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Efectos de la solución de 1880

Los acontecimientos de 1880 escaso caudal aportaron a la doctrina sobre Intervenciones. Contribuyeron a afirmar ideas ya desarrolladas en la Convención de 1860, entrevistas al año siguiente cuando el Congreso dictó medidas contra Buenos Aires y expresadas con claridad por el mismo Cuerpo al final de esa década, con motivo de la insurrección de Entre Ríos: al Gobierno Federal le asiste el derecho de destruir las autoridades rebeldes y constituir otras en su reemplazo.

Por casual coincidencia, estos principios se afianzaban, traduciéndose en hechos merced a la conducta de López Jordán (h) y Tejedor, los dos postreros mantenedores de los viejos conceptos federalistas.

Su prodigiosa trascendencia política consistió en el abatimiento de la hegemonía de Buenos Aires y en la extinción de su espíritu localista. En 1880, Tejedor era el mismo que dieciocho años atrás -en momentos también solemnes- se había definido con orgullo como porteño antes que nada(1).

(1) Tejedor. Discurso, en: “Cámara de Diputados de Buenos Aires”, sesión de Marzo 5 de 1862. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo II, capítulo XIV: “Decapitación de Buenos Aires”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

Tales eran su amor a Buenos Aires y su confianza en el poder del sentimiento nativo, que juzgaba invencible la causa de aquélla. Ni por mera retórica aludió al antiguo episodio de Mario y el esclavo cimbrio, ni por ineptitud descuidó la alianza con Corrientes y las agitaciones en otras provincias, ni por imprevisión se opuso a que la guerra civil estallara el 15 de Febrero o culminara el 2 de Junio con la detención del presidente y los ministros; omisiones que originaron largos reproches y que muchos años después no perdonaron los sobrevivientes de la época.

Decapitada Buenos Aires, sus ingentes fuerzas y recursos se desorientaron en el afán de la reconstitución; y cuando erigió sobre su suelo los edificios de La Plata, vio cumplido un pronóstico de Alem: la nueva residencia -había dicho éste- de levantarse inmediata a la antigua, “vivirá dentro de ella, será una especie de sucursal(2).

(2) Alem. “Discurso”, en “Cámara de Diputados de Buenos Aires”, sesión de Noviembre 15 de 1880. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo II, capítulo XIV: “Decapitación de Buenos Aires”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

Para el régimen federal, los sucesos referidos importaron una modificación profunda. Por de pronto, bajo el enajenamiento del triunfo, se dictó una ley redactada así:

Queda prohibido a las autoridades de provincia la formación de Cuerpos militares, bajo cualquier denominación que sean(3).

(3) Ley Nro. 1072, de Octubre 20 de 1880. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo II, capítulo XIV: “Decapitación de Buenos Aires”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

Propúsola Avellaneda, deseando arrasar con toda fuerza permanente de índole provincial:

Es un deber de honor y de conciencia para el Poder Ejecutivo -expuso- antes de terminar su período gubernativo y en presencia de la sangre derramada, pedir por última vez al Honorable Congreso que rompa estos instrumentos de guerra civil, posible siempre mientras ellos no desaparezcan(4).

(4) Avellaneda. Mensaje al Congreso (Septiembre 25 de 1880), en: “Senado”, sesión de Octubre 2 de 1880. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo II, capítulo XIV: “Decapitación de Buenos Aires”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

Pellegrini agregó que los agentes policiales no debían organizarse en batallones, correspondiéndoles actuar individualmente y no en grupos(5).

(5) “Senado”, sesión de Octubre 2 de 1880. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo II, capítulo XIV: “Decapitación de Buenos Aires”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

Valle añadió que las provincias no quedarían desarmadas, pues contarían con “todo el poder de la Nación, en estricta aplicación de los preceptos claros y terminantes contenidos en los artículos 5to. y 6to.(6).

(6) “Senado”, sesión de Octubre 18 de 1880. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo II, capítulo XIV: “Decapitación de Buenos Aires”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

No se tuvo presente que, federalizada Buenos Aires, las autonomías iban a ser cada vez menos reales ya que, si bien aquélla se interesó poco por la de las provincias Interiores, defendió siempre la suya con conceptos que de rechazo favorecían a todas. La ley resultó funesta en varias ocasiones para los derechos locales.

Pero lo más significativo fue el tremendo ejemplo de las poderosas autoridades porteñas humilladas bajo la acción federal, después del cual no sólo desecharíase todo propósito de resistencia, sino que se la acogería con respeto, a veces aunque fuera injusta. Lo profetizó Vélez: casos habrían de producirse en que las provincias aceptasen su desmedro, repitiendo la frase que conoció la Roma de la decadencia: “Ave, Caesar, morituri te salutant(7).

(7) “Senado”, sesión de Agosto 11 de 1880. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo II, capítulo XIV: “Decapitación de Buenos Aires”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

Las ulterioridades del cambio no debían sorprender  a la nueva generación que, desde 1875, asistía a las clases de José Manuel Estrada, sucesor de González en la cátedra de Derecho Constitucional de la Universidad de Buenos Aires. La enseñanza de este profesor -conocida íntegramente del público en 1880- ejerció hondo influjo en el país:

Los constantes disturbios que agitan la República Argentina -decía Estrada al referirse a las Intervenciones- dan un interés singular a los artículos 5to. y 6to. de la Constitución, sobre los cuales versa la máxima parte de los debates políticos que ocupan nuestros parlamentos.
Pero esa misma circunstancia hace difícil abordar su crítica; y no siendo, por otra parte, propio de este lugar, ni consintiendo el tiempo de que podemos disponer que traiga a juicio los antecedentes legislativos y administrativos atinentes con la materia, enredados con mil sofismas, oscurecidos por millares de cuestiones parásitas y producto casi siempre de parcialidad y de intereses antes que inspirados por justicia y por derecho, debo prescindir de ellos y atenerme tan sólo a los textos de la Constitución para comentarlos en su más vasta generalidad, a la luz de la filosofía jurídica y del derecho comparado”.

En la materia, como en el estudio de las demás cuestiones constitucionales, Estrada se ajustó a la exégesis pura, proscribiendo el método histórico. Estableció que “Intervenir es ejercer, en nombre de la soberanía nacional, una autoridad plena, más o menos extensa, dentro del territorio de la provincia”; por consiguiente, “el Comisario Nacional, encargado de llevar a una provincia la Intervención, se sustituye a la autoridad local y, en representación de la soberanía superior de la Nación asume toda la autoridad conducente a llenar por sí solo los fines de la Intervención”.

No aportó ninguna novedad en cuanto a las intromisiones por requerimiento, pero sí respecto de las de oficio:

La Nación -expresó- garantiza a las provincias: primero, la inmunidad del territorio; segundo, la forma republicana de Gobierno; tercero, el ejercicio regular de las Instituciones locales; y para hacer efectiva esta triple garantía, interviene sin requisición a fin de asegurar cualquiera de estos tres beneficios, en cualquier provincia que esté en peligro de perderlos”.

Finalmente, sostuvo que las milicias pertenecen a la Nación: “son guardias ‘nacionales’ -decía-; no pueden ser convocadas sin autorización del Congreso o, en casos urgentísimos, con obligación de dar cuenta al Gobierno Federal sin demora alguna(8).

(8) José Manuel Estrada. “Curso de Derecho Constitucional” (1902), pp. 138, 155 y 161. Ed. Compañía Sudamericana de Billetes de Banco, Buenos Aires. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo II, capítulo XIV: “Decapitación de Buenos Aires”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

1880 fue una encrucijada de la historia. Nadie dudó de que la senda que se tomara importaría una nueva vida para la República y nadie pensó que el país pudiera detener su marcha en aquel punto. Los provincianos festejaron la solución con una alegría que ocultó a veces la antigua aversión hacia Buenos Aires. Los porteños calcularon más desapasionadamente las consecuencias próximas o lejanas.

Lo declaro bien alto -dijo Valle-: preferiría equivocarme con los que llevan la fuerza de la periferia al centro y no del centro a la periferia.
Sé que por este camino puede modificarse la forma de Gobierno, pero sé también que no sería obstáculo para que quedara constituida una gran Nación, capaz de conservar su historia y sus tradiciones y de salvar su grandeza en el futuro, mientras que, por el contrario, si nos equivocamos llevando la fuerza del Gobierno del centro a la periferia, constituiríamos quizá republiquetas incapaces de responder a los vínculos y tradiciones grandiosas de nuestro pasado(9).

(9) “Senado”, sesión de Octubre 18 de 1880. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo II, capítulo XIV: “Decapitación de Buenos Aires”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

Alem, en cambio, lamentó la evolución hacia el unitarismo a que conducía el rumbo adoptado. La práctica mostraba la incapacidad de las provincias del Interior para inspirar respeto a las autoridades centrales, mucho más para detenerlas en sus extravíos; y si a la única vigorosa se la debilitaba a objeto de fortalecer el Gobierno Federal, era manifiesto que éste se volvería omnipotente.

Aún con el contrapeso de Buenos Aires, ensombrecíanse de continuo las autonomías por medio de las Intervenciones públicas y las influencias sigilosas: ¿Qué no ocurriría cuando faltase toda vigilancia

Creo firmemente -adelantó Alem- que la suerte de la República Argentina federal quedará librada a la voluntad y a las pasiones del Jefe del Ejecutivo(10).

(10) “Cámara de Diputados de Buenos Aires”, sesión de Noviembre 15 de 1880. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo II, capítulo XIV: “Decapitación de Buenos Aires”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

Resultábanle incomprensibles las tendencias centralizantes, en su fondo un poco autocráticas:

En un país constituido -explicaba- que tiene por su Carta Orgánica perfectamente distribuidos los poderes y deslindadas las atribuciones, yo no comprendo otro Gobierno fuerte sino el de la ley severa e imparcialmente aplicada, con los elementos necesarios para hacerla triunfar”.

Refirióse al enorme poder constitucional del presidente argentino, sólo parangonable al del presidente estadounidense y señaló cómo, mientras en Estados Unidos se evolucionaba en el sentido de la descentralización administrativa, en la Argentina se procuraba concentrarlo todo en una sola persona, colocando bajo su exclusiva dependencia a la ciudad más importante, hasta entonces único dique opuesto a sus abusos.

Y concluyó:

La centralización, atrayendo a un punto dado los elementos más eficaces, debilitará necesariamente las otras localidades(11).

(11) “Cámara de Diputados de Buenos Aires”, sesión de Noviembre de 1880. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo II, capítulo XIV: “Decapitación de Buenos Aires”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

De la exactitud de este vaticinio da cuenta el hecho de que la población de Buenos Aires se calculaba entonces en doscientos mil habitantes, o sea, apenas la décima parte de la población del país.

Avellaneda, replicando el discurso de Alem, escribió:

Cuando los doscientos mil se hayan convertido en dos millones, permitiremos a nuestros futuros oradores que apostrofen a la nueva Babilonia con las palabras que dirigieron a la antigua los profetas del Antiguo Testamento...(12).

(12) Avellaneda. “Escritos y Discursos”, tomo XX, p. 184. Ed. Compañía Sudamericana de Billetes de Banco, Buenos Aires. // Citado por Luis H. Sommariva. “Historia de las Intervenciones Federales en las Provincias” (1931), tomo II, capítulo XIV: “Decapitación de Buenos Aires”. Ed. El Ateneo, Buenos Aires.

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