El contenido de esta página requiere una versión más reciente de Adobe Flash Player.

Obtener Adobe Flash Player

Biografía de Nicolás Avellaneda antes de asumir la Presidencia

Fue el presidente orador. Si el gobernante tuvo vacilaciones, que nacían de lo conflictual entre su inteligencia y su sensibilidad, ellas no se descubren en el discurso... Si el político no satisfizo siempre a sus conciudadanos, su palabra, en cambio, no defraudó nunca al auditorio...

Se podía acaso desdeñar una ley o un decreto de Avellaneda, pero era imposible no escucharlo sin concluir atrapado por esa su frase coherente, capaz de conjugar la cultura del pensamiento que reflexiona, con el simple latido hecho complejo pedestal humano.

Su niñez de familia desterrada tuvo en Tarija y Tupiza, dos ciudades de Bolivia, el escenario doliente... La patria quedaba al sur, no muy lejos, pero sólo la vería de adolescente... El padre, jefe de una vencida coalición norteña contra Juan Manuel de Rosas, terminó decorando con su cabeza, en Octubre de 1841, la punta de una pica plantada en la plaza pública de Tucumán...

Así fructificaban, cosecha rutinaria, las lanzas de la guerra civil... Es de noche cuando una mujer entra en la plaza y en la leyenda para rescatar la cabeza de Marco Avellaneda y darle cristiana sepultura...

El propio Avellaneda evocaría, más tarde, esa etapa del exilio:

¡Como es lleno de angustiosos recuerdos el pobre hogar del emigrado mientras dura su expatriación en tierra extranjera!
Los días se van y los años se acumulan, y no se piensa sino en la catástrofe que le condujo al destierro. Se pasan y repasan en la memoria los acontecimientos últimos para comentarlos, para multiplicarlos, para agrandarlos y hasta para modificarlos a su voluntad, porque la imaginación del proscripto, que no ve luz por delante, se vuelve hacia atrás deshaciendo los hechos que fueron a su causa más funestos, para complacerse, siquiera por un momento, en absurdas perspectivas...”.
... La conversación de la tarde se prolonga por la noche y es la misma al día siguiente. La casa del emigrado es estrecha y no hay lugar separado para los niños. Todo se habla, se hace, se dice, en su presencia.
Tienen el derecho de intervenir en la plática más grave y preguntan, y se estimula su curiosidad para tener quizá ocasión de volver a los mismos temas. ¿Pues que, el niño no se halla investido de igual título? ¡Es también un desterrado, y él mismo lo comprende y lo siente!(1).

(1) Nicolás Avellaneda: “Escritos Literarios: Bernardino Rivadavia” (1915). Ed. “La Cultura Argentina”, Buenos Aires. Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

Como a otros compañeros de infortunio, a Avellaneda el abecedario le llegó enseñado por viejos y abnegados sacerdotes que utilizaban las arenas del suelo a manera de pizarras...

A comienzos de 1850 la familia regresó a Tucumán. Lo hizo para, superando dolores y pobreza, encarar, mediante los estudios consiguientes, el porvenir intelectual del muchacho.
Por eso, algunas semanas después, en los libros del internado del Colegio Monserrat, de la Universidad de Córdoba, quedaba anotado:

Día 6 de Marzo de 1850.
Entra al Colegio don Nicolás Avellaneda, natural de Tucumán, de catorce años, hijo del finado don Marco Avellaneda y de doña Dolores Silva. Por justas consideraciones que se han tenido presentes, queda obligado a pagar sólo cincuenta pesos por año por sus alimentos(2).

(2) Ismael Bucich Escobar. “Vida de Nicolás Avellaneda” (1926). Imprenta Ferrari Hermanos, Buenos Aires. Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

A los alumnos ya presentes, el “nuevo” impresionó como un chiquillo... Lo pequeño de la estatura y el rostro pálido demoraban, al parecer, una adolescencia, que sin embargo pronto se inclinó sobre los libros... Lo cual no le impidió ejecutar la travesura clásica y generacional de esculpir, con un cortaplumas y en el marco de un aula del colegio, su nombre y apellido... Lance de posteridad que muy pocos logran imponer. En el caso de Avellaneda, el escoplo reemplazó al cortaplumas y trabajó en la piedra de la estatua.

Años después, Avellaneda haría de sus horas laboriosas en las aulas cordobesas, un balance escéptico al considerar el desorden de sun formación intelectual:

Dos años de Filosofía y cuatro de Derecho, con sincera aplicación, pero falto de dirección en la tarea, casi siempre sin maestros y sin método, mucho temo que mis adelantos no hayan correspondido a mi amor al estudio y, sobre todo, a las esperanzas de mi familia.
Llegué muy niño con sueños e ilusiones que se enmudecieron a la sombra del colegio, encontrando alimento en la lectura de aquellos poetas e historiadores que mejor se identificaban con el desenvolvimiento de mi juventud y de mi ambición...”.

En Córdoba, siendo estudiante, le ocurrió un episodio que merece recordarse. Exámenes brillantes le habían permitido obtener, dentro de la Universidad, un cargo con el cual confiaba costear en parte su pensión y aliviar en algo la pobreza familiar. Pero, como la aparente y real juventud del candidato indujeran al rector a oponerse al nombramiento, Avellaneda lo convenció con esta sola observación:

Señor Rector, no olvide usted que el infortunio hace precoces a los hombres...”.

A fines de 1855, sin haber rendido en sus estudios de Derecho los exámenes finales que lo autorizaran a lucir los títulos de Licenciado y de Doctor, Avellaneda regresó a Tucumán. Pero aun cuando allí inició sus escritos forenses y hasta fundó un periódico en el cual mostró sus inquietudes literarias y su interés por la cosa pública, no tardó en decidir que sería Buenos Aires el horizonte de los días futuros.

Apenas llegado, en Junio de 1857, procediendo con admirable disciplina, reanudó y terminó, a comienzos de 1858, sus exámenes universitarios, incorporándose como abogado a uno de los más acreditados bufetes porteños.

Pero los pleitos no eran lo importante... No se era alguien si no se militaba en política... Eran los días vísperas de Cepeda, la batalla que enfrentaría a la Confederación de Urquiza, con el Buenos Aires de Mitre... Ese era el gran pleito apasionante... pero, a su vez, no se era nada en política, sino se era periodista.

Los artículos debían escribirse con una fiebre contagiosa capaz de conquistar ciudadanos para las asambleas callejeras o para alistarse en los cuarteles... La imprenta oficiaba de molde y caldeaba, briosamente, adhesiones partidistas.

Pero tampoco se era nada en literatura, si los poemas o las novelas no aparecían en los periódicos; estas últimas utilizaban el folletín para mejor graduar el suspenso... El periodismo era así, la obligada puerta ancha por la cual los jóvenes estudiosos buscaban el destino de sus esperanzas...

En “El Comercio del Plata”, fundado en Montevideo por Florencio Varela y que tenía ahora su sede en Buenos Aires, el joven tucumano escribió algunos artículos, limitándose a firmarlos con sus iniciales. Fue llevado luego a redactar “El Nacional”, en cuyos primeros números habían aparecido años antes, “Las Bases” de Alberdi, las cartas que en polémica con éste escribiera Sarmiento desde Yungay, y frecuentes colaboraciones de Mitre o Vélez Sársfield.

Los artículos, que desde Noviembre de 1859 pertenecen a Avellaneda, no desmerecieron de esa tradición y hasta la acrecentaron. Pero la suspicacia política creyó ver en la pasión de uno de ellos una encubierta incitación al asesinato de Urquiza y el Gobierno porteño juzgó necesario deslindar responsabiildades clausurando el periódico.

Avellaneda no calló su indignación por la clausura y, especialmente, por las razones invocadas para realizarla:

¿Dónde está la predicación del asesinato político que se nos atribuye?”, preguntaba el 19 de Febrero de 1861, día del cierre de “El Nacional”; “¿dónde esa política de exterminio aconsejada por nosotros..?
La suposición misma nos horroriza. ¿Nosotros predicando el asesinato político y afilando con nuestras palabras el puñal de los verdugos? No, por Dios; llevamos en nuestras venas la sangre de los que mueren, pero no la sangre de los que matan...”.

En 1860, Avellaneda es designado Profesor de Economía Política en la Universidad de Buenos Aires y electo diputado a la Legislatura bonaerense.

En 1865, publicó “Estudios sobre las Leyes de Tierras”, trabajo que alcanzó dos ediciones en pocos meses y mereció los elogios de Alberdi. Sobre cuestión tan trascendente, Avellaneda expresaba:

¿Qué sinceridad habría en un sistema agrario que, principiando por ofrecer las tierras a todos los hombres que sean capaces de ocuparlas útilmente, concluyera después haciéndolas inaccesibles por su alto precio a los pequeños capitales?
¿Qué significa la tierra de un país despoblado puesta a un alto precio..?

En 1866 seguía siendo Diputado en la Cámara de la provincia de Buenos Aires, cuando el gobernador Adolfo Alsina lo nombró ministro. La trascendencia de su labor en este cargo quedó testimoniada en sus “Memorias” que registraban la tarea, correspondiéndole a Avellaneda ser el introductor de la práctica de tales documentos.

Sarmiento está en Nueva York cuando le llega la primera de esas “Memorias” y no bien concluye su lectura, le escribe desde dicha ciudad con fecha 20 de Septiembre de 1867:

La parte que en el Mensaje consagra usted a la educación primaria me ha hecho esperar por la salvación de la América. ¡Cuánto hubiera dado por tenerla antes de publicar el prospecto “Ambas Américas”!
Aquí tal documento haría sensación. Juez como me considero en estas materias, su trabajo tiene méritos que acaso usted mismo no estima bastante. Prescindo del estilo, que le son propios. Acaso algo me debe en la iniciación, pero hay suyo el conjunto y la inteligencia de toda la verdad, cosa a que no se llega sino por grados...
Con hombres como usted, con exposiciones magistrales como la suya, creo que estamos a la víspera de empezar una nueva época en las ideas de gobierno y en los medios de llevarlas a cabo...”.

Diez años antes, en epístola particular, Avellaneda, narrando a un amigo sus primeras impresiones provincianas sobre el Buenos Aires que empezaba a frecuentar, había hecho de Sarmiento el personaje más suscitador de sus juveniles entusiasmos.

Ahora, la carta que le llegaba desde Nueva York, debía alegrarle como el más halagador de los espaldarazos. Y explica que Sarmiento, elegido en 1868 presidente de la República, incluyera a Nicolás Avellaneda en su gabinete, como ministro de Educación...

Mientras tanto, en un gesto de altivez, en Febrero de 1868, Avellaneda renunciaba al Ministerio de Alsina, por no firmar la destitución, que juzgaba injusta, de un empleado subalterno.

En 1860, Avellaneda había contraído enlace con la joven porteña, doña Carmen Nóbrega. Y ella gravitaría hondo en esta vida cuyas horas, aunque volcadas en la arena pública, estaban también signadas por hondas aspiraciones a lo estético.

De esa comprensiva solidaridad de Avellaneda y su mujer, Eduardo Wilde, que tanto y tan bien los conoció, ha dejado escrito:

Muchos hombres de mérito se hunden bajo el peso de sus propias mujeres; mientras otros, aún dotados de excelentes talentos, no llegarían adonde llegan si no fueran ayudados por la previsión sutil, la palabra dulce, atemperante, el consejo medido, desapasionado, adivinatorio, de su compañera, que aparta asperezas, alienta y vigoriza.
Avellaneda habría sido gran estadista, literato, orador, un talento, en cualquier parte; soltero, casado y viudo; más, junto a su mujer, su amiga y confidente, fue y pudo ser todo eso con menor dificultad y en mayor grado...
¿Cómo se compuso ella para reducir a lo normal de una escala elevada, esa naturaleza romántica, incongruente, incoleccionable, irreductible a las formas burguesas, incomparable, en fin, de Avellaneda..?
Cuándo tal mujer pudo ejercer tan formidable presión sobre tal hombre, sin hacerla sentir ni ostentarla, sin provocar explosiones; esa mujer es genial como talento y como carácter”.

Tiene 31 años cuando en Octubre de 1868 inicia su gestión de ministro de Justicia e Instrucción Pública. Si desde la Presidencia, es Sarmiento -quien amarrado al timón- imparte el rumbo, es Avellaneda quien vigila en materia de enseñanza, el mejor izar las velas para no desaprovechar los vientos de la vigorosa política educacional prometida desde siempre por el autor del “Facundo”.

Colabora así Avellaneda en la creación, en todo el país, de cientos de escuelas primarias, en la fundación de las primeras escuelas normales; es suya la ley que redactó e hizo sancionar en el Congreso por la cual se instalan, en las ciudades y en los pueblos, las Bibliotecas Populares; confirma, en fin, el envión, ya iniciado por Mitre, de multiplicar para la enseñanza secundaria, los necesarios Colegios Nacionales.

Precisamente, en la colocación de la piedra fundamental del edificio destinado a Colegio Nacional del Rosario, exalta la presencia de muchas madres que asisten a la ceremonia:

Habéis hecho bien, Señoras, en venir, porque sois las más interesadas en que este colegio se construya...
¡Cuántas veces os ha sucedido, Señoras, inclinaros sobre la cuna de vuestros hijos y levantaros enseguida con el corazón palpitante, porque habéis creido entrever en sus frentes los signos misteriosos de un alto porvenir!
Ayudad a vuestros hermanos, a vuestros esposos, sostenedlos en su propósito hasta que este colegio se construya, porque no veréis, de lo contrario, convertidos en verdades, estos vaticinios del cariño sobre las cabezas de vuestros hijos..!

Apenas a un año de iniciada la Presidencia de Sarmiento, un debate de carácter institucional requiere la presencia del Gabinete en el Senado. La Alta Cámara señala, a propósito de la Intervención enviada a San Juan por el Poder Ejecutivo Nacional para reinstalar la Legislatura de esa provincia disuelta por el gobernador, un criterio contrario al de Sarmiento.

En verdad, lo que se juega es acaso el porvenir político del propio presidente de la República.

Además de sus proyecciones institucionales, la controversia tiene la condigna jerarquía de quienes en ella participan. Mitre, cabeza de la oposición, pronuncia un discurso de enjundiosa doctrina y es apoyado briosamente por Oroño.

La sabiduría del viejo Vélez Sársfield, el ministro del Interior, y la concisión de Varela a cargo de las Relaciones Exteriores, parecen ineficaces... La derrota de una votación adversa para el Ejecutivo flota ya en el ambiente... Parece inútil prolongar la controversia

¿Inútil..? ¡Quién sabe..! Pues en ese momento va a terciar Avellaneda... La expectativa crea una respetuosa y vigilante atención. Y Avellaneda encuentra en su elocuencia las palabras conciliadoras capaces de superar las encontradas opiniones y obtener, para el Gobierno de Sarmiento, el aplauso conmovido de los adversarios...

Una apretada mayoría acuerda, en la votación definitiva del asunto, el apoyo a la doctrina del Poder Ejecutivo que se anota la victoria. El debate ha agrandado tanto a Avellaneda que, a partir de entonces, ya se empieza a hallarle estatura presidencial...

La candidatura presidencial de Avellaneda tendría una originalidad: pareció como una respuesta agradecida a la siembra generosa de escuelas y de bibliotecas cumplida, desde el Ministerio, en las aldeas y ciudades del Interior. Precisamente, subestimando este carácter, no faltaría la frase despectiva cuando se avecinó la lucha comicial:

Avellaneda no cuenta sino con un ejército de maestros famélicos y de canónigos repletos, que nada significan como elementos electorales...”.

Lanzado su nombre, creyó de su deber para alejar, “toda sospecha de injerencia oficial, en los trabajos que promovían sus correligionarios políticos”, renunciar al Ministerio de Instrucción Pública (Agosto de 1873). Aceptó, en cambio, la banca que, como representante de Tucumán en el Senado Nacional, le ofreció la provincia de su nacimiento.

Desde fines de 1872 eran públicos los nombres de quienes aspiraban a suceder a Sarmiento. Alude a esto una carta “reservada” que desde Buenos Aires -con fecha 8 de Noviembre de ese año- le envía Avellaneda al coronel Roca; éste, después de haber contribuido decisivamente a la represión de López Jordán en Entre Ríos, está a cargo de la Comandancia Militar en Río Cuarto:

Mi Estimado Amigo:
Me resuelvo a escribirle puesto que Ud. no viene, y prefiriendo hacerlo directamente sin buscar intermediario.
La cuestión electoral se precipita y es necesario adoptar resoluciones definitivas. El estado actual es el siguiente: la candidatura de Alsina y la de Mitre surgen al mismo tiempo en Buenos Aires, disputándose el terreno que pisan. Deben los dos su origen a la misma localidad y necesitan primero desgarrarse las entrañas, disputándose la cuna común que no puede empero servir para ambos.
¿Cuál de ellos prevalecerá en la lucha ya empeñada y el que prevalezca tendrá o no medios para penetrar en las provincias? Todo incierto y, después de mucho estudio de la situación, pienso que las probabilidades se encuentran hoy del lado de Mitre.
Me refiero a Buenos Aires, porque no es exacto que este cuente con Echague(3) en Entre Ríos y con Iriondo(4) en Santa Fe”

(3) Leónidas Echagüe, gobernador de Entre Ríos desde 1871 a 1875.
(4) Simón de Iriondo, gobernador de Santa Fe desde 1871 a 1874. // Todo citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

En cuanto cabe dentro de lo humano, tengo seguridad de lo contrario. Viene ahora la parte difícil de esta carta, porque necesito hablarle de mí. En el Interior no hay en este momento otra candidatura que la mía. Creo que la opinión general le es favorable y los elementos oficiales le pertenecen casi por entero.
Tiene todavía otras raíces más hondas, porque no dependen de la atmósfera política que siempre varía; tienen su origen en mi familia que pertenece a tres provincias: Catamarca, Tucumán y Córdoba; en mi educación con jóvenes de todas ellas y en las numerosas relaciones que vengo cultivando después de cuatro años.
Ahora bien; esta situación tiene una amenaza que puede perturbarla. La amenaza consiste en el general Arredondo, al que se le atribuye el intento de levantar una candidatura en disidencia, introduciendo así la anarquía en nuestros trabajos, a lo menos en lo que se refiere a Cuyo...
... yo tengo verdadera estimación por Arredondo, creo mucho en su habilidad y no desconozco sus medios de acción, pero no tengo reparo en decirle que si bien el general Arredondo puede dar eficacia e impulso a una candidatura que cuente con elementos propios en la opinión de los pueblos, no puede sin embargo crear o inventar una que no tenga otro origen ni otros medios de acción que su propia iniciativa...
... nos haría mucho mal, pero sin objeto útil para él...”; “parece, por el contrario, que todos los intereses están llamándonos a entendernos. Mi candidatura surge de la situación y del Gobierno que él contribuyó a crear y del que es reconocido hasta hoy como sostenedor y amigo”; “... y no hay en el Ejército ningún otro jefe al que yo deba consideraciones superiores o iguales a las que siempre le he dispensado.
Pero todas estas razones mismas son una razón para que el general Arredondo me haga conocer su opinión...”; “... Si el general Arredondo viene a nosotros, no soy propenso a abrigar ilusiones, pero lo afirmo sin vacilar, la situación electoral será inconmoviblemente nuestra.
Deduzca Ud. ahora el contenido de esta carta. Me dirijo a Ud., a nuestra amistad y a su tino tucumano, para que arregle este punto grave en nuestros negocios...”.

Con el transcurso del tiempo, se acentúa la identificación política entre Avellaneda y Roca. En carta del 14 de Marzo, encabezada con un muy afectuoso, “mi querido amigo”, Avellaneda le informa:

... Lo de Jujuy totalmente arreglado. Catamarca se recompone rápidamente. Entre Ríos y Corrientes, compactos como un solo hombre...”; “... el doctor Alsina publica mañana su Manifiesto retirando su candidatura y pidiendo apoyo para la mía.
Dice ‘que a pesar de haber prevalecido en Buenos Aires, las elecciones del 1 de Febrero le han mostrado que su candidatura no tiene alcance nacional’. Se inclina, así, ante la mayoría de las provincias y se adhiere a la candidatura que éstas proclaman”.

Y Avellaneda le agregaba a Roca, que el acuerdo con Alsina no había significado, en ningún momento, promesas de su parte: “Ríase de los pactos sobre Ministerios. No he ofrecido una portería...(5).

(5) Confirmando esta aseveración y al recordar el desinterés del gran caudillo autonomista en la oportunidad mencionada, años después, al inaugurar la estatua de Alsina en Buenos Aires, Avellaneda diría: “Hay un pacto, gritó la maledicencia; era falso. No había sino una abnegación”. // Citado por Gustavo Gabriel Levene. “Nueva Historia Argentina (Presidentes Argentinos)” (1975). Ediciones Argentinas S. R. L., Buenos Aires.

La fórmula que, encabezada por Avellaneda e integrada por el doctor Mariano Acosta para la Vicepresidencia, obtuvo el 12 de Abril de 1874 en el Colegio Electoral 145 votos, triunfaba así sobre la de Mitre que, sumando los electores de Buenos Aires, San Juan y Santiago del Estero, sólo lograba 79.

Tal resultado no sería acatado. La oposición, dirigida por Mitre, se lanzó -a partir de Agosto de 1874- a preparar la insurrección. Venciendo las desconfianzas acerca de la conducta de Arredondo, el general Rivas, intermediario y garante de dicho militar en una conferencia mantenida con Sarmiento, obtuvo del presidente la autorización para que Arredondo se trasladara a Córdoba y San Luis, a atender su salud y sus negocios.

Pero ya el 31 de Agosto, Avellaneda le expresaba a Roca: “Principia a despertarse aquí, entre los amigos, algún recelo con motivo del viaje y de la presencia del General en aquellos mundos... Es necesario que esté prevenido...”.

Otra, fecha 16 de Septiembre: “Nada sabemos del general Arredondo. ¿Qué hay sobre él? ¿Dónde está?”.

Pronto lo sabría todo el país; en el movimiento sedicioso que estalla el 24 de Septiembre, mientras el general Rivas se ha sublevado con fuerzas de la provincia de Buenos Aires, el general Arredondo encabeza la revuelta en Cuyo... Como las fuerzas insurrectas de Buenos Aires son fácilmente vencidas, le toca a Roca afrontar las de Arredondo...

Todo reposa hoy sobre usted. Arredondo vencido termina la revuelta. De lo contrario, esto tomará un gran incremento. Arredondo no puede luchar contra los recursos de la Nación. Pero la guerra civil puede ser larga y esterilizar mi Gobierno...”.

... En medio de los sinsabores presentes quedo tranquilo porque nuestra causa se halla en sus manos. Yo no habría elegido otras...”, le escribe -el 2 de Octubre- Avellaneda. Todavía no se ha despejado esa incertídumbre cuando Avellaneda asume el 12 de Octubre la presidencia de la República.

Información adicional