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Persecuciones y crímenes tras la elección de Electores

El 16 de Noviembre de 1877 fue un día atípico en la historia electoral de la provincia. Se preveía que iban a registrarse enfrentamientos armados, y así sucedió en la mayoría de los Departamentos del Interior provincial, pero, en la Capital, los acuerdos consensuados horas antes y la presencia del gobernador del Territorio del Chaco, pusieron paños tibios a la cuestión. Pero al terminar el comicio, también en la ciudad se desató la furia.

Se puede decir que desde el atardecer de ese 16 de Noviembre, hombres de ambos partidos en pugna por el poder hicieron uso de la fuerza con el objeto de contener al oponente.

Por un lado, y de acuerdo a los planes trazados con anterioridad, Plácido Martínez salió de Goya, se internó en los montes y, al frente de 500 hombres, sorprendió y tomó las Guardias que el Gobierno tenía en los pasos de Chañaral y Borda, del río Batel, y Lucero y Caá Guazú, del río Corriente.

A sus fuerzas se unió el coronel Raymundo Reguera, que levantó a la campaña de San Roque y venció al coronel Soto en Cañada Mala

Paralelamente, el sector oficialista también entró en acción. El 17 de Noviembre aumentó el número de presos políticos en la Capital: Juan A. Yedros, Nicolás Sánchez, Tomás Rea, Alberto Aquino, Donato Silva, Fortunato Brunel, Cipriano Godoy, Juan Lagraña e Inocencio López; como también aumentó el número de víctimas sacrificadas: Simón Verón, Pedro Sosa, Nicanor Martínez, Manuel Arias, Martín Siris, Vicente Alegre, quienes fueron “hacheados y heridos de bala por los gendarmes de policía y bandidos sacados de la Cárcel Pública(1).

(1) Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Resistencia Popular de Corrientes. 1878” (1891). San Martín, Escuela de Artes y Oficios de la provincia de Buenos Aires. Editor.

La imprenta del periódico “La Libertad” fue asaltada -en momentos que celebraba sesión la Comisión Directiva del Club Constitucional- por soldados de Policía; rechazado el ataque, Lucio Malvido, Comandante de Serenos y Ayudante del gobernador José Luis Madariaga, intimó la disolución de la Comisión, por orden de la Policía. La intimación fue desoída.

El siguiente día, los desobedientes “pagaron con prisión su altanería”, invocándose, para ello, un edicto, expedido al efecto, “prohibiendo absolutamente toda clase de reunión que pasase de diez personas, bajo pena de veinticinco pesos de multa o quince días de prisión”.

En adelante, cuando “La Libertad” anunciaba boletines, mandaba el Jefe de Policía una guardia a las dos bocacalles de la cuadra en que estaba la imprenta -y otra frente a ella-, las cuales, machete en mano -los soldados- “estropeaban a los niños, viejos y mujeres, que ocurrían en busca de aquéllos”.

La Capital se volvió un campamento. Además de La Batería, la Policía y el Cabildo -lugares de residencia ordinaria de la tropa- se establecieron ocho planteles, de veinte soldados cada uno, en las casas de Derqui, Madariaga, Ramón Núñez, Francisco Garrido, Solano Solís, Luciano Romero, Casildo Cossio, Benito González, y seis guardias permanentes en el Mercado, “La Columna”, “Puente de la Cruz”, “Cambá Cuá”, “Plaza de la Industria” y “Pisito”, de manera que no había calle donde faltase un grupo de soldados, ni casa que escapase a la vigilancia de un centinela.

Un ejército acampado enfrente del enemigo, no toma mayores precauciones que las del doctor Derqui, que entonces, para garantir el resultado de su triunfo”, señalará Manuel F. Mantilla, uno de los jefes del movimiento armado contra el Gobierno Provincial.

En la campaña no fue menos. Teodoro Maciel, el hombre fuerte del Departamento Lomas, "no satisfecho con enchalecar y hacer estirar de pies y manos a los ciudadanos", mantuvo, por días, en la barra, a Floro Zamudio, Pablo Jara, Santos Torres, Victoriano Pérez, Luis Mosqueda, Paulino Pavón, Luis A. Meza, Simón Baldovino, Evaristo Navarro, Juan Ignacio Benítez, Roque Medina e Ireneo Benítez, vecinos influyentes y conocidos del lugar.

Las fuerzas reunidas fueron repartidas en las cuatro Secciones del Departamento, “y se mantenían de los animales de labor de las quintas y chacras de liberales y vecinos pobres, cuyo único capital consistía en la lechera o yunta de bueyes que perdían. Así, ni hombres ni animales se libraron(2).

(2) Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Resistencia Popular de Corrientes. 1878” (1891). San Martín, Escuela de Artes y Oficios de la provincia de Buenos Aires. Editor.

En San Luis del Palmar, la persecución fue “más a la propiedad que a los ciudadanos” pues, si bien tuvieron que amontarse los Sargento Mayor Juan Pío Quintana, Núñez, Flores, Benítez, Espinoza, “porque eran buscados por comisiones, con orden de matarlos”, las autoridades eran benignas con los demás.

En la propiedad, sí, hubo ensañamiento; las “estancias” de Barrios, Núñez, Duarte, y los cortos intereses semovientes de agricultores pobres, sufrieron enormes perjuicios.

No se estaqueó, ni se mató allí, pero se arruinó. El octogenario Buenaventura Gómez -y diecisiete ciudadanos más- fueron destinados al Guardia Provincial por las autoridades de San Cosme, “y encarcelados e insultados groseramente en sus prisiones”, por el Juez de Paz, Santiago Portillo, algunos vecinos del mismo Departamento como Eugenio Breard, Nicolás Gallardo, Francisco Morel, Zacarías Medina y Benjamín Alcaraz.

En Empedrado buscaron garantía en los montes de San Lorenzo los ciudadanos perseguidos, pues la orden contra ellos era “traerlos, vivos o muertos”; los humildes capturados eran “ejemplarizados para otra vez”, trabajando en las chacras de los hermanos Gómez, autoridades, bajo centinelas y a punta de látigo; “como esclavos siendo, algunos de ellos, remitidos a la Capital, enchalecados y a pie, a través de doce leguas de malos caminos y, otros, puestos en libertad mediante algún dinero o una lechera, un caballo o un buey regalado al juez Eduardo Gómez”.

Mientras tanto, en Mercedes se pronunció -en favor de la sedición- el coronel Marcos Azcona, seguido por varios jefes, quedando enfrentado al coronel Luciano Cáceres, jefe de las Fuerzas del Gobierno en Curuzú Cuatiá.

En Empedrado, fuerzas rebeldes vencieron a una fuerza de infantería gubernamental que recién había desembarcado, obligándola a reembarcarse y retornar a la Capital.

En Cerrito -del Batel- se concentraron las fuerzas insurrectas, que sumaban en total 5.880 hombres de los Departamentos Mercedes, Curuzú Cuatiá, Lavalle, Saladas, San Roque y Bella Vista. A su vez, las fuerzas del Gobierno sumaban 2.500 efectivos, bajo el doble mando de los coroneles Luciano Cáceres y Onofre Aguirre.

El número inferior se compensaba con la superior calidad de la infantería, al mando del mayor José Toledo, apodado “el Bravo”.

- Casa por casa es la cacería

Los Jueces Pedáneos y Fiscales de distrito, al mando de gruesas partidas, recorrían la campaña, sin dejar vecino en paz, ni rancho sin registrar, ni propiedad respetada".

El 16, por la tarde, fueron reducidos a prisión, en Saladas, Manuel Acuña, Saturnino Flores, Juan Lafuente, los sargentos mayor Virasoro y Figueroa, Dionisio Salas, Antonio Insaurralde, Epifanio Benítez.
Una hora después de la elección -decía el juez Pujol al Gobierno(3)-, el Jefe Militar del Departamento -de acuerdo con esta autoridad- ha reunido cien hombres, porque se supone con fundamento que, después de retirarse del pueblo (los votantes de la oposición), han resuelto reunirse con ánimo de intentar algo”.

(3) Nota de Pujol, publicada en el Nro. 188 del Boletín Oficial. // Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Resistencia Popular de Corrientes. 1878” (1891). San Martín, Escuela de Artes y Oficios de la provincia de Buenos Aires. Editor.

De modo que, a más de la tropa reunida para la elección, se reclutó otra. Dichas fuerzas se esparcieron en la campaña del Departamento, al mando de José y Casto Salas y Beato García, con instrucciones de no dar cuartel, “verdadera patente de crímenes”, que se produjeron luego, pues García mandó lancear tres infelices paisanos; José Salas, hizo azotar y estaquear a siete; y los establecimientos de Díaz, Acuña, Marín, Flores, Cabral y Pampín fueron enormemente perjudicados para el sostén de las Fuerzas y para dar botín a los gubernistas.

En Goya, se ordenó la prisión del coronel Plácido Martínez; fueron aprendidos y sumariados -por revoltosos- los principales jefes de grupo de la oposición y destinados algunos a tropas de línea, en la frontera del Rey; se allanaron los domicilios del doctor Lódola, Gandulfo, Santuchos, Soto, en busca de armas; movilizóse la Guardia Nacional, por orden expresa del Gobierno, facultando a los temidos Refojos, Muniagurria y Merlo para recorrer el Departamento; envióse de la Capital “al ya tristemente conocido” José Toledo, para organizar las Fuerzas; partidas de soldados de línea, arreaban haciendas de los establecimientos de Soto, Rolón, Luzuriaga, Lódola, Ayala, Balbuena, Romero, Canevaro, azotados ya por Merlo y Muniagurria, y las pasaban al Rey; en la Sección del “Bajo”, Merlo hizo dar muerte a uno de los jóvenes Barrios y, diariamente, martirizaba con azotes y estaqueos.

Este rosario de atropellos y crímenes relatados por Manuel Florencio Mantilla son absolutamente creíbles. Por supuesto que el relato es parcial, ya que el historiador mismo formaba parte interesada en el asunto. Pero el testimonio es valioso, ya que es fácil deducir que, desde el lado liberal, las cosas no eran mejores cuando se trataba de azotar o castigar y aún asesinar a quienes se consideraban enemigos.

No se dispone de cifras para cuantificar las pérdidas demográficas que causó y causará el conflicto: los muertos en el frente y por la represión en la guerra y en las postguerra, el hambre, las epidemias; la reducción de la natalidad consiguiente. La guerra civil fue una verdadera catástrofe económica para la provincia

Sólo basta pensar en la destrucción del tejido social, y en la destrucción de humildes viviendas, atacando una economía agraria básica. La guerra civil de 1877/1878 supuso una verdadera fractura moral de la provincia y, sin lugar a dudas, varias generaciones fueron marcadas por el sufrimiento de la contienda y la represión de una prolongada postguerra.

- Curuzú Cuatiá y Esquina

Cáceres y Aguirre combinaban su acción aterradora en Curuzú Cuatiá y Esquina. Con los dos Departamentos en pie de guerra y dando casi diariamente Partes de combates imaginarios, tenían bajo la férula de sus secuaces la vida y los intereses.
El sargento mayor Gervasio Ojeda fue lanceado en Curuzú Cuatiá y don Juan Ortiz fue asesinado en Esquina. Numerosos ciudadanos sufrieron el martirio del cepo colombiano y del azotamiento en los campamentos de Barrancas, Paraíso y Esquina; cerca de diez mil cabezas de ganado se despacharon a Entre Ríos, por “cuenta de los que no eran sus dueños, de las estancias de Araujo y Romero, Bejarano, Torrent, Rolón, Fernández, sin contar los perjuicios de los auxilios exigidos y los robos de los cabecillas de segundo orden(4).

(4) Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Resistencia Popular de Corrientes. 1878” (1891). San Martín, Escuela de Artes y Oficios de la provincia de Buenos Aires. Editor.

Los coroneles Ocampo y Reyna, a los que hay que agregar a Regis Maciel, E. Giménez y B. Barrientos, fueron prendidos y engrillados, siendo la principal víctima el coronel Reyna. Sacado de la cárcel de Curuzú Cuatiá, “con custodia de bandidos elegidos, le condujeron al campamento de Cáceres, en Paraíso; allí se reproducían las escenas sangrientas de la época de Nicanor Cáceres(5), y allí le tuvieron preso y al raso, con aparatos de fusilamiento todas las noches”.

(5) Severo Ortiz, “Apuntes biográficos del General de la Nación, Nicanor Cáceres” (1867). // Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Resistencia Popular de Corrientes. 1878” (1891). San Martín, Escuela de Artes y Oficios de la provincia de Buenos Aires. Editor.

Posteriormente, a Reyna lo hicieron marchar a Sauce, donde le habrían dicho que lo llevaban para fusilarlo, haciéndolo caminar dentro de un cuadro. Todas las noches, de diez a once, lo separaba de la columna una gruesa partida de tiradores, con todo el preparativo de una próxima ejecución y, cuando creían bastante torturado su espíritu, con un pretexto cualquiera, le volvían al ejército, postergando el fusilamiento para el siguiente día.

El coronel Reyna había sido prendido estando enfermo en cama, sin que los empeños del facultativo que lo asistía, ni los extranjeros, que estaban en compañía de él -como un señor de apellido Magnet- ablandaran la fiereza de Cáceres; “tan cruel, hizo despedir a culatazos a una tierna hija de Reyna, ¡por el delito de haber pedido ver a su padre!

Curuzú Cuatiá y Esquina vieron aún crímenes mayores. Juan Colorado y Francisco Camacho, “salteadores famosos”, dejaron sus guaridas en los malezales y montes de la frontera para acudir con sus gavillas en protección de la autoridad; "y mataban, incendiaban y saqueaban. Caseros y Libres fueron puestos en pie de guerra, no para combatir, sino para limpiar de caballos y vacas las estancias, y perseguir a los ciudadanos”, relató Mantilla.

Ordeno a Vd. -dice una orden del Jefe Militar de (Monte) Caseros de entonces- que haga reunión de cuántos hombres encuentre, siendo argentino y útil para las armas, porque tengo órdenes superiores para tal.
Si acaso lo encontrase al individuo José Acuña (opositor distinguido), captúrelo bajo mi responsabilidad(6).

(4) Severo Ortiz, “Apuntes biográficos del General de la Nación, Nicanor Cáceres” (1867). Orden original de Aniceto Rojas, en nuestro poder. // Citado por Manuel Florencio Mantilla. “Resistencia Popular de Corrientes. 1878” (1891). San Martín, Escuela de Artes y Oficios de la provincia de Buenos Aires. Editor.

- En la costa del Uruguay y Centro de la provincia

En La Cruz se pretextó una invasión, traída del Brasil por el comandante Eulogio García, para encarcelar al comandante Alvarez; los Mayores Berdum, Ortega, Zamudio y los ciudadanos Portillo, Monge, Vallejos, Belasco, Barboza, fueron perseguidos; con orden de muerte, el comandante García y los oficiales Giménez, Real y Silva; y destinados como soldados rasos el capitán Galarza, mayor Silva y Cándido Belmonte; comisiones del juez López, atropellaron los domicilios y arrastraron al Cuartel a indefensas mujeres; la propiedad privada estaba a merced del Jefe militar, que disponía de ella como de lo suyo, según lo constata la siguiente orden:

Al Oficial en comisión
Se le autoriza para que se presente en casa de doña Isabel M. de Real, por segunda vez, a pedirle seis novillos, ordenándole se apersone aquí; también se le autoriza para que, en caso de resistencia de la señora, pare rodeo de sus haciendas y aparte el número de seis novillos.
Benjamín Varela”.

De San Miguel, mandaron presos al campamento de Lugo, Puntas del Batel, a los señores Lorenzo Rojas, comandante Enrique, Angel Igarzábal, Ventura Ferré, Andrés Delfino, R. Canteros; de las estancias de Igarzábal, Insaurralde, Cossio, Cabral, Lagraña, salían el abasto para las fuerzas de Lugo y las tropas que el juez Crispín Navarro, despachaban al Paraguay.

De Concepción fueron desterrados los estancieros Calvo, y prendido y remitido a la Capital, el viejo patriota, comandante Simeón Martínez, elector del pueblo; fueron presos en el campamento de Lugo los comandantes Miño y Aguirre, y los ciudadanos Poisson, Virasoro, Fernández, Sánchez; fueron azotados inhumanamente muchos paisanos inofensivos, y saqueadas las estancias de Calvo, Martínez, Avalos, Fernández.

San Roque y Bella Vista sostenían dos Cuerpos respetables de fuerzas, bajo la dominación de Miguel Soto y Juan B. Candia; el núcleo principal de ellas estaba en las orillas de los pueblos, y allí venían y de allí salían las partidas conductoras de hombres y haciendas, que Elías Cáceres, Baldomero Cano y otros tenientes enviaban de las Secciones; en esos campamentos, “espiaron el crimen de independencia política, unos enchalecados, otros en el cepo, otros al raso”: Pantaleón Niz, Onofre Sosa, Cornelio López, Elías Reguera, José F. González, Carlos Ríos, Bernardino Fernández, Alejandro Serial, Eugenio Molina, Fernando Solís.

En Caá Catí, la autoridad ordenó o, por lo menos consintió, el hacheamiento de Nicolás Persival, Mateo Galarza, Juan Tomás Torres; hizo estaquear al rayo del sol, a Narciso Vallejos y José M. Cabrera, y apalear a Miguel Esquivel y Casimiro Gómez, presos en la cárcel; mandó enchalecar, con tiras de cuero fresco, a Antonio Candia, obligándole después a marchar a pie dos leguas, con destino a la Capital.

El Jefe Militar paseaba triunfalmente por el Departamento con una fuerte columna, engrillando opositores y perjudicando propiedades. En Mburucuyá fueron encerrados, en calabozos inmundos, engrillados, el comandante Aguirre, mayor Blanco, Francisco Aguirre, Ouset, Aguado, Soloaga.

Tal era el estado de la provincia de Corrientes después del triunfo del doctor Derqui: ¡Una orgía de maldades! Las autoridades y las gavillas de bandoleros que capitaneaban Juan Colorado, Baldomero Sosa, Crisólogo Díaz, Francisco Camacho, Jaguara’y, Crispín Pérez, Baldomero Cano, habían convertido el sistema gubernativo, ¡en el cepo, el estaqueo, el saqueo, el asesinato!
No existían barreras para el desorden; la barbarie dominaba todo. Terminada la elección directa, con la negación del sufragio al pueblo, se quería también concluir con la vida y los intereses de los opositores; el candidato oficial y el Gobierno, que le complacía en todo, hacían política de exterminio.
Evitar la muerte, sufrir las prisiones, ver con resignación el robo de los intereses hasta tanto llegase a su última evolución la cuestión de gobernador, era lo único factible para la oposición, dada la resolución en que estaba de agotar sus esfuerzos antes de esgrimir las armas de la defensa legítima en el terreno de la violencia.
La prensa denunciaba los atentados, y en reclamos quedaban sus quejas”.

La reacción oficialista muestra que trabajos de inteligencia habían alertado anunciando preparativos de un levantamiento liberal generalizado, que no sólo estuvo preparándose militarmente en los últimos meses antes de la elección, sino que también había pergeñado un muy buen plan político que perseguía desbaratar lo construido por el Gobierno Provincial.

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