fiscal pidió penas de destierro por 4 a 10 años, correspondiendo las mayores a los generales Mitre y Rivas.

El 19 de Mayo de 1875, el Consejo de Guerra produjo su fallo, dividido. Cinco vocales votaron por la pena de muerte para los cabecillas, pero no prevalecieron. Mitre, Rivas, Ocampo, González, Machado y Murga fueron condenados a 8 años de destierro; Vidal, a 6; y Charras, a 3.

Consumados los hechos, el alférez Stoppani fue a despedirse de su defendido. Mitre lo recibió con un abrazo:

- “Lo felicito. Ya sé que se ha portado como un hombre”.

Tomó una fotografía suya y escribió al algo al dorso, luego se la entregó al muchacho:

- “Este es un recuerdo que quiero conserve en mérito de haber sido usted mi defensor ante un Consejo de Guerra”.

Stoppani leyó:

A mi defensor y amigo, el alférez de artillería don Santiago T. Stoppani. Recuerdo de la prisión. Bartolomé Mitre...”.

Pero también Stoppani estaba sentenciado. Poco después fue dado de baja.

Al parecer, el Gobierno de Avellaneda quiso mostrarse duro por principio y cuando tuvo las sanciones en marcha decidió mostrar una faz clemente. El 24 de Mayo, el presidente -de acuerdo con el gabinete- resolvió dejar en libertad a Mitre, González, Vidal y Charras. En cuanto a Rivas, Ocampo y Murga, deberían alejarse del país por 18 meses.

El día 25, fecha patria, los sentenciados volvieron a sus casas. Tiempo después, serían reincorporados al Ejército con sus grados.

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