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Alborotos sanjuaninos de 1877

Mientras Buenos Aires festejaba la conciliación, San Juan experimentó un pasajero trastorno.

En la noche del 5 al 6 de Septiembre de 1877, media docena de gauchos se presentaron garrote en mano en el cuartel de policía y se apoderaron de la guardia y las armas. Los dirigían los propios jefes de esa dependencia. Un testigo contó así los sucesos:

El más profundo silencio reinó en el cuartel, a punto de no ser sentido el movimiento revolucionario ni aún por los vecinos que vivimos en la misma cuadra, hasta que a las cinco de la mañana marchó la banda de música por las calles despertando a los dormidos habitantes...(1).

(1) Cirilo Sarmiento. Carta al senador D. F. Sarmiento (Septiembre 6 de 1877), en [Cirilo Sarmiento]. “La Intervención del presidente de la República en la revolución del 6 de Septiembre de 1877 en la provincia de San Juan” (1878), p. 42. Ed. Imprenta del Mercurio, Buenos Aires. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo II, capítulo XIII: “La Conciliación”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

Apenas hay necesidad de decir que el gobernador Rosauro Doncel fue detenido inmediatamente. A la operación marcial de la madrugada siguieron otras más o menos frecuentes en tales lances: la entrega de su renuncia por el gobernador; la reunión extraordinaria de la Legislatura; el levantamiento de la sesión sin tomar acuerdo sobre aquélla; la convocatoria de los vecinos por el jefe revolucionario; el nombramiento de un gobernador provisorio... Favorecióse con este cargo a Cirilo Sarmiento, que lo aceptó con displicencia.

La decisión del Ejecutivo fue rápida y original. El 7 de Septiembre, el ministro Irigoyen expresó al provisorio que continuaría reconociendo por gobernador legítimo a Doncel en tanto no terminara su período o no cesara con estricta sujeción a las formas constitucionales.

Agregó que “una renuncia bajo el imperio de un movimiento subversivo y arrancada en una prisión no es un acto libre”. Y concluyó: “No hay pueblo en una reunión de ciudadanos de una localidad y mucho menos puede ser el pueblo de una provincia; el pueblo no delibera ni gobierna por sí y no provee al nombramiento de sus funcionarios, sino mediante las formas legales(2).

(2) Irigoyen. Telegrama a don Cirilo Sarmiento (Septiembre 7 de 1877), en: “Memoria presentada por el Ministro Secretario de Estado en el Departamento del Interior al Honorable Congreso Nacional en 1878” (1878), p. 22. Ed. “La Tribuna”, Buenos Aires.

El pronunciamiento ministerial cortó en su base las esperanzas de los sediciosos, opuso un grave obstáculo a las asambleas de vecinos con que aquéllos remataban sus lateas y significó sin duda una garantía de orden. Fue, además, inobjetable, porque no implicó acto de Intervención autoritaria.

La insurrección finalizó al conocerse el pensamiento del Ejecutivo. Aseguró Sarmiento que había deseado exclusivamente salvar al gobernador y la paz pública(3); pero le disgustó la conducta de Avellaneda, que se apresuraba a desconocerle todo carácter oficial, siendo así que en 1874 había tolerado en San Juan la existencia de otro gobernador provisorio, surgido de una reunión de vecinos a raíz del segundo combate de Santa Rosa.

(3) Sarmiento. Telegrama al ministro Irigoyen (Septiembre 8 de 1877), en: “Memoria presentada por el Ministro Secretario de Estado en el Departamento del Interior al Honorable Congreso Nacional en 1878” (1878), p. 25. Ed. “La Tribuna”, Buenos Aires.

En la turbulenta democracia argentina -decía Sarmiento- nada valen los éxitos pacíficos, “porque la gloria sólo está reservada, por desgracia nuestra, para los triunfos sangrientos de la violencia, armada las más veces contra la libertad y el derecho que, por lo regular sucumben envueltos en sangre, en nombre de frases pomposas y sin sentido(4).

(4) Sarmiento. Carta al redactor de “La República” (Marzo 30 de 1878), en Sarmiento. “La Intervención del presidente de la República en la revolución del 6 de Septiembre de 1877 en la provincia de San Juan” (1878), p. 5. Ed. Imprenta del Mercurio, Buenos Aires. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo II, capítulo XIII: “La Conciliación”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

Visto que las fuerzas locales ofrecían poca confianza, el Ejecutivo destacó en San Juan dos compañías de línea. El remedio resultó malo. El 27 de Noviembre, un Sargento sublevó las compañías, que estaban impagas, matando a algunos oficiales y sojuzgando la ciudad.

El mayor Agustín Gómez concentró las fuerzas de la provincia e intentó dominar a los rebeldes, pero fue rechazado y sufrió pérdidas de vidas, entre ellas la del comandante Marcelino Quiroga.

Al motín, en vez de sofocarlo el Gobierno Federal, lo extirpó el obispo de Cuyo, y no con armas sino con dinero(5).

(5) Juan Rómulo Fernández. “Historia de San Juan” (1919), p. 153. Ed. A. Kapelusz y Compañía, Buenos Aires. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo II, capítulo XIII: “La Conciliación”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

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