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LOS TERMINOS DE LA CONCILIACION

Cuando el presidente Nicolás Avellaneda telegrafiaba al gobernador de Salta, era ya un hecho la conciliación de los partidos porteños. Pese a la encrespada actitud de los nacionalistas, Avellaneda había persistido infatigablemente en los propósitos de concordia.
Expuso la fórmula con toda claridad al inaugurar el Congreso de 1876:

No fundaremos un régimen de Instituciones libres sino cuando las oposiciones dejen de ser sediciosas y los partidos dominantes absurdamente excluyentes(1)

(1) Avellaneda. Mensaje al Congreso (Mayo 6 de 1876), en: H. Magrabaña, “Los Mensajes (Historia del desenvolvimiento de la Nación Argentina redactada cronológicamente por sus gobernantes. 1810-1910)”, tomo III, p. 411. Buenos Aires, Comisión General del Centenario, 1910, (5 volúmenes). // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo II, capítulo XIII: “La Conciliación”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

En ocasión análoga del año siguiente, anunció que reincorporaría a los jefes y oficiales del Ejército dados de baja con motivo de la revolución última -salvo los procesados por delitos comunes- y avisó que podían volver al país los expatriados, sin condición alguna.

Necesitamos -dijo- salir de la situación presente por grandes actos; pero nunca fue para los argentinos un esfuerzo costoso elevar los corazones.
He ahí mi plan: una política para todos con iguales derechos, los Gobiernos abandonando el campo electoral al movimiento libre de los partidos...(2).

(2) Avellaneda. Mensaje al Congreso (Mayo 4 de 1877), en: H. Magrabaña, “Los Mensajes (Historia del desenvolvimiento de la Nación Argentina redactada cronológicamente por sus gobernantes. 1810-1910)”, Buenos Aires, tomo III, p. 457. Comisión General del Centenario, 1910, (5 volúmenes). // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo II, capítulo XIII: “La Conciliación”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

El 24 de Mayo aparecía el decreto de reincorporación y, el 9 de Junio, otro por el que se dejaba sin efecto la sentencia dictada contra Arredondo.

La Conciliación tuvo su principal agente en el gobernador de Buenos Aires, Carlos Casares. Fue concluida el 17 de Julio de 1877, en casa del gobernador, por los jefes de los partidos porteños, Alsina y Mitre.

El 2 de Octubre entraron como ministros los doctores Rufino de Elizalde y José M. Gutiérrez, que cupieron por renuncia de Iriondo -electo gobernador de Santa Fe- y de Leguizamón, compensado con un asiento de la Corte Suprema.

A Elizalde se le destinó la cartera de Relaciones Exteriores, tomando Irigoyen la del Interior. El 7 de Octubre una gran masa de pueblo llegó hasta los balcones de la Casa Rosada celebrando la nueva política.

De la habilísima maniobra resultaba, por una parte, el desarme del partido Nacionalista, quedando como rehenes en el Ministerio dos de sus miembros más conspicuos; y, por otra parte, gracias a esta presencia, la neutralización de la tutela aparentemente ejercida en el Gobierno Nacional por el partido Autonomista, la que solía tornarse enojosa y deprimente, no por la actitud de su caballeresco jefe, sino por la de algunos 'seídes’ más alsinistas que Alsina(3).

(3) Paul Groussac. “Los que pasaban”, p. 164. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo II, capítulo XIII: “La Conciliación”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

¿En qué consistía la Conciliación? El concepto distaba de ser uniforme, pues el propio presidente -que en su mensaje de 1878 proclamó alborozado que “la América entera” había asistido al noble espectáculo ofrecido por Buenos Aires, debió explicar varias veces, y aún en esa misma pieza, que no se trataba de un pacto o compromiso con los partidos, sino del repudio de la violencia -por los opositores- y de la usurpación, por los gobernantes(4).

(4) Avellaneda. Mensaje al Congreso (Mayo 6 de 1878), en: H. Magrabaña, “Los Mensajes (Historia del desenvolvimiento de la Nación Argentina redactada cronológicamente por sus gobernantes. 1810-1910)”, tomo III, p. 470. Buenos Aires, Comisión General del Centenario, 1910, (5 volúmenes). // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo II, capítulo XIII: “La Conciliación”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

Nunca pretendió la confusión por “refundiciones imposibles” : quería que las pasiones y los intereses se debatieran bajo los recursos de la ley, servida por una tolerancia larga(5).

(5) Avellaneda. Carta al doctor Leguizamón (Junio 19 de 1877), en Avellaneda. “Escritos y Discursos”, tomo XI, p. 126. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo II, capítulo XIII: “La Conciliación”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

Más, ¿cómo convergir en una acción pacífica los partidos rivales si en el proceso electoral triunfaba únicamente la audacia y el fraude precedía, acompañaba y seguía al acto de depositar el voto? De una sola manera: acordando antes de cada elección listas comunes de candidatos. Por eso el pueblo creía en una fusión de los grupos hostiles...

El equilibrio buscado por Avellaneda quedó inopinadamente roto a fines de 1877. El 29 de Diciembre murió el doctor Adolfo Alsina, caído en medio de la campaña que absorbió sus últimas energías: el ensanche del dominio real de la nación por el establecimiento de nuevas fronteras contra los indios.

La importancia de las operaciones militares emprendidas, poniendo por sobre todo interés el puramente técnico, indicaba que la cartera vacante debía ser confiada al general Julio A. Roca, eficaz colaborador de Alsina en el cumplimiento del plan, pero adversario en la concepción del mismo, como que le había contrapuesto el más amplio de arrojar a los salvajes a la Patagonia.

La desaparición de Alsina tuvo la virtud de afianzar la conciliación porteña, acrecentando el valer del partido Nacionalista; pero tuvo asimismo la virtud -hecho del que por el momento se despreocupó Buenos Aires- de que en los círculos provincianos y en los campamentos comenzara a hablarse de la candidatura presidencial del flamante ministro.

Otra consecuencia de la conciliación se produjo a principios de 1878, a raíz de las primeras elecciones concurridas por los partidos con listas comunes y de las que surgió como gobernador el doctor Carlos Tejedor y como diputado nacional el general Mitre, entre otros personajes prominentes.

Caso imprevisto fue que el novel mandatario, firme en sus ideas de dieciséis años atrás, exhumase viejos pleitos pronunciando ante la Legislatura estas palabras:

La Constitución Federal traza claramente la línea que dividela acción del Gobierno General de los Gobiernos de provincia y esa línea será sagrada para mi, procurando conciliar las prerrogativas propias con la obediencia que en asuntos nacionales debemos a nuestro huésped(6).

(6) Tejedor. Discurso, en “Senado de Buenos Aires”, sesión de Mayo 1 de 1878. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo II, capítulo XIII: “La Conciliación”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

Esta calificación, un tanto atrevida porque los Poderes Federales no están en casa ajena mientras residen en cualquier punto de la República, hirió el sentimiento de la nacionalidad y dejó entrever conflictos para el futuro.

La precaria jurisdicción que ejerció el presidente Mitre -limitada en lo político por la representación directa que los ciudadanos tenían en la Legislatura; en lo administrativo por el sometimiento al gobernador de todos los establecimientos públicos; y en lo judicial por la competencia exclusiva de los jueces provinciales -había caducado en 1867, en efecto; pero desde esa fecha nadie osó deprimir a las autoridades federales enrostrándoles la condición de invitadas o intrusas.

Los sucesos acaecidos tras la conciliación insinuaban pues, más que nunca, la divergencia entre Buenos Aires y las provincias, tendiente a encarnar en Tejedor y Roca; pero Avellaneda mantenía la unidad porque, por el momento, podía sobreponerse a aquélla y a éstas.

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