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Sarmiento en el Ministerio del Interior

El 28 de Agosto de 1879, Domingo Faustino Sarmiento fue Encargado de los Negocios del Interior:

 

El señor Sarmiento no es solamente un ministro -explicó Avellaneda -: es un Ministerio, en la significación del momento.
Todos comprendían que los días de las grandes agitaciones traídas por el movimiento electoral habían llegado y que la primera tarea del Gobierno es hoy salvar el Gobierno mismo, asegurando al mismo tiempo la paz de la Nación(1).

(1) Avellaneda. “Escritos y Discursos”, tomo XI, p. 331.// Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo II, capítulo XIV: “Decapitación de Buenos Aires”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

El problema presidencial parecía sencillo, atentas las definiciones operadas en el país: Tejedor figuraba como candidato desde el 1 de Junio, con el apoyo de los partidos conciliados de Buenos Aires, esto es, los nacionalistas y los autonomistas nacionales si bien, dos grupos desprendidos de estos, como consecuencia de la muerte de Alsina, el de los puros y el de los republicanos -acaudillados por el doctor Leandro N. Alem, el primero, y el doctor Aristóbulo del Valle el segundo-, sostenían las respectivas candidaturas de Irigoyen y Sarmiento; Laspiur conservaba el sufragio de Corrientes; y Roca, recién llegado de su expedición al desierto con la fama de las veinte mil leguas ganadas para la República, podía confiar en el favor de las otras doce provincias.

Con inevitable exclusión de Laspiur, el cuadro reproducía los términos conocidos en 1868 y 1874 -porteños contra provincianos- y permitía pronosticar una solución análoga a la de entonces; pero esta vez aparecía cargado de amenazas, que brotaban de la certidumbre de que la candidatura provinciana no lograría simpatías en Buenos Aires y de la actitud evidentemente belicosa de las autoridades porteñas. Esto era lo que hacía decir al presidente que el deber supremo consistía en salvar los Poderes Federales.

Proclamaba Tejedor la resistencia del “partido liberal” contra “los partidos retrógrados del Interior”. Restituía la lucha -como se ve- al ambiente de 1860, comenzando por el resurgimiento de olvidados vocablos: “partido liberal”, nombre que la fusión de los núcleos adversos permitía revivir; y “partidos retrógrados”, calificativo grato al antiguo orgullo porteño.

Agregaba que “al poder era preciso combatirlo con el poder”. El propio Tejedor mencionó después los recursos que puso en juego, “persuadido -el Gobierno de la provincia- que toda esperanza de salvación estaba únicamente en el pueblo de Buenos Aires", consintió en que se formase la Asociación llamada del Tiro.

Legalmente era menos que la milicia, cuyo derecho de convocación podía ponerse en duda. Pero realmente era más; era el pueblo que se manifestaba en toda su grandeza, que presentía la lucha y se preparaba(2).

(2) Carlos Tejedor. “La Defensa de Buenos Aires. 1878-1880” (1881), pp. 53 y 70. Ed. M. Biedma, Buenos Aires. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo II, capítulo XIV: “Decapitación de Buenos Aires”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

Fundada a fines de 1878, la Asociación del Tiro aumentaba día a día sus adherentes, instruidos militarmente por jefes y oficiales del Ejército. Fuera de estas legiones cívicas, el gobernador contaba con un batallón de guardiacárceles y cuatro de vigilantes, cuyos efectivos, puestos en pie de guerra, reunían más de dos mil quinientos hombres.

Surgió más tarde otra agrupación, los bomberos voluntarios y, por fin, una de sabor levantisco, los rifleros, formada en parte por la juventud estudiosa.

Fundamento real tenían, pues, las alarmas del presidente, tan real como la confianza que infundía el nuevo ministro. Sarmiento no sólo aceptó la tarea de volver a su quicio a las autoridades porteñas, sino que se propuso arremeter contra las restantes.

Habíase encariñado con su candidatura y soñaba destruir, a más de la de Tejedor, la de Roca...

Apenas nombrado, exteriorizó su pensamiento en una Circular enviada a los gobernadores. Escribióles:

Hace por desgracia convertido en preocupación pública, como habrá podido observarlo vuecencia de meses a esta parte, en las recíprocas recriminaciones de los diarios, que la elección de presidente será, más bien que la expresión de la voluntad del pueblo, la inspiración de los que gobiernan y aún el efecto de la aplicación a las elecciones de los medios administrativos de que las autoridades nacionales o provinciales disponen para su régimen interno”.

Y les encarecía algo inaudito en la época: que se abstuviesen de abrazar candidatura alguna como agitadores de ella o empleando el influjo oficial en conseguirle prosélitos La Circular se insertó en los diarios del 4 de Septiembre(3).

(3) Sarmiento. Circular a los gobernadores (Septiembre 1 de 1879), en: “La Tribuna”, número 8.735, Septiembre 4 de 1879. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo II, capítulo XIV: “Decapitación de Buenos Aires”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

El mismo día enterábase el público de la respuesta de Tejedor: cinco decretos, por los que convocaba a la milicia de la Capital a ejercicios doctrinales, asignaba nuevos jefes a las pertinentes unidades, dividía la milicia de la campaña en batallones y regimientos, nombraba los jefes de las doce circunscripciones en que estos se organizarían y creaba los cargos de Comandante General y Jefe del Estado Mayor...

Sarmiento ordenó inmediatamente que los decretos fuesen revocados; según su parecer, el alistamiento y reglamentación de las milicias competía al Congreso, alcanzando el derecho provincial sólo a designar los oficiales y correr con la disciplina.

Acometió también contra las fuerzas permanentes -“batallones híbridos, sin bandera porque no son nacionales”- y contra los ciudadanos a quienes se armaba en legiones, “para confiarles la guardia o la opresión de los demás(4).

(4) Sarmiento. Nota al gobernador Tejedor (Septiembre 4 de 1879), en “Exposición que el ministro del Interior hace a Su Excelencia el Señor Presidente de la República sobre los sucesos ocurridos con motivo de las Circulares con que comunicó a los Excelentísimos Gobernadores su nombramiento al Ministerio del Interior” (1879), p. 27. Ed. “El Nacional”, Buenos Aires. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo II, capítulo XIV: “Decapitación de Buenos Aires”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

A raíz de este paso, se produjeron las ya citadas renuncias de Lastra y Montes de Oca. Tejedor se negó a abrogar sus decretos y mostró que el ministro incurría en confusiones derivadas de la poca atención que había prestado a los textos que fijan el carácter provincial de las milicias y aún a la práctica uniformemente observada hasta entonces.

Agregó que el país veía acercarse una época anárquica, “bajo los terrores de una candidatura militar”. Concluyó expresando que no podía oponerse a que los ciudadanos cooperasen, por voluntad propia y patriotismo, en el mantenimiento del orden, “instruyéndose previamente en los ejercicios convenientes”; y que era necesaria la organización militar de la Policía por no existir hacia ella en la República el respeto que en París o Londres(5).

(5) Tejedor. Nota al ministro Sarmiento (Septiembre 5 de 1879), en: “Exposición que el ministro del Interior hace a Su Excelencia el Señor Presidente de la República sobre los sucesos ocurridos con motivo de las Circulares con que comunicó a los Excelentísimos Gobernadores su nombramiento al Ministerio del Interior” (1879), p. 35. Constitución Nacional, inciso 24 del artículo 67. Constitución de Buenos Aires (1873), inciso 1, del artículo 98 e incisos 10, 11 y 13 del artículo 142. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo II, capítulo XIV: “Decapitación de Buenos Aires”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

El cambio de notas degeneró en agria polémica. Sarmiento la ultimó presentando un proyecto de ley por el que prohibía convocar las milicias sin orden del presidente, ni siquiera para ejercicios doctrinales.

Propuso, además, que se licenciaran los Cuerpos establecidos por las provincias, cualesquiera fuesen sus nombres y que se impidiera a las policías adoptar organización militar(6).

(6) Sarmiento. Proyecto, en “Cámara de Diputados”, sesión de Septiembre 5 de 1879. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo II, capítulo XIV: “Decapitación de Buenos Aires”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

Tejedor la declaró concluida, a su vez, por medio de una nota circulada entre los gobernadores:

La milicia es de las provincias -díjoles- y sólo se convierte en milicia nacional cuando está reunida bajo las órdenes del presidente de la República.
La milicia existe principalmente para las provincias, para la defensa de la libertad y del orden dentro de su territorio y, sus Gobiernos, pueden convocarla para su disciplina y para su servicio...
El Gobierno de Buenos Aires -terminaba- confía en la fuerza de su derecho y, firme en este terreno, espera que nadie se atreverá a ahogar su voz por la violencia; espera que las glorias y los sacrificios de los hijos de esta provincia, que la sola fuerza de opinión de este centro ilustrado, harán lo que la mirada de Mario,viejo y desvalido, que hizo caer el arma de las manos del esclavo cimbrio enviado para matarle(7).

(7) Tejedor. Circular a los gobernadores (Septiembre 9 de 1879) en: “Exposición que el ministro del Interior hace a Su Excelencia el Señor Presidente de la República sobre los sucesos ocurridos con motivo de las Circulares con que comunicó a los Excelentísimos Gobernadores su nombramiento al Ministerio del Interior” (1879), p. 65. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo II, capítulo XIV: “Decapitación de Buenos Aires”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

Las palabras finales iluminan las actitudes subsiguientes de Tejedor, que se empeñó en personificar durante toda la crisis, “la figura paradojal del revolucionario legalista(8).

(8) Julio A. Costa. “Roca y Tejedor” (1927), p. 94. Ed. Mario, Buenos Aires. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo II, capítulo XIV: “Decapitación de Buenos Aires”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

La Cámara de Diputados sustituyó sin discusión el proyecto del Ejecutivo con otro que se limitaba a prohibir los ejercicios doctrinales durante los ocho meses anteriores a la elección presidencial(9).

(9) “Cámara de Diputados”, sesión de Septiembre 19 de 1879. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo II, capítulo XIV: “Decapitación de Buenos Aires”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

Al poco tiempo, el Senado lo modificó en estos términos: desde la promulgación de la ley y hasta tres meses después de recibido el nuevo presidente, las provincias no podrían convocar las milicias ni aún para ejercicios doctrinales, salvo orden de la autoridad federal o en los casos de invasión exterior o peligro inminente que menciona el artículo 108; y las fuerzas provinciales de seguridad no podrían organizarse nunca militarmente ni estar sometidas a las ordenanzas del Ejército(10).

(10) “Senado”, sesión de Octubre 2 de 1879. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo II, capítulo XIV: “Decapitación de Buenos Aires”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

El Congreso rehusaba admitir que las milicias son privativas de la Nación.

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