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Las primeras medidas de Avellaneda

A la inversa de su antecesor, que escogió entre los provincianos las figuras próceres del Gabinete, Avellaneda lo constituyó concediendo mayor importancia a las personalidades porteñas que lo integrarían, sin duda porque era en Buenos Aires donde gozaba de menos prestigio.

Así fue cómo, a más de la de Alsina, pidió la colaboración del doctor Bernardo de Irigoyen, confiándole los negocios de Relaciones Exteriores a poco de haberse excusado el doctor Félix Frías. Tres provincianos -el doctor Simón de Iriondo, don Lucas González y el doctor Onésimo Leguizamón- se hicieron cargo de las carteras restantes. La del Interior correspondió a Iriondo.

La brava arenga que en pleno Congreso había dirigido al presidente su propio ministro de Guerra, anunciaba una política de rigor. Los Tribunales militares condenaron en definitiva a la pena de destierro a Mitre, Rivas y otros jefes y, a la muerte, al expatriado Arredondo. Ahondábanse las disidencias pues, lejos de amenguar; y a ellas se unió una intensa crisis económica, fatídica, acompañante de todo el lapso presidencial.

El abuso del crédito, consecuencia de la conducta financiera del Gobierno anterior, produjo situaciones tan graves como la reducción de las importaciones en una mitad durante el cuadrienio comprendido entre los años 1873 y 1876.

Desequilibrada la balanza comercial, declinantes los negocios y tronado el Banco Nacional, se acudió a recursos heroicos: el presidente formuló la famosa declaración de que la deuda sería servida aún a costa de dos millones de argentinos que economizarían sobre el hambre y la sed; y, en 1877, se destinó a aquel objeto una suma igual a la que se empleó en sueldos y gastos.

Tales adversidades deben tenerse presentes al juzgar ciertos aspectos de esta presidencia, comprendida entre dos revoluciones, según un feliz simil, “como un día sin sol entre una aurora de borrasca y una tarde de temporal(1).

(1) Paul Groussac. “Los que Pasaban”, p. 157. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo II, capítulo XIII: “La Conciliación”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

Avellaneda buscó la concordia por la transacción. Fue indicio de ello, desde el primer instante, la mesura con que contestó las palabras de Alsina.

Luego habló de una amnistía para los reos de las antiguas rebeliones y agregó que sus efectos podían extenderse a los de la última, apenas se convencieran sus autores de que la nación sólo tiene un honor y un crédito ante los pueblos extraños, de que es ilícito herir con ciertas armas al Gobierno afectando los intereses públicos y de que existen en la Constitución barreras ante las cuales las disensiones deben detenerse(2).

(2) Nicolás Avellaneda. Mensaje al Congreso (Mayo 5 de 1875), en: H. Magrabaña, “Los Mensajes (Historia del desenvolvimiento de la Nación Argentina redactada cronológicamente por sus gobernantes. 1810-1910)”, tomo III, p. 392. Buenos Aires, Comisión General del Centenario, 1910, (5 volúmenes). // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo II, capítulo XIII: “La Conciliación”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

A los pocos días, en la víspera del 25 de Mayo de 1875, declaró purgada la pena que sufría Mitre y aminoró las de Rivas y otros jefes.

Frente a estas palabras y actos, no pudo faltar el legislador que se encargase de interpretarlas. En la primera sesión ordinaria de la Cámara de Diputados, el doctor Rafael Igarzábal presentó un proyecto de amnistía para los delitos políticos; el ministro de Guerra expresó que el Ejecutivo se adhería, aunque no había pensado perdonar tan pronto a los del año anterior(3); y el proyecto pasó al Senado con sanción favorable de la Cámara.

(3) Cámara de Diputados, sesión de Mayo 28 de 1875. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo II, capítulo XIII: “La Conciliación”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

En aquél surgió un enemigo formidable, Sarmiento, recién electo representante de San Juan. A él le tocó estudiar el proyecto e informarlo a nombre de la Comisión de Negocios Constitucionales, y lo modificó con una serie de excepciones que lo anulaban en su esencia.
Las propuestas fueron inmediatamente rechazadas; y público de la barra, constituido por estudiantes, aguardó la salida de Sarmiento para escarnecerlo en su tránsito.

La incidencia mostró que la burguesía porteña continuaba con Mitre. El Senado aprobó el proyecto en revisión, tras de asistir a una magistral controversia entre Sarmiento y Rawson -también representante de San Juan-, en cuyo transcurso el último llevó una recia arremetida a los actos gubernativos del ex presidente.

La ley se promulgó el 26 de Julio y los amnistiados se dieron de lleno a la tarea de preparar otra insurrección.

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