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Dimisión de Sarmiento

La incidencia trabada entre Sarmiento y Tejedor se complicó de pronto con otro conflicto que colocó al primero frente a Roca. La nueva discordia se originó en Jujuy, con motivo de las resistencias que provocaba el gobernador Torino, a quien había reconocido Avellaneda a comienzos de 1879.

El 12 de Mayo, los opositores expugnaron el Cuartel de Policía, no sin que perdiesen la vida el jefe del movimiento, doctor Plácido Sánchez de Bustamante (h) y otros ciudadanos; depusieron a las autoridades y formaron otras provisorias, que comunicaron su instalación al presidente.

Este adoptó una actitud neutral y recomendó igual conducta al Gobierno de Salta. En la Cámara de Diputados, el ex gobernador Aparicio censuró la indiferencia de Avellaneda, parangonándola con la actividad que desarrolló frente a la sedición sanjuanina de 1877; a lo que replicó el doctor Federico Espeche, que la injerencia federal debía sujetarse a las normas del artículo 6to., están vedado suplirlas con resoluciones oficiosas(1).

(1) “Cámara de Diputados”, sesión de Mayo 12 de 1879. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo II, capítulo XIV: “Decapitación de Buenos Aires”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

Las autoridades provisorias gozaron de corta vida. El 1 de Junio sus fuerzas fueron desbaratadas en la Cuesta de Chorrillos por las que organizó en Salta el doctor José María Orihuela, ministro de Torino.

A consecuencia de la victoria, el gobernador legal recobró su puesto. El 24 de Septiembre se reprodujo la insurrección, consiguiendo un triunfo parcial en Humahuaca.

Desde allí, los rebeldes invadieron la Capital. Torino delegó su cargo en Orihuela y se trasladó a la frontera de Salta, donde equipó algunas tropas y suscribió el pedido de Intervención. Enseguidase puso en marcha sobre Jujuy, ciudad en la que el ministro permanecía sitiado.

El requerimiento llegó al Senado el 29 de Septiembre, con el mensaje de práctica. En esta pieza, la pluma del ministro del Interior vibró de inquina contra las autoridades jujeñas y la Cámara que el año último se negó a Intervenir.

En párrafos, cuya apresurada construcción descubría la pasión dominante, el Ejecutivo preguntaba si sería el caso de reiterar la bella doctrina antiintervencionista de Quintana, “como si fuera un eco lejano de un acto memorable”.

Agregaba que era necesario saber si había que abandonar los pueblos a la arbitrariedad de los mandones, obligándolos a que con sus propias fuerzas y a su riesgo y peligro buscasen remedio a los males originados por el incumplimiento de la garantía federal.

Sin aceptar estas ideas -añadía-, que no son las que puede profesar un Gobierno, se recuerdan sólo para mostrar las que prevalecieron en el ánimo de la Cámara y que en el hecho parecen hoy justificadas por la persistencia trágica con que los vecinos de Jujuy han perseverado en su propósito, después de agotados los recursos legales, de desembarazarse de aquellos mandatarios, fruto de tantas violencias”.

Pedía, en definitiva, que el Congreso mirase en esa ocasión “más del lado del goce de las Instituciones holladas tantas veces en Jujuy, que del lado de una autoridad que ha sido derrocada después de estar manchando con sangre de ciudadanos pacíficos el título de su nombramiento”.

Acompañaba un proyecto de ley que lo facultaba a movilizar milicias, “reponer las autoridades legítimas de aquella provincia y restablecer el orden perturbado por la sedición"(2).

(2) Mensaje y proyecto, en “Senado”, sesión de Septiembre 29 de 1879. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo II, capítulo XIV: “Decapitación de Buenos Aires”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

Amenazadas las autoridades constituidas y pedido por una de ellas el restablecimiento de todas, el Ejecutivo consideraba que debía acceder a la solicitud sin sostener a ninguna y sustituirse a las mismas para garantir al pueblo el goce y ejercicio de las instituciones...

Eran las ideas desenvueltas por Sarmiento en 1869, cuando vetó la Ley de Intervenciones. Contribuía, sin duda, a fortalecerlas un motivo ajeno a todo afán doctrinario: el temor de que Torino triunfase por sus propios medios o con ayuda de los gobernantes de Salta.

La preocupación fue tan viva, que el ministro se creyó facultado para disponer el mantenimiento del statu quo.

"La razón principal que hay para proceder así -explicó luego- es que no sigan produciéndose nuevas causas o nuevos hechos que den lugar a ampliar la acción”; faltarían puntos fijos de referencia si a cada rato cambiasen la decoración y los personajes(3).

(3) Sarmiento. Discurso, en “Senado”, sesión de Octubre 7 de 1879. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo II, capítulo XIV: “Decapitación de Buenos Aires”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

Telegrafió, pues, a Torino -sin saber qué decidiría el Congreso- para comunicarle esta novedad: Está intervenida la provincia por el solo hecho de haberlo pedido”, y le prohibió que prosiguiera las operaciones, calificando sus actividades como si el atribulado gobernador hubiese debido adivinar la novísima tesis: “Es muy culpable la conducta de vuecencia...(4).

(4) Sarmiento. Telegrama al gobernador Torino (Septiembre de 1879), en “El Porteño”, (Buenos Aires), Nro. 1.171, Octubre 7 de 1879. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo II, capítulo XIV: “Decapitación de Buenos Aires”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

Sarmiento olvidó impartir orden análoga a los sediciosos.

En el Senado hubo un debate relámpago. La Comisión adhirió al proyecto por voto unánime de los doctores José Benito Bárcena, Leónidas Echagüe y Rafael Igarzábal. Echagüe advirtió que lo fundaría con pocas palabras, para eludir discusiones. Había base constitucional porque las autoridades constituidas estaban a punto de ser depuestas y porque mediaba un requerimiento en forma.

Agregó que un motivo de urgencia -la necesidad de suspender el derramamiento de sangre- le privaba de “examinar los propósitos ni los fines con que va la Intervención”.

Cortés interrogó si se procedía por requerimiento o de oficio pues, según fuera el caso había que contemplar distintas situaciones. Sarmiento respondió con patente brusquedad. Anunció que en esos momentos Jujuy estaba vertiendo sangre.

A las cuestiones que ha propuesto el Señor Senador por Córdoba -expuso enseguida- no me permitiré contestarlas: la Constitución manda; y no es al Senado ni a la Cámara a lo que hay que atender”.

Y concluyó: “Todo lo demás es tiempo perdido; he dicho”.

En vano propuso Cortés que se asentara con claridad la imposición de reponer al gobernador ya reconocido por el Ejecutivo; el Senado aprobó el despacho por mayoría abrumadora(5).

(5) “Senado”, sesión de Octubre 1 de 1879. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo II, capítulo XIV: “Decapitación de Buenos Aires”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

Las miras de Sarmiento, corroboradas por el Acuerdo del Senado, causaron honda impresión en las filas autonomistas nacionales. Súpose que el 1 de Octubre, a raíz de ser muerto Orihuela, las fuerzas legales de Jujuy habían tenido que rendirse, así como que el gobernador, derrotado en el combate de Los Alisos, habíase refugiado en Salta, donde la orden del ministro lo mantenía inactivo.

Súpose también que los insurgentes victoriosos se preparaban a proclamar la candidatura presidencial de Sarmiento. El gobernador de Salta sintió que iba a correr la suerte del aliado; idéntica zozobra se apoderó del de Tucumán; y, por fin, el de Córdoba, doctor Antonio del Viso, considerado el jefe de la Liga de Gobernadores, planteó la gravedad de la emergencia a los amigos de Buenos Aires.

Por el momento perdemos una provincia -les dijo-: o no ven claro allá o están impotentes(6).

(6) Antonio del Viso. Telegrama al doctor Juárez Celman (Octubre 4 de 1879), en “Senado”, sesión de Octubre 7 de 1879. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo II, capítulo XIV: “Decapitación de Buenos Aires”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

Los partidarios de Roca idearon entonces un sencillo plan de defensa, consistente en que la Cámara revisora diese a la Intervención su correcto sentido constitucional. Para mayor seguridad, pidieron la ayuda de los Diputados liberales, prometiéndoles, en cambio, insistir en la proposición relativa a las milicias. El Acuerdo se formalizó al instante.

La Cámara sesionó intempestivamente el domingo 5 de Octubre. El ministro del Interior, ignorando lo que ocurría, se hallaba fuera de Buenos Aires. En dictamen suscripto la noche anterior por Frías, Lozano y Mitre, la Comisión de Negocios Constitucionales aconsejó que se votara el proyecto del Senado, poniendo autoridades constituidas donde éste decía autoridades legítimas.

Frías, miembro informante, expresó que ofendería el buen sentido del Cuerpo si tratase de demostrar la procedencia de la reforma. Nadie más habló, excepto el diputado Lidoro J. Quinteros, que obtuvo la conformidad de sus colegas a fin de que el enunciado tomase la siguiente redacción, excluyente de toda duda:

Acuérdase la Intervención solicitada por el Señor Gobernador de la provincia de Jujuy, a efecto de reponer las autoridades constituidas de aquella provincia, depuestas por la sedición del 25 de Septiembre último”.

Al día siguiente, la Cámara desechó las modificaciones del Senado en el proyecto sobre milicias por mayoría de cuarenta y nueve votos contra nueve.

Si hay fuerzas -había dicho Lozano-, si hay armas para evitar el desorden, deben estar sujetas a una organización que no puede ser otra que la militar”.

En la misma sesión se leyó un telegrama del presidente de la Legislatura jujeña, en el que vituperaba la conducta del ministro del Interior, por traslucir, “una marcada parcialidad en favor de los sediciosos o una insensatez sin precedente”.

La doble sanción de la Cámara significó la derrota de Sarmiento. El 6 de Octubre firmó éste su renuncia y, al otro día, sabedor de que no estaba aceptada, se dirigió al Senado para pronunciar un patético y descomunal discurso:

Un tío mío, obispo, se moría -empezó-; y quien debía sucederlo, que era otro tío mío, le decía:
- ‘No piense en las cosas de la tierra; ya no hay tiempo sino para las del cielo’.
Y el otro decía:
- ‘Estoy construyendo un templo a Dios, que vale más que pedir perdón en este momento; Dios tendrá piedad de mí. Que venga el carpintero, que necesito de él tales materiales; que venga el albañil para darle algunas órdenes; que me cobren tales cuentas para que haya dinero...’
Y decía esto exclamando:
- ‘¡Apuren, apuren, que me muero!’
Y yo digo Señor: me quedan minutos de ser ministro, y voy a apurarme machísimo para decir lo que necesito en honor de la verdad, de la virtud y de la justicia y para salvarlos al país de una trampa en que ha caído y de que un solo hombre pudiera salvarlo: Domingo Sarmiento, como lo ha salvado de la misma manera muchísimas veces”.

Tenía que hacer esta revelación:

¡Hay una liga de gobernadores! ¡Tengo en mis manos las pruebas, y la voy a hacer pedazos como una hoja de papel!

Poseía copias telegráficas que evidenciaban la connivencia entre los mandatarios de Córdoba, Tucumán, Salta y Jujuy, así como el propósito del ministro de Guerra de auxiliarlos con armas enviadas subrepticiamente.

Leyó un solo documento, pero mostró en alto los demás, afirmando:

Tengo las manos llenas de verdades”. Debía olvidarse de su desaparición inminente e insistir en la obra comenzada, exhortando a los Senadores para que se mantuvieran firmes en los proyectos sobre Intervención y milicias. Y terminó:

Creo que ésta será la última vez que hable delante de una Asamblea; puede decirse que es de ultratumba que lanzo la palabra, porque quizás a esta hora seré suprimido como ministro; y quiero que esta vez los jóvenes que vienen después de nosotros -los viejos que hemos luchado treinta años- oigan la palabra y crean a un hombre sincero que no ha tenido ambiciones nunca, que nunca ha aspirado a nada sino a la gloria de ser en la historia de su país, si puede, un nombre, ser Sarmiento, que valdrá mucho más que ser presidente por seis años o juez de paz en una aldea”.

Un prolongado silencio siguió a esa peroración, a guisa de homenaje a la extraordinaria figura que se despedía para siempre del Congreso.

El Senado desechó por once sufragios contra ocho las reformas introducidas en el proyecto de Intervención, más no contó con los dos tercios necesarios para oponerse a las que se practicaron en el referente a las milicias.

Al tratarse el primero bajo la impresión esparcida por el discurso ministerial, Torrent pidió que se lo aceptase tal como venía redactado, difiriendo para más adelante el examen de las pruebas que existiesen contra las autoridades depuestas; Valle manifestó que, poniendo la mano sobre su conciencia, se apartaría de la letra escrita en los textos para no sancionar un acto de piratería política; y Cortés rechazó el concepto de que el Poder Federal, “concediendo y haciendo favores a los Gobiernos que lo llaman, pueda convertirse en un enemigo hipócrita para engañarlos por medio de la traición”.

El Cuerpo colegislador sostuvo su anterior voto por la voluntad casi unánime de sus miembros. Cané lamentó no haberse hallado en las sesiones últimas, para expresar que correspondía desoír el requerimiento, dejándose a Jujuy librada a sus recursos; no merecía protección un Gobierno dos veces derrocado, incapaz de mantenerse ni con el auxilio de las provincias vecinas(7).

(7) “Cámara de Diputados”, sesión de Octubre 8 de 1879. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo II, capítulo XIV: “Decapitación de Buenos Aires”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

Esta clara tesis no fue sustentada antes por los amigos de Sarmiento porque pensaban que Torino dominaría a los insurgentes. Correspondiéndole pronunciarse de nuevo, el Senado no pudo reunirse, pues se obstruyó el quorum con el deseo de borrar la precipitación primera y llegar al resultado que Cané indicaba.

El Congreso se clausuró, pues, sin que hubiese ley de Intervención.

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