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Buenos Aires, la Capital definitiva de la Argentina

El Congreso sancionó los decretos del Ejecutivo con el designio visible de que la Intervención continuase y fuese disuelta la Legislatura. Pronto se comprobó que el presidente respetaba el primer fin, pero no el segundo. Los congresales no concebían cómo se pudiese resolver la Cuestión Capital supeditándola a un Cuerpo cuyo localismo se había exasperado hasta el punto de hacer armas contra la Nación.

El senador nacional Manuel Esteban Pizarro abogó entonces con vehemencia por la rápida solución del asunto

- “Hoy mismo, mañana si posible...”.

Confesó:

- “Yo puedo decir que he comprometido en ella todo mi ser político; he mendigado de puerta en puerta de los hombres públicos de Buenos Aires su cooperación patriótica a la realización de este propósito que termina la Organización Nacional; no hago misterio de ello ni podría negarlo”.

Manifestó que se había empeñado ante el presidente Nicolás Avellaneda y apersonádose al general Bartolomé Mitre y al gobernador José María Moreno, a quienes no le unía vínculo alguno, para ofrecerles sus servicios si ellos tomasen la iniciativa; y denunció sus nombres ante el país, citándolos y emplazándolos ante el juicio de la posteridad, si dejaban podrirse en el silencio los cadáveres de los argentinos caídos en la reciente lucha, a causa de un conflicto cuya raíz radicaba en la falta de capital permanente(1).

(1) “Senado”, sesión de Julio 24 de 1880. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo II, capítulo XIV: “Decapitación de Buenos Aires”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

Poco después, el Senado Nacional se dirigió al Ejecutivo, expresándole la conveniencia de gestionar la entrega de la Ciudad de Buenos Aires dentro de un plazo de quince días, pasados los cuales se consideraría negada la cesión.

Igarzábal, informante de la minuta, dijo que durante las dos últimas décadas unos habían pensado que el tiempo convencería a todos de la necesidad de federalizar a Buenos Aires y operaría al fin sin violencia la transformación deseada, mientras que otros creían factible el sistema de un Gobierno Federal carente de sede propia, libre de las preocupaciones domésticas del dueño de casa; más, los acontecimientos recientes habían mostrado la falacia de ambas ilusiones(2).

(2) “Senado”, sesión de Julio 27 de 1880. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo II, capítulo XIV: “Decapitación de Buenos Aires”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

En el momento preciso de vencer el lapso que había fijado, el Congreso asumió una actitud enérgica y decisiva. El Senado sesionó sin previo aviso y sancionó sobre tablas, por enorme mayoría, la disolución de la Legislatura rebelde y la organización de otra bajo el auspicio federal.

Oponiéndose a tales propósitos, el senador Luis Vélez se batió denodadamente contra sus colegas; a su entender, el derrocamiento de la Legislatura porteña señalaba la muerte del federalismo.

Pizarro declaró que había que suprimirla para federalizar a Buenos Aires, con el derecho que asiste a cualquier Gobierno de aniquilar a quienes lo atacan(3).

(3) “Senado”, sesión de Agosto 11 de 1880. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo II, capítulo XIV: “Decapitación de Buenos Aires”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

Apenas los Senadores hubieron abandonado el recinto, lo ocuparon los Diputados y dieron su aprobación al proyecto. Al otro día se produjo la renuncia del presidente de la República.

El 13 de Agosto, el Congreso la rechazó contra dos únicos sufragios. Los instantes eran de intensa emoción, vislumbrándose graves complicaciones si Avellaneda persistiese pues, Acosta, su presunto sucesor, figuraba entre los simpatizantes de la causa porteña.

El 16 se supo que el Presidente continuaría en su cargo. Ese día, en efecto, comunicó al Congreso que vetaba la ley última. Quejábase de la celeridad con que se la dictó, procediéndose por horas, sin circular el Orden del Día y apartando su posible injerencia, y protestaba contra el sistema que lo excluía de la deliberación para informarle de improviso sanciones tomadas por grandes mayorías, que reducían su alto carácter al de un ejecutor subalterno.

Planteada esta cuestión de forma, entraba en la de fondo:

El Presidente de la República, comandando como Jefe en el hecho y por su derecho el Ejército de la Nación, recibió la sumisión de las fuerzas revolucionarias situadas en la Ciudad de Buenos Aires, dejando establecido que permanecerían en su puesto los poderes públicos que no habían sido removidos; la Legislatura se hallaba -en este caso- y sus actos anteriores quedaron verdaderamente cubiertos con un velo de indemnidad”.

Constituía para él una obligación de honor comunicar al Congreso esas manifestaciones y pedirle encarecidamente que las tuviese en cuenta al examinar de nuevo su iniciativa(4).

(4) Avellaneda. Mensaje (Agosto 16 de 1880), en: “Senado”, sesión de Agosto 17 de 1880. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo II, capítulo XIV: “Decapitación de Buenos Aires”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

Al leerse el Mensaje en el Senado, Dardo Rocha sostuvo que no había existido acuerdo entre el presidente y las autoridades porteñas, hecho explicable por cuanto aquél carecía de atribuciones para formalizarlo. Baibiene aseveró que lo hubo:

Yo -dijo- no puedo aceptar como argentino que se proceda en el concepto de que el pueblo de Buenos Aires haya podido rendirse a discreción, ni ningún sudamericano oiría afirmarlo sin tristeza.
Ese pueblo salvaguardó los fueros de su libertad y seguía siendo el mismo que en 1810 arrojó la chispa que había de emancipar medio continente”.

El Senado Nacional insistió en el proyecto por diecisiete votos contra tres(5); en la Cámara de Diputados sólo se registró uno adverso(6).

(5) “Senado”, sesión de Agosto 17 de 1880.
(6) “Cámara de Diputados”, sesión de Agosto 19 de 1880. // Todo citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo II, capítulo XIV: “Decapitación de Buenos Aires”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

La ley, Nro. 1026, fue promulgada el 21 de Agosto:

Departamento del Interior

Belgrano, Agosto 21 de 1880

Por cuanto:
El Senado y Cámara de Diputados de la Nación Argentina, reunidos en Congreso, etcétera, sancionan con fuerza de

Ley:

Art. 1.- Desde la promulgación de esta ley, la Intervención Nacional hará cesar en sus funciones a la Legislatura rebelde de la provincia de Buenos Aires y procederá inmediatamente a dictar las medidas necesarias para la reorganización de este poder público, con arreglo a sus propias Instituciones.
Art. 2.- Comuníquese al Poder Ejecutivo.

Dada en la Sala de Sesiones del Congreso Argentino, en Belgrano, a once de Agosto de mil ochocientos ochenta.

                       ARISTOBULO DEL VALLE                                  VICENTE P. PERALTA
                                   B. Ocampo                                                     Miguel Sorondo
                       Prosecretario del Senado                       Secretario de la Cámara de Diputados

Por tanto:
Cúmplase, comuníquese, publíquese y dése al Registro Nacional.

AVELLANEDA
B. Zorrilla

Como la Legislatura pretendiera reunirse, un batallón de línea cerró su edificio. El 31, el interventor federal, general José María Bustillo, concluyó de designar los funcionarios y empleados que debían atender los servicios provinciales de la campaña y los municipales de los pueblos; la ciudad estaba a cargo exclusivo del gobernador.

El mismo día, el Comisionado convocó a elección de legisladores, medida que trajo la renuncia de Moreno(7).

(7) Moreno. Nota al ministro Zorrilla (Septiembre 1 de 1880), en: “La Nación”, Nro. 3.002, Septiembre 2 de 1880. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo II, capítulo XIV: “Decapitación de Buenos Aires”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

Bustillo se instaló en Buenos Aires, firmó otra convocatoria para que el pueblo eligiese Diputados al Congreso y renovó el personal administrativo. La Justicia fue respetada.

Para terminar el proceso sólo faltaba que una nueva Legislatura local, dócil a la autoridad del futuro presidente, aprobara la cesión de su ciudad capital, según lo exigía el artículo 30 de la Constitución.

No resultó dificil hallar nombres para integrar la nueva Cámara. Aunque el sentimiento popular no las acompañase, muchas inteligencias porteñas se encontraban, desde dos años atrás, vinculadas al general Julio A. Roca. Eran los hombres de Adolfo Alsina que, a fines de Julio de 1880 se reunieron para fundar el Partido Autonomista Nacional.

No se trataba solamente de repartir los frutos de la victoria, sino de formar un vasto movimiento nacional que devolviese al país la legalidad, que desterrase para siempre las luchas civiles y que abriese de par en par las puertas del progreso.

Entre los firmantes del Manifiesto publicado el 30 de Julio por la prensa, figuraban los nombres de Carlos Pellegrini, Dardo Rocha, Roque y Luis Saenz Peña, Bernardo de Irigoven, Eduardo Madero, Eduardo Wilde, Leandro N. Alem, Áristóbulo del Valle, Eugenio Cambaceres, Hipólito Yrigoyen, Miguel Cané y Marcelino Ugarte. Eran los políticos e intelectuales del futuro, salidos del viejo tronco autonomista.

El nombre autonomista -escribe Heras- dejaba de ser bandera de localismos y se adaptaba a las nuevas exigencias de la vida nacional. Su aparicion no fue sólo una maniobra de emergencia para medrar a favor del oficialismo. Durante veinticinco años, Roca y Pellegrini, formidable binomio revelado por la crisis, tendrían en sus manos -a través del nuevo partido- los destinos de la Nación”.

La fundacion del P.A.N. se presentaba, pues, como uno de los frutos más positivos del Ochenta. El otro fruto sería el fortalecimiento de la autoridad presidencial, mediante la creación de la Capital Federal. Los hornbres del Ochenta deseaban un Ejecutivo fuerte y la insurrección de Tejedor les habría facilitado sus planes.

En la nueva Legislación porteña, elegida después del triunfo del Gobierno Nacional, pocos se opusieron a la proyectada Ley Capital. Los representantes del P.A.N. cumplieron su compromiso de apoyar la cesión de la ciudad. Este era el precio de la derrota de Buenos Aires.

Sólo Leandro N. Alem, autonomista republicano, se opuso al cercenamiento de la Capital provincial. Tenía autoridad moral para hacerlo, pues no pertenecía al bando de Mitre ni al de Tejedor. En su célebre discurso a la Legislatura, durante los debates de Octubre, retomó los argumentos del viejo federalismo porteño, convirtiéndose en continuador de los grandes caudillos de la ciudad: Dorrego y Alsina.

Alem defendió al pueblo de Buenos Aires de las acusaciones de rebeldía y egoísmo que se oían por doquier:

Buenos Aires siempre ha sido el primero en las grandes cruzadas de la patria; el primero en las gloriosas epopeyas de la emancipación; el primero en esa memorable campaña del Paraguay. Allá iban llenos de contentamiento sus Guardias Nacionales.
Aqui no aparecieron resistencias ni motines, ni era necesaria la fuerza de línea para custodiar los contingentes”, dijo.

El pueblo porteño siempre había acogido de buen grado a los hijos de otras provincias. Buenos Aires no podía perder su Capital histórica, el corazón y el cerebro de la provincia. Establecer la Capital Federal en Buenos Aires, acarrearía la aparición de un Gobierno tan fuerte que, “al fin, concluirá por absorber toda la fuerza de los pueblos y de los ciudadanos de la República”.

Sólo Buenos Aires, ciudad populosa e ilustrada, estaba en condiciones de frenar los excesos de los mandatarios extraviados, ya que las demás provincias eran demasiado débiles para ejercer una influencia saludable.

Provincias potencialmente ricas, se acostumbrarían a esperarlo todo del Poder Central y las mejores inteligencias locales vendrian a corromperse a la Gran Capital, dejando en la oscuridad y en la ignorancia a sus lugares de origen.

El auténtico federalismo se afianzaría mediante una Capital modesta, como la de los Estados Unidos de América y no poniendo la cabeza de un gigante sobre el cuerpo de pigmeo.

Creo firmemente que la suerte de la República Argentina federal quedará ligada a la voluntad y a las pasiones del Jefe del Ejecutivo Nacional”.

Las apasionadas palabras de Alem, cayeron en el vacío. La mayoría de sus correligionarios y amigos prefirió -a pesar de los peligros señalados- apoyar la existencia de un presidente autoritario, única manera de implantar el orden y el progreso.

En cuanto a Buenos Aires, los males indicados por Alem se cumplieron: la ciudad se convirtió en una gigantesca cosmópolis, perdió contacto con la campaña y con sus tradiciones y así perdió también parte de su alma. El patriotismo de los rifleros que morían al grito de “¡Viva Buenos Aires!”, se esfumó como una olvidada página de historia.

La ciudad pujante, habitada por hombres venidos de todas partes del mundo que cambiaron el acento y las costumbres de la población, absorbió por completo al pueblo vocinglero y orgulloso que luchó en Puente Alsina, Plaza Constitución y en la Plaza de los Corrales defendiendo a su Capital provincial.

La Legislatura se constituyó el 7 de Octubre; el 11 asumió el cargo de gobernador interino el doctor Juan José Romero, presidente del Senado Provincial y, el 22, un Acuerdo del Ejecutivo declaró a la Intervención oficialmente terminada:

Departamento del Interior

Buenos Aires, Octubre 22 de 1880

Considerando:
1.- Que se han llenado los objetos de la Intervención Nacional en la provincia de Buenos Aires, decretada por Acuerdo del 22 de Junio y aprobada por ley de 17 de Julio del corriente año;
2.- Que se ha dado cumplimiento igualmente a lo dispuesto por la ley del 21 de Agosto pasado y se hallan funcionando con regularidad los Poderes Públicos de la provincia con arreglo a sus instituciones locales.
Por estas consideraciones,
El Presidente de la República,
En Consejo de Ministros,

Acuerda:

Art. 1.- Declárase terminada la Intervención Nacional en la provincia de Buenos Aires.
Art. 2.- Oportunamente se dará cuenta al Honorable Congreso de la ejecución de las leyes citadas, como en ellas se dispone.
Art. 3.- Comuníquese, publíquese e insértese en el Registro Nacional.

ROCA.
A. del Viso, B. de Irigoyen, S. Cortínez, M. D. Pizarro, B. Victorica

Gobernador y Vicegobernador, Diputados Nacionales y legisladores, todos pertenecían al Partido Autonomista Nacional. La primera de las citadas funciones correspondió al doctor Dardo Rocha.

El derrocamiento de la Legislatura implicaba fatalmente la solución del problema de la Capital, y Pizarro se encargó de atizar el fuego para que el interés público no decayera. El 24 de Agosto volvió a clamar en el Senado contra la indiferencia del presidente, ministros, diputados y colegas y hasta contra la de los propios correligionarios.

En su impaciencia aventuró una curiosa exégesis constitucional:

Es al territorio simplemente -dijo- a lo que se refiere la previa cesión de la Legislatura de provincia; pero nunca, jamás, a la ciudad que ha de declararse Capital y que puede serlo cualquiera de las ciudades de la República en virtud de la sola ley del Congreso”.

Una cosa era la ciudad en sí y otra el territorio que se le anexase. Cuando Pizarro concluyó su discurso, se leyó un proyecto recién enviado por el Ejecutivo, que declaraba Capital a la Ciudad de Buenos Aires, previa transferencia que su Legislatura hiciese del correspondiente territorio.

El proyecto fue rápidamente convertido en ley(8), así como otro originario del Congreso que ordenaba la reunión de una Convención Nacional para que reformase el artículo 3ro., siempre que la Legislatura no cediera la ciudad antes del 30 de Noviembre(9).

(8) Ley Nro. 1.029, de Septiembre 21 de 1880.
(9) Ley Nro. 1.030, de Septiembre 21 de 1880. // Todo citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo II, capítulo XIV: “Decapitación de Buenos Aires”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

El día de la promulgación de ambas leyes, las autoridades federales pusieron fin a su éxodo, retornando a la sede habitual.

La Legislatura, inevitablemente sumisa, asintió a la decapitación de Buenos Aires, aunque tuvo que escuchar la protesta de Alem. Desde el 8 de Diciembre de 1880 la ciudad quedó sometida a la exclusiva jurisdicción del Gobierno Federal y el de la provincia permaneció por el momento en ella en el carácter de simple huésped.

Terminaba el problema de la Capital y finalizaba también el breve estrellato de Belgrano. El 21 de Septiembre de 1880, los Poderes se reinstalaron en Buenos Aires. Unas palabras de Avellaneda sintetizan la obra realizada por el Gobierno Nacional durante su estadía en la Capital provisoria.

El Congreso de 1880 ha vivido tres meses en Belgrano, y lleva la data de este pueblo su acto más grave y trascendental para el presente y el porvenir.
La Ley de Capital definitiva, tan aguardada después de cincuenta años, como lo dijo el Poder Ejecutivo en su Mensaje, fue dictada en Belgrano. El Congreso de 1880 registrará su nombre en la historia argentina por la ley sobre Capital y será llamado El Congreso de Belgrano. ¡¡Honor al Congreso de Belgrano!!"

En señal de agradecimiento al pueblo que los había acogido, los congresales votaron dos leyes a favor de Belgrano: “una, destinaba $ 4.000 para adquirir un reloj público, reparar las calles y asear la plaza. Otra se ocupaba de la parte espiritual y otorgaba $ 2.000 para terminar las obras del ternplo y $ 1.000 para el Consejo Escolar y la Biblioteca Popular.

El dinero fue bien recibido: las calles habían quedado deshechas por el incesante paso de tropas. Además, la recaudación de dinero resultó escasa y los vecinos se habían peleado entre ellos por motivos políticos. Ese era el resultado inevitable de la figuración pública.

La etapa política de Belgrano había pasado y el pueblo no tuvo más remedio que volver -de buen o mal grado- a su pasividad tradicional. Poco a poco se olvidaron los odios y los rencores provocados por los agitados dias del Ochenta, que dividieron a la opinión pública local.

La población siguió progresando y, en 1883, adquirió categoría de Ciudad debido al número de habitantes y a sus cuantiosas rentas. Pero la condición de Ciudad tuvo corta duración: al año siguiente, el Poder Ejecutivo Provincial proyectaba ceder a la Nación su dominio sobre los Partidos de Flores y Belgrano.

Ese monstruo geográfico, la Capital Federal, absorbía a la flamante ciudad como un inevitable corolario de la Ley Capital. Tal vez esta absorción fue un castigo merecido por la parte que le cupo a Belgrano en las luchas del Ochenta. Y el pueblo se convirtió, para siempre, en barrio, destino modesto para quien procuró disputar a Buenos Aires su rango capitalino.

Sin embargo, en su calidad de barrio, Belgrano tuvo suerte. Cuando el progreso avanzó, echando abajo viejas casonas y suplantándolas por edificios elevados, el barrio supo mantener la dignidad y la elegancia especial que recordaban que, un día, fue Capital de la Argentina.

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